UNIVERSIDAD IBEROAMERICANA

Estudios con Reconocimiento de Validez Oficial por Decreto Presidencial del 3 de abril de 1981

“EL EXEMPLUM EN LA CONSTRUCCIÓN RETÓRICA DE LA REALIDAD: ALGUNOS CASOS BAJO LA FORMA DISCURSIVA HISTORIA”

TESIS

Que para obtener el grado de

MAESTRO EN HISTORIA

Presenta

URIEL IGLESIAS COLÓN

Directora:

Dra. Perla Chinchilla Pawling

Lectores:

Dr. Eduardo Fernández Fernández

Dra. Genevieve Galán Tamés

Ciudad de México 2016


Prefacio

Οὐ μικρὸν γὰρ τὸ ὄφελος, οἰκειότητά τινα καὶ συνήθειαν ταῖς τῶν νέων ψυχαῖς τῆς ἀρετῆς ἐγγενέσθαι· ἐπείπερ ἀμετάστατα πέφυκεν εἶναι τὰ τῶν τοιούτων μαθήματα, δι' ἁπαλότητα τῶν ψυχῶν εἰς βάθος ἐνσημαινόμενα. Ἢ τί ποτε ἄλλο διανοηθέντα τὸν Ἡσίοδον ὑπολάβωμεν ταυτὶ ποιῆσαι τὰ ἔπη ἃ πάντες ᾄδουσιν, ἢ οὐχὶ προτρέποντα τοὺς νέους ἐπ' ἀρετήν; Ὅτι τραχεῖα μὲν πρῶτον καὶ δύσβατος καὶ ἱδρῶτος συχνοῦ καὶ πόνου πλήρης ἡ πρὸς ἀρετὴν φέρουσα καὶ ἀνάντης ὁδός.
ΒΑΣΙΛΕΙΟΥ, ΠΡΟΣ ΤΟΥΣ ΝΕΟΥΣ ΟΠΩΣ ΑΝ ΕΞ ΕΛΛΗΝΙΚΩΝ ΩΦΕΛΟΙΝΤΟ
No es de poca ventaja que el parentesco y el hábito de la virtud sean innatos en las almas de los jóvenes: sus conocimientos han llegado a ser inmutables por naturaleza a causa de la blandura que se marca en la profundidad de sus almas. ¿Qué supondríamos, que Hesíodo hizo la poesía que todos cantan entendiendo otras cosas en otro tiempo, o que su poesía no educa a los jóvenes en la virtud? Más bien, en principio, que el camino que lleva a la virtud es duro, difícil de andar, fatigoso, lleno de trabajo y escarpado.
San Basilio de Cesarea, A los jóvenes ¿Qué se puede sacar de provecho de los de los libros de los griegos?, 5.

En un momento de angustia e incertidumbre, donde se argüía si se aceptaban o rechazaban por completo o en parte las enseñanzas de Grecia y Roma, cierto connotado teólogo preguntaba: ¿Qué podría obtenerse de las obras de los griegos? Palabras con una duda genuina detrás. ¿Habría una posibilidad de asimilarlas, se puede sacar provecho de ella, son compatibles, son contrarias, qué se obtiene de ellas? La cuestión no sólo permeó profundo dentro de las clases educadas en el paganismo que abrazaban al Cristianismo, sino también en la medida de que pudiesen éstas conjuntarse con los saberes de la Antigüedad. Lo mismo se preguntaron otros, y aquí Basilio de Cesarea muestra una fuente de extraordinaria madurez y sabiduría en la resolución de dicha interrogante. Es cierto que existen formas muy helenizadas dentro de la misma literatura cristiana, y en algunos autores paganos sorprende un parecido s una fe que no era la propia. Pero la palabra de Basilio arrastra a un punto más próximo al texto: ¿podemos aprender en verdad algo de las lecturas, qué se puede aprender de éstas? Basilio lee y cita al magnífico Homero, al erótico Teognis y al justo Solón: tres variadas elecciones para comprobar que, mientras se logre encontrar la virtud, la areté, las cuestiones podrían suscitarse de mejor manera, porque el camino a ella es difícil y si esas lecturas abonan a ella, que sean leídas. Es de hecho ésa, la areté, la única que une y valora cualquier tipo de libros sin importar su variado origen: si la contienen, sean recibidos.

La presente tesis nació un tanto por esas dudas que atajaban el conocimiento y por una relectura de cómo podían verse éstos en la historia. Puede ella tener areté, se puede aprender de ella y tanto pesa en la designación de nombres como en la adopción de un pasado el cual enseña: se debe aprender de él porque engrandece hacerlo, acerca a la areté. No en balde la lacrimosa epístola del bizantino Miguel Critóbulo advertía al sultán que su papel era el ser rey de los persas y mandar por igual a griegos y romanos, a pesar de que dicho epíteto era inoperante desde hacía siglos: el poder de la historia se reavivaba y daba algo que el presente no podía (κρα τοῦντα , οὐ μόνον Περσῶν τε καὶ τῶν ἄλλων γενῶν , ἀλλὰ δὴ καὶ Ῥωμαίων τε καὶ Ἑλλήνων ). ¿Cómo unir la lectura, la virtud, y la historia y lo ejemplar en la búsqueda de la virtud? La relectura de Valerio Máximo me habría de inspirar. Surgió con varias dudas durante mi tesis de licenciatura con Saxo Gramático y sobre cómo recibió y adaptó las enseñanzas de Roma a Dinamarca. Muchas preguntas quedaron en el aire en ese momento porque el enfoque del texto anterior difería. Mucho también se movía con respecto a relecturas de otros autores de gran importancia a partir de la famosa declaración de Aristóteles en torno a lo universal y lo particular: ¿se cierne con certeza la historia en lo particular y la filosofía en lo universal? La resolución llevaba más aristas de las que podría responder en esta tesis, pero decanté mis esfuerzos por una salida: el exemplum que unía historia, narración, patetismo en ciertos momentos y la búsqueda por una moral. Ahí nació el génesis de esta tesis y la aspiración, en otro momento, a seguir con esta temática que pude plantear tan sólo en parte. La situación, pensé, pienso, se puede sostener desde una buena visión intermedia de la lectura minuciosa de textos que aprendí con la filología (desde Wolf hasta Eric Auerbach), y la historia, más específicamente, historiografía, a cuyo cobijo me conduje a pesar de no ser mi formación principal, pero algo de la historia llamaba en mí. En cierto lugar, Auerbach describe su trabajo de búsqueda literaria como “historia”, y eso guió en cierto sentido este camino que ahora encuentra un fin. Ya desde la égida de la historia poco a poco pude estructurar una más formada versión la presente tesis: no ya sólo con la consideración retórica del exemplum, sino con la histórica que se reflejan en los muchos momentos, aunque con un pie en una y en otra área. Así nació esta tesis que el lector tiene ante sus manos.

Como todo trabajo, muchos nombres deberían aparecer aquí porque ayudaron en distintos momentos a su elaboración. Por encima de todo al apoyo de mis padres, Cecilia y Miguel a quienes debo formar un homenaje más que merecido porque es la segunda tesis que pueden ver a la luz. Durante años de turbulencia previos a mi ingreso a la maestría recibí muchos consejos saludables de ellos y varias transnacionales alegrías cuyas resoluciones siempre fueron bien guiadas. También reconozco a mi tutora, Perla Chinchilla, por haber tomado esta tesis y ayudarme a orientarla cuando hubo momentos en que naufragaba. En el mismo tenor agradezco a mis sinodales, Genevieve Galán y Eduardo Fernández por haber aceptado desde un inicio leer el proyecto y que ahora respondo con una tesis completa.

Con golpes y disensos, pues también la amistad, según una conocida frase ciceroniana, es el consenso de todas las cosas humanas y divinas, y también con benevolencia y caridad me es primordial agradecer a amigos. Principio con mis amigos del Colegio Salesiano, Sergio y Dulce, con quien hice mi primera investigación en la vida que me introdujo en estos menesteres. Pasé por mis amigos de Letras, sobre todo a Adriana, con quienes compartí el griego y el latín. Termino con un nuevo consenso en esta otra empresa histórica bajo los nombres con Xavier, Enrique, Miguel, Juan y Rodrigo, con quienes sostuve compendiosas pláticas que algo de ellas verán aquí. De la vida laboral también debo hacer un agradecimiento a la Escuela Nacional de Antropología e Historia y a la Universidad Pontificia de México por permitirme impartir clases de griego y latín mientras cursaba mis estudios.

Cuando por momentos anidaba desesperanza y frustración, Dios siempre supo llamarme y guiarme, moverme y cuando caía, mandarme un tierno apoyo, un bastón que retoñaba como cierta leyenda germánica, para encontrar un imposible con el cual renacería una salvación (que otro poeta conjuntó en los admirables versos así: Den dürren Stab in Priesters Hand/hat er geschmückt mit frischem Grün/ dem Sünder in der Hölle Brand/ soll so Erlösung neu erblühn!). Mi muy querida y amada Liliana, te doy gracias especiales por hacerme tan feliz, por acompañarme a todos lados de la ciudad, por convertirte en un ejemplo de bondad para que siempre lo siga y por convertirte en ese retoño imposible. Recuerdo que el día que decidiste estar conmigo, el psalmodista cantaba con ímpetu un himno y una parte sobre todo: “Dios que sana el corazón de quienes lo tenían roto”: palabras que anuncian un retorno tras frustraciones hacia una esperanza. Así cantaba el psalmo (146/147) ese día:

1 Αἰνεῖτε τὸν κύριον, ὅτι ἀγαθὸν ψαλμός·
τῷ θεῷ ἡμῶν ἡδυνθείη αἴνεσις.
2 οἰκοδομῶν Ἰερουσαλὴμ ὁ κύριος
καὶ τὰς διασπορὰς τοῦ Ἰσραὴλ ἐπισυνάξει ,
3 ὁ ἰώμενος τοὺς συντετριμμένους τὴν καρδίαν
καὶ δεσμεύων τὰ συντρίμματα αὐτῶν,
4 ὁ ἀριθμῶν πλήθη ἄστρων,
καὶ πᾶσιν αὐτοῖς ὀνόματα καλῶν.
5 μέγας ὁ κύριος ἡμῶν, καὶ μεγάλη ἡ ἰσχὺς αὐτοῦ,
καὶ τῆς συνέσεως αὐτοῦ οὐκ ἔστιν ἀριθμός.
6 ἀναλαμβάνων πραεῖς ὁ κύριος,
ταπεινῶν δὲ ἁμαρτωλοὺς ἕως τῆς γῆς.
1 Laudate Dominum, quia bonus est,
Psallite Deo nostro, quia suavis est: decet eum laudatio.
2 Aedificat Ierusalem Dominus,
Dispersos Israel congregat;
3 Ipse sanat fractos corde,
Et alligat vulnera eorum.
4 Definit numerum stellaroum,
Singulas nomine vocat.
5 Magnus Dominus noster et viribus potens,
Sapientiae eius non est mensura.
6 Sublevat humiles Dominus;
Impios deprimit usque ad terram.





Introducción

Π ροσήκει δὲ παντὶ τῷ ἐν τιμωρίᾳ ὄντι , ὑπ ' ἄλλου ὀρθῶς τιμωρουμένῳ , ἢ βελτίονι γίγνεσθαι καὶ ὀνίνασθαι ἢ παραδείγματι τοῖς ἄλλοις γίγνεσθαι , ἵνα ἄλλοι ὁρῶντες πάσχοντα ἃ ἂν πάσχῃ φοβούμενοι βελτίους γίγνωνται .
ΠΛΑΤΩΝΟΣ , ΓΟΡΓΙΑΣ

Corresponde a todo aquél que vive en un tormento, rectamente atormentado por otro, o bien llegar a ser mejor o tener una ventaja, o bien ser un ejemplo para otros, con el fin de que todos los que vean los sufrimientos que pueden alcanzar a sufrir, lleguen, temerosos, a ser mejores.

Platón, Gorgias, 525b

La presente tesis tiene por objeto de estudio el exemplum, partiendo de un recorrido conceptual del mismo para posteriormente analizar cómo funciona en textos de historia.

La preceptiva retórica dio al exemplum un encuadre lo situó en muchas ocasiones en la historia, a la cual delimito bajo dos características: la primera la historia como un texto en el que se escribe historia (historio-grafía) y la segunda historias como obras que pertenecen al régimen de la construcción retórica de la realidad.[1] Por construcción retórica de la realidad entiendo un medio por el cual la sociedad europea desde la Grecia Antigua hasta el siglo XVIII producía conocimiento, cuando comienza a cambiar el paradigma hacia una producción de conocimientos basado en la ciencia. Por esta razón resulta importante partir del estudio de la retórica y avanzar después al de la historia. A partir de la preceptiva, se verá la adecuada (y a veces inadecuada) delimitación que ofrece. Además, la historia bajo este modelo posee un papel moralizante. El vehículo más propio para cumplir ese papel es el exemplum, para lo cual se puede plantear la pregunta fundamental: ¿de dónde viene el exemplum, cómo se usa en la historia? La presente tesis intentará dar respuesta a estas preguntas. Un conocido apotegma afirma que la historia está llena de exempla y, más aún, que es maestra de la vida.

La preceptiva retórica permite ver que los exempla funcionan como un indicador moral, y más aún, afirma que el mejor lugar para obtenerlos es la historia, si bien el objetivo de ambas es distinto: la finalidad de la retórica es la persuasión, no necesariamente así de la historia. Queda un punto no discutido o que no se suele analizar dentro de estos aspectos: si el exemplum es preferentemente extraído de la historia, pero a su vez la retórica trabaja fundamentalmente con discursos, ¿es posible identificar el exemplum dentro de las obras de los autores que escriben la historia? La retórica habla del exemplum y su uso dentro de los discursos, pero ello no necesariamente se ajusta a la escritura de la historia, o al menos no sin adaptarse a la misma. Así, la pregunta que planteo y que rige la hipótesis a partir de la cual se desarrolla esta tesis, navega entre la retórica y la historiografía.

Los exempla, por su parte, evolucionan de estar insertos y en función de un discurso, a separarse y escribirse como una narración aparte. En ciertos momentos se pueden leer independientes y se vuelven más complejos que la simple disposición de una moral entre algo bueno y malo que lentamente se encaminan hacia un entramado más complejo.[2] ¿Cómo funcionan los exempla en la historia, tras un paso importante en la retórica? Hasta el momento, la mención que he realizado de la historia a sido vaga, puesto que se suele hablar de ésta con poca precisión, pero el motivo que rige esta tesis anuncia un concepto mucho más concreto: la escritura de la historia. Más aún, trabajaré con la historia que funcione bajo el regimen de maestra de la vida (más conocida en latín: historia magistra vitae). Ésta afirma que la historia tiene la función y capacidad de enseñar a la posteridad: funge como una guía. Dicha forma de concebir a la historia rigió la historiografía[3] por buena parte de la historia de la humanidad y, según cierta postura, con el cambio epistemológico ocurrido hacia el siglo XVIII comenzaría a caer en desuso, aunque sobre esta caída no hay una opinión unánime y, al contrario, se ha problematizado desde distintas perspectivas.[4] Las discusiones en torno a el declive de la historia magistra vitae no encuentran en la presente tesis un desarrollo, ya que trabajaré con textos que la aceptan y se rigen bajo ella.

Advierto que existe una veta muy desarrollada y con numerosos trabajos en el ámbito literario sobre el exemplum en la tradición hispánica, donde éste se encaminó a una narrativa independiente y de ahí al cuento; sin embargo, no entra dentro de mi estudio, puesto que se enfoca en un desarrollo literario con otras características que, si bien provienen del exemplum retórico, se contraponen con la postura histórica que propongo y representan otra rama distinta de estudio, pero que, no obstante, también ha aportado mucho sobre la problematización en cuanto a la definición del exemplum. Es importante destacar que ya desde esos estudios del exemplum en la literatura hispánica se ha demostrado la dificultad de definir una aparente encrucijada que servirá para una investigación profusa al respecto.[5] Sobre este tema existe ya una importante bibliografía constantemente renovada,[6] aunque existen obras que han intentado proporcionar un punto para esta dispunta, muchas veces parten de nociones anacrónicas o bien de indefiniciones en torno a la historia y a la literatura.[7]

También hay otro gran tema de estudio que se desprende de éste a partir de los textos específicos de sermones. Éste ha tenido un desarrollo importante por sí sola, desde donde destaco el interesante trabajo de Manuel Pérez, quien habla brevemente del exemplum desde la perspectiva retórica aunque no lo enfoca para la historia.[8] Ahora bien, para proseguir con ese estudio, es preciso no sólo hablar de cómo se considera el exemplum en la preceptiva y analizar su aparición en los textos de historia, sino considerar cómo es que aparece dentro de un texto, pues si toda la narrativa histórica es ejemplar debe haber alguna forma en que el exemplum separarse de ella. El exemplum se presentará dentro de una narrativa (siendo él mismo narrativa) y sublimará de un personaje o acción sobre todo que sea digno de seguir,[9] dentro de la cual sobresale este pequeño episodio donde se esclarecerá en la medida de lo posible una moral. Sobre lo último, no obstante, hay una carencia en las fuentes que estudien su relación entre la retórica y la historia, a pesar de estar enunciada por ambas. Por esta razón, realizaré delimitaciones que se enfocan en estos ámbitos, de lo contrario se puede perder con facilidad el objetivo. Existen momentos específicos donde el escritor de historias se detiene y narra con inaudito detalle, a comparación del resto de la narrativa, a plantear un pequeño fragmento donde consagra a cierto personaje o alguna acción y lo encumbra para que éste sea un modelo de diferentes virtudes. Esta acción por sí sola funciona como un argumento que sirve para ejemplificar algún concepto moral que de otra forma requeriría un tratamiento distinto y más abstracto, próximo al trabajo de la filosofía. Esa narración es un exemplum.

Al hablar de historia, no puedo dejar de lado las consideraciones y problemáticas en torno a ésta: el autor, la época de producción, desde donde se escribe y, por supuesto, el texto mismo que será el estudiado; sin embargo, no puedo hacerlo sino como menciones breves en cada capítulo sólo algunas consideraciones generales, ya que, de asumir una postura mucho más completa e introducirme al mundo en que fue escrita la obra, ameritaría muchas más páginas y el planteamiento de la tesis sería forzosamente distinto y mucho más extenso.[10] Por esta razón, si bien esbozo una valoración general de cada autor, no puedo profundizar en los problemas más completos sobre la escritura de la historia, y más bien quedará en tinta para una realización posterior.

Decidí dividir la tesis en dos grandes partes y cada una en capítulos breves que fueran entrelazando la problemática y la puesta en acción. Me enfoqué en tres capítulos que reclaman el planteamiento del exemplum desde la retórica. El primero de ellos, el más extenso de la presente tesis, plantea el núcleo a seguir desde la preceptiva retórica y después planteó una pregunta mucho más concreta: ¿cómo se reconoce éste en los textos? Termino esta primera parte con la justificación de trabajar con textos de historia. En la segunda parte retomo a cuatro autores que escribieron historia, a los cuales escogí deliberadamente de forma aleatoria y donde estudiaré y destacaré los elementos vistos en la primera parte. Por autores que escribieron historia, entiendo aquellos que escribieron una obra que, desde la perspectiva teórica de forma discursiva puedan ser llamados historia. En los cuatro capítulos dedicados a los escritores de historia analizaré cada uno de los autores y proporcionaré un muy breve, casi enunciativo contexto historiográfico y cómo utilizan el exemplum para ejemplificarlo con algunos casos.

En el primer capítulo realizaré un recorrido por el exemplum visto desde la preceptiva retórica. La función de este capítulo se debe a que parto de la idea de que la historia es la construcción retórica de la realidad. En un sentido amplio, analizaré algunas de las retóricas que contengan elementos importantes para mi temática que abarquen desde la Retórica de Aristóteles hasta el Arte Retórica de Dominique de Colonia, escrita en el siglo XVIII, pero recorreré otros textos significativos dentro del período estudiado y, sobre todo, que coincidan con la temporalidad de los historiadores que trabajaré en la segunda parte. Es, además, en la preceptiva retórica donde surgen las primeras definiciones y delimitaciones y además es de donde proviene la sugerencia de enfocarla desde la historia. En esta sección decidí incluir a dos autores que serán en cierta medida directos ejemplos de cómo se puede hacer literatura del exemplum, puesto que sendas obras comparten un paso más allá y navegan entre el uso retórico del mismo y su uso retórico, literario e inclusive político: me refiero a la obra del romano Valerio Máximo, Facta et dicta memorabilia y un buen lector de éste: el belga Justo Lipsio con sus Monita et exempla politica. Ambos expresan tácitamente la relación unívoca entre la historia y el exemplum.

El segundo capítulo se dedicará a plantear cómo reconocer al exemplum. Las definiciones de las retóricas contienen algunas deficiencias o bien formas sutiles de no entrar demasiado en tema, que trae en consecuencia un amplio margen de indefinición, de ahí que este capítulo complemente al primero; sin embargo, se basa en un punto que suelen dejar de lado las retóricas, o bien que lo ven de forma muy rápida y sin tanta dilación, que es el uso y la forma de identificarlo, y, sobre todo, su función específica. Dentro del mundo de la predicación existe un trabajo que me permite problematizar el exemplum: el libro de Claude Bremond, Jacques Le Goff y Jean-Claude Schmitt, L’ Exemplum. Esta obra sintetiza y plantea muchas de las problemáticas nacidas a partir de una lectura atenta de las retóricas y se centra en el predicador Jacques de Vitry. Aunque mi tema no gira exclusivamente en textos medievales ni en torno a predicadores, me parece que las conclusiones y delimitaciones de esta obra establecen bases sólidas que puedo ocupar para mi tema. Notan los autores: buscar el exemplum sin un muy claro punto de vista, se podría vagar sin sentido, ya que la temática es amplia y difícil de definir.

El tercer capítulo compete a la delimitación de las obras que estudiaré, debido a que trataré historias. En este caso utilizaré el concepto de forma discursiva para poder hablar en concreto sobre la selección de textos. Más precisamente, este capítulo principia la segunda parte de la tesis, la cual estará consagrada al estudio de cuatro textos de historia de cuatro autores que pertenecen a períodos distintos que se escogieron de forma aleatoria para poder tener un panorama de estudio más amplio. Por fuerza y decisión, este capítulo es breve y expone de forma somera algunas características de las historias que trataré, y explica qué línea directriz seguí con la elección de los textos. No puedo detallar y profundizar con el problema en torno a la escritura de la historia, ya que sería por sí sólo un tema completo de una obra titánica y me forzaría a plantear numerosos problemas que me separarían del asunto, de ahí su caracter abreviado y concreto.

Los siguientes capítulos trabajan en concreto con las obras de historia. En el cuarto capítulo hablaré de Eusebio de Cesarea y su obra Historia Eclesiástica, el quinto a Guibert de Nogent y la Historia de las hazañas de Dios hechas por los francos, el sexto a Martino Martini y su Historia sobre la guerra tartárica y el séptimo a Edward Gibbon con la Historia de la decadencia y caía del Imperio Romano. En cada uno de estos capítulos analizaré algunos exempla y trataré de adentrarme en explicar la situación historiográfica de cada uno de los autores.

Elegí estas obras y dentro de ellas exempla que representan una moral del autor y del tiempo. Eusebio busca escudarse en los errores de Orígenes, Guibert de Novigento justificar el celo de los cruzados pero dentro de una moral no vindicativa, Martini destacar y glorificar la presencia jesuita a la vez de presentar una historia china para la gente europea, y Gibbon contrastar la iluminación de la civilización dentro del período romano como guía para su propia época y en contraste con la obscuridad de otros períodos. Es cierto que estas apreciaciones son reductivas y muy someras, superficiales inclusive, pero presenta un buen preámbulo para apreciar cómo los autores estipulaban una moral en la historia por medio del exemplum. Más aún, éstos se utilizan dentro de su contexto: en un momento que permite leer la moral que concebía el autor e ilustraba por medio de dichas historias. Una interpretación como la de Gibbon y el tipo de exempla que destaca no podrían encontrarse en otro lugar que no fuese la Ilustración, o el temor de los actos de venganza en el texto de Guibert de Novigento frente a los desenfrenos de los cruzados. Cada uno de ellos moraliza de distintas maneras dependiendo del contexto en el cual se encuentran inmersos, si bien parten de la historia para poder crear los exempla. Aunque ha quedado fuera del planteamiento de la presente tesis, es posible reconstruir los valores morales de los autores a partir del estudio de los exempla.

Una breve nota antes de entrar en tema: consulté los textos en su lengua original y, en la medida que hubiera traducciones, las transcribí según fuese necesario. En muchos casos no existe traducción española, por lo que fue hecha por manufactura propia. Éstas ofrecen al lector una forma accesible de llegar al texto y buscan ser claras y respetar en el mejor de los casos la intención del autor. Asimismo, usaré el nombre de exemplum latinizado con el fin de separarlo de la palabra ejemplo y poder tratarlo como un concepto, máxime porque dentro de las retóricas se suele preservar esta forma.

Como toda tesis, las distintas posturas que aquí se manejan requirieron de numerosos datos e indagaciones que, por causa del planteamiento de la misma y el espacio que quería dedicarle, no llegaron a concluirse. Muchos otros debates que se anuncian o que se presentaron no los escribí en el texto principal, por lo que las notas a pie de página, ese otro mundo casi independiente al texto principal, amén de conducir por el entramado bibliográfico, registran algunas opiniones que discutan ciertos puntos o que, al ser marginales, no podía incluir en la narración principal so pena de distraer del tema. Espero que el resultado no se encuentre demasiado rudo.

Comienzo con la preceptiva retórica.

I. El exemplum en la retórica

Es por demás conocido el papel fundamental que tuvo la retórica antes del siglo XVIII. Estudiarla resulta fundamental para acercarse a los textos de estos períodos que funcionaban bajo su influencia. Por esta razón establezco el presente capítulo, pero no sólo atiendo a algunos autores consagrados, sio que atiendo al concepto de exemplum con los cambios a través de los siglos que separan a los autores aquí expuestos.[11] Intento librarme de la visión más cotidiana y no tratar exclusivamente las retóricas clásicas, sobre todo a Aristóteles, Cicerón y Quintiliano para generalizar su uso en el mundo posterior. Estos autores sin lugar a dudas son los pilares de los estudios retóricos y los grandes maestros de la retórica a lo largo de la historia, razón suficiente para tratarlos en particular y con mayor detalle que cualquier otro, pero también debo considerar obras coetáneas a los autores de historia que consultaré, puesto que, si bien hay continuidades importantes y en ocasiones repeticiones, existen también cambios que se pueden destacar.[12]

Por lo menos desde Aristóteles, la preceptiva retórica ha configurado una serie de obras donde se dilucida y trata, con mayor o menor detalle, su complejo estudio. Alrededor de la retórica hay una serie de cuestiones, problemas, posturas y cambios que, a lo largo de su fructuosa historia, la han ido definiendo y orientando hacia diversos lugares. Sería un error definirla como una entidad estática y monolítica, si bien varias de sus bases teóricas recurren y a veces sólo glosan a los tres grandes autores: Aristóteles, Cicerón y Quintiliano. La primera sistematización del arte de la retórica ocurrió en Grecia, y declinó hacia el siglo XVIII, a la par de los cambios de la Modernidad, para encontrar un renacimiento hacia el siglo XX. La coronación de los estudios de preceptiva retórica, llegó quizás a su culmen en el siglo XX con la obra de Heinrich Lausberg,[13] quien expone la preceptiva clásica (siguiendo fundamentalmente a Quintiliano), pero hay otros tantos autores que la han estudiado, o bien en su conjunto, o bien en aspectos individuales. Más aún, el exemplum tiene un poder persuasivo muy importante que inclusive si se retoman las enseñanzas de la retórica clásica en un mundo actual, se puede ver su uso cotidiano.[14]

Habiendo dicho lo anterior, este primer capítulo no contempla una búsqueda minuciosa sobre la noción de la retórica ni ahondar en su estudio (¡cosa ingente sería llevarlo a cabo!), ni tampoco agotar todas las fuentes disponibles en artes y tratados sobre retórica. Me preceden otras obras de mayor envergadura y perspectiva de lo que aquí pudiera anotar. Muchas de éstas, sin embargo, no se concentraron en alguna parte concreta de la retórica ni en considerar debidamente los cambios que ha tenido, sino que se dedican a exponer con mayor o menor profundidad sobre los aspectos generales de la retórica o bien sobre la elocución, es decir, las figuras retóricas. Bajo esta advertencia, este primer capítulo se consagrará al estudio del exemplum dentro de la preceptiva retórica. Evidentemente muchos nombres faltarán aquí, y también hay un mayor peso a la retórica clásica y su tríada de autores, habida cuenta de la influencia que tuvieron en la retórica posterior y que prácticamente todos los autores que les siguieron los leyeron a todos o en parte. James Murphy, por ejemplo, ha notado que las primeras retóricas ahondaban en la estructuración del discurso y, a influencia de Cicerón, se le otorgaba un peso particular a partes como la invención o la formación del orador;[15] por el contrario, obras medievales y posteriores recalcan la importancia de la predicación y algunos cambios en la forma de construir el discurso o realizar argumentos.[16] El período en que fueron escritas influye en cada una de las obras. Con estas advertencias, comienzo la exposición de autores que han estudiado el exemplum.

Aristóteles

Se debe a Aristóteles (384-322 a. C.)[17] la sistematización de la preceptiva retórica a la cual dota tanto de un carácter práctico como de un carácter científico.[18] Su obra, la Retórica, se erige como un estricto y denso arte que estudia con el rigor propio de la dialéctica tan complicada materia que ya conocía variados antecedentes prácticos en Grecia. Sin lugar a dudas, la Retórica es la primera de las obras capitales de la doctrina retórica y ha sido también un texto ampliamente comentado y de perene influencia. Sobre el exemplum aborda una definición que tendrá gran influencia en autores posteriores y marcará los preámbulos para su estudio; por lo pronto, conviene anotar un breve contexto para comprender de mejor manera los alcances de esta definición, misma que será nuy socorrida.

En principio, Aristóteles afirma que la retórica es “antístrofa”,[19] funciona de forma semejante a la dialéctica, por lo que varios de los conceptos y de las premisas de una, así como el rigor de estudio, pueden aplicarse a la otra, pero manifiestan una diferencia fundamental en cuanto al conocimiento, puesto que para la retórica debe ser verosímil, mientras que la dialéctica tendrá otros criterios de veracidad. Él divide el discurso en dos grandes partes: la presentación de los hechos ( πρᾶγμα ) que se asume a la narración, y la demonstración ( ἀποδεῖξαι ) que corresponde propiamente a la argumentación; ambas partes no navegan independientes, sino que se complementan y se relacionan intrínsecamente.[20] Precisa que existen dos formas para lograr la persuasión ( πίστις ):[21] una es la que se realiza sin arte ( πίστεις ἄτεχνοι ), es decir, utilizando testimonios, registros y demás elementos que el rétor retoma, ajenos, en cierta medida a él; mientras que las otras persuasiones son realizadas con arte ( πίστεις ἔντεχνοι ), donde debe hacer uso de la retórica. Puesto que el propósito de la retórica y, sobre todo, del rétor, es la persuasión, Aristóteles trabajará sobre las persuasiones con arte ( πίστεις ἔντεχνοι ). Para trabajarlas, se basa en el entimema ( ἐνθύμημα ), puesto que “la demostración retórica es el entimema”, y es, inclusive, llamado el “cuerpo de la persuasión”; más aún, el concepto es explicado de la siguiente manera: “el entimema es cierto silogismo”.[22] Más adelante afirma: “llamo entimema al silogismo retórico”.[23] Como es sabido, el silogismo será el medio principal de razonamiento dentro de la dialéctica aristotélica, de ahí la unión entre la dialéctica y la retórica: es decir, el silogismo como forma de razonamiento pero aplicado a la retórica, un tipo especial de silogismo, al cual llama entimema, cuya diferencia consiste en que falta alguna de sus premisas o su conclusión.

Para Aristóteles el silogismo es la base de la argumentación y lo expone de forma copiosa dentro de sus obras de dialéctica, el famoso Órganon, mas, para este caso, me interesa considerar sólo al silogismo propio de la retórica, llamado silogismo dialéctico, a diferencia del silogismo propio de la dialéctica, o silogismo apodíctico.[24] La diferencia entre uno y otro silogismo es que el “el silogismo dialéctico se forma de las opiniones comunes”.[25] Sobre las opiniones comunes dice el filósofo: “las opiniones comunes son las que convencen a todos, o a la mayoría o a los sabios, o bien a todos los sabios o a la mayoría de éstos o a las más distinguidos o a los más famosos de los sabios”.[26] Esto se expone al inicio de los Tópicos, puesto que la retórica se basará en buena medida en el uso de los lugares comunes, o tópicos. Para la retórica, se utilizan los silogismos dialécticos, que se diferencian de los silogismos analíticos (los propios de la dialéctica) porque, entre otras cosas, suelen omitir alguna de las cláusulas, y porque los retóricos se basan en las opiniones comunes, amén de que son verosímiles. Mostraré un ejemplo:[27]

  • 1. La virtud es el único bien.

  • 2. Nadie puede utilizar maliciosamente el bien.

  • 3. Por lo tanto, nadie puede utilizar maliciosamente a la virtud.

En un entimema, una de las premisas o la conclusión es omitida; por lo tanto, el entimema plantearía: “la virtud es un bien (1) que nadie puede utilizar maliciosamente (3)”. Así, en este ejemplo, se omite la segunda premisa, pero es comprendida por el oyente, más aun, ninguna de las dos premisas debe ser verdadera: no está en discusión la veracidad de ambas premisas, sino que éstas deben ser verosímiles: parecidas a la verdad pero no por ello ni verdaderas ni falsas. Finalmente, debe tener una tercera característica: que sea basado en opiniones comunes. Así el silogismo dialéctico o entimema se diferencia del silogismo por tres características: 1) Carece de algunas de sus premisas. 2) Es verosímil. 3) Se basa en las opiniones comunes. Expongo hasta este punto el entimema porque, al ser la base de la argumentación y al funcionar para las definiciones de exemplum me es importante retomarlo. Continúo con el paso hacia mi objetivo.

Aristóteles aclara que existen dos formas básicas de argumentar: una de ellas es un método inductivo y otro deductivo. Ambos nombres provienen de la dialéctica: el método deductivo procede de lo universal a lo particular, mientras que el inductivo parte de lo particular a lo universal; aclara: “llamo entimema ( ἐνθύμημα ) al silogismo retórico (ῥητορικὸς συλλογισμός), y exemplum ( παράδειγμα ) a la inducción ( ἐπαγωγή ) retórica. Todos persuaden a través de la demostración, sea por medio de los exempla, o bien por medio de entimemas: no hay [persuasión] fuera de éstos”.[28] Esta definición advierte la relación entre un procedimiento lógico, propio de la dialéctica, donde destaco a la inducción en dialéctica, que servirá para su contraparte retórica: el exemplum. Cabe aclarar que ésta se define como “el camino de lo particular a lo universal”,[29] es decir, la inducción/exemplum es lo contrario a la deducción/entimema. Las consecuencias de esta relación son importantes para la materia: se tomaría un evento particular que se llevaría a una enseñanza universal. Además, si se toma en cuenta el papel primordial que tiene el entimema dentro de la retórica, el exemplum, al estar en un nivel semejante, si bien bajo el procedimiento lógico contrario (de particular a universal, frente al entimema que va de lo universal a lo particular), se robustece en cuanto a su importancia en la argumentación. Esta equiparación será luminosa para ubicar el exemplum dentro de los discursos, ya que las mismas características con las cuales dota al entimema, con éstas dotará al paradeigma, salvo porque es un razonamiento contrario. Hasta aquí el periplo de la retórica.

El exemplum ( παράδειγμα ), puede extraerse de dos lugares: o bien inventarse, o bien de la historia. Los exempla inventados integran narrativas de fábulas o de parábolas ficticias, de manera semejante a los mitos que utiliza Sócrates en los diálogos platónicos para exponer algún argumento o plantear un problema, mientras que los hechos pasados ( πράγματα προγενομένα ), a saber, la historia como hechos pasados, se convierten en el material para extraer el otro tipo de exempla;[30] y, más específicamente, los textos que escriben de historia, sobre los cuales trataré más adelante. Así, la historia en cuanto a cosas hechas sirve para exponer y conducir al oyente, partiendo de una narrativa que le sea conocida. En la argumentación, se recomienda persuadir con el entimema, pero también se destaca que el exemplum es persuasivo. Éste es la acción contraria, a saber, razona de lo particular a lo universal. Más aún, se aconseja que si el rétor no construye entimemas, deberá recurrir a los exempla, pues constituyen un razonamiento más sencillo y que se entiende con facilidad. Queda claro que el exemplum no amerita necesariamente un elemento sacado de la historia, sino más bien una designación genérica de un caso para que sirva de muestra a un fin universal. Se puede relacionar con la historia y de hecho es más recomendable que los exempla se basen en hechos.

La sistematización de la retórica debe mucho a Aristóteles, no en balde será una de las autoridades de la materia. La complejidad de estudiarlo radica en la medida en que se considere la relación entre la dialéctica y la retórica y la precisión conceptual, amén de que une varias explicaciones en torno a él que se deben tomar en cuenta. Aristóteles concibe al exemplum bajo la argumentación, postura que será seguida por varios otros trabajos, pero con algunos cambios que se verán en su momento. Para él, por sí sólo el exemplum es un argumento. Pasaré ahora a Cicerón.

Marco Tulio Cicerón

El gran representante de la retórica romana, Marco Tulio Cicerón (106-43 a. C.), se desarrolló en esta área, en la cual fue tanto teórico como extraordinario expositor. Su fama como filósofo y orador durante el último período de la república romana es por demás conocida y sobre la cual hay abundantes fuentes que no expondré, sino que entraré concretamente al tema que aquí me ocupa.[31] Aunque Cicerón dedicó varios texos a la retórica, para los propósitos del presente capítulo, discutiré dos: su libro de los años mozos, llamado De inventione rhetorica (De la invención retórica), compuesto alrededor del 81 a. C. y un libro de madurez y gran erudición: De oratore (Acerca del orador), compuesto hacia el 55 a. C. El primero es una especie de manual muy esquemático y de estilo un tanto parco en el cual abundan las definiciones y ejemplos simples. Por el contrario, el segundo expone con mucha mayor profundidad las labores del orador, mismas que problematiza. Esta última obra coloca al orador en el centro del discurso y no sólo a la oratoria. Más aún, no hay que olvidar que a Cicerón le era particularmente apreciada la historia, a la cual recurría en sus discursos y en sus tratados con mucha frecuencia. No fue fortuito que él nos legara la frase “la historia es maestra de la vida” (historia magistra vitae) y, en el mismo tenor, “toda la historia está llena de exempla” (historia plena exemplorum).[32] Comenzaré con el De inventione.

Cicerón define el exemplum dentro de la argumentación, sin apartarse aquí de Aristóteles, aunque lo ubica en relación con el símil (similitudo). La equiparación entre el exemplum y el símil será también una relación y a veces confusión común entre las retóricas. Cicerón afirma que el símil, para que tenga los elementos propios de la persuasión, debe ser verosímil. Añade cuatro características: que tenga un significado, que sea creíble (es decir, que se pueda plantear por sí solo sin necesidad de un testigo que refuerce el argumento), que sea propio de la opinión común y, finalmente, que se pueda comparar. Esta última característica la divide en tres partes, a saber, la imagen, la parábola y el exemplum.[33] Cicerón separa éstas y afirma que proceden de forma semejante a la inducción. Se puede apreciar que algunas de las cuatro características que tiene el símil, concuerdan con las características del entimema (y del exemplum) que anoté. No son concepciones alejadas entre sí y además el orador romano conocía a Aristóteles.

Finalmente, Cicerón define exemplum de la siguiente manera: “Exemplum es lo que consolida o debilita un asunto por autoridad o por un suceso de algún hombre o negocio”.[34] El autor lo aproxima en función al símil: para él, el símil es más general, debido a que compara cosas semejantes. De ahí lo divide en tres partes distintas, una de las cuales es el exemplum. Así, el símil se identifica en términos generales con todo lo que pueda compararse, y el exemplum es particular y depende de una autoridad o suceso con el cual se compare. Debo notar hasta aquí que en esta parte no relaciona al exemplum explícitamente con la historia, si bien hay algo de ella en la definición.

Al comparar a Cicerón con la Retórica de Aristóteles, se aprecia que hay una continuidad entre los conceptos de la dialéctica con los de la retórica y el uso de ellos. Así, habla de la argumentación con dos medios para hacerla, lo que llama la inducción (inductio) que corresponde a la inducción ( ἐπαγωγή ) de Aristóteles, y raciocinación (ratiocinatio), que corresponde al entimema.[35] Repite varios de los conceptos que estructura Aristóteles aunque con mayor brevedad. El exemplum pertenece a la inducción, en cuanto a proceso lógico, ya que ésta: “capta la aseveración con cosas no dudosas” y además “[se] realiza la inducción por medio del símil[36] . Con esto se realza que la inducción se hace por medio del símil, mientras que el exemplum es una de las tres formas del símil. Se trata, pues, de una distinción con respecto a Aristóteles, puesto que Cicerón tendrá una concepción más delimitada del exemplum y más precisa. Hasta aquí el De Inventione.

Paradójicamente, en su obra de madurez, en el De Oratore, Cicerón reduce el exemplum a la parte de elocución, es decir, al ornato del discurso, desplazándolo de la argumentación y agregando unas parcas palabras para reforzar qué tan fácil se puede persuadir con el símil y con el exemplum.[37] Esto significa que se utiliza para ilustrar o embellecer un argumento, y no para construirlo. En este texto une el símil al exemplum como operaciones para reforzar un argumento por medio de una narrativa. Por otra parte, también sostiene en esa misma obra que, tanto la inducción como el exemplum pertenecen a la argumentación, en consonancia con lo dicho en su De Inventione. Quizá la parquedad con que es tratado impida dar una valoración más extensa, pero denota las posibilidades entre ambas formas de considerar al exemplum: un mismo elemento puede servir como argumento por sí sólo y también como forma de ornato. Cabe considerar que la obra de Cicerón se compuso en los últimos años de la República romana, donde todavía la discusión pública era muy importante. El cambio hacia una forma de gobierno monárquico donde el senado tenía escaso valor sin duda influyó en la percepción de la retórica: ya no como el instrumento de las discusiones políticas, sino que tuvo que emigrar a otros campos y reducir su campo de acción, que acaso comience y refleje en detalles como los aquí expuestos. Hasta aquí Cicerón.

Retórica a Herenio

Junto al nombre de Cicerón yace la anónima Retórica a Herenio. Durante mucho tiempo fue atribuida a él debido a las similitudes entre ambos en cuanto a sus posturas de la retórica, aunque, a diferencia del De Inventione, la Retórica a Herenio aumenta ejemplos, precisa explicaciones y simplifica el lenguaje, por lo que la hace más didáctica. No es muy clara la fecha en que fue compuesta, pero parece que fue posterior a la obra ciceroniana, y, además, su descubrimiento en la Antigüedad fue bastante tardío, hacia el siglo IV, aunque fue un texto muy leido durante la Edad Media y el Renacimiento.[38]

El texto no difiere substancialmente en cuanto al exemplum de Cicerón, puesto que lo toma dentro de su sección dedicada al ornato, e inclusive, sus definiciones se observan bastantes parecidas: “El exemplum es la proposición de algún hecho o dicho pasado, junto al nombre de algún autor conocido”,[39] y nos dice que tiene las mismas características del símil, puesto que funciona de la misma manera, esto es, comparar un asunto con otro. Esta definición deja entrever que se relaciona con la historia, al definirlo con palabras como hecho o dicho pasado, y de algún autor conocido.

Al igual que sucede con el De Oratore, se relaciona al exemplum con el símil en la elocución, es decir, en el ornato del discurso y se aleja de la argumentación como lo había postulado Aristóteles; sin embargo, la Retórica a Herenio va más allá en la delimitación, por lo que le proporciona cuatro características: que sea un asunto de ornato, que no sea obscuro en su narrativa, que sea verosímil y que ponga frente a los ojos de los espectadores el asunto tratado.

Al leer este texto, se podrá ver que el exemplum que Aristóteles clasificaba dentro de la argumentación y a quien el joven Cicerón precisaba, se encamina hacia el ornato, pero además tiene posibilidades de ser considerado dentro de la argumentación o dentro de la elocución. La Retórica a Herenio aporta que se deja entrever la importancia de la historia en él con un tímido pero firme concepto que refiere al pasado.

Valerio Máximo

Diferente a los textos comentados, que pertenecen propiamente a las artes retóricas, Valerio Máximo (ca. s. I a. C.-ca. 33 d. C.) amerita un pedestal aparte para el exemplum. Conviene recuperar las palabras de Michael von Albrecht, quien dice que “Valerio Máximo no sólo reúne material para los discursos, sino que hace literatura del exemplum”.[40] Cuán importante debería considerarse para nuestro objeto de estudio, si bien Valerio Máximo no es actualmente (pero lo fue) una de las figuras más reconocidas de la literatura romana. Catalogar su obra, llamada Facta et dicta memorabilia (Hechos y dichos memorables), ha sido un gran interrogante, ya que para algunos autores sirve únicamente para los oradores extraigan de ésta exempla y los utilicen en sus discursos, es decir, una reunión práctica y sintética de exempla al estilo de las colecciones de exempla medievales. Navega, pues, entre la historia por su contenido y entre la retórica por su función. La valoración de von Albrecht alcanza importantes bríos dependiendo de cómo se considere el exemplum: para quienes sea sólo un artilugio retórico, no pasará de un recopilador más o menos ordenado que extrae fragmentos de historias y los adapta para su uso retórico, mientras que quienes vean en el exemplum algo más, con su conjunto de historia y retórica, verán en Valerio una obra con mayores alcances.

La obra se compone de pequeñas narrativas históricas que se ordenan de acuerdo a virtudes en distintos capítulos; cada una de ellas contiene exempla históricos romanos a los cuales, con algunas excepciones, se agregan extranjeros que, para la época son: griegos, macedonios, persas y caldeos, y son precedidos por un texto que sirve de introducción y resume la virtud en una prosa muy densa que será explicada mejor con las narrativas. A las virtudes también se agregan pasajes curiosos, como frases ingeniosas, o sueños premonitorios, pero que siempre concluyen en un aprendizaje: algo que sirva de admiración, usualmente positiva (si bien los hay negativos). Las introducciones a la virtud en cuestión exponen en una muy apretada y densa prosa un concepto filosófico, lo explica y, a veces, lo delimita a partir de la ética romana. De tal manera, desarrolla en pocas líneas lo que en la filosofía exigiría bastante más páginas, a la vez que se enfoca en la aplicación o comprobación por medio de exempla. Asimismo, en su introducción general a la obra, destaca que reúne elementos (documenta) que estarían en varias obras o que ameritarían una búsqueda más abundante, de ahí que haya seleccionado “hechos y al mismo tiempo dichos memorables dignos de ser recordados de la urbe romana y de los pueblos extranjeros”.[41]

Si se lee a Valerio como un conveniente seleccionador de exempla, se le reduciría a un papel servil a otras artes retóricas, pero su recopilación, aunado a las introducciones y la narrativa propia de cada una de ellas con un tono dramático, abarcan más allá del campo propio de un recopilador. No significa que deje de lado la retórica, tema tan frecuentado y estimado por los antiguos, pero el autor va más allá con los exempla. Valerio Máximo fue, además, un gran conocedor de Cicerón, por lo que, sin duda, buena parte de su concepción de exemplum venía de los tratados de éste; en consecuencia, veía el exemplum como un argumento y ornato, puesto que cada uno de ellos, tomados de diferentes textos de historia, sirven para ejemplificar una virtud: argumentan y amplían la densa introducción más propia de los textos filosóficos pero también la ilustran. Sin importar la dificultad para catalogar al autor, lo cierto es que, como comentó von Albrecht, “hace del exemplum literatura”, y, como tal, se convierte en un referente importante para mi objeto de estudio. La dificultad para clasificar a Valerio se expande en la misma medida en que es problemático el exemplum, ya que se encuentra en una encrucijada entre la retórica (persuasión) y la historia (hechos pasados) y, para este caso particular, una parte de la filosofía moral que funge como directriz. El corte transversal que realiza entre estas disciplinas abona al estado de la cuestión del exemplum dentro de la retórica romana.

A pesar de que Valerio Máximo no aporta a la teoría del exemplum ni ofrece una visión particular al concepto que me compete, sí proporciona una serie de exempla ordenados a partir de virtudes, por lo cual, se parte de que de conceptos particulares se extraen éstos, utilizando a la historia para remarcar el objetivo, es decir, hace un uso práctico de los exempla. Las narrativas históricas bien podrían encontrarse así dentro de las historias, sea como una introducción a un personaje que hizo algo notable. Se puede decir que es una muestra de cómo el exemplum funciona por sí sólo como una narrativa moralizante, ordenado temáticamente.

Marco Fabio Quintiliano

Marco Fabio Quintiliano (ca. 35-ca. 100 d. C.) escribió la obra, por mucho, más desarrollada y ordenada que versa sobre la retórica de la Antigüedad: las Institutiones Oratoriae (Instituciones oratorias). Por ello sus conclusiones en torno al exemplum, que retoma de textos anteriores, es, a menudo, la de mayor autoridad y prolijidad.[42] Con respecto al exemplum, Quintiliano se ubica en línea con la postura de Aristóteles, aunque ostenta algunas variaciones a considerar. Como gran maestro de retórica, ofrece de forma explícita una traducción y adaptación de los términos griegos al latín, los cuales, si bien ya se encontraban afianzados en la lengua latina y Cicerón, de alguna forma los había interpretado, no se habían establecido de forma tan explícita. En pocas palabras: Quintiliano traduce algunos conceptos del griego al latín. Él realiza las siguientes equiparaciones: paradigma ( παράδειγμα ) para exemplum; epiquirema ( ἐπιχείρημα ) para ratiocinatio; epagogué ( ἐπαγωγή ) para inductio; y finalmentehabla del entimema como cierto silogismo. Empero, no se limita a repetir a Aristóteles, por el contrario, aumenta y con mucho la discusión acerca del exemplum, partiendo de opiniones contrarias y contraponiéndose a veces a ellas, a veces siguiéndolas, a la vez que llena de ejemplos, frecuentemente extraídos de Cicerón, su texto.[43]

La primera vez que Quintiliano menciona al exemplum es dentro de su sección de los testigos, que es una de las formas de encontrar argumentos sin arte; esta indicación es utilizada como un medio para extraer información, es decir, equipara exemplum para demostrar de la misma forma en que Sócrates procede en los diálogos platónicos, a saber, se interroga al testigo para guiarlo a una respuesta.[44] El exemplum funge así como el proceso dialéctico de inducción para conducir a los testigos a cierto lugar y, por lo tanto, hay tipos de exemplum dependiendo de la forma tratada: los que provienen de la historia y los que son llamados en latín fabula, entendida ésta como una narrativa oral que no es verdadera pero que sirve para explicar un punto particular. Por su función, deben asimilarse en nuestra lengua a las parábolas y fábulas (en el sentido moderno del término), sobre todo a las socráticas que sirven para explicar, por medio de un exemplum, un argumento. Se habla del proceso dialéctico, de la inducción, para explicar su funcionamiento. Para él la historia siempre tendrá un elemento de autoridad al momento de formar los exempla y será más persuasivo que utilizar fábulas inventadas. Conviene recuperar una nota de Lausberg al respecto: “La credibilidad de los exempla históricos no radica solamente en el hecho de que se trata de acontecimientos históricos (que a su vez tienen que hacerse creíbles), sino en la literaturización y notoriedad que han conseguido ya mediante la historiografía.”[45] Es preciso separar aquí el exemplum que es el argumento, de donde concordaría con Cicerón y que éste puede provenir de la historia (hechos pasados) o bien ser inventado como una fábula, del proceso lógico que es la inducción. En un caso funcionaría como un argumento en sí que ilustre un punto en particular, y en otro como una forma de razonar, al estilo del entimema.

Por otra parte, el exemplum, tal como lo había planteado antes Cicerón, se asemeja al símil tanto en su forma de estructurarse como en su función, la cual deja entrever algo de su uso y algunos posibles usos dentro de la narrativa histórica: deben cumplir con la función de comparar o contrastar con elementos acaecidos a lo largo de la historia. De hecho, se muestra como uno de los tres elementos para acercarse a la causa de la cual se habla, siendo los otros dos el entimema y el epiquerema.[46] Quintiliano recupera, estudia, amplifica y clarifica varias de las posturas de Aristóteles, además de que hace lecturas completas de él, es decir, no sólo se basan en el estudio de la Retórica, sino que la compara con otras de sus obras (un paso semejante a lo que realicé al comparar la definición a partir de varias obras de Aristóteles. De tal forma, lo que el filósofo griego llamó παράδειγμα se traduce al latín como exemplum, aunque también menciona otras posibles interpretaciones como el símil o la parábola, que se refieren a la forma en que funciona el exemplum. Asimismo, recupera el concepto de inducción para explicar dentro de la lógica cómo funciona el exemplum.[47]

Lo que diferencia al exemplum dentro de la tradición latina de Cicerón y Quintiliano, es que, para éste último se debe apoyar necesariamente en la autoridad del pasado, de las cosas hechas, y para aquél no era del todo necesario. Ya se había dicho que un exemplum se basa en una autoridad, pero ahora precisa que deben ser cosas del pasado, es decir, son aquellas “de las cosas hechas que se apoyan en una autoridad”[48] . Por supuesto, esas cosas hechas (res gestae) se refieren a la historia en cuanto al pasado. Se puede citar la definición más famosa de la Retórica a Herenio: “La historia es la cosa hecha (res gesta), pero remota de la memoria de nuestra edad”,[49] y podríamos recuperar otras definiciones que coincidirían con ésta. Conviene citar más a Quintiliano: “llamamos exemplum, esto es, la rememoración de un asunto pasado o como si fuese pasado, útil para persuadir lo que se amplifica. Se debe cuidar que, o bien, todo [lo que se compara] sea semejante, o lo sea en parte, o casi todo de lo que tenemos, o bien, que todas las cosas sean útiles.”[50] Se puede apreciar que la función de éste es traer elementos del pasado y apoyarse plenamente en algún evento de la historia, y a partir de ella ilustrar el argumento que se desea expresar. Quizá la diferencia más marcada de Quintiliano con sus predecesores es que él lo asigna directamente con la historia y nos da pie para una serie de delimitaciones que servirán para esta tesis. Por supuesto que no es la única opción, como ya aclararon los rétores anteriores, pero bien nos sirve para hacer patente algo que se asomaba tímidamente por las artes retóricas: la historia, lo acontecido, el pasado como el lugar predilecto para obtener exempla.

Cabe también aclarar que no sólo se recuerda al exemplum dentro del uso de los argumentos, sino que también tiene su parte en una de las figuras de dicción de la retórica: el símil, con el cual se unía. La preceptiva a veces los estudia de forma separada, puesto que el exemplum usualmente se estudia dentro de la argumentación y el símil dentro de la elocución. En algunos casos el exemplum es visto entre estos dos puntos. Evidentemente tanto éste como el símil coinciden en algunos puntos; al símil, Quintiliano divide en tres grandes secciones a las cuales asigna nombres griegos que son: la imagen de persona, la analogía y el enjuiciar o, de acuerdo a sus nombres griegos ícono, analogía y crisis; cada uno de estos pertenece a la función del símil como figura de dicción, sobre los cuales hablaré brevemente, habida cuenta de que exponen de forma más o menos clara cómo funciona el exemplum dentro de un texto: La imagen de personas (imago personarum)[51] se refiere a un punto por medio del cual se hace una comparación, es decir, estrictamente lo que nosotros llamaríamos un símil dentro de los usos retóricos y poéticos de la lengua; esto significa, comparar un concepto con otro que suele ser introducido por conjunciones tales como “así... como” y demás. Se utiliza frecuentemente en la prosa para ejemplificar un punto en cuestión y que la gente esté más convencida de él, al verlo relacionado con un hito, un ícono. El siguiente es la analogía[52] la cual refiere la proporción en la cual se presenta la similitud, es decir, se hacen comparaciones para lograr una comparación más eficaz. Quintiliano apunta un breve ejemplo: si el placer es el fin para los animales, también lo es para los hombres. Ésta es una analogía. El último de ellos son los juicios[53] que se refiere a cómo es considerada o enjuiciada cierta causa para un grupo específico de personas, sean éstas del vulgo, sabios, o particulares, es decir, un ajuste a las opiniones del grupo (es decir, las opiniones comunes).

De tal forma, Quintiliano, como autor de retórica, escribió la obra más detallada de retórica en la Antigüedad, que conjunta un profundo conocimiento de los profesores de retórica griegos y latinos y que, en cuanto al exemplum, lo refiere directamente al conocimiento del pasado, por lo cual, otorga la entrada a la base teórica que este tesis pretende desarrollar. Hasta aquí autores de la Antigüedad Grecorromana.

Retórica cristiana

La preceptiva retórica continuó durante los siglos subsecuentes y tuvo a Cicerón siempre como la gran autoridad, misma que fue imitada, comentada y reproducida con algunas variaciones. Una de las polémicas de los primeros siglos del Cristianismo arguyó en torno a la pertinencia, uso y adaptación de modelos grecorromanos sobre lo cual existió un muy nutrido debate con varias resoluciones. El pequeño texto de San Basilio de Cesarea, ¿Qué se puede sacar de provecho de los libros de los paganos? anida en este sentido un punto importante, al concluir que se puede extraer la virtud ( ἀρετή ) también de los griegos paganos y, por tanto, no debían rechazarse en función de su religión.[54] En este tenor también entendemos la adaptación ciceroniana de San Agustín y la continuidad de muchas otras obras que se leyeron bajo la perspectiva cristiana pero sin rechazar los textos producidos en Grecia y Roma. Sin embargo, parte de la más genuina innovación cristiana se dio al analizar una parte importantísima del discurso que la Antigüedad pasó por alto: el público. Éste se menciona constantemente dentro de las retóricas, pero se ausenta en la preceptiva de la Antigüedad. En la retórica cristiana ya no se hablará del rétor o del orador, sino del pastor o el predicador, por lo que su función con respecto a la gente a quien habla, cambia: los primeros deben persuadir, pero los segundos, además, deben ser personas ejemplares.

Hubo muchas obras que versan sobre la retórica, pero hay dos autores que me interesa nombrar brevemente y que influyeron enormemente. El primero de ellos es el arte de predicar que se encuentra en la Regula Pastoralis de San Gregorio Magno. A la par de éste, analizaré al autor que continúa en cierta forma con el anterior: Alan de Lille. Entre ellos se desarrollará una idea clave: la ejemplaridad de la vida. El comportamiento moral pesará mucho para los autores cristianos, puesto que se predica con el ejemplo. Es un énfasis, pues, mucho más marcado que en los textos anteriores, donde también se habla de la integridad del orador, aunque en otro tenor.

Sin duda un austente importante es Sobre la doctrina cristiana de San Agustín cuya exclusión justifico en que, si bien un texto fundamental para la recepción de la tradición ciceroniana cual hilo que pasa por un telar cristiano, no habla significativamente sobre el exemplum como sí lo hacen estos dos autores. Más aún, por retórica cristiana debe entenderse un largo período no resumido a unos cuantos autores, sino que llega hasta el siglo XVIII, cuando la retórica declina fuerzas y es resumida a la elocución. Comienzo con el primer texto.

San Gregorio Magno

San Gregorio Magno (590-604),[55] el papa, escribió uno de los más importantes e influyentes libros para el Cristianismo, la Regula pastoralis, que planteó los conocimientos que debía tener el pastor. Se interesó por presentar una obra que pudiera ser aprovechada en particular por los cristianos.[56] Al momento que escribe, existe un notorio cambio con respecto a la preceptiva retórica anterior: él no hablará más del orador, sino del pastor, y se preocupará por la educación completa ahora del pastor, como antes había designado Cicerón del orador. No obstante, hay diferencias bastante marcadas en las labores de uno y otro cuyo punto coincidente es coronado en el uso de la palabra.

Si bien la Regla pastoral no se trata de un arte de retórica como los que mencioné anteriormente, sí expone algunos puntos de la retórica de forma simple y basada en la Biblia con una influencia subrepticia de la retórica antigua: Gregorio no podía librarse de su educación pagana. El Cristianismo, y, sobre todo, el interés de Gregorio, quien llegó al papado y conformó esta figura con mucho poder, tenían en su haber el expandir la religión. Es en este punto donde difieren substancialmente de la retórica antigua de la cristiana, ya que ésta última atiende y adapta su discurso a todo tipo de personas y, por ende, un pastor debía ser capaz de prepararse para cualquier tipo de situación y público: su comportamiento debía ser ejemplar, puesto que fungiría como modelo para su grey. Él debía dirigirse con integridad y basado en las enseñanzas más preclaras de las Escrituras. Buena parte de la Regla pastoral se basa en hacer un estudio de cómo predicar ante cierto tipo de públicos, es decir, especializa su forma del predicar dependiendo de a quién se tuviese enfrente.[57] Esta situación logra que, más que encontrar definiciones claras, se analicen casos donde se hable del papel del ejemplo en la vida del pastor, quien debía mantener una integridad moral. Así, encontramos frases como: “quien fue traído a la admiración de su santidad, destruye a los demás, o bien por la palabra, o bien por el ejemplo.”[58] Como se puede apreciar, las delimitaciones de aquí entienden exemplum sin un sentido retórico, sino moral. La persuasión se consigue no sólo con palabras, sino con el comportamiento, de ahí que encontremos una frase como la siguiente: “Y la grey que sigue el turno y las costumbres del pastor, avanza más por los exempla que por las palabras.”[59] Tal es la consideración de Gregorio, donde el exemplum se contiene no dentro de la preceptiva retórica, sino dentro del comportamiento de los pastores. Éstos deben enfocarse en lo práctico, más en la línea de propuesta de Valerio Máximo con respecto a Facta et dicta memorabilia, las palabras y hechos memorables (y ejemplares). En suma: es cierto que la Regula Pastoralis de San Gregorio Magno no puede compararse a alguna de las artes retóricas que estudié porque de forma muy escueta proporciona consejos. Donde sí gana magnitud es en que cristianiza la figura del orador para presentarlo como un pastor. No sólo se debe éste enfocar en sus palabras, sino que también en sus acciones, porque con éstas persuadirá a su grey. Más aún, ésta captará a toda la gente, por lo cual se precisa planear un discurso dependiento de cierto tipo de situación. Hasta aquí la exposición de Gregorio Magno.

Alan de Lille

De la tradición medieval, muchos autores recuperaron los modelos ciceronianos y augustinianos que adaptaron de forma esquemática para el mejor uso del maestro, pero muchas veces esas obras son adaptaciones, más que cambios. La retórica logró un gran momento con Gregorio Magno, y de esa escuela sale la otra figura que recupero: Alan de Lille (ca. 1128-1202), un monje cisterciense con una amplia obra que abarca varios varios géneros, de las cuales sólo me centraré en su De arte praedicatoria (Acerca del arte de la predicación).[60] Además de sus numerosas obras con temáticas varias, debemos a Alan de Lille la primera definición de la predicación y, a la par de Gregorio Mango, la continuidad del oficio de la retórica en el ámbito cristiano que se distancia en algunos puntos de la retórica pagana y en otros la sigue. Los oradores ahora serán predicadores. De forma parecida a la Regla pastoral, Alan de Lille contribuye a distinguir un discurso y adaptarlo para los distintos tipos de público, pero pertenece a ámbitos distintos, ya que, mientras Gregorio citaba sólo la Biblia y a algún teólogo de la Patrística, Alan de Lille agregará citas de los grandes poetas latinos de la Antigüedad, como Virgilio y Horacio, y planea una obra de mayores alcances y propia de otro momento, amén de ser escrita en muchas secciones a modo de alegoría al estilo del resto de sus obras.

Su obra coincide en buena medida con Gregorio Magno con respecto al uso de los ejemplos: el predicador es una persona firme y con una exacerbada moral, con un dominio que debe servir de ejemplo a otros: “El predicador debe utilizar ejemplos para probar lo que se propone, porque la doctrina ejemplar es familiar”.[61] ¿A qué se refiere con estas palabras? La ejemplaridad, el hecho de remarcar aspectos propios de los ejemplos servirán mejor que las palabras. No está solo en esto, sino que se recomienda su uso ya que es más sencillo para persuadir que otros medios: los exempla se identifican más fácilmente, como ya había notado la preceptiva retórica. De ahí la ejemplaridad se base en mostrar de forma práctica y no sólo por medios más abstractos (como lo podía ser el entimema, cuya ausencia tanto en San Gregorio Magno como en Alan de Lille es notable); así lo había considerado Valerio Máximo, al servir como modelo y no en una avanzada muestra de profundidad como podría ser un texto de contenido filosófico a la usanza de los griegos.

El predicador debía tener una actuación y una fortaleza moral distinta a la del orador en la Antigüedad. Cabe destacar cómo Alan de Lille divide un tema: “dos cosas atañen a los prelados: la doctrina y la vida. La doctrina, para que ellos instruyan a otros, la vida, para que asuman el ejemplo de vivir correctamente ante otros.”[62] Dentro de estas palabras, inclusive se acentúa la comparación y asimilación con Gregorio, al grado de usar palabras semejantes con asimilar (praebeo). Más aún, ese “ejemplo de vivir correctamente” no se dice en abstracto, sino que usa una visión específica cuando habla, por ejemplo de los soldados, cuyo “ejemplo de vivir correctamente” debe el mártir Sebastián, o bien San Hipólito, o San Víctor,[63] todos ellos soldados.

Alan de Lille sigue en su exposición a San Gregorio Magno. Ambos no apuntan tanto a la preceptiva retórica, sino a la ejemplaridad en la vida y la búsqueda por el público y cómo hacerle llegar el mensaje. Esto demuestra un cambio importante en el ámbito de la retórica, del mundo de la Antigüedad que difícilmente toma en cuenta o dedica páginas al público, con algunas excepciones.[64] No son los únicos textos, pero se puede observar la necesidad de construir una figura ejemplar del pastor o predicador y, por el contrario, dejar atrás los teóricos análisis del entimema. Tanto en la Regula Pastoralis como en el De Arte Praedicatoria se especifica una elaborada lista con distintos consejos para aproximarse a distintos públicos. Éste es, en verdad, el gran cambio de las retóricas cristianas.

Luis de Granada

De entre todos los textos que avanzan por el renacimiento y el barroco, destacaré uno muy importante para la predicación: la Retórica eclesiástica de Luis de Granada (1504-1588), una de las artes retóricas más completas y extensas de la época que conjuntan el saber de la retórica clásica con los autores cristianos.

Al hablar acerca del exemplum, Luis de Granada reproduce las definiciones de la Retórica a Herenio y del tratado Sobre la invención de Cicerón que fungen como sus modelos. Parecería que la tradición sobre este permaneció inalterada; sin embargo, una lectura así sería ingenua. por el contrario, hay algunos cambios importantes que se deben notar, puesto que le asigna diverso peso a otras partes. En principio, dice lo siguiente: “Consta que el exemplum y el símil están en los lugares de la argumentación. Éstos, sin embargo, se cuentan entre las figuras, de forma que se asumen al gran ornamento para el discurso, y, sobre todo, cuando se presentan para ilustrar o adornar el asunto.”[65] A partir de esta declaración es claro que se considera al exemplum cercano al símil, lo cual lo ubicaría, dentro de la arquitectónica retórica de Luis de Granada, en la elocución, antes que la argumentación, si bien ya se había observado esta transición y duplicidad en el De Inventione de Cicerón; no obstante, nótese cómo los menciona dentro de los lugares de la argumentación. El mismo autor examina con cierta minucia algunos elementos de la retórica que conservan un pie dentro de la argumentación y otro dentro del ornato, puesto que hay algunos conceptos que pueden atender a ambos: el funcionamiento y la aplicación serán los que delimiten sus usos simples o dúplices. Esta situación permanecía más o menos presente en los rétores antiguos, pero a veces se obvian algunos pasos que, en el caso de Luis de Granada, se clarifican. El caso más explorado de esta situación se aclara con la figura de la amplificación: la parte de la retórica a la cual le dedica más páginas, y que junta un híbrido entre ornato y argumentación.[66] Con este antecedente, el exemplum navegaría también como un híbrido, semejante a la amplificación e inclusive con algunas funciones parecidas, dentro de la argumentación y la elocución. Cabe aclarar que el exemplum:

[H]ace al asunto más adornado, cuando no asume la causa de algún otro asunto, ni siquiera en cuanto a la dignidad. Lo hace más abierto cuando algo que es obscuro, regresa iluminado. Lo hace más probable cuando se vuelve más verosímil. Pone ante los ojos cuando exprime todas las cosas correctamente, de forma que el mencionado asunto pueda casi ser tocado por la mano.[67]

Y complemente más adelante

Lo antiguo, ilustre, propio, local, mueve grandemente nuestros ánimos, esto es, cada una de estas cosas mueve a su gente, a su estirpe.[68]

Estas delimitaciones nos mueven a pensar hacia dos conceptos fundamentales: lo ilustre, en cuanto a algo digno de destacar, y, por otra parte, el conocimiento de lo antiguo, propio, a saber: la historia en cuanto al pasado de donde (para recordar por nueva vez a Cicerón) se extraen los exempla. Pero no se basa sólo en eso, puesto que, como se ha visto hasta el momento, el exemplum se puede encontrar tanto en el medio por el cual se convence, semejante a lo que hacía Sócrates, y extraer así información, o bien, desde la historia. Prosigue así:

Será lícito que se introduzca el exemplum, o bien desde la alabanza de un autor, o de su pueblo, desde donde éste se extrae. Si alguien citara a partir de los textos de Plutarco un exemplum, sería lícito introducirlo como una sola autoridad, una muy importante. Él habría unido la más alta ciencia de la filosofía con la elocuencia de los escritores de historia, de forma que sería necesario ver no sólo la fidelidad de la historia, sino también la autoridad y el juicio de los filósofos más doctos.[69]

El nombre de Plutarco aquí refiere a un autor que conjuntó tanto lo histórico de sus Vidas como la filosofía en una misma persona y no son pocas las conclusiones filosóficas que pueden extraerse de sus Vidas como tampoco es la historia que pueden extraerse de la Moralia. Una formación similar proponía Valerio Máximo con sus filosóficas introducciones que son seguidas por ejemplos de la historia.

Luis de Granada prosigue con algunos ejemplos sobre el exemplum, sobre todo en su uso de amplificación y cómo poder agregar o disminuir éstos. Todos extraídos de dos fuentes fundamentales: la historia antigua de Grecia y Roma y, por otra parte, ejemplos cristianos, tanto bíblicos como de los Padres de la Iglesia. Posteriormente delimita con detalle la forma en que se puede amplificar el exemplum para hacer, o bien, narrativas breves o largas o patéticas, y, además, se recomienda que, para la máxima fidelidad, se apoye en una autoridad y cada uno se complementen con diversas referencias. A fin de cuentas, un exemplum debe servir para advertir, de ahí que puedan mostrarse como positivos o negativos. Después el autor junta el exemplum con la comparación y, por supuesto, al papel de amplificar para mostrar. Aquí no abundaré en la amplificación, ya que es tema mucho más extenso y primordial en el barroco: el núcleo, podría decirse, de su obra.

De tal suerte, Luis de Granada precisa los exempla sobre todo en función de su contenido histórico, acompañados de una moral que plantea lo que debe seguirse, de ahí su relación la cierta filosofía moral y la referencia a Plutarco. En cierta forma recupera algunas definiciones de los oradores romanos, pero, si ellos titubeaban al mencionar de dónde deberían venir éstos, Luis de Granada será claro: los exempla se extraen de la historia. Además, el objetivo de los mismos es la moralización, puesto que en la prédica siempre se moraliza.

Muevo la pluma ahora a otro escritor semejante a Valerio Máximo, es decir, que utilizan de forma práctica una obra llena de exempla.

Justo Lipsio

Justo Lipsio (1547-1606), un erudito escritor flamenco, compuso sus Monita et exempla politica (Advertencias y exempla políticos), una obra que lo liga a la amplia influencia de Valerio Máximo, puesto que se trata de una selección de exempla al estilo del escritor romano pero con una actualización. Justo Lipsio estructura su obra por medio de narrativas a las cuales precede una advertencia sobre el cómo gobernar, pero con una finalidad más específica que los Facta et dicta memorabilia. Cada narrativa proviene de algún episodio histórico, que retoma desde la Antigüedad hasta sus días, mencionando inclusive las gestas de Hernán Cortés en México. Al contrario de Valerio, cuya obra casi siempre se cimbraba dentro de la retórica, la de Justo Lipsio, desde su prólogo, tiende a una revisión eminentemente política: ni la política ni la retórica son del todo contrarias,[70] pero aquí aparece la función para la segunda. De tal forma, asegura con el uso de la historia que de ella se puede aprender: es, al fin y al cabo, maestra de la vida, y los eventos pasados sirven de modelo para el gobernante. A diferencia del romano, Justo Lipsio se centra sólo en virtudes que debían ser seguidas por los príncipes; con su obra, incita a que se convierta la historia en algo práctico para el gobernar. Su intención se expresa así:

Son, pues, advertencias políticas: ¿A quién será más justo que vayan que al gobierno y al rector de nuestro estado? Son exempla: y ¿quién los aprovecharía mejor que quien reconoce en éstos su estirpe? [...] ¿Qué?, ¿cuál argumento y cuál materia conduce a esto? Las virtudes y los vicios de los príncipes. Éstos o los formamos o los hacemos o los preparamos [...][71]

Por supuesto, Lipsio no es sólo un imitador de Valerio, sino que amplía mucho más su horizonte de historia, amén de ser él mismo un comentador de historiadores antiguos como Tácito o Veleyo Patérculo, pensó siempre en la nobleza como su principal receptor. Un predicador podría retomar de la obra de Lipsio momentos para usarlos en su propio texto. Finalmente, la enseñanza es patente: la historia debe iluminar el camino de los gobernantes, el exemplum se retoma de la historia y corresponde al príncipe conocerla para poder actuar correctamente. Será la historia la que forme, haga y prepare las virtudes que debe seguir.

Dominique de Colonia

El último autor que trataré en esta sección de retórica será Dominique de Colonia (1658-1741)[72] y su De arte rhetorica, hecha a base de preguntas y respuestas, que constituye una versión más o menos sintética y escolar, adaptada de otras obras. Las fuentes son las clásicas, sobre todo las latinas como Cicerón y Quintiliano, pero, a menudo, se observan diferencias interesantes y algunas variaciones en la exposición de los temas. Su sencillez y a la vez profundidad son admirables, amén de su orden: no en balde poseyó numerosas reediciones y además fue impresa en un formato muy pequeño que la hacía portátil.

A diferencia de otros autores, de Colonia ubica al exemplum directamente en una parte del discurso, la confirmación, esto es, la sección del discurso posterior a la narración, donde se reafirman los argumentos esgrimidos por el orador. Dentro de la argumentación (en lo cual coincide con Aristóteles), aparecen las persuasiones, que llama fides en latín o πίστεις en griego.[73] Siguiendo el modelo aristotélico (y, en varias partes, la terminología), la forma de argumentar se basa en el silogismo y, para el fin de la retórica, en el silogismo imperfecto o entimema.

Dentro de esa sección, expone la inducción, como el medio por el cual llegar a cierta persuasión y, detrás de ella, el exemplum. Es, para él, la inducción una forma eficaz de persuadir, mas: “Se deben advertir un par de cosas: 1. Que lo que se anote sea muy verídico. 2. Que lo que se asume tenga la causa de la confirmación sea la inducción, semejante al símil.”[74] Es decir, debe parecer un símil que, como ya se analizó, coincide en su concepción con el exemplum. Además, lo “muy verídico”, sin duda, se afianza a algo comprobable en los textos, sea histórico o mitológico (puesto que lo ejemplifica con unos versos de la Eneida), pero que esté suficientemente justificado por fuentes, es decir, por las autoridades. La exposición del exemplum parte de las definiciones anteriores, puesto que dice: “es la inducción imperfecta por la cual se argumenta semejantemente de uno a otro lado”;[75] se dice imperfecta porque no se presenta como la inducción, sino que sólo se expone una similitud al argumento, no el argumento en sí.

Un aspecto interesante para ser notado son los ejemplos con los cuales De Colonia ilustra el exemplum: unos versos de la Eneida y un discurso de Cicerón. No hay una narrativa que provenga de un texto que se haya escrito como historia, pero con estos dos textos propone, en una suerte de observación secundaria, cómo Virgilio y Cicerón respectivamente recuperan un exemplum dentro de sus obras. Destaco el texto de la Eneida, en el cual de Colonia copia una parte del libro donde se maneja la blasfemia de Ayax. A su vez, el poeta la compara con el enojo que sintió Juno hacia las tropas de Eneas. Para la diosa romana, Eneas es como Ayax, quien violó a Casandra, mientras que aquél hizo lo propio (según la diosa) a Dido. Ese exemplum funciona como símil dentro de la estructura retórica del texto, pero sirve como la advertencia que debe tomar en cuenta el héroe: no caer como Ayax y sufrir las consecuencias. Subrepticiamente se manifiesta el desenlace trágico que advierte a Eneas las consecuencias de tocar a una mujer favorecida por los dioses.

Se puede concluir que, efectivamente, el exemplum se concibe dentro de la argumentación, ya que Dominique de Colonia sigue la tradición peripatética, pero precisa de entre ciertas características que sean afines a la historia, como la certeza y nuevamente recupera su semejanza al símil.

Balance

Dentro de las retóricas, que han sido los textos analizados hasta el momento, se puede concluir que el exemplum se considera, o bien parte de la argumentación, o bien parte de la elocución y tiene elementos propios tanto de la historia (res gestae) como de la preceptiva retórica; sin embargo, ambas partes tienen coincidencias marcadas y no es tan fácil separar una sin la otra, así como tampoco es posible separar la historia y la retórica cuando se trata del modelo de la construcción retórica de la realidad. Por otra parte, el exemplum proviene de un hecho o autor memorable y sirve para destacar los aspectos admirables que sean dignos de ser imitados, o bien, que adviertan algo, es decir, que sean ejemplares en el sentido pleno de la palabra: que sean una extracción de un modelo. A lo largo de los textos, es preciso anotar que existen más continuidades que diferencias, si bien el concepto no fue estático. Quizá lo más significativo radique en la función del exemplum dentro del discurso: para los autores antiguos la definición es más bien breve, y relacionada, sobre todo en Aristóteles, con la argumentación, para los posteriores, el peso moral de quien pronuncia las palabras, que no estaba explícito en la retórica antigua, comenzó a ganar un lugar preponderante. Se debía mostrar con el ejemplo propio, a la vez que con las palabras, puesto que el primero es generalmente más persuasivo: sin duda la presencia del Cristianismo influyó sobremanera. Dentro de cada texto es posible notar el período al cual pertenecen: desde la parte grecorromana, hasta el barroco de Luis de Granada y lo esquemático de Dominque de Colonia; sin embargo, es todavía más importante destacar que las retóricas son parcas y carecen de una delimitación más puntual. Ante esta situación debo avocarme a tratar una cuestión muy particular: cómo se identifica un exemplum.

II. ¿Cómo reconocer un exemplum?

Cuando traté sobre el exemplum desde la perspectiva de la retórica estudié sobre todo de qué forma ha sido concebido dentro de los textos de las artes retóricas, es decir, la preceptiva, la disciplina que se dedicó a explicar y definir el exemplum; sin embargo, dichas definiciones, debido al lugar desde donde fueron escritas, dejan de lado algunas cuestiones más puntuales. Estudiaré textos de historia, pero en un principio el objetivo de las artes retóricas no es en específico la historia, sino los discursos orales y en función de lograr la persuasión es que la escritura de la historia podría valerse de la retórica, o bien, como parte de la formación completa del orador. Así se entiende que Cicerón se cuestione si el orador es el más indicado para escribir la historia[76] y en un tenor semejante habla Quintiliano.[77] Es decir: la retórica se dedica fundamentalmente a la oralidad, a la composición de discursos (y aquéllas escritas durante el Cristianismo a la predicación). No obstante, existen algunas excepciones de textos que interpretan y adoptan la retórica para otros textos, como lo es De historia, para entenderla, para escrivirla de Luis Cabrera de Córdoba, quien escribió a inicios del siglo XVII una adaptación de la retórica a la escritura de la historia, pero este tipo de adaptaciones no son del todo comunes.[78] Es preciso considerar estas situaciones y preguntar, después de haber analizado el exemplum en las retóricas: ¿cómo se reconoce un exemplum dentro de un texto? Para resolverlo, se requiere ya no sólo de la preceptiva, sino de análisis de fuentes en concreto para ver cómo es que se ponía en práctica. Si bien me preceden trabajos sobre el exemplum tanto en la literatura como en la predicación,[79] para la escritura de la historia el terreno es menos explorado.

El exemplum puede designar tanto un punto dentro de la amplificación del discurso, como un argumento por sí solo, pero presenta otras características que lo hacen reconocible dentro de un texto. Las retóricas lo definen y a veces lo ejemplifican, pero no detallan cómo construirlo específicamente en un texto ni cómo identificarlo. Para estas cuesiontes, me precede un libro: se trata de L’ Exemplum de Jean-Claude Schmitt, Jacques Le Goff y Claude Bremond.[80] La obra contiene una sólida argumentación y una muy informada recopilación de fuentes; plantea una tipología del exemplum y de la obra predicatoria de Jacques de Vitry (s. XIII) en concreto.[81] La tipología se basa en algunos lineamientos de Vladimir Propp, sobre todo en su Morfología del cuento, que establece las bases para un estudio científico de la literatura que sobre todo detectó estructuras y propuso un método para analizar una materia basta (en el caso de Propp, los cuentos rusos, en el caso de Schmitt, los exempla).[82] Asimsimo, existe otro texto de Graciela Cándano que se basa parcialmente en el texto de Schmitt, pero enfocado al ámbito de las colecciones de exempla españoles, cuya problemática se asemeja a la expuesta en este texto.[83] Anterior a esta obra, destaco sendos artículos de Rudolf Schenda y de Friederich Tubach.

Como ya mencionaba Propp,[84] Schenda,[85] Tubach,[86] y nuestra obra fundamental, L’ Exemplum,[87] antes de comenzar a realizar el estudio en torno al exemplum, es preciso realizar una pregunta que conduzca hacia una clasificación correcta, debido a que es fácil errar en el camino, máxime que la materia escapa a una definición simple. Schenda repasa varias definiciones que coinciden, en su mayoría,[88] en considerarlo como una breve narrativa, salvo algunas que la consideran una observación de las ciencias naturales;[89] después destaca otro punto muy importante que es la moralización como el eje rector y que será acaso el mayor énfasis que se le pueda dar, ya que, para el autor, una narrativa sin moralización no puede llamarse exemplum, e inclusive, en una suerte de conclusión, se permite afirmar que la moralización es el principal requisito para formar un exemplum.[90] Además, concluye diciendo lo siguiente: “El exemplum es una proposición didáctica con una tendencia a moralizar. O bien, de otra forma: el exemplum es una pieza para aprender divertidamente en el auditorio y que busca fomentar una moralidad.”[91] Cuando estas características falten, se puede hablar de una general decadencia del exemplum o bien de algo que no es pero se le asemeja, como el símil (también destacado en la retórica antigua).

Lector de Schenda pero realizador de un trabajo mucho más concreto, L’ Exemplum representa la cúspide en la elaboración de una definición más compleja y precisa. Así, este libro define al exemplum a partir de nueve puntos que son las características más importantes para distinguirlo:

  • 1. Es narrativo.

  • 2. Es siempre breve.

  • 3. Proviene de una fuente veraz o de una autoridad, sobre todo la historia (sacra o profana).[92]

  • 4. Los exempla pueden unirse en una suerte de collage parar formar historias.

  • 5. A menudo envuelven el discurso principal. Debe recordarse que L’Exemplum se basa en la obra de Jacques de Vitry, un célebre predicador y por lo tanto trabaja en función de sus sermones.

  • 6. La finalidad del exemplum es la persuasión, como también de la retórica.

  • 7. Siempre hay una relación entre el predicador y el auditorio, de forma que éste último pueda reconocer el exemplum. Si se habla de algo que no sea reconocible por el auditorio, entonces no será exitoso.

  • 8. Siempre proporciona una lección, una enseñanza.

  • 9. Busca una enseñanza moral como parte de esa finalidad didáctica.

A partir de estas definiciones, el objeto del exemplum se revalora para tomar en cuenta las complejidades en todo su esplendor y el hecho de que cambian con el paso del tiempo. Considero que la delimitación propuesta por Jean-Claude Schmitt et alii funciona de buena manera para delimitar y dar las herramientas precisas para reconocer el exemplum dentro de una narrativa. No obstante, se deben hacer ajustes para poder aplicarla a mi campo de estudio, ya que el objetivo de la obra es distinto y contiene ciertas delimitaciones que los autores del libro juzgaron convenientes al enfocar su obra en ciertos autores. De entre todas, detecto las siguientes acotaciones a la investigación: se basa en el mundo francés, en la Edad Media (sobre todo el siglo XIII), en la predicación y en la obra de Jacques de Vitry. Todas estas características delimitan el campo un estudio que de otra forma sería ingente y casi imposible de ser llevado a cabo, pero que deben ser tomadas en cuenta para poder adaptarlo a otro ámbito.

Como comenté en el capítulo dedicado a la preceptiva retórica, el exemplum procede de la inducción, que es la forma en que las retóricas lo definen. Así, éste generaliza desde lo particular, pero también debe tener una parte que permita asimilar la anécdota o hecho narrado a un aprendizaje,[93] y, ante todo, provenir de una fuente autorizada (ya sea de la historia o de una autoridad). Ahora bien, desde el punto de vista narrativo existen ciertas marcas dentro de la prosa que la dividen del resto de la narrativa y que realzan el exemplum de la narración continua. Debe distinguirse entre una narrativa ejemplar, puesto que en una historia la narrativa toda sería ejemplar, pero no toda la narrativa es un exemplum. Como comenta Schmitt: “El exemplum es una receta, una lección para aprender”,[94] y como tal debe tener un evento formular que le permita ser identificado o permita hablar de aquella lección para ser aprendida, de ahí que deba distinguirse del resto de la narrativa. En la tipología propuesta por Schmitt, se revelan una serie de usos y frases y palabras que permiten reconocer cuándo se introduce un exemplum; por ejemplo, él señala que Vitry suele introducirlo con palabras como “se dice” (dicitur) y “se lee” (legitur), que se convierten en fórmulas. Habrá otras más, pero al usar estas palabras se corta la narrativa para introducirlo. Por otro lado, el exemplum conserva una estrecha relación con el símil,[95] es decir, utilizando frases: “así como” y demás: no sólo se le relaciona con el símil, sino que a menudo se confunde con éste. Sus funciones son semejantes,[96] pero con una notable diferencia: el exemplum es moralizante, mientras que el símil no. Por último, el exemplum es un texto narrativo que se inserta en la narración histórica. Se adhiere subrepticio al hilo conductor de la historia principal, pero entre sus características expande, amplifica algún hecho memorable que sea digno de ser admirado y seguido (o lo contrario): lo separa del resto de la narrativa y lo destaca.

El concepto de exemplum, visto a través de la preceptiva retórica, cambia dependiendo de la época y autores: no es un ente estático, si bien se puede apreciar que la influencia de la autoridad de ciertos autores permaneció durante bastantes siglos. La definición de exemplum debe ser sensible a los cambios, variedad y continuidades en las definiciones.[97] En las retóricas se concluye que el exemplum es un texto narrativo aparte: en los discursos se identifica fácilmente, pero en la narrativa histórica tiene más conflictos. El exemplum, por tanto, representa una virtud o vicio explícita o implícitamente y se construye aparte, como un excurso, de la narrativa principal porque tiene el objetivo de moralizar y que se pueda extraer de ahí una enseñanza, más aún, él mismo puede extraerse del texto principal.

Por lo anteriormente expuesto y debido a que es la más completa y comprensiva, pienso la definición de Schmitt para la historiografía. Antes bien, me permito realizar algunos comentarios en vista de la visión histórica que se le quiere dar a este trabajo. La narrativa del exemplum, habida cuenta de que expresa virtudes y vicios, debe presentar una muy clara distinción moral entre lo bueno y lo malo. Sucede así para cierto tipo de exempla pero no necesariamente, sino que ganará complejidad al construirse. La complejidad será también uno de los puntos debatidos, la cual, dirá Tubach,[98] servirá para manifestar más mayores sutilezas en la moralización. Él divide el exemplum en dos tipos: el primero es llamado proto-exemplum, en el cual se establece una narrativa dicotómica para dividir claramente entre el bien y el mal. Posteriormente se desarrolló el exemplum como tal, en el cual la narrativa ejemplar complica su trama y no es tan fácil ya identificar entre la acción buena y la mala, es decir, la acción se vuelve más compleja, con más matices y a la vez con mayor profundidad: impacta con mayor fuerza en el auditorio. Desde la perspectiva de Tubach, el desarrollo de la narrativa más compleja hará que caiga el uso de exemplum; sin embargo, debo destacar que él se basa en la predicación exclusivamente, si bien su tesis es importante para el concepto de exemplum.

Finalmente, hay algunos puntos que, tras analizar concienzudamente una serie de opiniones (muchas de ellas provenientes de retóricas y obras afines) recupero y establezco para la búsqueda de exempla en los textos de historias. Éstos son:

  • 1. Buscar la narrativa del exemplum dentro de su contexto, es decir, cómo se separa de la narrativa normal.

  • 2. Tipos de exempla.

  • 3. Tipos de virtud o vicio.

  • 4. Su definición y consecución a partir de lo que expuse en el capítulo anterior y en éste.

Esta lista y delimitación evita que se pierda de vista el objetivo, que es enfocarme en ubicar los exempla[99] dentro de las obras a partir de un análisis mucho más tangible y claro del que las retóricas pudieron estipular.

Ahora es preciso que continúe con la delimitación de los textos de historia que he decidido utilizar, para lo cual me he servido del concepto de forma discursiva. Debo también explicar qué significa este concepto y proporcionar algunas menciones de la forma discursiva historia.

III. Historia como Forma Discursiva

El presente capítulo tratará sobre la delimitación de los textos de historia a estudiar y sobre el esclarecimiento del método más propicio para llevarlo a cabo. El medio que, a mi juicio, delimita mejor el pensar la historia es la propuesta de formas discursivas. Ésta comenzó con una pregunta básica que se formuló al trabajar con el concepto de géneros dentro de la historiografía y su función en una sociedad,[100] aunque en ese primer acercamiento se optó por “género histórico” a semejanza de los “géneros literarios”. Este planteamiento permite una apreciación nacida de los propios textos y del lugar de producción, en vez de una categoría artificial, creada a posteriori, como lo es el “género” ya que, de otra forma, se podrían reunir diferentes textos que quizá no fueron pensados para funcionar bajo un mismo campo o cuyos lectores primarios no esperarían verlos juntos. Antes que todo, es preciso aclarar que las formas discursivas parten de una categoría heurística en miras de ofrecer herramienta teórica: arguye en torno a los documentos, elementos indispensables para la historia, sobre los cuales rara vez se manifiesta una inquietud, de ahí la necesidad de una propuesta teórica que permita discurrir acerca de ellos.[101] Así, la forma discursiva se enfoca en el receptor:

No es hasta que el receptor distingue y acepta o, en su caso, rechaza, según sus expectativas, una comunicación, cuando ésta se establece. Como podemos apreciar, esta propuesta nos haría variar preguntas tales como ¿quién escribió tal texto?, ¿bajo qué influencias?, ¿en qué circunstancias?, por otras como: ¿qué se entendía cuando se leían tales textos?, ¿qué condiciones de posibilidad permitían aceptar determinada comunicación?, ¿por qué ciertos lectores se interesaban en determinados textos?[102]

Por tal motivo, analizaré historias que se concebían, desde la perspectiva de un receptor, como historias. Al adoptar esta postura, asumo que las historias poseían una función especial y ciertas características que fuesen, con sus debidos cambios a través del tiempo, identificadas por sus lectores, lo cual implica que cada forma discursiva conserva una línea de continuidad que creará una expectativa a un lector. Bajo este presupuesto, podrían identificar una misma forma con características estables y sus respectivas transformaciones.

La propuesta original de las formas discursivas contempla analizar textos impresos, ya que la imprenta ayuda a establizarlos;[103] sin embargo, se advierte que “no por fuerza una forma discursiva tiene que estar impresa”.[104] Es evidente que la imprenta modifica la forma en que se diseminan los textos de la cual el manuscrito (o inclusive la oralidad) carecía, y, proporciona una regularidad donde se pueden apreciar de mejor manera los cambios; no obstante, es posible reunir textos que pertenecieron al mundo anterior a la imprenta con algunas cautelas. Debido a que la presente tesis planea trabajar con textos que pertenecen a una selección temporal bastante amplia, es importante destacar la posibilidad de utilizar las formas discursivas tanto en textos impresos (desde donde se establece la propuesta), como de textos manuscritos. Me parece, además, la mejor herramienta para discriminar entre otras obras que pudiesen ser consideradas en otro tiempo historias a pesar de que en el momento de su concepción no lo fuesen: estudios de historiografía comprueban lo sencillo que es confundir textos que estudian la historia o que influyeron en la forma de escribir historia con textos que han escrito sobre historia.[105]

Con respecto al tratamiento de los manuscritos y a pesar de la inestabilidad propia de su medio material, hay que aclarar que existe una estabilidad en la transmisión de los textos y que es posible también apreciar una continuidad no libre de problemas. Gracias a los estudios sobre Homero es que, en la temprana academia moderna, August Wolf planteó, por ejemplo, cómo es que la poesía pertenecía al ámbito oral, se cantaba, y por tal motivo, “la memoria era su único guardián” pero entonces “en favor de Memoria, había llegado una nueva diosa de papiro”, y gracias a este soporte material, las palabras pudieron permanecer a lo largo del tiempo y con mayor fidelidad que la que la proporcionada por la memoria.[106] Pero la copia manuscrita, a pesar de ser más fiel que la oralidad, no elude problemas en la lectura de un texto, por lo que se ha desarrollado una ciencia y estudio para tratar estos problemas y llegar a la edición textual. Ahí el crítico y corrector trabaja los manuscritos pero lo mueve la responsabilidad de los mismos, puesto que siempre está la duda si acaso se encuentra “en el manuscrito el pensamiento del autor” o si la tradición textual lo llena de errores y se debe corregir.[107] Estos estudios en torno a la transmisión del texto nos han dejado una ciencia suficientemente madura para proseguir con la base material que resta de las obras: la filología. Si bien se ha aceptado el nombre de filología, desde Wolf, dicha nomenclatura no ha estado libre de crítica:[108] la filología se enfoca en el estudio de los textos[109] para interpretarlos cuidadosamente,[110] pero tangencialmente hablará de una crítica textual o filologíca (philologische Kritik) que tratará efectivamente de realizar ediciones.[111] La crítica filológica sólo es posible después de un efectivo conocimiento de gramática y hermenéutica del texto que, por supuesto, se acompaña de otros estudios. Así, proporciona un trabajo valioso para la revisión de los textos manuscritos y permite presentar cierta estabilidad en éstos.

Sirva este pequeño excurso para plantear que la filología ayuda en los textos manuscritos a trabajar con la estabilidad de la forma discursiva que proporcionará con mucha mayor claridad la imprenta ya que ésta cambió el mundo en cuanto a la recepción y la posibilidad de dispersar la información y transformó varias de las prácticas orales[112] y además cambió el modo en que éstas se percibían. “La estabilización de las formas discursivas se consigue en buena medida gracias a la imprenta”.[113] Así, estas aseveraciones pueden servir para proponer que la estabilidad puede también encontarse entre los manuscritos, pero éstos deben tratarse con gran cautela.

En relación con lo anterior, la elección de los textos no sólo consistió en leer ciertas obras que a continuación enunciaré, sino que también dentro de los prólogos cumpliesen los cabales reconocimientos de la forma discursiva, ya que ésta permite observar la regularidad de la forma y la expectativa del lector: “Así, una forma discursiva sería el artefacto compuesto por una semántica condensada en un discurso verbal y por una materialidad, cuyo conjunto denota una regularidad que permite una distinción específica en el contexto de múltiples campos culturales”,[114] por ende, una forma discursiva fallaría en la apreciación de obras únicas y, por lo pronto, buscaría adjuntar la materialidad al estudio y la semántica de un discurso verbal como promotores de una regularidad.

La forma discursiva historia debe tener elementos que la identifiquen y la separen de otro tipo de textos, cuyas características pueden distinguirse a pesar del gran espacio temporal entre unas y otras, puesto que preexiste una forma de escribir historia que se modifica conforme a los tiempos y al escritor. Al asumir escribir historia, un autor retomaría ciertas características en la forma de escribirla y en el tratamiento que diferiría de otras más, puesto que los autores se enlazan en una tradición con ciertas exigencias y alguna forma de tratar un tema cuya presencia no se requeriría de escribir otra forma discursiva. Un mismo asunto puede ser narrado de diferentes maneras dependiendo de la forma discursiva aceptada. Esto implica que el lector reconozca la obra que tenga frente a él y qué pueda esperar encontrar en ésta, puesto que “[n]o ha sido lo mismo aproximarse a un tratado que a un florilegio, a un ensayo que a un manual”,[115] así como también un acontecimiento histórico puede presentarse de formas distintas en un poema épico, una tragedia, unos anales, un tratado o una historia, pues las exigencias en torno a este acercamiento, sin duda cambiarán. Esta forma por medio de la cual se aproxima el lector o al horizonte de expectativa del lector frente a una forma discursiva implica que hay una regularidad, y, por lo tanto, se retoman ciertas características identificables por los lectores como propias de la historia. De tal suerte, por historia se deben entender aquellos textos que se autodenominen historias y que contengan dentro de su exposición algo que los caracterice como historias, a saber: que sea narrativo, que quien la escriba sea pertenezca a una institución que lo certifique,[116] que sea versado en la retórica para producir una obra de una prosa con alta manufactura y que trabaje con documentos u otras obras,[117] todo lo cual, si bien es una pregunta que parece obvia, al analizarlo o delimitar textos en función de esta característica, elimina automáticamente muchas obras así pensadas en un principio o con algunos rasgos parecidos (como el caso de las crónicas y los anales). Muchas de las historias también contienen alguna valoración geográfica o etnológica y también una búsqueda de fuentes que en ocasiones hacen explícitas tanto como fuente de consulta como parte de la cultura retórica: escribir historia exige al autor que trabaje con conocimientos sólidos de la retórica que se acompañan del conocimiento de autores clásicos precedentes que servirán de modelos. Desde el prefacio de las obras, pueden percatarse ciertos tópicos retóricos y que suelen dar por resultado exordios de una alta manufactura artística, con oraciones complejas y enlazadas entre sí con maestría. Los requisitos, al fin y al cabo, para escribir historia desde la retórica son altos, no en valde los autores deben ser diestros en presentar precisión y fluidez, además de apuntar discursos y en partes convenientes, patetismo en el texto además de cuidar la exposición de datos. Los autores escriben su obra bajo cierta finalidad lo cual delimita su interés de escribir: a ciertos sucesos proporcionarán mayores detalles y se servirá en ocasiones de páginas completas dedicadas a uno mismo, mientras que habrá otros que pasará por alto o a los cuales dedica muy poco tiempo.[118]

Esta delimitación resulta especialmente importante, habida cuenta de que trabajaré con cuatro textos de diversas épocas pero que todos tienen como punto en común el autodenominarse historias. Sin lugar a dudas habrá un espacio de juego donde se consideren cambios de la forma discursiva, máxime que trato obras con una separación temporal significativa entre unas y otras, pero la teoría nos demuestra que esos cambios obedecen a la misma forma y no a otras distintas que pudiesen tener otras características. Así, no sólo el título contiene el nombre, sino que también es importante que dentro de los prefacios o en alguna otra parte de la obra se autodenominen como tal, se distingan a sí mismas como parte de una tradición dentro de la cual está el escribir historias. En consecuencia, elegí las siguientes cuatro:

  • 1. Historia Eclesiástica ( Ἐκκλησιαστικὴ ἱστορία ) de Eusebio de Cesarea (263-ca. 339).

  • 2. Historia que se llama: Las Hazañas de Dios hechas por los francos (Historia quae dicitur Gesta Dei per Francos) de Guibert de Novigento (1053-1121).

  • 3. Historia sobre la Guerra Tartárica (De bello Tartarico Historia) de Martino Martini (1614-1661).

  • 4. La Historia de la decadencia y caída del Imperio romano (The History of the Decline & Fall of the Roman Empire) de Edward Gibbon (1737-1794).

Como puede apreciarse, las cuatro obras elegidas abarcan períodos de tiempos, idiomas y temas distintos que, en un principio, parecerían no poder unirse entre sí; más aún, las primeras dos se transmitieron en manuscrito mientras que las últimas dos fueron impresas: hay dos escritas en latín, una en griego y otra en inglés; sin embargo, todas pertenecen a la forma discursiva historia, por lo que cada uno de sus autores plantean trabajar sobre ciertos presupuestos comunes con respectivos cambios diacrónicos, amén de que pertenecen a la historiografía occidental. Corresponderá a cada capítulo reafirmar muy brevemente esta forma discursiva en particular. La elección responde a estudiar el exemplum dentro de las narrativas y al trabajar con textos de diferentes períodos de tiempo es posible establecer una continuidad en el uso de exemplum, pero también analizar sus diferencias. Es, pues, deliberadamente larga y aleatoria, pero responde a la misma forma discursiva.

Trabajaré con historias producidas antes del siglo XIX, es decir, bajo el modelo de que la historia acepta un papel de educadora: es maestra de la vida. La justificación de estos textos ya la he comentado en su punto respectivo, puesto que, siguiendo una frase bien conmensurada de Cicerón: “La historia está llena de exempla”,[119] de donde viene este lugar dentro o como fuerza de aprendizaje. Por supuesto, la frase no está libre de problemas, ya que Cicerón refiere a la historia como los sucesos del pasado, mientras que me propongo a examinar los textos que hablan sobre esos sucesos. La historia magistra vitae ha sido debatida y se ha estipulado el siglo XIX como un momento de cambio,[120] aunque esta postura se ha rebatido.[121]

Que la historia es maestra de la vida funciona casi como un tópico en el mundo anterior al siglo XIX, de donde destaco un texto notable, muestra de una agudísima mente: del español Luis Cabrera de Córdoba, quien compuso su De historia, para entenderla y para escrivirla, donde contiene en dos partes una muy prudente reflexión sobre cómo se concibe la historia y la segunda una versión adaptada de la retórica; si bien en la segunda parte los planteamientos se insertan en la tradición retórica desde Cicerón, él tiene la grandísima genialidad de que sólo adaptar ciertos aspectos de la retórica para la escritura de la historia. Cabrera reflexiona así:

También el historiador de esta manera mira a lo universal, pues todo su fin es enseñar universalmente a bien vivir con los exemplos, con las oraciones acomodadas a las personas, tiempos, cosas y casos: enseña a decir y hacer, contando la naturaleza de las personas, sus alabanzas, vituperios y otras partes llenas de doctrina civil, con más prudencia que dan los preceptos de los filósofos, pues de la historia sacaron los que dieron.[122]

Así, dentro de su concepción, la historia tiene una función civil, puesto que sirve para enseñar: es la historia maestra de la vida, y de hecho se precia ésta como su más destacada utilidad; más aún: también aprecia, contra una conocida sentencia aristotélica, lo universal y no sólo lo particular. Esta postura llega a un momento más allá que la frase ciceroniana y, por el contrario, le dedica más tiempo a reflexionar sobre la historia. El uso público de la historia sin duda le proporciona un lugar especial en la vida política, para lo cual escribe a principios del siglo XVI:

No es sólo escribir cosas para que no se olviden, premio que da a los varones dignos de inmortal memoria por sus grandes hechos y excelentes virtudes, merecedoras de que su representación sea para exemplo e imitación, sino para que enseñen a vivir con la experiencia, maestra muda que hace los particulares que perfeccionan la prudencia.[123]

El fin de la historia es la utilidad pública y dentro de ésta se encuentra el exemplum que, para Cabrera, será importante en el sentido de presentar algo digno de imitarse.

Escogeré, pues, un escritor de historias de algunos períodos, con el fin de analizar la sincronía de la producción de los exempla. Por supuesto que habrá omisiones, ya que muchas obras laureadas no pudieron ser tomadas en cuenta ante las delimitaciones que he propuesto, más aún, muchas obras comúnmente leídas dentro de la historiografía no cumplen con el criterio y las características de las formas discursivas, de ahí que obras representativas o usualmente seleccionadas para los cursos de estas disciplinas no se encuentren ni se hayan tomado plenamente como tales y, como todos toman en cuenta que la historia es maestra de la vida, se podrá encontrar y analizar el elemento moralizador del exemplum.

Por otra parte, se han planteado ciertos conceptos como por ejemplo, hablar de una “larga Edad Media” dentro de la cual se estudiarán como parte de un mismo proceso a las sociedades pre-industriales.[124] La razón de esto consiste en que existen puntos en común importantes a lo largo de estas centurias que deben verse como un conjunto, más que separarlos. Este concepto abarcaría todos los textos que analizo, por lo que encuentro un aliciente común para tratarlos. Asimismo, también dentro del ámbito de la literatura europea se ha postulado la necesidad de estudiar en un mismo continuo desde la Antigüedad al siglo XIX, so pena de carecer de elementos necesarios para su correcta interpretación,[125] y, más aún, el estudio de la literatura no puede separarse de la historia.[126] Para la presente tesis estas discusiones no serán tratadas sino marginalmente, puesto que en todo y a pesar de las notables diferencias entre las historias que seleccioné, todas parten de la idea que de la historia se aprende, que ella enseña y, por lo tanto, hay una enseñanza moral y un aspecto que se puede generalizar de dicha prosa. No puedo problematizar en torno a la consideración de la historia con la profundidad que requiere, por lo que sólo me limito a mencionarlo y ofrecer un breve contexto en algunos lugares. Busco en la presente tesis analizar los exempla en cada una de estas obras y esto funciona sólo efectivamente bajo el regimen de la historia magistra vitae. El planteamiento de búsqueda es general, pero en la forma de analizar los casos debo forzosamente ir hacia lo particular.

Comenzaré con la obra de Eusebio de Cesarea.

IV. Eusebio de Cesarea

El primer texto con el cual comenzaré a estudiar el exemplum en obras históricas es la Historia Eclesiástica ( Ἑκκλησιαστικὴ ἱστορία ) de Eusebio de Cesarea (263-ca. 339).[127] Sobre el autor abunda una gran cantidad de información y menciones desde la Patrística hasta la actualidad, ya que se trata de uno de los principales protagonistas durante la controversia arriana.[128]

Él escribió en medio de la gran controversia del arrianismo, dentro de cual fue identificado y maculado por los ortodoxos. Este hecho se convirtió en un punto de cambio dentro de la historia de la Iglesia que por poco forjó un cisma y obligó a asumir y crear una ortodoxia, además de convertirse en un álgido combate de connotados teólogos que fundarían los pilares del Cristianismo. El tema fundamental se centró en acaloradas discusiones en torno al complejo problema de la Trinidad. Eusebio siempre se mostró cauto en cuanto a ortodoxos y arrianos: quedaría finalmente empalmado a la mitad entre los arrianos moderados, pero fue acusado de indefinición ante la necesidad de forjar una identidad que contrastara y se separara del arrianismo. Eusebio siempre procedió a un punto intermedio entre los arrianos más radicales y la ortodoxia que guiaba la feroz pluma de San Atanasio de Alejandría. Su involucramiento le valió recibir ataques de éste, si bien reconoce la moderación de Eusebio, en contraposición con sus seguidores o aparentes seguidores.[129] Más aún, Atanasio divide en un bando a los hombres como Eusebio y en el emperador Constantino y en el otro a quienes considera “ortodoxos y buenos hombres” en el lugar de un nuevo concilio, con quienes evidentemente simpatizaba.[130] Se ha planteado que Eusebio fue el dirigente del famoso Concilio de Nicea en representación de Constantino,[131] o al menos se encontró entre las autoridades y los hombres cercanos que organizaron dicho concilio.

El objetivo de la Historia Eclesiástica es hablar sobre las sucesiones ( διαδοχαί ) de los apóstoles y las persecuciones ( διωγμός ).[132] Al tratar tan complejo tema, Eusebio se enfrentó a diferentes problemas que van desde la conformación del canon bíblico hasta los distintos usurpadores y problemas en torno a la sucesión, amén de la multiplicación de las iglesias que se regían bajo una tradición en común que provenía desde los apóstoles. Avanza y escribe con un estilo parco, a veces más descriptivo, a veces cerrado y rudo, pero muy preciso en la utilización de conceptos, lo cual hace que la lectura sea muy densa por momentos: un teólogo con una prosa precisa y llena de conceptos, a veces abigarrada, escribe historia, donde la claridad conceptual deja de lado el fluido de la narrativa y donde abundan expresiones participiales y oraciónes largas y con una sintaxis compleja; sin embargo, nos lega pasajes de gran calidad y de dramatismo notable, sobre todo cuando habla de los mártires y las persecusiones. Distingue la Iglesia ( ἐκκλησία ), que será el objeto de su obra, de las iglesias o comunidades religiosas que posteriormente se nombrarían diócesis ( παροικίαι ).[133] Esto realza el esfuerzo de la obra y el contenido de unidad que quiere darle: diferentes y variadas iglesias, una sola Iglesia. Para el autor, escribir historia implicaba narrar sobre los eventos que acontecieron,[134] y se encuentra inmerso en la historia como una narración dentro de la construcción retórica de la realidad. En función de esto, es que acepta y se parte de una narrativa con características ejemplares, desde donde se pueden separar los exempla del resto de la historia: las acciones de quienes sufrieron y murieron por la religión ocupan una parte central de la obra.

En el ambiente de la historiografía, Eusebio habla en ciertos pasajes sobre la delimitación de su obra, sus objetivos y su estructura, todo lo cual será reconocido por otros autores cuya inspiración y forma de escribir nacen de la Historia Eclesiástica. En cierto pasaje dice lo siguiente:

Continuaré con lo más importante [...]: hasta el momento, no conozco a nadie de los escritores ( συγγραφεῖς ) eclesiásticos que se hayan empeñado en escribir sobre esto. Espero que esta obra se muestre muy favorable para quienes afanosamente quieran conocer lo útil de la historia.[135]

Él justifica la escritura de su obra con base en que los anteriores escritores eclesiásticos no han realizado algo semejante y, por tanto, falta, queda una ausencia ahí que debe ser completada y, más aún, sobre la cual él será el primero en escribir. Es importante notar que Eusebio no habla de escribir a secas, sino que utiliza un substantivo compuesto, el syn-grapheus ( συγ - γραφέυς ), el cual si bien no es de uso exclusivo de la historia, sí tiene una preminencia cuando se habla de ésta y que, con el tiempo, será designación casi exclusiva de los historiadores y la labor que realizan.[136] Esta palabra, no obstante la tendencia a ser apropiada por la historia, también, designa en cierta medida a la escritura del pasado que no necesariamente tenía por finalidad la historia, aunque, como puede apreciarse, sí hay un énfasis en asuntos que hablen sobre el pasado.[137] Más aún, poco antes afirma lo siguiente: “Intentamos dar cuerpo a una trama histórica, así como si cortásemos flores de un prado espiritual, así también como si esas flores fuesen las voces apropiadas de los antiguos escritores.”[138] Parte, pues, de los “antiguos escritores”,[139] de las autoridades que se convertirían antes de él mismo ser un modelo.

Debido al tema que trata, Eusebio intentará recopilar fragmentos importantes de testimonios, decretos oficiales y otros autores, pero no se queda en sólo esto, sino que les da una estructura. Estas características determinarán una forma de escribir historia y, en particular, la historia eclesiástica. Según Focio, el patriarca de Constantinopla, fueron cuatro los sucesores de Eusebio que escribieron Historia Eclesiástica: Sócrates, Evagrio, Sozómeno y Teodoreto.[140] Cada uno de ellos continuó y reconoce a Eusebio como el fundador de una determinada forma discursiva y asumen una serie de características que la hacen reconocible y más aún, clasifican a Eusebio como un escritor de historia. Más aún, todos ellos, con excepción de Teodoreto (quien además es el único que no escribe desde Constantinopla), comienzan su obra con la herejía arriana y el mandato de Constantino, que será el punto más álgido en la obra de Eusebio y donde se suele considerar la clave de la historia eclesiástica. Sócrates de Constantinopla, por ejemplo, comienza su obra diciendo: “Eusebio de Pánfilo, organizó su Historia Eclesiástica completa en diez libros y la hizo terminar en los tiempos del emperador Constantino”,[141] y más adelante precisa la acción que hará su obra:

Nosotros [Sócrates] continuamos con la exposición: escribiremos ( συγγράψαι ποιησόμεθα ) los sucesos de la Iglesia que Eusebio dejó desde el inicio del tema. No consideramos una frase abigarrada, sino que al narrar, o bien descubrimos un estilo de escritura ( ἔγγράφως ) adecuado, o bien escuchamos a los que habían escrito historia ( ἱστορησάντων ).[142]

Así, él comienza desde el punto que dejó Eusebio, a quien reconoce como su modelo, si bien difiere en su forma de escribir, pues la suya es más fluída, pero no deja de lado la transcripción meticulosa de testimonios. Sózomeno, para utilizar un segundo caso, también dice que

Eusebio, también llamado el Pánfilo, fue un hombre que escribió sobre asuntos sagrados, fue un poeta entre los griegos, y fue un juez de los escritores de historia ( συγγραφέων ἵστωρ ) que trató muchas materias.[143]

Es decir, la historia no sólo consiste en realizar recortes y selecciones de muchas obras, sino que también hay que ser juez ( ἵστωρ ) de estas obras. Estos autores reconocen en la obra de Eusebio un antecedente y además que establecen con él una forma reconocible de escribir historia, para lo cual se puede apreciar el uso de cierta terminología y cierto quehacer que se enfrasca en la forma discursiva historia. Sirvan estos párrafos como una forma de mencionar brevemente el problema de la historiografía en la Historia Eclesiástica.

Para retornar a Eusebio, además de lo que ya he comentado, es preciso destacar que hay dos protagonistas a quienes les dedica sus mejores páginas: Orígenes de Alejandría y Constantino. Son ambos de quienes se habla con mucho mayor detalle en comparación con el resto y además las figuras claves de la Historia Eclesiástica. Sobre cada uno de ellos pesa un carácter ejemplar y por lo tanto se vuelven exemplum. Comenzaré con el episodio de la castración de Orígenes:

1. En este tiempo, estando ocupado en el trabajo de la catequesis en Alejandría, Orígenes lleva a cabo una hazaña que, si demuestra un ánimo inmaduro y juvenil, ofrece a la vez una prueba rotunda de fe y continencia. 2. Efectivamente, tomando muy a la letra con ánimo bastante juvenil la frase: Hay eunucos que se castraron a sí mismos por el reino de los cielos (Mt. 19.12), y pensando, por una parte, cumplir así la palabra del Salvador y, por otra, con el fin de evitar entre los infieles toda sospecha y calumnia vergonzosa, puesto que, siendo tan joven, trataba de las cosas de Dios no sólo con hombres, sino también con mujeres, se decidió a poner por obra de la palabra del Salvador, cuidando de que pasara inadvertido a la mayoría de sus discípulos. 3. Pero no le era posible, aun queriéndolo, ocultar hazaña semejante, y así más tarde lo supo Demetrio, como presidente de aquella iglesia. Mucho fue lo que le admiró por aquella hazaña, y aceptando el celo y la sinceridad de su fe, le exhortaba a tener ánimo y le estimulaba a empeñarse ahora con más fuerza en la obra de la catequesis.[144]

El texto parte de una clara separación con respecto al capítulo anterior, que es marcado por una puntuación fuerte con la cual introduce otra narración. Es, de hecho, un capítulo inserto dentro de la vida de Orígenes. Comienza, como es preciso, hablando con una frase que delimita una cuestión temporal: “en aquel tiempo” que sirve efectivamente para marcar una nueva parte que se narrará. El evento se define como hecho (πρᾶγμα), que será una parte importante de lo que debe contener un exemplum. En este caso, el exemplum presenta una paradoja: el célebre Orígenes, el maestro de la exégesis bíblica alegórica se venció a sí mismo ante una interpretación literal. Pareciera que esta enseñanza, una ironía, que presenta entre el personaje y un mal entendimiento, nos quiere dejar este exemplum.

Dentro del texto, podemos ver una anteposición entre este acto que se califica, por una parte, como “inmaduro y juvenil” ( ἀτελοῦς καὶ νεανικῆς ) y por la otra “una prueba de fe y de continencia” ( πιστέως ὁμοῦ καἰ σωφροσύνης μέγιστον ), que se califica como una “gran prueba” ( μέγιστον δεῖγμα ). Todos éstos son calificativos que darán fuerza al exemplum puesto que especifican qué es lo que se va a destacar, en este caso el problema de ser “inmaduro y juvenil” por parte de Orígenes de Alejandría. A la par se muestra el ardor de su fe y el ansia de realizar “una prueba de fe y de continencia”. Llevar a cabo esta gran prueba requería el dominio de las pasiones de Orígenes por encima de su juventud que ya anunciaba los destellos que tendría como el gran teólogo y exégeta de la Iglesia, pero, a pesar de su celo e inteligencia, no podría superar su temprana inteligencia y sucumbiría a la misma.

A pesar de la juventud de Orígenes hablaba con soltura de teología. Su calidad de inquisición evidencia un experto en muchas áreas, cuyos conocimientos abarcaban lo mismo la historia, lenguas, filología para comparar las diferentes versiones que pudiesen existir y las variedades del texto bíblico y una imaginación y rigor en la explicación del mismo. Las alturas de la interpretación son notables y dentro de la producción de éste, que sin duda conocía Eusebio, se muestran opiniones para rebatir contra malas interpretaciones y sobre todo dejar de lado la literalidad que podría llevar a errores. ¿Cómo es entonces que el gran maestro de la interpretación alegórica, cayó en una lectura tan literal y superficial? Sin importar el celo que pretende, la interpretación y resolución resultó ser juvenil. Se conserva el extenso comentario de Orígenes a este capítulo, el cual dice así en un punto: “Es necesario demostrar que los primeros que se adentraron en la letra del evangelio, eran muy afanosos pero no sabían que Jesús hablaba en parábolas y proclamaba para el espíritu”.[145] Como puede apreciarse, expone de muy breve manera el contenido de su interpretación que debe estar o salir del espíritu pero, sobre todo, se desmarca de una lectura muy literal que omitiera la comprensión de las parábolas: “proclamaba para el espíritu”. Esto fue permisible para los primeros que leyeron el Evangelio, pero para un teólogo de la fineza de mente como Orígenes jugaría una perversa ironía, máxime que suyo fue el método que fue ampliamente admirado y luego puesto en juicio.

¿Por qué razón establecer un exemplum en torno a una noción que recalca el error del gran exegeta? Este exemplum abarca las características que manifiesta el exemplum (contrario al proto-exemplum) en el texto de Tubach, es decir, una narrativa más compleja donde se diluye la dicotomía evidente de una moral.[146] Presenta elementos más humanos y llenos de matices y sutilezas, como la pasión de la juventud y la virtud de la gran obra de la fe. Eusebio logra patetismo y aumenta el énfasis al describir a un personaje no monolítico, sino libre de sucumbir a sus pasiones: magnifica el papel persuasivo del exemplum. También acusado o en medio del remolino de la herejía, tanto Orígenes como Eusebio a pesar de ser grandes figuras dentro de la historia de la Iglesia, cometieron importantes errores en sus ramos. La función ejemplar es clara, y podemos suponer al propio Eusebio, en mácula por la herejía, como trasfondo.

Continuaré con otro exemplum que habla sobre el martirio y la bondad de Pionio. El pasaje pertenece a la sección donde se tratan a los mártires de las persecuciones, una de las secciones más importantes de la Historia Eclesiástica:

46. De tal final se hizo digno el admirable y apostólico Policarpo, cuyo relato expusieron los hermanos de la iglesia de Esmirna en la carta que de ellos hemos citado. En ese mismo escrito que trata de él van adjuntos otros martirios que tuvieron lugar en la misma Esmirna por el mismo tiempo que el martirio de Policarpo. Con ellos pereció también, entregado a las llamas, Metrodoro, que se cree era presbítero de la secta de Marción.

47. Pero el mártir más famoso de los de entonces fue Pionio. Sus confesiones sucesivas, su libertad de expresión, sus apologías de la fe en presencia del pueblo y de las autoridades, sus discursos didácticos al pueblo y aun su amable acogida de los que habían sucumbido en la prueba de la persecución, así como las exhortaciones que, estando en la cárcel, dirigía a los hermanos que a él acudían, y también los tormentos que después sufrió, los suplicios que se añadieron, su enclavamiento, su entereza en la hoguera y, después de todas estas maravillas, su muerte. [...][147]

Esta narrativa se encuentra inserta dentro de un largo capítulo dedicado a algunos mártires, y, más aún, en relación con Policarpo, quien legó una importante carta. Frente al personaje central, Pionio resulta uno menor, cuya única relación, de acuerdo a su martirio, es que, además de ambos ser muertos por su fe, que fueron apresados el mismo día: uno el día del martirio del otro.[148]

Al convertir a Pionio en exemplum, como ocurrirá con muchos mártires, lo dotó de cualidades específicas que quería se vieran puestas en práctica. Su historia es puesta en consideración bajo ciertos calificativos que, además, pueden verse en contraste con el santo que lo precede, Policarpo, y del mismo contexto de Eusebio. La ejemplaridad siempre parte de que hay algo que se ha perdido, o se está por perder y, por lo tanto, se debe reforzar y destacar en ciertos personajes. En este caso, a Pionio se le enmarca con las siguientes características:

  • 1. Fama ( περιβοήτος ): conocido de boca en boca.

  • 2. Confesión ( ὁμολογία ): concuerda con la fe (frente a una posible heterodoxia. Si leemos en sentido amplio, podríamos tener una referencia a la época de Eusebio).

  • 3. Franqueza en la expresión (παρρησία).

  • 4. Autoridad ( πίστις ): es decir, confianza en sus acciones y palabras por causa de su fe.

  • 5. Mártir ( μάρτυς ): un testigo de la fe por cuya causa murió.

Éstas son las características básicas que debe ostentar una persona que ardía en celo por su fe. Ante éstas, también pueden entenderse conceptos contrarios que no representarían las características ejemplares de un mártir y del exemplum como tal. Atestigua las características morales, para definir que lo que realiza Pionio, o más bien, las características de sus acciones son positivas, son buenas y pueden ser seguidas, mientras que los conceptos contrarios estipularían una característica negativa. Precisamente estas muestras de moral son las que encarnan al mártir dentro de las actitudes propias de la ética que plantearía en la obra de Eusebio. Hasta aquí el texto de Pionio.

Elegí estos dos casos con el fin de representar en ellos dos exempla que pueden distinguirse del texto y que por sí solos podrían circular como una narrativa breve. Cumple las características que hemos visto, sobre todo la moralización: uno explica de forma más compleja cómo es que un grandísimo personaje y teólogo consagrado cae víctima de una mente juvenil que buscaba probarse en el intrincado camino de la virtud, a pesar de ser un autor muy reconocido por sus sucesores pero que, a la vez, cayó frente a su juventud; el otro un mártir que condecoró y contrapone las características que habrán de tener estos personajes. Ambos, el sacrificio y la mala interpretación deben verse a la luz del contexto de Eusebio: su pasado manchado por el arrianismo. Si el mismísimo Orígenes pudo comprender mal una enseñanza aparentemente sencilla de explicar, qué podría esperarse de otro gran teólogo, pero no queda en ese punto, puesto que también Eusebio ayudará a forjar las sucesiones de las iglesias que formarán a la Iglesia: todas ellas provienen de una misma tradición evangélica. Sobre todo, como he comentado, Eusebio se convirtió rápidamente en un modelo en la forma de escribir y componer historia, particularmente la historia eclesiástica. Bajo este ámbito, la forma en que destaca personajes para presentar una moral se destaca en vista de la ortodoxia por la que pugna el autor. No en valde el resto de las historias eclesiásticas parten del Concilio de Nicea y de la vida de Constantino, puesto que fue ahí donde la ortodoxia encontró su camino y donde se debatió arduamente para el establecimiento de la ortodoxia frente a la heterodoxia disidente. Elegí, como comenté, dos exempla que a mi juicio exponen cómo funcionan en Eusebio de Cesarea. Por cuestiones de espacio no pude tratar más, ya que en la obra contabilicé alrededor de veinte y dos exempla, sobre todo ante la aparición de mártires. Conforme más se avance en el tiempo, aparentemente habrá una tendencia a aumentar la cantidad de exempla.

Hasta aquí Eusebio de Cesarea, ahora pasaré a Guibert de Novigento.

V. Guibert de Novigento

La primera cruzada tuvo una importante representación historiográfica del período inmediatamente posterior que le siguió y más allá. La gesta sucedió entre el año 1096 y 1099 y casi de forma inmediata aparecieron numerosas obras que en los años subsecuentes habrían de aumentar su fama y provenir de lugares más lejanos. De entre éstas trabajaré una de ellas que recientemente ha recibido interés por varios estudios. El autor en cuestión perteneció a la generación inmediatamente posterior a la gesta que causó tanta fama a quienes se vieron revestidos con ella. Guibert de Novigento, el autor en cuestión, reelaboró y reescribió su texto a partir de una obra que probablemente fue escrita por un participante en el movimiento bélico, la cual se titula Gesta Dei per Francos, y fue escrita en un latín con pocas florituras y alejado de la institución de la historia. En contraste, se encuentra la propuesta de un gran latinista como lo era nuestro escritor. Él nació hacia el año de 1053, fue nombrado obispo de Novigento en 1104 y murió en el año 1121.[149] Escribió varias obras y poseía una mente que abrió el agitado e intenso debate en torno a la intelectualidad del siglo XII durante su primera mitad y que sería el testigo principal de la misma hasta la consumación de este importante siglo. La obra de cuyas palabras nos ocuparemos es la Historia que se llama: Las Hazañas de Dios hechas por los francos (Historia quae dicitur Gesta Dei per Francos).[150]

Tanto el escrito de Guibert como la Gesta difieren en que son formas discursivas distintas: la obra anónima relata hazañas (gesta) en seco, mientras que la de Guibert historia. A diferencia del autor anónimo de las Hazañas, Guibert fue un hombre educado y a lo largo de la obra cita numerosas obras de la Antigüedad Latina que van desde Pompeyo Trogo hasta Julio César y que comprendían el currículo básico del latín estudiado en la época,[151] lo cual será una de las características más importantes al convertir las Hazañas, que funge como su antecedente, en una obra de historia, con los requisitos de ésta, la estructura y la forma de escribirla. Su educación, basada en los cánones de retórica de la época, implica utilizar ciertos tópicos como los de modestia en los prefacios, por mandato o sugerencia de sus compañeros.[152] Resulta interesante notar que para la historia, él hablará continuamente sobre el estilo (stylum) que involucra el realizar una obra de esta envergadura. Por supuesto, estilo no implica sólo realizar una narrativa más agradable, sino comprende una narrativa más amplia, más cuidada y con ciertas características que otras obras no debían forzosamente poseer y además designa el cálamo con el cual se escribe. Debo notar cómo contrastan las formas de escribir, de estilo:

Nadie me admiraba por el uso de algún otro estilo [el énfasis es mío] más lejano que el mostrado en las Exposiciones del Génesis o en otros trataditos pequeños [de contenido teológico]. Así, conviene y es lícito unir la historia con una elaborada elegancia de las palabras; por el contrario, trato los misterios de la elocuencia sacra con la simpleza eclesiástica y no con galimatías poético.[153]

Este fragmento compara el estilo de sus obras de teología, donde se exige un nivel de lengua más claro, alejado de la elegancia, y la obra de historia que exige un determinado estilo de la prosa: el estilo de la historia debía componerse con un cuidado especial en las palabras, en comparación con otras formas discursivas que apremian otra forma de escribir; más aún, el autor inserta en algunos momentos poemas. Por supuesto, la teología pide esa simpleza en la expresión, pero la historia no, de ahí que se haya permitido usar ese “galimatías poético” (garrulitate poetica). Más aún, realizará una obra que reelabora y parte de otra grande que se había escrito en un estilo rústico y poco atractivo[154] y que, en consecuencia, ameritaba que se compusiera de forma más elaborada: una historia. El resultado implica una cierta forma de escribir que delimita la forma discursiva y, más aún, su función, puesto que Guibert, al ser él mismo obispo de Novigento, escribe para la élite eclesiástica y política de donde provienen sus posibles lectores. Asimismo, esa calidad de escritura implica una adaptación al latín de situaciones y elementos. Esto significa que el estilo del cual habla como la principal diferencia entre las otras obras y la propia implican un uso de la lengua: esta traducción cultural entre conceptos y nombres conlleva no sólo un conocimiento más o menos profuso de la materia en cuestión, sino un amplio conocimiento de fuentes clásicas; esto es llamado interpretatio romana.[155] No hace falta avanzar mucho en la obra para encontrar que Guibert considera a la cruzada un evento comparable a otros de la Antigüedad, tales como las glorias de Alejandro Magno en Asia, a Jerjes en las Termópilas.[156] Ése será su horizonte de expectativa y, más aún, escribirá teniendo siempre en cuenta la obra de Pompeyo Trogo, el historiador romano que escribe la historia de las regiones no romanas que fueron eventualmente absorbidas por Roma. Ésta será continuamente el punto de referencia y lo que le dará una institucionalidad para que Guibert escriba. Por esta razón Guibert se asume como un escritor de historia (historiographus) y sus requisitos de narrar de cierta forma.

La historia para el período que escribe Guibert es narración.[157] Debo notar, por otra parte, que tanto él como otros autores del período distinguen historia de gesta (hechos, que suele aparecer indistintamente res, gesta o res gesta), habida cuenta de que la primera es la que busca escribir los gesta que sencillamente ocurren. Guibert mismo encuentra el origen de su obra en la Gesta Dei per Francos, una obra anónima pero que carece de la reflexión que le dotará a la suya con las exigencias demostradas con el uso adecuado de la retórica y una erudición que denota el conocimiento de obras clásicas y que los gesta no poseen.[158]

Dentro del período de Guibert y un poco después, existe una diferencia entre escribir gesta e historia; el límite es tenue, pero podemos recordar, por ejemplo, al historiador danés Saxo Gramático cuando habla acerca de la obra que le confirió su patrón: “[...] Absalón, el pontífice máximo de los daneses, que ardía siempre por el deseo mayor de hacer ilustre a nuestra patria [...], me encomendó la ocupación de reunir los hechos daneses [res Danicas] en una historia [historiam] a mí, el más joven de sus compañeros, puesto que se habían negado los demás”.[159] Así, por una parte quedan las res gestae y por otra la historia, siendo ésta última la que requiere un mayo nivel de destrezas retóricas y de investigación, al contrario de los gesta que reproducirían sin mayor elegancia eventos. Implica, pues, un análisis de segundo grado cuya distinción es lo que le proporciona en particular el carácter de historia a una obra y de la cual carecen otras obras de contenido histórico como las crónicas o los anales. Saxo y Guibert no están solos en su distinción entre historia y gesta, sino que es una característica afín para otros autores del período. Así lo apuntan varios autores que se distancian de otras formas discursivas cuyo contenido es la historia y que fácilmente podrían confundirse, o bien que los copistas o editores confundieron. Es importante recordar que las obras a menudo carecen de título.[160] Una revisión de los elementos identitarios sugeriría que varias obras sean renombradas, ya que algunas características de la historia, explícitas en sus autores, no siempre son tomadas en cuenta por los editores de las obras, quienes suelen respetar el nombre que, o bien aparece en los manuscritos y que a menudo es añadido posterior, o sugerir uno de ellos, ya que no contemplan trabajar con formas discursivas. Así, otros contemporáneos a Guibert retratan esta misma noción de escribir la historia y la plasman en sus prefacios. Otto de Freising escribe lo siguiente: “Te ofrezco[, Federico Barbarroja], esta historia [hystoriam] para tu nobleza. La planteo desde Dios, Dador de todas las cosas buenas, y pido para que tu final sobrepase así mejor que tu buen inicio. Pero, antes de que trate tus gestas [gestorum tuorum] [...]”.[161] Y Orderico Vitalis escribe lo siguiente: “Y así como los hechos pasados [gesta praeterita] nos son transmitidos por nuestros antepasados, así también el presente se transmite ahora con el auspicio de las letras desde el presente para la posteridad que habrá de venir [...]; de donde me gusta llamar a esta obrita Historia Eclesiástica [Historia Ecclesiastica].”[162] Sirvan estos ejemplos para demostrar cómo es que los historiadores medievales entendían, por una parte los sucesos, gesta, y por la otra la escritura de ésta que implicaba la historia. Hasta aquí el contexto historiográfico. Ahora retorno al tema.

Guibert atestigua la creación de toda una pléyade de personajes, muchos de ellos populares, que subieron a la fama gracias a su prosa. Además, pertenece al movimiento que, según Robert Bartlett, formaría Europa.[163] Sin lugar a dudas, se puede apreciar en la narrativa los cortes propios del exemplum que los separa del resto de la narración y que preservan ciertas marcas estilísticas para distinguirlos. Antes que todo, es importante notar que, para Guibert, la gesta de la cruzada puede compararse a cualquier otra de la Antigüedad y no es menor a ésta en ningún momento.[164] Ya con esta sola mención, se equipara a un evento digno de ser señalado con otro ocurrido en la historia.

Hay dos tipos de exempla que se sobreponen a las narrativas: aquéllos que relacionan o introducen personajes que serán en su mayoría virtuosos, cuando provienen del ámbito de los latinos o los guerreros cristianos, y los negativos cuando provienen de los griegos y los árabes y en algunas ocasiones de los cristianos mismos cuando atentaban contra la moral que se esperaba de ellos. El segundo tipo de exempla se reconoce porque exalta un cambio de voz y de persona en la narrativa, con lo cual proporciona una fuerte llamada de atención. Por lo general el cambio es de una tercera persona a una segunda.[165] Este cambio presenta una sutil llamada de atención ante un hecho ejemplar. En todos casos se presentan adjetivos que enuncian la virtud que converge en el personaje o situación y que debe ser imitada. Los adjetivos serán los que ilustren encarnen la virtud o el vicio en el personaje al que califican.

Tomaré un caso que surge en un momento crítico de una batalla muy importante: la caída de Antioquía, una enorme ciudad donde después ocurrió una masacre. Comienza el exemplum a las puertas de la ciudad con dos personajes importantes: por los cruzados Bohemundo, y por los turcos (nombre genérico con el cual designa a los sarracenos el autor) Pirro, un general que siendo sobornado permitió entrar a los francos. El gran problema es que Antioquía no era habitada exclusivamente por sarracenos, sino también por armenios y sirios, pueblos cristianos. Aunque sea una narración un tanto extensa, considero que es importante destacarla en su totalidad:

Una puerta se encontraba cerrada y otra se escondía, contigua, del lado izquierdo. No podía verse porque la noche lo impedía; sin embargo, se construyó en un lugar poco frecuentado y casi nunca se abría. Se podía sentir palpándola con gran premura. Todos los francos corrieron, raudos, hacia ella: rompieron y abrieron las barras, y al irrumpir por ésta, forjaron un camino. Oirías [el énfasis es mío] que toda una ciudad se mezcló con el horrible estruendo, y, mientras éstos se regocijan por haber terminado el trabajo, los habitantes de la ciudad lloran en todas partes por el cambio inesperado de su felicidad. Nada quedaba para la moderación de los vencedores y de los vencidos.

En ese mismo lugar, Bohemundo, que había regresado a la urbe que ahora tomara, ordenó clavar en la cúspide de cierto monte algo que advirtiera por todas partes a los turcos: una bandera conocida, frente a la vista del castillo que resistiera [antes] su captura (y que fuera suyo eventualmente). Había en la devastada ciudad una enorme inmensidad de gritos y, mientras una muchedumbre de los vencidos se movían en carrera y huían a su muerte a través de estrechas calles, llegaba una fiera y salvaje exclamación.

Y mientras los francos recordaban las miserias con las cuales habían cargado en aquel asedio, las hambrunas más duras que las mismas muertes, todas las que habían podido soportar, juzgaron que las penas impuestas eran insuficientes en vista del asunto a juzgar: la desigual traición de los armenios y sirios paganos fue castigada por los soldados con todo mérito: no querían separar a éstos del peso de los suplicios. Reconocieron que ellos habían velado diligente por el asesinato de los suyos a manos de los turcos. Y ciertamente diré que hubieran reducido los números de ellos mismos si, entre los gentiles y los hombres de nuestra fe, hubieran sabido que se podían diferenciar. Entre tanta confusión del tiempo y la ocupación, había llegado la noche y la sed de destruir la ciudad de propios y gentiles: el impulso de sus costumbres se altera. Los aumentos de ese impulso no permitieron distinguir ninguna característica en los vestidos, ni siquiera a los bárbaros [de los cristianos].[166]

En este fragmento se narra el asedio e ingreso a Antioquía. Es una situación notable por la fuerza con que se realiza y la violencia que conlleva un asalto civil a la ciudad, además, significó una notable victoria para los cruzados. El particular esfuerzo que da pie a la introducción de un exemplum corresponde a una narrativa que va aumentando en intensidad y rompe el ritmo con el resto de la obra. El cambio a la segunda persona y palabras adjetivadas para luego entrar en la moralización. Con esta situación se plantea un cambio para que se puedan explicar de qué forma proceder con la resolución bélica y la causa de ésta: no es la crueldad el camino moral, ya que existe un protocolo bien establecido sobre la forma de comportarse en los asedios,[167] sino que aquí el autor manifiesta un énfasis en la avaritia (que traduje por sed) que los llevó a romper este protocolo o la forma justa de tratar a un enemigo vencido. El resultado fue horrible (es destacado con otro fortísimo cambio a segunda persona): un castigo, una pena muy dura contra los enemigos que encrudeció su sed al recordar las múltiples muertes entre los suyos. Mal obraron los cruzados, y actuaron con avaritia, fueron dominados por ella. Actuaron fuera de la modestia que se espera de ellos. Cabe destacar que probablemente el fundamento de la avaritia como un mal provenga de un famoso pasaje bíblico: “la avaricia es raíz de todos los males”.[168] No es el objetivo de este trabajo mencionar las múltiples interpretaciones de este concepto, pero Guibert menciona de forma práctica cómo es ella: se representó en cómo se comportaron los cruzados ante la desesperación por encontrarse frente a una gran fortaleza y ante una ventaja táctica que les dio eventualmente la victoria. Esta ventaja, esta buena fortuna fue respondida con el salvajismo, con esa avaritia, que consiste en buscar ávidamente las riquezas en la recién conquistada ciudad, sin atender normas de guerra y mientras tanto matando a inocentes. Los cristianos orientales fueron masacrados junto con los sarracenos. Es éste un exemplum negativo que ejemplifica la forma en cómo no comportarse en una situación de guerra. La moralización de la narrativa contrasta con la modestia que se esperaba de éstos y que los distinguía de sus enemigos, cuya situación podría resumirse a respetar las reglas de la guerra y a proteger a los cristianos, no a masacrarlos. La moralización persiste, si bien anuncia el horrible tumulto que vendrá como consecuencia de haber actuado viciosamente. Guibert, pues, se enfoca en ejemplificar la avaritia en la narración.

Continúo con un exemplum en el cual, tras una batalla, se verá una actitud cruenta y reprobable. El efecto de llevar al mal será brutal y causará repulsión hacia el lector que se aproxime a éste:

Y así los habitantes, armenios y sirios, reconocen dónde habían ocultado a su monstruoso enemigo: en un pobre tugurio. Con la fortuna en su contra, lo arrastran y le cortan la cabeza. Mandaron ante la presencia de Bohemundo la cerviz amputada, de forma que ahí, en su presencia, obtuvieron la gracia de la libertad con este raro regalo. Una vez que depusieron el cinturón y la vaina de un cuchillo pesaron sesenta monedas (al cambio de los bizantinos).

Estas hazañas sucedieron el siete de junio cuando sucedía el quinto día de la semana. Verías que hay una ciudad inundada de muertos sin sepultura y con un hedor insoportable. Los foros, calles, jardines, y avenidas, templos que en otro momento se habían distinguido con la gracia del mar y se adornaban con concha marina, se ensuciaban con indignante sangre y la podredumbre en todas partes que yacía de infinito número de cadáveres (¡un espectáculo atroz!) y la fiereza de los aires corruptos atacaban, miserables, a los sentidos, a la vista y al olfato. La angustia de los vecindarios separaba el montón de cuerpos pútridos y mientras el poder de sacarlos hacia una tumba quedaba fuera, nunca se abrió un camino que protegiera del hedor. La presencia de tal visión y su olor golpeaba el horror que se erigía en los sentidos. De ahí ya nadie temía avanzar entre los cadáveres que se amontonaban en diversos caminos: la costumbre acrecentó la audacia.[169]

Este exemplum, pues, puede servir con gran fuerza y su infinita y cruel actitud de castigo corporal y quebrar el sentido del olfato para quien lo lea. Noto un énfasis en una corrupción espiritual, como se enfatiza dentro del pasaje dedicado a la avaricia, se corrompe y se presenta en una muy clara visión del lado negativo que significa un castigo.

Este pasaje construye un realce muy fuerte en lo sensorial. No es sólo el asesinato de los habitantes de Antioquía, sino las pasiones que se exaltan en el mismo. Todo el detalle pertenece a la amplificación del discurso: el exemplum funciona como un argumento o una amplificación al argumento, ya que explica el castigo a los gentiles por caer en la avaritia. El camino del texto enmarcará el castigo corporal casi dantesco para los traidores. La imagen, la presencia tan clara de los tormentos del cuerpo que es castigado vuelve al pasaje una narración tétrica, donde se estipula al cuerpo como el límite y el elemento que podrá mostrar terror y servir para atemorizar a otros. Los cadáveres putrefactos se vuelven la bandera con que los cruzados atisban una acción negativa en la forma de tratar la guerra: fueron llevados por la avaritia, el deseo de avanzar y conseguir algo, pero al hacerlo dejaron una estela de desgracias y dolor que se representa con el olor y la imagen tenebrosa. La presencia de detalles muy explícitos se contrapone al peso de la modestia con la cual tendrían que haberse comportado. Sin duda el medio para llevar a cabo la moralización es la visión de lo terrible y la afectación que produce éste se envuelve en el patetismo de la narrativa. ¿Qué mejor forma que mostrar las pasiones del cuerpo con un castigo al mismo? Sirve para el autor como una advertencia de lo que la avaritia desbordada puede realizar y qué mejor manera que demostrarla contraponiendo el gesto de la modestia, con el sangriento episodio de ver una violenta escena: las calles llenas de cadáveres pútridos. La apelación a los sentidos conmueve al espectador y le dota de mayor fuerza. Los calificativos o substantivos abstractos del fragmento permean las cualidades de ejemplificación moral que se propone mostrar en este tesis. Véase por ejemplo, cómo, en lugar de mencionar las acciones de los vecinos, se habla de “la angustia de los vecinos”. Tiende, pues, a abstraer y a permitir prosopopeyas que muestran caminos morales. Este camino apunta al exemplum, ya que personifica a la angustia en vez de hablar en abstracto de ella. La técnica narrativa, terrorífica como pocas.

Con estos dos textos puede apreciarse que el autor destaca una moralización, en general de acciones negativas, donde se contrastan diferentes métodos de acción. El exemplum existe y se encuentra mucho más claro cuando califica las acciones con adjetivos. No hay que olvidar que el autor vive en un medio efervescente por las actitudes bélicas, y que, si bien el complejo mundo de las cruzadas puede juzgarse desde distintas apreciaciones, era deber, como obispo de Novigento, evitar que los cristianos cometieran insensateces o actitudes reprobables, como las que realizó Bohemundo. El álgido combate entre cristianos e infieles llega a un punto extremo, pero deben destacarse actitudes morales y deplorarse las que no sigan éstas, a saber: se debe elegir el camino del bien, que está mostrado en exemplum.

A comparación del texto de Eusebio, aprecio un incremento en el número de exempla. Contabilicé para esta obra veinte y nueve muestras en una obra más breve en tamaño que la Historia Eclesiástica, y que representan un mayor uso que en el caso pasado. Conforme más avance el tiempo, y la materia de la historia se presta para ello, aumentará la cantidad de exempla.

Prosigo con el tercer autor a estudiar: Martino Martini.

VI. Martino Martini

Comenzaré a hablar de la Historia sobre la Guerra Tartárica (De bello Tartarico Historia) de Martino Martini (1614-1661).[170] Esta obra pertenece ya a los inicios de la Modernidad y a la imprenta, y fue realizada por un jesuita que llegó a las primeras misiones en China. Su autor, Martino Martini, perteneció a una generación posterior a los primeros movimientos evangelizadores en Oriente; además, realizó una copiosa obra en torno al conocimiento y exploración de China, que abarca desde mapas hasta tratados sobre las plantas halladas allá. La obra a tratar, en cierta forma, completa una tradición que explica y trae a Occidente información y noticias sobre las misiones jesuitas en China, en primer lugar, y sobre los distintos acontecimientos que ocurrieron en dicha región, en segunda instancia y variada información sobre lo hallado en lugares tan lejanos en tercer punto. Esta obra generó gran interés: logró tres ediciones en poco tiempo, desde la primera edición en 1654 a la cual le siguieron varias traducciones al español, inglés, alemán, holandés, italiano, francés y portugués, todas durante la segunda mitad del siglo XVII; en suma: fue una de las grandes ventanas europeas hacia los descubrimientos de Oriente.[171]

La historia se adentra al modelo de la historia magistra vitae, pero se trata ya del siglo XVII, y próximo al concepto de historia que tenía Cabrera de Córdoba, pero que podemos leer como parte de esa larga Edad Media, lo cual la pone en sintonía con las historias que traté anteriormente. El nombre completo de la obra es: La historia sobre la guerra tartárica, en la cual se narra por qué pacto los tártaros invadieron el imperio chino en nuestra época, y casi lo ocuparon en su totalidad; y se describen brevemente las costumbres de éstos,[172] es decir, la obra refiere un marcado interés no sólo en la Guerra Tartárica, sino también en la geografía y costumbres de los habitantes de China que no están exentos en las obras de historia. Al fin y al cabo, esta es una de las posturas fundamentales en su papel de misionero conocer el lugar a donde se organizan las misiones. Pero el peso de la etnología en la historia no nace con él, ya en el texto de Guibert de Novigento se trata este tema al escribir sobre los turcos para tiempos y vidas cristianas. Como suele ocurrir, la petición del trabajo debe venir de una autoridad, en este caso, del hombre que comandó las misiones a China en una época donde la Compañía de Jesús, que será la protagonista y motivo de escritura de la obra, se dispersaba por el resto del mundo.

En un extenso prefacio, acostumbrados como nos dejan las obras de historia, se plantea la necesidad de la obra y un aspecto propio de la humildad, así como la dedicatoria a Juan Casimiro, rey de Polonia. Como se vio anteriormente, el prefacio pertenece a todo un complejo estilo de escritura, sobre todo desde la Edad Media proveniente de la retórica clásica, donde se debían estipular ciertas características, entre ellas, la dedicatoria y el topos de la humildad.[173] En este sentido comparte las bases retóricas con otras obras que se regían bajo este modelo de la construcción retórica de la realidad.

Dentro de la tradición y situación de la obra, Martini pertenece a una generación de jesuitas que sucedió a Mateo Ricci.[174] China, por su parte, significó un gran avance para los jesuitas de todos lados. Se convirtió rápidamente en un destino importante, una provincia internacional a donde llegaban misioneros de muy diversas partes del mundo y donde el catolicismo se propagó rápido y con éxito.[175] Al inicio, la dificultad consistió en adentrarse en una cultura y lengua tan distintas como China. Los triunfos llegaron aunque de forma limitada; sin embargo, para los años en que escribió Martino Martini ya se contaban algunos logros considerables, por lo que también se le asignó el sustentar la presencia y el avance de los mártires jesuitas, pero también destacar a los conversos chinos, dentro de una historia. El autor fue enviado como un procurador por parte del superior jesuita de Roma en 1651,[176] y a partir de ahí se le encargó la compleja tarea de trabajar la información que recopilaría para realizar encargos en torno a la cartografía y geografía de China y de las misiones jesuitas que se habrían de plasmar en una historia.[177] No se puede esclarecer una versión sin la otra y no hay que olvidar que la obra, escrita en latín, se piensa para un público europeo, de ahí que existan numerosas comparaciones y símiles con personajes conocidos para él, es decir, utiliza, al igual que Guibert de Novigento, la interpretatio romana para traducir una cultura china a una lengua latina cuyas referencias pudiesen ser bien entendidas por los lectores.

Martini parte de su autoridad como conocedor del lugar, y actúa tras los medios de una investigación:

Establecí, de acuerdo al modelo más usual, cuantos asuntos pude seguir acerca del imperio [chino] y sus habitantes a partir, tanto de los afanosos caprichos de los anales chinos, como de las relaciones y conversaciones con varios de sus habitantes. Viví con ellos alrededor de diez años. Todo esto lo pude hacer público y accesible con la imprenta, y, lo que no se pudo publicar en discurso, convino en cada uno de mis escritos.[178]

Una frase es importante: “de acuerdo al modelo más usual” (usitato exemplo); aquí Martini se relaciona a la tradición de escribir historia, es decir, a los antecedentes de la forma discursiva ameritan un uso de un nivel de lenguaje y una investigación más acuciosa, donde se vale de su autoridad propia. La cuestión que aquí asume es la consulta de fuentes documentales chinas y entrevistas orales: la conversación con los chinos para extraer información de primera mano. Todas estas características resumen lo necesario para una historia. Al respecto, destaco otro fragmento de igual importancia:

Te ruego entonces, lector mío, que, si alguna vez se quitase la inculta aspereza y la barbarie de mis palabras en esta obrita, recuerdes que lees sobre una guerra barbárica. Sin duda fue escrita por alguien que *olvidó*[179] por completo toda la elegancia del estilo latino (si es que la tuvo en algún momento): primero con el diligente estudio de la lengua peregrina, después con su uso. Perdonarás a quien se ocupó en asuntos arduos, que debía hacer más que escribir en favor de la gloria divina durante muchos años. Perdonarás, y espero que sea útil el vicio de un estilo rudo e inculto: éste llega fácil.[180]

Nuevamente vemos el recurso del estilo y de un tópico de humildad: de disculparse por su forma de escribir historia, a pesar de ser un texto con una notable calidad, funge como parte del prefacio tal y como lo apunta Curtius y las reglas del prefacio en el discurso.[181] Cumple cabalmente con aquellas reglas que lo posibilitan a dar testimonio a esta historia. Demasiado cuida el disculparse frente a los lectores, a pesar de la gran calidad de la pluma de Martini. Es importante recordar que, como miembro de la Compañía de Jesús, él fue educado en un sentido “eclesiástico”, para usar el adjetivo que apunta Guibert de Novigento. Se acostumbró a ese estilo porque, como predicador, es más fácil de comprender, pero no está al mismo nivel de exigencia que la historia. Quizás en función de el estilo eclesiástico por un lado, y un estilo más refinado por el otro, podríamos ver la disculpa de Martini para sus lectores que asumía acostumbrados a lecturas más doctas.

Hablaré ahora del exemplum que traduzco:

La provincia de Leaotung se baña totalmente por el mar, y está a dos días de distancia por mar del emporio Tiencin; éste se extiende por mucho más tiempo si se avanza por tierra.

Entre los generales que conducían las tropas auxiliares, hubo una mujer a quien llamaremos de mejor manera la Amazona China o la otra Pentesilea. Ella llegó de la provincia muy remota de Suehuen con tres mil soldados. No asumía los ánimos varoniles por moda, sino que se vestía en ropas varoniles y retomaba los títulos militares que la convendrían en hombre, no en mujer. Ella dio muchos ejemplos de fortaleza contra los tártaros, y después tantísimos más contra los rebeldes que se alzaron contra el emperador chino. Había llegado, entonces, en el lugar de su pequeño hijo, a quien había dejado en su casa, en su propio reino, puesto que él no tenía la edad para la guerra.[182]

Lo primero que debemos notar es la referencia mitológica, al estilo de la interpretatio romana. Esto lleva a otras referencias, por ejemplo, mantiene cierto parecido a la historia de Pompeyo Trogo, que dice en un pasaje que dice así: “Después de Oritia, se apoderó del reino Pentesilea. Los más grandes testimonios de su virtud subsistieron en la guerra de Troya entre fortísimos hombres, cuando llegó como auxilio contra los griegos.”[183] Como puede apreciarse, algunos puntos de la intención entre ambos textos es semejante y existen por igual algunas semejanzas en el uso de las palabras. No es la sola la referencia a un personaje mitológico lo que torna importante el pasaje, sino que plantea un símil que quedaría al nivel de la semántica, y la moralización con la destacada participación de una guerrera que entró a combatir en nombre de su hijo para defender su reino. Más aún, son características que no sólo deberían ser afines a las pocas guerreras, sino a los guerreros por igual: se vuelve el modelo de valentía (fortitudo) por sobre todo: esa virtud se destaca, élla es la fortitudo encarnada (Como Pentesilea será, para Pompeyo Trogo, la encarnación de la virtud).

Continuaré con otro exemplum. Debido a que el texto de Martini se basa en buena medida en la cristianización de las tierras chinas, el punto primordial y más destacado para él es la actuación de los jesuitas en dichas tierras y, sobre todo, la conversión de la cúpula imperial china. Veamos este caso que es un poco extenso pero vale la pena apuntarlo completo:

Junto con el emperador Yunglieum, su eunuco más cercano, llamado P’ang Aquiles, fue iniciado en los ritos como un cristiano. Servía ya a Cristo desde hacía tiempo de forma que por nombre y acción siempre (hasta ese momento) se ostentaba como un verdadero adorador de Cristo.

Para hacer mejor las cosas, tuvo consigo a los padres de nuestra Compañía, entre los cuales se encuentra el reverendo padre austriaco Andrés Xavier (cuyo nombre de familia es Cossler), y el reverendo padre polaco Miguel Boym. Reunidos aquí por la obra de éstos, avanzaron al rebaño de Cristo, entre los cuales se encontraba la madre del emperador, su esposa e hijo, heredero de todo el imperio.

El emperador que era conocido como Constantino y a quien se le preguntaba por todos los buenos hombres, de forma que (Dios mediante) fuese el otro Constantino, el de los chinos. El mismo emperador no rechazó la fe cristiana, sino que propagó el bautismo y permitió que la reina escogiese al padre Miguel Boym, legado de nuestra Compañía, y obedeciera al Sumo Pontífice. Europa ya ha escuchado de esto. Dios Óptimo Máximo le concedía esa felicidad que abunda largo y tendido por todas las chinas a la mayor gloria de Dios.[184]

Para la política china fue un momento bastante duro debido a que se encontraban con el enemigo tártaro dentro de su mismo territorio. Martini no duda en llamar a Yinglieum como el mismo Constantino, en una abierta remembranza a Constantino el Grande, que protegió bajo su égida a los cristianos y favoreció a muchos hombres buenos durante su reinado (sobre todo a Eusebio de Cesarea), si bien se enfrentó a una dificilísima guerra y sublevaciones internas.[185] En el texto, el motivo de fondo es la labor evangelizadora de los jesuitas, porque la obra de Andrés Xavier y Miguel Boym sobresale no sólo en la conversión de este nuevo emperador, previa la de su eunuco real, sino que también el apoyo que recibirían los futuros cristianos en el inmenso país.

La conversión anterior del eunuco es muy importante, puesto que gracias a él se pudieron aproximar al emperador.[186] El motivo del exemplum es el buen rey cristiano: él apoya, como lo hizo anteriormente Constantino a su vez tampoco criado como cristiano sino hasta su adultez, la conversión en China con nuevos bríos. No fue la primera generación de nuevos cristianos, sino que ya contaban con algunos más mencionados por Martini a lo largo de la obra, que costó a su vez la vida a varios jesuitas. Más aún, termina el párrafo con una tenue, si bien correcta deliberación que explicaría en pocas palabras las acciones emprendidas por estos dos personajes: “Ad maiorem Dei gloriam”. Esta frase no sólo acentúa una muy precisa sentencia y deseos sobre las misiones en China, sino que también componen el lema de la Compañía de Jesús.

Terminaré con un episodio dominado por la crueldad de uno de los gobernantes tártaros, a quienes Martini en varias ocasiones llama ladrones (latrones), si bien éstos representan grupos separados en conflicto con los chinos:

Nuestros padres en aquel tiempo se acercaron al tirano con un peligro que les era evidente. Querían ayudar a sus sirvientes; sin embargo, por este mismo peligro obtuvieron la vida de ellos para sorpresa de todos. Una vez unidos éstos con los restantes, fueron educados; de ahí, los padres se dividieron: uno entró por una puerta, el otro por la otra. A través de éstas, se educaba al paupérrimo pueblo, como si fuese un mercado. Así liberaron a los sirvientes.

Donde realizaron esta obra con el celo de Dios y de la preclara religión, innumerables niños que fueron cedidos por los soldados, se lavaron en la sagrada agua del bautismo. Éstos habrían de volar desde las manos del verdugo hasta el cielo, y la monstruosa crueldad del tirano benefició a los pequeños, tal como a los inocentes de Herodes con el gran testimonio de la divina predestinación.

Escriben que aquí se derramó mucha sangre, y, en consecuencia, aumentaron las aguas del gran río Kiang, que estaba antes de la ciudad: más aún, los mismos cadáveres fueron aventados al río. Éstos, cuando se separaban de él, anunciaban a las restantes ciudades y ciudadanos que no esperaran mejores cosas del tirano. Pero no tardó demasiado en suceder lo evidente, pues el tirano desplegó entonces los ejércitos a cualesquiera habitantes que pudo seguir de las restantes ciudades y urbes. Y entonces… él murió. Así, infectó a casi toda la pobladísima provincia de Suchuaen con una devastación increíble.[187]

Este último exemplum demuestra un movimiento de tremenda crueldad al asesinar el líder de los tártaros a los niños chinos que se habían convertido por la acción de los misioneros jesuitas. La crueldad es sólo equiparable al famoso episodio de la muerte de los Santos Inocentes, un pasaje único que en San Mateo con el cual establece una comparación clara y que además ha sido objeto de muchas representaciones.[188] La comparación ya no acontece en miras de eventos de la Antigüedad, sino de un pasaje bíblico neotestamentario donde se compara la figura del tiránico emperador chino con el cruel Herodes: ambos atentaron contra inocentes en pos de evitar una profecía que eventualmente se cumpliría, era inevitable. Se establece así un símil: por una parte la llegada del Mesías, por la otra, la llegada de la Evangelización por medio de las misiones jesuitas a China. La narrativa crece conforme la angustia se apodera de los infantes y las personas de la provincia que veían con horror de qué forma sus niños eran asesinados y contribuían a aumentar el flujo del río y perderse entre la terrible corriente que deparara la más cruel de las muertes para infantes tan cortos de edad. Se aclara con profundidad que es un ataque a la religión y a Dios, puesto que ya se había establecido el testimonio del sacramento y, a pesar de esto, los tártaros decidieron proseguir con la matanza que se habían propuesto.

Más aún, las acciones del tirano a quien podríamos llamara Herodes Chino, contiene una calificación muy enfática. Nótese la última frase: “infectó a la provincia con una devastación increíble”. Destaca que la desolación y el terrible saqueo y matanza que se realizó en dicho lugar, pero la palabra utilizada conlleva un mucho mayor peso que el que aparenta. Martini escribe corrupit, un verbo que muestra mucha fuerza, ya que describe algo que se inserta y se pudre desde adentro, de ahí que haya preferido. Todos los esfuerzos militares no contribuyeron a la destrucción para los planes concebidos dentro de la mente del tirano, sino que llega a un grado más profundo que la devastación: altera el orden de la provincia. Es una infección que avanza: un término utilizado con mayor frecuencia dentro de la medicina, y, en particular, dentro de la filosofía. Con estas palabras y este contexto es que Martini elige una muy particular situación en torno a la extinción de jóvenes vidas a manos de un tirano que le era conocido al mundo occidental. Nótese también que Martini siempre define, cuando el tártaro dominó bajo su yugo China, como tirano, mientras que, al ser gobernante de su pueblo, era un rey.

Martini continúa dentro de la postura y el modelo de la historia magistra vitae y las características generales que debe tener la forma discursiva historia. El latín es fluido y se muestra con la autoridad de escribir una obra para occidentales sobre un lugar oriental que había sido descubierto hace poco. Los exempla están orientados precisamente a la resolución de los conflictos y a la cristianización de China, y, sobre todo, al trabajo de los misioneros y, más importante, a los chinos que decidieron o adoptaron voluntariamente el Cristianismo y protegieron a los cristianos. Por otra parte, debo aclarar que no se trata finalmente de una historia de las misiones jesuitas en China, sino de la guerra contra el tártaro, de ahí que no exista el énfasis específico de otro tipo de obras sobre los misioneros, si bien son protagonistas especiales dentro de las acciones ahí descritas. Por esta razón los protagonistas chinos tienen un peso importante, sobre todo cuando se puede establecer una comparación clara, como sucedió con el caso de la Pentesilea china. Su obra estaba pensada, entre otras cosas, para que fuese leída en el mundo occidental, de ahí que varias descripciones se encuentren con comparaciones o adaptaciones a un espectro cultural de dicho tiempo.

En esta obra encontré alrededor de veinte y siete exempla, que constituyen un aumento con respecto al anterior, ya que la obra de Martini en proporción es la más corta que seleccioné y además que tiene en ciertos puntos intereses más descriptivos con respecto a las misiones en China. La presencia de los jesuitas servirá como detonante para los exempla, tal como fueron los mártires para Eusebio. Aunque en números totales hay menos exempla con respecto a Guibert, en proporción hay más: su presencia es estable.

Hasta aquí Martini, ahora continuaré con el último historiador que compete a esta tesis: Edward Gibbon.

VII. Edward Gibbon

El último texto del cual hablaré es la célebre obra de Edward Gibbon (1737-1794): La Historia de la decadencia y caída del Imperio romano (The History of the Decline & Fall of the Roman Empire). Por mucho representa una de las cúspides de la historiografía en los turbulentos años previos a la Revolución Francesa, los cuales vieron numerosos cambios de invenciones y publicaciones de grandes obras.[189] En medio de un movimiento que unos años después habría de cimentar rupturas importantes en el mundo, dedica su obra a la decadencia del Imperio Romano. Esta situación ha dado pie a muchas interpretaciones, por ejemplo, Robin Collingwood afirma que esta obra representa los ideales ilustrados en una plena consciencia, ya que la razón que solía encontrarse en el período romano y particularmente el período de los Antoninos, fue derrotada por la irracionalidad que él asume dentro de la religión y de la Edad Media.[190] Él llama a en este período proclive a la irracionalidad y en ella encontraría la fuerza que mueve a la historia;[191] sin embargo, la interpretación de Collingwood, como otras bajo este tenor, deben enfatizar que él busca establecer concepciones filosóficas dentro de la historia y no historiografía.[192] En este tenor son apreciadas pero se alejan del motivo que quiero presentar aquí.

La pluma de Edward Gibbon destaca por su gran calidad que es asunto común dentro de las obras que he estudiado en este texto. Pareciera más provenir de las abundantes páginas de la literatura inglesa. Pero, además, representa el modelo de un autor propio de la Ilustración, cuyo interés final es hablar sobre la victoria de la racionalidad sobre la irracionalidad. Precisa Collingwood: “es claro que para que pueda haber tal triunfo es preciso que previamente exista algo sobre lo cual triunfa esa irracionalidad, y por eso Gibbon inicia su relato en una edad de oro en que la razón presidía sobre un mundo dichoso, la edad del período antonino”,[193] es decir, consideraba un punto culminante de la historia romana durante el período de los Antoninos y a partir de allí vendría un declive gradual producto de la civilización barbárica y de la religión. No obstante, existen numerosos matices e interpretaciones de la Historia de la decadencia y caída de Roma que bien valdría analizarse con particular cuidado, ya que con facilidad se puede reducir esta gran obra a palabras que le son ajenas. Su misma amplitud evita que se pueda simplificar con sencillez, puesto que trata temas muy variados; no obstante, en varios lugares de la obra subraya ciertas épocas a las cuales califica de iluminadas (enlightened) y, las muestra como ejemplares. La presencia sola de ese adjetivo puede llevar a determinadas conjeturas, así, los Antoninos serán el modelo iluminado de Roma, aunque hay casos después que sobresalen.

Edward Gibbon comienza su libro así: “En el segundo siglo de la Era Cristiana, el imperio de Roma abarcaba la parte de la tierra más justa y civilizada de la humanidad.”[194] Desde este inicio, hablará continuamente sobre esa civilización, como un modelo a seguir. Ante tal situación, buena parte de la obra contiene exempla que deben pensarse en su función de maestra de la vida. Más aún, dentro de la misma historia romana, Gibbon expresa numerosas opiniones en torno a los contendientes, emperadores y protagonistas de la historia y sus antepasados. Comenta en otro lugar: “La experiencia de los romanos ha justificado estas nebulosas aprehensiones. Los anales de los emperadores muestran un fuerte y variado cuadro de la naturaleza humana el cual en vano buscamos entre los caracteres mezclados y dudosos de la historia moderna.”[195] Ya de antemano esclarece los elementos que permitieron la fulgurante civilización romana y los presenta para un público de su época. Poco aprecia los caracteres de su tiempo (una coincidencia que tendrá con Tácito, a quien admira mucho y quien es su modelo) y los sucesivos a los Antoninos que mucho se separaban del período que consideró crisol para la humanidad. Eso explica el énfasis en ilustrar por medio de la historia la civilización cómo es que ésta se perdió: la obra comienza con el período conocido por los Antoninos y rápidamente avanza al período cuando ellos terminan con el ascenso de Cómodo en el 180. De ahí en adelante continúa durante tres extensísimas partes de la obra hasta el siglo XV. Abarca casi mil quinientos años de historia. Debido a la extensión de la obra, me centraré en la primera parte. No obstante, existen casos donde refiere historias anteriores a manera de exempla que provienen sobre todo de los tiempos de Augusto o del primer siglo después de Cristo en Roma, período que también considera áureo y un modelo a seguir.[196] Así, dice lo siguiente:

Incluso los caracteres de Cesar o Augusto fueron muy superiores a los de las deidades populares, pero fue una desgracia de éste último el vivir en una época ilustrada donde sus acciones serían registradas con gran fidelidad para admitir tal mezcla de fábulas y misterio como la devoción a las peticiones vulgares.[197]

Nuevamente el autor anuncia y enuncia el pasado romano, ahora bajo el lustroso mando de Augusto como el punto de comparación. Es importante notar, como se hará en cada caso particular y queda patente en este pequeño fragmento, que Gibbon suele moverse en tres momentos: el primero es el del exemplum ocurrido durante la narrativa que él estudia tal cual; en el segundo caso suele comparar el primer exemplum con algún pasaje de la historia anterior a ése, sobre todo de la Antigüedad Romana; finalmente, en el tecer caso, una versión moralizante que se adapta al propio tiempo de Gibbon: la Inglaterra del siglo XVIII. Buena parte de los exempla preserva esta estructura de tripartición semántica. Comenzaré con el primero:

Tito Antonino Pío ha sido denominado con toda justicia como el segundo Numa. A ambos los distinguía el mismo amor por la religión, la justicia y la paz, pero la situación de éste último abrió un campo mayor para ejercitar estas virtudes. Numa sólo pudo prevenir que algunos pocos pueblos cercanos rapiñaran las cosechas de otros. En cambio, Antonino difundió orden y tranquilidad sobre la mayor parte de la tierra.

Su reino fue marcado por una rara ventaja de reunir pocos materiales para la historia, lo cual es, en efecto, poco más que el registro de crímenes, tonterías, y desgracias de la humanidad. En su vida privada, fue agradable y un buen hombre. La simplicidad nacida de su virtud fue ajena a la vanidad o a la temeridad. Disfrutó con moderación las conveniencias de su fortuna y los inocentes placeres de la sociedad, y la benevolencia de su alma se mostraba a sí misma en una feliz serenidad de temperamento.[198]

Con estas palabras introduce al epónimo fundador de la dinastía. Al respecto, conviene aclarar que la triple distinción de exempla y comparación se hace presente en este texto. Antonino Pío sigue con sus acciones a otro romano todavía más antiguo: Numa Pompilio. Ambos fueron pacificadores y provienen de unos períodos de intensa actividad militar que en otros tiempos hubiesen sido el requisito indispensable para poder armarse con el poder romano del imperium.[199] De igual forma, Numa dio pie y leyes a un lugar mucho más pacífico[200] después del fundador Rómulo y del beligerante Tulo Hostilio, así como, para los antoninos, Trajano funge como el fundador de una nueva época de emperadores romanos (como Rómulo) y Adriano expandió la política romana en un espacio beligerante (como Tulo Hostilio). El tercero en la fila de ambos es el pacificador, el que otorgará leyes propicias para el desarrollo de Roma que no podía soportar o basarse exclusivamente con el ámbito beligerante, sino que debía consolidarse bajo el imperio de la paz y las leyes y atestiguar un florecimiento intelectual. Esta labor fue hecha precisamente por Antonino Pío y Numa Pompilio: ambos fueron puestos e intervenidos en sendos lugares dentro de la mentalidad de Gibbon. También es importante notar que la otra gran fuente de la vida de Antonino Pío, la Historia Augusta, tiene esta comparación con Numa Pompilio.[201] De ahí que Gibbon lo destaque para su interpretación.

A Roma Antigua se le rendirá pleitesía como el máximo camino a seguir, pero los Antoninos son, en realidad, el punto donde se encuentra el modelo moral a seguir. Mientras que Roma Antigua preservaba y compartía sus bienes con un puñado de personas, lejos aún del imperio mundial que habría de llegar a ser Roma, los Antoninos aplicaron dichas políticas pero para un mundo mucho más grande en población y extensión territorial, que se consolidó como un asunto nada fácil para llegar a ser logrado un cambio que sucedió a lo largo de varias centurias y con una gran expansión militar de por medio. Antonino Pío dio nombre a la dinastía de los Antoninos, a pesar de ser una persona nebulosa dentro de las fuentes antiguas; sin embargo, poco importa esto cuando se presenta la oportunidad de presentar un exemplum: su carácter y su forma de dirigirse, semilenta, para poder destacar en la paz lograda tras ciertas turbulencias. No en balde su epíteto lo califique bajo el nombre de pío: fue muy respetado por propios y extraños, amén de permitir una sucesión sencilla y libre de sucesivos golpes militares como ocurrió algunas décadas antes.

Continuaré con otro exemplum propio de las versiones del papel de una guerrera que tiene un uso semejante al de la Pentesilea china que apareció en el texto de Martini. Debido a que es un texto bastante extenso, presentaré su inicio:

Aureliano no aseguró su persona y las provincias de Tetrico antes de que volteara sus armas contra Zenobia, la celebrada reina de Palmira y del Oriente. La Europa Moderna ha producido varias mujeres ilustres que han sostenido con su gloria el peso de un imperio. No será propio de nuestra época quitar tan distinguidos personajes, empero, con la excepción de los dudosos logros de Semiramis, Zenobia es quizá la única mujer cuyo genio superior se liberó de la servil indolencia impuesta a su sexo por el clima y las costumbres de Asia.

Ella afirmaba descender de los reyes macedonios de Egipto y se equiparaba en belleza a su antecesora Cleopatra, pero superaba a la princesa por mucho en castidad y valor. Zenobia era estimada como la más querida y como la más heroica de su sexo. Era de complexión obscura (al hablar de una mujer, estas nimiedades son importantes), sus dientes poseían una blancura propia de las perlas y sus grandes ojos negros chispeaban con un fuego poco común, templados en la dulzura más atractiva; su voz era fuerte y armoniosa, y su comprensión varonil se reforzaba y adornaba con el estudio. No ignoraba la lengua latina, pero poseía igual perfección en el griego, siriaco y lenguajes egipcios. Obtuvo para su propio uso un epítome de la historia oriental y comparaba con familiaridad las bellezas de Homero y de Platón bajo la orientación del sublime Longino.

Zenobia, como la exitosa mujer que era, dio su mano a Odenato, quien, desde un puesto privado, creció y alcanzó el dominio del Este. Ella se convirtió rápidamente en la amiga y compañera del héroe. En los intervalos de la guerra, Odenato se dedicaba con pasión al ejercicio de la cacería; perseguía con ardor a las bestias salvajes del desierto: leones, panteras y osos, pero el ardor de Zenobia en esta peligrosa diversión no era inferior al suyo. Cuando lastimó su cuerpo con cansancio, ella desechó usar un carruaje cubierto. Generalmente aparecía cabalgando en traje militar y algunas veces marchaba varias millas a pie a la cabeza de las tropas. El éxito de Odenato fue en gran medida atribuido a la incomparable prudencia y fortaleza de Zenobia; sus espléndidas victorias sobre el gran rey, a quien persiguieron dos veces a través de las puertas de Ctesifón fundaron y unieron su fama y poder. Los ejércitos que comandaron y las provincias que salvaron testifican no sólo otros reinos y sus invisibles jefes: el senado y la gente de Roma reverenciaron a un extranjero que vengó a su emperador que los capturó e inclusive el insensible hijo de Valeriano aceptó a Odenato como su legítimo colega.[202]

Acto seguido, tras haber realizado hazañas notables, Zenobia y Odenato fueron capturados por Aureliano de quien hablaré en el siguiente exemplum. Gibbon dedica un considerable tiempo y páginas a hablar de Zenobia por encima de otros personajes que podrían parecer de importancia dentro de las guerras y, más aún, opaca en este pasaje a Odenato, quien desciende a un segundo lugar frente a la fulgurante Zenobia. El exemplum continúa durante varias páginas y determina el carácter tan fuerte de una mujer guerrera y la piedad que ella muestra; más aún, delimita el gran enemigo a quien vencerá Roma. En aspecto estético, anuncia la preminencia de ambas partes, por una, el rey y su esposa, cuyas acciones lo substituyen en más de un momento y lo sobrepasan, y, por la otra, Aureliano, el emperador virtuoso que se enfrentaría a estas dos moles. La reina de Palmira, al ser una mujer ilustre, entra inmediatamente en una honorable lista dentro de la historia: no son abundantes, es cierto, ya vimos a la Pentesile China, pero bien representan una situación peculiar.

Al igual que ocurrió con el exemplum anterior, las versiones que nos presenta Gibbon se analizan en tres vías: el tiempo de los personajes, una similitud con personajes de la historia antigua y anterior al período por él estudiado, y otro hacia el futuro, no ya el tiempo de Zenobia, sino la Inglaterra en la cual vivió Gibbon y, diríamos por su presencia en varias óperas contemporáneas y posteriores, de toda Europa. Por encima de otras mujeres de su época, Zenobia sobresalió y se presenta en una línea con famosas mujeres dentro de la historia romana que tuvieron cada una grandes participaciones en un momento bélico y difícil; sin embargo, las cualidades de esta mujer no sólo quedaban ahí, sino también dentro del ámbito intelectual, al ser capaz de hablar varios idiomas. Mezcla, por otra parte, una continua y compleja versión del ambiente intelectual en el cual vivía Zenobia, no en balde menciona brevemente la mano de Longino: la reina tuvo un gran maestro de literatura. No hay que olvidar que él habitó en la corte de Zenobia y Odenato y fue famoso por su formación que reunió la filosofía y la crítica a Homero.[203] La presencia de este importante autor realza el interés no sólo bélico de Zenobia y Odenato, sino, como modelo de buenos reyes, el interés por mantener las artes y atraer a importantes escritores que le darán lustre al reino.

Dentro del ámbito moral, se ubica como la muestra de prudencia y fortaleza en el combate y las decisiones que cargaba consigo misma. Se comportaba como un verdadero líder y, como puede apreciarse, es Odenato quien se entiende en función de Zenobia y no al revés, en una interesante construcción narrativa por parte de Gibbon. Las características que ostenta Zenobia, como mujer, se pueden leer también en función de la virtud de fortaleza en la vida de la Pentesilea China en la obra de Martino Martini. Estos personajes ya tienen por sí solos características encomiables, puesto que suelen estar al margen de las historias, pero cuando son destacadas conviene rememorarlas en pleno. Más aún, ambas están casadas pero dentro de su vida opacan las acciones de sus respectivos maridos. El apoyo tanto de Zenobia como de la Pentesilea China impulsó a sendos esposos a la victoria por encima de lo que él pudiese haber realizado, puesto que le debe a su esposa, la heroína de este exemplum, el camino al buen desempeño en sus diferentes facetas. Por supuesto, Odenato sería un rey de Palmira marginal dentro de una historia que se centra en los romanos.

El episodio de Zenobia y Odenato en varias historias no es sino una pequeña nota curiosa dentro de la historia de las provincias que no contienen el peso de la narración salvo el destacado comportamiento de sus líderes,[204] pero Gibbon dedica a ella prácticamente uno de sus extensos capítulos y roba protagonismo a Aureliano, el emperador en cuestión. ¿Cómo es que un rey de una ciudad como Palmira desafió a la poderosa política romana? En cierta forma, esta fuerte visión contraria a Aureliano y el momento en que la postura de Odenato y Zenobia se iluminan. De hecho, también la Historia Augusta comenta el hecho de que Aureliano atacó a Zenobia, y nada menciona a Odenato, quien será un olvidado y no haberse casado con mujer tan prominente.[205] Todo el peso dramático recae en Zenobia. Destaca, pues, el papel del gran enemigo que aumentaría la victoria de Aureliano, y que, en aspecto dramático, sirve para tensar y hacer crecer el peso de éste como un hombre íntegro luchó y peleó contra tan majestuoso enemigo como Zenobia y Odenato y, más aún, cómo fue un gobernante virtuoso. Ello como otro camino al lado de los turbulentos años de la Antigüedad Tardía.

Es menester pasar al último exemplum que quiero destacar. Se trata de una selección breve, puesto que el exemplum es bastante más largo, de Aureliano. Después de numerosas victorias, dice Gibbon lo siguiente en torno a la muerte de Aureliano, momento donde se suelen destacar las virtudes del finado:

Los generales y magistrados elegidos por Aureliano continuaron realizando sus funciones ordinarias y se vio que un procónsul de Asia fue la única persona notable que fue removida de su magistrado en todo el evento del interregno [a la muerte de Aureliano].

Un evento más o menos similar pero mucho menos auténtico supuestamente ocurrió tras la muerte de Rómulo, quien preserva cierta afinidad con Aureliano en cuanto a su vida y carácter. [En el caso de Rómulo,] el trono permaneció vacante durante doce meses hasta la elección del filósofo Sabino[, Numa Pompilio,] y se preservó la paz pública de la misma manera por la unión de muchas órdenes del Estado; sin embargo, en el tiempo de Numa y Rómulo, las armas de la gente estaban controladas por la autoridad de los patricios, y el equilibrio de la libertad fácilmente se preservaba en una pequeña y virtuosa comunidad.

La decadencia del Estado Romano, tan distinto de su infancia, fue atendida con cada circunstancia que podría desterrar el prospecto de obediencia y armonía del interregno: una inmensa y tumultuosa capital, un imperio muy extenso, el servil equilibrio del despotismo, un ejército de cuatrocientos mil mercenarios y la experiencia de rebeliones frecuentes. Y aun así, a pesar de todas estas tentaciones, la disciplina y memoria de Aureliano mantenía en orden el sedicioso temperamento de las tropas, así como la ambición fatal de sus líderes. La flor de las legiones mantuvo sus puestos en los límites del Bósforo y la guardia imperial respetó los campos menos poderosos de Roma y de las provincias.

Parecía que un generoso y apacible entusiasmo animaba al orden militar, y podríamos esperar que un puñado de patriotas reales cultivase la amistad retornante del ejército y el senado como la única capaz de restaurar la república a su antigua belleza y vigor.[206]

Este último exemplum plantea una muy fina y delimitada visión del éxito de Aureliano, quien logró y estableció una paz duradera tanto en vida como en muerte, tal y como se demuestra en este escrito. Habló Gibbon con cierto detalle sobre las acciones de Aureliano, pero inclusive su muerte impactó a tal grado que, a pesar de haber dejado sin cabeza al gobierno, lejos de subordinarse como era costumbre en los períodos de gran problemática, los ejércitos, en memoria de su general, mantuvieron la paz. Un gran modelo moral como lo fue Aureliano, su sola mención marca una notable acción entre quienes le conocieron y quienes le admiraron y le honraron. La última sección de éste texto demuestra el asunto a tratar: el retorno y posible restauración de la república. Como es costumbre en Gibbon, el momento anterior de la república, sobre todo en el período anterior a Augusto, y la reestructuración que podría llevar a cabo Aureliano. Si a Antonino Pío se había comparado con Numa Pompilio por la paz y dar un giro importante al gran período de los antoninos, Aureliano sería el que cerrara este pasaje con el paralelismo de un interregno entre Rómulo y Aureliano. Usualmente, a falta de poder, permanece un período de desatención: “el temor invadió a los mayores para que con los ánimos irritados alrededor de muchas ciudades, alguna fuerza externa no se levantase contra una ciudad sin mando, contra un ejército sin general.”[207] Es claro que el temor fundaba su presencia, sea en el caso de Rómulo, sea en el caso de Aureliano, porque había alguien dispuesto y terriblemente bélico que esperaba o quedaba presto para atacar, famélico. La resolución, por el contrario, fue distinta: los ejércitos quedaron tranquilos. Este respeto hacia el recuerdo del buen estado, sin duda habla al lugar desde donde moraliza Gibbon. Nótese también que usa palabras que nos arrastran irremediablemente a Inglaterra: ¡Qué gran y admirable carácter debería haber tenido Aureliano para que respetasen en una época de constantes insurrecciones y cambios de lealtades el nombre de tan grande general!

Edward Gibbon, en comparación con los otros autores tratados hasta el momento, utiliza de forma mucho más usual y clara el exemplum. En el recuento de exempla, encontré tan sólo alrededor de cuarenta y cuatro en los primeros y extensos quince capítulos. Un avance muy significativo con respecto a las otras obras, además de que ésta es mucho más extensa. En él está presente y clara la idea de que la historia debía ayudar a moldear, a enseñar a la civilización desde los confines del imperio romano entre lo cual consideraba que se encontraba el punto exacto, el culmen de los Antoninos. Cada uno de los exempla que reafirmé aquí y que se pueden encontrar en la obra contienen la consecución ya anteriormente apuntada: la narración del exemplum, símil con un evento de la historia antigua y una apreciación moral para el tiempo y lugar desde donde se escribe, que es la Inglaterra en el tránsito a la Revolución Industrial. La extensísima obra dificulta abarcarla en su totalidad, pero bien podremos ver y repartir dentro de cada uno de ellos la fuerza de quien analiza la historia con la clara intención de que ésta sea maestra. De entre todos los autores es quizá quien tiene mayor claridad y mayor énfasis en este punto y quien busca destacar la historia como guía para su época, muestra de ello es la gran cantidad de exempla que aparecen en su obra. Con Gibbon cierro el recorrido de los autores. Tras él ocurrirá una serie de cambios que modificarán lentamente la concepción de la historia, pero que se alejan de los temas que a mí competen.

Conclusiones

La presente tesis buscó analizar la conceptualización y el funcionamiento del exemplum en diversos textos pertenecientes a la historia magistra vitae; primero a partir de lo que informaba la preceptiva retórica y después estudió dicho uso en textos de historia. Este planteamiento mereció una investigación más profunda que buscara no sólo las definiciones de las retóricas, sino también que especificara el lugar de donde se obtenían. A menudo se habla en sentido abstracto de la fuente de los exempla, pues es conocido que “la historia está llena de exempla”; sin embargo, esta aseveración debe matizarse: no es la historia como concepto abstracto, sino que dicha noción debe encarnarse en una historia escrita, cuya justificación pertenezca a la historia bajo los criterios de la forma discursiva historia. A lo largo de la tesis se plantearon problemas básicos en torno al exemplum que actúa dentro de una unidad entre la retórica y la historia pero bajo un planteamiento particular: cómo es que funciona en la historia, que es el lugar favorito para extraer exempla.

En principio planteé y estudié las delimitaciones que aparecían en las retóricas que, si bien son distintas puesto que se abarcó un período amplio de tiempo entre unas y otras, encontré líneas en común. Ahí se afirma que las narraciones retomadas de la historia son más persuasibles y claras que narraciones inventadas; a su vez me permitieron cuestionar al funcionamiento del exemplum dentro de los textos que escriben sobre historia.

Así, el estudio de los exempla comenzó bajo la égida de la retórica, puesto que los textos a estudiar, actuaban bajo los estándares de la construcción retórica de la realidad. De éstas puedo resumir las siguientes conclusiones:

  • 1. El exemplum puede ser considerado:

  • a. Un argumento por sí mismo.

  • b. Parte del ornato del discurso.

  • 2. Se puede extraer de varios lugares:

  • a. Puede ser inventado.

  • b. Puede basarse en la historia.

  • 3. Se relaciona en la retórica con otros dos conceptos:

  • a. El entimema, del cual se distingue por ser contrario: uno va de universales a particulares, mientras que el exemplum de particulares a universales.

  • b. El símil, en cuanto a la comparación entre dos elementos, es decir, algo sucedido en la historia puede compararse con un evento presente o inclusive algo del pasado.

Éstos son los principales puntos en torno a las retóricas, y constatan que, si bien muestran un precedente importante, a menudo sus definiciones ostentan parquedad o poca claridad en su uso específico, sobre todo en cuanto a la función y cómo reconocer un exemplum en el texto. No hay que olvidar que la retórica, al fin y al cabo, pertenece al mundo de la oralidad y está pensada para preparar discursos, por lo que su uso en otro tipo de textos debe partir de una adaptación (la obra de Cabrera de Córdova sobresale en este ámbito). Por esta situación recurrí a un capítulo, a partir de la lectura de el libro L’ Exemplum que me ayudó a abordar con otra perspectiva más específica. Los autores de este libro plantearon nueve puntos principales para reconocerlo, de entre los cuales se encuentran algunas posturas ya analizadas en las retóricas pero con algunas diferencias: notablemente la distinción entre símil y exemplum, la cual radica en que éste último debe moralizar. Esto en cierta forma se pudo apreciar en algunos autores como Valerio Máximo y Justo Lipsio. Por otra parte, el estudio está pensado para la predicación y no para la historia, aunque esto no signifique que no pueda ser utilizado. Muchas de las premisas del estudio tipológico se pueden adaptar a mi estudio.

Debo aclarar que la historia de este período se basa en el régimen de la historia magistra vitae, pero esto implica una determinada distinción: la narración de la historia es toda ejemplar, puesto que son las cosas que se destacan y son importantes para que no se pierda ese registro, pero dentro de ellas puede separarse el exemplum, debe tener algo que lo diferencie del resto de la narración o de lo contrario toda sería sujeta a ser considerada dentro de esta tesis. La gran diferencia del exemplum en las obras de historia es que en éstas se crea un determinado planteamiento, es decir, se van enfatizando las características que lo dotarán para argumentar una cierta cualidad moral. Dentro de la narración ejemplar se debe prestar particular atención al uso de la adjetivación que proporcionará la dirección: habrá una pausa en el texto para hablar sobre el exemplum que ilustra un aspecto moral. Esto puede funcionar dentro de un modelo donde la historia sea considerada la maestra de la vida, a saber, que ella sea modelo y se pueda aprender de ella, de ahí que quien escribe historia debe enfatizar en ciertos pasajes momentos: ahí aparecerá el exemplum. Con esto sugiero que se debe a los mismos escritores de historia la creación o el énfasis de las acciones que compondrán un exemplum. Cada unoque recopilé dentro de estas páginas, pueden estudiarse como narraciones individuales que arrojan luz y dan un carácter moral a la empresa que desarrollan, y deliberadamente elegí obras aleatorias de diferentes períodos y momentos históricos que me permitió observar los distintos tipos de exempla entre ellas. En los casos estudiados es importante destacar que los exempla, para mostrar específicamente la parte destacable de todos ellos, poseen calificativos que apuntan qué es lo que se quiere demostrar; sin embargo, hablar de historia en abstracto implicaría asumir una muy compleja y amplia discusión, frente a la cual decidí trabajar según el concepto de forma discursiva. Esta delimitación me permitió reducir el universo de textos a partir de un rasgo objetivo como es la forma discursiva, pero, a la vez, dejarlo suficientemente amplio para laborar con una selección aleatoria donde pudiesen analizarse los exempla.

El exemplum reaviva una relación entre la historia y la retórica. Es un proceso de generalización donde se elevará un determinado hecho para ser una guía moral que pueda tener ciertas características universales en una suerte de arquetipos que fundarán una estatura moral para ser seguida por sus lectores; para lograr esto se requieren personajes que encarnen virtudes. La historia en su papel como narración, reproduce algunos de estos arquetipos que servirán para dar una enseñanza moral. Esto tiene un posible desenlace en la creación de una moral, de acciones que delimiten el bien y el mal, es decir, que muestre la correcta forma de actuar a partir de concretas muestras en acciones de personajes de la historia. Para lograr esto, planteo un enfoque dentro del mundo de la historiografía y, en particular, un análisis de esta figura retórica hacia su uso histórico: bien pueden extraerse estos exempla y tener una apuesta de moralidad.

Cada punto de los aquí vistos sirvieron para poder identificar plenamente el exemplum y la propuesta moral que conllevan entre ellos. Aquí está, me parece, una de las aportaciones de la tesis, puesto que ayudaría a comprender de mejor manera el planteamiento de historia como maestra de la vida y ojalá el cambio de estas narrativas en un ambiente más amplio. Más aún, para poder realizar el trabajo que aquí propuse, utilicé una metodología que proviene de la propuesta de formas discursivas que se funda desde la historia pero que pude mezclarse de forma eficiente con un trabajo filológico. Todo esto también se trabajó a partir de los presupuestos de la retórica, materia que influye tanto en la primera parte de esta tesis como en el trasfondo del cual parte la escritura de la historia: que ésta se rige bajo un modelo retórico de conocimiento. Estos presupuestos implicaron fusionar una metodología propia de la historia con un trabajo que manifiesta tintes propios de la filología. Como tal, ofrezco una mezcla que aporte, espero, algunas revisiones y consideraciones en torno al tema. Al margen de la realización, acaecieron ciertos problemas que fueron tratados como marginales, sobre todo en el núcleo del problema de la historiografía y del análisis histórico del concepto historia. Me fue imposible hablar con mayor detalle del mismo, pero confío en que los asuntos que aquí enuncio o esbozo muy escuetos, puedan ilustrar un poco el problema y dejar quizá para otro momento su desarrollo en forma.

Como toda tesis y trabajo de investigación, no puede considerarse un punto final en el sentido estricto, sino que es una invitación para continuar y expandir algunos puntos que por fuerza debieron quedarse en el tintero o en discusiones enunciadas en las notas a pie de página. Espero se encuentre aquí un texto logrado y de lectura no tan esforzada.




Bibliografía

  1. ALANUS DE INSULIS. De Arte Praedicatoria, Vol. CCX, París, Ed. Jean Jacques Migne, 1844-1855. (Patrologia cursus completus. Series Latina).
  2. ALBRECHT, Michael von. Geschichte der römischen Literatur , 4° ed., München, Deutscher Taschenbuch Verlag, 2009, 2 vol.
  3. ARISTOTELES. Poetica. Poética , 2° ed., Introducción, versión y notas de Juan David García Bacca, México, Universidad Nacional Autónoma de México-Coordinación de Humanidades, 2000. (Bibliotheca Scriptorum Graecorum et Romanorum Mexicana).
  4. - ---------. Rhetorica. Retórica , Introducción, traducción y notas de Arturo Ramírez Trejo, México, Universidad Nacional Autónoma de México-Coordinación de Humanidades, 2002. (Bibliotheca Scriptorum Graecorum et Romanorum Mexicana).
  5. ----------. Analytica Posteriora. Topica. Posterior Analytics. Topica , Posterior Analytics, With an English Translation by Hugh Tredennick, Topica, With an English Translation by E. S. Forster, Massachusetts-London, Harvard University Press, 1960. (The Loeb Classical Library).
  6. ATHANASIUS. Historia Arianorum, Ed. H. G. Opitz, Berlín, Walter de Gruyter, 1940.
  7. BARTLETT, Robert. The Making of Europe. Conquest, Colonization and Cultural Change 950-1350, Princeton-New Jersey, Princeton University Press, 1994.
  8. BARUDIO, Günter. La época del Absolutismo y la Ilustración. 1648-1779, 9° ed. Traductor: Vicente Romano García, Madrid, Siglo XXI, 1998. (Historia Universal Siglo XXI Vol. 25).
  9. BASILIUS CAESARIENSIS. De legendis gentilium libris, Ed. F. Boulenger, Paris, Les Belles Lettres, 1935.
  10. BERISTÁIN, Helena. Diccionario de retórica y poética, 8° ed., México, Editorial Porrúa, 2000.
  11. BEUCHOT, Mauricio. Ensayos Marginales sobre Aristóteles, 2° ed., México, Universidad Nacional Autónoma de México-Instituto de Investigaciones Filológicas, 2004. (Cuadernos del Instituto de Investigaciones Filológicas N° 28).
  12. Biblia sacra iuxta vulgatam Clementinam , Logicis partitionibus aliisque subsidiis ornata a Alberto Colunga O.P. et Laurentio Turrado, Matriti, Biblioteca de Autores Cristianos, 2011.
  13. BREMOND, Claude, Jacques LE GOFF y Jean-Claude SCHMITT. L’ Exemplum, Tournout-Bélgica: Brepols, 1982. (Typologie des sources du Moeyn Age Occidental N° 40).
  14. CABRERA DE CÓRDOVA, Luis. De historia, para entenderla y escrivirla, Madrid, Por Luis Sánchez, 1611.
  15. CÁNDANO FIERRO, Graciela. Estructura, desarrollo y función de las colecciones de exempla en la España del siglo XIII, México, Universidad Nacional Autónoma de México-Instituto de Investigaciones Filológicas, 2009. (Colección de Bolsillo 13).
  16. CICERO, Marcus Tullius. De Divinatione. De la Adivinación, Introducción, traducción y notas de Julio Pimentel Álvarez, México, Universidad Nacional Autónoma de México-Instituto de Investigaciones Filológicas-Centro de Estudios Clásicos, 1988. (Bibliotheca Scriptorum Graecorum et Romanorum Mexicana).
  17. ----------. Rhetorici Libri Duo qui Vocatur De Inventione. De la Invención Retórica, Introducción, traducción y notas de Bulmaro Reyes Coria, México, Universidad Nacional Autónoma de México-Coordinación de Humanidades, 1997. (Bibliotheca Scriptorum Graecorum et Romanorum Mexicana).
  18. ----------. De Oratore. Acerca del Orador, Introducción, versión y notas de Amparo Gaos Schmidt, México, Universidad Nacional Autónoma de México-Coordinación de Humanidades, 1995, 2 vol. (Bibliotheca Scriptorum Graecorum et Romanorum Mexicana).
  19. COLLINGWOOD, Robin George. Idea de la Historia, 3° ed. Edición, prefacio e introducción de Jan van der Dussen, Trad. Edmundo O’Gorman, Jorge Hernández Campos, María Guadalupe Benítez Toriello y Juan José Utrilla, México, Fondo de Cultura Económica, 2010. (Sección de Obras de Historia).
  20. CURTIUS, Ernest Robert. European Literature and the Latin Middle Ages, With a New Afterword by Peter Godman, Translated from the German by William R. Trask, Princeton-New Jersey, Princeton University Press, 1990. (Bollingen Series XXXVI).
  21. CHINCHILLA PAWLING, Perla. “¿Aprender de la historia o aprender historia?”, en Historia y Grafía, N° 15, 2000, p. 119-150.
  22. ----------. “Del Ars a la Monumenta: entre ciencia y amplificación”, en Perla Chinchilla, Alfonso Mendiola y Martín M. Morales (coords.), Del Ars historica a la Monumenta historica: la historia restaurada, México, Pontificia Universidad Javeriana, Universidad Iberoamericana-Puebla, Universidad Iberoamericana-Ciudad de México, p. 157-187. (Colección 1814-2014, construcción de una identidad. La Compañía de Jesús ante su restauración).
  23. ----------. De la compositio loci a la república de las letras. Predicación jesuita en el siglo XVII novohispano. México, Universidad Iberoamericana, 2004. (El mundo sobre el papel).
  24. ----------. “Las ‘Formas Discursivas’. Una propuesta metodológica”, en Historia y Grafía, N° 43, 2014, p. 15-40.
  25. ----------. “Preliminares”, en Historia y Grafía, N° 32, 2009, p. 9-19.
  26. CHINCHILLA PAWLING, Perla y Alfonso MENDIOLA MEJÍA. “La construcción retórica de la realidad como una ‘teoría de la modernidad’. La enseñanza de la retórica en los colegios de la Compañía de Jesús en la Nueva España”, en Leonor Correa Etchegara, Rubén Lozano Herrera, Alfonso Mendiola Mejía, Perla Chinchilla Pawling y Antonella Romano, La construcción retórica de la realidad: La Compañía de Jesús, México, Universidad Iberoamericana, 2006. (El mundo sobre el papel).
  27. DE CERTEAU, Michel. La Escritura de la Historia, Traducción de Jorge López Moctezuma, México, Universidad Iberoamericana-Departamento de Historia-Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente, 2006. (El Oficio de la Historia).
  28. DE COLONIA, Dominicus. De arte rhetorica, Taurini, Excudebat Hyacinthus Marietti, 1866.
  29. DI BERARDINO, Angelo (dir.). Patrología IV. Del Concilio de Calcedonia (451) a Beda. Los Padres latinos, Trad. Juan José Ayán, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 2000. [Véase también Johann Quasten].
  30. EUSEBIUS CAESARIENSIS. Historia Ecclesiastica. Historia Eclesiástica, 2° ed., Texto, versión española, introducción y notas por Argimiro Velasco-Delgado, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 2002.
  31. FERNÁNDEZ FERNÁNDEZ, Eduardo. Preceptiva retórica clásica: tradición y pervivencia de las técnicas persuasivas en la publicidad, Tesis doctoral, Universidad Complutense de Madrid, 2002.
  32. GILMARTON, Kristine. “A Rhetorical Figure in Latin Historical Style: The Imaginary Second Person Singular Author(s)”, en Transactions of the American Philological Association, Vol. 105, The John Hopkins University Press, 1975, p. 99-121.
  33. GIBBON, Edward. The History of the Decline & Fall of the Roman Empire, The text edited by J. B. Bury, with the notes by Mr. Gibbon, and the Introduction and the index prepared by professor Bury; also with a letter to the reader from Philip Guedalla, New York, The Heritage Press, 1946.
  34. GREGORIUS MAGNUS, Regula Pastoralis. Vol. LXXVII, París, Ed. Jean Jacques Migne, 1844-1855. (Patrologia cursus completus. Series Latina).
  35. GUIBERTUS NOVIGENS. Historia quae dicitur Gesta Dei per Francos, Vol. CLVI, París, Ed. Jean Jacques Migne, 1844-1855. (Patrologia cursus completus. Series Latina).
  36. HARTOG, François. Evidencia de la historia. Lo que ven los historiadores, Traducción de Norma Durán, México, Universidad Iberoamericana-Departamento de Historia, 2011. (El oficio de la historia).
  37. ----------. Regímenes de historicidad. Presentismo y experiencias del tiempo, Trad. Norma Durán y Pablo Avilés, México, Universidad Iberoamericana-Departamento de Historia, 2007. (El oficio de la historia).
  38. HASKINS, Charles Homer. The Renaissance of the Twelfth Century, Cambridge, Massachusetts, Harvard University Press, 1927.
  39. HIGASHI, Alejandro. “La eficacia ejemplar: de las crónicas latinas al cuento medieval”, en María Teresa Miaja de la Peña (ed.), Narrativa ejemplar y breve medieval, México, Universidad Nacional Autónoma de México, 2015. p.p. 167-187.
  40. IGLESIAS COLÓN, Uriel. La romanización de Europa en Saxo Gramático, Tesis para obtener el título de licenciatura en Letras Clásicas, Universidad Nacional Autónoma de México-Facultad de Filosofía y Letras-Colegio de Letras Clásicas, 2014.
  41. <IULIUS CAPITOLINUS. Antoninus Pius, en Scriptores Historiae Augustae, Ed. E. Hohl, Leipzig, B. G. Teubner, 1965. (Bibliotheca Scriptorum Graecorum et Romanorum Teubneriana).
  42. JUSTUS LIPSIUS. Monita et exempla politica. Libri duo qui virtutes et vitia principum spectant en Opera omnia. Postremum ab ipso auctore et recensita , Tom. II, Versaliae, Typis Andreae ab Hoogenhyusen, 1675.
  43. KOSELLECK, Reinhart. “Historia magistrae vitae. Sobre la disolución del topos en el horizonte de la agitada historia moderna”, en Futuro pasado. Para una semántica de los tiempos históricos, Traducción de Norberto Smilg, Barcelona, Editorial Paidós, 1993, p. 41-66.
  44. LACHMANN, Karl. Ausgaben classischer Werke darf jeder nachdrucken. Eine Warnung für Herausgeber, Berlin, Bei Wilhelm Besser, 1841.
  45. LAUSBERG, Heinrich. Manual de retórica literaria. Fundamentos de una ciencia de la literatura , 3 vol., Versión española de José Pérez Riesco, Madrid, Editorial Gredos, 1975. (Biblioteca románica hispánica).
  46. LE GOFF, Jacques. ¿Realmente es necesario cortar la historia en rebanadas?, Traducción Yenny Enríquez, México, Fondo de Cultura Económica, 2016. (Sección Obras de Historia).
  47. LESKY, Albin. Historia de la literatura griega, Versión española de José María Regañón y Beatriz Romero, Madrid, Editorial Gredos, 1989.
  48. LIVIUS, Titus. Ab Urbe Condita Libri I-V, Recognovit et adnotatione critica instruxit Robertus Maxwell Ogilvie, Oxford, Oxford University Press, 1974. (Scriptorum Classicorum Bibliotheca Oxoniensis).
  49. LUDOVICUS GRANATENSIS. Libri sex Ecclesiasticae Rhetoricae sive de ratione concionandi, Valentiae Hedetanorum, In officinis viduae Josephi de Orga, 1768.
  50. MAHAP, Gauterius . De Nugis Curialium. Courtiers’ Trifles , Edited and Translated by M. R. James, Revised by C. N. L. Brooke and R. A. B. Mynors, Oxford, Oxford University Press, 2002. (Oxford Medieval Texts).
  51. MANITIUS, Maximilianus. Geschichte der lateinischen Literatur des Mittelalters, 3. Band, München, C. H. Beck’sche Verlagsbuchhandlung, 1931.
  52. MARTINIUS, Martinus. De bello Tartarico historia, Editio altera, recognita & aucta, Antverpiae, ex officina Plantiniana Balthasaris Moreti, 1654.
  53. Martyrium Pionii presbyteri et sodalium , Ed. H. Musurillo, en The acts of the Christian martyrs, Oxford, Clarendon Press, 1972.
  54. MENDIOLA MEJÍA, Alfonso. Bernal Díaz del Castillo: verdad romanesca y verdad historiográfica, 2° ed., México, Universidad Iberoamericana-Departamento de Historia, 2010. (Serie Historia y Grafía N° 4).
  55. ----------. Retórica, comunicación y realidad. La construcción retórica de las batallas en las crónicas de la conquista, México, Universidad Iberoamericana, 2003. (El mundo sobre el papel).
  56. MIAJA DE LA PEÑA, María Teresa (ed.), Narrativa ejemplar y breve medieval, México, Universidad Nacional Autónoma de México, 2015.
  57. MILLAR, Fergus. El Imperio Romano y sus Pueblos Limítrofes, 18° ed., Trad. Mercedes Abad, Hilario Camacho y Antón Dieterich, México, Siglo Veintiuno Editores, 2004. (Historia Universal Siglo XXI N° 8, El Mundo Mediterráneo en la Edad Antigua N° IV).
  58. MOTE, Frederick W. y Denis TWITCHETT (ed.). The Cambridge History of China. Volume 7. The Ming Dynasty, 1368-1644, Part I, Cambridge, Cambridge University Press, 1988.
  59. MURPHY, James J. La retórica en la Edad Media. Historia de la teoría de la retórica desde san Agustín hasta el Renacimiento, Traducción de Guillermo Hirata Vaquera, México, Fondo de Cultura Económica, 1986. (Sección de obras de Lengua y estudios literarios).
  60. Novum Testamentum Graece , Recognovit Michael Hetzenauer, Oeniponte, Libraria Academica Wagneriana, 1904.
  61. ORDERICUS VITALIS. Historia Ecclesiastica, Ex veteris codicis Uticensis collatione emendavit et suas animadvertiones adiecit Augustus Le Prevost, Parisiis, Apud Julium Renouard et socios, 1828.
  62. ORIGENES ALEXANDRENSIS. Commentarium in evangelium Matthaei (lib. 12–17), Ed. E. Klostermann, Leipzig, Teubner, 1935-1937. (Die griechischen christlichen Schriftsteller N° XL).
  63. OTTO FREISIENSIS. Gesta Friderici I. Imperatoris, Editio tertia, Recensuit G. Waitz, Curavit B. de Simon, Hannoverae et Lipsiae, Impensis Bibliopolii Hahniani, 1912. (Scriptores Rerum Germanicarum in usum scholarum ex Monumentis Germaniae Historicis).
  64. PÉREZ, Manuel. Los cuentos del predicador: historias y ficciones para la reforma de costumbres en la Nueva España, Madrid, Bonilla Artigas Editores, 2011. (Biblioteca Indiana N° 11).
  65. PLATO. Gorgias. Gorgias, Introducción, versión y notas de Ute Schmidt Osmanczik, México, Universidad Nacional Autónoma de México-Instituto de Investigaciones Filológicas-Centro de Estudios Clásicos, 1980. (Bibliotheca Scriptorum Graecorum et Romanorum Mexicana).
  66. PHOTIUS. Bibliotheca, Ed. R. Henry, Paris, Les Belles Lettres, 1959-1977. VIII vol.
  67. PO-CHIA HSIA, Ronnie. El mundo de la renovación católica, 1540-1770, Traducción de Sandra Chaparro Martínez, Prefacio de Antonio Feros, Madrid, Ediciones Akal, 2010. (Serie Historia Moderna).
  68. PROPP, Vladimir. Morfología del cuento, 5° ed., México, Colofón, 1997.
  69. QUASTEN, Johannes. Patrología II. La edad de oro de la literatura patrística griega, 4° ed., Edición española preparada por Ignacio Oñatibia, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1985. [Véase también Angelo Di Berardino].
  70. QUINTILIANUS, Marcus Fabius. Institutio Oratoria, Edidit Michael Winterbottom, Oxford, Oxford University Press, 1970, 2 vol. (Scriptorum Classicorum Bibliotheca Oxoniensis).
  71. De Ratione Dicendi ad C. Herennium. Retórica a Herenio, Introducción, traducción y notas de Bulmaro Reyes Coria, México, Universidad Nacional Autónoma de México-Coordinación de Humanidades, 2010. (Bibliotheca Scriptorum Graecorum et Romanorum Mexicana).
  72. REYES CORIA, Bulmaro. Epicherema/enthymema, 2° ed. México, Universidad Nacional Autónoma de México-Instituto de Investigaciones Filológicas, 2001. (Colección de bolsillo N° 1).
  73. RUBENSTEIN, Jay. Armies of Heaven. The First Crusade and the Quest for Apocalypse, New York, Basic Books, 2011.
  74. SAXO GRAMMATICUS. Gesta Danorum, Primum a C. Knabe & P. Hermann recensita, Recognoverunt et ediderunt J. Ølrik & H. Ræder, Haunia, Apud librarios Levin & Munskgaard, 1931.
  75. SCHENDA, Rudolf. “Stand und Aufgaben der Exemplaforschung”, en Fabula: Zeitschrift für Erzählungforschung, N° 10, 1969, p. 69-85.
  76. SOCRATES SCHOLASTICUS. Historia Ecclesiastica, Texte Grec de l’ edition G. C. Hansen. Traduction par Pierre Perichon S. J. et Pierre Maraval. Introduction et notes par Pierre Maraval, Paris, Les editions du Cerf, 2004. (Sources Chrétiennes, N° 477).
  77. SOMMERVOGEL, Carlos. Bibliotheque de la Compagnie de Jésus, Bruxelles-Paris, Oscar Schepens-Alphonse Picard, 1900. IX vol.
  78. SOZOMENUS, Salaminus Herminas. Historia Ecclesiastica, Texte Grec de l’ edition J. Bidez. Introduction par Bernard Grillet et Goy Sabbah. Traduction par André-Jean Gestugiére. Annotation par Guy Sabbah, Paris, Les editions du Cerf, 1983. (Sources Chrétiennes, N° 306).
  79. SUIDAS. Lexicon, ed. A. Adler, Leipzig, Teubner, 1928-1935, IV vol. (Lexicographi Graeci).
  80. TUBACH, Frederic C. “Exempla in the Decline”, en Traditio, vol. 18, 1962, Nueva York, Fordham University, p. 407-417.
  81. VALERIUS MAXIMUS. Facta et Dicta Memorabilia. Memorable Doings and Sayings , Edited and Translated by D. R. Shackleton Bailey, Cambridge-London, Harvard University Press, 2000. (Loeb Classical Library N° 492, 493).
  82. <VOLPISCUS SYRACUSIUS, Flavius. Divus Aurelianus, en Scriptores Historiae Augustae, Ed. E. Hohl, Leipzig, B. G. Teubner, 1965. (Bibliotheca Scriptorum Graecorum et Romanorum Teubneriana).
  83. WOLF, Friederich August. Darstellung der Althertum-Wissenschaft, en Kleine Schriften in Lateinischer und Deutsche Sprache. Herausgegeben von G. Bernhardy, Halle, Verlag der Buchhandlung des Waisenhauses, 1869. 2. Band.
  84. ----------. Prolegomena ad Homerum sive operum Homericorum prisca et genuina forma variisque mutationibus et probabili ratione emendandi, 2° ed., Halis Saxonum, e Libraria Orphanotrophei, 1859.

Footnotes

Perla Chinchilla y Alfonso Mendiola, “La construcción retórica de la realidad como una ‘teoría de la modernidad’.”, p. 25.

Frederic Tubach, “Exempla in the Decline”, p. 412 s. s.

Podría consultarse la obra de François Hartog, Regímenes de historicidad, p. 97, sobre todo su capítulo dedicado a Chauteaubriand, quien representa, según Hartog, la obsolescencia de la historia magistra vitae. Al respecto, suele citarse como punto de partida las consideraciones de Reinhart Koselleck (véase la bibliografía) y se le otorga un lugar privilegiado y, a menudo, acrítico a su propuesta.

Cfr. Perla Chinchilla, “Del Ars a la Monumenta: entre ciencia y amplificación”, p. 157. “Es moneda corriente entre los historiadores considerar al XIX como el siglo de la historiografía, y que la moderna ciencia desplazó, lenta pero irremisiblemente, a la historia maestra de la vida. Me propongo poner en cuestión esta última conclusión desde la histpriografía producida a partir de 1814 por la Compañía de Jesús.” Desde otra perspectiva, véase de la misma autora “¿Aprender de la historia o aprender historia?”, passim.

Cfr. Graciela Cándano, Estructura, desarrollo y función de las colecciones de exempla en la España del siglo XIII, p. 19 y s. s.

Cfr, María Teresa Miaja de la Peña (ed.), Narrativa ejemplar y breve medieval. Este libro fue publicado recientemente (2015). y en él se reunieron diferentes ensayos que analizan particulares del exemplum en la literatura hispánica. De entre estos se publicó uno con un tratamiento de tema relativamente cercano al mío, bajo la autoría de Alejandro Higashi y llamado “La eficacia ejemplar: de las crónicas latinas al cuento medieval”, pero su planteamiento difiere mucho al míoque planteo.

Cfr. Alejandro Higashi, “La eficacia ejemplar: de las crónicas latinas al cuento medieval”. Este artículo, si bien a primera vista parte de un punto en común a mi tesis, difiere notablemente en sus bases. Por ejemplo, el autor funde áreas como la historia y la literatura las cuales asume sin separación en el período (s. XIII) que estudia: “El siglo XIX, moderno como ningún otro, nos dotó de muchas fantasías racionalistas que hasta hoy se erigen venerablemente en el campo de nuestros estudios; algunas de ellas, por supuesto, han resistido muy mal el paso del tiempo y cada vez muestran más incosistencias en sus rudimentarios cimientos. Esto sucede, sin duda, con la distinción entre Historia y Literatura. [...] En la Edad Media [...] a nadie se le ocurriría intentar la peregrina y ociosa distinción entre Historia y Literatura.” (p. 167). Para él, tan literatura es la Chronica Roderici como historia el Cid Campeador; el problema radica en una definición de literatura y una de historia.

Manuel Pérez, Los cuentos del predicador, p. 59.

¿Podría ser el exemplum un punto en común que tendría la historia con la tragedia? El destacar a personajes es notablemente parecido con las características que tienen los protagonistas en visión aristotélica de la tragedia (Arist., Po., 1448a). Ambos destacan personajes, de ahí que se explique cómo es que los exempla posteriormente funcionaron como una narración individual en la literatura hispánica y varios personajes “históricos” son blancos perfectos (y lo fueron) de tragedias.

Cfr., Alfonso Mendiola, Bernal Díaz del Castillo: verdad romanesca y verdad historiográfica, p. 19. “La intención fundamental que he perseguido en esta investigación es reintegrar la Historia verdadera a su mundo originario. Este propósito tiene como razón última delimitar el uso que los historiadores pueden dar a la crónica de Bernal en sus estudios sobre la conquista de la América española. Es decir, si reintegramos la relación bernaldiana al sistema comunicativo a[l] que pertenece, el de los siglos XVI y XVII, sabremos desde dónde nos habla, de qué nos habla y a quién se dirige como interlocutor primario”. Este trabajo le lleva al autor un libro completo. Evidentemente mi enfoque es distinto y no puedo dar una contextualización completa ni detallada, sino que, en parquísimas palabras, destacar un poco sobre la historia en los textos, auxiliándome de las herramientas teóricas que proporciona trabajar con el concepto de forma discursiva, al cual le dedicaré un capítulo.

Se han planteado ya estudios semejantes, sobre todo en la revalorización de la retórica. Véase, por ejemplo, para el siglo XVI, Alfonso Mendiola, Retórica, comunicación y realidad, p. 252.

Íbidem, p. 254. “[...] [E]l único recurso para historizar nuestra lectura consiste en tratar de revelar, en la reiteración de los pasajes de los textos antiguos, y, en su selección, lo específico del siglo XVI [para el caso de Alfonso Mendiola; para mi caso habría que ampliar esta selección]. Por ello, la manera de superar este problema es cotejando las retóricas antiguas con las del siglo XVI, para determinar si los pasajes elegidos por estas últimas tenían la misma importancia en las primeras.”

Heinrich Lausberg, Manual de retórica. Fundamentos de una ciencia de la literatura, vol. 1, §410 y s.s, p. 351 y s. s.

Cfr. Eduardo Fernández, Preceptiva retórica clásica, p. 470.

James J. Murphy, La retórica en la Edad Media. Historia de la teoría de la retórica desde san Agustín hasta el Renacimiento, p. 54.

Ibidem, p. 275.

Albin Lesky, Historia de la literatura griega, p. 577

Ibidem, p. 603.

Aristoteles, Rhetorica, 1354a. “Ἡ ῥ ητορικὴ ἐ στὶν ἀ ντίστροφος τ ῇ διαλεκτικ ῇ ”. Las traducciones son de Arturo Ramírez Trejo aunque realicé algunas modificaciones tomando en cuenta el texto griego.

Ibidem, 1404a.

Ibidem, 1355b. No hay que olvidar que para Aristóteles la retórica existe como “antístrofa” a la dialéctica (lógica). En tal sentido, vale considerar que Platón, (Gorgias, 454d) ofrece una distinción entre π ίστις -persuasión y ἐπιστήμη -conocimiento. Mientras que la π ίστις -persuasión puede ser verdadero o falso, la ἐπιστήμη -conocimiento puede sólo ser verdadero. Es, como se puede precisar, la diferencia entre retórica y dialéctica de fondo. Por otra parte, la palabra π ίστις en particular puede también ser usada con un determinado grado de sinonímia por la palabra δ όξα o ἔνδοξα que significa opinión. No en valde, las π ίστεις son persuasiones y las opiniones comunes (δ όξαι ) funcionan como conocimiento en retórica.

Ibidem, 1354a. “ἔστι δ ’ ἀπόδειξις ῥητορικὴ ἐνθύμημα ”, “[ τ ὸ ἐνθύμημα ] ἐστὶ σῶμα τῆς πίστεως ”, “τ ὸ δ ’ ἐνθύμημα συλλογισμός τις ”. Hay, por otra parte, interesantes discusiones en torno al entimema y sus asimilaciones o diferencias con otros elementos. Para esto remito al breve pero texto: Bulmaro Reyes Coria, Epicherema/enthymema (véase la bibliografía).

Ibidem , 1356b. “ καλῶ δ' ἐνθύμημα μὲν ῥητορικὸν συλλογισμόν ” .

Mauricio Beuchot, Ensayos marginales sobre Aristóteles, p. 38. De la amplísima bibliografía sobre Aristóteles he escogido este breve y bien planteado texto que puede remitir al lector a otros textos.

Aristoteles, Topica, 100a “διαλεκτικ ὸς δὲ συλλογισμὸς ὁ ἐνδόξων συλλογιζόμενος ”. Por ese mismo nombre, silogismo dialéctico,lo reconoce en la Rhetorica. 1356b. Las traducciones de los Tópicos son propias.

Ibidem, 100b “ἔνδοξα δὲ τὰ δοκοῦντα πᾶσιν ἤ τοῖς πλείστοις ἤ τοῖς σοφοῖς , καὶ τούτοις ἤ πᾶσιν ἤ τοῖς πλείστοις ἤ τοῖς μάλιστα γνωρίμοις καὶ ἐνδόξοις ”.

Retomo y adapto el ejemplo de Quint., Institutio Oratoria, V.xiv.24.

Aristoteles, Rhetorica, 1356b “καλ ῶ δ ’ ἐνθύμημα μὲν ῥητορικὸν συλλογισμὸν , παράδειγμα δὲ ἐπαγωγὴν ῥητορικήν . πάντες δὲ τὰς πίστεις ποιοῦνται διὰ τοῦ δεικνύναι ἢ παραδείγματα λέγοντες ἢ ἐνθυμήματα , καὶ παρὰ ταῦτα οὐδέν ”.

Aristoteles, Topica, 105a. “ἐ παγωγ ὴ δ ὲ ἡ ἀ π ὸ τ ῶ ν καθ' ἕ καστα ἐ π ὶ τ ὸ καθόλου ἔ φοδος ”.

Aristoteles, Rhetorica, 1393a-b. Cabe aclarar que esos πρ άγματα προγενομένα son palabras del campo semántico de la historia en cuanto a cosas hechas o, en latín, a las res gestae.

Hay una muy extensa bibliografía sobre Cicerón, sea como el protagonista o sea de su época, además de las numerosas temáticas que tocó en sus obras. Para una valoración relativamente breve, véase Michael von Albrecht, Geschichte der römischen Literatur, p. 414 y s. s., sobre todo p. 448 y s. s.

Cic., De Div. I.xxiv.50.

Cic., De Inv., I.xxx.46-49. Las partes de lo comparable son, en latín, imago, conlatio y exemplum, que se relacionan respectivamente con los términos griegos ε ἰκών , παραβολή y παρ άδειγμα . Por esta razón, aunque Bulmaro Reyes traduce conlatio como parangón, he preferido dejar el equivalente griego, parábola, ya que Cicerón describe con características semejantes a lo que Aristóteles llamó parábola (sobre todo la socrática) que ya se ha analizado en el subcapítulo respectivo.

Ibidem , I.xxx.49. “Exemplum est, quod rem auctoritate aut casu alicuius hominis aut negotii confirmat aut infirmat.” Transcribo la traducción de Bulmaro Reyes.

Ibidem, I.xxxi.51, xxxiv.57.

Ibidem , I.xxxi.51: “[inductio] rebus non dubiis captat assensionem”. I.xxxii.53: “inducimus per similitudinem”.

Cic., De Or., III.liii.205.

Sobre el texto puede consultarse la introducción de Bulmaro Reyes, en Rhetorica ad Herennium, p. XIII ss. Se especula que la fecha de composición del texto data entre el 86 y 82 a. C. Pasó casi desaparecido hasta que San Jerónimo la cita, y a partir de ahí se convirtió en un texto obligado de la retórica.

Ibidem , IV.xlix.62. “Exemplum est alicuis facti aut dicti praeteriti cum certi auctoris nomine propositio.” Las traducciones del texto son de Bulmaro Reyes.

Michael von Albrecht, Geschichte der lateinische Literatur, p. 853. “Valerius Maximus stellt nicht nur Material für Redner bereit, sondern er literarisiert das exemplum”. Las cursivas son del autor, la traducción mía.

Valerius Maximus, Facta et dicta memorabilia, Praef. “Urbis Romae exterarumque gentium facta simul ac dicta memoratu digna [...]”. La traducción es mía.

Entre otros, Lausberg sigue prácticamente al pie de la letra el esquema de Quintiliano, si bien compara muchas otras fuentes. Cfr. Heinrich Lausberg, Manual de retórica literaria, op. cit., §410, p. 351 y s. s.

Cfr. Marcus Fabius Quintilianus, Inst,, V.xi.

Ibidem , V.vii.28.

Cfr. Heinrich Lausberg, op. cit., §412, p. 350. Véase la nota 44 al mismo capítulo.

En cuanto al epiquerema es quizás un término un tanto complejo en la retórica. Quintiliano lo relaciona con el silogismo. Para un breve recorrido conceptual tanto del entimema como del epiquerema véase el ya citado Bulmaro Reyes Coria, op. cit., p. 26.

Quint., op. cit., V.xi.3.

Ibidem , V.xi.1. “quae rerum gestarum auctoritate nituntur”. Las traducciones de Quintiliano son mías.

Rhetorica ad Herennium , I.viii.13. “Historia est gesta res, sed ab aetatis nostrae memoria remota.”

Quint., op. cit., V.xi.6. “vocamus exemplum, id est, rei gestae aut ut gestae utilis ad persuadendum id quod intenderis commemoratio. Intuendum igitur est totum simile sit an ex parte ut aut omnia ex eo sumamus aut quae utilia sunt.” Por una cuestión de similitud retórica, decidí traducir intenderis por amplificar, a sabiendas que es una traducción quizá no del todo feliz; sin lugar a dudas, la amplificación, contemplada en la retórica clásica, verá sus mayores desarrollos en la obra de Luis de Granada y en el barroco.

Ibidem, V.xi.24. Llamado en griego ícono, o ε ἴκων .

Ibidem, V.xi.34.

Ibidem.,V.xi.36. Llamado en griego crisis, κρ ίσις , o en latín iudicium o iudicamentum.

Cfr. Basilio de Cesarea, De legendis gentilium libris, 5. Debe notarse que el título original de la obra es: Πρ ὸς τοῦς νεοὺς ὅπως ἂν ἐξ Ἑλληνικῶν ὠφέλοιντο λόγων , es decir A los jóvenes ¿Qué se puede sacar de provecho de los de los libros de los griegos?, ya que el título por el que fue conocida en latín puede distraer un tanto. Este gran teólogo realiza una interpretación de un pasaje de la Odisea, donde ve a Odiseo sujetándose de una roca para no ser engullido por el mar como un ejemplo de perseverancia. Allí encuentra la virtud de Odiseo y él mismo se vuelve un ejemplo de ella.

Angelo Di Berardino, Patrología IV, p. 187.

Ibidem, p. 204.

Gregorius Magnus, Regula pastoralis, III, i, col. 49c y s. s. Como regla general, para los textos que tomo de Migne, citaré el libro y capítulo, seguido de la columna a la cual pertenecen para hacer más fácil su ubicación. Las traducciones son mías.

Ibidem, I, ii, col. 16b. “Qui ergo ad sanctitatis speciem deductus, vel verbo caeteros destruit, vel exemplo.”

Ibidem. II, iii, col. 28b. “Sit rector operatione praecipuus, ut vitae viam subditiis vivendo denuntiet, et grex qui pastoris vicem moresque sequitur, per exempla melius quam per verba gradiatur.”

Max Manitius, Geschichte der lateinische Literatur des Mittelalters, p. 794. La variedad de obras le mereció el título de “Doctor universal”.

Alanus de Insulis, De arte praedicatoria, I, col. 114c. “In fine vero, debet uti exemplis, ad probandos quod intendit, quia familiaris est doctrina exemplaris.”

Ibidem , XXXVIII, col. 182d “Ad hos [praelatos] enim duo pertinent, doctrina et vita: doctrina, ut alios instruant; vita, ut aliis bene vivendi exemplum praebeant”.

Ibidem, XL, col. 186a.

De entre estas referencias es notable el segundo libro de la Retórica de Aristóteles que estudia los caracteres. Una idea más clara de esto se encontrará en los Caracteres de Teofrasto, él mismo alumno del anterior. Al respecto, es importante destacar la obra ya citada de James Murphy, La retórica en la Edad Media.

Ludovicus Granatensis, Rhetorica Ecclesiastica, p. 299. “Exemplum et simile constat esse argumentandi loca, quae tamen inter figuras numerantur, propterea quod magnum orationi ornamentum afferant; praesertim cum illustrandae aut ornandae rei gratia adhibentur.” Las traducciones son propias. En el presente texto, publicado en 1768, desaté las abreviaturas y estandaricé la ortografía del latín según modelos clásicos para una mejor lectura.

Ibidem, p. 116 s. s. La diferencia (p. 117) consiste en que la argumentación se construye por medio de silogismos, mientras que la amplificación lo hace por medio de exposiciones.

Ibidem, p. 299. “Rem ornatiorem facit, cum nullius rei nisi dignitatis causa sumitur. Apertiorem, cum id, quod sit obscurius, dilucidum reddit. Probabiliorem, cum magis verisimilem facit. Ante oculos ponit, cum exprimit omnia praecipue, ut res dicta prope manu tentari possit”

Idem . “Movent autem potissimum animos antiqua, illustria, nostratia, domestica, id est, suam quaeque gentem, suum quaeque genus.”

Idem . “Augentur autem et crescunt exempla tractandi ratione. Licebit enim vel ab auctoris laude, vel gentis, unde ducitur exemplum, hoc modo praefari. Si quis e Plutarcho citabit exemplum, praefari licebit, eum auctorem unum omnium esse gravissimum, quippe qui summam philosophiae scientiam cum historicorum eloquentia coniuxerit, ut in eo non solum historiae fidem, verum etiam auctoritatem et iudicium doctissimi philosophi spectare oporteat.”

¿Dónde entra la retórica y dónde la política? Platón (Gorgias, 452e) planteaba desde un primer momento la utilidad de la retórica para la política, de ahí la importancia de que el rétor fuese una persona íntegra. Las preocupaciones de Platón son compartidas por varios autores, pero quizás encuentre en el De Oratore de Cicerón una obra que responda a sus preocupaciones: es el cúlmen de la educación del orador en pleno.

Justus Lipsius, Monita et exempla politica, p. 123. “Sunt enim monita politica: ad quem justius quam ad Politiam et status nostri rectorem ibunt? Sunt exempla: et cui convergentius dabuntur, quam qui stirpem ad gentem suam in iis agnoscet? [...] Quid, quod argumentum et materies eodem ducit? Virtutes et vitia Principum; illos formamus aut suggerimus et haec amolimur”. Para el presente texto, desaté las abreviaturas y estandaricé la ortografía. Las traducciones son propias.

Carlos Sommervogel, Bibliotheque de la Compagnie de Jesus, vol. II, col. 1320.

Dominicus De Colonia, De arte rhetorica, III, 2, p. 155.

Ibidem, III, 4, p. 159. “Duo diligenter cavenda sunt. 1. Ut quae sumuntur certissima sint. 2. Ut id cuius confirmandi cau[s]a sit Inductio, iis, quae sumuntur simile sit.” Las traducciones son propias. Corrijo algunas erratas del texto latino.

Ibidem, III, 5, p. 160. “Est inductio imperfecta, qua ab uno simili argumentamur ad aliud.”

Cic., De Or., II.ix.26. Cfr. I.xxviii.128. “in oratore autem acumen dialecticorum, sententiae philosophorum, verba prope [iam] poetarum, memoria iuris consultum, vox tragoedorum, gesta paene summorum actorum est requirendus”.

Quint., op. cit., I.viii.18; II.v.18. Sobre todo en el libro segundo es interesante analizar la problematización que da Quintiliano al respecto sobre cuales textos son óptimos para el estudiante: si acaso con poesía, con qué tipo de poesía, o si con los oradores o si con la historia, la cual aventaja a los demás debido a que en una sola narrativa pueden encontrarse descripciones, discursos y demás. Los representantes de las prosas más complejas son, paradójicamente, para griego Tucídides y para latín Tácito, ambos historiadores.

En su obra, De historia, para entenderla y escrivirla, Luis Cabrera de Córdoba realiza una adaptación de la retórica específicamente para ser utilizada en la escritura de la historia. Parte de las características que debe tener la historia y después se basa en las artes retóricas más comunes para adaptarlas a la historia. En el siguiente capítulo ahondaré más en este texto que es de gran notoriedad.

Rudolf Schenda, “Stand und Aufgaben der Examplaforschung”, passim.

Claude Bremond, Jacques Le Goff y Jean-Claude Schmitt, L’ Exemplum, passim.

El interés por estudiar a Vitry (o, podríamos decir, la inspiración que ha causado este autor), sin embargo, no es nuevo. Véase Rudolf Schenda, op. cit., p. 70.

Valdimir Propp, Morfología del cuento, p. 5. “La cuestión atañe a otro aspecto: los métodos de estudio. [...] Nuestra intención es simplemente poner en claro, desde un punto de vista crítico, los intentos hechos para resolver ciertos problemas fundamentales del estudio del cuento y, al mismo tiempo, conducir al lector al meollo de la cuestión.”

Graciela Cándano, Estructura, desarrollo y función de las colecciones de exempla en la España del siglo XIII, p. 21.

Vladimir Propp, op. cit., p. 6. “Como [el cuento] se trata de un género de extrema diversidad, y por consiguiente no es posible encaralo directamente en su conjunto, nos vemos en la necesidad de comenzar por repartir los cuentos en diferentes grupos, es decir, clasificarlos. Una clasificación correcta constituye una de las primeras etapas de la descripción científica.”

Rudolf Schenda, op. cit., p. 71.

Cfr. Frederic C. Tubach, “Exempla in the Decline”, p. 408. “A morphological study is made difficult because of the confusion prevailing as to the meaning of the word exemplum. The considerable philological groundwork which has been laid in editing and annotating exemplum collections has not brought much clarification.”

Claude Bremond, Jacques Le Goff, Jean-Claude Schmitt, op. cit., p. 71. Al igual que con Tubach, se advierte del problema de no tener una clasificación rigurosa, ya que conduciría a conclusiones erráticas o a elegir exempla donde no hay.

Rudolf Schenda, op. cit., p. 77.

Ibidem , p. 77-8. “Das ist kein Erzählung, sondern eine naturkundliche Beobachtung, der zudem eine moralische Transposition angehänget wird. [...]”. Las traducciones son mías.

Ibidem , p. 79, 81. “Das Exemplum ist nicht immer eine Erzählung. [...] [Das Exemplum] will zu allen Zeiten moralisch aufbauen.”

Ibidem , 81. “Das Exemplum ist eine didaktische Proposition mit moralisierender Tendenz. Oder etwas deutscher: Das Exemplum ist ein unterhaltsam vorgetragenes Lehrstück, das die Sittlichkeit fördern will.”

Ernst Robert Curtius, European Literature and the Latin Middle Ages, p. 57. Como apunté en el primer capítulo y en los distintos textos de preceptiva retórica (sobre todo la Retórica a Herenio), el exemplum debe venir de una autoridad.

Claude Bremond, Jacques Le Goff, Jean-Claude Schmitt, op. cit., p. 16.

Ibidem, p. 29.

Cfr. Helena Beristáin, Diccionario de retórica y poética, p. 96, s. v. Comparación. Beristáin usa comparación y símil como sinónimos, y dice lo siguiente: “[La comparación/símil c]onsiste en realzar un objeto o fenómeno manifestando, mediante un término comparativo (como o sus equivalentes), la relación de homología, que entraña –o no- otras relaciones de analogía o desemejanza que guardan sus cualidades respecto a las de otros objetos o fenómenos.”

Claude Bremond, Jacques Le Goff, Jean-Claude Schmitt, op. cit., p. 155. Las retóricas suelen unir el símil y el exemplum y a menudo confundirlos. El texto afirma que uno pertenece a una oración subordinada, una figura retórica, mientras que el otro debe ser una narrativa independiente que pueda extraerse y leerse con cierta autonomía. Esta distinción es precisa, pero también el símil suele coronar una narrativa anterior o introducir una mucho más grande que una oración subordinada y hay algunos casos donde no es posible separarlos.

Rudolf Schenda, op. cit., p. 82.

F. C. Tubach, op. cit., passim.

Claude Bremond, Jacques Le Goff, Jean-Claude Schmitt, op. cit., p. 71.

Perla Chinchilla, “Preliminares”, p. 13.

Perla Chinchilla, “Las ‘Formas discursivas’. Una propuesta metodológica”, p. 16.

Ibidem, p. 20.

Ibidem, p. 18.

Ibidem, p. 17.

Por ejemplo, R. G. Collingwood, Idea de la historia, p. 68 y s. s.: “¿Qué clase de cosas averigua la historia? Respondo que averigua res gestae, es decir, actos de seres humanos que han sido realizados en el pasado.” Por supuesto, el autor se pregunta por la historia, no por la historiografía, de ahí que estudie opiniones sobre el estudio de la historia y no exclusivamente sobre las obras que escriben historia. Esta situación se puede encontrar en otro tipo de textos con temática semejante.

Fridericus Augustus Wolfius, Prolegomena ad Homerum, p. 26 c. 12: “in ipso Homero memoriam ferri unicam custodem rerum; eandem Musarum matrem; ipsas Musas cantrices. [...] Pro Mnemosyne novam papyriferam deam in Carmen induxisset. Manent talia, etsi res et mores mutantur; quemadmodum in linguis verba manent, significationes flectuntur ad temporum et rerum vicissitudines.” Aquí, si bien de forma muy breve, está un postulado fundamental de la filología que por supuesto se modificaría con el tiempo. Las traducciones son propias.

Karl Lachmann, Ausgaben classischer Werke, p. 15. “Dem Korrektor wird, ohne seine Wahl, ein fertiges Manuscript gegeben, und er hat darauf zu machen daß der Absdruck mit dem Manuscript genau übereinstimme: ob aber in dem Manuscript die Meinung des Autors richtig enthalten oder ob sie durch alle möglichen Fehler entstellt sei, das liegt außer seiner Verantwortung.“ La obra trata sobre algunos planteamientos de August Wolff.

Cfr. August Wolf, Darstellung der Althertums-Wissenschaft, p. 811-812. Wolf la define como “philosophisch-historisch Wissenschaft” y plantea que la filología clásica estudia la “Litterär-Geschichte” y la “historische Entwickelung”. Es importante notar que no todos los autores utilizan para referirse a la edición de textos filología, puesto que ésta última comprende una parte más amplia de estudio. Lachmann, por ejemplo y Wolf mismo utilizan más la palabra crítica.

Ibidem, p. 815-816. En este texto, Wolf mismo plantea la problemática del término filología a partir de una búsqueda filosófica y literaria. Más aún, el basarlo en textos excluye, por ejemplo, al arte. Es interesante que Wolf plantea una idea más general de la filología y afirma que refiere a las humanidades, algo más amplio: “Endlich derjenige Name, den man in unsern Zeiten der Humanität gewöhnlich hört, Humaniora ([...] im Spanischen und Portugiesischen humanidad und humanidades)”. No obstante, afirma que la filología comprendría tamibén la lingüística. En suma: una ciencia muy amplia que tiene como punto de partida un estudio minucioso de los textos y que implica otras disciplinas.

Ibidem, p. 829 s. s.

Ibidem, p. 831.

Perla Chinchilla, De la compositio loci a la república de las letras, p. 37. “La impresión de los sermones transformó para los predicadores famosos de la época- quienes eran los que publicaban- la práctica misma, o si se quiere ‘el género’ en su vertiente de oratoria sagrada. Ciertamente los impresos que hoy conocemos fueron algunas vez predicados; no obstante, parece ser que los hombres del clero valoraban cada vez más la impresión de sus discursos que el acto de su enunciación.” Además, para poner otro ejemplo, cfr. Ibidem, p. 46. “El texto de los sermones impresos nos muestra cómo, a medida que avanzaba el siglo XVII, las citas de autores sagrados y profanos a los que se acudía para sostener lo dicho, se fue acrecentando.” Sin lugar a dudas, en el mundo de la imprenta, no en la oralidad.

Perla Chinchilla, “Las ‘Formas discursivas’. Una propuesta metodológica”, p. 17.

Ibidem, p. 16.

Ibidem, p. 22.

Cfr. Michel de Certeau, La escritura de la historia, p. 76. “Es preciso estar ‘acreditado’ para tener acceso a la enunciación historiográfica.” ¿Podríase aplicar esta sentencia a los textos que trabajo? De principio, como lo trataré en cada texto, respondo afirmativamente.

Cfr. Ibidem. p. 85-86. “En historia, todo comienza con el gesto de poner aparte, de reunir, de convertir en ‘documentos’ algunos objetos repartidos de otro modo. Esta nueva repartición cultural es el primer trabajo. En realidad consiste en producir los documentos por el hecho de recopiar, transcribir o fotografiar dichos objetos cambiando a la vez su lugar y condición.”

Cfr. Ibidem, p. 104. “[T]oda historiografía nos plante[a] un tiempo de las cosas como el contrapunto y la condición de un tiempo discursivo (el discurso ‘avanza’ más o menos aprisa, se retarda o se precipita). Por medio de este tiempo referencial, la historiografía puede condensar o extender su propio tiempo, producir efectos de sentido, redistribuir y codificar la uniformidad del tiempo que corre. Esta diferencia tiene ya la forma de un desdoblamiento, crea un juego y proporciona a un saber la posibilidad de producirse en un ‘tiempo discursivo’ (o tiempo ‘diegético’, como dice Genette) distante del tiempo ‘real’.”

Cic., De Div., I.xxiv.50.

Reinhart Koselleck, “Historia magistra vitae. Sobre la disolución del topos en el horizonte de la agitada historia moderna”, p. 42.

Cfr, Perla Chinchilla, “¿Aprender de la historia o aprender historia?”, passim.

Luis Cabrera de Córdova, De historia, para entenderla y escrivirla, p. 12.

Ibidem, 19.

Jacques Le Goff, ¿Realmente es necesario cortar la historia en rebanadas?, p. 26 y passim. ¿Se puede hablar como un proceso continuo lo ocurrido entre el siglo II y el siglo XVIII? Quizás esta pregunta pueda guiarnos y justificar de mejor manera la elección de los textos. Esta resolución ha sido adoptada por otros autores con el fin de dar una mejor contextualización. Por mi parte, me limito a enunciarla como una posibilidad para enmarcar mejor la selección de textos. Cfr. Alfonso Mendiola, Bernal Díaz del Castillo: verdad romanesca y verdad historiográfica, p. 32 y s. s.

Ernst Robert Curtius, op. cit., p. 12. “European literature is coextensive in time with European culture, therefore embraces a period of some twenty-six centuries (reckoning from Homer to Goethe). Anyone who knows only six or seven of those from his own observation and has to rely on manuals and reference books for the others is like a traveler who knows Italy only from the Alps to the Arno and gets the rest from Baedeker.”

Ibidem , p. 15. “Just as European literature can only be seen as a whole, so the study of it can only proceed historically. Not in the form of literary history!”

Johannes Quaestens, Patrología II, p. 344. Para la Historia Eclesiástica utilizaré la edición de Argemiro Velasco-Delago, publicada en la Biblioteca de Autores Cristianos (véase la bibliografía). Sigo la traducción de esta edición en las citas largas, mientras que en las breves realizo traducciones propias con el fin de recalcar ciertos conceptos que, en la realización de una traducción más fluida, fueron matizados por Velasco.

Ibidem, p. 347 s.s

Athanasius, Historia Arianorum, IX.1. San Atanasio, más que hablar directamente contra Eusebio, se refiere a “ο ἱ περ ὶ Ε ὐ σέβιον βλέποντες ”, es decir, “los que admiraban a Eusebio”, o “los que siguieron a Eusebio” y se desligue un poco el nombre de este gran teólogo.

Ibidem, XIX.2. “ἀ γαθο ὺ ς κα ὶ ὀ ρθοδόξους ἄ νδρας .”

Argemiro Velasco-Delgado, “Introducción”, p. 28-29, en Eusebio de Cesarea, Historia Eclesiástica.

Eusebius Caesariensis, Historia Ecclesiastica, I.i.1.

Idem.

Ibidem, VIII.xiii.7. “ἕκαστα τῶν περὶ αὐτοὺς συμβεβηκότων ἱστορεῖν ” .

Ibidem, I.i.5. “ἀναγκαιότατα [...] ἡγοῦμαι , ὅτι μηδένα πω εἰς δεῦρο τῶν ἐκκλησιαστικῶν συγγραφέων διέγνων περὶ τοῦτο τῆς γραφῆς σπουδὴν ὠφελιμωτάτη τοῖς φιλοτίμως περὶ τὸ χρητομαθὲς τῆς ἱστορίας ἔχουσιν ἀναφανήσεται ”. La traducción es mía.

Cfr. François Hartog, Evidencia de la historia, p. 77. “Pero ‘Tucídides de Atenas registra por escrito (sunegrapse) cómo se desarrolló la guerra entre los peloponenses y los atenienses.’ Ahí donde [Heródoto] ponía la historie, el otro se colocaba de entrada en el mundo de la escritura, instala la suggraphie. Ho suggrapheus, aquel que consigna por escrito, la apelación terminará por designar, en particular, al historiador.” Hartog menciona el cambio entre Tucídides y Heródoto. En el primero, habrá un mayor énfasis en la escritura. Esta designación podría aplicarse a épocas subsecuentes. Véase la nota siguiente.

Al respecto, es interesante marcar que Suidas registra tres entradas: συγγραφ έυς , συγγραφε ῖς y συγγρ άφω . En éstas se aclara que o se puede designar una escritura de forma general, o bien se registran asuntos del pasado. En la primera entrada aclara que “el escritor (συγγραφ όμενος ) puede escribir discursos, o bien escribir el recuerdo de sí mismo, o bien ayudar a ambos.” (ὁ λόγους συγγραφόμενος ἢ πρ ὸ ς τ ὴ ν ἑ αυτο ῦ ὑ πόμνησιν συγγράφεται ἢ πρ ὸ ς ὠ φέλειαν ἑ τέρων, ἢ κα ὶ ἄ μφω ) Las otras dos mencionan la labor realizada por Tucídides. Como puede verse, tiene una primacía sobre la escritura del pasado y, sobre todo, sobre la primacía de la escritura de la historia.

Eusebius Caesariensis, op. cit., I.i.4. “ὡς ἂν ἐκ λογικῶν λειμόνων τὰς ἐπιτηδείους αὐτῶν πάλαι συγγραφέων ἀπανθισάμενοι φωνὰς , δι ’ ὑφηγήσεως ἱστορικῆς πειρασόμεθα σωματοποιῆσαι ” . La traducción es mía.

Cfr. Ibidem, III.iii.6. Aquí antiguo se refiere a la época del Pastor de Hermas, en la época de los apóstoles, por ejemplo.

Photius, Bibliotheca, codex 26-31, Bekker 6a-b.

Socrates, Historia Ecclesiastica, I.i.1 “ Ε ὐ σέβιος ὁ Παμφίλου ἐ ν ὅ λοις δέκα βιβλίοις τ ὴ ν ἐ κκλησιαστικ ὴ ν ἱ στορίαν ἐ κθέμενος , κατέπαυσεν ε ἰ ς το ὺ ς χρόνους το ῦ βασιλέως Κωνσταντίνου ”. La traducción es mía.

Ibidem , I.i.4. “ Ἡ με ῖ ς δ ὲ προθέμενοι συγγράψαι τ ὰ ἐ ξ ἐ κείνου μέχρι τ ῶ ν τ ῇ δε περ ὶ τ ὰ ς ἐ κκλησίας γενόμενα , τ ῆ ς ὑ ποθέσεως ἀ ρχ ὴ ν , ἐ ξ ὧ ν ἐ κε ῖ νος ἀ πέλιπε , ποιησόμεθα· ο ὐ φράσεως ὄ γκου φροντίζοντες , ἀ λλ ' ὅ σα ἢ ἐ γγράφως ε ὕ ρομεν , ἢ παρ ὰ τ ῶ ν ἱ στορησάντων ἠ κούσαμεν διηγουμένων .”

Sozomenus, Historia Ecclesiastica, I.i.12. “Ε ὐσέβιος ὁ ἐπικλὴν Παμφίλου , ἀνὴρ τῶν θειῶν γραφῶν καὶ τῶν παρ ’ Ἕλλησι ποιητῶν καὶ συγγραφέων πολυμαθέστατος ἵστωρ ” La traducción es mía. La palabra que traduzco por juez (ἵστωρ ) no refiere a historiador, sino que es justamente συγγραφ έυς ,.

Eusebius Caesariensis, op. cit., VI.viii.1-3. “1. Ἐ ν τούτ ῳ δ ὲ τ ῆ ς κατηχήσεως ἐ π ὶ τ ῆ ς Ἀ λεξανδρείας το ὔ ργον ἐ πιτελο ῦ ντι τ ῷ Ὠ ριγένει πρ ᾶ γμά τι πέπρακται φρεν ὸ ς μ ὲ ν ἀ τελο ῦ ς κα ὶ νεανικ ῆ ς, πίστεώς γε μ ὴ ν ὁ μο ῦ κα ὶ σωφροσύνης μέγιστον δε ῖ γμα περιέχον. 2. τ ὸ γάρ “ε ἰ σ ὶ ν ε ὐ νο ῦ χοι ο ἵ τινες ε ὐ νούχισαν ἑ αυτο ὺ ς δι ὰ τ ὴ ν βασιλείαν τ ῶ ν ο ὐ ραν ῶ ν” (Mt. 19.12)ἁ πλούστερον κα ὶ νεανικώτερον ἐ κλαβών, ὁ μο ῦ μ ὲ ν σωτήριον φων ὴ ν ἀ ποπληρο ῦ ν ο ἰ όμενος, ὁ μο ῦ δ ὲ κα ὶ δι ὰ τ ὸ νέον τ ὴ ν ἡ λικίαν ὄ ντα μ ὴ ἀ νδράσι μόνον, κα ὶ γυναιξ ὶ δ ὲ τ ὰ θε ῖ α προσομιλε ῖ ν, ὡ ς ἂ ν π ᾶ σαν τ ὴ ν παρ ὰ το ῖ ς ἀ πίστοις α ἰ σχρ ᾶ ς διαβολ ῆ ς ὑ πόνοιαν ἀ ποκλείσειεν, τ ὴ ν σωτήριον φων ὴ ν ἔ ργοις ἐ πιτελέσαι ὡ ρμήθη, το ὺ ς πολλο ὺ ς τ ῶ ν ἀ μφ' α ὐ τ ὸ ν γνωρίμων διαλαθε ῖ ν φροντίσας. 3. ο ὐ κ ἦ ν δ ὲ ἄ ρα δυνατ ὸ ν α ὐ τ ῷ καίπερ βουλομέν ῳ τοσο ῦ τον ἔ ργον ἐ πικρύψασθαι. γνο ὺ ς δ ῆ τα ὕ στερον ὁ Δημήτριος, ἅ τε τ ῆ ς α ὐ τόθι παροικίας προεστώς, ε ὖ μάλα μ ὲ ν α ὐ τ ὸ ν ἀ ποθαυμάζει το ῦ τολμήματος, τ ὴ ν δέ γε προθυμίαν κα ὶ τ ὸ γνήσιον α ὐ το ῦ τ ῆ ς πίστεως ἀ ποδεξάμενος, θαρρε ῖ ν παρακελεύεται, κα ὶ ν ῦ ν μ ᾶ λλον ἔ χεσθαι α ὐ τ ὸ ν το ῦ τ ῆ ς κατηχήσεως ἔ ργου παρορμ ᾷ . ” La traducción es de Argimiro Velasco

Origenes, Commentarii ad Matthaeum, XV.1=Matth. 19.12. “χρὴ δὲ εἰδέναι ὅτι οἱ μὲν πρότεροι τοῦ εὐαγγελικοῦ γενόμενοι φίλοι γράμματος καὶ μὴ ἐπιστήσαντες ὅτι καὶ ταῦτα ἐν παραβολαῖς ἐλάλησεν ὁ Ἰησοῦς καὶ πνεύματι εἴρηται ”. La traducción es mía.

Frederic C. Tubach, “Exempla in the Decline”, p. 412.

Eusebius Caesariensis, op. cit., IV.xv.46-47. “46. τὰ μὲν δὴ κατὰ τὸν θαυμάσιον καὶ ἀποστολικὸν Πολύκαρπον τοιούτου κατηξίωτο τέλους, τῶν κατὰ τὴν Σμυρναίων ἐκκλησίαν ἀδελφῶν τὴν ἱστορίαν ἐν ᾗ δεδηλώκαμεν αὐτῶν ἐπιστολῇ κατατεθειμένων· ἐν τῇ αὐτῇ δὲ περὶ αὐτοῦ γραφῇ καὶ ἄλλα μαρτύρια συνῆπτο κατὰ τὴν αὐτὴν Σμύρναν πεπραγμένα ὑπὸ τὴν αὐτὴν περίοδον τοῦ χρόνου τῆς τοῦ Πολυκάρπου μαρτυρίας, μεθ' ὧν καὶ Μητρόδωρος τῆς κατὰ Μαρκίωνα πλάνης πρεσβύτερος δὴ εἶναι δοκῶν πυρὶ παραδοθεὶς ἀνῄρηται.

Cfr. Martyrium Pionii presbyteri et sodalium, II.2. Como es sabido, el estudio de la hagiografía es complejo y a menudo se encuentran elementos contradictorios. Ambos santos se relacionan por que las fechas de ambos martirios fueron simultáneos. El texto de Martyrium Pionii es más extenso en cuanto a la vida de Pionio que el de Eusebio, y proporciona varios detalles que nuestro autor omite.

Max Manitius, Geschichte der lateinischen Literatur des Mittelalters. 3. Bd, p. 416.

Utilizaré la edición publicada en la Patrologia Latina de Migne. Haré referencia al libro y al número de columna con que aparece en este texto. Las traducciones son propias y buscan un español que refleje el estilo de Guibert, de ahí que tengan algunas licencias para un mejor entidimiento, puesto que el texto de Guibert suele ser complejo y a veces utiliza la parquedad del latín con gran maestría que no se puede reflejar en el español sin violentarlo.

Charles Homer Haskins, The Renaissance of the Twelfth Century, p. 104. “The body of Latin classics potentially available to the twelfth century was much the same as that available today, for nothing of importance has since been lost, so far as we know, and little has been transmitted to us by other means than the manuscripts then in the libraries of Western Europe.” Obviamente esto no significa que todos los autores tuviesen la misma recepción.

Ernst Robert Curtius, op. cit., p. 85 s. s.

Guibert de Novigento, Historia quae dicitur Gesta Dei per Francos, Epistola dedicatoria, 680 c. “Longe alio, quam in Expositionibus Geneseos vel aliis opusculis tractatoriis, me usum stylo nemo miretur; decet enim, licetque prorsus operosa historiam verborum elengantia coordinari; sacri autem eloquii mysteria non garrulitate poetica, sed ecclesiastica simplicitate tractari.”

Ibidem, Praef., 681 b.

El término lo tomo de Tácito y ha sido utilizado por varios autores, con algunas variaciones, para definir una “traducción cultural”. El término aparece en varios autores de la época. Cfr. Uriel Iglesias Colón, La romanización de Europa en Saxo Gramático, p. 25 y s. s.

Guibert de Novigento, op. cit., I, 683 d-684 b.

Alfonso Mendiola, Bernal Díaz del Castillo: verdad romanesca y verdad historiográfica, p. 70 y s. s.

Ibidem, p. 83. Ésta es una valoración para el ámbito hispánico. No es del todo seguro hasta qué punto los gesta pueden verse en función de los cantares de gesta en otras tradiciones.

Saxo Grammaticus, Gesta Danorum, Praef.,i.1. “[...] Danorum maximus pontifex Absalon patriam nostram, cum illustrandae maxima semper cupiditate flagrabat [...] mihi, comitum suorum extremo, ceteris operam abnuentibus, res Danicas in historiam conferendi negotium intorsit [...]”. La traducción es mía. Para un comentario sobre este texto, véase Uriel Iglesias, op. cit., p. 35 y s. s.

En el caso de Saxo Gramático, los editores la han bautizado como Gesta e Historia; yo mismo en un principio inclinándome a la primera (Uriel Iglesias, op. cit., p. 23-24), considero que, bajo el esquema de las formas discursivas, la obra representa claramente una Historia.

Otto Freisiensis, Gesta Friderici I Imperatoris, Prol. “Hanc ergo tuae nobilitati offero hystoriam, ab omnium bonorum datore Deo postulans et petens, ut tuo bono principio melior finis apponatur. Sed antequam tuorum gestorum seriem attingam [...]” Al igual que con Saxo, el nombre Gesta pertenece a editores y no, como claremente sucede aquí, al autor. La traducción es mía.

Ordericus Vitalis, Historia Ecclesiastica, Prologus. “[...] ut et, sicut ab anterioribus praeterita gesta usque ad nos transmissa sunt, sic etiam praesentia nunc a prasentibus futurae posteritati litterarum notamine transmittantur. [...] unde praesens opusculum Ecclesiasticam Historiam appellari affecto.” La traducción es mía.

Robert Bartlett, The Making of Europe, p. 269. “The Europeanization of Europe, in so far as it was indeed the spread of one particular culture through conquest and influence, had its core areas in one part of the continent [...].”

Guibert de Novigento, op. cit., 1, 685 a, c-d.

Véase Kristine Gilmarton, “A Rhetorical Figure in Latin Historical Style: The Imaginary Second Person Singular Author(s)”, passim.

Guibert de Novigento, op. cit., 5, 752 b-753 a. “Porta namque ibidem clausa atque contigua a sinistra parte latebat; nocte nimirum praepediente reperiri non poterat, quae etiam interdiu loco infrequanti constituta, minus patebat. Palpando tamen, urgente cura, sentitur. Ab omnibus statim ad eam curritur, fractis repagulis serisque panditur, Francis irruentibus pervia efficitur.

Jay Rubenstein, Armies of Heaven, p. 185.

1 Tim. 6.10. En el texto latino, si bien con ciertos cambios dependiendo de las traducciones bíblicas, se lee: “Radix enim omnium malorum est cupiditas.” El cambio entre cupiditas y avaritia no es del todo raro en las traducciones bíblicas latinas. Existe, por ejemplo, un jocoso ejemplo de esto en el texto De nugis curialium de Walter Mapp (Distinctio secunda, 17), contemporaneo a Guibert, que escribe “Radix omnium malorum avaritia” que, por supuesto, da como anagrama ROMA. Sin lugar a dudas hay un juego de palabras en el autor, pero la avaritia está presente antes. El texto griego, por otra parte, es bastante más claro que el latino, puesto que se enfatiza en el “amor por el dinero”. Dice así: “ῥ ίζα γ ὰ ρ πάντων τ ῶ ν κακ ῶ ν ἐ στιν ἡ φιλαργυρία ”.

Guibert de Novigento, op. cit., 5, 753 c-d. “Itaque habitatores, Armenii videlicet atque Syri, ubi suum immanissimum hostem paupere delituisse tugurio, fortuna eum iam adversante, cognoscunt, comprehensum capite trucant: succisamque cervicem ad Boemundi praesentiam deportant, ut exinde penes eum, pro insoliti oblatione muneris, libertatis gratiam obtineant. Cuius balteo vaginaque cultelli sublatis, sexaginta Byzanteorum pretio vendenda taxarunt. Gesta sunt haec Nonas Iunii, cum quinta haberetur feria. Cerneres civitatem caedibus explicitis, intolerandis exundare fetoribus; fora, plateas, atria, vestibulaque aedum, quae pridem, multa aequoris gratitudine, marmoreae crustulae distinxerant, teterrimo iam uniformiter cruore sordebant infinitorumque cadaverum passim decumbente congerie, truculenta spectacula, aurarumque corruptarum feralitas, oculorum ac narium miserabiliter sensus infecerant. Sternebantur vicorum angustiae corporum strage putientium, et dum ec efferendi tot funera facultas aliqua subiacet, nec tutum a fetoribus diverticulum usquam patet, assiduitas visionis ac spiritus, prae sensibus constitutum decutiebat horrorem. Unde iam per ipsa cadavera, quibus stratae eran semitae, nemo, usu praebente audaciam, verebatur incedere.”

Cfr. Carlos Sommervogel, Bibliotheque de la Compagnie de Jesus, t. V, col. 646. Utilizaré la primera edición de esta obra que data de 1654 (véase la bibliografía). Las traducciones son hechas por mí. Del texto latino sólo haré algunas correcciones que indicaré oportunamente: por lo general, estandarizo la ortografía.

Ibidem, t. 5, col. 647-9.

“De bello Tartarico historia; in qua, quo pacto Tartari hac nostra aetate Sinicum imperium invaserint, ac fere totum occuparint, narratur; eorumque mores breviter describuntur”

Ernst Robert Curtius, op. cit., p. 85 s. s.

Ronnie Po-Chia Hsia, El mundo de la renovación católica, p. 247 y s. s. Frederick W. Mote y Denis Twitchett, The Cambridge History of China, vol. VII. p. 562.

Ronnie Po-Chia Hsia, op. cit., p. 250.

Martinus Martinius, De bello Tartarico, p. 9.

Ibidem, p. 10.

Ibidem, p. 9. “[C]onstitui, usitato exemplo, quae de Imperio illo Incolisque, cum ex Sinensium Annalium diligenti volutatione, tum ex convictu et conversatione cum variis, decenae per annos ibidem commoratus assequi potui, ea vulgata typis omnibus facere communia, et quod sermone non possum scriptis unumquemque meis convenire.”

La palabra oblitteravit que traduzco por “olvido”, es conjetura mía basada en un mejor sentido y comprensión del texto, además de que hace un juego conceptual entre memineris y oblitteravit. En el texto se lee obliterarit, que me parece errónea.

Ibidem, p. 16. “Te porro, mi lector, illud rogo, ut si quando incultam sermonis asperitatem et barbariem in hoc opusculo deprenderis, barbaricum bellum te legere memineris; et ab eo quidem scriptum, qui omnem Latini sermonis elegantiam (si quae tamen ea umquam fuit) peregrinae linguae addiscendae primum studio, usu deinde, penitus *obli[t]tera[v]it*; cuique faciendis magis, quam scribendis pro divina gloria arduis rebus per annos plures occupato, rudis incultisque styli vitium facile, uti spero, condonabis.”

Ernst Robert Curtius, op. cit., p. 85.

Martinus Martinius, op. cit., p. 35 “Leaotung enim provincia tota fere mari alluitur, et maritimo itinere duorum tantum dierum a Thiencin emporio distat; cum terra in multo longiorem se tractum exporrigat.

Pompeius Trogus (sub epitome Justino), Historiae Philippicae, II.iv.32. “Post Orithyam Penthesilea regno potita est, cuius Troiano bello inter fortissimos viros, cum auxilium adversos Graecos ferret, magna virtutis documenta extitere.” La traducción es mía.

Ibidem, p. 108-109. “[...] Apud hunc [imperatorem Iunglieum dictum Siniticum] maximus Eunuchus, P’ang Achilleus dictus, Christianus est sacris initiatus, a multo tempore ita Christo serviens, ut nomine ac re semper hactenus se verum Christi cultorem ostenderit; quod ut melius ageret, apud se Patres e nostra Societate habuit: inter quos est R[everendus] P[ater] Andreas Xavier (cuius agnomen propium est Cossler) Austriacus, et R[everendus] P[ater] Michaël Boym Polonus, quorum opera frequentissimi hic ad Christi ovile accesserunt; inter quos, ipsa imperatoris mater, uxor, ac filius, totius imperii heres. Qui Constantinus dictus est, et cui a bonis omnibus adprocandum, ut (favente Deo) alter sit Sinarum Constantinus. Ipsemet imperator a fide Christiana non abhorret, sed hactenus Baptismum distulit: permisit tamen ut regina patrem Michaëlem Boym e nostra Societate legatum, ad praestandam Summo Pontifici obedientiam, ablegaret, ut Europa iampridem inaudiit. Deus Opt[imus] Max[imus] eam illi concedat felicitatem, quae longe lateque in omnes redundet Sinas, ad maiorem Dei gloriam.”

Frederick W. Mote y Denis Teitchett, op. cit., p. 611 y s. s.

Martinus Martinius, op. cit., p. 71.

Ibidem , p. 151-152. “Patres nostri per id tempus, ut famulis suis subvenirent, tyrannum cum evidenti suo adierunt periculo; a quo tamen, stupentibus omnibus, famulorum vitam obtinuerunt. Iam ligati cum reliquis educebantur: unde divisi patres, alter una, alius alia urbis porta egressus est, per quas miserabilis populus educabatur veluti ad macellum; atque ita famulos liberunt; ubi etiam Deo ac religioni praeclara navarunt operam infantes innumeros, militibus concedentibus, sacra Baptismatis aqua abluentes, qui ex carnificum manibus in Caelum evolatori erant; atque ita immanis tyranni crudelitas parvulis illis profuit, ut Herodis Innocentibus: magnum plane Divinae praedestinationis testimonium.

Matth. 2, 13-18.

Günter Barudio, La época del absolutismo y la Ilustración, p. 8-9.

Edward Gibbon, The History of the Decline & Fall of the Roman Empire, c. XIII, p. 286. Gibbon, de hecho, utiliza la palabra Edad Media para referirse a este período en el cual que encontrará una serie de carencias en comparación con Roma.

R. G. Collingwood, Idea de la historia, p. 147.

Cfr. Ibidem, p. 68.

Ibidem, p. 147

Edward Gibbon, op. cit., c. I, p. 1. “In the second century of the Christian era, the empire of Rome comprehended the fairest part of the earth, and the most civilized portion of mankind.”

Ibidem , c. III, p. 62. “These gloomy apprehensions had been already justified by the experience of the Romans. The annals of the emperors exhibit a strong and various picture of human nature, which we should vainly seek among the mixed and doubtful characters of modern history.”

Ibidem, c. III, p. 54; c. VII, p. 158; c. XII, p. 252. Por poner algunos ejemplos.

Ibidem, c. III, p. 54. “Even the characters of Caesar or Augustus were far superior to those of the popular deities. But it was the misfortune of the former to live in an enlightened age, and their actions were too faithfully recorded to admit of such a mixture of fable and mystery as the devotion of the vulgar requires.”

Ibidem , c. III, p. 60. “Titus Antoninus Pius has been justly denominated a second Numa. The same love of religion, justice, and peace, was the distinguishing characteristic of both princes. But the situation of the latter opened a much larger field for the exercise of those virtues. Numa could only prevent a few neighbouring villages from plundering each other’s harvests. Antoninus diffused order and tranquillity over the greatest part of the earth. His reign is marked by the rare advantage of furnishing very few materials for history; which is, indeed, little more than the register of the crimes, follies, and misfortunes of mankind. In private life, he was an amiable as well as a good man. The native simplicity of his virtue was a stranger to vanity or affectation. He enjoyed with moderation the conveniences of his fortune, and the innocent pleasures of society: and the benevolence of his soul displayed itself in a cheerful serenity of temper.”

El concepto imperium, que en un principio se basa en el poderío militar, abarca un concepto mucho más amplio que será interpretado de diferentes maneras. Cfr. Uriel Iglesias, op. cit., p. 42 y s. s.

Titus Livius, Ab urbe condita, I.xix.2 s. s.

<Iulius Capitolinus, Antoninus Pius, II.2 “in cunctis postremo laudabilis et qui merito Numae Pompilio e<x bonorum sententia conparatu<r.”

Edward Gibbon, op. cit., c. XI, p. 236-7. “Aurelian had no sooner secured the person and provinces of Tetricus, than he turned his arms against Zenobia, the celebrated queen of Palmyra and the East. Modern Europe has produced several illustrious women who have sustained with glory the weight of empire; nor is our own age destitute of such distinguished characters. But if we except the doubtful achievements of Semiramis, Zenobia is perhaps the only female whose superior genius broke through the servile indolence imposed on her sex by the climate and manners of Asia. She claimed her descent from the Macedonian kings of Egypt, equalled in beauty her ancestor Cleopatra, and far surpassed that princess in chastity and valour. Zenobia was esteemed the most lovely as well as the most heroic of her sex. She was of a dark complexion (for in speaking of a lady these trifles become important). Her teeth were of a pearly whiteness, and her large black eyes sparkled with uncommon fire, tempered by the most attractive sweetness. Her voice was strong and harmonious. Her manly understanding was strengthened and adorned by study. She was not ignorant of the Latin tongue, but possesed in equal perfection the Greek, the Syriac, and the Egyptian languages. She had drawn up for her own use an epitome of oriental history, and familiarly compared the beauties of Homer and Plato under the tuition of the sublime Longinus.

Cfr. Suidas, Lambda, l. 645. s. v. Λογγ ῖ νος ὁ Κάσσιος . Gran parte de la obra de Longino está perdida, si bien se dice que era un erudito y trató muchos temas (πολυμαθ ὴ ς κα ὶ κριτικ ὸ ς γενόμενος ). De entre las obras que cita Suidas hay varias dedicadas a Homero. Cabe destacar que el “sublime Longino” del cual habla Gibbon, sin lugar a dudas se trata del tratado Sobre lo sublime (Περ ὶ ὑψοῦς ) que fue atribuido durante varios siglos a Longino y que hoy en día se ha desechado esta autoría.

Fergus Millar, El imperio romano y sus pueblos limítrofes, p. 202-3.

<Flavius Volpiscus Syracusius, Divus Aurelianus, XXII.1; XXVII, 3, 6.

Edward Gibbon, op. cit., c. XII, p. 249-50. “The generals and magistrates appointed by Aurelian continued to execute their ordinary functions; and it is observed that a proconsul of Asia was the only considerable person removed from his office in the whole course of the interregnum.

Liv., I.xvii.4. “Timor deinde patres incessit ne civitatem sine imperio, exercitum sine duce, multarum circa civitatium inritatis animis, vis aliqua externa adoriretur.”