UNIVERSIDAD IBEROAMERICANA

“ La perspectiva del viajero extranjero sobre el antiguo paso del norte y la región norteña a mediados del siglo XIX”

TESIS

Que para obtener el grado de

MAESTRO EN HISTORIA

P r e s e n t a

Miguel angel Martinez Rodriguez

Directora: Dra. Jane Dale Lloyd Daley

Lector: Mtro. Gabriel Poot Mejía

Lectora: Mtra. Susana María Delgado Carranco

México, D.F. 2016


Introducción

1. A manera de justificación

Es difícil englobar en una misma mirada la lista de viajeros europeos y estadounidenses que a lo largo del siglo XIX dejaron alguna presencia escrita de su estancia por el antiguo Paso del Norte. Como un rasgo particular, propio de la época, se puede observar -tan solo para dar un ejemplo- una clara separación con los primeros inmigrantes misioneros que buscaban extender los alcances ultramarinos del reino de España bajo el sello distintivo de la asimilación de los nativos y de su concepción religiosa. Las décadas intermedias del siglo XIX en la región norteña, donde se ubica El Paso del Norte, son las de una emergente aparición de intercambios de productos, de una rápida formación de asentamientos poblacionales y de nuevos trazos en el mapa de la región. Los viajeros foráneos en esta etapa son atraídos, principalmente, por las nuevas oportunidades comerciales en auge y por el paso de personas que se comunicaban a través de esta ruta.

El Camino Real de Tierra Adentro, en esta época, era un espacio en proceso de consolidación donde persistía, todavía, la vieja idea acuñada por Alvar Núñez Cabeza de Vaca de tierras que entrañaban grandes riquezas y tesoros por descubrir (inclusive el mítico Aztlán). Alfredo Uranga nos recuerda este hecho de la siguiente manera: "Desde entonces todo el que viajaba al norte del país seguía deslumbrado por las fábulas de Alvar Nuñez Cabeza de Vaca, sobre las siete ciudades de Cibola, el Reino de Quivira, las ciudades de oro, y los ríos de esmeralda que arrastraban pepitas de este material".[1]

El Paso del Norte a lo largo de ese siglo recibe toda clase de visitas, con las más diversas motivaciones de orden geográfico, biológico, geológico, comercial, antropológico, etc. Se realizan campañas militares y expediciones con intereses declaradamente expansionistas o encubiertas bajo misiones de investigación. Se llevan a cabo viajes de aventureros; caravanas con fines comerciales o en busca de abrir nuevos mercados para sus productos. Y no son pocos los viajeros que, como Zebulon M. Pike, a principios del siglo XIX se dedicaban al tráfico de pieles y otras mercancías.

Si bien el paradigma cientificista fue ganando terreno hasta imponerse por completo en el último cuarto del siglo XIX; en todo este periodo el complejo tránsito de visitantes europeos y norteamericanos hace difícil una sola clasificación del género “viajeros”, entre otras cosas, porque es una etapa que combina el pragmatismo con los ideales románticos.

Reintegrar los textos de los viajeros “al sistema comunicativo al que pertenecen”[2] nos lleva a establecer un acercamiento al pasado que se quiere estudiar con la finalidad de entender el contexto desde el cual hablan los viajeros.[3]

En el entendido de que cada época plantea sus propias interrogantes y pretensiones, lo que se intenta en la tesis es no caer ingenuamente en la ilusión de interpretar los textos de viaje a la luz de los criterios y normas actuales.

La actitud del que investiga entornos pasados debe ser, en ese sentido, semejante a lo que experimenta el viajero al encontrarse en países o lugares ajenos al de él; con costumbres y paisajes diferentes a los suyos. Es ante todo, asumir una actitud de asombro ante un mundo que no es el propio. No podría, en este caso, haber mayor coincidencia en la parábola del historiador como viajero dado el tema de la tesis.

2. Objetivos generales y secundarios

El interés principal de la tesis es, en primer lugar, identificar la clase de discurso(s) que es (son) construido(s) por los viajeros del siglo XIX sobre la región denominada El Paso del Norte.

En segundo término, remitir el sentido de las palabras y representaciones visuales de los viajeros al contexto histórico-cultural al que pertenecen, para de esa manera, analizar los relatos de viaje a partir de lo que Hayden White llama estructuras de trama o narrativas históricas sujetas a interpretación.

Con base en esos objetivos se busca realizar una aproximación a las imágenes que de El Paso del Norte y su región hicieron algunos viajeros extranjeros a mediados del siglo XIX; centrándose en el concepto de representaciones, se pretende identificar éstas en tres grandes áreas que, además, constituyen el eje conductor del trabajo de tesis:

a) En el espacio geográfico y el paisaje de El Paso del Norte y la región en la que ésta se ubica.

b) En las representaciones de tipo social contenidas en las lecturas de los viajeros seleccionados.

c) En las representaciones simbólicas más generales que se elaboraron sobre El Paso del Norte y de la región en la que se ubica.

Ambos objetivos constituyen un único esfuerzo por analizar los escritos de viaje en un momento del siglo XIX altamente turbulento para esta región. Es, además, el periodo en que encontramos mayor cantidad de relatos sobre esta región.

La cantidad de viajeros y su procedencia es representativa en parte. Si bien, no hubo en ningún momento la intencionalidad de que así fuera, algunas las crónicas mejor logradas sobre la región de El Paso del Norte y sus cercanías fueron hechas por los viajeros aquí analizados.

Nuestro objeto de estudio son las observaciones hechas por los viajeros. Las anotaciones que nos llegan en forma de descripciones de sus viajes. En este trabajo se intenta reconstruir el contexto histórico de dichas descripciones con el fin de tener mayores posibilidades de entender las imágenes que se crean de El Paso del Norte y de la región que la rodea, expresadas a través de sus escritos. Es decir, responder a la pregunta de ¿cuál es la idea que se forma el viajero sobre esta región identificada por medio de sus descripciones?

De fondo, lo que está presente en el cuestionamiento es ¿Qué perspectiva tuvieron de esta región los viajeros norteamericanos y europeos del siglo XIX que la visitaron y dejaron testimonio de ello? ¿Cómo se formaron dicha perspectiva? ¿Por qué la describen de la manera que lo hacen? ¿Qué elementos culturales influyen en sus narraciones?

Llegados a este punto, cabe señalar que nuestro trabajo no se reduce únicamente, como se podría concluir por lo hasta ahora expuesto, a situar las fuentes en su contexto original (tarea por lo demás compleja). Esa labor es necesaria e incluso indispensable para comprender correctamente las descripciones de la etapa que se quiere estudiar. Si bien constituye parte del objetivo central de la tesis, es también un punto de apoyo para caracterizar al propio viajero y para recrear la misma región de El Paso del Norte en el periodo analizado.

¿Por qué no aceptar como definitivas las descripciones tal y como las presentan los viajeros? Precisamente, porque se caería en una miopía histórica, dado que se estaría dejando de lado el hecho de que sus observaciones corresponden a una determinada configuración histórica y cultural.

A la par del objetivo central hay varias preocupaciones secundarias que se trataron de desahogar a lo largo de la investigación:

Sobre el Viajero: identificar qué tipo de viajero recorre la ciudad para estas fechas del siglo XIX, qué características podemos encontrar en él, cómo podemos distinguirlo con respecto a los viajeros anteriores o posteriores, etc.

Puesto que el proyecto de tesis se centra en el género de la escritura de viaje, se intenta contribuir desde el actual trabajo en la recopilación y análisis de los textos de viajes que describen la región.

Sobre El Paso del Norte: se intenta, igualmente, presentar una aproximación del panorama que los viajeros refieren tanto de la región como de sus habitantes. Contribuyendo a rellenar, en parte, el hueco en el registro histórico prevaleciente en muchos aspectos de nuestro pasado regional vía las descripciones de los viajeros extranjeros, recurso mediana o escasamente utilizado por los historiadores locales y completamente desaprovechados en otras áreas de las ciencias sociales.

3. Hipótesis de trabajo

Dentro de lo observado hasta este momento de la investigación se pueden puntualizar algunos aspectos que, de acuerdo a la bibliografía hasta ahora analizada, nos parecen los más idóneos para abordar el tema de las descripciones de viaje en nuestra región.

· Las descripciones que se hacen de Paso del Norte corresponden a percepciones que el viajero se forma mucho antes de llegar a estas tierras, con base en la información de que dispone, a las noticias que le llegan y a la “imaginería” que circula en sus lugares de origen y en los países que recorre. Y es, en gran medida, mediante esa construcción que el viajero observa y describe los lugares que visita.

· La expansión de la actividad comercial y económica en general, la expansión de la zona, las rutas que unían el antiguo norte de México (lo que hoy es el suroeste estadounidense y el actual norte mexicano), el nuevo trazado fronterizo entre estos países y algunos otros factores que se dan en el contexto de la mitad del siglo XIX, inciden para atraer un mayor número de visitantes extranjeros a esta región, construyendo así una narrativa del lugar, representativa de las relaciones y de las ideas prevalecientes en la época.

· Las circunstancias del viaje van a influir en la escritura y el tipo de narrativa. Los viajeros mayormente inspirados por un objetivo científico o de conocimiento, se van a distinguir de aquellos atraídos, fundamentalmente, por el interés comercial o económico que pueda representar la zona. Así como de aquellos que llegaron al lugar más bien como consecuencia del interés expansionista estadounidense. No es muy clara la distinción hasta el momento, pero ello supondría a su vez una diferencia entre los relatos de los viajeros europeos y estadounidenses, en términos generales.

· El tono que caracteriza las narraciones de los viajeros durante el período analizado está relacionado con el desarrollo de ciertas disciplinas como la historia natural, la geología o la geografía (incluso la antropología natural), siguiendo la línea evolutiva hasta los planteamientos y explicaciones de carácter histórico y social. A partir de allí el tamiz social del viajero de la época construirá una narrativa entre progreso y atraso, entre nuevo (moderno) y antiguo, entre educados e incultos, entre adultez e inmadurez.

4. Fuentes consultadas

El trabajo se concentrara fundamentalmente en los relatos de un número corto de viajeros detallados más abajo. Se decidió enfocarse en estos viajeros por la mayor cantidad de información que se tiene sobre ellos, el tipo y el año del recorrido, cierta representatividad en cuanto a las nacionalidades, las actividades y características profesionales de cada uno y la extensión y tipo de información que encontramos en sus relatos.

Sin embargo, dado el gran número de narraciones que aparecen a mediados del XIX y la cantidad y calidad de información que se puede encontrar en ellos, se hará uso también de otros textos de viajes (igualmente diarios o alguna otra forma de relato) que complementen o sean de utilidad para la tesis.

Se trabajará la tesis con fuentes de primera y segunda mano. Dando preferencia a los diarios que los propios viajeros elaboraron. Varios de los textos son revisados en su idioma original (en el caso de los escritos en habla inglesa) porque fue más accesible llegar a ellos de esa manera o, en otros casos, por no estar traducidos al español.

Los relatos de los viajeros principales de la tesis fueron retomados en los últimos años en forma de recopilación por algunos de los investigadores de la región, por lo que las traducciones y los comentarios elaborados por estos mismos son de gran utilidad para el presente trabajo de tesis.

1) Philippe Rondé (1815-1883) pintor y grabador francés, inicia su recorrido por México por Tamaulipas viniendo de Estados Unidos. Después de cruzar por Coahuila entra en mayo de 1849 al estado de Chihuahua donde se desarrolla su obra titulada “Voyage dans l´etat de Chihuahua”, publicado en la revista Le tour du Monde en 1867.

2) Julius Froebel (1818-1893) fue otro viajero de origen alemán, con conocimientos geográficos y topográficos, que se interesó en registrar no sólo la naturaleza de la región, sino, además, como era com ún entre los viajeros de su tiempo, la productividad de las actividades económicas ligadas a la función pública y a las características de su gente. Su escrito titulado “Siete años de viaje en Centroamérica, norte de México y lejano oeste de Estados Unidos” narra estas situaciones.

Por los datos que de él se conocen, lo menos que se puede decir es que contaba con un carácter inquieto. Como parte de una compañía naviera realizó recorridos desde el norte de los Estados Unidos (Nueva York) hasta los países de Centroamérica. Desde la misma Nueva York realizó uno de esos recorridos inagotables que lo trajo hasta el norte de nuestro país.

3) George Ruxton (1821-1848) muy alejado de los comentarios más serenos e inocentes de Susan Magoffin, Ruxton, miembro de la Real Sociedad Geográfica y de la etnológica, fue un duro crítico de las prácticas y tradiciones locales. Su libro fue escrito los días previos y durante la invasión norteamericana, por lo tanto, constituye un testimonio importante, aunque algo exagerado, del ambiente y de la visión con que se veía a México desde el extranjero. Su texto llamado “Aventuras en México” narra la travesía de este inglés desde su llegada al puerto de Veracruz, después se dirigió a la capital del país, a Aguascalientes, Zacatecas, Durango, Chihuahua, y Nuevo México. En su prosa, prácticamente, no encontramos ningún atributo positivo del mexicano:

“Si los mexicanos poseen una sola virtud, y espero que así sea, deben tenerla guardada en algún secreto rincón de su sarape y ésta debe haber escapado a mi humilde apreciación, aunque viaje por ese país con los ojos bien abiertos y una disposición lista y bien despierta. Espero que, por su propio bien sacará rápidamente de su escondrijo solitario, la luz de esta virtud disimulada, si no, dentro de muy poco tiempo será absorbida por la potente flama que el anglosajón parece estar dispuesto a esparcir sobre el oscuro México”.[4]

4) John Russell Bartlett (1805-1886) fue un hombre de negocios, escritor y artista que además de desempeñar a lo largo de su vida distintas actividades privadas y públicas, tuvo la oportunidad de cultivar el gusto por la historia, la geografía y los libros. Algunos datos de su biografía nos ayudan a comprender mejor su lectura sobre Paso del Norte y otras comunidades de la región que describe en su diario. John Russell Bartlett nació el 23 de octubre de 1805 en Providence, Rhode Island y al poco tiempo su familia se mudó a Kingston (Ontario), Canadá. La poca educación que recibió en su temprana edad le dejó, no obstante, el aprecio por los libros y la escritura. Trabaja indistintamente en los negocios de su tío y de su padre en Providence y en Canadá, respectivamente, y luego de unos años, en 1831, trabaja como empleado de bancos. Ese mismo año se casa. Durante todo este tiempo no deja de lado su interés intelectual: participa en la fundación del ateneo literario de su ciudad natal. En Nueva York participa en otras actividades comerciales pero al poco tiempo retoma su romance con los libros. Abre la Bartlett and Welford, una librería y editora en donde entra en contacto con el círculo culto y aristócrata de esa ciudad. Antes de ser nombrado jefe de la comisión estadounidense para establecer los límites fronterizos con México a mediados de 1850, Bartlett fue un miembro importante de la Franklin Society, de la Royal Society of Antiquarians, la American Geographical Society, la American Oriental Society, de varias sociedades más dedicadas a los estudios históricos como la New York Historical Society y fue cofundador en 1842 de la American Ethnological Society. Con Albert Gallatin, quien había sido secretario del tesoro estadounidense, colabora en la publicación del libro Peace with Mexico. Apoya el trabajo de otros académicos dedicados al estudio de la arqueología maya en México y Centroamérica, lo que, a final de cuentas, lo acercaría a ciertos temas de la región. En 1847 publica su primer libro: Progress of Ethnology, y un año después sale a la luz el primer tomo de su Diccionario de Americanismos, publicación de muy buena reputación y ampliamente difundida dentro y fuera de los Estados Unidos. En 1849 publica otro libro más derivado de su amistad con Gallatin. Ese mismo año regresa a Providence tratando de solucionar problemas económicos derivados de la crisis económica que un año antes había hecho quebrar su negocio. De Providence tiene que partir a Washington en donde gracias a sus relaciones con el partido político que recién había obtenido la presidencia de su país (Whig Party). De acuerdo al Dr. Odie Faulk, del Arizona pioneers’ Historical Society, Bartlett buscaba en ese momento el consulado estadounidense en Dinamarca por su interés en viajar y conocer lugares distantes. Ese puesto no le fue dado, sin embargo, es entonces que le ofrecen la tarea de fungir como jefe de la comisión estadounidense para establecer los nuevos límites fronterizos entre ese país y México.

5) Josiah Gregg (1806-1850) de él dice Ángela Moyano que junto a Zabulon M. Pike escribieron las grandes crónicas del noroeste mexicano antes de la guerra de 1846. No sólo escribió del auge comercial - continúa la historiadora -que se venía para la zona, sino que participó directamente de esa apertura. Su texto analizado aquí constituye un verdadero compendio de historia, sociología, geografía, antropología, botánica y zoología de la región comprendida entre Missouri y Nuevo México y en donde los datos recopilados en él podrían sustentar una historia económica de los estados de Chihuahua, Durango y Zacatecas.[5]

Su frágil salud le permitió dedicarse por muy poco tiempo a la enseñanza, la medicina y al derecho. Fue entonces que decidió seguir los pasos de sus hermanos mayores uniéndose a las caravanas que transportaban productos en el Camino a Santa Fe y de allí al Camino Real rumbo a los estados de Chihuahua, Durango y Zacatecas.

De 1831 a 1840 se embarcó en esa empresa, realizando en total seis viajes en lo que llamaba las llanuras. En su último recorrido, para dar una idea de la dimensión del viaje, se menciona que transportó 28 vagones, 47 hombres, 200 mulas y 300 ovejas y cabras. Hombre de amplios y profundos conocimientos e idiomas, dedicó su obra a aquellos aventureros de las praderas detallando punto por punto los requerimientos y necesidades del viaje. Ángela Moyano menciona como un rasgo de su fidelidad a los acontecimientos, el rechazo que hizo a una prestigiada editorial neoyorquina que intentaba adornar sus relatos con “detalles e historias para romantizar el oeste”.[6]

En 1846, durante la guerra, Gregg se ofrece como guía y traductor de los oficiales estadounidenses John Wool y Alexander Doniphan. Hay que mencionar, también, que en más de una ocasión Gregg tuvo muestras de respeto hacia los grupos de indígenas que poblaban este territorio. Casi al final de su vida realiza estudios formales de medicina en una universidad de Kentucky y por azares de la vida llega a ejercer esta profesión por breve tiempo en Saltillo, Coahuila. Sin embargo, su sentido explorador lo lleva, finalmente, a California donde poco tiempo después fallecerá producto de un accidente.

6) Carl Lumholtz (1851-1922) este etnógrafo noruego es retomado en la tesis porque representa el cierra de una manera explorar las regiones del mundo y encarar el interés por los asuntos de la naturaleza, tal y como lo habían venido haciendo los viajeros naturalistas. Lumholtz es parte ya de cómo las investigaciones etnográficas y antropológicas progresan a finales del siglo XIX y principios del siglo XX. El investigador se encuentra también en un entorno bastante cambiado al que había unas décadas atrás, cuando predominaba un sentido de aventura por lo desconocido. De hecho, tiene que remitirse a algunas de las partes más complicadas de la orografía regional (la sierra tarahumara) para convivir con los grupos indígenas que habían sido capaces de sobrevivir al acecho de la llamada pacificación de la región.

Esta situación es también parte de lo que distingue su trabajo. Mientras que el propósito de los demás viajeros extranjeros del XIX está puesto en conocer y explorar la región con otros fines, observando a los indígenas exclusivamente como parte del paisaje y, se podría decir, hasta como obstáculo para el progreso. Lumholtz viene, en esos primeros años de sus expediciones, específicamente a indagar sobre las costumbres de los pobladores indígenas del noroeste mexicano.

Es lo que, en otros términos, Tzvetan Todorov concluye en su libro sobre la conquista de América, al decir que Colón y los españoles descubrieron América pero no descubrieron a los americanos; es decir, que no se interesaron por su cultura puesto que ni siquiera eran considerados como iguales.

5. Marco referencial

Los elementos que sirven de guían se articulan de la siguiente manera:

La cultura de la que participa el viajero le proporciona a éste las herramientas conceptuales con las cuales va formando su visión (representación) del mundo. Le enseña dónde ver, qué ver, cómo ver y a interpretar lo que está viendo. Y lo hace, básicamente, a través de los discursos heredados y concepciones dominantes que se convierten en un intrincado conjunto de puntos referenciales que van perfilando su mirada.

Humberto Eco nos proporciona el siguiente ejemplo:

“Ante el fenómeno desconocido, a menudo se reacciona por aproximación: se busca ese recorte de contenido, ya presente en nuestra enciclopedia, que de alguna manera consiga dar razón del hecho nuevo. Un ejemplo clásico de este procedimiento lo encontramos en Marco Polo, que en Java ve (lo comprendemos nosotros ahora) unos rinocerontes. Se trata de animales que no ha visto jamás, pero, por analogía con otros animales conocidos, distingue el cuerpo, las cuatro patas y el cuerno. Como su cultura ponía a su disposición la noción de unicornio, precisamente como cuadrúpedo con un cuerno en el hocico, Marco Polo designa a esos animales como unicornios. Luego, puesto que es un cronista honrado y minucioso, se apresura a decirnos que, sin embargo, esos unicornios son bastante extraños,...” [7]

El discurso occidental sobre los demás pueblos y lugares lleva implícito, desde la narrativa colonial, un sustrato de poder y conocimiento que ubica a lo no originalmente occidental en el plano de lo naturalmente distinto y en un nivel de inferioridad. Este proceso adquiere, en el tiempo que les tocó a los viajeros que aquí se analizan (es decir, la segunda mitad del siglo XIX), una tonalidad específica, que se resume en determinados tipos de miradas (que representan a su vez los discursos hegemónicos): la mirada comercial, la científica, la imperialista (o neocolonialista) y la retórica de la alteridad; reunidas bajo el paradigma de la modernidad.

Reglas operativas de la fabricación del Otro: Si la mirada del viajero está inspirada por el discurso construido en un determinado periodo, cabe preguntarse entonces ¿cuál es ese discurso, en qué consiste? Para luego preguntarnos como lo hace François Hartog en El espejo de Heródoto: ¿cómo opera esta dinámica en los hechos? ¿Cuáles son las reglas operativas de la fabricación del otro de acuerdo a la retórica de la alteridad? [8]

El viajero al hablar sobre los sitios que visita ya sea sobre el paisaje, las edificaciones o las costumbres de los lugareños, establece sus observaciones a partir de lo que conoce; lo que, de forma socializada ha hecho que reconozca como elementos objetivos de una realidad. Los códigos representacionales entendidos y reproducidos a través del habla, de las imágenes, los signos, etc. tienen coherencia porque forman parte de un marco referencial y ese marco temporal y espacial es el que posibilita la salida explicativa delineando la mirada del viajero.

Un componente del discurso al que recurría el viajero del siglo XIX corresponde al carácter paradigmático en el ámbito de la experiencia, el conocimiento y la narración: “Viajar no era en principio una actividad física: era una estrategia epistemológica, una manera de conocer”. [9] Ya sea en la crónica, el diario o el reportaje, la experiencia narrativa de la escritura de viaje conlleva una propuesta tanto de aprendizaje (experiencia cognitiva) como de codificación y ordenamiento. Por ello en otros momentos nos hemos referido a ello como la conformación del ordenamiento perceptual del viajero, es decir, que la observación es un ejercicio de clasificación, de ordenación, de conformación de sentidos.

En algo que llega a ser más que una simple alegoría Paulo Rouanet menciona que “el homo viator está en el origen del homo sapiens”, no sólo por la característica que acompaña al hombre de “todos los tiempos” a moverse de un espacio a otro (por necesidad o curiosidad), sino también porque cada uno de estos pasos deriva en una acumulación de experiencias. [10]

Varios autores han señalado el paralelismo que hay entre las observaciones del viajero y el ejercicio semiótico como tal, puesto que en ambos casos se trabaja entendiendo los códigos o claves culturales de la sociedad. El capital cultural del viajero puede ser visto, en este caso, como la capacidad que adquiere éste para manejarse de acuerdo a las reglas o normas sociales; o como menciona la Dra. Isabel Jiménez, sobre un texto del sociólogo francés Pierre Bourdieu: los capitales (cultural, económico, etc.) le otorgan a las personas el pasaporte en el mundo social.[11]

Su lector implícito, lector original (o empírico de acuerdo a Umberto Eco) al que va dirigido el texto mantiene constantemente una demanda que actúa como una exigencia social que moldea la propia escritura de viaje. El viajero se convierte, por tanto, en “autor modelo” [12] al hacer suyos esos reclamos tanto del género de la literatura de viaje, como de los demás factores (políticos, económicos, ideológicos, etc.) que inciden con mayor o menor fuerza en el contexto en el que se crea la obra. Texto y contexto establecen una cadena de reciprocidades interactuando para complementar la unidad de la obra. Tanto el texto está inmerso en el contexto o contextos en que se analiza, como el contexto está implícito en la obra.

Aun cuando el viajero no tenga todas las respuestas al mundo que se le abre ante sus ojos, eso lo reemplaza mediante la imaginación y los recursos que encuentra en su marco interpretativo: “Lo que no encuentra o alcanza a leer a través de su propia racionalidad, lo puede reemplaza con estereotipos, negaciones, silencios o en la mayoría de las veces, explicaciones imaginarias”.[13]

Contextos, temporalidad(es) y conocimiento: De pistas y huellas está hecho el conocimiento. Imposible entender el suelo en que estamos parados hoy en días y los pasos que se vayan a dar más adelante, sin tener en cuenta el camino recorrido hasta este momento.

La historia, por su parte, trabaja con vestigios del pasado, hilando y reescribiendo constantemente los sucesos a partir de las últimas interrogantes. Haciendo una y otra vez la historia actual del pasado.

El concepto de historia que aquí se maneja está muy lejos de las ideas teleológicas que han podido sobrevivir hasta nuestros días. Se retoma pues la propuesta de ver a la historia más como una hipótesis que como algo acabado, único y definitivo.

Alfonso de Toro, autor contemporáneo que ha escrito sobre varios tópicos relacionados con la teoría literaria, de la cultura y la semiótica. Siguiendo a Michel Foucault menciona cómo el filósofo francés analiza, en una de sus obras, las bases epistemológicas de diferentes épocas y ciertas rupturas o discontinuidades que podemos derivar de ellas. Se dejan ver así, los cambios que se producen entre los siglos XVI y XVII con respecto al pensamiento medieval y las posteriores transformaciones ocurridas entre el XVIII y XIX. Más precisamente, Foucault fija estas discontinuidades en la episteme de la cultura occidental a mediados del siglo XVII y principios del XIX sucesivamente. Señala que los códigos fundamentales de la cultura: la lengua, los esquemas perceptivos, las técnicas, los valores, la jerarquía de las prácticas y sus interpretaciones, van a sufrir mutaciones significativas. [14]

Estos cambios, señala siguiendo a Foucault, suceden a nivel de las estructuras sígnicas de cada época y podemos rastrearlos como fenómenos semiótico-epistemológicos.

En el texto de Foucault se plantean las siguientes preguntas: ¿Cómo es posible que el pensamiento tenga un lugar en el espacio del mundo, que tenga algo así como un origen y que no deje, aquí y allá, de empezar siempre de nuevo?”

La respuesta está quizá, como él mismo dice, en la relación del pensamiento y la cultura. En lo que arqueológicamente puede formularse observando que “en cada etapa histórica sólo puede pensarse lo que puede ser pensado”[15]

Decir que el trabajo de tesis se ubica en las décadas intermedias del siglo XIX quiere decir que retoma eventos y escritos en donde existen trazos diacrónicos que no pueden ser obviados. “todo límite no es quizá sino un corte arbitrario en un conjunto indefinidamente móvil” Pero al periodizar ¿Se tiene acaso el derecho de establecer, en dos puntos del tiempo, rupturas simétricas a fin de hacer aparecer entre ellas un sistema continuo y unitario?”.[16]

Poco antes de que cobrara importancia el análisis narrativo en el conjunto de las ciencias sociales con la teoría del acto discursivo, la narratología de Barthes, la estética de la recepción alemana y demás propuestas que seguían un rumbo, más o menos parecido, autores como el mismo Roland Barthes, Michel Foucault, Lacan y (posteriormente) Jacques Derrida entre otros, consideraban que el estudio del lenguaje era esencial para entender cualquier planteamiento intelectual. A partir de ello cada trabajo literario era entendido y escrito a través de las expresiones de sentido cultural que ellas representaban.

Los teóricos del postestructuralismo (a los ya mencionados se les unirían otros como Gilles Deleuze, Félix Guattari y Julia Kristeva) remarcaron el giro hacia los estudios culturales, sobre todo, después de la llamada “crisis de las ciencias sociales” en donde, precisamente, el giro lingüístico cobró aún más relevancia. Algunos de los puntos en donde centraron más su atención los postestructuralistas recaen en el análisis intertextual; la deconstrucción del discurso, el poder visto en sus más variadas formas, etc. El estudio de la narrativa de viaje entra en esta perspectiva, fundamentalmente, vía la historia cultural y los estudios literarios.

La influencia de la cultura y del discurso heredado le indica al viajero en qué aspectos debe fijar su atención, le dan las pautas generales que le guiarán sobre qué ver y cómo hacerlo.

El símil que se hace sobre el bagaje cultural que lleva consigo (“equipaje mental” en términos de Elsrud) es válido porque la cultura en la que se formó el viajero decimonónico lo equipa con algo más que algunas de las posesiones personales o de sus provisiones de viaje. Carga con nociones preconcebidas que van a orientar su visión de las cosas. El término de lo presabido que maneja Ottmar Etter se aplica, en este caso, tanto a las prácticas comunes, como a las tradiciones culturales e intelectuales del viajero y a los discursos preestablecidos sobre el otro. “Lo visto -señala- se une con lo oído y lo leído; lo no sabido, con lo presabido o con saberes accesibles; el ojo y el oído se entrelazan con el fin de eliminar del mapa definitivo los vacíos de lo desconocido”. [17]

En el excelente y muy revelador trabajo de tesis de Patricia Johnson (Unpacking the bags) se menciona lo siguiente (de acuerdo a lo expuesto por otro autor: Ning Wang) refiriéndose a los viajeros:

“Algunas personas pueden ver lo que otras no porque las imágenes se nos presentan como representaciones mentales que operan para prefigurar la manera en que los viajeros ven los lugares. Por eso, el viajero acomoda su mirada conduciéndose como alguien que sabe dónde, por qué y cómo mirar”. [18]

Para que ello funcione tiene que haber -como dice Todorov- un sentido de etnocentrismo que permita percibir todo lo demás, todo lo otro, a través de los valores particulares. El universalismo científico del siglo XVIII y XIX dio a los viajeros modernos el enfoque central desde el cual elaboraron sus narraciones. Los relatos occidentales que se llevaron a cabo en los más remotos lugares se hacían, por lo tanto, mirando su propio centro.

Juan Jacobo Rousseau criticaba en su tiempo este hecho:

“Tras trescientos o cuatrocientos años durante los cuales los habitantes de Europa han inundado las otras partes del mundo y publicado sin cesar nuevos libros de viajes y relatos, estoy convencido de que los únicos hombres a los que conocemos son a los europeos”. [19]

No se entendería plenamente el enfoque etnocéntrico sino se tiene en cuenta la naturaleza hegemónica y de poder en que descasa el discurso del viajero. La narrativa de viaje se presenta desde un primer momento como una voz autorizada para nombrar y clasificar conforme a su perspectiva que, como el hombre del Renacimiento, la convierte en la medida de todas las cosas.

Mary Louise Pratt introduce el concepto de “Viewing Plataform” para señalar las posiciones sociopolíticas y socioculturales que se asumen para ver o escribir sobre el mundo. Esta plataforma que tiene una dimensión espacial y temporal, provee un sentido de distancia imaginativa entre los observadores y el mundo de los otros.

En este sentido ésta es tomada como el lugar social y cultural desde donde se mira, se interpretan y reconstruyen escenarios.

Menciona esta autora que estas “plataformas” son posiciones orientadas tanto social como culturalmente de las cuales los viajeros adquieren la visión que va a quedar expresada, finalmente, al momento de presentarlos en forma de diarios. Pratt sostiene que el viajero al formar su mirada de esta manera, lo hace como reflejo del bagaje de experiencias de que dispone, así como del género o subgénero (literatura de viaje) al que representa, esto es, las pautas o protocolos que le demandan una manera de hacer las cosas.

Se construye así un andamiaje metafórico que es hecho sobre el otro por los discursos fabricados, en gran medida, por las tradiciones que han formado al viajero.

La autora señala que dicha plataforma está relacionada directamente con la mirada victoriana que estableció diversas pautas de comportamiento y dejó cierto cánon que posteriormente se fue modificando.

El tropo de la cultura occidental provee un marco de referencia en donde se dibujan y organizan las visiones colectivas e individuales sobre el mundo. Sobre las ideas acerca de los lugares, personas, ambientes, el arte, la moda, etc.

Dentro de las líneas de investigación que, en este sentido, han abierto camino para nuevos planteamientos no se puede dejar de mencionar los trabajos seminales de Edward Said sobre el orientalismo que estaban especialmente orientados a entender cómo el Otro, en ese caso Oriente, fue producido por el discurso de Occidente. Said identifica el Orientalismo como un metadiscurso en donde el oriente es una idea (constructo) que tiene una historia y una tradición de pensamiento, imaginación y vocabulario que le ha dado realidad y presencia en y para Occidente.

Said encuentra que las representaciones occidentales del Este emanan de una posición privilegiada que juzga, clasifica y categoriza al Otro oriental a validar la superioridad de Occidente.

El orientalismo como discurso de poder que opera para proporcionar a los occidentales autoridad, forma parte de la experiencia que se fue gestando durante varios siglos no solamente hacia esa parte del mundo, sino también hacia otras latitudes en las que, igualmente, se fue conformando una manera de ver y de hablar de esos Otros.

Finalmente, hay que mencionar como parte de las líneas fundamentales de la investigación una base de propuestas sobre la narrativa y las representaciones simbólicas de autores como Hayden White y Peter Burke entre otros, recogidas en el capítulo cuatro de esta tesis.





CAPÍTULO PRIMERO

EL VIAJE Y LOS VIAJEROS

(CARACTERÍSTICAS GENERALES DE LOS TEXTOS DE VIAJE)

Páginas atrás se hizo mención de algunos de los propósitos que formaban parte del itinerario del viaje. No es necesario decir que estos fueron cambiando conforme a las regiones visitadas o a las exigencias de los tiempos. Los viajes hacia Asia menor o el continente africano que narran los imperios y civilizaciones del Mundo Antiguo (sin hablar aquí de las culturas milenaristas) se diferencian de aquellos de los viajes medievalistas hacia el Este o las regiones nórdicas (sagas islandesas y célticas en el norte de Europa).[20] Asimismo, los viajes que comienzan a hacerse en la Alta Edad Media e inicios del Renacimiento van transformando la visión escolástica (relato bíblico) que tenían los navegantes y expedicionarios de ese tiempo, empezando a construir una nueva conciencia a través de la dimensión geográfica que se les abría. Desde mediados del siglo XVI los pioneros, colonos, tramperos, soldados y misioneros recorren el llamado Nuevo Mundo, lo hacen por diversos fines personales a la vez que se insertan dentro de una empresa mayor que tiene que ver con la conquista imperial y la elaboración de una historia-mundo. El concepto de “colonización de las mentalidades” que se manejaba en cierta historiografía de la conquista, no sólo es útil para indicar los intentos de europeizar el pensamiento del americano. Nos sirve, también, para plantear cómo se van agregando elementos de carácter simbólico (representación simbólica) desde los primeros contactos entre las dos civilizaciones.

El Grand Tour europeo ya prefigura la presencia de la nueva aristocracia burguesa. Éste que era un instrumento educativo de la clase alta británica, se desarrolló desde mediados del siglo XVII hasta poco antes de la etapa victoriana en el siglo XIX.

Posteriormente, cuando el cánon de la modernidad se consolida a través de procesos diversos como la Reforma religiosa, la industrialización, el avance científico y técnico (lo cual mejoró el transporte ultramarino), la secularización de las prácticas sociales, el triunfo de la razón sobre el modelo teológico, el establecimiento del Estado moderno y la administración pública, etc. Se diversifica, también, la experiencia de viajar. Es primordialmente el comerciante, el naturalista, el diplomático, el militar, el ingeniero, el aventurero, el aristócrata, el novelista, el pintor, el periodista, el médico y el turista los que se ven llamados a viajar.

Es cuando el científico o el estudioso de diversas áreas realiza estudios de botánica, geología, geografía, historia, antropología, etnohistoria, ensayos políticos, estudios demográficos, estadísticas económicas, guías turísticas, descripciones gráficas y escritas del paisaje, etc.[21] Todos elaborados bajo esa línea no precisa que está entre las impresiones personales, autobiográficas y la información detallada.

Soledad Arbeláez señala al respecto de la polisemia del texto de viaje, que éste se llega a convertir en “muchos libros dentro uno”, una mixtura de diferentes tipos de géneros en uno.[22]

Inmediatamente después de la independencia, el país se hace atractivo para las economías más agresivas del momento: países de Europa occidental y Estados Unidos. Pero también despierta la curiosidad de muchos de sus habitantes. Se abre una etapa de redescubrimiento en donde México y otros países del sur del continente quedan expuestos a la vista y escrutinio de las nuevas potencias que representan el progreso y la ciencia. Lo que ven les sorprende: un país con una naturaleza prodigiosa y variada, paisajes hermosos y recursos inagotables. Humboldt es el arquetipo del viajero que presenta esa perspectiva vinculada con el Romanticismo, muchos de sus predecesores, ya en el México independiente, seguirán sus pasos. La mirada de esos viajeros es una mezcla de asombro y oportunidad. Si bien quedan admirados por muchos de los lugares que visitan (de la geografía norteña se ocupará más adelante) se sorprenden del mal uso de sus recursos, lo poco aprovechado de sus campos, lo rudimentario de sus técnicas. Esto lo atribuyen tanto a la herencia de las instituciones españolas que les parecían rezagadas, como al propio habitante del que destaca su desinterés por hacer las cosas.

Se trataba de esfuerzos que intentaban abarcar lo más posible los espacios interiores de los continentes (inland), ese era el reto de la exploración en el siglo XIX.[23] Un reto que los enfrentaba ante sus propias creaciones culturales:

“The eighteenth and nineteenth century gave birth to a new incarnation of expeditionaries, to natural philosopher and scientists who organized expeditions for the discovery of the unknown and, more surprising, to tourists-common, ordinary people of a new industrial mass who went on expeditions seeking the foreign and pre-modern”.[24]

El periodo de fascinación (de la naturaleza) y redención (del habitante) que se acaba de mencionar, correspondería a los años que van de 1820 a 1867, a ese primer momento le seguiría otro en donde los viajeros se encuentran con un México en pleno proceso de industrialización. Sin descartar que estos elementos impriman en el viajero otro tipo de imagen del país, lo mismo que las características particulares de cada región; hay que decir que muchos de los patrones mencionados continuaron reproduciéndose hasta bien entrado el siglo XX.

1. Valor histórico de la literatura de viaje

La literatura de viaje tiene características particulares que la hacen un género narrativo singular dentro del ámbito de las fuentes histórica y literaria. Su carácter híbrido entre la ficción y el hecho concreto le otorgan diferentes posibilidades de uso que tanto el científico como el literato o el gran público pueden circular por ella sin ninguna dificultad. La popularización de este género en los siglos XVIII y XIX permitió, principalmente, a los viajeros y habitantes de los países europeos, conocer lugares distantes a los suyos, de naturaleza entendida como exuberante y prácticas sociales que no dejaban de causar extrañeza comparadas con sus propias costumbres.

Los relatos también estimulaban la imaginación del grueso del público europeo o estadounidense al que iban dirigidos; a través de historias casi fabulosas, muy cercanas al género de aventuras que tuvo gran éxito durante el siglo XIX.

Su atractivo entre la población de esos países se extendió de tal manera durante estos años que, como señala Ottmar Ette: “los relatos de viaje ejercen sobre los diferentes grupos sociales tal fascinación que se pueden convertir rápidamente en animados temas de conversación diaria”.[25]

Lejos de que la multiplicidad de discursos y tipos de textos que existen en su interior (el diario, la estadística, el material gráfico y cartográfico, el tratado político, la narrativa literaria, el ensayo filosófico, el comentario científico, la leyenda, la autobiografía, el tratado geográfico, el estudio de campo etnográfico)[26] le resten posibilidades al relato de viaje, sucede exactamente lo contrario. La moderna literatura de viaje, aquella que surge con énfasis exploratorio y analítico durante la etapa de la Ilustración, por más intentos que hizo por darle un carácter de veracidad a los relatos de viaje, como narratio vera,[27] no logra deshacerse de todos los aspectos que encierra la forma narrativa y mucho menos de su trasfondo ideológico.[28]

La separación entre información “apegada a la realidad” y la que corre libremente a través de las creencias, los mitos y demás; más allá de que puedan ser entendidas como una distinción producto de la ciencia decimonónica en su intento por querer reforzar las fronteras del conocimiento, no dejan de ser también una distinción algo arbitraria puesto que, a los conocimientos del sentido común, no se les puede tratar como entidades puramente volátiles, como si no ejercieran ningún efecto entre las personas; siendo que juegan un papel importante en la manera en que éstas organizan su vida, llevan a cabo sus tareas cotidianas y forman parte de su sistema regular de pensamiento y memoria histórica.[29]

Es interesante observar, también, lo que menciona el autor más adelante sobre las ‘estrategias de autenticidad’ y los ‘efectos de realidad’ que se emplean para reforzar los escritos; así por ejemplo, menciona sobre este último concepto:

“El effet de réel logrado por un texto no se puede comparar inocentemente con una determinada fidelidad a la realidad; el efecto de realidad que se consigue depende de las formas de escritura históricamente eficaces y cambiantes, de su capacidad para ser creídas por un público determinado… La necesaria participación del otro ha obligado siempre a los autores y autoras de la literatura de viaje a plantearse muy conscientemente estas cuestiones. Como ocurre con la autobiografía, también la literatura de viaje se basa en un pacto explícito con el lector”.[30]

2. Su ambigüedad como dato subjetivo y/o como evidencia empírica.

La amalgama de contenidos que aparecen en los relatos de viaje tienen estos constantes pasajes entre lo subjetivo y/o ficcional y los intentos que hacen los viajeros por imprimirle a sus registros el grado de credibilidad. Si bien hay diferencias entre ellos mismos en cuanto a su preparación científica, un elemento que funciona como criterio de veracidad durante el XIX fue el elemento testimonial de los eventos que se estaban relatando. La posición de testigo ocular adquiere gran relevancia en la historiografía positivista.

Chantal Cramaussel en algunos sus textos ha comentado un tipo de subgénero que, no obstante su carácter ficcional, contribuyó a conformar una imagen simbólica del entorno regional del noroeste. La novela de viaje del autor francés Gabriel Ferry (Louis de Bellemare), “Escenas de la vida salvaje en México”, escrita a mediados del siglo XIX, es una mezcla de ficción y realidad y da pie para pensar esta región en términos de las aventuras de un oeste salvaje. En el prólogo de este texto se puede leer lo siguiente:

“Este libro de relatos es testimonio de ese viaje extraordinario; en ellos el autor da comienzo a un género literario poco o nada practicado hasta entonces: el relato viajero de ficción. Sus elementos son la novela anglosajona de aventuras y la aventura misma del viaje a regiones desconocidas… Este libro, producto de la visión y la imaginación de un europeo, es un testimonio privilegiado de esa época de la historia regional mexicana”.[31]

Tampoco hay que dejar pasar lo señalado por Lorenzo Silva quien nos advierte que “quizá el relato de viaje, desde Jenofonte, deba una parte no pequeña de su encanto a esa falta de método, a esa indisciplina con que el viajero nos hace partícipes de sus personales impresiones”. [32]

No hay en la labor del viajero del XIX grandes reparos en expresarsus opiniones personales junto a lo que considera debe conocer el público respecto al orden político, económico o legal de tal país. Por ello vemos frecuentemente en sus relatos esos saltos que van del registro de los cultivos en una región para enseguida ligarlo todo al carácter dispendioso de su población.

El texto de viaje es a la vez que una herramienta útil para acercarnos al pasado, un instrumento interesante para analizar el papel del observador o narrador en dicha tarea. Visto con toda su carga valorativa y su afán por presentar las evidencias de sus indagaciones. Sin embargo, hay que apuntar que dichas observaciones, ancladas en un contexto temporal, se basan en prácticas sociales significativas en el mundo de vida del autor. El mundo de las ideas prevaleciente en épocas pasadas tendrá todo el sentido para los que participan en ella, mientras que para el común de las personas en nuestros días, dichos comentarios, no dejarían de ser meros prejuicios. Abordar situaciones pasadas conlleva tales riesgos, por lo que exigirá de nuestra parte tener especial atención y llevar a cabo el ejercicio de remitir lo planteado por los viajeros al terreno de las prácticas culturales que le son propias.

Un fragmento tomado de un viajero europeo en el siglo XIX en su camino hacia Sudamérica nos puede ilustrar a este respecto:

 “Ante los lugareños, nuestros exploradores buscan establecer una taxonomía basada primeramente en el color de la piel, forma de los ojos, el área visible de la frente y su pelo. Esta taxonomía es jerarquizada en un sentido evolucionista. Los europeos, que son los más civilizados y desarrollados, están en la cima del árbol, y el indio, o salvaje está usualmente en la base. Los estereotipos del negro, mestizo y mulato se ubican entre ellos, de acuerdo a los prejuicios del observador”.[33]

3. Temáticas abordadas por la literatura de viaje.

En la historiografía reciente dedicada al estudio de los viajeros hay una inclinación por considerar al texto de viaje en relación a su contexto histórico, es decir, visto a través de los grandes acontecimientos e influencias de la época, además de otra serie de factores como el origen y formación del viajero, los motivos que originaron el viaje y lo presabido del lugar visitado. Abordando el problema tanto por el lado biográfico, como lo que ya hemos señalado y que Roger Chartier llama el mundo de vida del autor.[34]

Chantal Cramaussel en sus propios trabajos sobre los viajeros extranjeros durante el siglo XIX pone de relieve varios de estos elementos, subrayando la mirada histórica y cultural que aporta el viajero:

“En conclusión, creo que la literatura de viaje, en toda su diversidad, no se puede abordar, como cualquier otro documento histórico, de manera inmediata. Hay que ver, en primer lugar, a qué tradición pertenece cada uno de los textos encontrados y precisar las posibles lecturas que pudo haber hecho su autor en su país de origen, con el fin de distinguir las simples repeticiones de los textos anteriores de las aportaciones personales del viajero. De todas formas, hay que ser concientes de que la selección de temas abordados -y la propia mirada de los viajeros- estaba ya influida por la cultura del mundo decimonónico europeo y sesgada por la imagen que se fue gestando de México en Europa. Esta imagen es la que quieren volver a encontrar en México los viajeros”.[35]

Al historizar las observaciones que realiza el viajero nos damos cuenta del sentido de lo ajeno o de la distancia social que priva entre los lugares que visita y el propio narrador. Hay, en ese sentido, una persistencia en la tradición occidental de traducir bajo su propia visión los aspectos que se le presentan como diferentes a los suyos. Esta noción de alteridad u otredad no siempre va tener connotaciones negativas, aunque históricamente haya seguido una escala diferenciadora entre países, culturas o personas.

La construcción cultural que se fue forjando de esas relaciones ha ido variando en el tiempo, pero desde los primeros contactos con el Nuevo Mundo, hasta finales del siglo XIX, siguió una línea discursiva muy marcada en relación a la condición de civilidad, al grado de progreso o al estado evolutivo de acuerdo a la perspectiva etnocéntrica de las naciones europeas:

“La percepción de las diferencias se establecía en relación con los grados de civilidad, donde entraban en juego los prejuicios medievales. La narración partía de la experiencia de tomarse a sí mismo como modelo de normalidad, lo cual definía lo opuesto. Éste era el caso de la idea de salvaje, contrario del europeo-civilizado, imagen que marcó la distinción de sí mismo y que facilitó la interpretación de la idolatría y el paganismo…” [36]

Esa perspectiva no varió mucho en el sentido de la jerarquización social, únicamente combinó una modalidad distinta al reformular la base de su argumentación religiosa por un lenguaje fundamentado en la cientificidad.

Aunque seguían teniendo gran peso las ideas religiosas el eje de la explicación pasó a ser la biología, la geografía, la geología, los antecedentes de la actual etnografía o la ciencia política y demás disciplinas de las modernas ciencias naturales y humanas. En pocas palabras: el poder de la ciencia que ayudó a impugnar en su momento aquellas instituciones como la iglesia católica o el Estado absolutista.

Los viajeros naturalistas que recorrieron las diferentes regiones del país durante los siglos XVIII y XIX estaban impregnados, en su mayoría, por estas tendencias que prevalecían en el ambiente intelectual de la época.

Asimismo, el discurso del viajero decimonónico va a estar fuertemente influido, por un lado, de un movimiento artístico e intelectual que se reflejará más en los escritos europeos, como es el caso de los viajeros franceses o alemanes. La gran penetración que tuvieron las propuestas del romanticismo en los primeros cincuenta años del siglo XIX se observará en la tesis en la obra del viajero (pintor) francés Philippe Rondé quien elabora el mejor documento gráfico del estado de Chihuahua en los años que nos ocupan y muy probablemente en todo el periodo del XIX.

Por otro lado, previo al conflicto armado entre México y Estados Unidosya se extendía en la pujante nación estadounidense la ideología expansionista del Destino Manifiesto que alentaba los deseos de muchos de sus compatriotas para extender mucho más al sur los límites de su frontera; con el respaldo, como se mencionaba en la época, por los designios superiores al autodesignado pueblo elegido:

“Será el Dios de las batallas –señala Albert William en su libro: Travels in México, during the years 1843-44- el que guiará (a los Estados Unidos) a una victoria gloriosa, como es la de extender el área de la libertad, ampliando sus conquistas con rayas y estrellas, y anexando sus adquisiciones pacíficas a la política de su constitución”[37]

4. Los ejes principales del viaje

Al hablar de una tipología de los escritos de viajes modernos se tendrá que tomar en cuenta, como lo hacen varios autores, grandes aspectos generales y a su vez varias subcategorías. En términos generales se pueden identificar por lo menos cuatro grandes categorías:

a. El Económico-Social

La segunda mitad del XIX es especialmente importante para el comercio de la región. De ello da cuenta el auge industrial estadounidense durante este periodo, la apertura del área a los diversos productos (y la movilidad social) y la nueva condición fronteriza, todo ello favorece la expansión comercial. Con ello, también, se da una nueva relocalización de los asentamientos en varios puntos de la región norteña.

Los aspectos más puntuales que se tratan aquí son: aquellos que informan sobre los recursos naturales del país visitado, su nivel de “progreso” teniendo como parámetro el país de origen, las prácticas cotidianas de la población, etc.

2) El Científico-Histórico

El otro gran eje que cruza esta etapa y sobre el cual se inclinan los trabajos de los viajeros es el registro, minucioso en muchas ocasiones, del suelo, la flora y la fauna, “el libro de viaje científico-histórico funciona como un libro escolar y antropológico en el cual la clasificación de los hallazgos es pre-eminente”.[38] Para estos momentos se cruzan tanto el espíritu clasificatorio del naturalista, como otros motivos menos universalistas del conocimiento. Así pasa con algunos de los viajeros (Frederick Ober, Julius Froebel, Adolphus Wislizenus, entre otros) que se acercan a estas tierras con el fin declarado de recoger información y realizar alguna clase de investigación sobre el suelo, sobre sus recursos naturales, etc.

3) El Estético-Cultural

En este nivel se pone atención, fundamentalmente, en los aspectos físicos del lugar, en los paisajes, las edificaciones o arquitectura del lugar. También puede ser visto como el campo de disputa entre las dos tendencias que inciden de manera más clara en el gusto y la sensibilidad de los viajeros a lo largo del siglo XIX: la visión clínica del naturalista y la estética del romanticismo. El primero identificado más con la técnica y el segundo con las imágenes.

4) El Filosófico-Político

Los tópicos que se desarrollan en este campo recaen en los constantes, y en muchas ocasiones, punzantes comentarios que se hacen sobre las instituciones, sobre su fragilidad o ausencia. Es frecuente leer en los textos de los viajeros señalamientos que hacen énfasis en la corrupción de las autoridades o de los abusos en que incurren. Hay varios diarios de diplomáticos o representantes del imperio británico y estadounidense que coinciden con la etapa más dura del expansionismo norteamericano en donde remarcan lo que ante sus ojos es una incapacidad del gobierno mexicano para guiar adecuadamente los destinos de la nación. Sus argumentos revelan fácilmente los propósitos de estas naciones para intervenir directamente en la vida política del país o tratar de justificar, por ejemplo, la invasión territorial de mediados de ese siglo.

5. Los autores de la leyenda negra: el contexto intelectual del discurso del viajero

Las ideas que más repercusiones tuvieron en la construcción de una imagen decadente de lo americano, y por ende, en el debilitamiento del mito del “buen salvaje” que hasta entonces había contentado al europeo, parten de mediados del XVIII con los escritos de Montesquieu (El espíritu de las leyes, 1748) y de Georges-Louis Leclerc, Conde de Buffon (Historia Natural, general y particular de 1749). El primero sostenía que existe una relación estrecha entre el clima cálido de las regiones de la América hispánica y la imposibilidad de establecer instituciones sociales libres como las que prevalecían en el viejo continente. Buffon, siguiendo la misma línea argumental de la determinación geográfica va a dar un paso más allá al diferenciar en una escala las condiciones de las especies animales en donde el continente Americano ocupa un lugar de inferioridad. La misma propuesta lo lleva a sostener que la naturaleza del terreno americano, acuático y pantanoso, hace que sus habitantes permanezcan atados a sus circunstancias ambientales, impotentes frente a las condiciones climáticas del joven continente, el habitante americano, de acuerdo a Buffon, subsiste en un estado de inmadurez permanente. La relación naturaleza-sociedad cobró un nuevo auge a partir de los grandes descubrimientos geográficos del siglo XVI, el desarrollo de la cartografía y la concepción planetaria en formación; con sus determinaciones espaciales (basadas en coordenadas como el levante, el poniente o la latitud y la altura de las zonas) y climáticas (los vientos, la fertilidad del suelo, etcétera),[39] van a configurar un panorama, una explicación y un sustento para que, precursores de estas teorías como Maquiavelo o Bodin, incorporen dichas tesis en algunos de sus escritos.

Sin duda Buffon retoma parte de la teoría de los climas de Bodin para formular la suya y David Hume habla de las condiciones menores que guardan las especies que habitaban las regiones de los trópicos o más allá de los círculos polares.

“El pensamiento del siglo XVIII sobre América (aún como región exótica) fue campo de un notable desarrollo argumental en torno a dilemas científicos universales. El continente que llegaba a Europa como un desafío filosófico, teleológico, cosmográfico y político, ahora tras el derrumbe del pensamiento y mentalidad barrocos, se representaba como naturaleza y clima. No tiene otra explicación la extraordinaria popularidad que alcanzó la metáfora imaginada por Voltaire sobre la cobardía del león americano”.[40]

La obra mencionada del naturalista Buffon compuesta por 36 tomos que no fueron concluidos sino hasta 1788, generó gran aprecio entre la comunidad intelectual europea y zanjó el camino que retomará el jesuita holandés Corneille de Pauw en 1768con el trabajo llamado Recherches philosóphiques sur les americains, ou mémoires intéressants pour servir a l'histoire de l'espece humaine. En sus investigaciones de Pauw brinda una visión aún más decadente de la región. Su americano, refiriéndose al hispanoamericano, es un americano indolente, “bestias, o poco más que bestias, que odian las leyes de la sociedad y los frenos –dice- de la educación”.[41] Se separa de la idea de la inmadurez del continente planteada por otros autores (entre ellos Bufón), para, en vez de ésta, señalar el estado de putrefacción, degeneración y debilidad de sus tierras y habitantes. “Sólo los insectos, las serpientes, los bichos nocivos han prosperado y son más grandes y gruesos y temibles y numerosos que en el viejo continente”.[42] Su enciclopedismo es una versión más cruda que la que presentan los defensores de la idea sobre el buen salvaje. No se asoma, en su trabajo, ningún atisbo del humanismo pueril del que habían hecho gala sus coterráneos, puesto que, ni siquiera la promesa de rescatar a esos “pobres condenados” le entusiasmaba demasiado.

Esos ácidos comentarios, sobre todo los lanzados por Buffon y de Pauw, arrancaron las críticas de pensadores de distintos lugares de la geografía americana (dos de ellos considerados entre los padres del nacionalismo mexicano), previo a su independencia del poder colonial hispano. Entre los más celebres encontramos, en orden de aparición de sus obras, a Francisco Javier Clavijero con su Historia Antigua de México (1780-81), José Hipólito Unanue con Observaciones sobre el clima de Lima (1805), Fray Servando Teresa de Mier con Historia de la revolución de Nueva España (1813), José Cecilio Valle con su Prospecto de la historia de Guatemala (1825).

6. La mirada cultural del viajero. Cambios y continuidades durante el siglo XIX

Puesto que el periodo que se analiza es una etapa histórica con contornos claramente variables y desiguales según el momento y los lugares, se ve necesario precisar qué aspectos son los que se están tomando en cuenta en la observación del pasado.

En este caso, como en tantos otros donde se hace una revisión del pasado, no deja de haber una selección un tanto arbitraria de nuestra mirada. En el análisis que aquí se hace del viajero moderno del siglo XIX busca resaltar el orden perceptual que tiene el viajero en relación al entorno histórico y cultural del que parten sus observaciones.

Si nos basamos en las convenciones tradicionales de la historiografía, las ideas dominantes en algunos de los principales centros de Europa en el siglo XIX, surgen del periodo renacentista y llegan a un punto culminante durante la etapa de la Ilustración.

En buena medida el viajero moderno del siglo XIX continúa la tradición del naturalista ilustrado que le antecedió cronológicamente, pero las nuevas circunstancias que se desarrollaron a lo largo de estos años abrieron otras perspectivas y rumbos para los aventureros que se arriesgaban ya sea individualmente o como parte de las grandes campañas que patrocinaba el dinero privado o estatal.

En cualquier caso, se plantea el anterior corte histórico por ser el de la consolidación fundamental de la ciencia moderna y porque, en términos generales, constituye un conjunto que se mueve bajo ciertos parámetros similares, en donde el tronco principal, según Albert Soboul, lo constituye:

“El primado de la razón, la confianza otorgada a la observación y a la experimentación, el papel asignado a las ciencias y a las técnicas y, por tanto, el rechazo al pensamiento dogmático, a la tiranía de los prejuicios, a los aspectos arcaicos de la sociedad; pero también un sentido nuevo a la vida, la exigencia de libertad y de felicidad en la tierra, una visión nueva de la historia ligada a la noción de perfectibilidad humana y de progreso social” .[43]

Con sus características propias los procesos que se dan en el siglo XIX continúan las tendencias generales determinadas por esos otros desarrollos de más larga duración. Esto es importante tenerlo en cuenta porque las representaciones que hacen los viajeros durante este tiempo (entre ellas las de Paso del Norte) parten de estas condiciones específicas y sus interpretaciones y descripciones están marcadas por el ambiente cultural que predomina en la época.

Las circunstancias que rodean los escritos de Froebel, Bartlett, Rondé y demás viajeros de mediados del XIX, tiene que ver con un espacio más amplio que se compone de la configuración social que en el transcurso de ese siglo se había forjado en ciertos lugares del mundo occidental (como ya se mencionó nuestro trabajo toma ejemplos fundamentalmente de viajeros de origen inglés, alemán, francés y estadounidenses). Sitios que influyeron más que ningún otro en el impulso y conformación del pensamiento moderno.Por otra parte,dado que estamos hablando de procesos que se están modificando rápidamente, debido al carácter particularmente vertiginoso de la época (como por ejemplo el declive de la perspectiva romántica por una visión más apegada al realismo), la mirada del viajero va igualmente adaptándose a los nuevos intereses, reflejo indudable del correr de los tiempos.

Diversos elementos de distinta índole se conjuntaron para modificar el pensamiento occidental a lo largo de estos años: el darwinismo (la teoría darwinista de la evolución no solamente repercute en el terreno biológico, influye también y de manera muy importante en la idea del cambio social y en la base de ciertas argumentaciones que planteaban la diferenciación étnica y racial); la refundación de las instituciones liberales; el nacionalismo; el auge positivista; la mundialización de la economía; etc. Todo ello va a perfilar más de una sola mirada al interior del siglo XIX.

7. Ubicación de los textos de viaje en el siglo XIX

El siglo XIX fue una etapa culminante en la maduración de la ciencia moderna, tomada ésta como el saber estructurado que parte del conocimiento y la comprobación empírica de la realidad. Este largo proceso que es más claramente reconocible a partir de los siglos XV y XVI, siendo coronado, finalmente, con los grandes desarrollos y la fundamentación metódica en la etapa de la Ilustración.

Las ideas y prácticas sociales que acompañan al siglo XIX lo hacen con base en estos largos recorridos de la civilización occidental. El siglo XIX fue un periodo de gran avance y complejidad científica y técnica e incluso, visto en su integridad, fue una etapa en la que se plantearon las primeras interrogantes serias acerca del alcance y solidez del propio aparato crítico que lo sustentaba. Los filósofos e historiadores alemanes identificados con el grupo de los historicistas van a plantear, no obstante, serios cuestionamientos al modelo teleológico de la Ilustración en la segunda mitad del XIX.

A través de los nuevos espacios de sociabilidad como los cafés de la época, las logias, las tabernas, las fondas, las plazas públicas y los grandes salones se reproducen y circulan las ideas y se asumen las prácticas sociales y hábitos que acompañan a la vida moderna.[44]

Las expresiones más refinadas de la intelectualidad secular, como lo es el filósofo “freethinker” inglés de principios del siglo XVIII, va a producir un tipo de pensamiento mucho más elaborado que el común de las personas, pero que sintetiza las preocupaciones más elevadas de su tiempo. En el texto del autor antes citado se menciona lo siguiente:

“El freethinker contrapone a los poderes establecidos – que constituye ya un equilibrio complejo entre instituciones políticas y religiosas – ideas de republicanismo, panteísmo, materialismo, rechazo de las religiones institucionales, interés por culturas precristianas e, incluso, simpatía hacia el Islam. Con la salida a escena del freethinker encontramos en el espacio y el tiempo de la crisis de la conciencia europea, donde la comparación con las culturas externas tiende a romper el carácter estático del clasicismo y a forjar, por tanto, los instrumentos del cambio”.[45]

Por otra parte, la ciencia más que en cualquier otra etapa anterior, se convierte en un asunto de utilidad práctica. Los avances tecnológicos y científicos se orientan a satisfacer las demandas concretas de los gobiernos o de la industria en auge, dejando de lado el carácter humanista y universalista o romántico de la ciencia.

Rafael Carrillo Arroyo nos menciona cómo el papel del científico fue dejando atrás esta condición y fue adaptándose a las nuevas exigencias de la sociedad moderna, señala:

“El científico, el hombre que consagra lo esencial de su actividad a la investigación científica, se ve obligado de forma considerable y continua a preocuparse de los posibles resultados de sus trabajos, destinados en principio a acrecentar el conocimiento puro. La psicología del investigador de laboratorio cambia a ojos vista, y esta transformación repercute necesariamente en el progreso de la propia ciencia”.[46]

La actividad exploradora durante esta etapa también recorre distintas facetas, no sólo debido al avance de los medios de transportación y traslado. Las exigencias de la sociedad en el siglo XIX van abriendo nuevos campos y sentidos para la exploración. Las expediciones con fines científicos y comerciales fueron unos de los derroteros fundamentales que impulsan los viajes continuos a tierras lejanas como las americanas.

 La aventura exploradora va a llevar a los puntos más distantes de la tierra la bandera de la modernidad científica. Como dice William Goetzmann, la óptica del viajero por más “primitiva, tosca o iletrada funciona como parte de la emergente cultura de la ciencia".[47]

La etapa de la exploración científica forma parte intrínseca de los grandes descubrimientos científicos de la Ilustración y de todo el recorrido andado durante el siglo XIX. No se podría entender una sin la otra. Ciencia y exploración son parte de un mismo proceso que ayudan a redefinir, en estos años, el pensamiento y la base misma del saber científico:

“ Exploradores y expedicionarios de todas las naciones proliferaron y bombardearon los centros de estudio con nuevos descubrimientos casi todos los días. El constante flujo de nuevos especímenes, nuevos datos y nueva información, eventualmente cambió la visión estática del mundo newtoneano en una siempre cambiante, creciente visión acumulativa del mundo en la cual la ciencia misma y sus categorías básicas son continuamente redefinidas”.[48]

Hay otros factores que actúan igualmente en la descripción de los viajes: la imagen socialmente prefabricada del lugar descrito, el sistema de clasificaciones que entra en juego en la construcción de esas imágenes, la tradición cultural a la cual pertenece el viajero y, obviamente, las características físicas y sociales del lugar visitado. Estos elementos serán los temas que tratemos en los capítulos siguientes.

Antes de eso, hay otros tres aspectos fundamentales que son necesarios desarrollar en este apartado para entender mejor el entorno más amplio desde el cual se desenvuelven las narrativas de viaje que se están analizando.

8. La consolidación de la cultura de la ciencia

En el transcurso del siglo XIX se acaba de redefinir el rumbo y los principios básicos que en etapas previas se habían iniciado en la ciencia moderna. El racionalismo empirista, las conquistas tecnológicas y los grandes “hallazgos” geográficos abrieron todo un nuevo panorama en la manera de ver el mundo y generar un conocimiento sobre él. La visión que impone el criterio cientificista transforma profundamente la manera en que es observada la realidad.

Esta etapa, que podría denominarse como la de la institucionalización de la ciencia en la sociedad, es vista, en la fase madura del siglo XIX, como un desarrollo evolutivo en el que quedan atrás momentos históricos, auténticos peldaños del pasado, que sirvieron para avanzar por el camino ascendente del conocimiento científico.

Los referentes básicos del siglo XIX los constituyen todas las construcciones hechas a partir de la explicación (con antecedentes tan lejanos como el humanismo renacentista de casi tres siglos atrás) del mundo por causas atribuibles a los propios fenómenos de la naturaleza.

Rubén Zorrilla al hablar del origen y formación de la modernidad, resalta las siguientes características fundamentales de este legado:

El ataque a la tradición y a las autoridades terrenales y religiosas

“1. El ataque a la autoridad terrenal y religiosa, y a la tradición (donde resultó particularmente secularizante el socavar a la Iglesia), operó con un modelo de pensamiento cuya matriz subyacente era el paradigma del conocimiento natural, ... Ese modelo se aplicó a la historia, el derecho, la religión, el Estado y la estética. La creencia desmedida era que el conocimiento científico es el único tipo de conocimiento.

2. La razón es entendida como una facultad (...), y no [la] depositaria de un cierto conocimiento original (por ejemplo, las ideas innatas, como había propuesto parte del racionalismo del siglo XVII...).

3. Por esta circunstancia, hay en general un extremado respeto por lo empírico, que se manifiesta en el sensismo y, más sistemáticamente, en las variedades de materialismo y que deriva del efecto de demostración originado en el deslumbramiento que provocan los descubrimientos de las ciencias naturales...

4. Dentro de la Ilustración, numerosos pensadores religiosos que combatían a la Iglesia por sus compromisos con el poder terrenal, procuraron crear o extender los contenidos racionales de la religión, o lo que ellos consideraban tales. En este sentido, la Ilustración impulsó hacía una depuración y un refinamiento del pensamiento religioso.

5. En general, cuando la Ilustración aplica su pensamiento al estudio de las ciencias sociales, es visible un voluntarismo constructivista que tiene su base, por un lado en el dogmatismo racionalista, y por otro, en que carece de una metodología científica específica... Aquí está implícita la idea de que la capacidad de la razón no tiene límites, ni que hay límites en la naturaleza humana, la sociedad y la misma naturaleza...

6. La Ilustración formuló derechos humanos fundamentales [derecho a la seguridad personal, a la igualdad, a la propiedad, a la participación en la legislación, etc.].

7. La idea de progreso (contiene y anticipa la idea de evolución, aunque no necesariamente se identifica con ella) es vivida y promocionada por gran parte de la Ilustración. Un aumento incesante e inexorable de riqueza, mejoramiento moral, saber y perfectibilidad social, le aguardan al hombre...

8. La Ilustración representó la definitiva emergencia de un grupo social de importancia creciente en la sociedad occidental: la intelectualidad secular, cuya magnitud y complejidad ocupacional no ha cesado de aumentar...”[49]

Las transformaciones que se dieron en distintas partes de Europa, no se dieron sin ninguna dificultad. Por el contrario, fue un proceso pedregoso que concluyó en una manera particular de concebir al mundo a través de un marco interpretativo que tiene como base la racionalidad, la terrenalidad y la contrastación de los hechos.

Hipólito Taine, una de las mentes más brillantes del siglo XIX y un verdadero representante de la intelectualidad de su tiempo por su formación liberal, su identificación con el protestantismo y su ideología positivista, fue uno de los que, a mediados de ese siglo, reconoció la importancia del pensamiento de la ilustración; sabía que “las Lumieres, pasaron a ser, sobretodo, una estructura de pensamiento, un modo de pensar, una ideología y la última y trágica fase del sprit classique...” Mientras que el nuevo espíritu racional “lo había imbuido todo, dominado los ánimos, orientando la construcción de las representaciones de lo real, influyendo en cualquier sector de la vida”.[50]

Las descripciones sobre el paisaje y el suelo americano que hacen los viajeros europeos del siglo XIX, adquieren este énfasis introducido por el nuevo modelo educativo triunfante en la civilización europea. Las imágenes que describen los naturalistas de la época, sobre Paso del Norte o cualquier otro lugar de México durante el mismo periodo,están inundadas por las constantes referencias y las preocupaciones de las nuevas disciplinas naturales como la renovada disciplina geográfica, la mineralogía, el desarrollo de la paleontología en el área de la geología, el crecimiento de la biología integrando a la teoría de la evolución como explicación unificadora, etc.

Una variante a la observación metódica del científico ilustrado y moderno del XVIII y XIX, a la que ya hemos hecho referencia, fue el romanticismo alemán. Este movimiento surgido a finales del siglo XVIII y de gran importancia en la primera mitad del siglo XIX, trasciende el ámbito meramente artístico, histórico o científico. Su fuerza estética llega a los rincones de la vida cotidiana, contraponiendo otra serie de valores a la razón gélida, abstracta y homogeneizadora de la Ilustración.

El reclamo que hacían los románticos, entre ellos Johann G. Herder, ante una realidad que les parecía demasiada plana, se ilustra en el siguiente párrafo:

“... La gélida uniformidad cosmopolita de aquella cultura periodística que pretendía educar a la humanidad desde arriba, con los libros y el despotismo, prescindiendo de las necesidades primordiales y auténticas de los pueblos, brutalmente transformados en simios, en rebaños gobernados filosóficamente. Contra la raissonneurs de París y el mundo artificioso de pensar de sus seguidores en todos los rincones de Europa, que todo lo aplanaban y uniformaban mencionan Ferrone y Roche y añaden en seguida: Herder reivindicaba, en cambio, los derechos de la fantasía de lo maravilloso e irrepetible, de las pasiones poéticas, del destino individual de los pueblos contra la hipocresía moralista e igualitaria de los filántropos y los cosmopolitas a quienes gustaba, por el contrario, contraponer una humanidad abstracta a las existencias concretas de las naciones...” [51]

El trabajo recopilatorio no riñe, sin embargo, con la actitud romántica de encontrar en la naturaleza los valores que se creían robados con el surgimiento de las instituciones sociales: “la bondad natural del ser humano”, la verdadera solidaridad y justicia.

Las propuestas románticas buscan descubrir, en el “regreso” a la naturaleza, el ambiente propicio para redefinir las relaciones entre los hombres, y de estos, con su entorno natural. Los trabajos iniciales de Jean Jacques Rousseau (el regreso a la naturaleza) en Francia y posteriormente del propio Herder, de Goethe y Schiller en Alemania, fueron las mayores influencias dentro del movimiento romántico.

Los paisajistas y viajeros que participaron de estas ideas, igualmente, plasmaron en sus cuadros o textos los nuevos valores estéticos.

El más ilustre de los viajeros del XIX, Alexander von Humboldt, en sus anotaciones científicas hace eco de los reclamos románticos en el análisis de los elementos de la naturaleza.

"De tiempos de La Condamine la parte mineralógica y física [de la exploración de América] ha sido singularmente descuidada. Las observaciones se reducían a la medición de las alturas, la elasticidad del aire, los grados de calor o de frío. Se detenían en la cantidad"[52]

9. La era de las exploraciones científicas

Bajo los auspicios de la British Royal Society y la Academia Francesa de las Ciencias se inician, a mediados de la tercera década del siglo XVII, una serie de viajes que tienen como propósito inicial reconocer la superficie exacta del planeta, sus dimensiones y la exploración de los territorios internos de los continentes. “El sistema natural” de Carolus Linnaeus y la clasificación biológica de John Ray, también de inicios del XVIII, y las posteriores lecturas de Buffon, Cornelius de Pauw y otros, dan como resultado una historia natural apasionadamente dedicada a la medición, clasificación y cuantificación de los elementos físicos de la tierra: “la distribución de las rocas, minerales, fósiles, plantas, animales y (del mismo) hombre”.[53]

Ante todo la nueva era de las exploraciones científicas que se abre en el siglo XIX a partir del proceso de formación de las naciones americanas como naciones independientes; se puede decir que se encuentra vinculada a una dinámica de expansión que ensanchó las fronteras culturales e implantó una manera, más o menos, determinada de percibir el mundo. Esa nueva situación de tratar los asuntos relacionados con las regiones de ultramar, puede ser enunciada bajo el término de “Miradas”. Estas miradas que en el caso de diversos autores definen posiciones y contextos (históricos) van a reorientar el diseño escritural sobre América, basados en los nuevos motores sociales, culturales y económicos predominantes en el siglo XIX: a saber, el reposicionamiento de las potencias europeas (y la estadounidense en América) en el mundo, bajo el signo de un nuevo colonialismo fundado en los anhelos de reconquista o expansión de esos territorios; pero también (y ese sería el acento fundamental de los nuevos tiempos) en la marcha incesante del avance comercial, industrial y financiero a nivel global. Y ello sustentado tanto en el desarrollo técnico, como en el lenguaje cientificista.

De manera que no sólo se transita hacia la economía-mundo, sino que se daban pasos concretos también hacia la construcción moderna de la historia-mundo, como visión sistémica del desarrollo global.

Nuevas relaciones económicas, pero también, nuevos acercamientos hacia los otros espacios y colectividades sociales definidos por el prisma comercial y científico respectivamente.

Las miradas pueden ser nombradas de diversa forma: “eurocentric navel-gazing”, “viewing plataform”,[54] “comercial gaze”,[55] “imperial eyes”,[56] tropo burgués, etcétera. Al final, se alude a la posición desde la cual la tradición occidental descubre y explica lo que le es ajeno geográfica y culturalmente: el Otro.

En su gran libro sobre la segunda gran era de las exploraciones William H. Goetzmann encuentra que la creciente creencia en la ciencia y en el desarrollo lineal desde los trabajos cosmológicos de Newton y la epistemología de John Locke (además de la inminente presencia en todos los aspectos de la vida de la revolución industrial inglesa del XVII), derivaron, finalmente, en el siglo XIX con el arribo físico y cultural de Occidente en todos los contornos del planeta:

“The nineteenth century, for Americans as well as for Europeans, was an age of exploration. During this period all of the island of the sea were charted, the Antarctic discovered, and the interiors of the continental land masses opened up to the mobile citizens of the western world, who came to them with Christianity, ideas of progress, new techniques in science, and dreams of romantic imperialism”[57]

A este gran movimiento, al que se avanza “montado en los hombros del siglo de las luces”, le llama Goetzmann la segunda gran era de los descubrimientos, y sus características más reconocibles son: la exploración (marítima y terrestre) ligada a las actividades científicas, como una manera, particularmente útil, de producir conocimiento. “Viajar no era en principio una actividad física: era una estrategia epistemológica, una manera de conocer”.[58] Los europeos, y sobre todo los ingleses, estaban bien instruidos en los beneficios que arrojaban los viajes como preparación en el conocimiento de distintas áreas de la naturaleza, de las costumbres, modales y de las relaciones comerciales, que hacía la aristocracia en el llamado “Grand Tour” europeo de finales del siglo XVII hasta las primeras décadas del XIX.

Pero, sin duda, lo que le dio nuevos sentidos, planteó nuevos problemas y generó retos inéditos para la comprensión de las sociedades europeas, fueron los grandes viajes ultramarinos.

Los viajes en esta etapa, también, exaltaron el papel del observador en su función de atestiguar lo que “realmente” estaba ocurriendo en aquellos lugares remotos. El detalle que el viajero-observador debía imprimir en sus descripciones, era parte de lo que daba valor a su actividad. El criterio de certeza que constituyó el “yo vi”, “yo lo oí” se volvió un factor clave para legitimar amplios ámbitos de la actividad científica, para dotarlos de mayor credibilidad. Por lo menos eso se pensaba en clave de un realismo ingenuo.

El científico naturalista fue quien mejor encarnó ese rol, puesto que en sí, su labor era la de ir a constatar las dimensiones exactas de diversidad natural, precisar sus coordenadas, registrar su clima, clasificar la fauna en su propio entorno.

Los reportes científicos se llenaron de ilustraciones y entrado el siglo XIX esos mismos se extendieron hacia los paisajes, como una manera de percibir el arribo del espíritu romántico sobre la naturaleza.

El interés por la precisión y las empresas a escala mundial, le dieron al hombre de ciencia de la segunda gran era de las exploraciones, la posibilidad de plantearse, verdaderamente, cumplir con la máxima de Arquímedes expuesta antes de la era cristiana: “dadme un punto de apoyo y moveré el mundo”. Sus estandartes fundamentales fueron la fe (desmedida) en la ciencia y la razón. No por nada las disciplinas que lograron un avance notable, durante estos dos siglos (XVIII y XIX), estaban relacionadas con la matemática, la astronomía y la geografía.[59]

La experiencia occidental (con toda y su diversidad) avanzó hacia este “modelo” pero lo hizo sin desprenderse de muchas de las prácticas del pasado, acomodando y amoldando experiencias lejanas a las nuevas circunstancias. Modificaciones que además se vuelven imperceptibles a los ojos de los protagonistas. Una de esas experiencias fueron los viajes y los escritos que se hicieron a partir de ellos. La literatura de viaje logró gran popularidad en el viejo continente, entre otras cosas, porque en sus páginas se encontraba el sentido aventurero de la época. Se daban respuestas allí, de alguna manera, a las interrogantes de sus habitantes sobre el entorno físico y la riqueza natural de los territorios que, dadas las distancias, estimulaban aún más la imaginación de los lectores. Los escritos no dejaban de tener un dejo de novedad y exotismo. De la misma forma se alentaba, poderosamente, el deseo de comerciar y de fundar colonias en zonas prometedoras (no estaría del todo errado hablar de “diáspora europea” en estos términos). Aunque la mayoría de la población europea no podía aspirar todavía a realizar los viajes ultramarinos. Las rutas de exploración, una vez que fueron completamente reconocidas, se utilizaron, básicamente, como circuitos comerciales de enorme valor.

Las transformaciones en el gusto literario inglés nos pueden dar una idea más clara respecto del rumbo que estaba tomando la sociedad inglesa y europea en general.

Margaret Hunt en un trabajo que tituló: “Racism, imperialism, and traveler’s gaze in eighteenth-century England, menciona, por una parte, que, mientras que el siglo XVII fue el primer siglo en que la lectura se abrió a las clases medias urbanas en desarrollo, es decir, a los grupos que no pertenecían únicamente a los reductos de la élite social; por otra parte, la publicación de libros se dividían en cerca de un tercio, cuando no es que la mitad, a motivos religiosos (entiéndase biblias, tratados teológicos, sermones, cartas y escritos sobre la vida y obra de las figuras religiosas, etcétera), el resto eran textos sobre historia; literatura, básicamente novelas; política; ocultismo; ciencia y viajes y exploraciones.[60]

Para mediados de ese siglo se observa una tendencia más acentuada en el incremento de la escritura secular. Los hábitos de lectura expresados en la existencia y el registro de préstamos de libros de algunas bibliotecas públicas y clubes de lecturas en varios puntos de la isla muestran este cambio:

“In 1768 in the Leeds Library belles lettres dominated, followed closely by travel and history. There was little theology. The Colne Books Society between 1793 and 1819 possessed seventy-one titles in divinity, morality, and metaphysics; seventy-one in astronomy, geography, voyages, and travels; and smaller collections of biography, history, and literature.

The Bristol Library ..., had in 1782 in their collection 572 volumes of history and travel combined, 471 in belles lettres, and only 193 in theology and ecclesiastical history”.[61]

La misma autora nos dice que para el último cuarto del siglo XVIII los préstamos en la biblioteca de Bristol (que ya para entonces era un importante puerto comercial de Inglaterra) los registros muestran que las preferencias de los lectores se orientaban a los libros de historia, antigüedades y geografía; después a la literatura y más abajo los libros de teología y de historia eclesial. “Tres de los diez libros más prestados, incluyendo a los más populares, eran libros de viaje y exploración”.[62]

En cuanto a las crónicas que se hicieron en el siglo XIX sobre México, unas más que otras, partían de juzgar al país bajo el sesgo impuesto por la cultura occidental desde los primeros encuentros con las sociedades que habitaban estos territorios. El siglo XIX, aunque al parecer ya hubo un cambio al paradigma dominado por la cultura de la ciencia, no rompe con la visión vertical predominante en los círculos, sociedades geográficas y demás espacios de la intelectualidad europea, e incluso entre el grueso de las personas letradas de ese continente que se informaban a través de periódicos como el Illustrrated London News y el Gentleman’s Magazine del mismo país, o de la revista francesa especializada en esta clase de tópicos: Le Tour du Monde, Nouvelle Reveu des Voyages. En ellos prevalece el empirismo lockeano y baconiano, pero también el pensamiento determinista de tipo climático y geográfico de algunos naturalistas que tuvieron una gran influencia en la antesala del siglo XIX, como los casos del Conde de Buffon, Corneille de Pauw y el Abad Raynal entre otros.

Por último, cabe hacer mención que parte de lo que le dio arraigo a los libros de viajes y que a la vez funcionó como modelo inspirador de los propios relatos, fue la novela de aventura, la cual explotaba con gran éxito las andanzas de aventureros y expedicionarios a través de lugares exóticos. Daniel Defoe con su Robinson Crusoe es un arquetipo de esa literatura y para el caso de oeste norteamericano no hay mejor representante que Fenimore Cooper.

El norte mexicano también tuvo exégetas de este género (al inicio de la tesis se mencionó el caso del francés Gabriel Ferry) quienes, más que ver, imaginaron un escenario repleto de personajes -en su mayoría ficticios- en donde se desarrollaban infinidad de andanzas propias de esos recorridos.

Chantal Cramaussel ha investigado esta relación, y en uno de sus trabajos señala que:

“En ellos [los viajeros] tenían mayor influencia las novelas acerca de México publicadas en Europa en los periódicos y revistas de las grandes ciudades, cuyas secciones literarias eran retomadas, a su vez, por los pequeños periódicos de provincia. Esas novelas no fueron todas escritas por personas que habían conocido México, pero contribuían a forjar un imaginario poblado de personajes que pasaban a considerarse emblemáticos de aquellas tierras”.[63]

CAPÍTULO SEGUNDO

REPRESENTACIONES GEOGRÁFICAS Y DEL PAISAJE NORTEÑO

1. Construcción Histórica del Camino Real de Tierra Adentro

En este apartado empezaremos a discutir el contexto regional que encontramos en los textos de los viajeros extranjeros en las medianías del siglo XIX, en particular, a través de una de sus figuras más reconocidas (Josiah Gregg) en lo que fue el periodo emergente del gran comercio en las rutas que unían la parte más septentrional del norte mexicano y el sur estadounidense.

El entorno geográfico constituye una de las preocupaciones centrales de los escritos de viaje en esta etapa. El interés por detallar el clima, el terreno y los paisajes que encontrarían, el tiempo de traslado, los peligros y dificultades que podrían enfrentar, hasta el aprovisionamiento necesario tenían que ser cuidadosamente bien planeados para evitar lo más posible las complicaciones que seguía teniendo el viaje. En este sentido, el diario de Gregg se convirtió en algo así como el libro-guía para realizar el Camino o Ruta de Santa Fe (Santa Fe Trail) y trasladarse por el antiguo Camino Real atravesando entre otras localidades El Paso del Norte para llegar a las plazas más importantes de la región que eran las capitales de Chihuahua, Durango y Zacatecas.

El norte en el siglo XIX y sobre todo después de la nueva delimitación fronteriza con Estados Unidos, deja de ser, paulatinamente, la región descolonizada y salvaje que describían las tímidas incursiones españolas poco antes de la independencia.[64] La región formada por una cadena de asentamientos un tanto distantes uno del otro, permaneció durante las primeras décadas del México independiente desvinculada de los grandes núcleos poblacionales del centro del país.

El mayor acicate que ayudó a impulsar las transformaciones en el siglo antepasado tuvo que ver con el desplazamiento de la frontera en torno al Río Bravo. El comercio que ya era constante a través de las comunidades aledañas al antiguo Camino Real de Tierra Adentro, continuó en ascenso al quedar asentadas las nuevas vecindades e irse integrando aún más las regiones de ambos países.

Si económica y culturalmente ya existían los lazos que unían a estas comunidades la línea divisoria no hizo sino incrementar los intercambios, redefiniendo vocaciones y actividades, conformando como señala Mario Cerutti “un atractivo paisaje para los grupos mercantiles que comenzaron a asentarse después de 1848”.[65]

Destaca este autor el proceso binacional e integrador que se estaba abriendo:

”El Bravo emergió desde 1850..., como una invitación para desenvolver múltiples y lucrativas actividades económicas (en lugar de operar como el drástico factor de separación que suelen suponer las perspectivas políticas, los enfoques nublados por el nacionalismo o las visiones subordinadas al centralismo historiográfico).

En realidad lo que comenzaba a construirse en esos años era un espacio económico común, un espacio regional/binacional destinado a reforzarse en décadas posteriores”.[66]

En un entorno tan extenso queda claro que hay definiciones particulares dado que entre las poblaciones fronterizas esta situación no significó lo mismo. La razón de ello está en las rutas o corredores que se dibujaron desde la configuración del Septentrión novohispano y que luego terminarían por afianzarse y en la dinámica propia que imprimió la nueva delimitación fronteriza.

El circuito que cruzaba por la mitad del territorio norteño (el camino de la plata) era el que conectaba el mayor número de rancherías, haciendas, minas, presidios y poblados; siendo un camino en su mayor parte troncal que en diferentes tramos se dividía para comunicar con otras poblaciones. Testigo del avance colonial, en su origen, el Camino Real de Tierra Adentro (uno de los cuatro caminos principales utilizados durante la Colonia) era la vía que conectaba el centro con la periferia norteña.

En un primer momento la ruta llegaba hasta Zacatecas (a mediados del siglo XVI) partiendo de la actual capital de la República y no fue sino hasta principios del XIX que finalmente se logra establecer un flujo regular de personas y mercancías entre el centro y Santa Fe Nuevo México (2 560 Km.) en la parte norte del Septentrión.[67]

Sobre el Camino Real conviene destacar algunos comentarios que den cuenta de las características del trayecto y del valor histórico para esta región. Así, en opinión de Joseph P. Sánchez, el camino constituye algo más que una ruta de emigrantes:

“Historically, the Camino Real which ran from México City to Santa Fe in New México played a role in the Spanish empire as the main thoroughfare in the interior of the Mexican Viceroyalty. The Camino Real was more than emigrant route; it was at once a 1 200 mile-long linear frontier of settlements, a mining frontier, a missionary frontier, a commercial frontier, a military frontier, and an indigenous frontier”.[68]

Para el historiador Jesús de la Teja sobresale el papel del Camino Real por sus actores y como espacio para las relaciones sociales:

“El Camino Real, o más idóneamente, los caminos reales, es más que una ruta, más que una serie de parajes entre dos puntos, es una serie compleja de relaciones entre viajeros y la naturaleza, compradores y vendedores, gobernadores y sujetos”.[69]

Chantal Cramaussel ha escrito ampliamente sobre el tema, esta autora recalca el carácter legendario del camino y los cambios paulatinos que fue teniendo:

“El Camino Real de Tierra Adentro era la principal vía que enlazaba a la ciudad de México con el Septentrión. Los auges y decadencias de los minerales y regiones agrícolas del norte hicieron que esa vía de comunicación que unió al centro del virreinato con la Nueva Vizcaya y el alto río Bravo se modificará varias veces en la época colonial. El Camino Real de Tierra Adentro, siguió siendo durante el siglo XIX, el eje principal norte-sur del México independiente, en muchos tramos de esa vieja ruta, se establecieron servicios regulares de correos y diligencias. Para esa época, ya el camino era más recto que antaño y su estado había mejorado, después de dos siglos de tránsitos ininterrumpidos, el tiempo de recorrido de un convoy, de México a Santa Fe, se había reducido de seis a cuatro meses y medio”.[70]

A final de cuentas, el recorrido unió en distintas etapas a provincias y posteriormente estados del norte con el centro y sur. Su red caminera formada de tramos carreteros y tramos de herradura seguía diferentes recorridos de acuerdo a lo sinuoso o no del terreno o incluso de acuerdo a la temporada. La inseguridad del camino obligaba a transitarlo preferentemente en cuadrillas y que el trayecto no fue totalmente despejado de estas dificultades hasta bien entrado el siglo XIX.

“La primera y fundamental medida de seguridad era para ellos marchar agrupados en grandes comitivas, capaces de defenderse en caso de alguna agresión. Los que tomaban el Camino Real de Tierra Adentro no podían, en esas condiciones, tomar la ruta más directa hacia su punto de destino sino que, con tal de viajar acompañados, seguían el itinerario más frecuentado, es decir el que pasaba por las más importantes poblaciones y haciendas, donde acudían numerosos arrieros y comerciantes para intercambiar sus productos y que eran, por sí mismas, la mejor protección que podía hallarse sobre el camino”.[71]

De Zacatecas hacia el norte los puntos más importantes del camino troncal irán tomando un trazo marcado por la búsqueda de materiales preciosos, por eso se denominará a ésta como la Ruta de la Plata y más adelante como el Real de Minas. Para mediados del siglo XVI se empiezan a extraer las minas de Zacatecas, continuando los asentamientos coloniales en esta región y en Durango en la segunda mitad del mismo siglo. Sombrerete y San Martín en el norte de Zacatecas eran parte de los descubrimientos mineros. Más allá, entre estos últimos y Durango se fundaba la misión denominada Nombre de Dios (1563) misma fecha en que se funda Durango.

Sede administrativa y política de la recién formada provincia de la Nueva Vizcaya (creada en1562 por Chihuahua, Durango y partes de Coahuila; la provincia desaparece en 1824, a casi tres años del término de la independencia). “Toda la plata de la Nueva Vizcaya tenía que diezmarse en Durango, por lo que esta ciudad era un lugar obligado de tránsito entre los reales norteños donde se producían los metales preciosos”.[72]

Para estas fechas también se produjeron algunas incursiones con relativo éxito (sobre todo a través de las exploraciones de Rodrigo del Río de Lossa) a los centros mineros del Valle de los Conchos en el sur de Chihuahua, en donde sobresalía la riqueza minera de Santa Bárbara. Sin embargo, pasarían muchas décadas más para afianzar la presencia hispana en esta zona (Hidalgo del Parral se funda hasta 1631). Mientras tanto se avanzaba hacia esta parte por lugares como Ramos o Guanacevi en la Sierra Madre.

Las regiones más altas y alejadas del Septentrión novohispano se ubicaban en la provincia de Nuevo México. A estos lugares había llegado Juan de Oñate a finales del XVI. Y en las primeras décadas del siglo XVII apenas había algunas cuantas comunidades hispanas mal resguardadas del ataque de los grupos que habitaban el área.

Los caminos hacia las zonas más alejadas en ocasiones se tenían que reabrir puesto que la falta de uso hacía perdidizo el recorrido. “Los habitantes de Nuevo México –de acuerdo a Chantal Cramaussell- se mantenían a veces en el aislamiento durante seis o siete años”.[73]

De acuerdo también a esta autora, el éxito minero de Parral, que para 1645 ya contaba con 10 000 habitantes, lo que lo hacía el lugar más poblado en el norte de la Nueva España, demandaba una ruta que redujera el tiempo entre este real y Zacatecas. La ruta oriental que se creó pasaba por Nieves, Cuencamé y Caxco, San Miguel de Cerro Gordo (a mediados del XVII), la hacienda de la Concepción y el Valle de San Bartolomé. Hacia finales de ese mismo siglo complementarían la vía corta los presidios de El Pasaje y San Pedro El Gallo.

El tramo de Chihuahua hasta Santa Fe corresponde a poblamientos civiles, militares y eclesiales que parten, en su mayoría, de mediados del siglo XVII en adelante. Siendo los más destacados los del Paso del Norte, San Fernando del Carrizal (1758) y la hacienda de Encinillas, el Sauz y Sacramento.

La formación de los presidios, villas y misiones desplegadas en la provincia de Nuevo México la podemos ver en el siguiente cuadro:

Convergen otros factores además del reacomodo de la frontera a mediados del siglo XIX. En primer lugar la pacificación de la zona, lo cual permitía borrar una de las preocupaciones centrales los viajeros que se desplazaban en la región. Si bien eso no terminó con la amenaza de los asaltos, en los parajes remotos, ni con la displicencia y los sobornos de algunas autoridades locales como las aduaneras; sí facilitó el tránsito de mercancías y conectó los recorridos poblacionales entre las plazas más importantes.

A la par de lo anterior, están las ventajas de contar con caminos más transitables y transportes más adecuados para el volumen de productos y mercancías que requería la población fronteriza. Este proceso, con sus altibajos, fue el que llevó, en el último cuarto del siglo XIX, a El Paso del Norte[74] y a los asentamientos vinculados a él a transitar hacia una dinámica económica distinta a la que había heredado del periodo virreinal. Siguiendo a Cerutti, diríamos que el vínculo de los estados fronterizos conEstados Unidos, de Chihuahua hacia el Golfo, es decir, la región centro oriental del norte de México, se ve considerablemente influenciada por la revolución industrial norteamericana de la segunda mitad del XIX; la formación de la economía Atlántica que potencia a Estados Unidos y la conformación de la red comercial (embrionaria de una burguesía regional) que se crea en la frontera del Bravo.[75]

2. El comercio fronterizo y la descripción del espacio en las crónicas de Josiah Gregg

Los viajeros del Camino Real de mediados del siglo XIX recogieron en sus diarios y crónicas modernas innumerables observaciones de la geografía norteña que recorrieron. Uno de los principales viajeros del XIX y partícipe de lo que iba a ser el gran comercio una vez establecida la frontera en los márgenes del río Bravo fue Josiah Gregg.

Este viajero reunió en sus relatos conocimientos tan amplios y variados (sobre geografía, historia, botánica, geología, etc.) sobre las “llanuras” de Missouri y Nuevo México, así como del interior de los estados del norte de México en su papel de comerciante y médico. Fue también pionero del corredor comercial que se formó derivado de la producción agrícola y de diversos víveres que se intercambiaban en la extensa región de los estados fronterizos; se menciona que estos productos “consistían en mercancías de algodón, telas, cuchillería, utensilios de cocina y todos los productos del nuevo desarrollo industrial. A cambio se llevaban de regreso algo de lana, mulas y plata”.[76] Usualmente estas mercancías se reunían en Missouri -estado altamente agrícola- y de allí se distribuía una parte en Santa Fe, mientras que otra serie de productos –la mayor parte- se mandaban al estado de Chihuahua que ya para entonces constituía un mejor mercado para el comercio gracias a las utilidades que dejaba la actividad minera.

El enorme recorrido de las planicies le dio la posibilidad a Gregg de presenciar los más diversos paisajes, de tratar con todo tipo de gente y de ser testigo de los episodios y aventuras más dispares.

Siendo el mismo Gregg un ejemplo palpable de los desplazamientos poblacionales que se daban del lado este hacia puntos más meridionales (como Missouri) de la nación americana. Narra este viajero, en uno de sus recorridos comerciales al interior de Chihuahua (1839) el panorama que le tocó observar y las circunstancias que rodearon ese viaje. De Santa Fe al Paso del Norte yendo por la parte oriental del río del Norte, cuenta Gregg un tanto desilusionado del recorrido que, después de dejar el último poblado fértil en las “ruinas de Valverde”, lo que le sigue a continuación no se le puede dar el calificativo de poblados puesto que en realidad son meros parajes o puntos aislados que utilizan únicamente para acampar. Así se topó con pequeñas poblaciones como Fray Cristóbal, San Pascual, El Contadero y otros más que poco ofrecían a los que viajaban por estos lugares. Al arribar a los sitios señalados, menciona Gregg lo siguiente: “¡ o, sorpresa! lo único que se encuentra es un sitio con agua, sin espacio suficiente para que paste la caballada… lo único que se extiende en todas direcciones es una meseta sumamente árida”.[77]

Al igual que Gregg otros viajeros de la época se toparon con las mismas condiciones de viaje, que si bien, implican múltiples dificultades, son difíciles de juzgar a la luz de los adelantos actuales.

La situación del terreno desértico, las constantes amenazas de los grupos indígenas de la región y los numerosos asaltos, además de las arbitrariedades de las diversas autoridades y de los problemas de traslado en una región tan vasta, eran circunstancias reales a las que se enfrentaban todos los que circulaban por ella. Sin embargo, también hay que mencionar que poco antes de mediados del siglo XIX se comienza a construir una versión idealizada del oeste norteamericano (lo que posteriormente sería reconocida como parte de la historia del viejo oeste) que incluía también las áreas desérticas del norte mexicano.

En dicha construcción romántica se acentúan aún más los escollos y riesgos del viaje y se exalta la temeridad del aventurero. Usamos los términos de idealización y romance en el sentido, en este caso, de quien se ve en el espejo como el portador de la razón y la justicia.

Esta situación no es para nada casual, sino todo lo contrario, obedece a la necesidad de ir creando un imaginario favorecedor, que facilite el ascenso de un tipo de sociedad sobre otra (u otras). En una región en donde lo inhóspito y el peligro se encontrarían a cada paso –de acuerdo a dicha versión-, el héroe del oeste (o en su caso el tozudo hombre del desierto mexicano) surgirá como una manera de imponer el orden y los ideales de la nueva sociedad.

La conquista del imaginario en la extensa región del bajo y alto río Bravo fue, sin duda, un elemento clave para redibujar, no solamente, los nuevos trazos de la frontera, sino también, para imponer las concepciones que predominarán en la sociedad industrializada que estaba en ciernes.

Los viajeros foráneos, estadounidenses y europeos, fueron en sí mismos portadores de los ideales de las sociedades que representaban. A través de ellos y de sus relatos se contrastaban una serie de valores que se acercaban y alejaban en muchos puntos, pero que de fondo existía una gran discrepancia en cuanto al papel o función de las instituciones, al estilo de vida y a la actuación de sus habitantes.

No se juzga el papel del viajero en términos de representar una cultura distinta, lo que se intenta es analizar el proceso por medio del cual se fue contrastando y gestando una visión de sociedad en esta parte de la región norteña del país.

En el caso de Josiah Gregg, que por lo demás tenía muchas afinidades con la población de las localidades mexicanas que conoció, se puede observar cómo el estadounidense contribuyó a la dinámica integradora y comercializadora de las principales poblaciones conformadas, todavía, en las provincias de Nueva Vizcaya y Santa Fe.

Iniciamos con este viajero la descripción del espacio geográfico de la región por cuestiones no únicamente cronológicas, sino también, porque a partir de los recorridos que realiza se comienza a afianzar a un lazo comercial entre los primeros pioneros que avanzaron hacia el sur y suroeste de los Estados Unidos y las antiguas comunidades que había empujado la expansión española en lo más recóndito del Septentrión. Pero no es sino hasta el siglo XIX cuando en realidad ocurre este contacto más intenso donde se establecerán puentes comerciales más estables incluso que en la relación entre la capital del país y esta región.

Como lo explica Chantal Cramaussel en la siguiente cita:

“Después de la Independencia, los estados del norte se encontraron en buena parte desarticulados del resto de la República mexicana por la inseguridad de los caminos. Más allá de Durango, pocos viajeros y mercaderes se aventuraban por el viejo camino real de tierra adentro, arteria única por la que pasaba en la época colonial el grueso del tráfico de hombres y mercancías hacia el lejano norte. Al mismo tiempo, el contrabando al que ya aludimos en las costas del Pacífico, la llegada de mercancías por Santa Fe y San Antonio, así como el tránsito de migrantes europeos que cruzaban el norte del estado de Chihuahua para ir a California, hizo que la vida comercial de los estados norteños se viera cada vez más ligada a la de Estados Unidos”.[78]

Las primeras incursiones de Gregg se dieron a principios de la década de los treinta en el siglo XIX, época en que estaba aún fresco el evento independentista y cuando la nación todavía conservaba varias de las provincias como la de Nuevo México.

Tal y como narra el mismo autor en su diario, el comercio en esta región se daba desde las primeras décadas del XIX aunque de manera más esporádica.

El oficial de las fuerzas estadounidenses Zebulon Montgomery Pike Jr. fue quien exploró en la primavera de 1807 algunas áreas de Nuevo México y quien propició el interés comercial con Santa Fe, gracias a que sus “fascinantes descripciones del nuevo El Dorado - en palabras del propio Gregg- se esparcieron como reguero de pólvora en el oeste del país”.[79] Pike y su grupo formado de alrededor de 15 personas pudieron realizar la famosa expedición a través del río Arkansas, las Rocallosas entonces parte de Nuevo México y otros lugares de esta provincia hasta que fueron apresados por militares de la Colonia. Pike y su comitiva fueron llevados hasta Chihuahua ante el general Salcedo y posteriormente fueron liberados en la Luisiana.

Josiah Gregg a pesar de tener conocimientos de las actividades ilícitas en la frontera como lo fue el tráfico de pieles y demás productos en demanda y de los señalamientos de espionaje para el vicepresidente Aaron Burr, mantuvo siempre una imagen recta de Pike a quien lo consideraba noble y patriótico. Belinda Román en su trabajo sobre la economía de la región en el siglo XIX señala, sin embargo, que:

“El individuo considerado como el primer estadounidense en realizar el viaje sobre tierra hacia Nuevo México es Zebulon Montgomery Pike (1806). Pero al llegar a Santa Fe fue demandado por los oficiales por ser espía y fue llevado a Chihuahua para su encarcelamiento. No obstante, Pike logró mantener un detalle clandestino del viaje por el Camino Real, haciendo notar las posibilidades de intercambio con México. Cuando fue dado en libertad, regresó a EE UU por Texas y publicó sus apuntes, inspirando a comerciantes a tratar de negociar con el norte de México. Para estas personas era una oportunidad de obtener pieles y, lo más importante, plata y oro. No se sabe exactamente cuando se empezó este tramo de comercio principalmente porque era ilegal. Una vez dentro del territorio mexicano, los comerciantes podían cambiar con las ciudades de la costa pacífica en Sonora y Sinaloa, obteniendo muebles, libros y municiones. Según Pike estos bienes cobraban 200 0 400 por ciento del equivalente en la costa oriental de EE UU. Por ejemplo, 100 libras de trigo se cobraba por $.50 a lo largo de la costa atlántica y $2.00 en Chihuahua”.[80]

Pero a quien reconoce Gregg como el gran impulsor del comercio con Santa Fe (y por lo tanto con distintas poblaciones que seguía el Camino Real) fue al capitán William Becknell quien, según Gregg, fue llevado por un grupo de cuatreros mexicanos que se encontraron cuando buscaban comerciar con algunos de los grupos indígenas (iatanes o comanches) de la región.[81]

“Fue gracias a William Becknell, como refiere Gregg, que dio comienzo el comercio terrestre entre las dos naciones vecinas, las excelentes ganancias, la libertad otorgada a los comerciantes y la calurosa bienvenida, hicieron que el llamado comercio de Santa Fe creciera con rapidez. Ya en 1824 recibió un nuevo impulso, al solucionarse las dificultades de transporte y menguar los ataques indígenas. El problema del transporte terminó con el descubrimiento de la utilidad de los vagones (carretas de cuatro ruedas) para viajar a través de un terreno accidentado; el de los ataques indígenas, con la organización de un número suficiente de comerciantes armados que logró infundirles temor”.[82]

Como ya se mencionó, la poca articulación del centro con la periferia norteña, el escaso aprovisionamiento y la creciente presencia de la nación estadounidense, propiciaron que este grupo de aventureros y los que le siguieron tomaran ventaja de un mercado que les resultaba altamente benéfico, en perjuicio de su contraparte mexicana.

Los oficiales Becknell, Cooper, el mercader Glenn, y otros tantos, todos ellos mencionados en el texto de Gregg, aprovecharon la apertura que brindó la Independencia nacional para comerciar más libremente sus productos en la frontera entre las dos naciones.

“Aunque norteamericanos y franceses habían intentado comerciar con la ciudad de Santa Fe en Nuevo México, fue hasta 1821 cuando la Independencia de México provocó la apertura de la frontera. Los comerciantes que habían aguardado ese momento se apresuraron a aprovechar lo que Manning llamó, en su historia de la diplomacia entre las dos naciones, una ‘relajación de las leyes aduanales’; misma que Bancroft, por su lado, consideró completamente abolidas al escribir su historia de Nuevo México. En verdad no existían más. Por su parte, Albert Bork relata que al llegar los comerciantes norteamericanos a Nuevo México no había aduana, y que ésta se organizó hasta 1823”.[83]

El relato de las llanuras o de las praderas que hace Gregg menciona cómo se fue forjando el comercio sobre todo de Missouri a Santa Fe, Chihuahua y otras comunidades del norte mexicano; da cuenta con mucha precisión de las rutas y las distancias entre los pueblos; brinda recomendaciones útiles para los viajeros y da cuenta de los inconvenientes del viaje a los visitantes primerizos.

En uno de sus tantos recorridos partiendo de Santa Fe rumbo a Chihuahua, en donde se presenta un entorno básicamente árido y desolado, a su arribo a El Paso del Norte (el 14 de septiembre de 1839) la mirada despierta y acuciosa de Gregg permite dar un panorama general de lo que era esta población en estos años, señala:

“El valle de El Paso cuenta con una población aproximada de cuatro mil habitantes, dispersos en el punto occidental del río del Norte en una extensión de diez o doce millas. Los asentamientos se hallan tan entreverados con viñedos, huertos y maizales, que más parecen una serie de plantaciones que un pueblo. De hecho, sólo una porción de la cabeza del valle, donde se encuentra la plaza pública y la iglesia parroquial, merecerían este título”.[84]

En esa ocasión Gregg se dedica más bien a hacer apuntes de tipo geológico y a resaltar algo que para la mayoría de los viajeros constituía lo principal de este poblado, esto es, la producción agrícola del lugar y en particular lo relacionado con el cultivo de la vid y la producción importante de vinos del lugar.

“Aquí pudimos disfrutar de las mejores frutas de las temporada. Las uvas sobre todo, poseen un sabor exquisito y con ellas los habitantes elaboran un vino de sabor agradable, algo similar al Málaga. Destilan también una especie de aguardiente de la misma fruta que, aunque bastante débil, tiene un sabor agradable. Los americanos conocen estos licores como ‘vino del Paso’ y ‘whisky del Paso’, ambos muy comerciables y con los que se abastecen los mercados de Chihuahua y Nuevo México”.[85]

Pocas cosas llaman la atención de Gregg de este último lugar hasta su llegada a la ciudad de Chihuahua; entre ellas la proximidad de una extensa zona de médanos que según sus cálculos se extiende hasta por 60 millas. Además de quedar asombrado por el extenso y fértil valle de Encinillas poco antes de llegar a la capital del estado. El otro aspecto que sorprende a Gregg fue la actitud mostrada por los oficiales aduanales que lejos de tratar de sacar tajada de la situación, en esa ocasión se comportaron extrañamente correctos: “Para nuestra agradable sorpresa, sin embargo, las deidades aduanales nos trataron con una benevolencia casi incomprensible”.[86]

La geografía durante este tramo del recorrido la resume Gregg de la siguiente forma:

“El camino de El Paso hacia el sur es plano y hermoso, con la excepción de las colinas arenosas mencionadas y la escasez y mal sabor ocasional del agua. La ruta serpentea por una altiplanicie entre cordilleras de montañas bajas… la mayoría [de las cuales] no se cultivan a causa de la aridez natural y de la carencia absoluta de agua para irrigarlas”.[87]

Por otra parte, la entrada a Chihuahua significaba el ingreso a un punto geográfico de gran interés para los mercaderes norteamericanos. Santa Fe a los pocos años de la independencia nacional fue desplazada por la ciudad de Chihuahua como destino principal de los productos enviados del norte: “en poco tiempo –menciona Ángela Moyano- esta ciudad se convirtió en el emporio del comercio por tierra; sus minas y gran cantidad de especies redujeron gradualmente a Santa Fe a la condición de mero punto de entrada hacia los mercados interiores”.[88]

Las cifras que se manejan nos dan una idea de la importancia de estos flujos. En 1830 se transportaban hasta 200 vagones con mercancía diversa que alcanzaba un valor aproximado de 200 mil viejos pesos. Ya para 1846 estas cantidades aumentaron considerablemente al llegar el valor comercial de lo que se transportaba a Chihuahua vía Santa Fe en una suma de entre tres y cinco millones de dólares.[89]

 En un viaje anterior (26 de febrero de 1835) Gregg y su escasa comitiva parten de la ciudad de Chihuahua rumbo a la feria anual de Aguascalientes (que reunía una gran cantidad de vendedores y compradores), durante ese el trayecto Gregg es testigo de otra situación de lo que al parecer privaba en la enorme geografía norteña: el poder regional y el acaparamiento de grandes extensiones de tierra.

 “De Chihuahua a aquella ciudad [Durango] el camino resultaba aún más peligroso debido a las constantes hostilidades de los indios, sin embargo, el 7 de marzo llegamos sin novedad al pueblo de Cerro Gordo, el asentamiento más al norte del estado de Durango. Al día siguiente paramos en La Zarza, el poblado principal de una de las haciendas más extensas en el norte. Es tal la cantidad de ganado que hay aquí que se rumora que su propietario ofreció alguna vez vender hacienda, ganado y demás pertenencias a razón de cincuenta centavos por cabeza de ganado que se encontrara en la propiedad, aunque nadie pudo ni quiso reunir el capital suficiente para aprovechar la oferta… La hacienda tiene tal vez unas 100 millas de largo, e incluye varios poblados prósperos”.[90]

La mala fama en general bien ganada de las autoridades locales y federales constituye otro más de los elementos que la literatura de viaje retomó y se encargó de popularizar en buena parte de sus escritos. El sambenito de ser un país en el que el viajero de la época debe cuidarse tanto de los asaltantes comunes como de las autoridades locales no dejaba de tener sustento en la realidad.

La leyenda negra hizo eco de las debilidades y avaricias de los caciques y autoridades públicas, instrucciones que eran vistas por éstos como resabios del poder colonial. El propio Gregg reafirma sus creencias cuando señala:

“He escuchado que existe un comercio organizado de bandidos en el país, y que algunos de los principales funcionarios de gobierno – especialmente los del cuerpo judicial- no pocas veces están involucrados. Se forma un capital con acciones –como en el caso de cualquier otro negocio- y se proporciona a los bandidos armas e instrucciones sobre dónde operar. En fechas preestablecidas, se pagan dividendos a los accionistas. Por lo tanto, no debe sorprender la impunidad de que gozan estos ‘caballeros encargados del orden’ en prácticamente todo el país”.[91]

Por lo que respecta a las tres principales ciudades que Gregg visitó durante el recorrido (Durango, Aguascalientes y Zacatecas), quedó en algunos aspectos gratamente impresionado por la arquitectura y el paisaje natural de éstos. Aunque a decir verdad, su interés estaba puesto en los productos comerciables de dichas localidades.

Teniendo en cuenta la población que encontró en estas ciudades (Durango 20 mil habitantes, Aguascalientes con igual número y Zacatecas con 30 mil) este viajero destaca la vocación económica de estas poblaciones. De la primera señala, además de la belleza del lugar, la forma tradicional que en todos los asentamientos de origen español al fundar una misión o una población de considerable importancia, era común que se construyera la plaza pública pegada a la iglesia que constituía en realidad el verdadero símbolo de la evangelización del lugar y del sentido social de la Colonia.

De Zacatecas, en cambio, resalta el hecho de su prosperidad minera, la cual la llevó a convertirse durante esta etapa de auge en una “gran y rica ciudad”.[92]

3. El atraso económico y la disputa por la riqueza del suelo

En este contexto, el viajero moderno del XIX recrea la imagen de un espacio muchas veces hostil, pero con grandes potencialidades para ser aprovechado. La independencia de México no hizo sino abrir el apetito de las grandes económicas mundiales que buscaban cuanto antes beneficiarse de tales recursos. El viajero alemán Julius Froebel a mediados de ese siglo, alienta para que se invierta conforme a los métodos modernos en la minería chihuahuense “puesto que tarde o temprano se encontrará capital y espíritu emprendedor para seguir explotando los recursos naturales de esa bendita zona”.[93]

Se puede observar una clara identificación en el viajero del siglo XIX entre geografía y economía. La frontera creada a mediados de este periodo no alteró el proceso comercial que se venía dando de tiempo atrás y tampoco frenó la entrada de capitales foráneos en el espacio norteño. Aparte de estos aspectos podemos encontrar en las representaciones geográficas del lugar ecos de los planteamientos que se argumentaban, las más de las veces, para justificar la intromisión de unos cuantos países que se autodesignaban como abanderados de los valores civilizatorios.

George Ruxton, viajero de origen inglés y miembro de la Real Sociedad Geográfica y de la etnológica lanzó en su momento algunos epítetos en donde la población mexicana en su conjunto aparecía dibujada bajo los esquemas prejuiciados de la época.

 “Tienen deficiencias tanto en el aspecto moral como físico, con esto no quiero decir que carezcan de cualidades corporales, aunque sí son inferiores a razas más fuertes; me refiero a una deficiencia que repercute en un bajo nivel moral e intelectual. Son traicioneros, flojos, indolentes y sin energía, cobardes por naturaleza”.[94]

Más que hablar de un rasgo particular del viajero, habría que situar sus palabras dentro de las ideologías existentes en su época, las que, como se muestra en el capítulo anterior,proceden de fenómenos de larga data, bastante arraigados en todos los niveles delpensamiento occidental.

Ruxton llega al norte de México en 1846 siguiendo un objetivo trazado de antemano sobre lo que espera encontrar en su viaje por estas tierras. Así, señala que su interés es presentar lo que un viajero puede encontrar al hacer este recorrido.

“[busca dar una idea de las] dificultades y peripecias que pudiera esperar un viajero que se aventurase a pasar por allí y mezclarse con la gente incivilizada, así como dibujar un tenue retrato de las vidas de los rudos pioneros de la civilización, cuya existencia se desarrolla sobre las ilimitadas llanuras y escabrosas montañas del lejano oeste”.[95]

Como muchos otros relatos de viaje, el texto de Ruxton se inscribe dentro de intencionalidades generales y particulares; siendo unas de ellas el dar a conocer a sus lectores las peculiaridades de esta región e inclusive alentar la llegada de un mayor número de paisanos suyos con el fin de aprovechar los recursos y posibilidades que brindaba la región y el país entero.

Otro de nuestros viajeros, el estadounidense John Russell Bartlett (un protestante “Yanqui”, librero y político de Rhode Island en palabras de Patricia Limerick)[96] quien fuera comisionado para sustituir a John B. Weller como jefe estadounidense de la comisión encargada de fijar los nuevos límites fronterizos entre ambas naciones, es también representativo de este tipo de argumentos.

Aunque de buena disposición y trato amable con su contraparte mexicana, cuestión que lo hizo impopular entre la población sureña del vecino país, en su discurso se observa una justificación de lo que a su juicio obstruyó el progreso de México y ocasionó la pérdida del territorio. Según Bartlett fue la presencia de apaches, lo que ocasionó el deterioro de la actividad minera y la falta de desarrollo de la agricultura. Parte de su posición política e ideológica se hizo evidente cuando señaló que creía que por las condiciones de atraso en el territorio de México, tarde o temprano, este país iba a pasar a manos de los estadounidenses.

Una posición más descarnada es la que maneja el también norteamericano Benjamín Norman, que en el momento más álgido de la fiebre expansionista en el suroeste mencionaba que:

“En política nacional es un buen principio tomarse un pie cuando te dan una pulgada, especialmente cuando el donante es tan débil como para oponerse a la usurpación; principio que se ha ratificado tantas veces, que es difícil encontrar una nación sobre la tierra que pudiera oponerse a él con razones consistentes…yo sugiero que ahora que la fiebre anexionista está en pleno apogeo, nos apropiemos de todo lo que nos hemos propuesto o de todo lo que queremos, rápidamente, antes de que la gente cree una conciencia e imponga el respeto a los derechos de nuestros vecinos más débiles”. [97]

En pleno momento expansionista hay ideas muy fijas en las percepciones que tienen estos personajes de la vida pública y/o viajeros estadounidenses de la situación que se vive del otro lado de la frontera y de lo que se van a encontrar tan pronto entren al país.

Una de ellas es que los criollos no han podido impulsar y sostener el progreso en los territorios, básicamente, porque no han tenido la capacidad de mantener instituciones sólidas que impongan control y administren el poder. No obstante son descendientes de europeos y en ellos se cifran parte de la esperanzas de progreso para “regenerar” a México.

El otro elemento que, igualmente, contribuyó a la obstrucción del progreso – de acuerdo a esta visión - tiene que ver con la queja que hacia Rondé y otros tantos viajeros sobre el contrabando y la corrupción que se daba en el espacio fronterizo al momento de entrar precisamente a El Paso del Norte.

“Los aduaneros echan mano de todo truco para calcular, en provecho propio, el monto del impuesto, mientras que por su parte el comerciante saca ventaja del incentivo del soborno y la ignorancia de los otros respecto al verdadero precio de la mercancía”.[98]

En las diversas crónicas de los viajeros se leen entre líneas ideas similares acerca de la economía y sociedad en los territorios cercanos a esta frontera (en el antiguo Camino Real). Concuerdan en que existe una riqueza inmensa en las minas, que hay vastas tierras para sembrar o cuidar animales y se tiene un medio ambiente favorable para desarrollar cualquier actividad que se desee emprender.

También coinciden en que sólo se necesita capital para invertir, tecnología moderna que les permita la optimización de recursos y estar dispuestos a lidiar con los apaches, con los indolentes mexicanos, la corrupción y la ausencia de un gobierno fuerte y eso no ocurriría hasta en tanto no se pusiera bajo la sombra de la civilización. Eso sería posible –de acuerdo a su opinión- siempre y cuando se allegaran de la educación y las instituciones democráticas que genera el progreso.

“…Los autores de esa más que variada ‘literatura de viaje’ tenían algo en común, ya que todos ellos creían contribuir al conocimiento de un país cuyos recursos naturales podrían ser objeto de una mejor explotación económica. México, como muchas otras regiones de la tierra que no se encontraban aún industrializadas, se consideraba un país donde el tiempo se había detenido y en el que el desarrollo no se había alentado”.[99]

4. Descripciones del paisaje en el antiguo Paso del Norte

Aunque esta parte del trabajo se ciñe fundamentalmente a las descripciones hechas por los viajeros ya mencionados al inicio de la tesis, podemos encontrar un número mayor de relatos de igual número de viajeros y personajes varios que, a mitad del siglo XIX y en los años posteriores, atraídos por la fiebre californiana del oro y los procesos de poblamiento y fortalecimiento de las rutas comerciales (como el arriba señalado Camino Real de Tierra Adentro) dejaron, afortunadamente, algún tipo de testimonio escrito de su paso ya sea en la forma de crónica, de relato, de reportaje, etc. Lo cual nos abre la posibilidad de tener una mejor idea de cómo era la región y, en el caso particular de este apartado, de qué manera describían estos viajeros al antiguo Paso del Norte.

Como ya mencionamos, son varios los pasajes que se hicieron de la región, y aquí más que nunca importará la biografía o los antecedentes del personaje que está relatando para comprender el sentido y el peso de sus observaciones.

En el caso del ya mencionado John Russell Bartlett, considerado como historiador y lingüista por su participación en sociedades y círculos relacionados con la historia norteamericana, la literatura y la etnología en Nueva York y el propio Providence en Rhode Island de donde era oriundo; llega a esta región expresamente para hacerse cargo de la comisión que definió los límites fronterizos entre su país y México después del conflicto armado de 1846.

Desvinculado con el entorno llega a El Paso a finales de 1850 para tomar cargo de su nueva posición alcanzada, básicamente, por sus relaciones políticas como miembro del partido de los Wighs y, sobre todo, por su amistad con Albert Gallatin quien fuera secretario del tesoro durante las administraciones de Jefferson y Madison y con quien compartía el interés por la historia de los pueblos indígenas de Norteamérica. De ese interés común surgió la American Ethnological Society en 1842.

Si bien Bartlett no tenía las cualidades requeridas para el puesto de comisionado según lo menciona el historiador Odie B. Faulk en el mismo prefacio que hace a su texto[100] (puesto que no contaba ni con el conocimiento de la región a la que había llegado, ni estaba familiarizado con el trato o las relaciones sociales que allí se daban), su formación intelectual en el rincón más sofisticado del país del norte y su creencia en el “Noble Red Man”,[101] le facilitaron redactar en dos amplios volúmenes sus crónicas e incidencias –como él les llama- a través de varios de los estados que conformaban la nueva frontera entre los dos países. Cinco mil millas de recorrido según su propio dicho.

La descripción que llega hacer sobre Paso del Norte combina aspectos tanto técnicos como costumbristas e incluso históricos. Después de situarla geográficamente, comenta que del sitio desde el cual se ubica la plaza se extiende “de cinco a diez millas hacia abajo a lo largo del río [Río Grande o Río Bravo del norte], donde están las tierras más ricas, cada casa está rodeada de huertos, viñedos y campos cultivados. El valle o tierras bajas es aquí de una a dos millas de ancho”.[102]

Por las descripciones de estos viajeros nos damos cuenta de la importancia vital que tuvo el río para el asentamiento y desarrollo de la ciudad. El caudal que se menciona en varias de estas narraciones es de suponer que era mucho mayor al actual, por lo menos, en esta parte del territorio. Es por ello que Paso del Norte casi desde un inicio y hasta avanzado el siglo XX fincó su economía en el cultivo de una gran variedad de productos agrícolas desde hortalizas, leguminosas, semillasy una amplia variedad de árboles frutales. Siendo el cultivo de la vid el que más relevancia tuvo en la región y que de acuerdo al propio Russel se asemejaba a la uva de Hamburgo.

Las imágenes que nos dejan sus descripciones nos hablan además de que el cruce del río en este punto era más bien apacible. Aunque esto podía cambiar dependiendo de la etapa del año.

Bartlett señala en su diario que “con tan rica tierra y agua a su disposición, la productividad del valle es grande. Los cereales principales que se cultivaban son el trigo y el maíz. La avena fue introducida por primera vez, en la estación que estuve aquí, y el experimento fue altamente exitoso; el rendimiento fue mejor que en el este del Mississippi”.[103]

El aprecio por el agua del río se vuelve aún mayor si tenemos en consideración que esta población se encuentra en medio de extensas zonas áridas y semiáridas compuestas por llanuras y sierras bajas agrupadas en la planicie Septentrional.

Por lo que no es raro que al confluir el río en este punto haya hecho posible la conformación de un espacio dedicado al cultivo en el tramo que acompaña parte de su recorrido.

El clima seco y el suelo árido y semiárido que envuelven su fértil valle forman parte de la fisonomía natural de esta parte del territorio (véase imagen del tipo de climas y suelos que predominan en la región norte). Y tal y como se observa en la segunda imagen presentada abajo, la vegetación que predomina en estos ambientes secos corresponde al tipo de plantas que mejor se adaptan ante la escasez de agua existente, plantas como la lechuguilla, gobernadora, mezquite, cactáceas, acacias y ocotillo son típicas de estas tierras.

A la vista de un viajero menos acostumbrado al calor intenso y a los paisajes más bien áridos, como lo fue el alemán Julius Froebel (quien estuvo aquí en noviembre de 1852) , el lugar donde se ubica El Paso del Norte resultaría poco agradable para el público alemán.

“Mejores casas y más seguridad para la vida humana en la zona harían de El Paso una ciudad encantadora, aunque a decir verdad sus alrededores serían extraños y poco amenos para el gusto alemán. Quienes prefieren el verdor, las masas de follaje y la niebla perlina, típica de nuestros paisajes nórdicos, encontrarían aquí una atmósfera demasiado transparente, el cielo demasiado azul y metálico, la belleza de los llermos (sic) en extremo severa y plástica y, sobre todo, la visible falta de verdor”.[104]

Los paisajes norteños de este país no se asemejan a las planicies y a las estepas de los estados nórdicos. Al hacer ver la ausencia de verdor a un paseño la respuesta recibida por el alemán fue que: ‘en México creemos que lo verde es más para el ganado que para la gente’, y todo comerciante sabe que los géneros de ese color no tienen aceptación allí".[105]

El Río Bravo fue, por lo tanto, para los habitantes de El Paso del Norte un recurso fundamental para poder sustentar la vida agrícola del lugar, y eso, no sin algunas dificultades puesto que, como menciona Bartlett, en los meses de “febrero y marzo siempre hay suficiente [agua] para los primeros riegos. En abril y mayo la cantidad ha disminuido mucho; y si para mediados de mayo, que es para cuando de espera, no se elevó, no hay suficiente para regar apropiadamente todos los campos. La consecuencia es la pérdida parcial del cultivo”.[106]

Es curioso observar en el diario de este funcionario norteamericanola referencia que hace sobre el hecho de que, este lugar, no toma su nombre por ser donde se produce el paso o cruce del Río Bravo, Bravo del Norte o también conocido en Estados Unidos como Río Grande, siendo que desde su fundación en 1659 se hace alusión a este hecho bajo el nombre que se le da al lugar: “Misión de Nuestra Señora de Guadalupe de Mansos del Paso del Río del Norte”. Por lo que su nacimiento y posterior historia está íntimamente ligada al cruce de este río.

En un esfuerzo por ofrecer mayor información a sus lectores Josiah Gregg refiere que:

“Este sitio es conocido por los americanos como ‘The Pass’. En otro lugar he sugerido que debe su nombre al paso de los refugiados durante la masacre de 1680. Sin embargo, muchas personas lo derivan, y con razón, del paso del río del Norte entre dos puntos en las montañas, justo arriba del pueblo”.[107]

Desde una perspectiva histórica Víctor Orozco menciona que Paso del Norte debe su nombre debido a que

“E n 1848, se estableció la frontera entre México y Estados Unidos en la antigua villa del Paso del Norte, fundada como establecimiento hispánico casi doscientos años antes. (Vale recordar que en los dominios españoles, tanto en la porción peninsular como en las Canarias y en América era común poner el nombre de “El Paso” a poblaciones ubicadas en lugares de tránsito como vados de ríos, salidas de cañones, separaciones o aperturas de cordilleras, etc.)”.[108]

Desde su fundación como misión el cauce del Bravo fue utilizado para el cultivo de productos agrícolas. El historiador Martín González de la Vara, quien ha estudiado ampliamente la historia de este lugar, relata cómo pasada la rebelión de los indios pueblo en Nuevo México, la misión de Guadalupe o Paso del Norte a inicios del siglo XVIII comienza una racha de prosperidad basada en una mayor pacificación de la zona, el entrelazamiento cada vez mayor entre las poblaciones del extremo norte de la Nueva España, pero sin duda apoyada también en los logros que se habían obtenido en la agricultura:

“Con mejores perspectivas, la gente de El Paso aprovechó los buenos tiempos para convertir a su región en la más rica zona agrícola de Nuevo México. El río del Norte… fertilizaba con sus avenidas primaverales amplios terrenos ubicados a lo largo de su cauce. Como la base de la vida de la región paseña, buena parte de los esfuerzos de la gente se encaminaban a controlar y aprovechar el río. La construcción de acequias, de tomas de agua o boca de acequias y de canales secundarios de irrigación se convirtió en la principal obra púbica en la que participaban los vecinos, misioneros, alcaldes, el teniente gobernador y en ocasiones hasta el propio gobernador de Nuevo México”. [109]

El mismo Bartlett tuvo la oportunidad de cruzar varias veces ese río; él y su comitiva (compuesta entre otros por un equipo de ingenieros, topógrafos y sus asistentes, además de un dibujante de nombre Henry C. Pratt) trabajaron durante meses en esta zona, lo que les permitió conocer bien el entorno natural y social del lugar.

“El río pegado al pueblo –menciona Bartlett en su diario- varía en anchura de 300 a 600 pies [de 90 a poco más de 180 mts.]. Es lodoso y lento excepto durante las crecientes. En ningún lugar, desde su origen, más arriba de Santa Fe y su desembocadura, es atravesado por un solo puente. Es muy fácil vadear en El Paso, y probablemente hasta por dos tercios de su extensión, la mayor profundidad del agua por donde se cruza es solo de dos o tres pies. Aunque hay lugares, cercas de El Paso, donde es más profundo. El vado cambia más o menos cada estación. En algunos lugares hay arenas movedizas, en donde los vagones se hunden tan profundo, que son sacados con mucha dificultad y algunas otras veces son perdidos. Las crecientes que se producen se deben al deshielo de la nieve de las montañas rocosas. Esto no pasa todos los años…”[110]

Extensas y agotadoras jornadas de camino se necesitaban recorrer para trasladarse de un punto a otro en lo que fue la periferia norte de la Colonia en un primer momento, y después del México independiente, hasta que esos territorios pasaron a manos de los Estados Unidos. Aun así, el comercio y la comunicación fue cada vez más exitoso y eficiente. El relato que hace Josiah Gregg sobre las grandes planicies (el tránsito en la llamada Jornada del Muerto), visto líneas atrás en este mismo apartado, nos dejan ver las dificultades que afrontaban dichos viajeros en las décadas intermedias del siglo XIX.

Dependiendo de la ruta tomada, el camino podía ser más o menos complicado, pero por regla general los viajeros extranjeros que bajaban del norte estadounidense tenían que hacerlo por los caminos principales, en primer lugar, porque eran los pocos existentes y los que les daban mayor seguridad. El comisionado J. R. Bartlett una vez que dejó Nueva York y se adentró al estado texano realizó su recorrido de este a oeste (por Indianola, Tx.) encontrando en un inicio un panorama distinto, pero una vez que pasó las montañas de Waco se encontró con la típica aridez de esta zona.

Para viajeros europeos como Froebel el paisaje del lugar resultaba un tanto agreste. Pero para aquellos extranjeros, principalmente estadounidenses que, por la propia expansión del oeste norteamericano, cruzaban este territorio ya sea con fines comerciales, siguiendo la ruta del oro o, simple y sencillamente, aventurándose en busca de oportunidades materiales que pudieran hallar en su camino, la llegada a El Paso del Norte después de recorrer grandes extensiones de terreno desértico o semidesértico, de pasar a una orografía que a veces se volvía rocosa o montañosa, enfrentarse a temperaturas altas durante el día o al frío de sus noches, a trasladarse por inmensas y desoladas llanuras y, por si fuera poco, lo inaccesible que puede ser acceder al agua en estas condiciones. El Paso del Norte pudo verse para estos viajeros casi como un oasis:

“Este pequeño lugar es realmente refrescante para el cansado viajero que ha cruzado las planicies. Ciertamente, las sombreadas calles, las fragantes brisas, las deliciosas frutas y la apariencia lujuriante de todo alrededor hacen que uno se sienta transportado a las puertas del paraíso”.[111]

Años atrás (1841-1842) otro estadounidense, George Wilkins Kendall, describió en muy buenos términos lo que logró conocer en su breve estancia en Paso del Norte. En realidad este viajero no tendría motivos para haberlo hecho así, puesto que, como parte de la llamada expedición tejana a Santa Fe, que buscaba ensanchar la recién independizada República Texana, fue puesto preso por militares mexicanos en Nuevo México y llevado hasta la capital del país donde fue recluido en una leprosería de la que pronto saldría gracias a influencias.

De su ajetreada vida (en su epitafio resalta su quehacer como poeta, periodista, autor, granjero, miembro de la expedición a Santa Fe y el más exitoso criador de ovejas en el estado texano) destacan también sus narraciones sobre el suroeste norteamericano, de donde se retoma el siguiente párrafo:

“Casi el único lugar de México al que regresaría sin ningún remordimiento es al encantador pueblo o ciudad de El Paso. Su deliciosa ubicación en un valle tranquilo y bien guardado, sus acequias murmurantes, sus calles sombreadas, sus verdes y exuberantes viñedos, su aire seco y puro, su clima templado y, sobre todo, sus amables y hospitalarios habitantes, todo ello me ha unido a ese lugar con grandes lazos de afecto”.[112]

Antes de ir a lo que algunos de estos viajeros dejaron dicho respecto a las construcciones en este lugar, hay que mencionar, por lo menos, dos aspectos que son interesantes en la manera en que estos viajeros retoman el tema del paisaje o del entorno natural.

La mayoría de ellos eran hombres prácticos que, de alguna manera, relacionaban la idea del entorno natural con las habilidades y el carácter de las personas que allí habitaban. Con excepción de Rondé y de algún otro, todos ellos venían empujados, como ya se dijo, por el momento expansionista, los frutos que dejaba la abundante circulación de mercancías o la explotación de algún recurso natural.

Tal vez el carácter flemático de Ruxton, el más célebre de los viajeros aquí reunidos (véase el siguiente capítulo), es el que mejor encarna lo que los libros de viaje en esa época enseñaban: ver el paisaje como un libro que refleja la historia del país que se visita.

El resto de los viajeros, no obstante, llevan a la práctica, sin mayor sofisticación, el espíritu de lo que en esos momentos exigían los relatos de viaje: fijar su atención en tres aspectos principales: el estudio del hombre y su convivencia social; la creación de la riqueza y el desarrollo, y el carácter de las naciones.[113]

Predominaba en este espacio, por tanto, una mirada menos romántica (Rondé) y menos erudita (como los viajeros ilustrados) en las descripciones de viaje; centrándose, en cambio, en los asuntos más prácticos y materiales.

Si la naturaleza de los lugares habla por los hombres que allí la habitan, de acuerdo al anterior punto, entonces, una tierra no productiva hablará de las escasas virtudes de esa población. “Las tierras yermas y despobladas eran consecuencia de largos años de mal gobierno, de la rapacidad de la Iglesia y del absentismo de los grandes propietarios. Sólo si había una profunda reforma, las ciudades dejarían de ser islas en medio del desierto”. [114]

Es bastante frecuente encontrar en los diarios de viaje de esa época (no únicamente relacionados con El Paso del Norte sino con toda aquella literatura de viaje que se hacía a las regiones consideradas como poco avanzadas) sugerencias que más bien sonaban a reproches sobre lo mal trabajados que encontraban los campos o lo mal aprovechados que eran los espacios.

En los casos de los viajeros estudiados en la tesis, esa percepción concuerda perfectamente con la visión que tenían viajeros como Froebel o Ruxton, no solamente, respecto a El Paso del Norte, sino en general de la mayoría de las poblaciones y naciones surgidas de lo que fue el antiguo imperio español (y a final de cuentas, esas posiciones condensan la transición que en el seno mismo del modelo occidental estaba ocurriendo, es decir, el cambio cultural y material que se presentaba en las sociedades del norte de Europa, en contraposición a lo que para estos era ya caduco, improductivo e ineficiente, representados por la decadencia del imperio ibérico y sus antiguas colonias). Permítame el lector retomar un párrafo ya mencionado al inicio de la lectura sobre el viajero alemán Julius Froebel, señala éste lo siguiente en su diario:

“El Paso es una pequeña ciudad, aparentemente desierta, cuya población, como a menudo ocurre en la América hispánica, primero negligente y después retrógrada, se ha dejado desmoralizar por la influencia de elementos foráneos”.[115]

Una vez dicho esto, agregaba inmediatamente:

“Sus habitantes le calculan 5,000 almas, pero la ciudad se esparce en casas aisladas entre montes y valles, huertas y viñedos, a lo largo de los álamos que bordean el río, en una extensión de ocho a diez millas, con un total de 14 a 15,000 habitantes” [116]

Lo que es importante notar, en este punto, es el estilo narrativo que ligaba tanto aspectos sociales como naturales, tanto económicos como del entorno.

La historiadora Consol Freixa, en su trabajo sobre los viajeros europeos, lo sintetiza de la siguiente manera: “La naturaleza les interesaba en tanto en cuanto era el marco donde cada país desarrollaba su historia y, en consecuencia, el paisaje era para ellos el resultado, más o menos afortunado, de la intervención del hombre”.[117]

Philippe Rondé en su trayecto de la ciudad de Chihuahua a la frontera de El Paso del Norte en cierto momento deja ver claramente este hecho: Hallamos agua en abundancia y la vegetación era prodigiosa; sólo faltaba el hombre.

Y es que, efectivamente, en el aspecto estético la belleza estaba estrechamente relacionada con la fertilidad del lugar. Sus percepciones, fuertemente basadas en lo que para ellos constituían el arquetipo de ciudades y naturaleza, con las que estaban íntimamente familiarizados, no encajaba con otros entornos que les parecían, a final de cuentas, lugares mal utilizados o desaprovechados, reflejo del descuido de sus pobladores.

El sentido de lo exótico o pintoresco no hace sino reforzar ese modo particular de ver y calificar lo que no era propio de aquel etnocentrismo europeo. Apreciaban lo que estaban preparados para ver, lo que habían aprendido a admirar en su tierra natal, como bien dice la historiadora catalana.[118]

El viajero francés Philippe Rondé aunque no fue un pintor reconocido en los grandes círculos del arte, fue un auténtico representante de las corrientes artísticas prevalecientes en su momento en Francia. Por una parte, recibe del humanismo la influencia de los valores estéticos sobre la imagen, sea en el dibujo, la ilustración o la pintura (Caïus Renoux y Louis Daguerre). Por otra parte, intenta dotar a sus imágenes de la mayor fidelidad posible, aspirando hacer una obra imitativa de la naturaleza tal y como lo propone el realismo que se impuso en la enseñanza artística europea a partir de la segunda mitad del XIX. Combinando arte y realidad.

Dejó una excelente narración escrita y visual del estado chihuahuense. Desafortunadamente, en su relato, sólo encontramos unas cuantas líneas dedicadas a la ciudad paseña y ninguno de sus numerosos grabados (tal vez el más próximo a esta población es el realizado en la Lagunade los Patos de acuerdo a su itinerario). En su diario se lee lo siguiente:

“[El pueblo de El Paso del Norte está] situado en las márgenes del río del mismo nombre. En la época de mi viaje [1849] contaba con cuatro mil almas, pero después la población ha crecido mucho por causa de la emigración californiana que necesariamente la atraviesa a fin de llegar a su destino. El cultivo de la viña está allí muy floreciente.

La orilla derecha del Paso del Norte es mejicana [sic] y la izquierda americana, estando bien patente el carácter de cada una de estas naciones por un contraste notable: indolencia en la orilla derecha, y aspecto de un hormiguero trabajando en la parte contraria”.[119]

Poco más de una año más tarde otro viajero describía este lugar con las siguientes palabras:

“El pueblo de El Paso tiene la apariencia de un sitio viejo. Sus calles son estrechas y chuecas. Hay muy pocos edificios dignos de verse y su población es de alrededor de 1,000 habitantes. Nos sorprendimos de ver un pueblo tan grande en el que faltaban las más simples comodidades de la vida. Con gran dificultad conseguimos provisiones a un alto precio. Y este estado de privación se da en una zona donde la tierra produce todo lo que se siembra, pero ése es el carácter indolente de los mexicanos”.[120]

En ambas descripciones de Paso del Norte encontramos una referencia a las características del lugar unidas a las cualidades que estos viajeros les achacan a sus habitantes.

Armand Reeder en el prefacio que hace del texto de otro famoso viajero alemán, Frederick A. Wislizenus, hace notar en ese mismo sentido lo siguiente:

 “En su viaje sobre Santa Fe, como en su viaje a las montañas rocosas, las percepciones de Wislizenus fueron con él. Hacia el Este percibía la bendición de la civilización –buenos campos de maíz, huertos, viviendas y toda la dulce comodidad del hogar. El oeste lo veía desolado, observaba las praderas inacabables, sin casas y sin cultura, el nomadismo de los indios infatigables, el camino del aventurero hombre blanco”.[121]

En cuanto a sus edificaciones, algunos viajeros que tuvieron una estancia corta o que tan sólo cruzaron la región (como el viajero de la cita anterior), además de causarles una no muy buena impresión; sus casas e iglesia que eran básicamente lo construido, recibieron poca atención y escuetos comentarios por parte de la mayoría de ellos. En cambio, en otros casos como el del, ya mencionado, comisionado John Bartlett, quien tuvo ocasión de caminar más tiempo por sus calles y averiguar más sobre su historia, dejan mayores indicios de cómo era visto este lugar desde la óptica del viajero. Al respecto hay, por lo menos, dos aspectos principales que destacar: 1) Bartlett se detiene un momento en su diario a discutir el tipo o estilo de las construcciones que aquí encuentra, y 2) hace énfasis en las distinciones sociales que se pueden identificar a simple vista en las casas de sus habitantes.

Del primer punto Bartlett señala:

“Este tipo de construcción, así como el material, es exactamente el utilizado por los antiguos asirios, y construidos en nuestros días en las riveras del Eúfrates y del Nilo. Del oriente el estilo fue introducido a España por los moros, y los españoles lo trajeron a México. Los pilares y ornamentos de estilo morisco son aún visible tanto en las elegantes viviendas como en las humildes chozas del norte de México”.[122]

El arabismo arquitectónico español no fue desapercibido por los viajeros que recorrieron estos territorios, al menos por los viajeros que más información tenían al respecto o que fueron enterándose conforme iban conociendo los lugares a lo largo del Camino Real de Tierra Adentro y, en buena medida, en muchos de los asentamientos hispánicos que se produjeron durante la Colonia (el mismo Bartlett encuentra este estilo a su entrada de El Álamo (San Antonio) o en las misiones texanas de San José y Concepción).[123]

Froebel habla también del encanto peculiar de los paisajes del norte de México emparentados con la fisonomía que distingue al oriente y al norte de África.[124]

Cuando a principios del siglo XX se ve la posibilidad de crear una plaza de toros en la ciudad, se le asigna al arquitecto Francisco Pani esa tarea. Este arquitecto (de quien se dice realizó estudios en la Sorbona de París) tal vez sea el primero que con mayor autoridad definió los rasgos de estilo mudéjar o mozárabe que tenía La Misión de Nuestra Señora de Guadalupe en El Paso del Norte.[125]

Como se mencionó anteriormente, no es para nada extraño encontrar características arquitectónicas hispano-árabes en los territorios por donde fue avanzando la conquista de la Nueva España, si tenemos en cuenta los ocho largos siglos de influencia musulmana en la península ibérica. La arquitectura medieval desarrollada allí se tradujo, en buena medida, en la arquitectura colonial española en territorio americano (combinada, como en toda fusión, con otros estilos tipo románico, gótico, visigodo o renacentista). La diversidad artística a partir de esa fusión da como resultado expresiones como la mudéjar que aplicó a los edificios cristianos dicha influencia y que de acuerdo al arquitecto Pani, correspondería a ciertos rasgos encontrados en la misión fundada por los franciscanos a mediados del siglo XVII.

No es tema central de la tesis, en este punto, centrarse en la discusión sobre el estilo específico de las construcciones en el antiguo Paso del Norte, sino, simplemente, hacer patente la manera en que algunos de los viajeros dieron cuenta de esas características.

Es importante, también, recordar lo dicho por el francés Philippe Rondé sobre las edificaciones-fortalezas, como el caso de algunas haciendas que encontró a su paso por el estado chihuahuense y como lo puede ser la misma Misión de Guadalupe. Edificaciones que privilegiaban la necesidad de defenderse o resguardarse contra los ataques de los grupos regionales.

Este mismo viajero comenta, en más de una ocasión, el carácter de estilo morisco o cierto aire oriental que guardan las casas y paisajes en el estado de Chihuahua.[126]

En cuanto al tipo de casas y sus moradores, Bartlett encuentra una gran semejanza en la forma en que están hechas las casas en El Paso del Norte, aunque, haciendo una clara distinción entre las que pertenecían a la clase alta y la baja. Encuentra que no existe una clase media como en su país origen. Esta separación también la va a notar en las ciudades del interior de México que posteriormente recorrerá. Identificando bien las diferencias que existían entre las capitales de los estados y el resto de los lugares.

“Las casas en El Paso son todas de una sola manera, y hechas de adobe…, el lodo del valle se transforma en ladrillos de doce a dieciocho pulgadas de largo y cuatro de espesor, y son cocidos al sol. Este material con algunos ajustes mínimos, durará por siglos… Las casas de las mejores clases son más grandes, y hechas de forma cuadrada. Las paredes son de dos a tres pies de grueso, y tienen muy pocas aberturas. Cuando son enyesadas y encaladas se ven muy bonitas, y resultan muy confortables. Todos los pisos están hechos de barro, concreto o ladrillo. Los pisos de madera son desconocidos en el pueblo”.[127]

En el comparativo que hace Bartlett, también señala que el uso de ventanas no es común entre las familias pobres de la región. Las casas más grandes, en cambio, cuentan una entrada larga y ventanas enrejadas que dan a las calles. La única manera en que reciben la luz del día las casas cerradas al exterior es a través de las ventanas o puertas interiores de la vivienda. La apariencia de las casas aquí lleva a Bartlett a compararlas con las prisiones. Por último, se lee en su diario que, dado que el fuego era poco usado salvo para cocinar, en tiempo de frío las personas cubrían la entrada de sus casas con tela muselina o de algodón lo cual servía para mitigar el mal tiempo. Lo anotado por Bartlett constituye a la distancia un documento de gran valor. Su involucramiento en los asuntos del lugar y de la vida de las personas es lo que lo hace un tanto diferente; lo que nos lleva a decir que, en el fondo, su interés como etnólogo nunca fue abandonado por el cargo oficial que vino a desempeñar en la zona. También se observa, como es perfectamente entendible, que sus descripciones siempre van a tener como punto de referencia la sociedad de la cual viene.

Ese es el punto, precisamente, desarrollado unos párrafos atrás por la historiadora Consol Freixa. Los viajeros, sean estos europeos o estadounidenses, pretenden encontrar en otros sitios las mismas maneras de desarrollar la producción, de seguir las reglas políticas y jurídicas, de comportamiento social o de planificar las calles o el estilo de las casas y edificios de la ciudad (la misma organización de las ciudades nos habla ya de un cierto orden o estilo de vida), en fin, de tener lógicas y sentidos similares a los suyos.

Bartlett mucho más integrado a unas formas de llevar y hacer las cosas, se vuelve mucho mejor representante de un modelo de vida. Del modelo social al que pertenece.

Tanto en los relatos de Bartlett como de Rondé se pueden encontrar críticas en el modo como se levantaban las ciudades o asentamientos en México, en comparación a como se hacían en los Estados Unidos. El primero reprochaba la herencia española de fundar primero la misión o la iglesia en el pueblo y después todo lo demás; y Rondé, por su parte, resaltaba todas las previsiones que tomaban los ciudadanos estadounidenses al construir sus ciudades:

“En los Estados Unidos de la América del Norte, las ciudades se establecen y se crean sobre puntos que ofrecen facilidades de comunicación comercial, junto a ríos navegables ó en sitios susceptibles de recibir buenas carreteras o ferrocarriles. Jamás se funda un pueblo sin que estén calculadas las probabilidades de su porvenir, y así es que una vez trazado se eleva como por magia y prospera casi infaliblemente”.[128]

Sea cierto o no lo dicho en la cita anterior, lo expresado por Rondé no hacía sino replicar y robustece un discurso, de por sí, extendido entre los lectores a los que iba dirigido.

Antes de dejar este punto rescatamos un último comentario, ahora, del viajero alemán Julius Froebel que de unas cuantas pinceladas dibuja de la siguiente manera el mercado y la plaza del pueblo; lo hace no sin antes señalar lo primitivo de éste. El calificativo puede no resultar menor, puesto que, tal vez, sea el que oriente en gran medida sus juicios de valor a lo largo de su descripción del lugar:

“Su mercado llama la atención del forastero. A un lado está la iglesia que es un edificio rectangular con una sola nave de techo plano sin ningún rasgo de belleza arquitectónica. Tiene su torre separada. Al otro costado del mercado hay casas de dos pisos con portales sostenidos por pilares ordinarios. El perfil de los cerros desnudos se recorta detrás de los techos. En su mercado primitivo se acuclillan las indias ante sus bateas de cebollas, frijoles, chile, frutas frescas y papas, etc.”.[129]

Finalmente, algo que causaba la admiración de muchos de los viajeros foráneos era la producción agrícola que se tenía en la región aprovechando el agua del río. Desde mucho antes el valle de El Paso del Norte mostró sus bondades; la repoblación de esta región, causada por la rebelión de los indios pueblos en Santa Fe, hizo que aumentaran los cultivos desde los primeros años del siglo XVIII. Un siglo después, Alejandro Von Humboldt (aunque mucho se ha hablado de lo improbable que pudo haber sido el paso del Barón de Humboldt por estas tierras), narra la vista que se podía tener de esta región a inicios del siglo XIX:

“Las inmediaciones de El Paso son un país delicioso, que se asemeja a los sitios más hermosos de Andalucía. Los campos están sembrados de maíz y trigo, los viñedos producen excelentes vinos generosos que se prefieren aún a los de Parras en la Nueva Vizcaya, las huertas abundan de todos los árboles frutales de Europa como higueras, albérchigos, manzanos y perales. Como el país es muy seco, una acequia de riego conduce a El Paso las aguas de río del Norte”.[130]

Para mediados de ese siglo los viajeros foráneos destacaron principalmente el cultivo de la vid, la cual se convirtió en el producto de más renombre y el más solicitado en otras regiones. El alemán Froebel también resalta este aspecto:

“Hay ciertos productos de las huertas y sembradíos del campo que merecen comentario. Los vinos se hacen de uva muy buena, pero debe perfeccionarse su cultivo y beneficio con un mejor manejo para hacerlos de primera calidad; los que se fabrican ahora son una mescolanza de Málaga y vinagre. De la uva hacen mucho aguardiente. En El Paso comen las uvas pasas cocidas, como en Europa se comen las ciruelas pasas. El membrillo abunda en las huertas. Las peras sólo son buenas cocidas, pero su sabor es delicioso. El albaricoque, que no se cultiva en Estados Unidos y aquí sí, es pequeño y poco recomendable. Los duraznos son cualquier cosa y las manzanas se dan mejor en las zonas más frías de la Sierra Madre, pero la calidad de todas estas frutas puede mejorarse fácilmente. Hay gran variedad de legumbres, el tamaño y el sabor de las cebollas son extraordinarios y mejores que las de California”.[131]

El norteamericano Bartlett, también, dedica algunas líneas de su trabajo a hablar del cultivo de la uva y de los productos que se obtienen de ella:

“La uva es la más cultivada de todas las frutas. Se asemeja a la uva de Hamburgo. Aunque no tan grande, y parece ser que fue traída de España. Hay de las dos variedades de uva blanca o púrpura. Grandes viñedos de esta deliciosa fruta se ven en el pueblo y en los distritos adyacentes a El Paso… El vino de El Paso tiene una gran reputación, bien merecida, en ciertas partes de los Estados Unidos… no tengo ninguna duda que con la debida atención una calidad superior de vino puede ser producida aquí; y tal es la opinión de personas familiarizadas con los países que tienen una tradición vitivinícola, que han probado el vino de El Paso. El brandy, o aguardiente, es también hecho de la uva. Es de un color suave, y es conocido en Nuevo México como Pass whiskey o whiskey de El Paso. Ambos, el vino y el brandy son transportados a varias parte se Nuevo México y Chihuahua, y algunos inclusive hasta Durango.[132]

Sin duda lo que más llamaba la atención del extranjero, según lo que podemos ver en sus textos, era la vocación agrícola de El Paso del Norte. No eran ni sus casas, ni sus escasos edificios; mucho menos su gente, apegándose a lo registrado en sus escritos. Era la variedad de productos que se conseguían y su potencial, que de acuerdo al consenso de dichos viajeros podría brindar mayores beneficios si se aprovecharan mejor sus tierras. De la recopilación que hizo el profesor Ralph P. Bieber se puede leer el siguiente fragmento bastante sintomático del diario de William Henry Whiting:

 “Un tolerable vino y un muy puro, fuerte y ardiente licor, llamado, ‘Pass Whiskey’, se hace aquí. En su sistema de agricultura nada parece ser admirable, excepto la irrigación, y eso puede ser ampliamente mejorado introduciendo la industria norteamericana y el ingenio. Su excelente uva, en manos de experimentados cultivadores, puede resultar un producto lucrativo. Su trigo es incuestionablemente fino. Indolente y poco previsora, esta gente rara vez cosecha más de lo suficiente para sus propias necesidades inmediatas”.[133]

El norteamericano Josiah Gregg vio el lugar más como una serie de plantaciones que como un pueblo en sí. El proceso que repobló esta área después de la rebelión de los indios pueblos en Nuevo México dibujó varias comunidades o asentamientos (para Bartlett eran distritos adyacentes) que tenían como cabecera o cabeza de partido la misión de Guadalupe, pero que en conjunto (agréguese a la misión de Guadalupe las de San Antonio de Senecú, Corpus Christi de Isleta y la de Nuestra Señora del Socorro),[134] impulsaron enormemente los productos del campo, y fue ese el panorama que, finalmente, encontraron los viajeros a los cuales nos hemos referido en el periodo intermedio del siglo XIX. Periodo significativo para la región y para el país entero. Después de la redefinición de la frontera, se producen otra serie de procesos que van a reorientar el rumbo de la ciudad en los comienzos del siglo XX.

CAPÍTULO TERCERO

REPRESENTACIONES DE LA VIDA SOCIAL EN EL PASO DEL NORTE Y SUS ALREDEDORES EN LOS DIARIOS DE VIAJE

- ¡Al diablo con esos indios; no comprenden nada, no se puede tratar negocio alguno con ellos! ¡Créame! No tienen remedio ni ellos ni ese su país tan raro. Lo que me sorprende es que vivan, que puedan seguir viviendo en semejantes condiciones. No hay esperanzas para ellos, ni las habrá en muchos siglos, de veras, yo sé de qué hablo.

Bruno Traven. Canasta de Cuentos mexicanos

En este capítulo se verán parte de las observaciones que los viajeros foráneos dedicaron a las prácticas sociales, costumbres y hábitos de los pobladores de las tierras del norte en el periodo descrito. Al igual que todo lo dicho en los apartados anteriores, lo referente a este capítulo no deja de ser más que un análisis parcial y algo arbitrario de la vida social de ese momento. Pretender plantearse una visión absolutamente abarcadora de la realidad, en todas sus manifestaciones, ni es factible, ni está dentro de los objetivos trazados desde un inicio en donde se priorizan ciertos aspectos y se dejan fuera otros tantos.

Efectivamente, en este periodo encontramos una amplia gama de posiciones que van de un extremo al otro. Sin embargo, en el imaginario de los viajeros cobran gran fuerza las ideas largamente acuñadas y difundidas en las revistas, periódicos, libros, informes y diarios (de casi toda Europa y Estados Unidos) que abonan en el sentido de la orfandad de los pueblos americanos.

La estereotipia de México y los mexicanos en aquellos países reproduce “machaconamente” la imagen de un país no apto para gobernarse a sí mismo. De los mexicanos se menciona insistentemente su carácter supuestamente indolente. Pero, además, se les atribuyen toda una serie de calificativos que terminan por delinear un cuadro, bastante simplificado, pero efectivo, del carácter de sus habitantes. Así, los mexicanos, con sus ilustres excepciones, seguirían siendo, de acuerdo a esa perspectiva, arcaicos en sus modales, carentes de refinamiento y de las virtudes esenciales de las sociedades modernas.

El componente descriptivo que tienen los estereotipos puede ser más o menos cercano a la realidad o, si se quiere, mayor o menor sesgado; pero también hay en ellos un componente prescriptivo que funciona como un “deber ser”, un autoconformarse de acuerdo a las expectativas de los demás. Este comportamiento que ha sido más estudiado por la sociología o la psicología social de nuestro tiempo, difícilmente se podría trasladar a un contexto como el que se está analizando. No obstante, es importante mencionarlo como complemento explicativo de la construcción de identidades y de la impostación de los discursos hegemónicos, sobre todo, en la relación modernidad-atraso.

Las potencias de la época que se apuraban por llegar primero a las tierras americanas tras la quiebra de la autoridad española, manifestaban especial interés por la riqueza que el país prometía. La información a la que podían acceder más libremente, debido a dichos acontecimientos, necesitaba actualizarse, por lo que más pronto que tarde las exploraciones científicas y los informes políticos y económicos aumentaron considerablemente.[135]

Así por ejemplo, Chantal Cramaussel da cuenta de lo que un grupo de científicos franceses logró acopiar en relación a la actividad minera y de otros recursos naturales que eran explotados en amplias zonas del norte. En el “Rapport sur l’exploration minéréaligique des régions mexicaines” (Archives de la Comisión Scientifique du Mexique) señala la autora que:

“Se mencionaba en ese libro que a Mazatlán llegaba el producto de esas minas de Chihuahua, Mapimí, Durango y Álamos y que se canjeaba la plata de esos centros mineros junto con la madera y las perlas, por telas y objetos manufacturados en Europa. En 1856, la producción anual de oro y la plata de Sinaloa ascendía a medio millón de pesos. Los comerciantes estaban bien informados: M. Gullemin Tarayre enviado por la comisión científica del imperio, afirmaría nueve años después que las cuatro quintas partes de Sinaloa era explotada ilegalmente, y la tercera parte de la que se beneficiaba en Chihuahua y Sonora era enviada igualmente a Europa por contrabando”.[136]

En estos informes había además implícita o explícitamente una caracterización. Al igual que en los diarios, en la literatura o en los relatos de viaje más comentados por los lectores de las grandes ciudades del viejo continente, se presentaban en ellos una visión, más o menos uniforme, de la condición de “atraso” de México y de los demás países de la América hispánica.

Esa visión que si bien recogía parte las diferenciaciones impuestas por el cientificismo de la Ilustración, en el siglo XIX se alimentaba más de las ideas “evolucionistas” y del “progreso social” que se desarrollaron durante ese siglo.

La literatura de habla inglesa fue especialmente crítica de las estructuras heredadas de la Colonia española que, a pesar de todo, seguían teniendo gran peso aún después de la independencia. La autora anteriormente citada señala que el discurso histórico desarrollado en las primeras décadas del siglo XIX va a crear precisamente la leyenda negra en donde México se presenta como:

“Un territorio que acababa de salir de un largo periodo de letargo; los tres siglos de dominio español se consideraban como un paréntesis histórico en el que se había detenido la evolución de los pueblos americanos. Culpables de ellos eran la acción paralizante de la Iglesia católica y el régimen feudal impuesto por España. El inglés Robertson, quien publicó en Londres en 1777 su History of America y el americano William Prescott (cuya obra fue traducida en francés bajo el título Le Mexique en 1843) fueron los principales promotores de esta visión muy negativa del México del siglo XIX. Las ideas de de Pauw acerca de la degeneración de los americanos habían sido en buena parte refutadas por Humboldt pero el propio científico alemán se había mostrado también muy crítico acerca del gobierno español y de la élite criolla que mantenía en la servidumbre y la miseria a la mayor parte de la población”.[137]

En el análisis que se haga de la época deben pesar, sobre todo, dos elementos que se conjuntaron como parte de la coyuntura histórica: las políticas expansionistas de las grandes potencias y las ideas de la evolución. El primero se ve acelerado por la desarticulación del Imperio español y la disputa por las recién independizadas repúblicas americanas. A lo anterior se le suma el hecho de que los grandes poderes de la época pudieron aventurarse como nunca antes por las regiones más distantes de todos los continentes. No por nada se le conoce a esta etapa como la “Segunda Gran Era de las Exploraciones Científicas”.[138]

El segundo elemento nos plantea, como ya se dijo, una perspectiva desde la cual el hombre moderno se coloca por encima de otros grupos en una supuesta escala del proceso evolutivo de la sociedad.

1. Los estereotipos del habitante norteño en las aventuras de George F. Ruxton.

George Ruxton llega, como se mencionó anteriormente, llega al norte de México en 1846.

Puede deducirse de las primeras hojas de su diario que una de sus intenciones era dar a conocer la región a sus lectores y en su caso brindar una guía para aquellos que quisieran recorrerla, pero tomando las debidas precauciones porque, como lo señala más adelante, se van a encontrar a personas ásperas y rudas en el trato con los de fuera, lo que el viajero da en llamar “gente inhóspita”.

Ruxton inicia su travesía hacia tierras americanas en el puerto inglés de Southampton (Hampshire) a orillas del Canal de la Mancha el 2 de julio de 1846, atraviesa el Atlántico por su parte meridional en un viaje que dura más de veinte días antes de encontrarse recorriendo varias de las islas antillanas y caribeñas hasta pisar, finalmente, suelo mexicano en el puerto de Veracruz a principios de agosto del mismo año.

Una vez en el centro de México, comienza su viaje al norte por el Camino Real. La revisión de sus “Aventuras en México” nos da pie para examinar en qué medida muchas de las descripciones hechas por los viajeros reflejan más una concepción predeterminada y una percepción interesada de la realidad que, las observaciones “fieles” y supuestamente apegadas a esa realidad, que decían contener sus relatos.

Por supuesto que la diferencia en ellas puede estar dada en el mayor o menor grado de exageración o realce de sus afirmaciones. Lo cual las coloca en una frontera que en ocasiones llega a ser muy sutil. En el caso de Ruxton se puede decir, de acuerdo a la lectura de su texto y a lo que otros han concluido de ella que, el autor[139] de este relato guarda fuertes recelos de poblaciones como la mexicana (“ningún viajante fue tan implacable con los mexicanos”[140] ) así como de las instituciones dejadas por los españoles. Siendo un fiel representante de lo que líneas atrás se ha mencionado como el discurso ligado a la leyenda negra inspirada por la potencia británica y en general por la escala valorativa que se hacía de las razas y poblaciones.

Si los soldados, misioneros, diplomáticos, naturalistas y viajeros británicos exploran buena parte del mundo y actúan como verdaderos súbditos de su majestad, es por el poderío alcanzado por la isla durante esta etapa. La expansión de los intereses británicos logra su culminación precisamente en el siglo XIX: “A great consolidation of British imperial power began after the Romantic era, and the period 1835–1910 saw Britain emerge as the dominant world force for the nineteenth century”.[141]

No era raro, entonces, que la mentalidad inglesa asumiera el rol que la posición, la relevancia y el papel del Imperio británico había adquirido durante tantas décadas.

Muchos de los viajeros ingleses que dejaron testimonio de su paso por tierras mexicanas estaban imbuidos en mayor o menor grado por ese “sentimiento de grandeza” que el reino infundía en sus habitantes.

El caso de otro viajero inglés (James Frederick Elton) que años después entra a territorio nacional acompañando a los invasores franceses, es otro claro ejemplo de ello. De él dice Ángel Gurría Quintana en la introducción que hace del diario del viajero: “en pocos relatos es tan transparente la forma en que la experiencia imperial dotó a los británicos de un nuevo vocabulario para entender el mundo”.[142]

El vocabulario al que se refiere Gurría no es otro más que el del gran Imperio sirviéndose de la diversidad de propuestas difundidas en esos años en torno a los discursos ligados al evolucionismo[143] y a la larga tradición expansionista de Occidente.

El sentido común sobre la relación que debía existir entre el viejo continente y sus ex colonias americanas se discutía todavía en términos de una franca supremacía de lo europeo.

Si valoramos en lo que cabe la expresión de que cada historia es hija de su tiempo, la de Ruxton deben leerse, por lo tanto, en el contexto del notable activismo ejercido por el Reino Unido a nivel mundial.

Retomando lo dicho por el viajero en su diario, en la edición en español de 1974, Fausto Castillo nos advierte sobre la disposición con la que los lectores de Ruxton deberían abordar la obra:

“Diremos que si la reacción más o menos generalizada es de escándalo y de vanidad ofendida, quedará para mí bien claro que la lectura fue hecha desde una actitud patriotera de la que bien valdría al lector salir de ella cuanto antes mejor”. [144]

La aclaración es pertinente puesto que si bien el autor de Aventuras en México no deja pasar ninguna oportunidad para diferenciarse de las costumbres de los habitantes locales, sus palabras deben ser referenciadas alespacio discursivo al cual pertenecen.

Tal vez, como dice Jesús Vargas,[145] el único sector que se salva de la pluma mordaz de Ruxton son las mujeres y a Miguel Hidalgo a quien reconoce como el único mexicano honesto:

“Me duele tener que decir que no recuerdo haber observado un solo rasgo loable en el carácter del mexicano, siempre exceptuando de esta consideración general a las mujeres del país, quienes por su amable corazón y sus genuinas cualidades, son un adorno para su sexo y para cualquier nación”. [146]

De su marcha por las ciudades del norte destacan dos consideraciones fundamentales:

a) ver esta región como el límite entre México y sus lugares incivilizados. Ruxton señala que existe una franja en donde prevalece todavía la barbarie, en clara referencia a la existencia de grupos indígenas que seguían sin ser sometidos por los poderes federales o regionales. “La ciudad de Durango - señala - puede ser considerada como la última Tule de la zona civilizada de México”.[147] Más allá de la pacificación de los territorios norteños, sus señalamientos no sólo hacen referencia a la disputa territorial, sino también a la cultural.

b) “El lenguaje sirve como sistema de etiquetaje para describir, dar cuenta e informar” menciona Juana Marinkovich[148] en un discurso en donde analiza precisamente el lenguaje científico. El segundo gran tema que destaca Ruxton de la cultura norteña corresponde a la concepción de lo indígena dentro de un marco discursivo que parte de la descalificación.

Cuando Ruxton habla de las tribus salvajes que azotan a varios de los estados y territorios septentrionales como Durango, Sonora, Chihuahua o Nuevo México, ubica a los indígenas en el plano de la barbarie, de las depredaciones indias. Sin embargo, no se cuestiona otras formas de organización ajenas a la suya, ni reconoce como estrategias de resistencia física y cultural la combatividad de los grupos originarios de la región, entre otras cosas porque escapaba a lo que sería su horizonte de perspectivas.

El discurso de la modernidad desde donde se planta Ruxton para hacer sus observaciones, va a producir un relato un tanto descarnado que desnuda la realidad caótica que vivía el país en términos políticos, económicos y sociales a mediados del siglo XIX; pero lo va a hacer tomando en cuenta concepciones que eran tomadas como válidas en su época, ello lo lleva a decir en muchas ocasiones cuestiones como las que se leen en el siguiente párrafo:

 “[México] nunca podrá progresar ni ser civilizado hasta que su población sea reemplazada por otra más enérgica. La actual forma republicana de gobierno no se adapta a la población de México y esto es evidente en las constantes revoluciones que sufre. Sólo un pueblo capaz de apreciar los principios de la libertad civil y religiosa, las ventajas de las instituciones libres, puede ser capaz de desarrollarse. Pasará mucho tiempo antes de que esto ocurra en México y, mientras tanto, el país puede pasar a manos de otros propietarios, quizá de una raza más enérgica”.[149]

La formación temprana de Ruxton en la actividad militar (iniciada a los 14 años de edad en la prestigiada Real Academia Militar de Sandhurst, la que después de dos años decide dejar) y los posteriores encargos que desempeñó al servicio de la Corona (siendo además que en su recorrido por el país le fueron otorgadas credenciales diplomáticas y como representante de intereses comerciales británicos que le fueron de gran ayuda para librarse de más de un obstáculo que encontró en su camino), nos coloca bajo las mismas interrogantes que muchos han expuesto en otros trabajos[150] al concebir a Ruxton como un informante británico enviado para dar cuentas del avance estadounidense en territorio mexicano. Lo que explicaría en parte el tono de algunos de sus comentarios en este texto.

Lo que, en todo caso, no puede estar en duda es su raigambre cultural y social que le da una posición diferente como gentleman inglés. No hay que olvidar, como dice Crawford Buell en la introducción de la versión en inglés de su diario, que Ruxton sin una aparente preparación previa para la escritura “aparece como un buen ejemplo del típico caballero inglés de esa era que había sido inculcado desde muy temprano en la niñez en la historia, la buena literatura y la buena escritura”.[151]

Lo anterior es importante subrayarlo porque el lugar de la enunciación (¿Quién lo dijo? ¿Desde dónde lo dijo? ¿Qué se dijo y qué no se dijo?) Es básico, tanto en la narrativa de Ruxton como en la de cualquier otro viajero; siendo cuestionamientos que nos ayudan a entender uno de los ejes que vertebran el análisis de los textos de viaje vistos aquí. Esto es, que el saber está ligado al poder. El diálogo entre Ruxton y los personajes de su obra es en muchos sentidos el diálogo histórico entre Europa y los habitantes americanos, a través de las herencias coloniales.

José Rabasa aborda en un excelente libro la misma idea dentro de un contexto anterior. En un breve párrafo de su texto se lee lo siguiente:

“The generic differences between histories, chronicles, and relaciones (accounts) correspond to rules that do not merely reflect aesthetic formulas but define who has the authority to speak and what is legitimate knowledge”.[152]

Las anotaciones que lleva a cabo Ruxton en su diario son particularmente importantes porque en ellos encontramos más diáfanamente algunas de las percepciones predominantes en el entorno intelectual de la época, ancladas fuertemente en patrones preestablecidos con mucha anterioridad sobre la forma de vida de la población mexicana prevaleciendo en su relato una visión esencialista y dicotómica entre la evolución de los países europeos y un oscurantismo de los hispanoamericanos.

Los prejuicios contenidos en los discursos dominantes a lo largo del siglo XIX, incluidos aquellos con raíces históricas mucho más profundas como el orientalismo, forman parte del bagaje-equipaje cultural que lleva consigo el viajero, lo que posibilita que cuente con un marco de referencia elemental para explicar las circunstancias que encuentra a su paso.

El caso de Ruxton como el de su compatriota James Elton, mencionado anteriormente, entran en el contexto de lo que Michel de Certeau definía como heterologías (discurso sobre el otro)[153] que terminan operando como grandes ideas-eje de su tiempo, mismas que al ser individualizadas orientan la tarea del viajero.

En este sentido, Aventuras en México puede ser el texto paradigmático en donde se destilan toda una serie de mitos alrededor de la geografía y la población del norte de México; por otro lado, es claro que el testimonio expuesto allí nos permite asomarnos a situaciones del pasado en las que el autor fue testigo presencial; y que si bien, apreciamos bastantes exageraciones en los temas sociales, no todos los comentarios son dardos envenenados en la prosa de Ruxton.

Sus críticas al régimen político, aunque muy agudas, no dejan de ser interesadas; se dirigen básicamente a denostar los rasgos monárquicos del pasado virreinal y las prácticas pervertidas de los actores que detentaban el poder:

”El poder intelectual está en manos de unos cuantos y todas las revoluciones las realiza esta minoría. El ejército aprovecha (lo cual le es fácil mediante sobornos y la colaboración del clero) estos apetitos y entonces ocurre que, en lugar de gozar una forma libre y republicana de gobierno, el país es regido por un despotismo militar”.[154]

Y un párrafo más abajo agrega:

“La población se divide en dos clases: la alta y la baja. No hay niveles intermedios que unan a los dos extremos y por consecuencia la diferencia entre ambas es profunda y muy marcada. La relación de los campesinos con los ricos hacendados es de virtual servidumbre, casi como la esclavitud misma…”.[155]

Estos comentarios como los dedicados a señalar las debilidades y pocas resistencias que oponían las autoridades gubernamentales y administrativas a los malos manejos públicos y financieros, constituyen hechos difíciles de negar tal y como se menciona en la misma contraportada de su texto: “Nadie que conozca la historia del México Anárquico puede desmentir los juicios de Ruxton”.[156]

Hay, por último, gran cantidad de anotaciones que hacen referencia a lo cotidiano y que no se quieren dejar de mencionar en el apartado siguiente.

2. Narraciones de la cotidianidad

A lo largo de su recorrido Ruxton se topa con varias expresiones del fervor religioso de los mexicanos. La vinculación religiosa a la vida cotidiana la observa prácticamente en cada comunidad que visita, incluso, en el habla tradicional; en el saludo de las personas, en la buenaventura al despedirse, etc. Es decir, integradas completamente a las expresiones comúnmente utilizadas por la gente en el trato y las prácticas habituales.

Una familia de rancheros en la villa de El Gallo (en el norte del estado de Durango) lo despidió con rezos y bendiciones a San Isidro de Guadalajara, para que mediante “no sé cuántas avemarías –menciona el viajero- me tomaría bajo su especial protección”.[157]

Estos episodios fueron constantes en su viaje, si mucho variaban en el santo patrón al que se dirigían los habitantes. Junto al fervor religioso que demostraban más las festividades religiosas que se celebraban en las principales plazas del norte del país las cuales constituían uno de los mayores eventos en el calendario anual de actividades, podemos observar claramente, de acuerdo a lo señalado por éste y otros viajeros, los profundos nexos existentes entre las labores y quehaceres habituales y las enseñanzas religiosas que se fueron extendiendo en estos territorios desde las primeras misiones de franciscanos y jesuitas.

En Guajuquilla (hoy Ciudad Jiménez, Chihuahua) un suceso llamó su atención: la dueña de la casa donde se hospedaba al enterarse de que algunas de las pertenencias del viajero habían sido robadas, “se dirigió a la sala y llevó una imagen del Niño de Atocha… rodeada de todas las mujeres de la casa, ofreció tres misas al santo, tomar parte en una penitencia y mi sirviente otra misa más, si se recobraban las cosas robadas, además de docenas de padresnuestros y avesmarías, etcétera”.[158]

Cabe mencionar, para completar la anécdota, que las propiedades fueron recuperadas, más por las buenas referencias que portaba el visitante y por la congoja de la dueña de la casa que por otra cosa, y que lo que acabó de sorprender al viajero fue la imagen de la sirvienta de la casa dando vueltas “sobre sus piernas” por el lugar: “La pobre vieja había jurado caminar de rodillas por la calle, mientras repetía un cierto número de avesmarías, si descubrían al ladrón y yo recuperaba mis cosas, con lo cual quedaría restablecida la reputación de la familia”.[159]

Por supuesto que estos ejemplos no bastan para entender en su complejidad la importancia del papel religioso en la vida de los pobladores del norte, sin embargo, un punto de vista autorizado sobre el tema lo presenta David J. Weber en su texto: La Frontera norte de México, 1821-1846.[160] Este autor brinda una interpretación en la que la organización eclesial en la periferia norteña fue en declive en las siguientes dos décadas después de la independencia, pero aun así, reconoce en las crónicas que hicieron algunos visitantes anglosajones, el peso que tenían los representantes de la Iglesia en la feligresía del lugar:

“Cosa curiosa, muchos visitantes norteamericanos que anduvieron por el norte de México fueron ciegos a la declinante influencia de la Iglesia y llamaron a los colonizadores gente ‘dirigida por los curas’. En 1837, un visitante de Texas dijo que el clero tenía una ‘influencia poderosa… sobre las mentes de la gente’. Del mismo modo, Josiah Gregg, comerciante de Santa Fe, exclamó que ‘la obsequiosidad servil de las clases bajas hacia estos curas mimados es punto menos que increíble’”.[161]

Este aspecto tratado por Weber nos permite hacer un paréntesis en la revisión de los diarios de los viajeros para resumir lo que este autor, en su ya célebre libro, nos presenta al referirse al tema de la cultura en el siglo XIX. Hay que mencionar, no obstante, que el historiador recupera a su vez los testimonios de varios viajeros (estadounidenses en su mayoría) para dar cuenta no sólo de las cuestiones sociales.

Uno de los detonadores que incidieron en las modificaciones de la vida social en todo el país fue, obviamente, la independencia. Las nuevas circunstancias que poco a poco le cambiaron el rostro a la nación corren por dos pistas: las del México formal y las de una pesada realidad. Por ello nos dice el autor que, mientras que por un lado se abolían los títulos y las distinciones de tipo racial, por otro, se ampliaban y agravaban las diferencias económicas entre la población. Este proceso condujo, de acuerdo al autor, a nuevas formas de organización y de incorporación de la mano de obra (entre ellos del indígena) en el desarrollo de la frontera. “Conforme crecía en tamaño y opulencia la clase alta así también crecía su habilidad para explotar a la clase baja”.[162]

El trabajo acasillado y la conversión de los indios de las misiones en peones fue parte de las experiencias que se vivieron en varios puntos de la antigua frontera mexicana. Faltaría comprobar, para el caso de la minería y de la hacienda productiva de Chihuahua y Durango, si se producen procesos similares.[163]

La distinción racial en la frontera no fue, de acuerdo a Weber, tan marcada como lo fue en el centro y sur del país. La diferencia residía en la escasez de fuerza de trabajo y la persistencia de conflictos con los grupos nativos en buena parte de la región, lo que frenaba en cierta medida armar un sistema jerárquico bien establecido. No era, por lo tanto, que hubieran expresiones ideológicas distintas a las que se presentaban en el centro del país,[164] sino más bien, lo que lo determinaba eran las circunstancias particulares que privaban a esta altura del siglo XIX.

En su texto encontramos ejemplos de la movilidad social de los indios y mestizos desde la época colonial, pero tampoco se puede dejar de lado el valor real que le otorgaban en la sociedad norteña al color de la piel:

“Los colonos mexicanos no pasaban totalmente por alto el color. Denigraban a los que tenían un tono más oscuro que el de ellos, y tendían a ‘blanquearse’ conforme ascendían en la escala social, para lo cual negaban su linaje indio o negro”.[165]

En cuanto a las mujeres, menciona este autor, que éstas estaban fuera de las actividades tradicionales que desempeñaban los hombres. Sin embargo, se señala que hay razones suficientes para suponer que en la frontera esas diferencias se hayan aligerado, puesto que además de desempeñar las labores del hogar, podían auxiliar igualmente en las labores del campo, de la “cría de ganado y en oficios que compartían con sus maridos y que también desempeñaban solas... Es muy probable, entonces, que las condiciones de la frontera hayan suavizado la subordinación de las mujeres y las divisiones de trabajo por razones de sexo que caracterizaron a las sociedades hispánicas tradicionales”.[166]

Hay que decir, no obstante, que los mismos ejemplos los podemos encontrar en otras regiones del país, por lo que en estas líneas más que aclarar el papel que tuvo la mujer en la sociedad norteña nos arroja todavía muchas interrogantes.

Otros puntos importantes en los que el autor brinda luces, corresponden al campo de la educación y de la salud. A este respecto se describe cómo, desde finales de la Colonia, ya había un interés importante por parte de los funcionarios de la época borbónica (imbuidos por los ideales de la Ilustración) por incrementar el número de escuelas en todas las regiones del país. Este interés permaneció en las siguientes décadas posteriores a la Independencia y fue lo que permitió la multiplicación de escuelas públicas en los principales centros del Septentrión.

La instrucción pública se daba a través de textos que conservaban “aún la forma de catecismos” y el sueldo del maestro era cubierto por los propios padres de los alumnos. Sin embargo:

“En la práctica no eran muchos los alumnos que iban a la escuela, a pesar de que había normas que hablaban de fuertes castigos o multas a los padres que no enviaran a sus hijos a las aulas. [Además] eran cosas común las quejas por la incompetencia de los maestros y la falta de elementos”.[167]

En cuanto a la salud de los pobladores de las regiones del norte, cabe mencionar que mucha de la obra viajera que se consultó habla de los cada vez más frecuentes encuentros entre ciudadanos estadounidenses o de origen europeo (Rondé por ejemplo nos dice que en la capital de Chihuahua en 1849 vivían unos veinte ciudadanos franceses desempeñando diferentes actividades). Décadas atrás otro viajero de origen inglés Robert W. H. Hardy teniente naval que se desempeñaba también como médico en los estados norteños por donde anduvo, comenta en su diario los habituales contactos que tuvo en estos lugares con médicos y científicos de origen norteamericano e ingleses.

Se generó, con el poblamiento de la región, una mayor demanda para la atención de las enfermedades, lo que incrementó tanto el número de médicos, como el consumo de medicinas, lo que a la postre ayudaría a crear una verdadera cultura sobre la salud, parecida a la que tenemos hoy en día.

Pero como recuerda Weber, muchas de las enfermedades comunes eran atendidas mayormente por médicos autodidactas, cuando no por charlatanes, curanderos y falsos e improvisados boticarios.[168]

Algunas enfermedades trajeron grandes desgracias, la tifoidea, la fiebre amarilla y la tos ferina entre otras, se convirtieron en verdaderas pandemias en distintos momentos del siglo XIX: el cólera en Sonora y Arizona de 1833 a 1834; el sarampión y la viruela en California durante los años que van de 1837 a 1839 y en 1844.

Hasta aquí dejamos el trabajo de David Weber aunque sus indagaciones sobre distintos temas resultan de gran utilidad para los interesados en el desarrollo que tuvieron las comunidades del norte del país en las décadas que analiza del siglo XIX.

En la revisión de los textos de los viajeros podemos encontrar también algunos ejemplos de la manera en que las comunidades del norte participaban en espectáculos, festividades y otras diversiones que formaban parte de la comunidad.

El francés Philippe Rondé, al que nos hemos referido en diferentes ocasiones por lo pormenorizado de sus descripciones escritas y grabadas de las plazas y edificios públicos de algunos lugares del estado de Chihuahua (véase para la revisión de este viajero sobre todo el capítulo siguiente de la tesis), nos proporciona, igualmente, algunas imágenes cortas pero bien detalladas de las distracciones más populares de la época.

Así nos relata, por ejemplo, los paseos tradicionales por la Alameda que hacía los habitantes de la ciudad de Chihuahua los domingos por la tarde. Destaca los atuendos festivos con los que se realizaban dichos paseos, pues todos, sin importar su condición, querían lucir con sus mejores galas:

“Las señoritas se envuelven con mucha gracia en su rebozo, con el cual se cubren la cabeza ocultando una parte del rostro y no dejando ver más que dos grandes y hermosos ojos negros. Por lo común las señoras ricas llevan este rebozo de seda negra o blanca y bordado con dibujos de colores vivos, en tanto que las mujeres del pueblo les gustan de lana azul con cuadritos, sin que por esto se le pongan con menos gracia. Las europeas adoptan al instante este traje... La falda es corta y las medias están bordadas de lana. Las mujeres del pueblo son muy aficionadas a las sayas enmarcadas, y se pasean a pie.

El lujo penetra hasta en las clases más pobres, y no es raro ver de domingo a una india con zapato de raso blanco y sin medias, su piel naturalmente colorada contrasta con el color de su calzado”.[169]

Asimismo nos habla, este aventurero francés, de los paseos nocturnos, los días de trabajo y de las cabalgatas; pero lo que más llama su atención son las corridas de toros y las peleas de gallos. De las primeras menciona que hay en esta ciudad una hermosa plaza en la que con destreza los toreros logran emocionar a los entusiastas espectadores tanto que “su alegría y animación son indescriptibles”.[170] Más allá del interés que despertó en Rondé este espectáculo, no deja de señalar lo bárbaro y poco civilizado que resultan éstos para el gusto de los europeos. No es del todo ilógico que siendo esta fiesta una costumbre heredada de España sea considerada como poco civilizada por Rondé, pues la península Ibérica era tenida bajo esta estima por los países más al norte de Europa, incluso, se le llegaba a comparar con los países de la costa africana como Marruecos, Argelia y Túnez.

Las peleas de gallos (otra tradición de origen hispano) eran más una diversión popular a la cual no asistían “las personas finas”. De ellas menciona que se hacían apuestas antes de comenzar cada pelea y que en sí consistían en un elaborado ritual para hacer reñir a los gallos. Estas aficiones no tardaron mucho en popularizarse en las tierras más altas de la Nueva Vizcaya. En Santa Fe se creó una plaza para las corridas de toros en 1845.

Varias de las actividades de las más antiguas y concurridas por la población estaban ligadas todavía al calendario de las festividades religiosas. La fiesta anual en honor a Nuestra Señora la Virgen Santísima de Guadalupe que celebraba la misión fundadora de El Paso del Norte era organizada por un comité ciudadano que “planeaba y supervisaba todas las festividades”.[171] El mismo George Ruxton es testigo, en su camino, de algunas de estas celebraciones como las bodas, bautismos y hasta los funerales que brindaban ocasión para las reuniones sociales.

Según Oakah Jones algunas de estas actividades no pudieron haber sido tan distintas de los festejos que los habitantes de la zona realizaban hacia mediados y finales del siglo XVIII, conmemorando y celebrando a sus santos. Participando en las fiestas religiosas o en honor a algún visitante prominente.[172]

El beber, bailar y fumar estaban permitidos en estas fiestas. De hecho el uso del tabaco constituía una más de las aficiones que tanto hombres, mujeres y jóvenes llevaban a cabo con regularidad.[173]

La reunión de amigos y de una buena parte de la población del lugar merecía un buen banquete y el baile público involucraba a todos los allí presentes.

Los tipos de bailes que se popularizaron en varias comunidades del norte a mediados del XIX eran varios: “la cuadrilla, la contradanza y lo que los norteamericanos llamaron desaprobadoramente el ‘lascivo vals’ llegaron del norte desde México y desde el oeste de Estados Unidos”.[174]

El comisionado John Russell Bartlett recién llegado a esta frontera a finales de 1850 también es testigo de dos tipos de celebraciones una del lado estadounidense y la otra en El Paso del Norte de lado mexicano. El 24 de noviembre –se lee en el diario de Bartlett- asiste a un discurso dado por el Obispo de Durango (Zubiría) en el lado norte del río Bravo perteneciente ya la nación norteamericana. De esta reunión dice lo siguiente Bartlett:

“Abundantes personas bien vestidas se reunieron en el exterior de la iglesia, no pudiendo entrar en ella. Siendo una excelente ocasión para conocer a las personas ya que todos estaban afuera. Todas las mujeres vestían rebozos negros, o bufandas alrededor de sus cabezas y hombros, en general eran vestidos alegres. Los más refinados llegaron de negro. Se pone mucha atención a la ropa y las señoritas prefieren ciertos colores para ellas… Después de la misa fuimos invitados por Don Guadalupe Miranda para compartir algunos refrescos en su casa. Uvas, manzanas y peras se sirvieron junto a vino de El Paso…”[175]

Al día siguiente se topa con otro tipo de reunión de la que da cuenta:

“Cruzamos el río a caballo para hacer algunas compras en el pueblo; y entando allí, asistimos a una fiesta de los indios pueblo, que acababan de llegar. Los hombres estaban en su mayoría vestidos a la manera de la clase baja mexicana. Usaban chamarras cortas, decorados con muchos botones, y pantalones negros con los mismos botones, abiertos en la parte de afuera de la cintura al tobillo… Las mujeres usaban todas vestidos negros, hasta debajo de la rodilla, con una delgada manta sobre sus hombros. Un chal rojo atado a sus cinturas, y traían muchas cintas de colores en su pelo…”[176]

Asimismo, se tiene testimonio escrito de la correspondencia que un joven alemán de nombre Ernst Kohlberg [177] (avecindado en El Paso, Texas) envía a sus familiares de aquél país (Alemania) entre 1875 y 1877. Dichas cartas nos permiten entender un poco más el contexto y recuperar una imagen valiosa de las actividades habituales que este joven y sus amigos alemanes y mexicanos realizan en ambos lados de la frontera. En una de esas cartas enviadas a sus padres fechada el 25 de mayo de 1876 menciona lo siguiente:

“Ustedes parecen estar interesados en cómo paso el tiempo. Bueno, el domingo anterior fui a El Paso del Norte a las 8 de la mañana y trabajé en la tienda hasta las 10. Entonces un joven alemán y yo fuimos a cabalgar y luego aguardamos afuera de la iglesia hasta que las “bellezas” locales salieron y les pasamos revista. Valió la pena. Comí en la tienda. Sopa con gruesos fideos como de una pulgada de grosor, carne con chile (…), chícharos y frijoles, que son el platillo nacional de México; y de postre pastel de membrillo”. [178]

A continuación relata las condiciones del lugar y cómo el clima extremoso, en palabras del propio alemán “sólo los perros y los ingleses pueden andar en la calle cuando está tan caliente”. Señala que se resguardaron del fuerte calor en un billar de la localidad durante algunas horas para luego proseguir el día. La aventura de ese joven alemán y de sus acompañantes parece ser más bien la de un cortejo hacia las jóvenes del lugar.

“Después fuimos a visitar a una familia mexicana, en verdad fuimos a visitar a la hija de esta familia… Cantamos acompañados por una guitarra, hablamos del elegante baile al que asistimos el pasado 5 de mayo, fecha en la que se celebra la captura de Maximiliano (sic), entonces partimos después de un plácido rato… Para expresar nuestro amable sentimiento hacia estas damas decidimos darles una serenata”.[179]

La aventura contada por este joven termina dejándonos algunos datos más que, a manera de botón de muestra, nos permite observar cuáles eran tan sólo algunas de las formas de diversión y de algunos rasgos del estilo de vida del momento desde la perspectiva del joven extranjero que gozaba de buenas relaciones en la ciudad texana (Solomon C. Schultz, pionero de las familias judías establecidas en esa localidad y tercer alcalde del Paso, Texas) y que además llegó conformarse como un exitoso empresario tabacalero en el suroeste norteamericano y dueño del hotel Regis en la vecina ciudad paseña.

“Es necesario que yo retornara entonces a El Paso (Texas) [junto a otro de sus amigos]… Así que los dos partimos de inmediato ya que ambos debíamos cruzar el río, en un caballo, antes que anocheciera. Él montaba en la silla y yo detrás. Galopamos a través del pueblo y de la plaza y finalmente llegamos a El Paso. Montamos de nuevo y como estaba oscureciendo nos encaminamos a El Paso del Norte portando nuestras armas a la mano. Cuando anochece es necesario estar preparado para cualquier eventualidad… fue hasta las 12 cuando llegamos a la casa de las señoritas. Acompañados por nuestra inseparable guitarra comenzamos a cantar nuestras canciones de amor… Comimos, bebimos, tocamos música, fumamos y pasamos un buen rato hasta las 2 de la mañana. Nos despedimos y eran las 3 de la mañana cuando llegamos al centro del pueblo donde está localizada la tienda”.[180]

3. Carl Lumholtz: a caballo entre la etnografía y el relato de viaje

Antes de concluir el presente capítulo sobre las representaciones sociales, se vuelve importante resaltar el trabajo de otro de los personajes que dejaron una presencia notable por el tiempo (sus viajes en diversos periodos se extienden desde 1890 hasta 1910) y esfuerzo dedicado a capturar algunas de las imágenes mejor logradas de las etnias indígenas asentadas en el corazón de la cadena montañosa que hay entre los estados norteños de Chihuahua, Sonora y Durango, misma que continúa hacia el sur a través de cinco estados más.

La obra de Carl Lumholtz es la del antropólogo contemporáneo. Su extenso quehacer da cuenta, no sólo de su recorrido por la sierra norte, sino también por algunas partes del Occidente mexicano, recogiendo en sus diversas visitas impresiones de todo tipo, pero interesándose, sobre todo, en el antiguo mundo de los llamados indios pueblo.

 En El México desconocido,[181] pese a ser una obra rica y abundante en diversas áreas, Lumholtz se concentra fundamentalmente en el conocimiento antropológico de los grupos indígenas y del entorno serrano.

Hay que recordar que en sus primeros viajes por el territorio nacional (el 9 de septiembre de 1890), partiendo de Bisbee (Arizona) rumbo a Sonora, se hace acompañar de un grupo amplio de colaboradores y ayudantes entre los cuales se incluían: dos botánicos, un minerólogo, dos arqueólogos, dos geógrafos, un zoólogo, varios arrieros y guías e incluso un cocinero oriental, hasta completar una cuadrilla de alrededor de 30 hombres bien aprovisionados de víveres y todo lo necesario para realizar el extenso viaje, lo cual también incluyó cerca de un centenar de animales de carga y de consumo. Una expedición de tal magnitud y con tales pretensiones (aunque este equipo no se mantuvo a lo largo del viaje) requirió del patrocinio del Museo Americano de Historia Natural de Nueva York, de la Sociedad Geográfica estadounidense, de fondos que pudo obtener de parte de algunos cuantos acaudalados de ese mismo país, además del apoyo importantísimo tanto del gobierno de Washington D. C. como del gobierno porfirista.

De sus numerosas observaciones realizadas desde su profesión como etnógrafo y la curiosidad propia del explorador, podemos llegar a la conclusión de que, con su trabajo en el noroeste del país se cierra o se empieza a cerrar toda una mirada particular de registrar al norte, su espacio, sus costumbres y su población. De manera que podemos ubicarlo como una bisagra entre los exploradores del siglo XIX y del XX.[182]

En términos de hechos históricos dos elementos son cruciales para ello. La gradual pacificación de la región o sometimiento de las últimas etnias en conflicto y la política integracionista del régimen porfirista que mediante el paulatino tendido ferroviario, tomado como punta de lanza, emprendió una mayor vertebración (por lo menos económica) entre las regiones.

Posteriormente, ya en el siglo XX, la Revolución Mexicana y sobre todo sus consecuencias van a dibujar un territorio más integrado y un proyecto más firme de nación.

Si nos atenemos a lo planteado por el historiador Hayden White en relación a las estrategias para analizar el texto histórico, encontramos que, de acuerdo a las experiencias o situaciones que se viven en determinados momentos o etapas, les corresponden distintas formas de construir su narrativa.

Así, Lumholtz discurre entre el estilo tradicional del viajero decimonónico con sus apegos a los discursos y formas de pensar, proclives a la época (en donde podemos encontrar ciertos rasgos de una epistemología colonialista), y a la par, nos deja ver cómo su interés, su foco de atención va cambiando con respecto a sus predecesores, no sólo por su orientación antropológica, que en sí misma va revelando ya el carácter del viajero y las motivaciones de cada viaje. Se puede observar que desde los primeros aventureros españoles que avanzaron por las tierras del norte; los militares y misioneros encargados de conquistar y colonizar el Septentrión; los paisajistas y naturalistas de casi todo el siglo XIX; los negociantes que durante ese mismo periodo establecieron rutas comerciales; las pocas mujeres que dejaron algún registro de su paso por estas tierras;[183] los políticos y militares norteamericanos que se apuraron por extender sus fronteras y profesionistas de las más diversas áreas de las ciencias naturales que tuvieron a bien anotar sus observaciones en forma de registros, bitácoras, crónicas, relatos, estudios, investigaciones, novelas de aventuras o diarios de viaje.

El punto no es, por tanto, el simple paso de unas disciplinas o profesiones por otras, sino el vínculo existente entre éstas y los procesos culturales y sociales, y cómo ello tiende a cambiar a su vez las prácticas representacionales.

Como se mencionó anteriormente, durante el régimen Porfirista y la etapa pos revolucionaria se volvieron importantes las nociones de “integración” y “proyecto de nación” respectivamente. Tanto una como otra van a impactar enormemente en la estructura social y económica de la región, en la conformación misma del espacio y en la visión o representación que se haga de ella. Cabe también señalar el componente modernizador –en el sentido en que cada etapa lo entiende- y homogenizador que está implícito en ambos casos.[184]

La situación que encuentra Lumholtz a lo largo de su recorrido es la de un país que ha podido dejar atrás –según nos cuenta- los peores años de su pasado inestable. Años en los que predominaba el desorden político, el mal comportamiento del sus gobernantes y el “salvajismo” de su población. Su impresión es que el país, incluido el norte bárbaro, marcha por el camino correcto de la civilización.

“La sensación general de México que proyecta Lumholtz –de acuerdo al análisis que hace Luis Romo- es la de un país que avanza aceleradamente desde el caos de su pasado hacia el brillante concierto de la civilización”.[185]

El reconocimiento que hace en este texto de la gestión porfirista es notable. En las tres ocasiones en que pudo entrevistarse con el general le agradeció personalmente las cartas y recomendaciones presidenciales que éste le extendió y que en más de una ocasión le facilitaron su trabajo. Gracias a ello consiguió sortear las dificultades encontradas a su paso por varios lugares, siendo éstas su mejor pase de acceso para recorrer los pueblos y las propias comunidades indígenas; por lo que llega a afirmar incluso que el nombre de Porfirio Díaz “equivale a un conjuro”.[186]

La Pax porfiriana le permitió adentrarse hasta algunas de las partes más recónditas e intrincadas de la Sierra Madre; convivir con muchos de los grupos indígenas, aunque no sin algunas dificultades debido a la desconfianza que su presencia y la de cualquier blanco o “shabótshi” (como denominan los tarahumaras a los barbados) generaba en muchos de ellos.

Es así que pudo retratar o ilustrar los rostros de la población indígena (pimas, tepehuanes, pápagos y en especial los tarahumaras en la región norte y en lo que corresponde al centro y sur por el lado occidental: nahuas, coras, huicholes, y tarascos entre otros tantos grupos con los que tuvo contacto). Sus recopilaciones van desde el terreno que habitan hasta sus vestimentas, sus casas, su organización, la manera en que se imparte justicia, sus danzas, sus juegos, la caza, sus ideas religiosas y demás creencias, ceremonias para el cultivo, las labores del chamán u hombre sabio del grupo y aspectos que pueden ser considerados de gran interés para la antropología actual como el lugar de la mujer y los quehaceres de la vida ordinaria. Estas observaciones pudo hacerlas Lumholtz, como mencionamos anteriormente, en grupos como los tarahumaras (y a los cuales dedica varios capítulos del primer volumen) entre los cuales permaneció por tiempos prolongados.

De la fiereza y peligrosidad de los apaches quedaba muy poco y casi todo se remitía a habladurías y recuerdos de otros años. Lumholtz, como otros tantos narradores anteriores, ve en el indígena una bondad intrínseca que se pierde al entrar en contacto, sobre todo, con la cultura mestiza a la cual el autor no muestra mucho aprecio.

“En todas partes, astutos mestizos timaban a los indios en el juego y los despojaban de su dinero, animales o tierras, si bien con mayor frecuencia recurrían al poder embrutecedor del alcohol…

La sostenida rapiña mestiza tenía como resultado adicional la corrupción de las costumbres indias. El autor acota, por ejemplo, que las autoridades indias aprendían el sistema de sobornos de los mestizos y que no faltaban indios que se coludían con los blancos para cometer latrocinios”.[187]

No es nada casual que el proceso de homogenización social al que aspiraban las élites políticas e intelectuales durante el porfiriato se aproximen al pensamiento de la mayoría de los visitantes extranjeros en mayor o menor grado.

El proceso identitario de la nación, como lo han señalado varios autores, adquiere singular importancia en esa segunda mitad del siglo XIX. La imagen o representación del ciudadano que se establece a partir de allí continúa diferenciando a los grupos ya no a nivel del sistema de castas que se tenía con anterioridad, sino a través del propio proceso económico y social que se seguía.

CAPITULO CUARTO

LAS REPRESENTACIONES SIMBÓLICAS DEL NORTE

EN LOS TEXTOS DE VIAJE

Más allá de las representaciones que hicieron los viajeros sobre el entorno natural y la población de esta región, el vasto espacio norteño cargado de simbolismos es puesto a prueba por el modelo de sociedad al que pertenecen los viajeros modernos de mediados del siglo XIX.

Para la escritura de viaje la mezcla de ideas y representaciones que se presentaron en este escenario, producto del encuentro de herencias y reclamos de los nuevos tiempos, dan como resultado una diversidad de narraciones unidas entre sí, no sólo por el género literario al que pertenecen, sino también por una cierta mirada representativa del momento que se está analizando; lo que en otra parte de la tesis se ha denominado Ethos (en el sentido aristotélico del término que hace referencia al modo de ser y percibir las creencias que orientan a una comunidad o nación) o Canon (regla o modelo). En este sentido, hablar de perspectiva o mirada permite establecer los puntos de referencia que guiaban el panorama de los viajeros en el momento de observar y hacer sus anotaciones.

Más que de coordenadas geográficas, se trata de coordenadas culturales que identifican a un lugar y a una población con determinadas particularidades o características. Dicho de otra forma, cualquier ciudad o región descansa (además de su conformación territorial y poblacional) tanto en una construcción cultural y/o simbólica amplia, como en identificaciones particulares que le dan características y sentidos propios.

Enrique Rajchenberg y Catherine Héau Lambert denominan (siguiendo lo planteado por Joel Bonnemaison) elementos geosimbólicos o marcadores espaciales a la identificación de los lugares con determinados rasgos culturales o sociales, sean estos apropiados o asignados por otros.[188]

Es decir que antes que otra cosa el espacio geográfico es conceptualizado, objetivado, categorizado, nombrado, jerarquizado, organizado.

Esta perspectiva vinculada con variantes de las geografías cultural, humanista o de las representaciones (véase autores como Gottman, Entrikin, Scheibling, Durand, Raffestin, Bailly, Di Méo) señala que el lugar no puede ser visto como “una colección de objetos y acontecimientos empíricamente observables, sino más bien el depositario del significado”.[189]

El juego de las imágenes, la (re)producción de éstas a lo largo del siglo XIX, crea, tanto para el consumo interno como externo, iconografías del norte difíciles de borrar. Las imágenes reproducidas en la prensa nacional y extranjera sobre los bárbaros del norte o sobre el paisaje en su mayoría descrito como desértico y poco habitado, están fuertemente sujetas en el imaginario social de la época. “El paisaje –menciona Antoine Bailly- se concibe como compuesto por signos, aceptados, descifrados, valorados por ciertos miembros de la sociedad. Así el lugar se hace leíble y se carga de lo imaginario”.[190]

En el caso de las representaciones del norte, éstas funcionan más bien como estigmas en el sentido en que dejan una huella profundamente arraigada en las sociedades y a su vez agregan una carga valorativa (despectiva en este caso) perdurable para muchas de las generaciones siguientes.

Si bien hay varios autores que recuperan este tipo de propuestas, trabajos recientes de Gilberto Giménez y Catherine Héau han subrayado la importancia de las representaciones sociales en el análisis espacial. De ellos retomamos tan sólo algunos puntos que sintetizan lo señalado en los párrafos anteriores:

“1) Las representaciones que tienen por referente el territorio o sus componentes no son representaciones neutras, sino representaciones constructivas que confieren un valor simbólico añadido, es decir, un significado social a la geografía física de un lugar.

2) Estas representaciones son socialmente compartidas y resultan de la interacción entre una cultura y el medio ambiente físico.

3) Las representaciones del territorio tienen una eficacia propia, en la medida en que orientan las actitudes y las prácticas territoriales de los actores sociales”.[191]

En varios de los trabajos publicados por estos autores se pueden encontrar más referencias acerca de la representación social territorial. De la misma manera otros autores, como el ya mencionado Bailly, hacen aportaciones importantes en la conformación de una teoría general del territorio:

“La complejidad de nuestra relación con los lugares, evidenciada por los trabajos sobre la micro-geografía, nos obliga a concebir a todo espacio mental como organizado en función de tres aspectos: el estructural, el funcional y el simbólico. El aspecto estructural, valorado por Lynch, permite captar la utilización de las estructuras del medio entorno por los individuos en sus prácticas espaciales. El aspecto funcional se dedica a la tensión espacio-tiempo para explicar los problemas de acceso y las capacidades económicas de los lugares. En cuanto al aspecto simbólico, no tan abordado, excepto en la geografía de las representaciones, revela la variedad de las connotaciones espaciales y el haz de relaciones que enlazan al hombre-sociedad-lugar”.[192]

En las representaciones simbólicas vemos más acentuada la relevancia del peso histórico en la tradición cultural de la región, las cuales pueden extenderse hasta etapas muy remotas. La concepción del desierto áridoamericano, por ejemplo, puede verse, hasta el siglo XIX, como una reminiscencia de la construcción cultural americana que se remonta, en este caso, hasta los años de la Colonia. Sus derivaciones históricas se desprenden directamente –como menciona Guy Rozat- de la retórica que parte de la literatura medieval (en forma de topoi), y por consiguiente, de los vestigios que sobrevivieron de la mitología grecolatina de la Antigüedad.[193]

El desierto, el norte y la población “bárbara” que lo habitaba son claras muestras de su vigencia en la larga duración de la historia.

Rajchenberg y Héau dan cuenta, grosso modo, de la visión que tenía la prensa nacional, a mediados del siglo XIX, sobre el territorio norteño en El Septentrión mexicano entre el destino manifiesto y el imaginario territorial. Como botón de muestra se puede leer el siguiente párrafo:

“Si el norte apareció en la literatura casi por excepción, en la prensa, al contrario, fueron frecuentes las noticias del septentrión. Fue el tema del indio el que ocupó el interés de los redactores de la prensa tanto liberal como conservadora. En ambos casos, las descripciones hacen hincapié, como lo hacían simultáneamente los viajeros, en el salvajismo indígena. A veces, la nota enfatiza un acontecimiento con detalles truculentos que no pueden sino confirmar que se trata de una población verdaderamente bárbara, adjetivo que alternará con el de salvaje. Así, El Monitor Republicano, en una columna titulada “Bárbaros”, relataba que los indios atraparon a cuatro hombres cerca de Parras habiendo principiado su bárbara acción por sacar los ojos y castrar a las víctimas”. [194]

Por otro lado, se debe de tener en cuenta la heterogeneidad que priva en estos asuntos para no arriesgar en generalizaciones que nos lleven a hacer tabla rasa de cada una de las representaciones; pues, si bien hay creencias con raíces históricas profundas, estas pueden ser resignificadas con el paso del tiempo. Los mismos conceptos planteados arriba pueden ser vistos ya a finales del XIX de otra manera debido al proceso de modernidad al que van siendo expuestos.

De tal modo que una actitud flexible ante tal problemática es la mejor manea de acercarse a las representaciones simbólicas que se distinguen más en los relatos de viaje.

El concepto más limitado de “reproducción” restringe incluso el análisis si se ve lo elástico que pueden ser las derivaciones entre el pasado (atrás) y el presente (adelante) o la visión foránea (afuera) del viajero con los lugares que visita (adentro).

Por ello, más que establecer una relación estática entre estas, podemos pensar mejor en un diálogo más flexible, entendiendo que las ideas del pasado influyen con menor o mayor intensidad en el presente, al igual que el presente es capaz de modificar y reescribir ciertos aspectos de ese pasado.

Así mismo, la visión extraña del viajero influye en el relato, de la misma forma en que el viajero varía su perspectiva al entrar en contacto con otras realidades.

1. Proemio

El norte en la cultura española del virreinato inspira curiosidad y temor. En él se gestan historias provenientes de la rancia tradición occidental, siendo éste el depositario de un conjunto de metáforas de carácter mítico cuyo origen se pierde en los albores de su civilización.

Curiosamente, para algunas culturas originarias de Mesoamérica, las tierras chichimecas representaban también un mundo de tinieblas relacionado con la muerte y destrucción.

Etimológicamente norte significa “izquierda” (del indoeuropeo ner y que deriva posteriormente al vocablo norð en el inglés antiguo y nord en alemán), presumiblemente utilizado como una descripción arcaica de orientación puesto que el norte está a la izquierda de cara al sol en las mañanas.

Por su parte, Septentrión deriva del latín septentrĭoōnis, (septem, siete y trio, ōnis, buey). Los romanos llamaban Septentrium ("siete bueyes") a las siete estrellas que conforman la constelación popularmente conocida como "El Carro", que es, supuestamente, la cola y las piernas de la Osa Mayor. Lo denominaban así por una creencia antigua que les hacía pensar que siete bueyes tiraban permanentemente de la esfera celeste, haciéndola girar sobre el eje que pasa por la estrella polar. La palabra no ha variado durante este tiempo, y derivó a septentrional y septentrión. Esta palabra se usa en general para referirse al norte o a lo procedente del norte.

La expansión ibérica en territorios americanos, además de haber sido un proceso lento y complejo, encara otra característica de carácter histórico-cultural: una tradición que mezcla perfectamente el mundo real y ficcional heredado entre otras circunstancias por la difusión de libros o novelas de caballería en la alta Edad Media y en general por el conjunto de subjetividades que formaban el imaginario histórico en la época de los primeros exploradores del Septentrión novohispano. Lo importante, en todo caso, es observar cómo muchas de las representaciones sociales que se hicieron sobre el territorio norteño tienen eco todavía durante el siglo XIX.

Lo que llevó a estos hombres a introducirse hasta los límites de lo que llegó ha ser la frontera novohispana (llamado todavía por algunos en el siglo XVIII como “país extremo”), además del espíritu aventurero y explorador impulsado por el imperio, fue la búsqueda de riqueza y las fábulas relacionadas con el descubrimiento de prometedoras ciudades doradas. Lo que hacía de este territorio un espacio lo suficientemente atractivo para los conquistadores españoles. Sobre el aspecto de cómo los mitos motivaron el desplazamiento cada vez más hacia el norte durante la conquista española en el territorio de la Nueva España puede verse lo referido por Magasich y De Beer.[195]

El desierto en tanto hace referencia al vacío o aridez que se puede observar en su geografía, pero también, al vacío espiritual de sus habitantes. Allí “solo encontraremos –dice Guy Rozat– espacios atormentados y hostiles, que se oponen reciamente a la penetración de la luz evangélica”.[196]

Esta interpretación, evidentemente apegada a una visión teológica de la naturaleza, revela la amplia producción de imágenes de índole moral que contribuyeron a crear los contornos de significados y figuras mitográficas atribuidas al espacio novohispano, en un proceso que trataba de empatar el legado cultural de Occidente con las interrogantes que se abrían con el avance paulatino en la llamada tierra Incógnita. Lo que dio como resultado la invención narrativa de América.

“Hablar de la visión europea del siglo XV – se menciona en la tesis de Laura Fernández Vázquez - conlleva a considerar el aspecto visionario de la misma. La acción y el efecto de ver, de acuerdo con una historia, una cultura y una escala de valores, se combina en esa época con la fantasía que deriva en figuraciones y creencias quimeras, es decir, lo visionario”.[197]

El discurso narrativo sobre el territorio novohispano (incluido el Septentrión) fue pasando de los espacios construidos desde el mito a la posterior naturalización de la geografía, aunque en ese largo tránsito debe hablarse más bien en términos de convivencia.

Cabe mencionar que la fundación simbólica del espacio americano por Occidente se da a lo largo y ancho de éste, por lo que podemos observar constantes réplicas de mitos y creencias por toda la geografía del continente. [198]

De igual modo podemos constatar el gran aliento histórico que dejaron este tipo de fabricaciones al revisar las publicaciones de diversos autores. Guy Rozat, por ejemplo, nos presenta una definición de desierto importante en cuanto que muestra la trascendencia del término. Por desierto, señala el autor:

“Estamos hablando no de escenarios espaciales y de descripciones de tipo geográfico, sino de desiertos morales; es decir, de lugares donde falta la presencia divina y donde actúa a sus anchas el enemigo del género humano. Esta concepción del desierto seguirá siendo eminentemente moral, incluso en el discurso geográfico y geopolítico del siglo XIX, cuando Occidente se lanzará en la última de sus conquistas mundiales”.[199]

La que es la actual geografía norteña constituía a principios del siglo XIX la periferia del poder novohispano, su Septentrión. Esta zona escasamente poblada se encontraba en espera de ser enteramente colonizada por los militares y misioneros. El impedimento fundamental seguía siendo la pugna que se tenía con los grupos o naciones nómadas de la región por el control del territorio. Estos grupos continuaban resistiéndose a formar parte del sistema impuesto, primero, por los colonizadores españoles y, posteriormente, por los primeros gobiernos del México independiente.

Sin embargo, a lo largo del siglo XIX se abre este espacio, fundamentalmente, debido a la intensificación del desarrollo comercial; al incipiente poblamiento de la zona; al mejoramiento de las rutas y caminos; al flujo de personas que hacía un mayor uso de dichas vías al trasladarse a través de las largas distancias que lo compone.

Pero lo que constituyó sin duda un factor crucial para la transformación de la región fue la pacificación del lugar al terminar el siglo XIX y despuntar el XX.

El asentamiento de los grandes capitales extranjeros y la redensificación del territorio (mediante el proceso de desamortización) anunciaban el surgimiento de otro tipo de disposiciones económicas y de engranes sociales.

2. Crónicas y relatos sobre el Septentrión

Cuando el naturalista Georges Louis Leclerc, Conde de Buffon criticaba las “supercherías” expuestas un siglo antes por otro naturalista de apellido Aldrovandi, no es que este último - como lo explica Foucault - pecara de incauto. En comparación con Buffon: “no era más crédulo que él, no estaba menos apegado a la fidelidad de la mirada o a la racionalidad de las cosas. Simple y sencillamente, su mirada no estaba ligada a las cosas por el mismo sistema, ni la misma disposición de la episteme. Aldrovandi contempla meticulosamente una naturaleza que estaba escrita de arriba a abajo”[200]

Las crónicas de Álvar Núñez Cabeza de Vaca y de Fray Marcos de Niza constituyen dos narraciones tempranas de la conquista que fundan un estilo literario y una manera de concebir y de pensar el Septentrión.

La búsqueda de lo fabuloso a partir de dichos relatos, inaugura una historiografía basada en la conformación de los mitos geográficos y las leyendas áureas; permitiendo, con ello, ensayar las futuras rutas que llevarían a extender los dominios novohispanos en el extremo norte, aunque estos se redujeran, por más de dos siglos, a un puñado de pequeños enclaves poblacionales dentro del vasto territorio.[201]

El discurso épico de Cabeza de Vaca incorpora un cuadro bastante común en la narrativa de la época: el del héroe renacentista y soldado valeroso, donde se recrea lo asombroso y se representan odiseas fantásticas en escenarios o mundos extraños. Y, por supuesto, todo ello bajo el tamiz interpretativo de la simbología cristiana.

A Cabeza de Vaca no le faltaron hazañas que contar incluso aún después de reincorporarse a su sociedad, a pesar de que su objetivo fundamental en esta expedición nunca pudo lograrlo: conquistar en nombre de España los hallazgos en tierra firme. Se tuvo que contentar con el recuento de lo “”visto y lo sabido” de aquellas tierras desconocidas, pero también experimentó, él y su reducido grupo (debido la prolongada estancia), la iniciación a prácticas y costumbres propias de los indígenas que ocupaban la región. Algunos ven en Cabeza de Vaca al primer etnógrafo que cruzó la región occidental y central del Septentrión novohispano. Su obra como casi todas las crónicas coloniales y relatos de viaje posteriores tienen por naturaleza el ser lecturas autodiegéticas.

El reencuentro de este personaje con tropas españolas en 1536 permitió que se conocieran las innumerables aventuras y penurias que vivió después de haber hecho un recorrido que abarcó las costas de parte de la Florida, Louisiana y Texas, y cruzado de este a oeste lo que constituye la actual frontera norte de México. Conviviendo por más de ocho años con pobladores asentados en estos lugares.

Las noticias traídas por Cabeza de Vaca despertaron el deseo por incursionar hacía el norte, cambiando la percepción inicial poco propicia para su avance.[202] La avanzada española se limitaba hasta entonces poco más allá del Trópico de Cáncer, entre los 22º y 24º de latitud norte.

El gran imán que impulsó las primeras expediciones oficiales al extremo norte, fueron los relatos maravillosos que hablaban de la existencia de Siete Ciudades que ofrecían grandes riquezas materiales a sus descubridores. En el texto de María Luisa Rodríguez, Ignacio Gómezgil y María Eugenia Cué se menciona sintéticamente el origen que se cree tiene esta legendaria leyenda:

“La leyenda hace referencia a que, a principios del siglo VIII siete obispos de Portugal con sus pueblos se refugiaron en la isla de las Siete Ciudades de Antilla o la isla de ese mismo nombre, huyendo de la invasión de los moros. La existencia de esas ciudades estaba aceptada plenamente, inclusive los geógrafos de la época ubicaban la isla o islas al Occidente del Atlántico…”[203]

La leyenda fue retomada por el fraile franciscano Marcos de Niza quien con ayuda, entre otros del negro Estebanico uno de los cuatro sobrevivientes en la expedición donde participó Cabeza de Vaca y de acuerdo al texto mencionado de María Luisa Rodríguez quien contribuyó a fomentar la creencia lusitana de las Siete Ciudades (ahora de Cibola y Quivira) y quien guió a Fray Marcos hasta territorio Zuñi en Nuevo México donde supuestamente se encontraban éstas. Esteban de Azamor por su origen marroquí debió de entrar en contacto con esta leyenda cuando Manuel I, rey de Portugal, mandó a invadir la costa noroeste de África. Cabe mencionar que la hipótesis de la difusión de las Siete Ciudades por el negro Estebanico fue formulada originalmente por Robert Ricard como hace constar la propia María Luisa Rodríguez.

En su recorrido hacia Cibola recibe noticias de los avanzados quienes le confirman la existencia de las Siete Ciudades habitadas por poblaciones mayores a las encontradas en el centro de México, de enormes extensiones y casas de gran altura (de hasta diez pisos) con entradas labradas con turquesa.

De si la información recibida por Fray Marcos de Niza era dada o no de mala fe por parte de los grupos indígenas, o si prevaleció una genuina confusión de leyendas entre la cultura española y las propias de la región, es muy probable, como mencionan varios autores, que ambas situaciones hayan efectivamente ocurrido. Lo que terminópor ser un factor real fue el pleno convencimiento que había en el grupo expedicionario además del entorno favorable para la propagación de leyendas.[204]

Como quiera que haya sido Fray Marcos de Niza regresó con la firme idea de haber abierto una ruta que contribuiría a agradar la riqueza material de la Corona y permitiría desarrollar la labor misionera, objetivo fundamental de la empresa exploradora.

Otra sería la fortuna que correrían los mitos geográficos con la siguiente expedición de Francisco Vázquez de Coronado (1540). Sin embargo, se puede decir que en estas primeras décadas de la conquista, como lo fue para el medioevo, la búsqueda de maravillas es “la espuma del viaje”.[205]

Algunas de las leyendas asociadas con el avance español por el lejano norte desaparecen cierto tiempo de las crónicas y relaciones, tan solo para resurgir décadas después con mayor fuerza. La ubicación de éstas también varía en diferentes etapas, ello debido al firme deseo por encontrar realmente las míticas ciudades doradas en alguna parte de la geografía del Gran Norte. Como quimeras cumplieron una función importante en el conocimiento territorial y en la prolongación de la frontera novohispana.

Es así como una primera versión de la ciudad o reino de Copala, supuestamente el lugar de origen de la población azteca, surge a mediados del siglo XVI y es ubicado más de un siglo después (1776) por otro expedicionario en un valle en los márgenes del río salado en el actual estado norteamericano de Utah.

Lo mismo ocurrió con el ya mencionado reino dorado de Quivira, el cual es identificado nuevamente por la expedición de Juan de Oñate en 1601 en la unión de los ríos Arkansas y Nueces cerca de Oklahoma. Lejos de contener las cualidades maravillosas que decían tener, estos sitios constituían en cambio los lugares más estables entre las comunidades que habitaban el extremo norte de lo que llegó a ser la periferia de la Nueva España. Integradas dentro de un sistema que combinaba poblaciones altamente nómadas, seminómadas y sedentarias. Los que se alojaban en los terrenos más nobles, concentraban por lo mismo, un mayor número de habitantes, lo que representaba para los expedicionarios manos trabajadoras al servicio del virreinato y en última instancia de la corona, además de almas a las que era necesario cristianizar. Los primeros españoles que pisaron estas tierras tenían muy en cuenta esta situación pues las leyes que se hicieron en el último tercio del siglo XVI se orientaban más a la labor misionera y a observar las condiciones para la colonización.

Los mitos geográficos referidos al Septentrión se extiende a casi todo el periodo colonial y no es hasta que empieza a rodar bien el siglo XIX que éstos van gradualmente perdiendo fuerza, siendo sustituidos por creencias acordes a la imaginación de la época. La fiebre del oro californiana de mediados del XIX rememoraba otro de los mitos fundantes de la conquista española: el mito de El Dorado, situado originalmente en varios lugares de Sudamérica. Sin embargo, ya para entonces además de tener un mejor conocimiento de la zona, su acercamiento se torna distinto mediante la naturalización de la geografía.

3. Imágenes y representaciones iconográficas de los viajeros del siglo XIX

Como se menciona en el apartado anterior, las prácticas representacionales expresan lo que adquiere sentido en cada momento histórico, como testimonio de su época. El acto poético directamente relacionado con la producción o configuración del relato histórico (en este caso como poíesis de la trama narrativa que está presente en los relatos de viaje) nos permite indagar más en las imágenes vocales y visuales que delinean en términos generales la escritura de viaje.

Se hace referencia tanto a las representaciones visuales como escritas porque, al final, son tomadas aquí como las manifestaciones de un mismo proceso que intenta dar muestra de lo que los viajeros (re)toman como aspectos sobresalientes y/o significativos en estrecha relación con los requerimientos profesionales y sociales (en la correspondencia que se establece entre lo personal y lo social).

Al señalar los mecanismos poéticos que operan en la narración de los diarios de viaje se ésta haciendo uso de los recursos que arroja la moderna teoría literaria, especialmente, en el sentido que propone Hayden White al vincular “el texto histórico como artefacto literario”.[206]

En el análisis discursivo que aquí se hace de los relatos de viaje adquiere particular atención lo planteado por White como principios tropológicos del trabajo histórico.

White ve a la obra histórica como: “una estructura verbal en forma de discurso de prosa narrativa que dice ser un modelo, o imagen, de estructuras y procesos pasados con el fin de explicar lo que fueron representándolos”.[207]

Cercano al análisis literario, no pretende sobreponer su método a otras formas de hacer historia, lo que White busca es identificar los componentes estructurales de los relatos. Basándose en el modelo retórico-narrativo; encuentra que en él se expresa la manera de lo que el historiador, o narrador a secas, pretende transmitir o dar a conocer.[208]

La operación poética creadora de quien escribe se realiza bajo cierta lógica o articulación escritural y a la vez acorde a la coherencia que ese discurso tenga para el grupo que lo va a legitimar. Entre más consistentes sean sus argumentos mayor validación recibirá. Es así que el tropo y el topo caminan juntosteniendo en cuenta el discurso y la historia, o lo que enfáticamente quiere dar a entender Michel de Certeau bajo el oxímoron de la escritura de la historia y la historia misma: la historiografía. Por otra parte, tanto Ricoeur como White reconocen la importancia de la retórica, aunque el proceder formalista de White esté más acentuado: “mi método, en suma, es formalista”.[209]

En el discurso de los viajeros estudiados en esta tesis prevalecen los argumentos retóricos de tipo demostrativo, persuasivo o seductor como una manera de enfatizar los efectos explicativos de sus dichos.

Algunos presupuestos básicos que se deben tomar en cuenta recuperando lo dicho por algunos de los teóricos del lenguaje histórico como el caso del propio Hayden White, Frank Ankersmit o Paul Ricoeur.

  • Los relatos históricos, de acuerdo a White, no son meras cronologías o recopilaciones de sucesos expuestos de manera natural; al ser narrados les están siendo asignadas estructuras significativas, cargadas de sentido y orden. No hay, por lo tanto, una inmanencia narrativa ligada al suceso o “hecho” histórico (algo que lo defina por sí mismo); los acontecimientos del pasado no hablan por sí mismos, ni accedemos a ellos directamente sino a través de mediaciones. Esas mediaciones (textuales o intertextuales) están inmersas en procesos narrativos y de comunicación.

  • Es por ello que la llamada “habla plana” o lenguaje literal, tal y como se hace presentar en el siglo XIX y aún hoy bajo el manto de ‘realismo’ (lo que Barthes tradujo como el grado cero de la escritura), supone una correspondencia puntual entre el acontecimiento mismo y su descripción.[210] Hayden White señala que hay que separar “acontecimientos por un lado, y, por otro, lo que podemos decir acerca de los hechos. No encuentras hechos, puedes encontrar evidencias de los acontecimientos, pero al transformar tus acontecimientos en conocimiento de hechos realizas una especie de acto poético”.[211] A diferencia del objetivismo que postula la posibilidad de la reproducción original y fidedigna del hecho al tomar al lenguaje como un medio neutral de transmisión, White ve en el discurso y en sus códigos un artefacto verbal que sirve para la producción de significados más que meramente un vehículo para la transmisión de información. Observa que las estructuras lingüísticas están presentes en el entorno que condiciona fuertemente nuestra percepción de la realidad;[212] esto es así porque desde un principio y de manera no racional, participamos de un entorno altamente estructurado y significado.

  • Por lo tanto, el texto histórico, sea el relato de viaje o cualquier otro, también está inmerso en las tramas narrativas predominantes. A esta altura es interesante el vínculo que hace White entre las figuras discursivas y sus posibles extensiones ideológicas y políticas. Hay que tomar en cuenta, por una parte, la relación que hace entre el discurso y los modos de conciencia, y por otra, el triple registro que identifica en el mismo discurso histórico entre lo científico, lo literario y lo político,[213] ligado con el enfoque tropológico utilizado en sus anteriores obras que tiene que ver con la explicación argumentativa, la explicación narrativa y la implicación ideológica. Es decir, que los textos de viaje que estamos analizando, pertenecientes a mediados y finales del siglo XIX, están escritos conforme a determinadas pautas lingüísticas-literarias que necesariamente influyeron en la manera en que los viajeros registraron sus observaciones.

  • Puesto que necesariamente hay una dimensión narrativa en la historiografía que actúa no solamente como función gramatical para la presentación “ordenada” de los acontecimientos, se puede decir, junto con White, que la construcción que hace la historiografía: la elaboración del pasado,[214] se tiene que hacer tomando en cuenta los elementos retóricos-tropológicos que dominan la imaginación histórica de una época.

  • El hecho de que White resalte el aspecto literario en lo que denomina la “imaginación histórica” (acuérdese que Metahistoria tiene como subtítulo: la imaginación histórica en la Europa del siglo XIX) obedece a que con ello quiere hacer alusión a todos los aspectos poéticos, del habla o procesos comunicacionales, racionales y aquellos que operan a espaldas del narrador; separándose de un proceso escritural en donde supuestamente los elementos técnicos y científicos ejercen el control y los procedimientos nomológicos y deductivos iluminan el camino. White reivindica, por su parte, el carácter idiográfico de la escritura de la historia sobreponiendo, para su mejor comprensión, lo tropológico[215] a lo meramente lógico.

White es anti-objetivista, no anti-realista. Lo que él discute no es la existencia de los acontecimientos históricos reales ni, tampoco, que las interpretaciones históricas se basen (…) en ellos. Lo que discute es que las interpretaciones estén implícitas en o dimanen de los acontecimientos. Y de ahí que considere que el debate historiográfico deba girar no en torno a la realidad, sino en torno al proceso de conceptualización de ésta. Al introducir la noción de mediación lingüística y romper, así, con el modelo representacionista dicotómico, White ha redefinido los términos del debate y situado éste en unas coordenadas teóricas diferentes. La discusión ya no puede girar únicamente en torno al grado de correspondencia entre historia y realidad, como si la investigación histórica sólo produjera representaciones (…) Si esas investigaciones entrañan siempre una operación de construcción significativa, entonces la cuestión que debería reclamar nuestra atención y ser objeto primordial de discusión es la relación entre mediación lingüística y conocimiento histórico”.[216]

· Finalmente, hay que mencionar que su objetivo no es competir por lograr un modelo historiográfico que represente más fielmente la realidad, su propuesta más decantada en los años siguientes a Metahistoria, como nos dice Verónica Tozzi, consiste en un pluralismo conversacional[217] y en ver a la historiografía más como un tipo de discurso que como un tipo de ciencia. Sus reclamos, como bien dice esta autora, se dirigen a llamar la atención sobre “el interés político-moralizador subyacente a toda representación”,[218] lo que nos permite observarla como una “combinación de deconstrucción epistemológica y crítica política de la práctica historiográfica”.[219]

Hay narración tanto en la literatura como en la disciplina histórica, pero en ésta última hay una estrategia disciplinaria de ocultamiento de los recursos discursivos con el fin de alcanzar los imperativos de la ciencia moderna relacionados con la autentificación y la evidencia. Paul Ricoeur, por su parte, nos hablará de la dificultad de disociar las características epistemológicas de las ontológicas en los acontecimientos históricos: “La indagación [histórica] trata de romper continuamente con la ficción y la ideología del relato, mientras que éste en la medida en que sigue siendo un relato regido por la elaboración de la trama, no deja sin embargo, de incorporar nuevos elementos ficticios e ideológicos”.[220]

En lo que respecta a las representaciones visuales, el historiador inglés Peter Burke en su texto: Visto y no Visto[221] realiza un exhaustivo estudio del uso de las imágenes como una más de las fuentes o documentos de las que el historiador puede echar mano para investigar el pasado.

Lo hace consciente de las dificultades y peligros que ello conlleva, pero también a sabiendas de que los testimonios verbales y gráficos no son los únicos que nos proporcionan indicios de las culturas pasadas:

“Independientemente de su calidad estética, cualquier imagen puede servir como testimonio histórico. Los mapas, las planchas decorativas, los exvotos, las muñecas de moda o los soldados de cerámica enterrados en las rumbas de los primeros emperadores chinos, cada uno de estos objetos tiene algo que decir al historiador”.[222]

El trabajo de Burke es importante porque, entre otras cosas, reúne en él diversas opiniones que sustentan o dan pie para continuar reflexionando este problema; como lo planteado por el también historiador Jacob Burckhardt (siglo XIX) quien concebía a las imágenes y monumentos como “testimonio de las fases pretéritas del desarrollo del espíritu humano”, de objetos “a través de los cuales podemos leer las estructuras de pensamiento y representación de una determinada época”.[223]

El enfoque con el que nos aproximamos al análisis de las imágenes está más cerca de la semiótica de Norman Bryson, lo que es decir, del lado de la interpretación (giro semiótico) más que de la percepción psicologizante de Ernst Gombrich, del giro lingüístico de Richard Rorthy, o del Pictural turn de William Mitchell. Esto, dado que con el primero tenemos una base más amplia de interpretación de los registros oculares que dejaron la mayoría de los viajeros (dibujos, grabados, pinturas y algunas fotografías, además de lo que Burke llama relatos visuales) y, también, por la actitud historizante (análisis de los textos tomando en cuenta las condiciones y circunstancias en que fueron creadas) e histórica (la condición temporal y cambiante de los “esquemas” bajo los cuales fueron concebidos) de dicho enfoque.

Líneas atrás se habló de la dificultad que significa tratar con imágenes y que ello puede llevar a más de una equivocación. No obstante, hoy en día, nadie pone en duda el valor de sus aportaciones como testimonio histórico al lado de la oralidad y la grafía; entendiendo que el cuadro, el dibujo o la fotografía contienen símbolos culturales que iconográficamente pueden ser leídos, descifrados o decodificados; signos que pueden ser interpretados a la luz de los nuevos cuestionamientos que nuestra sociedad se plantea.

Como objetos susceptibles de ser interpretados (era Roland Barthes quien decía: “leo textos, imágenes, ciudades, rostros, gestos, escenas, etc.”), las imágenes lejos de ser un reflejo fiel de la realidad, guardan las mismas condicionantes sociales que el texto o cualquier otro documento histórico.[224] De la misma manera que no hay discursos desafectados o despojados de cierta carga moral o social de algún tipo; las representaciones visuales contenidas en los diarios de viaje, sin importar si fueron hechas por los propios viajeros (como algunas de las ilustraciones en los textos de Lumholtz o el diario de Philippe Rondé) o acompañantes de viaje, van a estar afectadas además de las impresiones directas, por los compromisos del viaje, las convenciones profesionales y artísticas, por sus propias historias biográficas o en un plano más general por el imaginario o “inconsciente óptico” (como lo llama Régis Debray en su texto: Vida y muerte de la imagen)[225] que condicionan su perspectiva de las cosas.

La palabra imagen que etimológicamente está ligada a la de imitación no puede, por lo recién mencionado, ser tomada como copia o reflejo exacto de la realidad que pretende retratar.

Quien se sienta seducido por la fidelidad de las imágenes y crea que éstas reflejan más contundentemente la realidad, deberá antes tener en cuenta que tanto la imagen como el texto forman parte del mismo sistema de ideas (o episteme) que da sentido y condicionan la manera de ver las cosas. Las narraciones históricas, incluidas las imágenes, no escapan de su contexto, ambas están dirigidas a auditorios particulares que, como en el caso de los viajeros del XIX, comparten las versiones y creencias generalizadas de su época, llenando, en el caso de los viajeros, las preferencias por los lugares exóticos y las costumbres arcaicas. Eran públicos con necesidades estéticas que debían satisfacerse.

Además, se tiene que tomar en cuenta, también, que los mismos medios utilizados como el dibujo, la pintura o la fotografía (vehículos de representación) tienen sus propias exigencias o convenciones que cumplir, como disciplinas artísticas que son. Es por ello que las disposiciones de los cuerpos, los accesorios, el entorno, el encuadre, el estilo paisajístico o cualquier otro, incluso aquello que es dejado de lado, dice mucho más de lo que a primera vista se puede observar. Utilizando la terminología cercana a Foucault, se puede decir que la mirada está disciplinada a preferencias y pretensiones determinadas.

El texto de Norman Bryson: Visión y pintura. La lógica de la mirada, comienza ilustrativamente hablando del engaño de la mirada. Ejemplifica por medio de un famoso trampantojo (trompe l’oeil) descrito por Plinio el viejo la fragilidad del llamado “realismo” de las imágenes:

“Contemporáneos suyos y rivales fueron Timantes, Androcides, Eupompo y Parrasio. Se cuenta que este último compartió con Zeuxis: éste presentó unas uvas pintadas con tanto acierto que unos pájaros se habían acercado volando a la escena, y aquel presentó una tela pintada con tanto realismo que Zeuxis, henchido de orgullo por el juicio de los pájaros, se apresuró a quitar al fin la tela para mostrar la pintura, y al darse cuenta de su error, con ingenua vergüenza, concedió la palma a su rival, porque él había engañado a los pájaros, pero Parrasio le había engañado a él, que era artista”.[226]

Gracias a los trabajos y publicaciones relativamente recientes de historiadores como Chantal Cramaussel y Jesús Vargas es que hemos conocido más acerca de la obra e intereses de viajeros como el francés Philippe Rondé quien dejó testimonio, escrito y plástico, de su estancia por el estado de Chihuahua a mediados del siglo XIX.

Este viajero, debido a su formación de pintor, pudo plasmar en su Voyage dans l’Etat de Chihuahua (Viaje al estado de Chihuahua) el que es considerado como uno de los primeros testimonios gráficos de este estado.

El texto que vio la luz por primera vez en 1861 en uno de los primeros números de la revista francesa Le Tour du Monde. La nouvelle revue des voyages dedicada a presentar las aventuras geográficas de los mayores exploradores de la época (Livingstone, Stanley, Burton, Saffray, Amundasen, Garnier, Brazza, Scott), narra el recorrido que hizo Rondé durante seis meses entre los años que van de 1849 a 1952. El testimonio gráfico que dejó el viajero-pintor puede ser clasificado, además de sus cualidades meramente estéticas, como “arte documental” tal y como describe Peter Burke en nuestros días la tarea de algunos de los exploradores que pudieron dejar constancia gráfica de sus viajes.

En el diario de Rondé se cumplen ciertas constantes que se observan en muchos de los relatos de viaje que se hicieron de la región en aquellas décadas del siglo XIX,

Las constantes de Rondé en ese sentido giran alrededor de cuatro aspectos, siendo estos, los mismos elementos que destacan la mayoría de los viajeros que conocieron los caminos y sitios principales de la región:

1) El entorno natural y arquitectónico de las ciudades, establecido claramente por Rondé desde el momento mismo de su llegada a esta región: “desde este punto comienzo la relación de mi vida con los desiertos”.

Como se mencionó ya en un apartado anterior, a Rondé se le reconoce más como “pintor de arquitectura” e incluso como “pintor de iglesias”[227] por las imágenes dedicadas a los edificios y plazas públicas, aunque también hace eco de las evocaciones románticas al retratar a la naturaleza con motivos paisajísticos.

Aunque inicialmente embarcado en esta aventura bajo las órdenes de su compatriota Hippolyte Pasquier como dibujante y cartógrafo de una compañía que habría de construir una vía ferroviaria interoceánica que pasaría por Chihuahua y Sonora (obra que no se llevó a cabo) y con la cual también se hablaba del establecimiento de una colonia europea en la zona. Rondé es fiel representante de ese espíritu de conocer y dar cuanta de la diversidad a través de las imágenes.

Las planicies y caminos montañosos estimulaban tanto la vocación artística del viajero como su deseo de dejar testimonio escrito del recorrido:

“… la hermosura y la variedad de paisaje nos hacían olvidar todo peligro, y cada vez que subíamos una montaña, deseábamos llegar á la cumbre para disfrutar de los hermosos horizontes de ese país que se armonizan preciosamente en matices de un azul rosado de esquisita (sic) finura”.[228]

Los espacios abiertos, el entorno natural como elemento predominante de las pinturas o grabados forman parte también de la tradición paisajística que buscaba sustituir las escenas históricas o religiosas por la naturaleza en estado puro. La intención de evocar la emotividad en el paisaje se presenta como una manera de encontrar en el entorno natural los sentimientos, la sencillez y originalidad que el avance urbano e industrial había robado.

En el diario de Rondé podemos apreciar este tipo de obras generalmente en grabados (todas las imágenes que aparecen en su diario de viaje son grabados, por lo que en las siguientes ilustraciones se dejará de mencionar esta información), dado que la pintura requiere de tiempos distintos a los del viaje.

Tan sólo en esta obra aparecen imágenes en donde observamos planos amplios con poca o ninguna presencia humana.

Aunque Rondé en realidad no haya sido una figura destacada a nivel internacional en la pintura, sin duda, su propia formación lo llevó a reconocer la disputa entre las dos grandes corrientes pictóricas de la época: el neoclasicismo y la pintura romántica que se impone en el siglo XIX. Cada una de ellas representaba cierto tipo de ideales; la primera, los de la Ilustración, es decir, el progreso, la ciudad, la razón. La segunda, la naturaleza, la individualidad, lo mítico, lo religioso, lo sublime y, de cierta forma, un regreso a ideales de la etapa medieval.

Rondé se adhiere, pues, a algunas de las causas fundamentales del movimiento romántico, entre otras cosas, al exaltar el exotismo, no solamente de la naturaleza, sino también del mismo paisaje de las comunidades que visita. En el caso de su viaje por Chihuahua observamos la relación directa que hace con las construcciones orientales, a las que asigna un parecido con las edificaciones de estilo morisco.

Posterior a su estancia en México, Rondé pasa más de dos décadas en países de África y Asia, lo que revela su interés aventurero por seguir conociendo este tipo de sociedades y no tenemos mayores datos para afirmar que el viajero complementara esta labor con una función de visoría o de informante para los intereses coloniales o de otro tipo de su país.

En su paso por los estados de Tamaulipas, Nuevo León y Coahuila, hasta su llegada a Durango y Chihuahua, Rondé encuentra una enorme diversidad geográfica. Pasando de una abundante vegetación y extensos pastos (bien aprovechados por los caballos y mulas que transportaban la caravana compuesta inicialmente por doce hombres) a caminos montañosos de gran elevación y sitios de difícil acceso en donde la aridez y el clima desértico complicaban el paso y el suministro de víveres: “a medida que nos adelantábamos hacia el norte, hallábamos menos lugares, y debíamos contar con que en breve tendríamos que sufrir muchas privaciones”.[229]

De igual modo, la vegetación y el panorama se iban modificando a su paso. Aunque como señala Rondé “una sola planta parece dominar el reino vegetal del desierto”, las plantas del mezcal. En los lugares más elevados o en los alrededores de los ríos se elevaba una vegetación más abundante, como por ejemplo en las montañas de Mogoyon en donde observó cipreses, abetos y encinos gigantes. A una corta distancia de este lugar (al pie del sitio denominado Boca Grande), Rondé describía un paisaje formado por cañas con las cuales los indios elaboraban las flechas, además de magueyes, agaves mexicanos, diversas variedades de cactus y mezquites entre otras clases de plantas desérticas. De ésta última, Rondé menciona que da una especie de coco de la cual se extrae un agua agridulce: “diríase que esta planta ha sido colocada por la Providencia en esos áridos desiertos a fin de auxiliar al hombre que los cruza”.[230]

En esos largos recorridos (jornadas) que usualmente comenzaban de madrugada (cuatro o cinco de la mañana), la caravana tuvo que atravesar ríos, ascender y descender colinas y avanzar por planicies y valles de gran extensión.

Al llegar al estado de Chihuahua, Rondé apunta que esta región es “una alta planicie rodeada de montañas, y sea cual fuere el punto donde se penetre, es preciso salvar unos pasos o fortificaciones naturales”.[231]

Mayor fue su decepción al acercarse a la ciudad de Chihuahua, pues lejos de ser un lugar que concentrara el lujo propio de toda capital –comenta- encontró un panorama no muy distinto a lo encontrado en su camino: “grande fue mi sorpresa: al acercarme a esta ciudad me veía todavía en medio de desierto, donde no asomaba ninguna apariencia de habitación, ninguna señal de cultivo, hasta la naturaleza parecía tener más áspero aspecto; las montañas y llanuras estaban cubiertas de piedras volcánicas negruzcas y porosas”.[232]

Finalmente, dos formaciones naturales de mayor importancia como lo son la sierra y el desierto tuvieron en Rondé distintas aproximaciones. Las descripciones que hace de la sierra Madre no son tan abundantes; ello se debe a que en su recorrido por el estado no se adentró más allá en ella, de tal manera que no pudo conocer las grandes barrancas ni demás formaciones naturales que tiene esta zona. De ella sólo señala que es el lugar en donde viven los tarahumaras y que de allí se obtiene la madera utilizada para la construcción. Del desierto o de los lugares semidesérticos es mucho más explícito de las cuales dan muestra sus dibujos y grabados.

Consideraciones finales

La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla.

Gabriel García Márquez

Este trabajo estuvo dedicado a explorar algunas de las posibilidades que ofrece el género conocido como literatura de viaje, no solamente para aquellos interesados en la revisión del pasado, sino, para los diferentes campos de las disciplinas sociales. Las motivaciones planteadas desde un inicio y las que se encontraron conforme se avanzaba, fueron descubriendo nuevas vetas en los relatos de aquellos personajes de mediados del siglo XIX, aquí analizados. Por eso no puedo dejar de recurrir al viejo cliché al decir que el trabajo de tesis se convirtió en un viaje en sí mismo.

Basándose, fundamentalmente, en la perspectiva de la historia cultural, el trabajo se dividió en tres grandes apartados: las representaciones en el espacio geográfico, las representaciones del tipo social y, por último, las representaciones simbólicas contenidas en los relatos que “nuestros” viajeros extranjeros hicieron sobre la región del antiguo Paso del Norte.

Aunque cada apartado exigió desarrollar aspectos muy específicos, se intentó siempre ser empático con lo que los viajeros expusieron a su modo y de acuerdo al contexto de su época. Hay, si se quiere ver así, una aproximación diegética a los acontecimientos contados por los propios viajeros, con el fin de ubicar los textos en su contexto.

Un desglose de las partes principales de la tesis tiene que tomar en cuenta los siguientes aspectos:

Una de las premisas centrales, a la hora de abordar el tema, fue la del conocimiento previo del viajero (lo pre-sabido de acuerdo a Ottmar Ette), pues, como se mencionó desde un inicio, la propia cultura del viajero condicionaba su manera de ver y narrar lo que encontraba a su paso, ya fueran acontecimientos de índole económico, político o cualquier otro. El orden de su mirada estaba sujeta -como diría otra autora- a los intereses, preocupaciones, gustos y preferencias que le imponía su entorno. No sólo eso, los mismos requerimientos publicitarios hacían que los relatos se centraran en el exotismo de los lugares, en lo “aventuresco” de sus narraciones, como una manera de dar respuesta a los lectores ávidos de ese tipo de emociones. De la fascinación de los tiempos idos, se pasó al atractivo de comparar sus sociedades con aquellas que presentaban costumbres ajenas a las suyas (Humboldt ya había dejado las bases de ver los viajes como el estudio comparativo de pueblos y países). Era -desde esa perspectiva- la curiosidad de mirarse al espejo pero reflejando un estado evolutivo anterior.

Sirva de ejemplo la siguiente cita: “Flora Tristan cuenta con detalle la rapidez con que la moda francesa dicta las costumbres relativas al aseo de las mujeres peruanas, no pudiendo evitar lo que ella considera superstición y sacando la conclusión de que el pueblo peruano sigue en su infancia…”[233]

Aunado a lo anterior se puede hablar también de la alteridad cultural o del estatuto epistemológico como parte de los diferentes ángulos que involucra una revisión amplia de la literatura de viaje.

Los textos de viaje, más allá de lo que ofrecían a sus lectores originales, vistos a la distancia, constituyen herramientas de gran valor, pues, por una parte, registran de primera mano situaciones y hechos que nos ayudan a entender acontecimientos del pasado. Eventos que, en muchas ocasiones, no conoceríamos si no fuera mediante esa vía. Los aventureros, exploradores y viajeros de aquél entonces, no son lo que conocemos hoy en día como antropólogos, etnólogos, sociólogos o historiadores, pero brindan, a estos últimos, información importante para su trabajo.

Por otra parte, sus lecturas son un termómetro para analizar tanto intencionalidades como motivaciones individuales y de fondo que, en buena medida, sólo el tiempo permite ubicar más claramente. Es tan importante conocer lo que dicen, como el por qué y el cómo lo dicen.

En muchos sentidos el viajero es un testigo fiel de su época (como diría Gabriel Giraldo, uno más de los viajeros franceses que recorrieron el Nuevo Mundo americano), no porque se piense que todas sus observaciones sean sólidas verdades. Nadie puede negar que muchísimos de sus comentarios y opiniones están cargados de prejuicios propios de su época; pero eso mismo nos permite comprender qué concepciones ideológicas y sociales son los que alimentan esos prejuicios.

El hecho de que el trabajo trate de una categoría algo “particular” como son los viajeros extranjeros en la época analizada, nos coloca de antemano en la disyuntiva de analizar figuras tan disímbolas como el caso de un burócrata, historiador y hombre de letras como lo fue Bartlett; un corresponsal de guerra y ganadero texano como Kendall; un pintor como Rondé; un exteniente de la armada británica, explorador y escritor de viajes como Ruxton; un periodista y político (entre otras cosas) como Froebel; un comerciante, naturalista y explorador como Gregg; un militar y diplomático británico de nombre J. F. Elton, dentro de una lista larga de viajeros que en mayor o menor grado fueron citados en la tesis.

Las distintas actividades, perfiles y nacionalidades de los visitantes foráneos implicaba que tuvieran una visión y un acercamiento particular de la región de El Paso del Norte (aunque, como ocurría comúnmente, en sus relatos hacían tabla rasa y valoraban más bien en función de lo mexicano en general), siendo sus experiencias personales las que les daban el sello propio a sus observaciones. Sin embargo, como se mencionó en su momento, hay también trazos históricos más amplios, visiones unificadoras e imaginarios colectivos que articularon y orientaron no sólo a los viajeros sino las percepciones generalizadas de su época.

Para tener un cuadro general sobre los viajeros, se comparte, en términos generales, la propuesta de Sébastien Benoit de formular una tipología del viajero a través del tiempo de la manera que sigue: “viajeros, descubridores, conquistadores, cronistas, misioneros, colonizadores, colonialistas, naturalistas, filósofos, exploradores, científicos, aventureros e investigadores”.[234]

Basándonos en esa tipología, en nuestro análisis el rango iría desde los viajeros naturalistas hasta los aventureros. Siendo el único caso que se dispara a la última categoría mencionada por Benoit, esto es el viajero-investigador, el del etnógrafo noruego Carl Lumholtz quien trabajó en las postrimerías del siglo XIX y en los inicios del XX en la sierra tarahumara.

En los primeros párrafos de la tesis abrimos los cuestionamientos acerca de las motivaciones y el tipo de narraciones de los viajeros, y muy en particular nos preguntamos ¿Por qué describieron esta región de la manera que lo hicieron? Además de todo lo que se ha dicho hasta aquí, la tipología que hace Benoit nos deja ver, nuevamente, que, si bien las distinciones entre viajero cronista, colonialista, naturalista, aventurero y demás, son para nosotros categorías de análisis, en su momento para los hombres y, en mucha menor cantidad para las mujeres que lo vivieron, fueron actividades prácticas. Tareas, profesiones, quehaceres que tuvieron un aprendizaje y que, a final de cuentas, tenían que responder a las exigencias de dicha labor. Es decir, sus narraciones quedan enmarcadas dentro de lo que “le pedían” las tareas concretas que tenían que realizar. Enmarcadas, también, si se le quiere llamar así, en el sentido común de su época.

En cuanto a las características principales que encontramos en esa etapa entre los viajeros foráneos que dejaron testimonio de su estancia o paso por El Paso del Norte, habría por lo menos dos grandes conjuntos de viajeros: aquellos viajeros-aventureros preferentemente estadounidenses que desempeñaron una actividad comercial en la zona o que estaban resueltos a explotar cualquier otra oportunidad lucrativa o de negocios que se les presentara. Entre ellos podemos mencionar el caso por ejemplo de Josiah Gregg o la oleada de personajes que arroja el posterior expansionismo territorial norteamericano, que acaba convirtiéndose en expansionismo comercial o económico. Un caso aparte es el del también norteamericano John Russell Bartlett que lo podemos identificar más como un científico interesado en los estudios etnológicos, históricos e incluso lingüistas.

Un segundo grupo es el de los viajeros europeos los cuales están inspirados por otro tipo de vocaciones como el naturalismo de Julius Froebel; el carácter explorador y científico de George Ruxton; o Philippe Rondé que si bien no es un filósofo, sí cuenta con un sentido intrépido y artístico. Dicho esto, tampoco perdemos de vista que tanto el inglés Ruxton como el francés Rondé pudieran haber tenido comunicación con la diplomacia de sus respectivos países o con compañías interesadas en los recursos de valiosos del país.

En una época en donde la presencia de los países centrales de Europa estaba reordenándose, y el expansionismo estadounidense apareciendo con mayor firmeza; en donde los nordicismos y el Destino Manifiesto tenían el poderoso impulso de las élites y el aval de círculos científicos, los viajeros foráneos fueron en muchas ocasiones la punta de lanza de lo que en aquellas naciones ocurría en el terreno de la ciencia o de los intereses neoimperiales; en las áreas de sus grandes movimientos artísticos o en el de sus creencias diferenciadoras basadas en algo parecido a un darwinismo social.

“En general –dice Jesús Vargas- las crónicas y libros de viajes de la segunda mitad del siglo XIX son documentos más intencionados; algunos motivados por el afán de empresa, de negocios; crónicas destinadas a los gobiernos europeos, a los grandes capitalistas extranjeros que veían en México una tierra de conquista y necesitaban la información más completa y realista respecto a recursos naturales, condiciones políticas, costumbres sociales y situación económica en general” .[235]

El Paso del Norte y su región más próxima durante las décadas intermedias del siglo XIX fue el entorno estudiado y eso implicó hacerse la pregunta sobre ¿Qué empujó a viajeros de otras nacionalidades a dirigirse a esta tierra y a escribir sobre ella? Y ¿Qué ideas prevalecían en el entorno propio de los viajeros y qué recogen, finalmente, en sus escritos?

Sabiendo que la irrupción en el mapa de esta población y de muchas otras ligadas a ella es producto del avance novohispano hacia el norte, más que hablar del lugar en sí (por lo menos en un primer momento), se aborda el asunto en términos de región, en el sentido en que constituyó un punto de enlace para el establecimiento de lo que fue la continuación del proyecto colonial en lo que hoy es el norte de México y el sur de los Estados Unidos.

Sin el realce que tenían algunas comunidades mineras, encontró gracias al río Bravo una primera vocación agrícola, en la que, tanto nacionales como foráneos, disfrutaron de algunos de sus productos y hallaron en ella un lugar de descanso antes de continuar su recorrido. Entre más se abría esta gran zona al comercio, a la industria (extractiva) y a la ganadería, más frecuentados eran sus caminos. Eso y el hecho de entender, por algunas potencias, que la nueva nación había quedado fuera del protectorado español, avivó el interés por la región. Y es precisamente durante esas décadas que se producen o se escriben muchos de los relatos sobre El Paso del Norte.

A las dos preguntas anteriores (trabajadas en la tesis) habría que agregar una tercera como parte de las conclusiones a las que se pueden llegar si se tiene en cuenta que es a mediados del siglo XIX que se modifican aspectos claves del entorno (geográfico-político, económico-social) con la pérdida de cerca de la mitad del territorio ante Estados Unidos. Cabría, entonces, la pregunta de si la nueva condición fronteriza modificó en algo el número y el tipo de descripciones que se hacían de El Paso del Norte.

En este sentido, se puede hablar tanto de continuidades como de transformaciones. Mientras que, por un lado, continúa y más bien aumentan la integración comercial de la zona y se intensifican los asentamientos en ambos lados de los estados fronterizos. Dando como resultado la consolidación tanto regional como de la idea misma de nación (si bien no se extingue, del todo, el temor de una nueva invasión norteamericana por lo menos en las décadas posteriores a dicho evento) que va dejando de lado la imagen de territorios despoblados y desconocidos.

Por otro lado, en donde se identifica un cambio profundo es en el formato o la manera de presentar y describir los lugares. Los diarios de viaje van dejando su lugar a las crónicas periodísticas, a las guías turísticas, a los artículos en las revistas especializadas en geografía, en antropología, etc. Los diarios de viaje pierden su uso aristocrático, de divulgación o entretenimiento porque otro tipo de modalidades van a llegar a remplazarlos para finales del siglo XIX y principios del XX.

Finalmente, las narraciones aquí analizadas de los viajeros nos permitieron hacer un recorrido por los distintos aspectos que sus propias historias contaban. Desde observar el espacio geográfico como espacio económico y comercial en construcción, en la medida en que El Paso del Norte y otras comunidades de la región encuentran mejores condiciones de comunicación y de intercambio; u observar el espacio geográfico de aquel momento como espacio de búsqueda y aventura en donde viajeros como Pike, Becknell y Gregg vendrían a ser los pioneros que se aventuraron por terrenos difíciles de cruzar, no sólo por su orografía, sino por la hostilidad de los grupos locales. Lo que añadía, además, un tono de peligrosidad a sus viajes al transitar por una zona no del todo ordenada bajo las pautas de las sociedades de las que provenían.

En la visión de los viajeros no es que al entrar en contacto con el entorno y la población de estas regiones se vieran del todo sorprendidos. Ya existía una narrativa que se fundamentaba en lo “exótico” y lo “extraño”, por lo que las definiciones de civilidad y barbarie eran dos caras de una misma moneda, la misma servía tanto para explicar lo Otro como para autodefinirse.

Las narraciones de los viajeros en ese sentido son en su mayoría aquellas que hablan, todavía con ecos del pasado, en términos de dirigir la civilización a territorios semipoblados y desaprovechados.

El proceso social a partir del cual se conectan caminos como el de Missouri con Santa Fe (Santa Fe Trail) y de allí a El Paso del Norte y a las principales plazas del norte hasta conectar con el centro de la república a través del Camino Real de Tierra Adentro, nos explica algo más que la simple unión de ciertas vías de comunicación. Constituye parte de un proceso más amplio que insertó a la comunidad de El Paso del Norte en el rumbo modernizador que implicaba otras formas de hacer las cosas, de dotar de sentido las tareas y quehaceres diarios.

El triunfo del imaginario en las novelas de aventuras del viejo oeste es a su vez una metáfora de cómo el viajero del siglo XIX al desplazarse por las regiones del desierto se veía tentado constantemente a corregir las actitudes y modales de los lugareños. Para algunos, como el caso del inglés Ruxton, las debilidades de la población local eran muchas, pero encontraba particularmente irritante las instituciones heredadas del periodo virreinal y el desinterés mostrado por sus hombres en casi cualquier cosa. En cambio otros reclamaban la falta de productividad en el campo y la industria.

Si para mediados del siglo XIX los viajeros encontraron en El Paso del Norte una fisonomía de estilo oriental, no pasó en realidad mucho tiempo para que algunos de esos rasgos se fueran abandonando y remplazando por otros a finales de ese siglo y en las primeras décadas del XX. Lo cual nos habla de los cambios no sólo de las formas, sino de las tareas y rutinas de la población.

Dentro de esas diversas partes a donde nos llevaron las lecturas de los viajeros está también el lugar de los estereotipos marcados profundamente en las obras de éstos. Si bien encontramos diferencias en uno y otro, priva en el ambiente de la época una señalada tendencia a juzgar continentes enteros bajo la lupa del prejuicio, o como lo explicaría Mary Louise Pratt, bajo una mirada imperialista. La narrativa creada es producto de varios siglos de expansión y colonización, y en el siglo XIX por la ambición territorial norteamericana y el discurso británico convertido en “leyenda negra” que, como se mencionó en un apartado anterior, criticaban fuertemente el régimen feudal y el poder eclesial enquistados en la sociedad virreinal por la corona española.

La vida social también es abordada en varios momentos en las lecturas de los viajeros. También aquí, en algunos casos más que en otros, son detallados por los viajeros el motivo de las reuniones o el tipo de festividades muy apegados al calendario religioso, las vestimentas de las personas, algunos de los platillos típicos de la región, así como los bailes acostumbrados en la época. Es de destacar la labor antropológica que realiza Carl Lumholtz, quien con un modelo más de investigador contemporáneo, convive por largo tiempo con grupos indígenas de las serranías de Chihuahua y de otros estados.

Por último, en un ejercicio más bien conceptual, se tuvo la oportunidad de revisar cómo a través del tiempo se fueron depositando a las regiones del Septentrión diferentes rasgos o componentes identitarios que la señalaban de manera muy específica. Empezando por los mitos geográficos que motivaron las primeras incursiones españolas alentadas por la supuesta existencia de ciudades áureas de abundante riqueza.

Las representaciones sobre el norte y el desierto pierden el significado religioso que la iconografía medievalista les había otorgado, pero continúan siendo figuras referentes de la geografía regional. La barbarie fue otra de esas categorías utilizadas para referirse al norte, en ese caso, asociándolo con la violencia y la forma de vida de los grupos indígenas que allí habitaban. La narrativa sobre la región en la segunda mitad del siglo XIX dio paso a nuevos signos de identidad como la representación de “frontera” que desde entonces y hasta la fecha ha sido observada bajo distintos ángulos o enfoques de tipo social, cultural, económicos, raciales, políticos, religiosos, migratorios, etc.

Como últimas palabras tengo que decir que la presente tesis no corresponde a un trabajo típico o tradicional de la disciplina histórica (si es que existe una denominación al respecto), en primer lugar porque, quien la escribe, no forma parte de ese gremio. De cualquier manera, mi formación sociológica hace que vea con todo respeto la tarea histórica. Y aunque convencido de que hay saberes complementarios, siempre me quedará el prurito de que estoy invadiendo terrenos que no me corresponden. “Extranjero” en una disciplina que no es la propia pero que intento cruzarla cometiendo el menor número de errores posibles.

Las motivaciones principales al realizar esta tesis están del lado de las reflexiones metodológicas; de los referentes de una época; de la manera en que establecemos nuestra relación con el pasado y de las dificultades al hacerlo. No he olvidado que en historia la forma también es fondo (como nos explicaban en el salón de clases). Decir que avancé en algunos de estos puntos no es posible, pero al cuestionar sobre las imágenes y representaciones que se hicieron sobre El Paso del Norte y la región donde ésta se asienta a través de los ojos de los viajeros, me deja en lo personal otra serie de interrogantes y temas para seguir indagando en el pasado de este lugar y en la manera en que se escribe la historia.




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  45. Magasich-Airola, Jorge y Jean-Marc de Beer., América magica: mitos y creencias en tiempos del descubrimiento del nuevo mundo, LOM Ediciones, Chile, 2001.
  46. Magoffin, Susan, Down the Santa Fe Trail and into Mexico; the diary of Susan Shelby Magoffin, 1846-1847, editado por Stella M. Drumm, New Haven, Connecticut, Yale University Press; (H. Milford) Oxford University Press, 1926.
  47. Marinkovich, Juana, “Discurso de recepción como miembro de la academia chilena de la lengua”, Valparaíso, Revista Signos, Vol. 33, número 48, 2004.
  48. Mendiola, Alfonso, Guillermo Zermeño, “Hacia una metodología del discurso histórico”, en Galindo Cáceres, Jesús (comp.), Técnicas de investigación en sociedad, cultura y comunicación, México, Addison Wesley Longman, 1998.
  49. Moyano, Ángeles, El significado del comercio de Santa Fe en las relaciones entre México y los Estados Unidos (1821-1847), México, UNAM, 1975.
  50. Nichols, L. Roger (editor), The American indian: past and present, John Wiley and Sons, inc. Estados Unidos, 1971.
  51. Orozco, Víctor, Las guerras indias en la historia de Chihuahua, Ciudad Juárez, Chih. México, UACJ, 1992.
  52. Pike, Zebulon Montgomery, The expedition of Zebulon Montgomery Pike during the years 1805-1807, editado por Elliot Coues, Minneapolis, Ross & Haines, 1965.
  53. Pratt, Mary Louise, “Travel, Narrative and Imperialisst vision”, en Phelan, James y Peter J. Rabinowitz: Understanding Narrative, Columbus, Ohio State University Press, 1994.
  54. Pratt, Mary Louise, Imperial Eyes. Travel writing and transculturation, London-New York, Routledge, 1992.
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  58. Rodríguez – Sala, María Luisa, et al. Navegantes, exploradores y misioneros en el Septentrión Novohispano en el siglo XVI, UNAM – CONACULTA, México, 1993.
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  67. Urry, John, The tourist gaze: leisure and travel in contemporary societies, Londres, Sage, 1990.
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  70. Weber, David J., La frontera norte de México, 1821-1846. El sudoeste norteamericano en su época mexicana, México, FCE, 1988.
  71. Weber, David. New Spain’s far northern frontier. Essay on Spain in the American West, 1540-1821, Southern Methodist University Press: Dallas, Texas, 1989.
  72. White, Hayden, Metahistoria: la imaginación histórica en la Europa del siglo XIX, México, FCE, 2001.
  73. White, Hayden, El texto histórico como artefacto literario, España, Paidós-Universidad Autónoma de Barcelona, 2003.
  74. Wislizenus, Frederick Adolphus, Memoir of a tour to northern Mexico, connected with colonel Doniphan’s expedition, in 1846 and 1847, Alburquerque, New Mexico, Calvin Horn publisher, 1969.

Footnotes

Uranga, Alfredo, “Con 400 años de historia, el Camino Real de Tierra Adentro rompe fronteras”, fuente electrónica disponible en:

http://www.chihuahuamexico.com/index.php?Itemid=133&id=276&option=com_
content&task=viewhttp://
www.chihuahuamexico.com/index.php?Itemid=133&id=276&option=com_content&task=view
. (02/10/2009).

Mendiola, Alfonso, Bernal Díaz del Castillo: Verdad romanesca y verdad historiográfica, México, UIA, 1995, p. 19.

Sobre esta tarea que tiene el historiador de recrear ambientes históricos pasados podemos resaltar algunas líneas que el mismo A. Mendiola y G. Zermeño mencionan en uno de sus textos: “El historiador trabaja sobre artefactos desplazados de su contexto originario (cita de Lyotard, J. F., “la fenomenología”, edit. Eudeba, Buenos Aires, 1973, pp. 47-50). Y por ello, la labor del investigador es la de referir el vestigio a su mundo, pero este resituar el documento en su mundo se hace sin abandonar el propio mundo del historiador. El oficio del historiador consiste [entonces] en recrear contextos pasados desde el suyo, y sobre la complejidad de esta operación gira la reflexión metodológica de la historia: la autoconciencia de la temporalidad”. Mendiola, Alfonso y Zermeño, Guillermo, “Hacia una metodología del discurso histórico”, en Galindo, Luis Jesús (Coord.), Técnicas de investigación en sociedad, cultura y comunicación, México, Parson, Addison Wesley

Ruxton, George, Aventuras en México, México, El Caballito, 1974, p. 134.

Véase el prólogo que hace Ángela Moyano en la traducción del texto en español. Gregg, Josiah, El comercio en las llanuras. Diario de un comerciante en Santa Fe, Conaculta, México, 1995, pp. 9-10.

Ibid ., p. 15.

Eco, Umberto, Kant y el ornitorrinco, Lumen, España, 1997, p. 69.

Hartog, François, El espejo de Heródoto: ensayo sobre la representación del otro, Fondo de Cultura Económica, Argentina, 2002, p. 205.

Carter, Paul, The road to Batany Bay. An essay in spatial history, Faber and Faber, Londres, Inglaterra, 1987, p. 37.

Véase Rouanet, Sergio P., La raza nómada. Walter Benjamín y otros viajantes, UFRJ editora, Rio de Janeiro, Brasil, 1993.

Bourdieu, Pierre, Capital cultural, escuela y espacio social, Siglo XXI, México, 2003, p. 8.

Para más sobre el tema se pueden consultar los siguientes textos: Eco, Humberto, Lector in fábula: la cooperación interpretativa en el texto narrativo, Lumen, Barcelona, 1987; Iser, Wolfgang, “El acto de la lectura. Consideraciones previas sobre una teoría del efecto estético” en Rall, Dietrich (comp.), En busca del texto. Teoría de la recepción literaria, UNAM, México, 1993; Stoopen, María, Los autores, el texto, los lectores en el Quijote, UNAM, México, 2005. En este último texto menciona su autora que “el concepto de lector implícito que introduce Iser –informa Dietrich Rall- se puede comparar con otros conceptos de lector propuestos por notables críticos: El lector contemporáneo; el lector ideal; el lector informado (Stanley Fish); el archilector (Michel Riffaterre); el lector pretendido (Erwin Wolf); […] [y] el lector modelo de Umberto Eco…” Stoopen, María, Op. cit., p. 22.

Arbelaez, María S., México in the nineteenth century through British and North American travel accounts, Universidad de Miami, Estados Unidos, 1995, p. 39.

Véase de Toro, Alfonso, “Cervantes, Borges y Foucault: la realidad como viaje a través de los signos”, en El siglo de Borges: literatura-ciencia-filosofía, vol. II, Madrid, 1999.

Del Pozo, Rosario G., Michel Foucault: un arqueólogo del humanismo, Universidad de Sevilla, España, 1988, p. 72.

Foucault, Michel, Las palabras y las cosas, Siglo XXI, Argentina, 2005, p. 57.

Etter, Ottmar, Op. cit., p. 17.

Johnson, Patricia, Unpacking the bags: cultural literacy and cosmopolitanism in women´s travel writings about the islamic republic (1979-2002), Newcastle University, Londres, 2006, p. 91.

Allí mismo se lee lo siguiente: “los juicios que unas naciones emiten sobre otras nos informan acerca de quienes hablan, y no acerca de aquellos de quienes se habla: en los otros pueblos los miembros de una nación no estiman más que aquello que les es cercano. Cada nación, convencida de que es la única que posee la cordura, toma a todas las demás por locas, y se asemeja bastante a aquel habitante de las Marianas que, persuadido de que su lengua es la única de su universo, llega a la conclusión de que los demás hombres no saben hablar’”, frase atribuida, esta última, a Helvecio. En: Todorov, Tzvetan, Nosotros y los otros, Siglo XXI, México, 2003, p. 30.

Silva, Lorenzo, Op. cit., p. 27.

“Los paralelos entre todos esos relatos de viaje son sorprendentes, en especial entre los que están impregnados de exotismo por referirse a países lejanos. Encontramos una especie de formato de información que incluye los mismos elementos: se ofrecen cuadros de costumbres, anécdotas de viaje acompañadas a veces de peripecias novelescas, críticas al régimen político, y también datos de índole social y económica. La lista común de comentarios de los viajeros europeos acerca de las tierras visitadas refleja una gran insensibilidad para observar las diferencias”. Cramaussel, Chantal, Op. cit., 396.

Arbeláez, María Soledad, México in the nineteenth century through British and north american travel accounts, Estados Unidos, UMI, dissertation services, 1995, p. 35.

Goetzmann, William, New land, new man. America and the second great age of discovery, Nueva York, Penguins books, 1987.

Ross, Peter, Hampton, Blanche, Op. cit., p. 9.

Ette, Ottmar, Op. cit., p. 14.

Ibid. , p. 27.

“Al contrario de lo que ocurre con el relato de viajes medieval –menciona este autor-, que no pretendía la adquisición de saberes comprobables empíricamente, el moderno relato de viajes, sobre todo el que se centra en el llamado ‘Nuevo Mundo’, busca la experiencia y su transmisión”. Ibid., p. 32.

En este sentido son de gran utilidad para la tesis los planteamientos de los llamados metahistoriadores, en particular, los puntos de vista del estadounidense Hayden White quien ha abordado y polemizado ampliamente el tema.

“Así las cosas, la ficcionalidad no significa la desviación intencionada de lo fáctico de una realidad dada, sino más bien de aquello que para una sociedad se presenta como creíble en un determinado lugar histórico. Los criterios ‘ficticio’ versus ‘conforme a la realidad’ se han vuelto obsoletos como categorías analíticas y literarias de la poética del relato de viaje”. Neuber, Wolfgang, “Zur Gattungspoetik des Reiseberichts” en Ette, Ottmar, Op. cit., p. 26.

Ibid ., p. 29.

Ferry, Gabriel, Escenas de la vida salvaje en México, México, CONACULTA, 2005, pp. 10-11.

Silva, Lorenzo, Viajes escritos y escritos viajeros, Madrid, Grupo Anaya, 2000, p. 23.

Ross, Peter y Hampton, Blanche, “Don’t trust the locals. European explorers in Amazonia”, en Roussel-Zua zu, Chantal, La lectura de viaje española del siglo XIX, una tipología, tesis para obtener el grado de doctor en filosofía, Texas Tech University, mayo 2005, p. 9.

Chartier, Roger, El mundo como representación, España, Gedisa, 1996.

Cramaussel Chantal, “La literatura de viaje del siglo XIX en México”, en Guerra, Margarita y Rovillon, Dense (ed.), Actas del 1er. Encuentro de historia Perú-México, México, Colmich, 2005, p. 400.

Borja Gómez, Jaime Humberto, Los indios medievales de Fray Pedro de Aguado (Construcción del idólatra y escritura de la historia en una crónica del siglo XVI), México/Colombia, Pontificia universidad Javeriana / Instituto colombiano de Antropología e Historia – IESC - UIA, 2002, p. 33.

Gamerdinger, Begoña Arteta, “Destino manifiesto en los viajeros norteamericanos (1830-1845)”, revista Theomai, Argentina, 2001, núm. 3, p. 6.

Roussel-Zuazu, Chantal, La literatura de viaje española del siglo XIX. Una tipología (Tesis), Texas Tech University, Texas, Estados Unidos, 2005, p. 204.

Gerbi, Antonello, La disputa del Nuevo Mundo, México, FCE, 1993., p. 50.

Cicerchia, Ricardo, Op. cit., pp. 4-5.

Gerbi, Antonello, Op. cit., p. 67.

Ibid ., p. 69.

Soboul, Albert y otros, El siglo de las luces, España, ediciones Akal, t. 1, libro II, 1992, p. 326.

Cf. Giuseppe Ricuperati, “Hombre de las luces”, en Ferrone, Vicenio y Roche, Daniel (comp.) Diccionario histórico de la ilustración, Madrid, Alianza Editorial, 1998, p. 31.

Ibid., p. 22.

Rafael Carrillo Arroyo, Historia del pensamiento científico, fuente electrónica disponible en:

http://thales.cica.es/rd/Recursos/rd98/Filosofia/02/capitulo2.html
(27 de agosto de 2014).

Goetzmann, William H., Op. cit., p. 3.

Ibid., p. 2.

Zorrilla, Rubén, Origen y formación de la sociedad moderna, Buenos Aires, editorial El Ateneo, 1988, pp. 149-152.

Véase, Ferrone, Vincenzo y Roche, Daniel (edits.), Diccionario histórico de la ilustración, España, Alianza editoral, 1998, p. 427.

Ferrone, Vincenzo y Roche, Daniel, Op. cit., Pág. 430.

Sunyer Martín, Pere, “Humboldt en los Andes de Ecuador. Ciencia y Romanticismo en el descubrimiento científico de la montaña”, revista Scripta Nova, España, Universidad de Barcelona, núm. 58, febrero de 2000, P. 3.

Goetzmann, William, Op. cit., p. 2.

Urry, John, The tourist gaze: leisure and travel in contemporary societies, Londres, Sage, 1990.

Hunt, Margaret, “Racism, imperialism and the traveler’s gaze in the eighteenth century England”, Londres , Journal of British Studies, vol. 32, núm. 4, oct. 1993, pp. 333-357.

Pratt, Mary Louise, Imperial eyes. Travel writing and transculturation, Londres/Nueva York, Routledge, 1992.

Goetzmann, William, Op. cit., p. 1.

Arbeláez, María Soledad, Op. cit., p. 37.

Ricardo Cicerchia recalca este interés del viajero moderno por la exploración y la obtención de conocimientos, señala: "A partir del siglo XVIII los viajeros se lanzaron al intento de trazar el mapa definitivo del mundo. La ilusión partió de una curiosidad científica al servicio de los intereses de la expansión y cierto exotismo romántico. Lo que producía esta mezcla de modernismo y romanticismo no era simplemente la distancia cultural de Europa con el resto del mundo, ni aun las visiones seculares y expansionistas que iban arrinconando desde el Renacimiento la mentalidad religiosa, sino la fascinación por la intensidad de la experimentación. Así se legitimaba la voz del observador directo en la producción de saberes, seguramente, el mecanismo discursivo fundamental de toda la literatura de viaje de la modernidad." Cicerchia, Ricardo, De diarios, mapas e inventarios. La narrativa de viaje y la construcción de la modernidad, p. 1. fuente electrónica disponible en: lo2000.uio.no/program/papers/s17/s17-cicerchia.pdf. (22 de septiembre de 2014)

Hunt, Margaret, Op. cit., pp. 334-335.

Ibid., p. 336.

Id.

Cramaussel, Chantal, Op. cit., p. 400.

En aquel tiempo el Septentrión novohispano era poblado por una infinidad de pequeños y grandes grupos indígenas esparcidos a lo largo de todo este territorio y de acuerdo a Francisco López Morales al final del periodo colonial “todas las comarcas situadas entre los 28º y los 42º de latitud norte se encontraban pobladas por grupos nómadas e insumisos”. López Morales, Francisco, “El camino de la plata” en Sánchez, Joseph P. (coord.) El Camino Real de Tierra Adentro. Historia y Cultura, Nacional Park Service/INAH, México, 1997, p. 100.

Cerutti, Mario y González, Miguel A., El norte de México y Texas (1848-1880), México, Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora, 1999, p. 15.

Ibid., p. 15.

“En el transcurso del siglo XVIII se fueron estrechando los lazos entre el alto río Bravo y el norte de la Nueva Vizcaya, así como el volumen y frecuencia de las transacciones comerciales entre ambas regiones. A principios del siglo XIX. La llegada legal o por contrabando de mercancías de origen europeo por el camino de Missouri al Nuevo México, hacía que la provincia más septentrional del virreinato se volviera cada vez más atractiva para los mercaderes novohispanos. Santa Fe se convirtió entonces en destino final de muchas de las comitivas de mercaderes que penetraban tierra adentro por el camino real; no se trataba ya de relaciones esporádicas como en los siglos anteriores sino de un flujo constante de intercambios. El Camino Real de Tierra Adentro se había completado, y unía ya definitivamente a México con Santa Fe”. Cramaussell, Chantal, “Historia del Camino Real de Tierra Adentro de Zacatecas a El Paso del Norte”, en Sánchez, Joseph P. (coord.), El Camino Real de Tierra Adentro. Historia y cultura, México, National Park Service/INAH, 1997, p. 21.

Sánchez, Joseph P., Op. cit., p. 88.

De la Teja, Jesús F., “Forgotten founders: the military settlers of eighteenth century San Antonio de Béxar”, en Poyo, Gerald E. (ed.), Tejano origins in eighteenth century San Antonio, Austin, Tx., University of Texas Press, 1991, p. 43.

Cramaussell, Chantal, Op. cit., p. 12.

Ibid ., p. 13.

Ibid., p. 14.

Ibid., p. 17.

Rubén Lau identificaba ciertas etapas en el desarrollo de esta frontera en donde predominaba algún factor económico sobre los demás. Empezando con la producción agrícola y el incipiente tránsito de artículos comerciales, para luego integrar una zona libre en donde se presentaba mayor intercambio de productos comerciales con el beneficio de contar con una red ferroviaria que facilitaba el traslado de las mercancías hacia finales del XIX. Posteriormente a la revolución de principios del siglo XX la economía del lugar se verá beneficiada por la ley seca impuesta en el vecino país (1920-1933) y de la cual la ciudad rentabilizará por varios años a través de una economía de turismo. Poco tiempo después el programa de braceros (1942-1964) alentó un importante flujo poblacional, le continuó el programa nacional fronterizo (PRONAF) en 1961 y el programas de industrialización fronteriza (PIF) en 1965 lo cual a su vez diversificó el comercio y atrajo población del interior de estado y áreas cercanas a él.

Cerutti, Mario, Op. cit., p. 51.

Gregg, Josiah, El comercio en las llanuras. Diario de un comerciante en Santa Fe, México, CONACULTA, 1995, p. 11.

Ibid., p. 228.

Cramaussel, Chantal, “Francia y el norte de México (1821-1867)”, en Pérez Siller, Javier y Cramaussel, Chantal (coord.), México-Francia: memoria de una sensibilidad común. siglos XIX-XX”, México, BUAP/COLMICH/CENCA, 2004, p. 434.

Gregg, Josiah, Op. cit., p. 24.

Román, Belinda, “Observaciones sobre el ámbito económico de Paso del Norte a principios del siglo XIX” en Quinto congreso de historia regional (actas 1995), México, UACJ, 1997, pp. 172-173.

Gregg, Josiah, Op. cit., 25.

Ibid ., pp. 10-11.

Ibid ., p. 10.

Gregg, Josiah, Op. cit., 231.

Ibid ., p. 231.

Ibid., 234.

Id .

Ibid ., p. 11.

Id .

Ibid ., p. 236.

Ibid ., p. 239.

Ibid., p. 243.

Froebel, Julius. Siete años de viaje en Centroamérica, norte de México y lejano oeste de Estados Unidos, en la colección Textos de la Nueva Vizcaya (Jesús Vargas, Coord.), Chihuahua, Gobierno del Estado de Chihuahua, 2002, p.18.

Ruxton, George, Op. cit., p. 132.

Ruxton, George, Op. cit., p. 12.

Limerick, Patricia, The legacy of conquest: the unbroken past of the American West, New York, Norton Press, 1987, p. 233.

Véase Gamerdinger, Begoña Arteta, Op. cit., pp. 3-4.

Rondé, Philippe, Op. cit., p. 157.

Cramaussel, Chantal, Op. cit., pp. 394-395.

Bartlett, John Russell, Personal narrative of explorations and incidents in Texas, New Mexico, California, Sonora and Chihuahua, The Rio Grande Press inc., Chicago, Illinois, 1965, pp. I-IV.

A la llegada de los primeros colonizadores ingleses a lo que hoy es Estados Unidos, el Noble Red Man fue el mito original con el que se identificaba a los indios con una imagen de debilidad o flaqueza. Como una criatura indefensa de la naturaleza. Posteriormente, y porque así convenía a los propósitos colonizadores, se formuló el mito que los tenía como crueles y desleales salvajes. Finalmente, cuando el “salvaje” fue domesticado, se creó el tercer mito que los pone como borrachos, flojos y buenos para nada. Hoy en día esos tres mitos coexisten entre sí. Véase el capítulo realizado por Oliver La Farge sobre los mitos creados para ocultar a los indios norteamericanos en la siguiente referencia: Nichols, L. Roger (editor), The American indian: past and present, John Wiley and Sons, inc. Estados Unidos, 1971.

Bartlett, John Russell, Op. cit., p. 184.

Ibid ., pp. 184-185.

Froebel, Julius, Op. cit., pp. 6-7.

Froebel, Julius, Id.

Bartlett, John Russell, Op. cit., p. 187.

Gregg, Josiah, Op. cit., p. 230.

Orozco, Víctor, “Los primeros cien años en las relaciones Juárez-El Paso. Una narración histórica”, Diario de Juárez, 25 de febrero de 2008, p. 4A.

De la Vara, Martín G., Breve historia de Ciudad Juárez y su región, COLEF/Center for Latin American and Border Studies (NMSU)/UACJ y EÓN ediciones, México, 2002, p. 41.

Ibid ., p. 187.

Timmons, Wilbert H., El Paso: a borderlands history, UTEP, El Paso, Texas, 1990, p. 104.

Tomado de De la Vara, Martín G., Op. cit., p. 68.

Freixa, Consol, “Imágenes y percepción de la naturaleza en el viajero ilustrado”, en Scripta Nova (revista electrónica de geografía y ciencias sociales), Universidad de Barcelona, España, no. 42, 1999, p. 2

Ibid ., p. 1.

Para no ser injusto con este autor que ha legado una valiosa y viva reseña de lo encontrado a su paso por estas tierras, tal y como lo señala el historiador Jesús Vargas, hay que decir que su obra es extensa y abarca no sólo el estado de Chihuahua y algunas partes del sur oeste de los Estados Unidos, sino también, lugares de Centroamérica, en los cuales de igual modo dejó constancia de sus observaciones, y en los que se pueden encontrar opiniones de todo tipo, favorables o no. Y así como manifestó al inicio de su recorrido por el estado, su desagrado por el paisaje demasiado `transparente` del territorio paseño, a su regreso a esta población propino, a su vez, comentarios elogiosos: “las huertas y jardines de los alrededores rebosaban de belleza. Todo era primor, como hecho exprofeso para el pincel de los pintores”. Y lo mismo ocurrió con la ciudad de Chihuahua. Froebel, Julius, Op. cit., p. 6 y 38.

Id .

Freixa, Consol, Op. cit., p. 2.

Ibid ., p. 16.

Rondé, Philippe, Viaje al estado de Chihuahua (Méjico): 1849-1852, en Vargas, Jesús (Dir.) Textos de la Nueva Vizcaya, enero de 2000, no. 5, p. 39.

T omado de De la Vara, Marín G., Mimeo.

Wislizenus, Frederick A., Memoir of a tour to northern México, Nuevo México, The Rio Grande Press, 1969, p. 2.

Bartlett, John R., Op. cit., pp. 189-190.

Véase Sepich, John, Notes on Blood Meridian, University of Texas press, Austin, Tx., 2008, p. 43.

Froebel, Julius, Op. cit., p. 6.

Mayores expresiones del arte mudéjar en nuestro país se pueden encontrar en el corredor Puebla-Tlaxcala, en Oaxaca y Chiapas por ejemplo. Un testimonio de 1849 de uno más de los viajeros atraídos por el oro californiano en su escala por El Paso del Norte comenta lo siguiente: “Las casas están hechas de adobe y tienen un solo piso con su techo plano. Son muy cómodas tanto en verano como en invierno y se dice que son muy duraderas. La iglesia, que es el edificio más grande del lugar, mide cuarenta por cien pies y tiene dos pisos. Su interior está muy bien labrado y ornamentado y la iglesia está situada más o menos en el centro del poblado…” En Timmons, Op. cit., p. 104.

Durante su estancia en la actual capital del estado, Rondé describe ésta de la siguiente manera: “Edificada sobre una ligera cuesta, se desarrolla con gracia destacándose en blanco sobre fondos de montes que reflejan los tonos puros de un cielo siempre azul. Las iglesias y los conventos son los edificios públicos que dominan; y la elegancia de los campanarios y de las cúpulas, generalmente blanqueados con cal, dan a la población un aire oriental, tanto que cree uno ver minaretes”. En Vargas, Jesús, Op. cit., p.163.

Bartlett, John, Op. cit., p. 189.

En Vargas, Jesús, Op. cit., p. 163.

Froebel, Julius, Op. cit., p. 6.

De la Vara, Martín G., Breve historia de Ciudad JuárezOp. cit ., p. 42.

Froebel, Julius, Op. cit., p. 7.

Bartlett, John R., Op. cit., pp. 185-186.

Whiting, William H., “Diario de William Henry Chase Whiting (1849)”, en Ralph P. Bieber (ed.), Exploring Southwestern Trails, 1846-1854, Glendale, California, Arthur H. Clark Company, 1938, p. 310.

Para una mejor reconstrucción de la región, véase el texto ya mencionado de Martín González de la Vara, Op.cit., pp. 35-38.

Véase Cramaussel, Chantal, Francia y el norte de MéxicoOp, cit ., p. 432.

Cramaussel, Chantal (2004), Op. cit., p. 432.

Cramaussel, Chantal, Ibid., p. 432.

Goetzmann, William, New lands, New man. America and the second great age of discovery, Nueva York, Penguins Books, 1987. También p uede consultarse, para mayor desarrollo del tema de las exploraciones, el texto del mismo autor: Exploration and Empire. The explorer and the scientist in the winning of the American west , Vintage Books, New York, 1966.

En líneas anteriores ya se ha mencionado al viajero como un autor, en este caso la comparación nos permite destacar aún más el papel tanto creativo como subjetivo que hay en sus obras.

Vargas, Jesús, Op. cit., p. 37

“Una gran consolidación del poder imperial británico comienza después de la era Romántica y el periodo de 1835-1910 ve emerger a Gran Bretaña como la fuerza dominante a nivel mundial para el siglo XIX”. Peter J. Kitson (Editor), Nineteenth-Century Travels, Explorations and Empire: Writings from the Era of Imperial Consolidation, 1835-1910, Vol. 1, Londres, Pickering and Chatto, 2003.

Elton, John Frederick, Con los franceses en México, México, CONACULTA, 2005, p. 12.

Las ideas del evolucionismo ya estaban presentes en varios campos académicos y no académicos mucho antes de que el texto cumbre de Darwin: El Origen de las Especies viera la luz en 1859 (no hay que olvidar que este texto estaba listo veinte años atrás). Jean Baptiste de Lamark, a principios del XIX, fue el primero en articular una propuesta sólida sobre la progresión y los cambios ocurridos con el paso del tiempo. Ya para mediados de ese siglo había permeado en áreas como la física, la botánica, la geología y había madurado una percepción de la evolución cultural y étnica en las sociedades.

Ruxton, George, Op. cit., p. 8.

Vargas, Jesús, Op. cit., p. 37.

Ruxton, George, Op. cit., p. 12.

Ibid ., p. 127.

Marinkovich, Juana, “Discurso de recepción como miembro de la academia chilena de la lengua”, revista Signos, Vol. 33, Valparaíso, núm. 38, 2004, p.117.

Ruxton, Geroge, Op. cit., pp. 132-133.

Véase por ejemplo a Wagner, Henry R., The plains and the Rockies; a bibliography of original narratives of travel and adventure, 1800-1865, San Francisco, Grabhorn Press, 1937.

Ruxton, George F., Adventures in Mexico and the Rocky Mountains, New Mexico, The Rio Grande Press, 1973, p. vii.

Rabasa, José, Inventing America (Spanish historiography and the formation of eurocentrism), Estados Unidos, University of Oklahoma Press/Norman, 1993, p. 5. Este mismo autor trae a colación el concepto de “Formaciones discursivas” usado por Michel Foucault. Sin ánimo de abusar de la argumentación teórica diremos que este concepto como el de “Episteme” usado por el mismo Foucault facilitan el entendimiento del conjunto de enunciados diversos y hasta divergentes que le dan a una época determinada la posibilidad para llevar a cabo sus prácticas discursivas. El horizonte de expectativas o de pensabilidad que reúne sin cerrar el conjunto de maneras de ver y hablar de una época dada. O como se menciona en otra lectura: “No se puede hablar –dice Foucault- en cualquier época de cualquier cosa”. Véase: de la Fuente, Lisandro y Messina, Lucía, Bajos fondos del saber. La arqueología como método de Michel Foucault, Universidad de Buenos Aires, revista Litorales, año 2, núm. 2, agosto de 2003, p. 5.

De Certeau, Michel, La escritura de la historia, México, UIA, 1993, p. 17.

Ruxton, George, Op. cit., p. 133.

Id.

Si bien algunos de sus juicios estaban justificados las exageraciones no son pocas en su libro como se puede leer cuando afirma que en la corta vida que tenía como nación independiente México había sufrido ya 237 revoluciones; además de otras series de imprecisiones que en la misma edición son señaladas y corregidas muchas de éstas.

Ruxton, George, Op. cit., p. 146.

Ibid., pp. 165-166.

Id .

Weber, David, La frontera norte de México, 1821-1846, Madrid, editorial Mapfre, 1992.

Ibid., p. 158.

“…después de la independencia, la llegada de capitales, su concentración en unas cuantas manos y la demanda de mano de obra que alentaba la vitalidad de la economía de la frontera, todo ello contribuyó a la institución de los peones que pagaban sus deudas con trabajo (acasillado)”. Ibid., p. 358.

“De California a Texas, la gente de razón siguió la costumbre colonial española de tomar cautivos en campañas contra indios, o de comprarlos o rescatarlos de otros indios. Estos cautivos se convertían en miembros involuntarios de los hogares mexicanos, se les bautizaba, y ‘a cambio de su manutención, techo y educación desempeñaban labores domésticas’, según explicación de un historiador”. Ibid., p. 360.

“A diferencia de los anglonorteamericanos, que definían a indios y negros únicamente con base en la raza, los colonizadores mexicanos definían a las personas también con base en su cultura y su clase. Así, ser “indio’ significaba vestirse, actuar y hablar como indio. Por consiguiente, los apaches nómadas que irrumpían en los establecimientos mexicanos de Arizona siguieron siendo considerados indios, pero los apaches que se asimilaban empezaban a perder su identidad étnica y social y los mexicanos los ven como mexicanos…”. Ibid., pp. 364-365.

Id.

Ibid., p. 368.

Uno de los viajeros que recupera Weber en su libro es Josiah Gregg, este viajero “no se expresó nada bien de la instrucción en Nuevo México, opinó que hacia 1830 un cuarto de los nuevomexicanos sabían leer y escribir, cifras tomadas en censos posteriores indican que no andaba muy equivocado. Las cifras de Gregg se comparan favorablemente con las del resto de México, donde todavía en 1844, únicamente el 5% de los niños en edad escolar iban a la escuela”. Ibid., p. 394.

El caso del mismo Hardy, menciona Weber, nos muestra una actitud no muy profesional: “Robert W. H. Hardy, joven teniente naval inglés, descubrió viajando por Sonora que el interés monetario no era lo único que movía a estos ‘médicos’. Cuando se le pidió que examinara a una joven atractiva Hardy admitió: ‘siempre he tenido inclinación a la charlatanería’, y procedió a examinar ‘a esta interesante jovencita… su piel, sus grandes ojos negro, su grácil figura, con una tendencia más propia de un amante que con la tiesa formalidad de un médico, y al fin solo alcance a tartamudear no hay peligro, aunque ciertamente si lo había respecto a mí mismo”. Ibid ., p. 398.

Rondé, Philippe, Op. cit., p. 11.

Ibid ., p. 15.

Jones, Oakah, Los paisanos. Spanish settlers on the northern frontier of New Spain, Estados Unidos, University of Oklahoma Press/Norman, 1979, p. 160.

Ibid ., p. 189.

“Spanish men, women, and even children ten to twelve years old. They did not use pipes but smoked cigarros, crude cigarettes made with paper wrappers one inch wide and the length of a finger, this paper was filled with crushed tobacco as rolled, as was the practice in New Mexico. Also many smoked puros, whole tobacco leaves rolled up without any paper and thus resembling a modern cigar. Both cigarros and puros were stocked and sold by shopkeepers. Everyone carried his own makings, consisting of cut tobacco, finished cigarros.., Cigarros were customanly offered to a guest in one’s home after chocolate had been served. It was a special honor, impolite to refuse, if a woman lighted a cigarro, touched it to her lips, took the first puff, and then handed it to her guest”. Ibid ., p. 189.

Weber, David, Op. cit., p. 401.

Bartlett, John R., Op. cit., p. 147.

Ibid ., p. 148.

Si bien la relación epistolar no se encuentra directamente relacionada con los diarios de viaje, reportajes o artículos de revistas pensados para ser publicados, sí puede ser integrada en algunos casos como parte de la literatura en donde el viajero aporta datos del lugar que con el tiempo adquieren alguna relevancia histórica, como en el caso de la correspondencia entablada entre el alemán Ernst Kohlberg y su familia. Tanto esta información como lo presentado aquí por David Weber debe de ser tomado como complementos a las descripciones de los viajeros, incluidos en la tesis para presentar una mejor idea del contexto, en este caso cultural y social del que estamos hablando.

Fragmento reproducido por el periódico El Norte, 23 de mayo de 1999, p. 2D. Tomado del texto: Kohlberg, Ernst, Letters of Ernst Kohlberg 1875-1877, (Walter Kohlberg, traductor), Texas Western Press, El Paso, 1973

Id .

[180] Id.

Lumholtz, Carl Sofus, El México desconocido. Cinco años de exploración entre las tribus de la Sierra Madre Occidental: en la Tierra Caliente de Tepic y Jalisco, y entre los tarascos de Michoacán, Nuevo México, The Rio Grande Press, Inc., 1973.

Algunos autores identifican también este periodo de finales del siglo XIX y comienzos de XX como el final de la segunda gran era de las exploraciones científicas tierra adentro. Véase por ejemplo a Goetzmann, William H., Op. cit., 1987.

Algunos de los trabajos pioneros y tal vez más bellamente narrados sean los de Magoffin, Susan Shelby, Down the Santa Fe trail and into Mexico: the diary of Susan Shelby Magoffin, 1846-1847, Estados Unidos, New Haven/Yale University Press, 1962. Las cartas de Louisiana Strentzel y otras crónicas contenidas en: Holmes, Kenneth L., Covered wagon women: diaries and letters from the Western trails, 1840-1849, vol. I, Estados Unidos, University of Nebraska Press, 1983. Y el magnifico texto de Peavy, Linda y Smith, Ursula, Pioneer women: the lives of women on the frontier, Estados Unidos, University of Oklahma Press, 1998.

Es en este sentido que se produce el cambio de las formas representacionales al arribar a los avances tecnológicos del siglo XX. De tal modo que las funciones que cumplían los diarios de viaje y otras formas escriturales van decayendo o transformándose en otras modalidades que va a retomar el periodismo, la fotografía, las guías turísticas, entre otras formatos, incluidas las expediciones científico-recreativas impulsadas por la revista National Geographic; todo ello a la vuelta del siglo XX y a la entrada de lleno en una era de plena evolución tecnológica. Esto mismo lo va a expresar Verónica Tozzi de la siguiente manera: “La relevancia de la distinción y escritura histórica se manifiesta en su constatación de que las nociones de acontecimiento y relato han sido desmanteladas como resultado de la magnitud de los acontecimientos del siglo XX, de la revolución en las prácticas representacionales provocadas por el modernismo cultural y de la proliferación de tecnologías de representación producida por la revolución electrónica”. En White, Hayden, El texto histórico como artefacto literario, España, Paídos-Universidad Autónoma de Barcelona, 2003, p. 36.

Cedano Romo, Luis, “Carl Lumholtz y el México Desconocido”, en Ferrer Muñoz, Manuel (comp.), La imagen del México decimonónico de los visitantes extranjeros: ¿Un Estado-Nación o un mosaico plurinacional?, México, UNAM, 2002, p. 334.

Cfr. Cedano Romo, Luis, Op. Cit., p. 351.

Ibid ., p. 341.

El geógrafo francés Bonnamaison señala que “un geosímbolo puede definirse como un sitio, un itinerario o un espacio que, por razones religiosas, políticas o culturales, reviste a los ojos de ciertos pueblos y grupos étnicos una dimensión simbólica que los fortalece en su identidad”. Giménez, Gilberto y Héau, Catherine, “El desierto como territorio, paisaje y referente de identidad”, Mexicali, México, UABC, Vol. III, núm. 005, enero-junio, 2007, p. 17.

Entrikin, Ncholas, “Contemporary humanism in geography”, Estados Unidos, Annals of the association or American geographers, Vol. 2, núm. 4, dic. 1976, p. 616.

Bailly, Antoine, Lo imaginario espacial y la geografía. En defensa de la geografía de las representaciones, Madrid, Universidad Complutense, 1989, p. 8.

Rajchenberg y Héau, Op. cit., p. 26.

Bailly, Antoine, Op. cit., p. 7.

Cfr. Rozat, Guy, América imperio del demonio, México: UIA, 1995.

Rajchenberg, Enrique y Héau, Catherine, “El septentrión mexicano entre el destino manifiesto y el imaginario territorial”, Journal of Iberian and Latin American Studies (JILAS), 11:1, Julio, 2005, p. 22. Disponible electrónicamente en:

http://www.ailasa.org/jilas/articles/11-1Rajchenberg.pdf
(15 de mayo de 2014).

“Los mitos han actuado constantemente sobre el comportamiento del ser humano, pero en tiempos de los descubrimientos fueron un verdadero móvil de la acción. Los intentos de descubrir los lugares míticos determinaron la acción de muchos conquistadores: se escribieron tratados, se trazaron mapas, se organizaron difíciles navegaciones y peligrosas expediciones terrestres, que consumieron caudalosas fortunas y no pocas veces sus protagonistas dejaron la vida en el intento”. Magasich-Airola, Jorge y de Beer, Jean-Marc, América mágica: mitos y creencias en tiempos del descubrimiento del Nuevo Mundo, Chile, LOM Ediciones, 2001, p. 10.

Rozat, Guy, Op. cit., p. 68.

Fernández Vázquez, Laura, Eurocentrismo, identidad e historia en la trilogía del descubrimiento de Abel Posse, Puebla, UDLAP, 2003, p. 8. Para una búsqueda sobre estos temas véase: de la Carrera, Cristián Roa, “El Nuevo Mundo como problema de conocimiento: Américo Vespucio y el discurso geográfico del siglo XVI”, en Hispanic Review, vol. 70, no. 4, 2002, pp. 557-580; Gerbi, Antonello. La naturaleza de las indias nuevas: de Cristóbal Colón a Gonzalo Fernández de Oviedo, México, FCE, 2003; además del texto ya mencionado de Jorge Magasich y Jean-Marc de Beer.

Sobre el peso o la importancia de los mitos Magasich nos recuerda que “…para el pensador español Ortega y Gasset, los mitos actúan como hormonas sobre la psiquis, porque son fuerzas que incitan a la acción, desencadenan mecanismos de conducta, de pensamiento y de sensibilidad”. Sobre lo que son los mitos los mismos autores señalan: “Contentémonos con saber que se trata de sentimientos, aspiraciones, deseos colectivos y sueños de un pueblo; en síntesis productos de la imaginación colectiva propios a una civilización en una época determinada, tomando la forma de imágenes, leyendas, tradiciones, romances, y, con frecuencia, inscribiéndose en los libros sagrados. Nacidos en los albores de civilizaciones milenarias, atraviesan los siglos y los imperios para llegar hasta la época de los descubrimientos”. Magasich, Jorge y de Beer, Jean_Marc, Op. cit., p. 11.

Rozat, Guy, Op. cit., p. 68.

Foucault, Michel, Las palabras y las cosas. Una arqueología de las ciencias humanas, México, Siglo XXI, 2005. P.48.

“En general, los mapas del proceso colonizador exhiben manchas rodeadas por territorios aún no reducidos. Poblaciones como Janos, Casas Grandes, El Paso y Santa Fe aparecen en 1700 como implantaciones minúsculas en un territorio todavía ampliamente dominado por diversos grupos indígenas reacios a someterse a quien se proclamaba nuevo dueño de aquellas tierras. El renombrado Camino de Tierra Adentro enlazaba el centro de la colonia con Santa Fe pero su recorrido además de azaroso tomaba un tiempo dilatado. Todavía en 1800, esto es, a pocos años del movimiento insurgente, Santa Fe, El Paso y Janos y, hacia el oriente, Nacogdoches y San Antonio siguen conservando ese rasgo insular”. Rajchenberg, Enrique, Héau, Catherine, Op. cit., p. 9.

“El norte no representaba [en ese momento] para los españoles aliciente de orden económico, los indios del Septentrión eran demasiado agresivos y no ofrecían el tributo de las encomiendas, además no se tenían noticias de civilizaciones avanzadas, ni de fabulosas riquezas minerales” Rodríguez, María Luisa, et al., Navegantes, exploradores y misioneros en el Septentrión novohispano en el siglo XVI, México, UNAM / CONACULTA, 1993, p. 76.

Ibid., p. 94.

[204] “Su obra vinculada con el descubrimiento territorial trajo como consecuencia inmediata la inusitada difusión de una quimera, leyenda o ensoñación que fue amplia y fácilmente aceptada en la naciente sociedad. Sus miembros compartían el trasfondo cultural que en ese momento y, en su modalidad literaria, había preparado a través de las epopeyas épicas legendarias y las novelas de caballería, la disposición colectiva para creer en las maravillas que podrían existir en las tierras incógnitas. Aquellas aparecían en las leyendas, y en ocasiones en la realidad, plenas de promesas materiales para los buscadores de fortunas”. Ibid., pp. 93-94.

Keppler, Claude, Monstruos, demonios, y maravillas a fines de la Edad Media, Madrid, Akal, 1986, p. 80.

White, Hayden, El texto histórico como artefacto literario y otros escritos, Barcelona, ICE-Universidad de Barcelona, 2003.

White, Hayden, Metahistoria: la imaginación histórica en la Europa del siglo XIX, México, FCE, 2001, p. 14.

Se tiende a creer que lo que diferencia o que, en lo particular, le da más o menos valor a una obra histórica es el grado de información o datos que concentra, o la determinada teoría o conceptualización que la sustenta. Al hablar de la diversidad de propuestas históricas White señala: “su posición como posibles modelos de representación o conceptualización histórica no depende de la naturaleza de los ‘datos’ que usaron para sostener sus generalizaciones ni de las teorías que invocaron para explicarlas; depende más bien de la consistencia, de la coherencia y la fuerza esclarecedora de sus respectivas visiones del campo histórico. Por esto no es posible ‘refutarlos’ ni ‘impugnar’ sus generalizaciones, ni apelando a nuevos datos que puedan aparecer en posteriores investigaciones ni mediante la elaboración de una nueva teoría para interpretar los conjuntos de acontecimientos que constituyen el objeto se su investigación y análisis. Su categorización como modelos de la narración y la conceptualización históricas depende, finalmente, de la naturaleza preconceptual y específicamente poética de sus puntos de vista sobre la historia y sus procesos”. White, Hayden, Op. cit., 2001, p. 15.

Ibid., p. 14.

“¿Por qué la historia desconoció durante un muy largo tiempo su pertenencia al género de las narraciones? Esta pertenencia estaba oculta en todos los regímenes de historicidad que postulaban una identidad sin distancia entre los acontecimientos históricos y el discurso que se encargaba de restituirlos. (....) Es solamente cuando la epistemología de la coincidencia se volvió dudosa y cuando los historiadores tomaron conciencia de la distancia que siempre existe entre el pasado y su representación...”. Chartier, Roger, La historia entre representación y construcción, p. 2. Disponible en Internet:

http://www.rafaelcastellano.com.ar/Biblioteca/ARTICULOS/LA%20HISTORIA%20ENTRE%20REPRESENTACION%20Y%20CONSTRUCCION.pdf
, p. 2 (23 de agosto de 2014).

White, Hayden, “Hayden White: la lógica figurativa en el discurso histórico moderno” (entrevista a Hayden White), revista Historia y Grafía, enero-junio de 1999.

En ese sentido es algo parecido a un horizonte de pensabilidad que impone sus condiciones de acuerdo al contexto histórico de que se esté hablando, incluso cuando se usa un lenguaje especializado: “el uso de un lenguaje técnico […], tal como, pongamos por caso, la econometría o el psicoanálisis, no libera al historiador del determinismo lingüístico al que el historiador narrativo tradicional permanece esclavizado […] No es cuestión, entonces, de elegir entre el historicismo relativista de Ranke y el historicismo objetivo de Marx, Weber, Spengler, Toynbee […] Ellos son igualmente relativistas, igualmente limitados por el lenguaje elegido en el cual demarcar lo que es posible decir acerca del objeto de estudio”. White, Hayden, Op. cit., 2003, p. 14.

White, Hayden, “Prólogo a Rancière”, UIA, revista Historia y Grafía, enero-junio de 1996.

“El término ‘historia’ nombra un modo de existencia que es definitivamente construcción pero que se ofrece a sí misma como objeto encontrado, como algo ya conformado por los agentes muertos ya hace tiempo y como si en sí misma fuera irrevisable. Pero la historia es, según mi forma de ver, una construcción, más específicamente un producto del discurso y la discursivización”. White, Hayden, Op. cit., 2003, p. 43. Verónica Tozzi, por su parte, señala al respecto que “cuando White afirma que los hechos históricos son inventados, sólo quiere advertirnos de que asumamos seriamente (y no retóricamente) que los hechos no nos vienen ‘dados’, ni están ya almacenados como hechos…”. Tozzi, Verónica, “Hayden White y una filosofía de la historia literariamente informada”, Ideas y Valores, núm. 140, agosto de 2009, p. 84.

La tropología en las propias palabras de White debe ser entendida como “una teoría de la figuración y la trama discursiva”. White, Hayden, Ibid., p. 44. En este mismo texto Verónica Tozzi define tropo como “figura retórica que consiste en usar las palabras en un sentido no literal o propio. Hay diferentes clasificaciones de los tropos. Los más comunes son la metáfora, la metonimia y la sinécdoque…”. Ibid., p. 11.

Cabrera, Miguel Ángel, “Hayden White y la teoría del conocimiento histórico. Una aproximación crítica” en revista Pasado y Memoria (revista de historia contemporánea), España, núm. 4, año 2005. p. 133.

Tozzi, Verónica, Op. cit., 2009, p. 76.

White, Hayden, Op. cit., 2003, p. 34.

Ibid., p. 17.

Ricoeur, Paul, Historia y Narratividad, Paidós, Barcelona, 1999, pp. 179-180.

En este texto el autor menciona que: “el hecho de que las imágenes fueran utilizadas en las diversas épocas como objetos de devoción o medios de persuasión, y para proporcionar al espectador información o placer, hace que puedan dar testimonio de las formas de religión, de los conocimientos, las creencias, los placeres, etc., del pasado. Aunque los textos también nos ofrecen importantes pistas, las imágenes son la mejor guía para entender el poder que tenían las representaciones visuales en la vida política y religiosa de las culturas pretéritas”. Burke, Peter, Visto y no Visto. El uso de la imagen como documento histórico , Critica Edit., Barcelona, 2005, p. 17.

Ibid., p. 20.

Ibid., p. 13.

En la comparación que se hace entre el historiador Leopoldo von Ranke y el pintor e iniciador de la fotografía Louis Daguerre en el texto mencionado de Burke se señala que: “al igual que los fotógrafos seleccionan qué aspectos del mundo real van a retratar. Todos los grandes fotógrafos se han sentido perfectamente libres de seleccionar los motivos, el marco, la lente, el filtro, la emulsión y el grano, según su sensibilidad. ¿Acaso no le ocurría lo mismo a Ranke?’ Y en otro ejemplo similar menciona que: “desde el momento en el que un fotógrafo selecciona un tema… está trabajando sobre la base de una actitud sesgada análoga a la que podemos apreciar en los historiadores”. Burke, Peter, Op. cit., p. 27.

Debray, Regis, Vida y muerte de la imagen. Historia de la mirada en Occidente, Paidós, Barcelona, 1994.

Bryson, Norman, Visión y Pintura. La lógica de la mirada, Alianza, Madrid, 1991, p. 19.

Cramaussel Chantal, Op. cit., 2007, p. 162.

Vargas, Jesús, Op, cit., 2003, p. 156.

Ibid., p. 155.

Ibid., p. 184.

Ibid., p. 158.

Ibid., p. 162.

Ette, Ottmar, Op. cit., p. 22.

Benoit, Sébastien, “Hacia una definición histórica del explorador”, en Cramaussel, Chantal y González, Delia, Viajeros y migrantes franceses en la América española y portuguesa durante el siglo XIX, Colmich, México, 2007, p. 413.

Vargas, Jesús, Viajantes por ChihuahuaOp. cit., p. 28.