UNIVERSIDAD IBEROAMERICANA

Estudios con Reconocimiento de Validez Oficial

por Decreto Presidencial del 3 de abril de 1981

“CULTURA Y PARTICIPACIÓN POLÍTICAS DE LOS ESTUDIANTES UNIVERSITARIOS. UN ESTUDIO DE LA EXPERIENCIA DE CUBA Y CHILE EN PERSPECTIVA COMPARADA”

TESIS

Que para obtener el grado de

MAESTRO EN SOCIOLOGÍA.

Presenta:

LIC. LAZARO DE JESUS GONZALEZ ALVAREZ

Director:

Dr. Darío Salinas Figueredo

Lectores: Dr. René Torres Ruiz

Dr. Manolo Estuardo Vela Castañeda

México, D.F. 2015





INTRODUCCIÓN GENERAL

Este informe de tesis que recién comienza a hojear, aspira a absorber su atención durante los próximos días. Mi propósito es que entre nosotros y el punto final se interponga la menor cantidad posible de treguas o asuetos. Las virtudes de la solidez científica y de la buena palabra, aliadas, sustentan el conjuro de un tema por sí solo hechizante. Desde ahora la mesa está servida.

Conviene advertir que condensar en poco menos de 300 páginas la experiencia de dos años de investigación es una tarea ardua, muy ingrata y condenada a la imperfección. Cuando todo parece importante pero no cabe, acude a nuestro auxilio el arte de tamizar, decantar y destilar; esa especie de curador-verdugo que decide con precisión de cirujano cuáles ideas merecen existir y cuáles no. Esperamos que el contenido “sobreviviente” no defraude las expectativas y, sobre todo, cumpla su cometido de comunicar, convencer y aportar.

De mi trabajo de diploma en Licenciatura heredé la preocupación por la participación estudiantil en la Universidad de La Habana. Un tema inagotable que esta vez, ensamblado con el no menos complejo estudio de las culturas políticas y gracias a la perspectiva comparada, cobró nuevos y más ricos ribetes. Inobjetablemente, los contrastes, similitudes y vasos comunicantes con la experiencia de los educandos de la Universidad de Chile, descorcharon un vasto horizonte investigativo, repleto de infinitas dimensiones y sentidos. Si me preguntaran qué le aportan los estudios comparados a la Sociología, respondería sin vacilar: textura, profundidad y espesor. Es como auscultar el objeto de estudio usando lentes sociológicos “3D”.

Como corresponde, en el primer capítulo hallará el lector un mapa detallado de la “estructura ósea” de la tesis: un esfuerzo cartográfico que delimita de manera meticulosa los entresijos del esqueleto metodológico que soporta el cuerpo de la investigación. Más allá del tradicional desmenuzamiento del problema, las preguntas, objetivos, premisas, categorías, métodos y técnicas, etc…, se trata de una declaración de principios epistémicos y metodológicos, una exposición honesta y transparente de las “armas” y “anteojos” empleados, la estrategia omnipresente, los teleobjetivos, las “trincheras”, rejuegos y rutas desandadas, en esta carrera contra el tiempo, los demonios de la imprecisión, los falsos atajos y las arenas movedizas.

A transitar por tierra firme y con pies de plomo, mucho contribuyó el maderamen de conceptos, distinciones y relaciones teóricas volcado en el capítulo 2. En él podrán apreciarse nítidamente las posiciones del autor frente a bizantinos desacuerdos sobre democracia, participación, ciudadanía, gobernabilidad, habitus, representaciones, entre otros temas álgidos. A sabiendas de que la verdad es un vago e inagotable “palo encebado”, intentamos sostener anclajes sólidos que robustezcan la mirada teórica, en base a las contribuciones de reconocidos expertos y aportes propios. El diálogo con interpretaciones afines y la disputa con las discordes, enriquece sobremanera este apartado, a la vez que abre de par en par las puertas del debate.

La mira del tercer capítulo apunta a los factores históricos y contextuales, una díada a menudo soslayada en las Ciencias Sociales, pero absolutamente indispensable en los estudios comparados. Teniendo en cuenta matrices históricas, esta sección muestra los variopintos claroscuros de los respectivos panoramas socioeconómicos, políticos y culturales de Chile y Cuba en la actualidad. Como “faro referencial”, el repaso de las condicionantes estructurales de primer orden, en cada nación, arroja cuantiosas luces, pistas y atisbos en torno a lo que sobrevendrá luego. Deviene un provechoso entrante que ayuda a digerir de modo adecuado el plato fuerte. Le abona el terreno a los frutos del procesamiento del material empírico.

El último capítulo se estructura en dos bloques, que comprenden las dos principales categorías teóricas: cultura y participación políticas. Constantemente atravesado por la comparación entre ambas unidades de análisis (Universidad de Chile y Universidad de La Habana), este tramo final recoge lo más substancioso que arrojó la interpretación crítica de las entrevistas, cotejada con los resultados de la observación participante. Los recursos inductivos de la generalización van conformando, pincelada tras pincelada, un profuso y colorido óleo sociológico que trata de captar, sin petrificarla, la dinámica de las culturas políticas estudiantiles y su articulación con patrones de comportamiento político reconocidos por los propios actores investigados. La complejidad y parcialidad de la subjetividad humana no es óbice para detectar recurrencias, estelas, rupturas, continuidades, tendencias e, incluso, avances de posibles transformaciones en ciernes. Sin dudas, que el botín sociológico que atesora este capítulo colofón amerita no una, sino varias relecturas. Por la abundancia, la variedad y los quilates de los hallazgos.

Ojalá, estimado lector, que la aspiración primera de esta Introducción General se convierta en profecía autocumplida. Que las páginas se deslicen una tras otra, “como agua para chocolate”. Y que la sed de continuar leyendo quede insatisfecha incluso después de que le sorprenda la contraportada. ¿Quién dijo que la Sociología puede prescindir de los recursos literarios?

CAPÍTULO I: CARTOGRAFÍA DE UN SUEÑO

1.0 Introducción/Antecedentes

La participación política ha sido siempre un fenómeno polémico en los estudios sociales. Por un lado, encontramos a quienes no les conviene que ésta llegue a ser efectiva, empoderadora, y así lo expresan de manera explícita o encubierta; por otro, pugnan aquellos interesados en que las personas concienticen su capacidad y necesidad de incidir activamente sobre la esfera política.

A los investigadores cercanos a la posición emancipadora les preocupa un sector de especial interés: la juventud; el cual, a contrapelo de épocas anteriores, da muestras de cierta apatía participativa a nivel mundial (Alvarado & Vommaro, 2010; Domínguez, 2006; Balardini, 2000), al menos hacia las formas tradicionales de participación política. Específicamente los estudiantes universitarios constituyen un foco de atención, debido a su tendencia al escepticismo, respecto tanto a las clásicas instituciones y prácticas políticas como a su propio potencial transformador (Nureña et al, 2014; Monarca, 2012; Planas et al, 2012; Carrasco, 2010; Paz, 2010; González, 2011; entre otros).

Para los futuros profesionales cubanos y chilenos, potenciales promotores y actores de cambios, la participación política durante su tránsito por la Educación Superior constituye una experiencia “estructurante” decisiva en la conformación de sus respectivas culturas políticas. A su vez, se ha comprobado que la cultura política con la que llegan los educandos a la Universidad condiciona en buena medida su posterior involucramiento en actividades políticas. Por supuesto, la estrecha relación entre cultura política y participación política no puede encuadrarse en esquemas o ecuaciones rígidas; sobran los ejemplos de su “inaprensibilidad” e imprevisibilidad.

Dentro del contexto general del renacer de la Izquierda en América Latina, y de particulares procesos de reformas en Cuba y protestas en Chile, el estudio de la cultura y la participación políticas de este grupo en las más importantes y antiguas universidades de dichos países, permite comprender interesantes fenómenos sociopolíticos articulados alrededor de los valores, las representaciones, las actitudes, habitus, motivaciones, los niveles y las formas concretas de los estudiantes involucrarse en los procesos de toma de decisiones políticas.

Harto recurrentes en los estudios sociales contemporáneos, cultura y participación políticas constituyen dos categorías muy “hermanadas”: por un lado, efectivamente la cosmovisión sobre el poder media la praxis política de los actores; los cuales, a su vez, enriquecen de manera constante su acervo simbólico a través de las dinámicas participativas. Los investigadores se han aproximado a ellas desde diferentes perspectivas y niveles de análisis, con múltiples propósitos. En ocasiones aparecen envueltas en nubes retóricas, con visos “babélicos”. Dicha ambigüedad suele sumergirlas casi en un mítico hoyo negro, carente de una clara significación teórica; lo cual entorpece el acercamiento comprensivo y abona un terreno fértil para discursos oportunistas.

Notamos en la bibliografía revisada una preocupación ontológica e idílica por la participación política y, a contrapelo, poco interés crítico por los aspectos que atentan contra ella, como son: su alto consumo de tiempo, dificultades de organización en la toma e implementación de decisiones colectivas, posible atomización de los recursos y conflictos entre culturas políticas tradicionales y emergentes. Al tiempo, muchos estudios sobre cultura política adolecen de una mirada universalista que soslaya las particularidades propias de cada contexto, y las interinfluencias recíprocas de estas circunstancias con las culturas políticas (así en plural) de los ciudadanos.

1.1 Justificación/Planteamiento del problema

La participación no es homogénea. Puede interpretarse en diferentes planos. Posee, en definitiva, un carácter multidimensional; no sólo por subdividirse en fases relacionadas con el grado de acceso a las decisiones, sino por su capacidad de expresarse en disímiles esferas, que van desde la economía y la política hasta el mundo del arte. También porque se concreta en marcos específicos de organización social (formalizados o no), tales como el jurídico, institucional, laboral y el familiar; los cuales, en su conjunción, delimitan el sentido, la intensidad, periodicidad, los niveles y objetivos de la participación.

Ahora bien, toda participación, aunque su consigna fundamental sea contraria, encierra un sentido político (simbólico y práctico), así como un vínculo con una categoría convertida a la vez en causa y fin de su existencia: el poder[1] . Y no se trata de una visión ortodoxa de participación en las estructuras clásicas del sistema político (partidos, parlamentos, instancias de gobierno, etc.); sino de una comprensión real de la esencia política que conlleva todo deseo de compartir las decisiones substanciales de un proyecto.

Específicamente, los procesos relativos a la cultura y la participación políticas se inscriben dentro del vasto rejuego de las relaciones de dominación-obediencia-resistencia. La acción política responde a una cultura política en permanente reconstrucción (activada en determinadas situaciones), y a un complejo motivacional íntimamente conectado con un sistema de necesidades e intereses más o menos concientizados. Como componente central de la democracia fuerte (Barber, 1998), la participación política es efectiva cuando no se restringe al mero estatus legal, sino que significa una transferencia real de amplias cuotas de autoridad a los sectores marginados del poder para que rompan voluntariamente “la relación asimétrica de sumisión y dependencia integrada en el binomio sujeto-objeto” (Fals, 2001: 31).

Claro, una modificación de las relaciones de poder conlleva reacciones de resistencia por parte de las elites dominantes, que intentan “reacomodar” la substancia del proceso a sus intereses hegemónicos. “Los procesos participativos no pueden estar ajenos a las contradicciones, de las que emergen y las que a su vez provocan” (Rebellato, 2004: 332).

Por otra parte, el presente proyecto deviene un acercamiento primigenio a este fenómeno estudiantil desde un enfoque cualitativo y un marco de investigación tan específico, que relacione las dos categorías en dichos escenarios, y en perspectiva comparada. No obstante, encontramos algunas pistas teóricas y metodológicas en los aportes conceptuales, rutas y resultados de investigación de algunos estudios realizados en ambos países sobre la cultura y la participación políticas en otros ámbitos de la sociedad, o en el estudiantil, pero por separado.

Un informe exhaustivo sobre tales procesos resultará de gran interés para especialistas latinoamericanos y de otros lares, pues los movimientos estudiantiles de estas dos universidades tienen grandes tradiciones en materia de participación política, con una profunda huella en sus respectivas sociedades que desborda sus fronteras.

Sin embargo, durante los últimos 50 años la Universidad de La Habana, crisol de cultura y prácticas asociativas, ha sido escenario de una pacífica y desigual contienda entre, por un lado, un orden centralizador, postotalitario e ideológicamente monolítico, que define las reglas y recursos de la Universidad; y, por el otro, una serie de organizaciones formales e iniciativas espontáneas, las cuales –a medio camino entre la cooptación y la rebeldía– buscan canalizar el sentir y las expectativas del alumnado, pero no cuajan.

Ciertos jóvenes asumen como “protagonismo” su presencia en las marchas y en las plazas, aunque en la práctica lo que se están es movilizando, tan sólo un nivel de la participación. Podemos constatarlo en la universidad cubana de hoy. Se dice que el estudiantado tiene gran protagonismo, no obstante, una parte de ellos plantea que no se siente representada por algunas organizaciones. (…) La realidad nos muestra que los procesos se han contaminado con la rutina. (…) Lo que hacen es ejecutar acciones que emanan de instancias superiores, cuando en verdad los estudiantes deberían involucrarse aún más en el diseño de las tareas. (Gómez, 2011b: 25)

Por el contrario, en la Universidad de Chile –también una agencia histórica de luchas y actores prodemocráticos, foro relevante del espacio público nacional y foráneo– los estudiantes encabezaron en 2011 las mayores movilizaciones producidas en el país sudamericano desde el retorno a la democracia a fines de 1980. Tras la toma de posesión de Michelle Bachelet en marzo de 2014, las marchas han menguado tanto en convocatorias como en asistentes; pero persiste la lucha estudiantil. Los chilenos demandan importantes cambios en el sistema educativo fundamentalmente; pero también en el modelo económico, político y social de la nación andina.

Este estudio comparado pretende arrojar luces sobre la relación recíproca entre determinadas culturas políticas y ciertas formas de participación política, “hijas” legítimas de “vientres contextuales” muy diferentes. Seduce sobremanera la posibilidad de conocer cómo las condicionantes objetivas de primer orden (Bourdieu & Wacquant, 1995) , encuentran sus correlatos objetivos de segundo orden en esquemas cognitivos de percepción, clasificación y apreciación (habitus) (Bourdieu, 2000), así como en valores, representaciones y actitudes, entre otras dimensiones de la cultura política. Tal saber científico contribuirá a comprender, en cada caso, los modos en que ambas estructuras (contextuales y mentales) coadyuvan a un mayor o menor involucramiento de los alumnos en los asuntos políticos, para luego extraer conclusiones.

Sin desconocer que la acción individual y colectiva “muchas veces responde a estados emocionales que no siempre aparecen visibilizados y que muestran que muchas de las acciones colectivas están constituidas de una heterogeneidad que vuelve más rico el análisis de esos procesos de producción simbólica en la sociedad” (Aguilera, 2010: 84).

Consideramos, asimismo, que los sujetos de investigación saldrán beneficiados con los resultados mediante la implementación de políticas públicas dirigidas a aumentar la participación en número y calidad, así como a enriquecer la cultura política de los educandos. También puede servir de base o sugerir ideas a posteriores investigaciones vinculadas con algunos de los ejes de este estudio, sobre cuyas dinámicas se ampliará el conocimiento y la experiencia científica. Aspiramos a que esta aproximación académica llame a la reflexión sobre tan importante problemática y, en ese sentido, coincidimos con el politólogo cubano Rafael Hernández:

La tarea de las instituciones socializadoras (...) se identifica con cómo preparar a sus sucesores para que se conviertan en sus propios críticos y sujetos de su propia historia. Esto podría lograrse en la medida en que la política facilite que las nuevas generaciones intervengan más activamente en la definición de las metas y, en general, en los parámetros del modelo social. (1996: 94)

De tal modo, llegamos a plantear el siguiente problema de investigación, en forma de dos interrogantes estrechamente interrelacionadas:

§ ¿Qué características definen las culturas políticas de los estudiantes de pregrado de la Universidad de La Habana y la Universidad de Chile en la actualidad?

§ ¿Cómo se articulan estas culturas políticas con los procesos de participación política estudiantil en las dos universidades?

Elegimos el impreciso espacio temporal denominado “actualidad” por dos razones fundamentales: a) pertinencia: ambos países están viviendo coyunturas de cambios, definiciones, de gran importancia histórica; b) precisión: el acceso cualitativo a las configuraciones culturales de los actores, de por sí muy complejo, resulta menos escabroso en presente que un esfuerzo retrospectivo. De tal modo, entendemos por “actualidad” un proceso crono-lógico corriente, dinámico, inestable y a veces errático; pero plagado de regularidades observables (evidentes). Dicho proceso está enraizado sobre todo en el pasado reciente (aunque también en hitos más lejanos) y, a la vez, proyecta sus “huellas” hacia el futuro inmediato.

1.2 Preguntas de investigación

§ ¿Qué interpretación tienen los alumnos de estos centros educativos sobre el poder, la política, la participación en general y su particular expresión estudiantil universitaria, en cada caso?

§ ¿Cómo se conectan las actitudes hacia el ámbito político con los diferentes intereses, motivaciones y propósitos que mueven a los estudiantes cubanos y chilenos a participar?

§ ¿De qué modos los educandos de estos escenarios universitarios se apropian de los mecanismos de participación establecidos institucionalmente y/o se inventan otros?

§ ¿Qué niveles de participación predominan en el involucramiento político de los alumnos de cada universidad, según su propia visión?

§ ¿Con qué periodicidad e intensidad los estudiantes de las dos universidades acceden a la toma de decisiones concernientes a su ámbito particular y a su entorno político?

§ ¿Qué factores contextuales, objetivos y subjetivos, enriquecen o limitan la cultura y la participación políticas en los estudiantes de ambas universidades?

§ ¿Cuáles han sido los signos distintivos de los procesos de participación estudiantil en la Universidad de La Habana y la Universidad de Chile, en el transcurso de la historia?

§ ¿Qué rasgos han asumido las categorías cultura y participación políticas a lo largo de su evolución conceptual, y cómo se articulan con otras nociones de la teoría política?

1.3 Objetivos

1.31 Objetivo general

§ Comparar las formas de cultura política y de participación política estudiantiles que se dan en la Universidad de La Habana y la Universidad de Chile en la actualidad.

1.32 Objetivos específicos

§ Comprender las estructuras mentales (habitus) y especificidades culturales que, junto a otras dimensiones subjetivas, orientan la participación política estudiantil en las dos universidades.

§ Interpretar la articulación entre el complejo cultural político de los estudiantes y su participación en las relaciones de poder.

§ Determinar, a partir de una labor de doble hermenéutica[2] , la visión que tienen los alumnos sobre sus niveles de participación política y de acceso a la toma de decisiones políticas.

§ Describir las relaciones entre las organizaciones e iniciativas estudiantiles y la institucionalidad (autoridades universitarias, entidades estatales y políticas) en los dos centros de Educación Superior.

§ Sintetizar en un marco referencial el desarrollo histórico de la cultura política y la participación política estudiantiles en ambas universidades, así como los rasgos fundamentales de los respectivos contextos nacionales.

§ Explicar sucintamente la evolución teórica y principales rasgos de los conceptos de cultura y participación políticas, así como sus diferentes articulaciones con otras nociones como Estado, sociedad civil, democracia, gobernabilidad, ciudadanía y descentralización.

§ Elaborar un producto comunicativo (dossier temático de entrevistas) con una selección de los mejores testimonios recabados durante el trabajo de campo de esta investigación.

1.4 Premisas

§ La cultura general, competencias intelectuales y capacidad crítica de amplios segmentos de estudiantes de la Universidad de la Habana y de la Universidad de Chile, constituyen elementos favorables para que estos se conviertan en portadores de una activa cultura política democrática y alcancen altos niveles de participación política.

§ La participación política constituye un proceso de intervención en el ejercicio del poder. Implica tomar decisiones en dinámicas de gestión política. Su correlato superestructural es la cultura política: conjunto de valores, representaciones, habitus, actitudes y expectativas acerca del universo de las relaciones de poder.

§ A pesar de sus abundantes semejanzas históricas (tradición participativa), en la actualidad los movimientos estudiantiles cubanos y chilenos parecen diferir bastante en cuanto a identificación, habitus, compromiso e involucramiento activo, respecto a la esfera política. La notable disparidad entre los contextos nacionales de ambos países en la historia reciente (últimos 50 años), pudiera estar relacionada con este persistente contraste intercultural.

1.5 Definiciones conceptuales

§ Cultura : “es la organización social del sentido, interiorizado de modo relativamente estable por los sujetos en forma de esquemas o de representaciones compartidas, y objetivado en ‘formas simbólicasʼ, todo ello en contextos históricamente específicos y socialmente estructurados. (…) Puede tener a la vez ‘zonas de estabilidad y persistenciaʼ y ‘zonas de movilidadʼ y cambio. Algunos de sus sectores pueden estar sometidos a fuerzas centrípetas que le confieran mayor solidez, vigor y vitalidad, mientras que otros sectores pueden obedecer a tendencias centrífugas que los tornan, por ejemplo, más cambiantes y poco estables en las personas, inmotivados, contextualmente limitados y muy poco compartidos por la gente dentro de una sociedad” (Giménez, 2010: 37-38).

§ Política : Es el ámbito social (que incluye, entre otras, una dimensión cultural[3] ) donde se estructuran, coordinan y enfrentan las relaciones de poder entre[4] los hombres (diversos y discordantes por naturaleza). De acuerdo con Carl Schmitt, “todos los conceptos, las expresiones y los términos políticos poseen un sentido polémico; tienen presente una conflictualidad concreta” (2001: 180). En esta esfera de la sociedad se toman, ejecutan y evalúan decisiones de gran alcance para grupos humanos en nombre del “bien común”, tales como la distribución de recursos, la promulgación de normas de convivencia y la organización civilizada de la vida colectiva.

§ Participación : proceso activo, multidimensional, con distintos niveles y formas expresivas, de empoderamiento e intervención consciente y periódica de los ciudadanos en la conducción de procesos sociales. Independientemente de sus contenidos y esferas de concreción, tiene una profunda esencia política, pues su meta principal es la socialización democrática del poder, mediante la conversión de los sujetos en entes transformadores de sus circunstancias y dueños de sus propios destinos. Coincidimos con Arendt (1997) en que el involucramiento decisivo de los agentes otorga a las tramas, instituciones y dinámicas sociales un sentido y una durabilidad deseada, así como una autoridad superior a cualquier fuerza individual.

§ Proceso de toma de decisiones : manifestación cumbre del ejercicio del poder, “proceso social y político complejo en el que es posible distinguir por su contenido en una secuencia ideal, fases o momentos, cada uno de los cuales es una manifestación de cierto grado de participación:

-Agregativa: Se expresan demandas de servicios, bienes, medidas organizativas o de gobierno, etc. Incluye participar en la agregación de demandas particulares o de su entorno.

-Convertiva: Lapso en que se decide la aplicación de políticas, planes o programas, ejecución de medidas, prioridades, etc.

-Implementativa: Fase en que se procede a la ejecución de las políticas.

-Evaluativa: Se produce la estimación de los resultados de la aprobación o ejecución de las decisiones estratégicas y tácticas generales y particulares, así como el propio proceso democrático en curso” (Valdés, 2004: 51- 52).

§ Sociedad civil : espacio de producción y difusión de la hegemonía de una clase o grupo dominante (así como de su enfrentamiento ideológico), a través de un conjunto de organizaciones socializadoras como la familia, la Iglesia, la escuela, los sindicatos, los medios de comunicación, entre otras. Según Antonio Gramsci (1981), estas agencias se encargan de crear “sentido común”, entendido como asunción “natural” de la supremacía de la clase dirigente, por parte de las clases subalternas De su relación orgánica con la sociedad política resulta el Estado: “pudiera decirse que Estado = sociedad política + sociedad civil; o sea hegemonía acorazada con coacción” (Gramsci, 1981: 76). El filósofo interpreta las relaciones de poder desde la dimensión cultural, entiende los procesos de dominación no sólo como coacción, sino a partir del convencimiento, la producción de liderazgo intelectual y moral.

§ Democracia participativa : “tipo ideal” (a lo weberiano) de democracia pluralista que reivindica la intervención directa, consciente y continua de los agentes en la toma de decisiones que afectan a la colectividad, como la más genuina forma de democracia; e intenta, a través de ella, desarrollar la cultura política del ciudadano. La democracia, más que un sistema de reglas e instituciones civiles que coartan las libertades humanas (como pensaba Hobbes, 1982), significa un modo de vida generador de autonomía, solidaridad y compromiso cívico con la actividad social transformadora. El objeto de esta democracia “fuerte” o “radical” consiste en eliminar, tanto como sea posible, los filtros de la delegación del poder a una elite de representantes y potenciar el autogobierno: la participación directa de los ciudadanos en la deliberación, legislación, ejecución y evaluación de las políticas.

§ Habitus : conjunto de disposiciones mentales de los agentes socializados, mediante las cuales aprehenden y legitiman el orden social con un “sentido común”. “Son en lo esencial el producto de la interiorización de las estructuras del mundo social” (Bourdieu, 2000: 134), interiorización que tiene lugar a través de un proceso de condicionamiento múltiple y prolongado. Habitus y mundo social se producen mutuamente (complementariedad); y entre ellos median, de manera bilateral, las prácticas sociales (distintas y distintivas, unificadoras y clasificadoras de visiones diferentes). Por tanto, el habitus es, al mismo tiempo, una estructura “estructurante” y estructurada[5] , individual y colectiva, “una subjetividad socializada” (Bourdieu y Wacquant, 2005: 186). Implica un “sentido práctico del juego” de la vida cotidiana, que se adquiere mediante la ocupación duradera de una posición, estatus o condición socioeconómica, en el transcurso de una historia colectiva[6] .

§ Campo político : espacio de fuerzas y luchas orientadas a transformar las relaciones de poder: estructura cardinal de este campo. “No es un imperio dentro de un imperio. (…) La desigual distribución de los instrumentos de producción de una representación del mundo social explícitamente formulada es lo que hace que la vida política pueda ser descrita en la lógica de la oferta y de la demanda: el campo político es el lugar donde se generan, en la competencia entre los agentes que ahí se encuentran, productos políticos, problemas, proyectos, análisis, comentarios, conceptos, acontecimientos, entre los cuales los ciudadanos ordinarios, en el estatuto de “consumidores”, deben luchar, con posibilidades de malentendido tanto más grandes cuanto más alejados estén del lugar de producción” (Bourdieu, 1982: 3).

§ Capital político : deviene “una forma de capital simbólico, crédito fundado sobre la creencia y el reconocimiento o, más precisamente, sobre las innumerables operaciones de crédito por las cuales los agentes confieren a una persona (o a un objeto) los poderes mismos que ellos le reconocen”. Consiste en un “poder objetivo que puede ser objetivado en cosas (…), es el producto de actos subjetivos de reconocimiento y, en cuanto crédito y credibilidad, no existe sino en y por la representación, en y por la confianza, la creencia, la obediencia” (Bourdieu, 1982: 12-13). El investigador francés identifica como especies de este “caudal” político las siguientes: 1) capital personal de “notoriedad” o “popularidad”: puede fundarse sobre una “buena reputación” acumulada en otros campos, o en base a una acción inaugural “heroica” o “profética”; y 2) capital delegado: transmisión provisional –por lo general mediante un acto de “investidura”– de la autoridad política de una institución.

1.51 Categorías analíticas

§ Cultura política : combinación de sentimientos, representaciones, significados, valores, convicciones, habitus, expectativas, orientaciones, actitudes…, en fin: esquemas y construcciones simbólicas de origen social acerca de la política, los cuales, mediante un proceso dialéctico de internalización/externalización (Bourdieu, 1977; y Berger y Luckmann, 2001) guían y otorgan sentido social a la actuación individual en la esfera pública. Con la acción política mantiene una relación estrecha y recíproca. Deviene una parte específica del campo cultural más general y, por ende, resulta constantemente reconstituida. Incluye una dimensión utópica: el universo de los sueños, anhelos y aspiraciones, a veces, enigmático y oscuro para los propios portadores.[7]

§ Participación política : actividad práctica multidimensional de involucramiento directo e indirecto de los individuos –con particulares culturas políticas– en los distintos niveles de acceso a la toma de decisiones de procesos políticos específicos, relacionados con la constitución, ejercicio y ratificación del poder en disímiles espacios asociativos e institucionales, y en la distribución de recursos de ello derivada. Responde a un complejo de motivaciones íntimamente conectado con un sistema de necesidades e intereses más o menos concientizados[8] .

1.6. Operacionalización: subcategorías o dimensiones:

1.61 De la categoría “cultura política”

1) Valores [9] : convicciones que autorizan los juicios de estigmatización o legitimación a propósito de las opiniones, actitudes o comportamientos (Braud, 1997). Para Denise Jodelet ( 1984), los valores son vectores culturales –al mismo nivel que las normas y las representaciones sociales–, que modelan la actividad mental (el pensamiento) y la práctica (conductas) de los individuos.

1.1) Materialistas: Como su nombre indica, se refieren al bienestar material, a la satisfacción de urgentes necesidades fisiológicas, de seguridad física y económica; como, por ejemplo: mantener un buen nivel de vida, luchar contra la delincuencia, contar con una respetable fuerza armada, etc. (Inglehart 1977 y 1998 ) . Según este autor, las prioridades de las personas reflejan su percepción subjetiva sobre el entorno económico; los individuos atribuyen más valor a las cosas más escasas.

1.2) Postmaterialistas: Una vez cubiertas estas demandas elementales (aunque no necesariamente), las personas orientan su sistema de valores hacia la satisfacción de otras necesidades más simbólicas, espirituales o estéticas. Comienzan a enfatizar cuestiones tales como la autorrealización, la calidad de la vida cultural, la libertad de expresión, y a exigir una mayor democratización y el desarrollo de una sociedad más humanitaria. Para Inglehart ( 1977 y 1998 ) , la transición hacia los valores postmaterialistas no ocurre de golpe y porrazo, sino de manera gradual, debido sobre todo al reemplazo generacional.

2) Representaciones políticas [10] : sistema de ideas, concepciones racionales y modelos cognitivos sobre el poder, que generan tomas de postura del agente respecto al entramado de relaciones políticas. Pensamiento constituido estable, en cierto modo superficial y perecedero aunque algo resistente al cambio, que interviene en la estructuración de los discursos y prácticas políticas de los actores; y, por ello mismo, se convierte en pensamiento constituyente, pues encauza la producción de la realidad política. Son saberes compartidos socialmente; pero heterogéneos y resemantizados en la subjetividad individual, continuamente reconstruidos a partir de la disponibilidad de información y de la interacción sociopolítica –práctica y comunicativa– en un ambiente ideológico determinado (valores y normas presentes en el contexto de los actores). “Las representaciones juegan un papel determinante en la conformación del habitus, pues constituyen los lentes a través de los cuales el agente lo construye, a la vez que esa misma realidad marca el contenido de esas representaciones ” (Piñero, 2008: 14 ) [11] .

3) Habitus político [12] : matriz coherente de estructuras políticas y condicionamientos objetivos de “primer orden”, internalizada o “encarnada” en formas objetivas de “segundo orden” (Bourdieu & Wacquant, 1995: 18-19). Esto es: disposiciones corporales profundas, creencias incuestionables (e irracionales) que le sirven a las personas (con capacidad creativa) para deliberar, elegir entre varias opciones de acción política y manejar el “evidente” campo político con una lógica práctica [13] , casi siempre en “consonancia prerreflexiva” con las estructuras del mundo social. En ese sentido, “ existe una analogía entre el conocimiento práctico que expresa la representación social y el sentido práctico del que el habitus dota al agente ” (Piñero, 2008: 14 ). “El habitus es a la vez un sistema de esquemas de producción de prácticas y un sistema de esquemas de percepción y de apreciación de las prácticas” (Bourdieu, 2000: 134).

4) Actitudes hacia la política [14] : manifestaciones afectivas y anímicas de las representaciones y los habitus políticos, “códigos de comportamiento que provienen de diferentes tradiciones y fuentes: de los medios de comunicación, de los rumores, de los mitos, de las memorias individuales y colectivas, de los discursos políticos y religiosos, que coexisten y se mezclan en las representaciones y en las prácticas de los sujetos siguiendo más las lógicas de su inserción en contextos cotidianos y en coyunturas específicas, que la observancia de criterios o principios ‘universalesʼ y abstractos” (Giglia & Winocour, 2002: 99).

4.1) Hacia la política en general, las instituciones, procesos electorales y problemas asociados:

4.11) Positiva

4.12) Negativa

4.2) Hacia los políticos (locales, fundamentalmente):

4.21) Aceptación

4.22) Rechazo

5) Expectativas políticas: observaciones prospectivas, aspiraciones, anhelos, (des)esperanzas, fundados a partir de la lectura (crítica o no) de la realidad política.

5.1) Optimistas

5.2) Pesimistas

1.62 De la categoría “participación política”

6) Cultura de la participación: subdimensión de la cultura general referida a las construcciones simbólicas cimentadas, específicamente, sobre experiencias de intervención consciente periódica, directa o indirecta, en la toma de decisiones durante procesos sociales (más allá del campo político), así como en la correspondiente ejecución y evaluación de esas decisiones . Orienta la actividad práctica de involucramiento en las dinámicas cotidianas del mundo social .

6.1) Responsabilidad social: es una dimensión con una naturaleza ética. Su fuerte carga moral la distingue de su par normativo: obligación. Alude al compromiso con los otros y con las reglas establecidas, el cual nos compele a cumplir con lo prescrito y comportarnos de modo positivo.

6.2) Capacidad de juicio: pensamiento reflexivo, habilidades cognitivas para evaluar críticamente las circunstancias.

6.3) Voluntad de participar: disposición espontánea, consciente y libre de coerción, para involucrarse en cursos de acción social.

6.4) Saber participar: conocimientos, habilidades y dominio de los métodos y las vías participativos.

6.5) Modos de asumir la participación (Rebellato, 2004: 307-308):

6.51) Formar Parte: sentimiento de compromiso y pertenencia a un todo que lo trasciende a uno. Se relaciona con la motivación “la satisfacción socio-afectiva”, por la cual se concurre a movilizaciones y eventos multitudinarios, y se usan servicios públicos. Predomina el factor cuantitativo sobre el cualitativo.

6.52) Tener parte: comprensión de nuestro rol o función dentro del todo. “Supone el juego de lo vincular, de mecanismos interactivos de adjudicación y asunción de actuaciones, del interjuego de posiciones y depositaciones, de procesos de cooperación y competencia, de encuentros y desencuentros, comunicación y negociación mutuas”.

6.53) Tomar parte: se identifica “con la conciencia de que se puede y se debe incidir en el curso de los acontecimientos, a partir del análisis crítico de las necesidades y problemas, la evaluación lúcida de las alternativas y el balance de los recursos disponibles. La participación es un derecho”.

7) Motivaciones, intereses y finalidad de la participación: Muchos autores coinciden en afirmar que la participación no es un fin en sí misma, sino un medio para alcanzar metas individuales o colectivas. “En su base siempre estará una jerarquía de necesidades y motivos más o menos conscientes que la actividad participativa busca satisfacer”(Arenas, 2004: 25).

El colectivo multidisciplinar español, autodenominado Equipo Claves (1998: 57-58), identifica para participar tres dimensiones motivacionales básicas, estrechamente relacionadas entre sí, interinfluenciadas, y con variación en su jerarquía en dependencia de las características del entorno y los objetivos de los diferentes sujetos:

7.1) El interés subjetivo o ideológico: o sea, “cuando la propuesta incide o coincide con las ideas o ideales de los miembros, o de aquellas personas a las que se dirige, o con sus intereses y/o necesidades personales” (autorrealización: para satisfacer necesidades materiales y espirituales, colectivas o individuales). Sólo cuando una persona se reconoce en los objetivos y fines participativos, identificándolos como propios, descubre los motivos para tomar parte.

7.2) La satisfacción socio-afectiva: “cuando permite o facilita el reconocimiento social, refuerza el sentimiento de pertenencia a un grupo o colectivo social” (identificación grupal: para conocer otras personas, comunicarse con ellas, sentirse valorado, apreciado, obtener prestigio, etc.).

7.3) La percepción de rentabilidad: “cuando es creíble, se piensa que es útil para algo”, grado de beneficio o utilidad (conveniencia: para obtener ganancias perceptibles). Nadie se moviliza ni se organiza cuando cree que no hay posibilidad alguna de darle solución o respuestas a sus necesidades o problemas.

8) Niveles de participación: Grados en que los actores sociales acceden a la toma de decisiones en un proyecto de acción específico (calidad de la participación) (Linares y Moras, 1996: 72-73.):

8.1) Movilizativo y de consumo: Proyectos de acción ya elaborados, a los cuales sólo resta ejecutar o consumir.

8.2) Consulta, discusión y/o conciliación: Proyectos de acción elaborados en sus aspectos principales sobre los cuales se pide el parecer, opinión y contribución. Se concilia y se llega a acuerdos o incluso a decidir algunas alternativas de elementos no vitales.

8.3) Delegación y control: Transferencia de poder para aplicar un proyecto ya elaborado en sus líneas básicas . Pueden hacerse variaciones de acuerdo con las condiciones y particularidades del escenario, siempre que no se traicionen sus postulados fundamentales.

8.4) Responsabilidad compartida y codeterminación: Intervención en la toma de decisiones. Incluye todo un proceso que va desde la identificación de las necesidades y los problemas, la articulación de los objetivos, hasta la formación y negociación de propuestas para la solución, ejecución y evaluación de las acciones y el reparto de los beneficios.

9) Formas objetivadas de participación:

9.1) Reflexionar sobre problemáticas que promuevan agendas y la intervención social.

9.2) Expresar criterios, exigencias o iniciativas para la concreción de acciones:

9.21) de origen verticalista.

9.22) propuestas desde abajo.

9.3) Asistir a distintos tipos de actividades:

9.31) centralizadas.

9.32) autogestionadas.

9.33) espontáneas.

9.4) Elegir representantes.

9.5) Tomar decisiones:

9.51) administrar recursos.

9.52) diseñar y definir proyectos, planes, estrategias o políticas de acción participativa.

9.53) implementar proyectos.

9.54) evaluar dichos proyectos.

9.55) evaluar el trabajo de los líderes.

1.7 Estrategia metodológica

1.71 Perspectiva metodológica : Investigación Cualitativa

Nuestro propósito es comprender el objeto de estudio en su contexto y devenir natural, con un enfoque integral. Para llevar a feliz término este estudio, comulgamos con las siguientes máximas torales del enfoque cualitativo: a) viabilizar el diálogo perenne entre el diseño de la investigación y el trabajo empírico; b) asumir la teoría y los conceptos con un carácter orientativo y no como camisas de fuerza; c) sostener un contacto intenso y prolongado con el objeto de estudio; d) tratar de entender e interpretar los fenómenos en función de los significados que las personas les dan; y e) reconocer, a partir de un proceso autorreflexivo, los inevitables efectos del investigador sobre los sujetos investigados, y viceversa.

El trabajo de campo y de mesa cualitativo visibiliza el mundo y lo trasforma, lo convierte en una serie de representaciones que incluyen: las notas de campo, las entrevistas, los testimonios, las fotografías, las grabaciones audiovisuales y los memorándums del investigador. Durante la recolección y el uso de los materiales empíricos, es prudente, por tanto –en la medida de lo posible–, hacer a un lado preconcepciones y juicios apriorísticos, así como explicitar claramente el nivel de implicación y la posición asumida por el investigador en el grupo estudiado. El científico cualitativo asume la investigación como un proceso interactivo, conformado tanto por su historia personal (raza, clase, género, estatus, visión del mundo), como por la historia de las personas en un contexto de investigación específico.

Partimos de la premisa de que el enfoque cualitativo es en por naturaleza dialéctico, estructural y sistémico[15] (Martínez, 2008); y su proceso de comprensión científica de la naturaleza humana debe llevar a un nivel mayor la rigurosidad, sistematicidad y criticidad desarrolladas por el hombre en su labor intelectual diaria. “La investigación cualitativa trata de identificar la naturaleza profunda de las realidades, su estructura dinámica, aquella que da razón plena de su comportamiento y manifestaciones” (Martínez, 2008: 136).

Cuando insiste en que el objeto investigado determina la selección de un método o técnica, y no al revés, Uwe Flick coincide también en subrayar la concepción holística y “naturalista” de la perspectiva cualitativa: “Los objetos no se reducen a variables individuales, sino que se estudian en su complejidad y totalidad. (…) Los campos de estudio no son situaciones artificiales, en el laboratorio, sino las prácticas e interacciones de los sujetos en la vida cotidiana” (2004: 19). Los investigadores cualitativos estudian a la gente interactuando, haciendo cosas juntos en su entorno natural.

Ahora bien, la investigación cualitativa no es una perspectiva tan homogénea como pudiera pensarse. Ha asumido significados diferentes según su evolución histórica[16] . Además, al conformar un campo que entreteje disímiles disciplinas, áreas y objeto de estudio, está plagado de tensiones y contradicciones (endógenas y exógenas), que coexisten en diferentes ambientes “bélicos”. La investigación interpretativa en la actualidad se desarrolla en el marco de ámbitos discursivos rivales (Denzin & Lincoln, 2011).

A pesar de ser un campo harto heterogéneo y en disputa, podemos identificar, además de los esbozados en el primer párrafo de este epígrafe, otros rasgos capitales de la investigación cualitativa. Uno de ellos y de vital importancia es su marcado interés por los modos de construcción social de la realidad y la consiguiente producción de sentido por parte de los “arquitectos” de esa realidad. Asimismo, por lo general, este tipo de investigación enfatiza en las condicionantes contextuales y presenta una fuerte naturaleza valorativa. No busca frecuencias, probabilidades, causas, efectos, lógicas lineales; sino factores como “la verosimilitud, la emotividad, la responsabilidad individual, la ética del cuidado, la práctica política, los textos polifónicos y el diálogo con los sujetos investigados” (Denzin & Lincoln, 2011: 64).

En su clásica Introducción a los métodos cualitativos de investigación,Steve Taylor y Robert Bogdan (1986) agregan otros rasgos principales de esta perspectiva: la investigación cualitativa es un arte inductivo, que cuenta con un diseño flexible; busca comprender a las personas dentro de su propio marco de referencia; valora todos los puntos de vistas posibles sin juzgarlos moralmente; para ella todos los escenarios y personas son dignos de estudio; y, por último, sus métodos son humanistas.

Parafraseando a C. Nelson, P. A. Treichler y L. Grossberg (1992), Norman Denzin & Yvonna Lincoln, nos legan una “redonda” definición:

La investigación cualitativa constituye un campo interdisciplinario, transdisciplinario, y a veces contradisciplinario, que entrecruza las humanidades con las ciencias sociales y físicas. En este sentido, la investigación cualitativa es muchas cosas a la vez. Es multiparadigmática; quienes la practican son sensibles al valor del enfoque multimetodológico, pues están comprometidos con la perspectiva naturalista y con la comprensión interpretativa de la experiencia humana. Al mismo tiempo, este campo es inherentemente político, y está conformado por posiciones éticas y políticas múltiples[17] . (2011: 56-57)

Al diseccionar el proceso de investigación cualitativa, estos catedráticos norteamericanos, Denzin & Lincoln (2011), proponen las siguientes fases: 1) la asunción y autorreconocimiento del investigador de que tanto él como los sujetos observados son entes multiculturales (con biografías y “tatuajes contextuales” particulares) que se “moldean” recíprocamente; la selección de: 2) el paradigma y la perspectiva interpretativa; 3) las estrategias de investigación; y 4) los métodos de recolección y análisis de materiales empíricos. Para terminar con el despliegue del 5) arte de la interpretación.

Por su parte, Miguel Martínez Miguélez (2008) reduce las etapas o tareas básicas de cualquier investigación social (ya sea cuantitativa o cualitativa) a sólo dos momentos: 1) La recolección del material necesario y suficiente para cumplir los objetivos y resolver el problema; y 2) la estructuración de esa información en un todo integrador, coherente y lógico. No obstante, es fundamental destacar que dichas actividades no se realizan en períodos sucesivos de tiempo, sino que son simultáneas y se entrecruzan constantemente. Sin embargo, Martínez distingue una diferencia de grado: “Al principio de la investigación hay un predominio de la recolección de información sobre la categorización e interpretación; después, a medida que se acerca el final, gradualmente, el balance cambia hacia la categorización e interpretación, con poca recolección de información” (2008: 137).

Varios autores (Denzin & Lincoln, 2011; Martínez, 2008; Álvarez-Gayou, 2003, entre otros) convergen en que es inapropiado aplicarle las estrictas exigencias de validez y confiabilidad del paradigma positivista[18] a la investigación cualitativa, tan específica y singular:

La validez y la confiabilidad no están “dentro del círculo de intereses inmediatos de las investigaciones cualitativas, pues el fin de éstas es el mejoramiento y aplicación a una situación particular, (…) y no la generalización a otras áreas, de la misma manera que el médico está interesado en curar a su paciente. Si ese estudio, ese tratamiento y ese plan de acción o patrón teórico pueden, después, transferirse y aplicarse en otros pacientes o a otros campos similares, tanto mejor: se irá haciendo una ciencia más universal; pero ese no es el fin primario de una investigación cualitativa. (Martínez, 2008: 176)

Más que de validez, Álvarez-Gayou (2003) prefiere hablar de autenticidad, refiriéndose a la necesidad de lograr que las personas expresen con sinceridad su manera real de sentir. En materia de investigación cualitativa, Yvonna Lincoln y Egon G. Guba (En Flick, 2004) proponen reemplazar los criterios certificadores positivistas por otros más adecuados: credibilidad, confiabilidad, seguridad, transferibilidad y confirmabilidad. Estos profesores privilegian el primero, y aconsejan cinco estrategias para garantizar la credibilidad de este tipo de estudio:

1) La “reunión de información a los iguales”: reuniones regulares con otras personas que no estén implicadas en la investigación para revelar los puntos ciegos propios y analizar hipótesis de trabajo y resultados con ellos.

2) El análisis de casos negativos en el sentido de la inducción analítica.

3) Conveniencia de los términos de referencia de las interpretaciones y su evaluación.

4) Los “controles por los miembros”, en el sentido de validación comunicativa de los datos y las interpretaciones con miembros de los campos de estudio.

5) Actividades para incrementar la probabilidad de que se produzcan resultados creíbles por un “compromiso prolongado” y una “observación persistente” en el campo y la triangulación de métodos y técnicas, de investigadores y de datos diferentes[19] ( Lincoln y Guba en Flick, 2004: 245-246).

En efecto, la triangulación, más que una herramienta, constituye una de las alternativas de validación más usada en los estudios pospositivistas y entroniza a la perfección con el foco inherentemente plurimetodológico de la investigación cualitativa (Flick, 2002). La conjugación de prácticas, procedimientos, disciplinas, materiales empíricos, enfoques teóricos y observadores en único estudio, Flick la concibe como una estrategia para fundamentar, ya no la validez o confiabilidad, sino el rigor, alcance, complejidad, riqueza, consistencia y profundidad de una investigación dada.

La triangulación implica la proyección simultánea de realidades múltiples y refractarias. Cada una de las metáforas “trabaja” generando una simultaneidad, en lugar de una secuencia o una narración lineal. Los lectores y el público en general son invitados a explorar las dimensiones paralelas de un contexto, a sumergirse en nuevas realidades que deben ser comprendidas, y a fundirse con ellas. (Denzin & Lincoln, 2011: 54)

Otros especialistas, como L. Richardson y E. Pierre (En Denzin & Lincoln, 2011), cuestionan la pertinencia del concepto de triangulación y proponen sustituirlo por el más apropiado de “cristalización”, pues los objetos de atención de la investigación cualitativa tienen en realidad mucho más que tres lados y se describirían mejor por una figura polimorfa como el cristal. Desde esta óptica, los estudios cualitativos híbridos –como los cristales–, “crecen, cambian, se modifican (…). Son prismas que reflejan externalidades y las refractan en su propio interior, creando diferentes colores, patrones y escalas, arrojándolos en diferentes direcciones” (Richardson en Denzin & Lincoln, 2011: 53)

La principal vía a través de la cual los “prismas cualitativos” arrojan sus policromáticos resultados, son los reportes de investigación. En tales informes todos los investigadores crean relatos sobre el objeto de estudio, enmarcados en determinadas tradiciones narrativas o, inclusive en paradigmas: positivismo, constructivismo, estudios culturales, estructuralismo, marxismo, etc. En ese sentido, algunos achacan al posmodernismo una cierta preferencia por el discurso o el texto por sobre la observación; sin embargo, como también ocurre con el posestructuralismo, el posmodernismo nos convoca a “prestarle al discurso y a lo performativo tanta atención como a la observación o cualesquiera otros métodos de trabajo de campo”, y a reconocer que “nuestros discursos constituyen el vehículo para compartir nuestras observaciones con aquellos que no están con nosotros en el campo” (Denzin & Lincoln, 2011: 33).

De tal modo, la investigación cualitativa incluye, entonces, no sólo la íntima relación entre el investigador y el problema estudiado, sino también el no menos estrecho vínculo entre el investigador y sus lectores potenciales, para quienes escribe finalmente su presentación, como ya hemos dicho, abierta a las emociones, los afectos las valoraciones. Esta última relación se determina de múltiples maneras: “contextualmente… retóricamente… institucionalmente… genéricamente… políticamente… históricamente” (Clifford en Flick, 2004: 261).

1.72 Métodos y técnicas

Después de repasar los métodos clásicos de la investigación cualitativa, hallamos pertinente acogernos a la entrevista, como vía de acceso a la “ciénaga” de la subjetividad humana. Este método indagatorio intencional se avino acertadamente con nuestros objetivos, entre otras virtudes por su flexibilidad y capacidad de reacción ante la emergencia de datos no previstos inicialmente.

Confiamos en la probada utilidad de la entrevista para, a través de la reconstrucción lingüística y paralingüística, obtener información amplia, veraz y confiable sobre la dimensión simbólica y significados ocultos de fenómenos sociales. En el transcurso de una entrevista –a diferencia de otros procedimientos–, puede verificarse con mayor precisión las intenciones y el grado de sinceridad de cada respuesta individual. Su producto final, el relato subjetivo, “como dispositivo social tiene no sólo una capacidad expresiva, sino un poder constructivo en el orden social” (Reguillo, 2000: 54).

Los cambios desde el punto de vista creativo experimentados en los últimos años por la entrevista, la han convertido en un importante método de investigación (…) fundamentalmente el hecho de que ha pasado a ser (…) una indagación en el modo de ser y pensar el hombre, y no una simple información de lo escuchado. (Storkán en Rodríguez, 1999: 4)

La mayoría de la bibliografía consultada coincide en subrayar el importante papel del entrevistador como instrumento de la investigación (Goode & Hatt, 2004; Taylor & Bogdan, 1986 ), y no como mero recolector de datos. En ese sentido el entrevistador asume varias responsabilidades medulares durante el trabajo de campo, entre ellas: a) lograr que los informantes no sientan la plática como un intercambio formal de preguntas y respuestas, sino como una conversación entre iguales; b) establecer el necesario rapport (empatía, entendimiento y simpatía) con los informantes, para garantizar la mayor fluidez posible durante el diálogo; c) manejar con astucia y flexibilidad la guía de preguntas, cuidar el modo de presentar las interrogantes, asegurarse de que ha obtenido la respuesta a cada pregunta, profundizar en los aspectos imprevistos que así lo merecen, darle seguimiento a las cuestiones relevantes, esclarecer las dudas y nunca dar por sentado supuestos o comprensiones del sentido común. A esta última misión coadyuva el postulado de tratar de redactar las preguntas en un lenguaje y registro lo más próximo posible al habla común de la media de los entrevistados y en tono coloquial.

Goode y Hatt (2004) recomiendan que, durante el encuentro, el entrevistador esté muy atento y registre en breves notas las expresiones extraverbales más significativas: gestos, miradas, tonos de voz, emociones, etc. Insisten en la necesidad de perfeccionar la habilidad del entrevistador para captar, e inclusive anticipar, tales enunciados del subconsciente que ellos denominan “indicios sublimales” (2004: 230). Al mismo tiempo, el investigador debe ser sensible y vigilar sus propios aportes “sublimales” a la situación de la entrevista, pues su apariencia, expresiones, ademanes, entonación, etc. afectan de una forma u otra la disposición del informante hacia la conversación. Es como si el investigador de cierta manera también estuviera siendo entrevistado.

Puede afirmarse que el entrevistador desempeña un rol capital a la hora de justificar el rigor y la fiabilidad de las entrevistas cualitativas. Algunos consideran que estos elementos dependen en lo fundamental de la conjunción de tres criterios muy ligados al entrevistador: su legitimidad como investigador, el empleo apropiado de la técnica y la calidad del rapport establecido (Sherrard & Barrera en Vela, 2008).

Según el primer aspecto, el investigador deberá establecer tanto su legitimidad formal como informal. La legitimidad formal se demuestra, generalmente, en el medio académico o institucional mostrando el uso de este tipo de técnica para su objeto de estudio. La legitimidad informal se logra en el campo de trabajo, convenciendo a sus informantes tanto de la seriedad e importancia de su investigación como lo valioso de su participación. La buena operación de la técnica de la entrevista es el segundo elemento que asegura la validez y la confiabilidad. En este sentido, la experiencia y el entrenamiento son aspectos que contribuyen a la correcta aplicación de la técnica. Finalmente, la calidad del rapport es un indicador de la calidad de la información que está obteniéndose de la entrevista misma. (Vela, 2008: 89)

Por otra parte, el entrevistador debe ostentar un sentido crítico aguzado para comprobar en el encuentro cara a cara la autenticidad fáctica de los discursos de los informantes, toda vez que estos describen la realidad a partir de sus propios lentes, distorsionados por la subjetividad. Reconocemos que esta es precisamente una de las desventajas de la entrevista como método: la susceptibilidad de los enunciados verbales a ser manipulados, exagerados, falsificados, etc.; inconveniente que debe tenerse en cuenta en pos de evitarlo o minimizarlo. “Toda conversación posee su propio equilibrio de revelación y ocultamiento de pensamientos e intenciones: sólo en circunstancias muy inusuales el discurso es tan completamente expositivo que cada palabra puede ser tomada como auténtica” (Benney & Hughes en Taylor & Bogdan, 1986 : 106). Tampoco puede asumirse que aquello que los entrevistados refieren hacer es lo que realmente hacen o harían en una situación concreta, diferente al momento de la plática. En consecuencia, nunca se trata de extraer “verdades” de los sujetos de estudio, sino más bien de obtener traducciones honestas de sus cosmovisiones y experiencias.

Una de las formas de alcanzar estos relatos honestos son los controles cruzados sobre las declaraciones de los entrevistados. Estos pueden hacerse durante el transcurso de la plática, ya sea que estén previstos o no en la guía de preguntas, o también apelando a fuentes externas y a nuestra propia recolección de datos. En determinadas y muy específicas situaciones de investigación no se descarta la posibilidad de confrontar al entrevistado esgrimiendo las pruebas de sus contradicciones (Taylor & Bogdan, 1986 ).

En cuanto a la entrevista semiestructurada como técnica concreta, debemos mencionar que los guiones contaron con la flexibilidad y apertura suficiente para incorporar a la interacción oral temas espontáneos, inesperados, siempre que se relacionaran con el campo de interés de la investigación. En consecuencia el entrevistador no tuvo una función tan directiva como en las entrevistas estructuradas, sino más bien de estimulación y encauzamiento de la charla. A tal efecto, resulta de suma utilidad la preparación previa del entrevistador, a fin de poder detectar, entre otras cosas, el grado de profundidad de las respuestas de su interlocutor, la lógica y coherencia interna del discurso, así como el simbolismo subyacente en las reacciones del informante (Ruiz e Ispizúa, 1989).

En un libro publicado en 1956, y que tuvo una excelente acogida en la comunidad académica de la Ciencias Sociales: The focused interview: a manual of problems and procedures, los autores Robert Merton, Marjorie Fiske y Patricia Kendall señalan cuatro pautas básicas para evaluar la calidad de una entrevista semiestructurada: el rango, la especificidad, la profundidad y el contexto personal. El rango y la especificidad se refieren a la descripción realizada por el entrevistado ante el estímulo de la situación construida de la entrevista. La profundidad se determina tras la evaluación de los significados aportados por el informante; y, por último, el contexto personal alude a los atributos y la experiencia de los entrevistados, que median aquellos significados individuales expresados (En Vela, 2008).

Respecto a las experiencias y el contexto personal del entrevistado es fundamental tomar distancia y fomentar un clima de condescendencia y “neutralidad valorativa”, es decir, evitar a toda costa los gestos o expresiones que delaten una actitud enjuiciadora por parte del investigador: “La entrevista es una comprensión entre dos partes en la cual, a cambio, de permitir al entrevistador dirigir la comunicación, se asegura al informante que no se encontrará con negaciones, contradicciones, competencia u otro tipo de hostigamiento” (Benney y Hughes en Taylor & Bogdan, 1986 : 121)

No obstante, creímos conveniente, a su vez, utilizar la triangulación de técnicas, para contrastar el material reunido. Con tal propósito empleamos como instrumento complementario, otra técnica cualitativa a menudo usada de conjunto con la entrevista: la observación participante. Como esta herramienta metodológica se aplica en escenarios naturales, reforzamos su empleo en la primera etapa del trabajo de campo (aunque continuamos empleándola después), con el objetivo de familiarizarnos con la vida cotidiana, las perspectivas, las dinámicas interactivas de grupo, y el uso común del lenguaje (vocabulario), entre otros aspectos contextuales del universo estudiantil, indispensables para optimizar el desarrollo de las entrevistas; más aún en el caso chileno, completamente ajeno a este investigador, de origen cubano.

Concordamos con la definición que Taylor y Bogdan hacen de la observación participante: es “la investigación que involucra la interacción social entre el investigador y los informantes en el milieu de los últimos, y durante la cual se recogen datos de modo sistemático y no intrusivo” (1986: 31). Asimismo, compartimos la acotación que desliza Rosana Guber en su célebre obra El salvaje metropolitano:

La técnica de observación participante no es sólo una herramienta de obtención de información sino, además, de producción de datos y, por lo tanto, de análisis; en virtud de un proceso reflexivo –entre los sujetos estudiados y el sujeto cognoscente–, la observación participante es en sí un proceso de conocimiento de lo real y, al mismo tiempo, del investigador. (2005: 113)

Aunque el investigador arriba al campo con preguntas y objetivos predefinidos (amplios), el diseño de la guía de observación debe ser mucho más flexible que el de las entrevistas, pues la incursión en el escenario de estudio debe estar absolutamente abierta a todo tipo de información espontánea y habitual. Durante los primeros días de acceso al campo es normal que la recolección de datos pase a un segundo plano y ceda espacio a la exploración del terreno y el contacto (planificado o no) de informantes potenciales. En este período inicial los observadores asumen un comportamiento particularmente pasivo y expectante.

A veces en beneficio del rapport hay que sacrificar o posponer intereses de investigación. Y “cuando el compromiso activo en las actividades de las personas es esencial para lograr la aceptación hay que participar por todos los medios, pero sabiendo dónde trazar la línea divisoria” (Taylor y Bogdan, 1986: 58); sin que ello obstaculice, por supuesto, la capacidad del investigador de recopilar información.

Las notas de campo constituyen el producto principal de la observación participante. La abrumadora mayoría de los autores recomiendan registrar con lujo de detalles las impresiones de los sucesos, pero inmediatamente después de cada observación. Para ello hay que hacer grandes esfuerzos de memoria, en el afán de reproducir mentalmente los pormenores de cada escena o secuencia recién culminada. Tampoco se trata de una ley universal, la decisión de postergar las anotaciones depende mucho del tema, los sujetos de análisis y el ambiente. Los comentarios subjetivos o interpretaciones del observador deben quedar bien distinguidos, de preferencia al margen del diario de campo.

Por último, vale destacar que es muy importante apuntar todo lo que seamos capaces de recordar, inclusive aquello que en primera instancia parece incomprensible; su relevancia puede emerger a la luz de sucesos o conversaciones posteriores.

Todos los acontecimientos pueden ser relevantes, pero sólo algunos serán significativos para la investigación. La búsqueda abarca desde lo más “obvio” hasta lo aparentemente “encubierto”, justamente porque el desafío del des-cubrimiento entraña una actitud capaz de hurgar en lo cotidiano tratando de entender aquello de lo que se trata, sin dar nada por supuesto y dando rienda suelta a múltiples interrogantes y no pocas hipótesis. (Ameigeiras, 2006: 127)

Finalmente, los resultados de la observación participante no sólo se pueden cotejar con las transcripciones de las entrevistas, sino con documentos disímiles: escritos oficiales, históricos, públicos, comunicaciones internas, correspondencia, contratos, archivos, diarios, etc.; así como con la información obtenida por otros investigadores.

1.73 Muestra

La cantidad de entrevistados no respondió a condicionantes probabilísticas matemáticas ni mucho menos, sino a principios de intencionalidad, viabilidad y factibilidad. Teniendo en cuenta el tiempo, la disponibilidad de recursos materiales y, sobre todo, el cumplimiento a cabalidad de los objetivos, privilegiamos la profundidad por sobre la extensión. En concordancia con el muestreo teórico, el número de informantes dependió del alcance del “punto de saturación”, es decir, el momento en que nuevas entrevistas ya no arrojan información relevante sobre las dimensiones de interés. En el muestreo teórico el número de “casos” estudiados carece relativamente de significación.

Lo importante es el potencial de cada “caso” para ayudar al investigador en el desarrollo de comprensiones teóricas sobre el área estudiada de la vida social. Después de completar las entrevistas con varios informantes, se diversifica deliberadamente el tipo de personas entrevistadas hasta descubrir toda la gama de perspectivas de las personas en las cuales estamos interesados. Uno percibe que ha llegado a ese punto cuando las entrevistas con personas adicionales no producen ninguna comprensión auténticamente nueva. (Taylor & Bogdan, 1986: 108)

La muestra quedó constituida fundamentalmente, por alumnos sin responsabilidades directivas ni militancia política, pues estos constituyen la amplia mayoría dentro del universo estudiantil de ambas universidades. No obstante, en los dos casos incluimos unos pocos militantes de organizaciones políticas (estudiantiles o de otra índole). Recabando la experiencia de estos últimos quisimos aprovechar su reconocida capacidad reflexiva, en función de enriquecer y complementar los análisis en torno a nuestro objeto de investigación.

Como la realidad es tan poliédrica y compleja, nuestra mayor preocupación fue alcanzar una representación amplia, diversa y comprehensiva de los subgrupos naturales que componen la población: sobre todo atendiendo a las facultades, carreras y años de estudio, en ese orden jerárquico; y, en menor medida, al status socioeconómico[20] . El propósito fue sortear las distorsiones perceptivas, prejuicios y omisiones que pudieran introducir tales criterios diferenciadores, y obtener la mayor riqueza posible de la realidad estudiada.

Tanto en la U. de la Habana como en la U. de Chile, la selección de los alumnos entrevistados intentó equilibrar, contrastar, corroborar y complementar criterios, mitos, juicios y aportes sobre la cultura política y los procesos de participación política de los estudiantes. A tal efecto, nos resultó muy útil la técnica de muestreo sociológica conocida como “bola de nieve”, que funciona en cadena. Es decir, le pedimos, de manera sucesiva, a cada entrevistado que nos contactara con uno o más conocidos suyos que encajaran en el perfil de nuestro interés. Sin embargo, a fin de evitar sesgos de muestreo, utilizamos específicamente la variante discriminatoria exponencial de la “bola de nieve”, que introduce dos mecanismos restrictivos: 1) el filtro intencional, de acuerdo a criterios de heterogeneidad, de las designaciones propuestas por los informantes (prescindiendo de algunas de ellas); y 2) la creación aleatoria de varias “bolas de nieves”, cuyos extremos iniciales fueron escogidos al azar y no se conocían entre sí.

De tal modo, podemos resumir que en el caso chileno, entre el 26 de mayo y el 9 de julio de 2014, realizamos 23 entrevistas. En ellas están representadas 14 facultades o institutos, de un total de 18, y 20 carreras. Por su parte, en Cuba estuvimos trabajando del 7 de diciembre de 2014 al 15 de enero de 2015. En dicho período entrevistamos a 18 estudiantes, de 15 carreras y 12 facultades (de un total de 18 facultades). La Tabla 1 contiene los datos anteriores, junto a la distribución según el año de estudio de la Licenciatura o Ingeniería.

Tabla 1: Distribución de las entrevistas
U. Chile U. Habana
Total de Entrevistas 23 18
No. de Carreras 20 15
No. de Facultades 14 12
Primer Año 6 3
Segundo Año 7 3
Tercer Año 3 2
Cuarto Año 3 4
Quinto Año 4 6
Militantes 6 6

A lo largo de todo el trabajo de campo, pero con mayor énfasis al comienzo de cada etapa del trabajo de campo, practicamos la observación participante tanto en espacios informales (cafeterías, plazas, comedores, instalaciones deportivas), como formales (asambleas de grupo, de militantes, mítines, marchas, actividades políticas, etc.). Las valiosas notas de campo resultantes enriquecerán el informe de investigación.

Vale subrayar, que salvo un par de casos excepcionales, todas las entrevistas tuvieron lugar en las áreas e instalaciones de ambas universidades, es decir, en el contexto natural de los estudiantes. La corta edad (30 años) y apariencia juvenil del investigador le permitió conseguir una cómoda inserción en dicho contexto e, incluso, “camuflajearse” entre los estudiantes durante las prácticas de observación participante. A su vez, dicha “sintonía etaria” contribuyó ostensiblemente a la creación de un clima de confianza entre iguales, a la hora de realizar las entrevistas cara a cara. El investigador aprovechó este potencial empático para propiciar un diálogo franco, abierto y profundo, manteniendo a raya las intrusiones valorativas de su parte.

1.8 Ficha de instrumento de investigación

1.81 Guía de entrevista semiestandarizada para estudiantes

(Comenzamos pidiéndole datos socio-demográficos generales: edad, carrera, lugar de procedencia, residencia actual, con quién vive, nivel socioeconómico de los padres)

BLOQUE 1: INTRO

1.Durante tu niñez y adolescencia, entre tu familia o personas más cercanas a ti, ¿recuerdas a alguien que participara en organizaciones sociales o políticas? ¿Qué tipo de actividades hacían? Y ahora, ¿tienes compañeros que participen en organizaciones o grupos políticos?

2.¿Has formado parte de alguna agrupación social que se reúna, por ejemplo, para conseguir algún cambio u objetivo específico? [En caso de respuesta afirmativa, explorar: ¿Cómo comenzaste a participar en ese grupo? ¿Por qué? ¿Qué hacías tú y qué hacían tus compañeros? ¿Qué consiguieron?]

3.¿En la actualidad participas en espacios fuera de la Universidad? [En caso de respuesta afirmativa, ¿en cuáles y de qué maneras?] ¿Por qué?

4.¿Cómo ves la situación política actual de tu país? ¿Qué opinión te merecen los políticos? ¿Y la política en general?

5.¿Podrías enumerar dos o tres demandas políticas, transformaciones que quisieras hacer en el ámbito político nacional? ¿Cómo los estudiantes universitarios podrían promover esas transformaciones?

6.¿Votaste en la última o las últimas elecciones (parlamentarias o presidenciales)? ¿Por qué?

BLOQUE 2: CLÍMAX

7.¿Cómo evaluarías la participación política de tus compañeros de la universidad? ¿Por qué? ¿Cuáles crees que son las razones fundamentales por las que algunos estudiantes no participan?

8.¿Cómo valoras tu propia participación política? ¿Por qué?

9.¿Qué vías o mecanismos conoces para darle solución a tus inquietudes o problemas en la Universidad? ¿Los empleas? ¿Cuál funciona mejor? ¿Por qué?

10.¿Participas a menudo en espacios de debate político? ¿Cuáles? ¿Por qué?

11.¿Cómo es tu relación con las autoridades universitarias y políticas del país? ¿Evalúas de forma periódica el trabajo de tus líderes estudiantiles, autoridades universitarias y representantes políticos (diputados, ministros, miembros del tribunal supremo, presidente, etc.)? ¿Cómo? ¿Por qué?

12.¿Consideras que participas en la toma de decisiones de la vida política universitaria, en particular, y del acontecer nacional, en general? ¿Por qué?

BLOQUE 3: CIERRE

13.Si pudieras incentivar la participación política de tus compañeros y amigos estudiantes, ¿Cómo los estimularías? ¿Qué tipo de incentivos usarías?

14.¿Te gustaría dedicarte profesionalmente a la política? ¿Por qué?

15.¿Te gustaría involucrarte en procesos políticos y participar activamente en la toma de decisiones sobre los asuntos universitarios y comunitarios más importantes y urgentes? ¿Para qué? ¿Por qué?

16.¿Cómo imaginas el futuro político de la nación?

1.82 Articulación de la guía con las subcategorías o dimensiones

Dimensiones Preguntas
Representaciones y actitudes hacia la política 4- ¿Cómo ves la situación política actual de tu país? ¿Qué opinión te merecen los políticos? ¿Y la política?
Valores 7- ¿Cuáles crees que son las razones fundamentales por las que algunos estudiantes no participan? 13- Si pudieras incentivar la participación política de tus compañeros y amigos estudiantes, ¿Cómo los estimularías? ¿Qué tipo de incentivos usarías? 14- ¿Te gustaría dedicarte profesionalmente a la política? ¿Por qué?
Expectativas políticas 16- ¿Cómo imaginas el futuro político de la nación?
Habitus político 1- Durante tu niñez y adolescencia, entre tu familia o personas más cercanas a ti, ¿recuerdas a alguien que participara en organizaciones sociales o políticas? ¿Qué tipo de actividades hacían? Y ahora, ¿tienes compañeros que participen en organizaciones o grupos políticos? 5-¿Podrías enumerar dos o tres demandas políticas, transformaciones que quisieras hacer en el ámbito político nacional? ¿Cómo los estudiantes universitarios podrían promover esas transformaciones? 6- ¿ Votaste en la última o las últimas elecciones (parlamentarias o presidenciales)? ¿Por qué?
Cultura de la participación 2- ¿Has formado parte de alguna agrupación social que se reúna, por ejemplo, para conseguir algún cambio u objetivo específico? [En caso de respuesta afirmativa] ¿Cómo comenzaste a participar en ese grupo? ¿Por qué? ¿Qué hacías tú y qué hacían tus compañeros? ¿Qué consiguieron? 7- ¿Cómo evaluarías la participación política de tus compañeros de la universidad? ¿Por qué? 8- ¿Cómo evalúas tu propia participación política? ¿Por qué? 9- ¿Qué vías o mecanismos conoces para darle solución a los problemas políticos que percibes hoy? ¿Los empleas? ¿Por qué? ¿Cuál funciona mejor? ¿Por qué? 15- ¿Te gustaría involucrarte en procesos políticos y participar activamente en la toma de decisiones sobre los asuntos universitarios y nacionales más importantes y urgentes? ¿Para qué? ¿Por qué?
Formas objetivadas de participación política / Niveles de participación / Motivaciones y finalidad de la participación 3- ¿En la actualidad participas en espacios fuera de la Universidad? (En caso de respuesta afirmativa), ¿en cuáles y de qué maneras? (En cualquier caso), ¿por qué? 10- ¿Participas a menudo en espacios de debate político? ¿Cuáles? ¿Por qué? 11- ¿Cómo es tu relación con las autoridades universitarias y políticas del país? ¿Evalúas de forma periódica el trabajo de tus líderes estudiantiles, autoridades universitarias y representantes políticos (diputados, ministros, miembros del tribunal, presidente, etc.? ¿Cómo? ¿Por qué? 12- ¿Consideras que participas en la toma de decisiones de la vida política universitaria, en particular, y del acontecer nacional, en general? ¿Por qué? ¿Y el resto de los estudiantes?

1.9 Notas del capítulo

CAPÍTULO II: CULTURA Y PARTICIPACIÓN POLÍTICAS: LA DEMOCRACIA EN CUESTIÓN

2.0 Introducción

En la fecunda y polisémica obra del escritor argentino Jorge Luis Borges pueden identificarse recurrentemente dos símbolos que, como concéntricas manecillas de reloj, van marcando el compás de su creación literaria. Dos recursos alegóricos que a ratos se aproximan demasiado y hasta se superponen; sin embargo, en otras ocasiones, alguno da un giro de 180 grados y, desde la antípoda de la esfera retórica borgesiana, otea con recelo al otro. Son ellos el espejo y el laberinto.

Una relación dialéctica semejante salta a la vista cuando uno repisa las huellas teóricas de dos conceptos clave de la Filosofía Política, desde sus albores en la Grecia Antigua hasta la actualidad. Por momentos, Democracia y Participación parecen manecillas “categóricas” que de conjunto establecen el “huso horario” común de la política. En cambio, durante otra buena parte del andar reflexivo del hombre, aparecen descentradas, marcando cada una tempos distintos –e inclusive contrapuestos– en el análisis de las relaciones de poder.

A tan peculiar paradoja dedicaremos buena parte de este capítulo, con el ánimo de destejer las epistemologías, enfoques, intenciones, finalidades y alcances, imbricados en la compleja nervadura de articulaciones entre Democracia y Participación. Para ello bosquejaremos algunas ideas históricas imprescindibles a la hora de entender tales herramientas analíticas. Luego veremos cómo, según la perspectiva ideológica, dichos conceptos se acercan o alejan al examinar los nexos Estado-sociedad civil, Autocracia-Descentralización (poder local), Ciudadanía-Participación, Gobernabilidad-Participación... También presentaremos nuestra interpretación del habitus político –un concepto de alcance medio muy útil para el estudio de la cultura política–, así como algunas dimensiones y rasgos elementales del concepto de Participación.

El objetivo de este esfuerzo es explicitar nuestros presupuestos conceptuales de partida, el entablamento teórico que gravita sobre las columnas de la investigación. Se trata de brindarle al lector un marco teórico-epistemológico para la comprensión cabal de los resultados de la tesis, en especial, aquellos obtenidos tras el procesamiento crítico del material empírico recabado durante el trabajo de campo. A lo largo del capítulo iremos revelando nuestra propia visión acerca de los fenómenos abordados, conscientes de que no tenemos la verdad última en la mano y al doblar de las sombras pululan otros puntos de vista, diversos por derecho propio. Nuestro propósito es aderezar humildemente el debate, e incentivar el deseo, a menudo pospuesto, de mirarnos de vez en cuando en el espejo, como única manera de atisbar la salida del laberinto.

2.1 Democracia y participación: el laberinto de los espejos que se bifurcan

En la historia de la teoría política se le atribuye a un texto de Protágoras la distinción de ser uno de los primeros documentos que menciona la idea de la participación ciudadana como práctica democrática. El sofista, en franca disputa con Sócrates, defiende el derecho de cada ciudadano a participar en el gobierno de la polis, esgrimiendo como razón principal la igualdad de todos en materia de competencias políticas.

La capacidad de juicio político sustentaba esta primera formulación de la ciudadanía. El sentido moral y de justicia constituía una virtud inherente a todos los habitantes de la ciudad y, por tanto, participar en los mecanismos de construcción del bien colectivo era un deber sagrado del ciudadano ateniense. Los espacios públicos de tomas de decisiones, como los tribunales y las asambleas (el ágora), se convirtieron así en verdaderos nichos de democracia directa. A pesar su carácter excluyente, aquellos que lograban acceder a la condición ciudadana podían incidir consciente y activamente en el destino de la polis, amparados en una articulada red de derechos, a saber: similares prerrogativas intelectivas, oratorias, decisorias y ejecutivas.

Pero si la capacidad de juicio político genera igualdad, también puede ser usada con un objetivo contrario, junto a otros criterios económicos, étnicos, geográficos y culturales. Entonces no es de extrañar que este mismo argumento haya sido utilizado, desde el propio período helénico, para excluir de la esfera pública a segmentos de “no-ciudadanos”: esclavos, mujeres, extranjeros y jóvenes…, invirtiendo la tesis protagórica. La sabiduría política no toca por igual a todos. Este mismo sofisma sirvió de pretexto a clases hegemónicas en otras épocas, para marginar del poder a “minorías” de género, religiosas, etarias, raciales o ideológicas.

Si bien para los griegos, el autogobierno, la discusión, la competencia pública y la deliberación colectiva entre ciudadanos iguales fueron méritos culturales, en cuanto a la formación de sujetos voluntariosos, activos y transformadores de su entorno, la siniestra época del Medioevo en la historia de la humanidad, y su feroz ofensiva contra el más mínimo vestigio de poder terrenal, dejó considerables rémoras (a)políticas en los hombres. Frente al poder divino, en cuyo nombre gobernaba la Iglesia y los soberanos feudales, los roles protagónicos en la conducción de la cosa social quedaron fuera del alcance de los mortales comunes.

Sólo con la Modernidad y el surgimiento del pensamiento liberal se restaurarían la condición activa del ciudadano y sus derechos políticos usurpados en nombre de Dios, trasladando el ultrapoder divino hacia la “voluntad” de los hombres. El poder de la razón garantizaría entonces la hegemonía de la clase burguesa. Y las relaciones de mercado capitalistas provocarían el surgimiento de la separación aparente entre sociedad civil y Estado y, en consecuencia, la distinción entre lo privado y lo público (este último un espacio que trasciende por mucho los límites de lo estatal).

2.11 La perspectiva liberal frente al espejo

El fortalecimiento de la esfera pública resulta una de las principales conquistas de la Modernidad. Pero no como mero espacio neutral de intercambio mercantil y desarrollo del comercio, la industria o las artes; sino como zona intermedia entre la sociedad civil y el Estado, escenario de interacción ética entre los actores sociales, y seno del proceso de autoconformación de la individualidad.

De hecho, en la filosofía kantiana –en la cual la conceptualización de la esfera pública o jurídica ocupa un lugar central–, se postula la participación de los ciudadanos en las estructuras políticas como única vía para alcanzar la autonomía del hombre y, con ella, la de la razón. Kant se encarga de “desetizar” la esfera de lo público, argumentando que lo ético se produce en la vida interior, privada. Con su principio de la “insociable sociabilidad”, Kant asume el moderno proceso de civilización, no como un impulso natural o moral, sino como una exigencia racional, que desarrolla las capacidades humanas mediante la contradicción y el conflicto de poderes (Acanda, 2002).

En esta fase de la Modernidad temprana, sólo los ciudadanos “activos” tienen derecho a involucrarse en el ejercicio de la toma de decisiones políticas, o de crítica racional, que se produce en la esfera pública, denominada civil por los contractualistas. La condición ciudadana, en estrecha relación con la condición económica (o sea, la propiedad), depende de la posibilidad de participar en el poder político, identificado –según Locke (1990)–, con el establecimiento de leyes obligatorias encaminadas a proteger la propiedad privada, y el empleo de la fuerza para garantizar su cumplimiento.

Y es en el punto de la integración sociedad-sociedad política, donde la perspectiva liberal toma distancia de su antecedente grecolatino. El ciudadano no volverá a ser un participante activo en los asuntos públicos. Aunque se le reconocen sus derechos constitucionales como “miembro pleno de una sociedad de iguales”, basada en principios de justicia; no tiene necesariamente que practicar una ciudadanía activa, más allá de sus intereses privados. La participación se considera un tema extrainstitucional. “Hablar de democracia en esa época era referirse a un anhelo revolucionario y contradictorio con la lógica institucional imperante, básicamente porque hablar de democracia era hablar de igualdad” (Subirats, 2005: 205).

Joseph Schumpeter (1963) y Giovanni Sartori (1987) fueron dos defensores contemporáneos de esta perspectiva. Para ellos la democracia no puede significar gobierno del pueblo, y la participación política (sobre todo su grado sumo: la toma de decisiones) debe estar limitada a los políticos. A los ciudadanos sólo les queda la posibilidad de elegir o rechazar a los “expertos” encargados de gobernarles. El método democrático es aquel “sistema institucional de gestación de las decisiones políticas que realiza el bien común, dejando al pueblo decidir por sí mismo las cuestiones en litigio mediante la elección de los individuos que han de congregarse para llevar a cabo su voluntad” (Schumpeter, 1963: 317; énfasis añadido).

A su vez, los politólogos norteamericanos Norman Nie y Sidney Verba escribieron: La participación política “es predominantemente actividad de los ricos, de los ciudadanos mejor educados, con un estatus alto de ocupación, son los que menos necesitan los resultados beneficiosos de la participación, quienes ya están favorecidos en el plano económico y social” (En Valdés & Toledo, 2006: 209).

Esta discriminación tecnocrática fue escudada bajo las banderas de la complejidad de las cuestiones políticas y la necesidad de un conocimiento especializado (ingeniería social) para intervenir de modo decisivo en su diseño funcional. Desde este enfoque, el sistema político debe sostenerse sobre la democracia representativa, y cierto grado de apatía participativa en la población implica un apoyo al poder establecido.

De esa manera lo entendió el neoliberalismo clásico, que consideraba a la democracia como una “externalidad” posible únicamente en un sistema de propiedad privada y de mercado libre. Friederich Von Hayek, su más brillante exponente, se refería a la democracia como “un medio, un expediente utilitario para salvaguardar la paz interna y la libertad individual” (2007: 103).

La profesionalización de la actividad política posibilita la dedicación absoluta del “ciudadano” a su desarrollo individual, crecimiento económico personal, así como a su elevación a la cultura y a la civilización, según el propio Hegel (Acanda, 2002). De este modo, para la tradición liberal conservadora, lo fundamental es fomentar el individualismo moderno y la democracia como garantía institucional de la realización de los intereses privados y mero mecanismo de agregación de demandas. A la clase dominante no le interesa resolver las inequidades resultantes del sistema capitalista, sino conservar su predominio como bloque hegemónico.

Desde este enfoque, tal y como lo advirtió Carl Marx, la existencia sólo tiene sentido a través de las cosas, las propiedades. Las masas de ciudadanos, enfrascadas en su autodesarrollo y libertades individuales, deben permanecer alejadas de la participación política tanto como se pueda. Por el contrario, altos índices de participación no indicarían fortaleza, como pudiera pensarse; sino inconformidad, deslegitimación del sistema, debilidad del régimen democrático, en resumen, problemas de gobernabilidad.

Como expondremos en el epígrafe 2.4, esta supuesta contradicción entre Participación y Gobernabilidad se asienta sobre la discrepancia entre el “espíritu de determinación” y el “espíritu de libertad”; y promueve el argumento de que la democracia, cuando se profundiza, alimenta necesidades, desconfianzas y exigencias incontrolables. El mismo Gabriel Almond, padre de los estudios sobre cultura política, así lo reconoce:

Lo que la teoría de la Cultura Cívica afirma es que, para que un sistema democrático funcione bien, tiene que evitar el sobrecalentamiento por un lado, y la apatía o la indiferencia por el otro, ya que debe combinar la obediencia y el respeto a la autoridad con la iniciativa y la participación, sin que haya mucho de lo uno o de lo otro, ya que no todos los grupos, intereses y temas irrumpirán simultáneamente, sino que los diferentes grupos, temas y sectores serán movilizados en distintos momentos [21] . (1996: 4)

En la sesión de la American Political Science Association en que se rememoraban los 30 años de la aparición de la célebre obra de Almond y Verba (The Civic Culture), el catedrático de la Universidad de Harvard Robert Putnam criticó la irónica asociación de la teoría almondiana con la metáfora de “ricitos de oro”. Tras las sombras chinescas del equilibrio o “justo medio”, se oculta el intento de disciplinar a la sociedad mediante mecanismos ideológicos, a fin de limitar su capacidad de demanda. La “gobernabilidad democrática” no es sólo el producto de la buena imagen de un gobierno entre los ciudadanos, sino del respeto de todos los actores sociales a las reglas del juego. Una especie de pacto concertado para prevenir amenazas, incertidumbres y rupturas del sistema.

No obstante, para finalizar este apartado, cabe subrayar que las lógicas individualizantes del discurso liberal han perdurado hasta la actualidad, a través de esa asunción acrítica o utilitaria de la política por parte de las clases subalternas, a lo cual Gramsci llamó “sentido común”. Los propósitos pseudoparticipativos de esta forma de democracia han conseguido con absoluta eficacia, en muchas sociedades, desterrar al ciudadano del entramado de instituciones y relaciones políticas, quien se contenta con cumplir con el derecho mínimo universal del voto electoral, en los mejores casos, cuando no subyacen en el anonimato olímpico y la marginación total. La ciudadanía asume la representación política como una carga más, entre tantas que lleva encima en el duro bregar cotidiano.

2.12 La perspectiva democrático-participativa en su laberinto

En contraste con el marcado componente discriminador de la perspectiva liberal conservadora, que en nombre de un supuesto contrato social, una inviolable libertad individual y el principio de representación política aseguró la reproducción de su hegemonía; el enfoque democrático participativo, como “tipo ideal” (a lo weberiano), reivindica la intervención consciente y directa de los sujetos en la toma de decisiones que afectan a la colectividad, como la más genuina forma de democracia.

La participación activa y continuada en el poder colectivo es, según el eminente jurista cubano Julio Fernández Bulté (2004), un contenido inalienable de la verdadera democracia, enraizada en el modelo latino y antitética con la noción de representación como delegación del poder en determinados apoderados. La democracia, más que un sistema de reglas e instituciones civiles que coartan las libertades humanas (Hobbes, 1982), significa un modo de vida generador de autonomía, solidaridad y compromiso cívico con la actividad social transformadora. Estas virtudes, distintivas de un régimen democrático fuerte, se relacionan con la implicación de la ciudadanía en las múltiples asociaciones (civiles, económicas y políticas) del tejido social, en franca reconciliación entre lo privado y lo público.

Desde esta perspectiva, la reflexión sobre la gobernabilidad se enrumba en la dirección inversa: la existencia de consenso ante el accionar del sistema político imperante estaría condicionada, entre otros factores, por la capacidad de los gobiernos para mantener la estabilidad, lo cual únicamente es posible si existen elevados niveles de participación popular. Para lograr una identificación participativa de los ciudadanos con el poder ejecutivo, la democracia liberal, tiene que renovarse y lograr una mixtura entre los mecanismos de democracia directa, semidirecta y representativa. Allí donde sea posible, se debe potenciar el autogobierno: la entrega a los ciudadanos de cuotas de poder real de decisión para proponer, planificar, ejecutar y controlar las acciones del Estado/gobierno; impidiendo, así, la privatización del ámbito público y su funcionamiento bajo prácticas clientelares, paternalistas, populistas o autoritarias, ni que decir totalitarias.

Un régimen democrático supone la existencia de dispositivos de participación ciudadana en el ejercicio del poder y en los asuntos públicos. Y, por tanto, la gobernabilidad, en la consecución de su ponderado “equilibrio político”, implica darle cabida dentro la toma de decisiones al concierto de voces emergentes de la ciudadanía, contrae un compromiso con la acción pluralista y la cultura participativa. La democracia tiene que abrirse aún más al pluralismo, hasta ahora acotado a un número limitado de sectores estratégicos. Ello significa reformular los esquemas de representación al nivel de los órganos estatales, y revalorizar el conflicto “como un momento en la construcción y dirección del consenso, y su solución mediante espacios más amplios y sistemáticos de debate público” (Dilla et al, 1991: 221); así como fomentar, ante todo, una mayor autonomía en las asociaciones de la sociedad civil.

La politización de la sociedad civil, expansión inequívoca de las relaciones de poder hacia espacios no estatales, fue una de las respuestas inmediatas de la burguesía, ante el peligro que significó el discurso alternativo de los teóricos de la democracia participativa en el siglo XX. Con la recomposición de su hegemonía y la mayor socialización de la política se complejizaron las estructuras de los estados-nación, y los roles políticos dejaron de ser fronteras para convertirse en “zonas de intersección” entre el Estado y las organizaciones sociales.

Sin embargo, estas mutaciones de clase sólo sirvieron de caldo de cultivo a las críticas contra el modelo representativo, cuyo principal flanco de ataque resulta, precisamente, la representación: instrumento de alienación y discriminación política, catalizador de los abismos sociales; contrario al ideal de democracia directa. Es por eso que el objeto de la democracia participativa “consiste en eliminar, tanto como sea posible, los filtros que se desprenden de la delegación del poder a una elite de gobernantes y potenciar la participación directa de los ciudadanos en la toma de decisiones políticas” (Nápoles, 2007: 14).

Los partidarios contemporáneos de la democracia fuerte, pluralista, directa, participativa, radical o expansiva, aspiran a recortar las distancias entre pueblo y gobernantes a través de la imbricación de intereses y la reducción del omnipoder de los segundos:

Los ciudadanos activos se gobiernan a sí mismos, no necesariamente en cada nivel ni en cada instancia, pero sí con la suficiente frecuencia y, en particular, cuando hay que decidir las políticas básicas y cuando se despliega un poder relevante. El autogobierno se pone en práctica mediante instituciones diseñadas para facilitar una continua participación cívica en la fijación de la agenda, la deliberación, la legislación y la ejecución de las políticas (en forma de “trabajo común”). (Barber, 1998: 290)

En el caso de los mínimos representantes obligatorios, su mandato debe ser imperativo, permanecer vinculado a la plena participación de los presentados y depender de los más estrictos mecanismos de control democrático: rendición de cuentas, revocación, límite de ejercicio, etc. (Valdés, 2004). Benjamin Barber critica la esencia tecnocrática de los modelos de democracia fundamentados en el principio de la representación [22] ; y arguye: “La democracia fuerte es la política de los aficionados, en la que cada persona es compelida a encontrarse con otras sin la intermediación de expertos” (1998: 292). A esto le denomina “carácter universal de la participación”: cada ciudadano deviene su propio político.

En las comunidades donde pudiera concretarse una variante cercana a este “tipo ideal”, los fines públicos se forjarían al calor de la participación política, la deliberación transparente, abierta, y la acción común. Comunidad y participación, cultura cívica y ciudadanos, teoría y práctica políticas, resultan pares que deben interinfluenciarse de manera recíproca y simultánea. Ser ciudadano implica participar con consciencia de causa, pensando en plural; presume un compromiso con los demás. Participación y comunidad constituyen las dos caras (hasta ahora opuestas) de la “moneda” ciudadanía: “La comunidad sin participación se limita a racionalizar el colectivismo, dándole un aura de legitimidad. La participación sin comunidad simplemente racionaliza el individualismo, dándole el aura de la democracia” (Barber, 1998: 294).

Para este autor, semejante maquinaria democrática exigiría una explosión cronotópica de los espacios de deliberación pública en busca del consenso [23] –y una (re)fundación de la cultura del debate–, que permita acelerar la toma de decisiones, principal excusa del pensamiento liberal conservador para la dominación oligárquica y talón de Aquiles de la democracia directa. A su favor cuenta el paulatino crecimiento ciudadano de los sujetos en el sentido de la formación de valores muy importantes como: la interpretación crítica de la realidad, capacidad de juicio político y de acción concertada, educación cívica solidaria, habitus político, entre otros. En la política, como en todo, se aprende actuando.

Según algunos investigadores ( Cohen & Arato, 2001 ), esta sociedad civil –fuerte en hábitos interactivos y en responsabilidad ciudadana– no tiene per se una relación antagónica o conflictiva con la perspectiva liberal, pues los valores democrático-participativos devienen elementos centrales en la consecución de postulados “protegidos” por aquella tradición, entiéndanse: los derechos de libertad, la autonomía del individuo y la estabilidad de la gobernabilidad. Más aún, estas últimas “constituyen precisamente las condiciones legal-institucionales bajo las cuales las variadas formas de participación y deliberación política conjunta pueden hacerse efectivas” (Águila, 1996: 37).

Algo similar sugiere Chantal Mouffe, cuando dentro de los presupuestos teóricos de la democracia radical propone una nueva noción de ciudadanía, concebida como la identidad política permanentemente (re)creada mediante la identificación con la respublica. Su visión sobre la ciudadanía democrática radical será objeto de nuestro examen más adelante.

Los herederos contemporáneos de la teoría clásica de la democracia del siglo XVIII, repararon en la inviabilidad e inoperancia de un gobierno directo de todo el pueblo en las grandes sociedades; y respondieron a las críticas proponiendo una fórmula política mixta, donde convivan ambos enfoques organizativos. Al respecto Crawford Brough Macpherson expresó: “En las grandes sociedades la democracia participativa debe estar organizada con un sistema piramidal, con la democracia directa en la base y la democracia delegada en todos los niveles por encima de ella” (1984: 130).

Soluciones salomónicas de este tipo han ido apareciendo a lo largo del tiempo, en la misma medida en que los señalamientos críticos llueven sobre el ya mojado terreno de la democracia participativa, provenientes de todos los polos ideológicos. Entre otras imputaciones encontramos: la exacerbación extremista de la tesis del autogobierno (y sus posibles consecuencias fragmentadoras), la generación de una sobrecarga del sistema (crisis de gobernabilidad) y la concepción de las preferencias como exógenas y prepolíticas (asunción de los intereses ciudadanos como preexistentes) (Nápoles, 2007).

A las dos primeras críticas sale al paso, con una posición mediadora, Rafael del Águila (1996) cuando retoma la noción de “good enough citizen”, de Robert Dahl (1992), y esboza los rasgos de un ciudadano intermedio, no muy saturado de responsabilidades cívicas –pero tampoco como un concepto vacío–, capaz de reaccionar ante los desmanes del sistema cuando su “reinvigorate the public sense of justice” (noción de John Rawls, 1995), o “juicio político”, le exija un mínimo de participación, inherente a la autoidentidad de una sociedad democrática.

En cuanto a la falla de dar por sentado la existencia de preferencias prepolíticas, es el punto en el cual muchos teóricos, liderados por Jürgen Habermas (1992), enfatizan en la necesidad de la democracia deliberativa, dirigida a potenciar una participación ciudadana discursiva en los asuntos públicos, que instituya una mayor horizontalidad en las relaciones de poder, en cuanto a la igualdad jurídica para debatir y tomar decisiones concernientes a la colectividad.

Para otros más radicales es un imperativo trascender el diálogo y pasar a la acción práctica consciente. Entre ellos destaca Boaventura de Sousa Santos (2006), promotor del tránsito del “conocimiento como regulación” al “conocimiento como emancipación”, para desestatalizar la dirección de la sociedad, rescatar en todas sus dimensiones la participación ciudadana y reinventar la democracia, pluralizada en un nuevo movimiento social-Estado que incluya a la mayor diversidad de actores sociales en la construcción de lo político.

En la misma cuerda insiste el francés Alain Touraine: “Ya no queremos una democracia de participación. No podemos contentarnos con una democracia de deliberación. Necesitamos una democracia de liberación” (2001: 28). En ese sentido, coincidimos con el español Joan Subirats en la necesidad de superar el debate en torno a la tirante relación entre democracia participativa y democracia representativa, como si se tratara sólo de perfeccionarlas o complementarlas (tal y como planteara el politólogo británico Ian Budge [1996]).

Si hablamos de democracia igualitaria estaremos probablemente marcando un punto de inflexión. Y uniremos innovación democrática y política con transformación económica y social. Sabemos muy bien que la igualdad de voto no resuelve ni la desigualdad económica, ni la desigualdad cognitiva, ni la desigualdad de poder y de recursos de todo tipo de unos y otros. Si hablamos de democracia igualitaria estamos señalando la necesidad de enfrentarnos a esas desigualdades desde un punto de vista global y transformador. (Subirats, 2005: 211)

Para ello será necesario dejar a un lado la estrecha visión que reduce la política al ámbito institucional, fomentar espacios participativos y de autonomía en los lindes entre estructura familiar y sociedad civil, y entre esta última y la sociedad política. Habrá que democratizar, primero que todo, la economía; descentralizar, colectivizar esas decisiones que debieran resolver los problemas materiales; y superar esa pasiva cultura consumista universalizada, que ramifica su nociva metástasis hacia la cultura política. Es mucho más fácil manipular a “clientes de la política”, poco reflexivos e inseguros, que a sujetos activos y conscientes. Richard Swift se atreve a sentenciar: “O se democratiza la economía o una economía déspota acabará con los últimos vestigios de una democracia política significativa. Aunque nadie está apunto de quitarnos el derecho a votar, cada vez importará menos si ejercemos ese derecho” (2003: 81).

2.13 Descentralización: del dicho al hecho… un gran trecho

Definitivamente no se puede polemizar sobre democracia participativa sin sacar al ruedo el tan llevado y traído tema de la descentralización del poder. Una verdadera participación ciudadana protagónica, continuada y efectiva, necesita del manejo de recursos y la potestad decisoria suficiente sobre las cuestiones fundamentales que median la calidad y eficacia de la participación. La acción participativa, en su más profunda esencia democrática y pluralista, exige una socialización justa del poder, entendida como devolución de la autonomía, usurpada a título de los más disímiles fetiches.

Como ya hemos visto, las maquinarias políticas contemporáneas, y su correspondiente parafernalia teórico-metodológica, se han dado a la tarea de disfrazar con tintes de complejidad y supraconocimientos, las prácticas administrativas y de gobierno, con el ánimo de mantener a las mayorías alejadas de los mecanismos de toma de decisiones y, por tanto, reducir al menor número posible de personas las ganancias resultantes de la detentación del poder.

A esta cosmovisión política centralizadora, defensora de la idea de que una sociedad debe regir sus destinos por un principio o ley suprema únicos, se le ha llamado monismo (Chaguaceda, 2007), y su existencia descansa en la supresión de cualquier alternativa subversiva del orden hegemónico, de las estructuras y jerarquías establecidas por el discurso dominante, incluso de aquellas que se encaucen dentro los preceptos legitimados por el propio gobierno. “El monismo no sólo recelará de aquellas tendencias realmente hostiles, sino que negará su existencia a todo lo que (aun siendo su aliado potencial) no se le subordine, o pertenezca a aquello que le parezca distinto y ajeno” (Chaguaceda, 2007: 119).

Por el contrario, el discurso descentralizador promueve un enraizamiento en las más plurales culturas, ideologías y prácticas sociales, como condición sine qua non para la intervención ciudadana. El pluralismo dice “No” a la discriminación política y “Sí” al reconocimiento, respeto, inclusión y cultivo de la diversidad de pensamiento y acción, como expresión unívoca de la heterogeneidad humana. No hay por qué temer al disenso ni a la amalgama de discursos e interpretaciones de la realidad, siempre y cuando convivan en armonía, sin amenazas mutuas de exterminio, y con el sano propósito de coadyuvar al desarrollo (sostenible).

Para ello es muy importante, como una de las más elevadas premisas para la participación, la creación de una cultura del diálogo reflexivo, crítico y creativo (más allá del ámbito político), como actividad emancipatoria basada en la intersubjetividad emergente y a tono con los valores y metas sociales consensuados en la búsqueda de la libertad, el progreso y la autonomía.

Como concepto la autonomía alude, en rigor, a la capacidad de los sujetos de estructurar sus procesos participativos a partir de normas o principios que ellos mismos dictan y aceptan como tal sin coerción o influencia externa. Identificado con la capacidad de sostener una relativa independencia práctica e identitaria de las colectividades y discursos particulares (jóvenes, campesinos, mujeres, ambientalistas, etc.), con respecto a las organizaciones político institucionales con las que poseen nexos e intereses compartidos y que frecuentemente tratan de subordinarlos. Abarca en particular las dimensiones filosófica y jurídica y supone autoinstitución y autogobierno explícitos que ligan decisión individual y consenso colectivo. (Chaguaceda, 2008: 2)

Los resortes prácticos de las nociones de desarrollo y democracia están contenidos en la propuesta descentralizadora de un modo innato e inseparable. La socialización del poder, la asignación y control de los recursos financieros, materiales y culturales, la transferencia de facultades y “poderes discrecionales” (Valdés, 2004: 51), y la participación de cada sector de población en la conformación de su existencia, son argumentos que dan un vuelco a las formalidades de los sistemas políticos y convierten los atributos nominales en fácticos, los derechos en hechos (“estrechando el trecho”, valga la aliteración).

Un contexto favorable a la entrega equitativa de cuotas mayores de poder a las asociaciones y gobiernos locales, supone la existencia objetiva de una filosofía autogestionaria, un andamiaje de espacios de producción política, responsabilidad cívica, comunicación horizontal, accesibilidad igualitaria a la información y su circulación en todos las direcciones, en detrimento de los monopolios mediáticos (estatales o privados) que manipulan las fuerzas sociales.

En este sentido, se socializa (dispersa) también la política, como un escenario de concurrencia e interacción colectiva, ya no sólo detentado por el Estado (democratización de la democracia). Los poderes compartidos centran su “estética gubernamental” en la inclusión dialéctica de matices políticos, la libertad de expresión, proposición y crítica, y la periódica evaluación popular de la planificación democrática, y de la asignación y uso de los bienes. “(…) Más que el sometimiento al poder institucional; pondera la creatividad colectiva, abierta a soluciones flexibles más que la visión institucional orientada al autocumplimiento del modelo teórico-ideológico de partida” (D´Angelo, 2004: 13).

No obstante, aunque la descentralización significa una pujante aliada de la participación en la batalla por una democracia más directa, también entraña peligros latentes, alertados desde varias ópticas. Haroldo Dilla señala el peligro anárquico de fraccionar la unidad nacional en función de una “nueva localización”, impulsada por la hegemonía capitalista mundial. Por tal motivo resulta recomendable conservar ciertas atribuciones de los mandos centrales, compatibles con la descentralización, “pero garantes de la cohesión política del espacio nacional” (Dilla, 1996: 109).

Otro potencial riesgo de la descentralización es el de las responsabilidades que se “escurren”, como estrategia de dispersión de los conflictos, muy funcional al modelo neoliberal, absolutamente desentendido de las exigencias de los de abajo (Lombera & Cabrera, 2001). Lo cual puede devenir en una válvula de escape legitimadora del sistema, al responsabilizar a los sectores marginales de sus propias miserias. “No puede entenderse como autogestión de la pobreza por parte de los pobres”, afirma el pedagogo uruguayo José Luis Rebellato ( 2004 : 300).

Se trata, pues, de una descentralización que enfrente la privatización del Estado y del espacio público, entendidos como patrimonio de todo el pueblo y no de un puñado de oportunistas. Es en este rescatado espacio público donde debe germinar la participación ciudadana y la cultura de la deliberación, indispensable para lograr acuerdos entre los diversos actores, e identificación con los intereses y propuestas de la voluntad general.

Por ende, en materia de descentralización, cobra extrema vigencia el refrán popular que reza: “De buenas intenciones está lleno el camino al infierno”. Hace falta más que benévolos deseos. Se requiere una real autonomía para solucionar los conflictos internos y responder eficientemente a los externos; una cultura política que articule, sin graves e irreconciliables contradicciones, los intereses individuales con los colectivos; una economía autosuficiente y autorregulada; una esfera pública enriquecida por las decisiones concertadas desde abajo; y una gobernabilidad respaldada por la confianza de los ciudadanos.

Todo ello, insistimos, sin desconocer la conflictividad inmanente de los procesos políticos (Schmitt, 2001; Arendt, 1997; Mouffe, 1999):

Pasar por alto esta lucha por la hegemonía imaginando que sería posible establecer un consenso resultante del ejercicio de la ‘razón pública libreʼ (Rawls) o de una ‘situación ideal de la palabraʼ (Habermas), es eliminar el lugar del adversario y excluir la cuestión propiamente política, la del antagonismo y el poder. (Mouffe, 1999: 24)

Convergemos con esta autora belga, cuando sostiene que el objetivo de una política democrática no sería nunca aniquilar el poder, sino multiplicar las estructuras donde las relaciones de poder estarán abiertas a la contestación democrática. En la expansión de tales espacios dirigidos a crear las condiciones de un auténtico “pluralismo agonístico”, tanto en el dominio del Estado como en el de la sociedad civil, se concentra la dinámica propia de la democracia radical y plural.

La distinción entre lo privado (libertad individual) y lo público (respublica) se mantiene, lo mismo que la distinción entre el individuo y el ciudadano, pero corresponden a esferas discretas separadas. No podemos decir: aquí terminan mis deberes como ciudadano y comienza mi libertad como individuo. Esas dos identidades existen en una tensión permanente e imposible de reconciliar jamás. Pero es precisamente esta la tensión entre libertad e igualdad que caracteriza a la democracia moderna. Es la vida misma de ese régimen. Cualquier intento de producir una armonía perfecta, de realizar una democracia “verdadera”, sólo puede conducir a su destrucción. (Mouffe, 1999: 105)

Como se ha podido apreciar, el binomio Democracia-Participación está bien lejos de alcanzar una relación sinérgica en la producción intelectual, y muchos menos en la realidad política. Además de la conflictividad inherente de lo político, ya mencionada; la discusión y práctica de la organización-distribución del poder conlleva la pugna por la reproducción o “hurto” de capitales económicos, sociales, culturales, simbólicos; entendidos a la manera de Bourdieu (1997). No está en juego únicamente el acceso a las riquezas y su reparto, también al estatus, honor, prestigio, cosmovisiones, costumbres… en fin: al poder simbólico. Lo cual, en una sociedad cada vez más jerarquizada no es poco.

Es tortuoso expulsar de sus laberintos a los verdaderos intereses (camuflados tras bambalinas) de los diversos teóricos de la democracia. Tampoco podemos fiarnos de la multiplicidad de imágenes que proyectan todos los espejos que intentan iluminar el controvertido matrimonio Democracia-Participación, cada uno con su excluyente reflejo de “la verdad”. Habrá que distinguir entre los variados hilos de Ariadna cuál conduce por mejor camino a la salida.

2.2 Ciudadanía: una propuesta de dimensionamiento

Mucho se ha escrito sobre ciudadanía, directa o tangencialmente. Análisis originales y muy jugosos. Otros reiterativos e insípidos. Ante tamaño torrente bibliográfico, me angustiaba la incisiva pregunta: ¿qué puedo aportar yo al estudio teórico de la ciudadanía y las complejas dinámicas que la atraviesan? En Sociología nunca estará todo dicho; si bien tampoco es fácil arrojar nuevas luces sobre procesos contemporáneos harto examinados bajo acuciosas lupas.

En el andamio teórico de la ciudadanía algunas vigas conceptuales están muy bien definidas, sin que el siguiente orden enumerativo entrañe primacías de unas sobre otras: a)es una condición o estatus legal asentado sobre la añeja dicotomía inclusión/exclusión, una membresía que implica derechos y obligaciones (Marshall, 1998); b) deviene un tipo de identidad política forjada por el sentimiento de pertenencia a diversos grupos sociales o comunidades, con disímiles tamaños y formatos, más allá del estricto marco del Estado-nación (Walzer, 1993; Mouffe, 1999; Touraine, 2001; Heater, 2007) –incluso, algunos la consideran una amalgama plural de identidades coexistentes (Vázquez & Pérez, 2009) que constantemente se subvierten unas a otras (Mouffe, 1999), por lo cual sería más apropiado referirse a una “ciudadanía diferenciada” (Young, 1996)–; asimismo, c)contrae un sentido de lealtad y responsabilidad pública con las comunidades o grupos ( Galston , 1991; Mayenberg, 1999);para algunos autores, en base a dicha percepción de la “responsabilidad compartida” o compromiso ciudadano, las personas debieran proponerse, de modo consciente, eliminar o atenuar la injusticia social (Aceves, 1996-97; Kymlicka & Norman, 1997; Young, 2011).

Sobre los contenidos de estos “travesaños categoriales” haremos un breve repaso en las páginas siguientes, con el objetivo de preparar una adecuada “guarnición” para nuestro plato fuerte: un eje conceptual del fenómeno de marras poco abordado en la literatura (al menos con este enfoque integral del concepto), y que llamo la dimensión práctica de la ciudadanía; esto es: la participación, una categoría que desarrollaremos a fondo al final de este capítulo. Pero veamos primero esas otras dimensiones que aderezan la rica “paella” teórica de la ciudadanía.

2.21 Dimensión jurídica

Aunque desde la Antigüedad muchísimos especialistas han enfatizado en la dimensión jurídica de la ciudadanía, la obra más famosa e influyente en ese aspecto es la del británico Thomas Humphrey Marshall, Citizenship and Social Class , publicada por primera vez en 1950 y reeditada luego en varios idiomas. Con su conocida disección de la ciudadanía en tres partes: civil, política y social, este catedrático de la London School of Economics sentó un valioso precedente que, si bien después ha sido criticado y superado en algunas cuestiones, perdura todavía como un modelo analítico válido e interesante.

Para Marshall, la ciudadanía era por definición una cuestión nacional, cuyo desarrollo implicó un doble proceso de fusión-fraccionamiento. “La fusión fue geográfica; la separación, funcional” (Marshall, 1998: 24); esta última da lugar a su modelo tripartita. Cada uno de estos elementos –divorciados entre sí hasta el siglo XX–, se consolidaron en períodos diferentes. Limitado al ámbito específico de la sociedad inglesa, su esquema evolucionista se resume así: los derechos civiles se consagraron durante el siglo XVIII; los políticos, en el XIX; y los sociales, en el XX; dentro de estos últimos el autor contempla a los derechos económicos, fundamentalmente, el derecho al trabajo. Otros derechos, como los culturales, apenas si quedan esbozados en su obra, cuando subraya la importancia capital de la educación para los futuros ciudadanos [24] y el problema de la “herencia social”.

Sin poner en cuestión sus convicciones liberales, en Ciudadanía y clase social Marshall nos entrega un claro alegato defensivo del Estado de bienestar [25] , concebido como mecanismo para garantizar los derechos sociales de todos los ciudadanos, del tal modo que mitigue los excesos de la necesaria desigualdad social (diferencias de clase [26] ), tan cara al capitalismo. Marshall defiende la compatibilidad y funcionalidad de la aparente relación irreconciliable entre igualdad básica (derechos de ciudadanía) y desigualdad de clase. “La propia ciudadanía se ha convertido, en ciertos aspectos, en el arquitecto de una desigualdad social legitimada” (1998, 21-22). Así lo corrobora cuando más adelante en su exposición preconiza, en términos paradojales, el derecho ciudadano a la igualdad de oportunidades, en aras de eliminar los privilegios de la herencia: “Se trata de un derecho a desarrollar las diferencias [de clase]; es un derecho igual a ser reconocido como desiguales” (1998: 67).

No obstante, Marshall no sólo piensa la ciudadanía como derechos legales y costumbres establecidas con poder vinculante casi de ley; tiene el mérito de asumirla también como obligaciones hacia el Estado y la vida pública: “La ciudadanía es aquel estatus que se concede a los miembros de pleno derecho de una comunidad. Sus beneficiarios son iguales en cuanto a los derechos y obligaciones que implica” (1998: 37). A su vez, creía en la necesidad de trascender la mera declaración formal de principios generales y, por tanto, de ejecutar políticas estatales concretas para hacer efectivos los derechos.

Al enfoque de Marshall pueden hacérsele múltiples reproches por su sesgo anglocentrista, ingenuidad y reduccionismo políticos, estrecha visión económica y algunos galimatías epistemológicos. Pero tiene aspectos rescatables, como su tímido clamor por más justicia social [27] y el modelo analítico tripartita. Si bien desde el Derecho, dicho esquema ha sido sólidamente criticado por prestigiosos juristas, como Luigi Ferrajoli (2004), quien le reprocha a Marshall esa noción de ciudadanía tan amplia y omnicomprensiva, que pretende contener dentro de la excluyente condición ciudadana los derechos universales del hombre:

Homme y citoyen, persona y ciudadano, personalidad y ciudadanía forman desde entonces, y en todas las constituciones, incluida la italiana, los dos status subjetivos de los que dependen dos clases diferentes de derechos fundamentales: los derechos de la personalidad, que corresponden a todos los seres humanos en cuanto individuos o personas, y los derechos de ciudadanía, que corresponden en exclusiva a los ciudadanos. (…) La tipología de Marshall resulta excesivamente incierta, esquemática y, sobre todo, produce confusiones relevantes al no distinguir entre dos criterios de clasificación independientes: uno que hace referencia a la estructura de los derechos fundamentales, y otro a la esfera de sus titulares. (Ferrajoli, 2004: 99 y 104)

El énfasis marshalliano en la naturaleza jurídica de la ciudadanía y en el aspecto legal de la relación ciudadano-Estado, se remonta a la Roma republicana; y, como tal, es susceptible de fuertes ataques debido a la concepción pasiva y subalterna del ciudadano:

La jurisprudencia transformó el concepto de “ciudadano” de zoon politikon a legalis homo, y de la cives o polites (las palabras latina y griega para designar “ciudadano”, respectivamente) a la de bourgeois o Burger. Como consecuencia, el “ciudadano” pasó a identificarse en cierto modo con el “súbdito”, pues al venir aquel definido como miembro de una comunidad jurídica, se resaltaba el hecho de que estaba, en más de un sentido, sujeto tanto a las leyes que definían su comunidad como a los dirigentes y magistrados que tenían el poder de aprobarlas. (J. G. A. Pocock citado por Heater, 2007: 16)

Con todo, las ideas de Marshall sobre la ciudadanía son menos liberales y “atomizantes” que las de otros patriarcas del Liberalismo, defensores a ultranza del individualismo moral extremo, la búsqueda racional del interés personal y la prioridad de los derechos de los individuos sobre los “arrestos” del bienestar general. Tal es el caso del contractualista John Rawls (1995), muy criticado por los comunitaristas (Walzer, 1993; Taylor, 1996; Sandel, 2000) y por otros intelectuales más o menos próximos al comunitarismo en algunos puntos, aunque partidarios de “terceras vías” (MacIntyre, 1987; Mouffe, 1999; Cohen & Arato, 2001 ).

Los adeptos al comunitarismo le recriminan a Rawls la visión empobrecida, utilitarista y apolítica del ser humano, que desconoce los orígenes sociales del individuo, su capacidad potencial y real de albergar valores comunitarios y de participar activamente en la cosa pública. En definitiva, los derechos, la moral, los deseos y la libertad pueden ser todo lo individuales o privados que se quiera; pero sus condiciones de posibilidad y de realización fáctica las conforman las instituciones, normas y prácticas de la vida pública o en comunidad.

A la supuesta contradicción entre los pares Derechos/Libertad negativa Vs. Bien común/Participación, Cohen y Arato salen al paso con su modelo complejo de sociedad civil, que integra componentes públicos, asociativos, individuales y privados. Estos autores niegan la idea de que la autonomía moral presuponga un individualismo posesivo:

Los derechos no sólo aseguran la libertad negativa, es decir, la autonomía de individuos privados o desvinculados. También aseguran la autonomía (libre del control estatal) de la interacción comunicativa de los individuos entre sí en las esferas pública y privada de la sociedad civil, así como una nueva relación de los individuos con las esferas pública y política de la sociedad y del Estado (incluyendo, por supuesto, los derechos de ciudadanía). De esta manera, los derechos morales no son por definición apolíticos o antipolíticos, ni constituyen un dominio exclusivamente privado respecto al cual el Estado se debe autolimitar. Por el contrario, los derechos de comunicación, asamblea y asociación, entre otros, constituyen las esferas pública y asociativa de la sociedad civil como esferas de libertad positiva dentro de las cuales los agentes pueden debatir colectivamente temas de interés común, actuar en concierto, afirmar nuevos derechos y ejercer influencia sobre la sociedad política (y potencialmente sobre la económica). (2001: 41)

2.22 Dimensión cultural

También los comunitaristas han sido objetos de fuertes críticas, cuando al concepto liberal de comunidad (en extremo instrumentalizado), oponen una noción de bien común ecuménica, previa a los intereses individuales. En este punto autores como Alasdair MacIntyre (1987, 1994) y Chantal Mouffe (1999, 2012) previenen sobre los peligros autoritarios o totalitarios de una única idea normativa del bienestar general, a disposición del monopolio estatal de la violencia. Por tanto, promueven la legitimidad de un vasto campo imaginario, sembrado de un sinfín de concepciones específicas y diferentes de la “vida buena”.

No obstante, MacIntyre advierte que la noción liberal centrada en la ausencia de coerciones y el Estado mínimo, ha sido también una moderna concepción particular del bien común, terriblemente hegemónica [28] , disfrazada con los ropajes de la falsa neutralidad de lo público: “El bien que está por encima de todo para el liberalismo no es ni más ni menos que el sostenimiento continuado del orden social y político liberal” (1994: 327). Desde su óptica, la neutralidad democrática del espacio público será factible cuando seamos capaces de promover una correcta universalidad de la ciudadanía (que no una ciudadanía universal, como veremos más adelante con Iris Marion Young), así como de alejar la discusión sobre la “vida valiosa” de las racionalidades estatal y mercantil; lo cual implica acercarla a la ética de las virtudes, más dada a florecer en los pequeños espacios socio-comunitarios “aristotélicos”.

En esta misma línea, Belín Vázquez y César Pérez ( 2009) cuestionan la cosmovisión unívoca, totalizadora, colonial, mecanicista y homogeneizadora de ciudadanía que ha imperado en la Ciencias Sociales durante los dos últimos siglos. A contrapelo, proyectan una revalorización de la diferencia, lo particular diverso, las sociabilidades marginadas ahora emergentes, el “nosotros inclusivo”, intereses compartidos signados por su esencia ética… “En suma, la comprensión de nuevas-identidades y otras-ciudadanías es, como tal, un proyecto político de reinvención de las subjetividades sociales como acto ético, en el que se re-encuentran las comunidades de diferentes” (Vázquez & Pérez, 2009: 665) .

Tales reflexiones entronizan con las ideas mouffianas en torno a la ciudadanía democrática radical, su carácter ético y necesaria compatibilidad con el pluralismo moral. A juicio de esta autora, más que un estatus legal, debe asumirse a la ciudadanía como un tipo de identidad política no dada empíricamente ni unitaria, sino en permanente construcción, intersectada por numerosas posiciones objetivas y subjetivas, precarias por naturaleza:

Lo que compartimos y hace de nosotros ciudadanos de un régimen democrático liberal no es una idea sustancial del bien común, sino un conjunto de principios políticos específicos de esa tradición: los principios de libertad constituyen lo que, de acuerdo con Wittgenstein, podemos llamar “gramática” de la conducta política. Ser un ciudadano es reconocer la autoridad de tales principios y las reglas en las que se encarna, hacer que sean ellos los que den forma a nuestros juicios y a nuestras acciones. Estar asociados en función del reconocimiento de principios democráticos liberales: este es el significado de ciudadanía que yo quisiera proponer. (Mouffe, 1999: 96)

Como vemos, en esta definición de ciudadanía se transita de la condición jurídica formal (ciudadano pasivo, receptor de derechos y amparado por la ley) a una dimensión cultural: la identidad [29] , categoría que alude a vínculos (inter)subjetivos –pertenencia, afinidad, autodefinición, representaciones– entre el individuo y la comunidad (en este caso política).

En función de la operatividad y legitimidad de su propuesta, esta autora rescata las tesis de Carl Schmitt (2001) acerca de la irreductible conflictividad del campo político [30] , y les da un giro radical con su noción de “pluralismo agonístico”. La política democrática jamás podrá suprimir los conflictos inherentes a ella –sostiene Mouffe–, ni siquiera mediante la deliberación, el debate racional o el falso consenso [31] . Por lo cual se trata de crear una cultura de la tolerancia, compartida en las prácticas sociales, que asuma al “otro” como un “adversario legítimo” y no como un enemigo a destruir. El adversario es “alguien cuyas ideas combatimos pero cuyo derecho a defender dichas ideas no ponemos en duda”, porque compartimos con él la “adhesión a los principios ético-políticos de la democracia liberal: la libertad y la igualdad”, insiste Mouffe (2012: 114-115).

Ella contrasta dos tipos de antagonismo: a) el antagonismo que tiene lugar entre enemigos (personas que no construyen una esfera simbólica común; y b) el agonismo: manifestación civilizada del antagonismo, distinguida por establecer una relación entre adversarios, definidos de manera paradójica como “enemigos amistosos”. Los adversarios devienen “enemigos amistosos” porque comparten el mismo espacio simbólico; el cual, empero, quieren organizar de modos diferentes (Mouffe, 2012).

La interpretación mouffiana de la ciudadanía como una identidad política continuamente (re)creada mediante la identificación con la respublica [32] y el respeto de sus reglas, implica –como ya dijimos–, que las personas pueden tener disímiles concepciones particulares del bien (competitivas entre sí) y comprometerse en varias empresas a la vez, cada una con distintas finalidades y temporalidades. Y añade Mouffe:

La ciudadanía no es sólo una identidad entre otras, como en el liberalismo, ni la identidad dominante que se impone a todas las otras, como en el republicanismo cívico. Es un principio de articulación que afecta a las diferentes posiciones subjetivas del agente social (…), aunque reconociendo una pluralidad de lealtades específicas y el respeto a la libertad individual. (1999: 101)

Con la mención a la ciudadanía como lealtad y responsabilidad, y la constante alusión a su esencia ética, estos últimos autores reseñados ( MacIntyre , Vázquez & Pérez , y Mouffe), entre muchos otros, aluden a un aspecto específico de su dimensión cultural de importancia atávica: la virtud cívica. La fuerte carga moral de este término lo distingue de su par normativo: obligaciones. De acuerdo con Yolanda Mayenberg (1999), l a lealtad en este caso se refiere a un tipo de adscripción emocional y fidelidad hacia las estructuras políticas y los valores colectivos que las legitiman. Entretanto, la responsabilidad alude al compromiso con los otros y con las normas establecidas, el cual nos compele a cumplir con lo prescrito y comportarnos de modo positivo.

Entre las virtudes ciudadanas se incluyen la autosuficiencia económica, la participación política e incluso la propia civilidad (Kymlicka & Norman, 1997). Según el liberal William Galston [33] (1991), las virtudes necesarias para hacer un ejercicio responsable de la ciudadanía pueden agruparse en cuatro conjuntos: a) virtudes generales: lealtad, coraje, cumplimiento de la ley; b) virtudes sociales: independencia, apertura mental; c) virtudes económicas: ética del trabajo, capacidad de postergar las gratificaciones, adaptabilidad a los cambios económicos y tecnológicos; y d) virtudes políticas: disposición a no hacer exigencias desmedidas, facultad y disposición para evaluar el desempeño de los representantes políticos, disposición a participar en el debate público, capacidad de validar y respetar los derechos de los demás, por sólo mencionar algunas.

2.23 Dimensión utópica

Muy ligadas al respeto de los derechos del “otro”, encontramos tres perspectivas relativamente recientes del tema de marras: la ciudadanía cultural, la ciudadanía diferenciada y la ciudadanía multicultural [34] , cuyos contenidos clasifico como la dimensión utópica de la ciudadanía, debido a su naturaleza prospectiva y redistributiva. A los teóricos defensores de estas posturas, Will Kymlicka y Wayne Norman (1997) les llaman “pluralistas culturales”. Los une el afán de justicia social: la reivindicación de los derechos específicos de grupos minoritarios “diferentes”, frente a esa ciudadanía universal y cosmopolita que exponían Vázquez y Pérez ( 2009). Esto es: aunque mujeres, negros, emigrantes, minusválidos, minorías étnicas y religiosas, pueblos aborígenes y personas con orientaciones sexuales no heterosexuales… poseen el estatus legal de ciudadanos y disfrutan de los derechos comunes y la protección de la ley, perviven excluidos de la cultura compartida y oprimidos; “no sólo a causa de su situación socioeconómica sino también como consecuencia de su identidad sociocultural: su ʻdiferenciaʼ” (Will Kymlicka y Wayne Norman, 1997: 27).

Los defensores de la ciudadanía cultural (Turner, 1994; Aceves, 1996-97) apuestan por una reinterpretación del concepto en términos culturales, en la cual grupos tradicionalmente marginados del poder político reclaman la expansión de su derecho a ser miembros plenos de la sociedad mayor (o sea, tomar parte en las decisiones); pero a partir del completo reconocimiento de sus marcas particulares, tales como lenguaje, cultura, raza, costumbres. Implica una tensión dinámica entre el complejo binomio diferenciación-integración social.

Uno de los promotores de esta variante culturalista, Renato Rosaldo, la ha definido de forma sintética:

El término “ciudadanía” enfatiza la participación en la política nacional y local; incluye no sólo definiciones legales formales, sino también nociones locales e informales de afiliación, derecho e influencia. El término “cultural” subraya las definiciones locales de comunidad e identidad, particularmente las de los grupos minoritarios. (Citado por Aceves, 1996-97: 9)

La célebre noción de ciudadanía diferenciada promovida por Iris Marion Young [35] presenta varios puntos de contacto con el modelo anterior. Sin embargo, esta autora respalda una idea de igualdad ponderada a partir de lo grupal: los derechos colectivos sobre los individuales. Hasta hoy siempre ha existido un “clan” mayoritario hegemónico, privilegiado –esgrime Young–, que, al abrigo de una concepción de la ciudadanía universal, totalizadora, impone sus condiciones de dominación a los grupos minoritarios, injustamente oprimidos, incapacitados de desplegar sus identidades y experiencias particulares.

Una repolitización de la vida pública no debiera exigir la creación de un ámbito público unificado en el que los ciudadanos/as dejen de lado sus afiliaciones, historias y necesidades grupales particulares para discutir un interés general o bien común. Ese deseo de unidad suprime pero no elimina las diferencias y tiende a excluir algunas perspectivas del ámbito público. Lo que necesitamos, en lugar de una ciudadanía universal entendida como mayoría, es una ciudadanía diferenciada en función del grupo y, por tanto, un ámbito y un sector público heterogéneo. En un ámbito y un sector público heterogéneo, las diferencias se reconocen y aceptan públicamente como irreducibles. (Young, 1996: 107)

Esta autora plantea que una solución parcial del problema podría provenir de una reforma institucional más inclusiva y participativa, que promueva en las instancias de decisión política el reconocimiento explícito y la representación proporcional de los grupos sometidos. A este pluralismo de grupos de presión e interés, le ha llamado “coalición tipo arco iris”, donde cada uno de los grupos integrantes afirma la legitimidad de los demás, así como la especificidad de su experiencia y perspectiva acerca de los asuntos sociales. “Por tanto, cada grupo mantiene autonomía en relación a sus miembros y electores y los cuerpos y procedimientos decisorios son los que garantizan la representación de grupo” (Young, 1996: 115).

A tal efecto resulta cardinal la implementación de políticas diferenciadas compensatorias que atiendan y revaloricen las capacidades, necesidades, valores y estilos cognitivos especiales [36] de estos grupos minoritarios; lo cual “exigirá pensamiento creativo y flexibilidad, habida cuenta de que no existen modelos a seguir” (Young, 1996: 115). La tesis central conlleva una radicalización del viejo reclamo de justicia [37] de Marshall, asentada sobre el derrumbe del paradigma de la “neutralidad”, al develar los sesgos comprensibles de los patrones vigentes de medición o evaluación de las diferencias.

Los críticos de esta perspectiva le han señalado dos problemas principales: 1) el riesgo de subvertir el potencial integrador de la ciudadanía, su sentido de comunidad y valores compartidos, al estimular el “atrincheramiento” de los grupos detrás de sus diferencias, la desconfianza mutua y la “reivindicación insaciable” (Heater, 2007); y 2) ante el peligro de la proliferación incontrolable de representaciones grupales, ¿qué indicadores servirán para determinar cuándo un grupo de ciudadanos diferenciado merece la autonomía, la representación política en las instituciones gubernamentales y el poder de vetar las políticas que los afectan?

Al primer señalamiento responde Young, cuando asevera que el nivel de autoorganización democrática del grupo (mecanismos deliberativos, participación directa, decisiones colectivas) es uno de los aspectos a considerar en un principio de representación. Y agrega:

Los universalistas consideran que es una contradicción afirmar a la vez que los grupos antaño segregados tienen derecho a la inclusión y también a un tratamiento diferencial. Sin embargo, no existe contradicción alguna cuando hay que atender a la diferencia para posibilitar la participación y la inclusión. Los grupos con diferentes circunstancias o formas de vida deberían ser capaces de participar conjuntamente en instituciones públicas sin perder sus distintas identidades o padecer desventajas a causa de ellas. El objetivo no es proporcionar una compensación especial a los que se apartan de la norma hasta que logren la normalidad, sino desnormalizar la forma en que las instituciones formulan sus reglas revelando las circunstancias y necesidades plurales que existen, o que deberían existir, en ellas. (1996: 124)

Sobre el segundo reparo, su argumentación asume tintes más ambiguos: la representación debería contemplarse siempre que “la historia y situación social del grupo proporcionen una perspectiva particular sobre estos asuntos, cuando resulten afectados los intereses de sus miembros y, por último, cuando sea improbable que sus percepciones e intereses puedan expresarse de no contar con dicha representación” (Young, 1996: 116). En cualquier caso, aclara, tampoco es necesario garantizar la representación de todos los grupos en todos los ámbitos públicos y en la totalidad de las discusiones políticas.

A juicio de Will Kymlicka y Wayne Norman (1997), estas contradicciones son muy serias y merecen un replanteamiento del “pluralismo cultural”. Observan que tanto Young como sus críticos tienden a trastocar las siguientes facultades legales: a) derechos especiales de representación (exigidos por grupos tradicionalmente desfavorecidos); b) derechos de autogobierno (reclamos de autonomía por parte de minorías nacionales con historias compartidas) [38] ; y e) derechos multiculturales (en beneficio de inmigrantes y comunidades religiosas que exigen integrarse a la sociedad global). “Cada uno de estos tipos de derecho tiene consecuencias muy diferentes sobre la identidad ciudadana” (Kymlicka & Norman, 1997: 30); si bien pueden superponerse cuando algunos grupos reclaman varios de ellos al mismo tiempo.

En defensa de la ciudadanía multicultural, Kymlicka y Norman resaltan que la demanda de derechos de representación multiculturales [39] es más una convocatoria a la inclusión que a la fragmentación o la ingobernabilidad. Si bien, admiten que “los reclamos de autogobierno plantean un problema tanto a los partidarios de la ciudadanía común como a los defensores de la ciudadanía diferenciada” (1996: 35), debido al potencial aumento de los deseos de secesión. Tópico relacionado con una categoría sobre la que debemos profundizar: la gobernabilidad.

2.3 La crisis del mundo de Sofía o la ingobernable conflictividad del ser

“Mamá, podríamos cambiar de presidente” , la insólita pregunta disparada a quemarropa dejó perpleja a la joven madre mexicana. Su hija Sofía, una niña de apenas 11 años, llevaba varios días pendiente de las noticias sobre los 43 estudiantes desaparecidos en el estado de Guerrero, hasta que decidió salir a la calle a reunir firmas en un pliego de hojas titulado: “Personas que quieren la renuncia de Peña Nieto”. Tras reponerse de la sorpresa, la madre de Sofía fue la primera en refrendar el petitorio, acompañó a su niña en su labor recopilatoria y promovió activamente la campaña en las redes sociales [40] , a pesar de su escepticismo: “Fui incapaz de decirle que no lo hiciera, que era casi imposible. No puedo cortarle las alas”.

¿Por qué una ciudadana mexicana piensa que es “casi imposible” cambiar al presidente electo antes de que termine su mandato? ¿Podría catalogarse de excesiva la moción de Sofía? ¿Demandas como esa generan problemas de gobernabilidad? ¿Tienen la gobernabilidad y la participación política una relación inversamente proporcional? ¿A qué cultura política le ha “cortado las alas” la democracia liberal moderna? ¿Qué orden social, político y simbólico le vamos a legar a la generación de Sofía?

Tales interrogantes, junto a otros percutores, motivan la redacción de este epígrafe que, con la pretensión de aproximarse a respuestas tentativas, ex amina la naturaleza, los límites, alcances e interacciones del concepto de gobernabilidad. Nos interesa la gobernabilidad por su estrecha interrelación teórico-práctica con la cultura y la participación políticas, y con la democracia, por supuesto. Nuestro propósito es aportar una diminuta “cuchara” que ayude a los futuros ciudadanos como Sofía a “mover montañas”. A lo largo de la sección repasamos las características principales de esta categoría y exponemos, de manera crítica, algunos de los enfoques planteados en torno a ella. Por último, presentamos una concepción propia de la problemática teórica disputada y un posible sentido práctico de tal interpretación.

2.31 Democracia: más que una forma de gobierno

Resulta pertinente comenzar describiendo el entorno institucional en el que se inserta la decisión de la pequeña Sofía de exigir la renuncia del actual presidente Enrique Peña Nieto. En México hace muchos años se decidió formalmente [41] organizar la coexistencia humana a partir de los principios, fórmulas, reglas, leyes y estructuras de la forma de gobierno más extendida en el mundo durante los últimos dos siglos: la democracia representativa, constitucional, moderna, pluralista, entre otros apelativos endilgados. Quizás el apellido que mejor le quede sea el de democracia liberal, a pesar de la paradoja observable en tan polémica fusión:

Considerar su articulación como el resultado de una configuración paradójica permite visualizar la tensión entre ambas lógicas de un modo positivo, en lugar de verla como algo que conduce a una contradicción destructiva. En vez de eso, sugiero que el hecho de reconocer esta paradoja nos permite comprender cuál es la auténtica fuerza de la democracia liberal. (Mouffe, 2012: 26)

Al abundar sobre el tema, esta autora explica que es crucial comprender la particular especificidad de la democracia moderna, una variante política que combina en su seno la tradición liberal (imperio de la ley, defensa de los derechos humanos y respeto a la libertad individual) con la tradición democrática (igualdad, identidad entre gobernantes y gobernados, y soberanía popular). No obstante, Mouffe sostiene que no debemos asumir la tensión entre democracia y liberalismo como una relación de negociación, sino de contaminación; una vez acopladas, la una cambia la identidad del otro, y viceversa: “Al impedir el pleno desarrollo de sus respectivas lógicas, esta articulación representa un obstáculo para su completa realización; tanto la perfecta libertad como la perfecta igualdad se vuelven imposibles” (Mouffe, 2012: 27). Como bien resumiría C. B. MacPherson:

La democracia fue el decorado final de la sociedad capitalista de mercado. Aquella tuvo que acomodarse a la base que ya había sido preparada por la operación de la sociedad competitiva, individualista de mercado, y por la operación del estado liberal que sirvió a esta sociedad mediante un sistema de partidos que competían libremente entre sí, pero que no tenían un carácter efectivamente democrático. Fue el estado liberal el que se democratizó, y en este proceso la democracia se hizo liberal. (1979: 5)

También Norberto Bobbio (1986) advierte la estrecha interdependencia entre este dupla, cuando alega que el Estado liberal no fue solamente el supuesto histórico sino también jurídico del Estado democrático. A su entender, son necesarias ciertas libertades para el ejercicio apropiado del poder democrático; y, a su vez, este último resulta indispensable para garantizar la existencia y perdurabilidad de las libertades fundamentales. “En otras palabras: es improbable que un Estado no liberal pueda asegurar un correcto funcionamiento de la democracia, y por otra parte es poco probable que un Estado no democrático sea capaz de garantizar las libertades fundamentales” (1986: 15-16).

Expuesta esta lúcida interpretación, podemos aclarar que, en principio, la democracia liberal se refiere a un esquema de ordenamiento de la convivencia social cimentado sobre el respeto a los derechos humanos; pero identificado, sobre todo, con el procedimiento republicano de acceso al poder: las elecciones. “La historia de las naciones democráticas contemporáneas ha sido, en buena medida, la historia de sus elecciones” ( Aguirre et al, 1997).

Como sistema que racionaliza la búsqueda, ejercicio y pérdida del poder (Martínez, 2001), en la práctica los defensores de este régimen político han concentrado sus esfuerzos en sublimar la importancia de la validez y transparencia del proceso electoral de distribución de los cargos políticos, y no tanto en vigilar el posterior cumplimiento de los valores democráticos durante el funcionamiento del poder ejecutivo, léase durante la toma cotidiana de decisiones políticas.

Por cierto, nadie pone en duda el enorme valor del componente normativo de la democracia: “La democracia requiere necesariamente de las reglas pues éstas son el sustento con el cual el poder político se racionaliza: se reduce la incertidumbre, se otorga orden, se determinan las oportunidades, se establecen incentivos y se sancionan violaciones” (Martínez, 2001: 96). Sin embargo, reducirla a eso resulta una ingenuidad a veces no tan ingenua. Por eso, Norbert Lechner (1988) nos convoca a concebir el orden no como la perpetuación de lo existente, sino como su transformación: “En lugar de tomarla por dada hay que asumir la democracia como un futuro problemático” (1988: 16). Con él coincide Darío Salinas:

Entonces la democracia, más allá de ser un régimen y sus instituciones es también un proceso de búsqueda de soluciones integrales a los problemas sociales, políticos y económicos. En sociedades como las nuestras [latinoamericanas], con profundas desigualdades y diferencias sociales, la democracia reclama algo más que elecciones y procedimientos en la perspectiva de hacer posible el logro de un “buen gobierno” y de construir una “buena sociedad. (2006: 104)

Y, en efecto, para varios autores –incluido este investigador–, más que un modelo, una norma, técnica, mecanismo de conducción política o de configuración de la realidad tradicionalmente identificado con el gobierno de las mayorías, la democracia deviene una concepción del mundo, aspiración, valores, supraideología. “Es un ethos, un estilo de vida y un estado de la sociedad” (Moya, 1982: 127). Desborda el plano político e inunda todos los campos de la vida colectiva. Es mucho más que una mera forma de gobierno, pues apuntala también el ordenamiento simbólico de las relaciones sociales.

Es precisamente este factor cultural de la democracia el más ninguneado en la literatura especializada reciente. Razón por la cual, algunos autores prefieran hablar de espíritu democrático, que “es el ánimo de que una sociedad se rija por la democracia, hasta en tanto las distorsiones que impone el mercado no nos conduzcan a soluciones perversas” (Remes, 2001: 23). O mejor: de proceso de democratización, ese fenómeno político que “consiste en abrir cada vez más el proceso de decisión a la intervención y participación del mayor número de protagonistas, hombres de carne y hueso que abanderan intereses y opiniones y despliegan la poliarquía social” (Moya, 1982: 29).

La incapacidad de la actual teoría democrática para hacer frente a la cuestión de la ciudadanía deriva del hecho de que opera con un concepto del sujeto que considera que los individuos son tres cosas: en primer lugar, anteriores a la sociedad; en segundo lugar, portadores de derechos naturales; y en tercer lugar, sujetos a una de estas dos posibilidades: bien la de ser agentes para la optimización de la felicidad, bien la de ser sujetos racionales. En todos los casos son abstraídos de las relaciones sociales y de poder, de la lengua, de la cultura y de todo el conjunto de prácticas que hacen posible la acción. (Mouffe, 2012: 109)

Similar percepción expone Lechner en su libro Los patios interiores de la democracia (1988), dedicado a hurgar en el “sustrato cognitivo-afectivo de la democracia”, en aras de sacar a la luz pública los rincones sórdidos y olvidados de la política. En Ciencias Sociales, a menudo –dice Lechner–, se enfatiza demasiado en la dinámica institucional, las estrategias grupales y los condicionamientos económicos “sin considerar debidamente la experiencia diaria de la gente, sus miedos y sus deseos. Las callejuelas de la vida cotidiana son frecuentemente callejones sin salida, pero a veces permiten vislumbrar la cara oculta de las grandes avenidas” (1988: 19). Al enfatizar en el contenido estructural de la democracia, los teóricos descuidan la relevancia del agente en la producción diaria de la realidad política.

A su vez, Chantal Mouffe advierte que “sólo es posible producir individuos democráticos mediante la multiplicación de las instituciones, los discursos, las formas de vida que fomentan la identificación con los valores democráticos” (2012: 109). A contrapelo, del generalizado individualismo extremo que amenaza al propio tejido social (y el consumismo desenfrenado que desangra al planeta), necesitamos hoy rescatar valores como solidaridad, responsabilidad y compromiso social, tolerancia [42] .

En opinión de expertos como Xavier Arbós y Salvador Giner (1996), la ausencia de los valores mencionados y la confusión moral de las sociedades modernas constituyen el trasfondo que ha minado la legitimidad de los gobiernos democráticos contemporáneos, por consenso académico, una de las principales dimensiones de la gobernabilidad, junto a la eficacia gubernamental y la estabilidad política.

2.32 Gobernabilidad: una definición alternativa al “plano contrapicado”

Como ya es harto conocido, el término gobernabilidad se propagó a toda prisa por la teoría política hace relativamente pocos años; si bien los contenidos que intenta englobar son antiquísimos, pues eran discutidos al menos desde la Grecia Antigua. Fue el polémico Informe del Grupo Trilateral sobre la Gobernabilidad de las Democracias al Comité Ejecutivo de la Comisión Trilateral el primero en poner de relieve la problemática en la década de 1970, sobre todo desde un ángulo negativo: “el dilema central de la gobernabilidad de la democracia” es que “las demandas sobre el gobierno democrático crecen, mientras que la capacidad del gobierno democrático se estanca” (Crozier et al, 1975: 9).

Desde esta perspectiva, el reciente reclamo popular que, en México y otros lares, exigía al presidente Peña Nieto eficacia y transparencia en la búsqueda de los 43 estudiantes desaparecidos, sería una de esas “demandas excesivas” que “sobrecargan” la acción gubernamental, producto de la “expansión democrática de la participación y compromisos políticos” (Crozier et al, 1978: 379). Bajo esta óptica, la democracia contrae per se una disfunción intrínseca: la fragmentación de la sociedad, la disgregación de intereses y el consiguiente surgimiento de disímiles problemas específicos que sobrecalientan el sistema, deslegitiman la autoridad general y generan desconfianza en el liderazgo (como en el caso de la pequeña Sofía).

Uno de los resultados de aquel Informe fue el de prácticamente homologar los términos ingobernabilidad y democracia, basándose en la teoría de que “un exceso de democracia significaría un déficit de gobernabilidad; una gobernabilidad fácil sugiere una democracia deficiente” (Rojas, 1994: 15). Desde esta visión (extrapolada de modo indiscriminado a cualquier contexto), la única protagonista capaz de crear condiciones de gobernabilidad es la elite gobernante, a partir de una determinada ingeniería social y de modificaciones en el nivel legislativo de los sistemas políticos, que restrinjan los “excesos de democracia” y logren reducir la “enorme” carga de expectativas de la gente.

De acuerdo con los ilustrados teóricos de la Trilateral, lo que ha faltado no es consenso sobre las reglas del juego, sino sobre los fines del juego: “La maquinaria de la democracia sigue operando, pero la habilidad de los hombres para operarla, para adoptar decisiones, tiende a deteriorarse” (Crozier et al, 1978: 379). Curiosamente, dicho “deterioro de habilidades” se produce sólo en una egoísta clase subalterna, ensimismada en la defensa de sus intereses y derechos individuales o gremiales ¡Los pobres gobernantes sufren las consecuencias de los desmanes (presiones sociales) de unos gobernados insaciables! A estos impulsores del recetario neoliberal, que no cuestionan el sistema ni a la clase política dominante, habría que preguntarles por qué en tan irreverentes y participativos ciudadanos, como la madre de Sofía, ha calado tan hondo la imposibilidad de revocar al presidente de la Federación. Al parecer la democracia liberal no ha fomentado una cultura política tan democrática.

En años posteriores, otros autores matizan la interpretación unilateral de Crozier et al, cuando refutan que el pluralismo –aceptado e impulsado por la democracia liberal moderna– atente contra la gobernabilidad. Mouffe, por ejemplo, celebra que la mayor diversidad se (re)produzca más en el plano simbólico que en el empírico:

Considerado desde una perspectiva teórica antiesencialista, el pluralismo no es meramente un hecho [43] , algo que debamos soportar a regañadientes o tratar de reducir, sino un principio axiológico. Se juzga constitutivo, en el plano conceptual, de la naturaleza misma de la democracia moderna, y es concebido como algo que deberíamos festejar y promover. (…) Proporciona un estatuto positivo a las diferencias y cuestiona, en cambio, el objetivo de unanimidad y homogeneidad, que siempre se revela ficticio y basado en actos de exclusión. (Mouffe, 2012: 37)

En esa misma ruta, Antonio Camou (2001, 2012) nos ha legado una valiosa reflexión acerca de dos binomios conceptuales medulares en su obra: “gobernabilidad democrática” y “democracia gobernable”, que desbordan la pancista “miopía” trilateral: El nexo entre gobernabilidad y democracia “radica en el principio de la soberanía popular y en sus manifestaciones concretas, como son las elecciones periódicas y la participación ciudadana” (Camou, 2012: 2, cursivas añadidas).

Según este autor, gobernabilidad y democracia mantienen una relación muy estrecha pero tensa, y ponderar una soslayando a la otra puede desencadenar grandes malestares sociales y errores políticos. La democracia debiera propiciar las herramientas idóneas para articular y dirimir de forma pacífica proyectos políticos antagónicos. Si bien la resolución absoluta de los problemas de gobernabilidad desborda por mucho el limitado ámbito de la democracia política [44] .

Que vivimos en una sociedad cada vez más compleja y diferenciada, nadie lo duda. En eso el diagnóstico de la Comisión Trilateral no se equivocó. Como observamos en el epígrafe anterior, en la actualidad no hay una única ciudadanía, sino disímiles ciudadanos, cuyos variados intereses e identidades no pueden encuadrarse dentro de los acotados mecanismos de representación política partidaria tradicional. Pero lo que no alcanzaron a reconocer los expertos neoliberales es la necesidad de perfeccionar las instituciones de la democracia, de complementar los mecanismos representativos clásicos con otros nuevos, eficaces y legítimos procedimientos de intervención política. Ello si se quiere contrarrestar el déficit generado por la concentración del poder en elites económicas, así como la excesiva dilatación de los procesos deliberativos y de toma de decisiones (responsabilidad, dicho sea de paso, del diseño estructural de la democracia liberal y de sus actores encumbrados).

De la línea argumental de Camou podemos atisbar ya algunos rasgos de su modo particular de concebir la gobernabilidad, perfilada en su mejor definición como: “un estado de equilibrio dinámico entre el nivel de las demandas societales y la capacidad del sistema político (Estado/gobierno) para responderlas de manera legítima y eficaz” (2001: 36).

El punto de conexión entre Camou y otro importante teórico de la gobernabilidad, Manuel Alcántara, es su convergencia respecto a que no se trata de una categoría binaria o dicotómica, sino que existen varios grados de gobernabilidad [45] . No obstante, este último enfatiza mucho más en las condicionantes de la gobernabilidad; y así lo patentiza desde su propia delimitación del término: “puede entenderse por gobernabilidad la situación en que concurren un conjunto de condiciones favorables para la acción de gobierno que se sitúan en su entorno (de carácter medioambiental) o que son intrínsecas a este” (Alcántara, 1994: 11, cursivas añadidas).

En su afán por acentuar los determinantes del fenómeno, Alcántara reseña a varios autores que resaltan, entre otros requerimientos básicos para la gobernabilidad, los siguientes: grado de calidad y compromiso de la burocracia, entorno institucional (James Sundquist); capacidad y deseo de los grupos políticos de dirimir sus diferencias en el marco de las instituciones, aceptación de los partidos políticos por parte de otros grupos elitistas –Iglesia, militares, empresarios–, adecuada representación de estos grupos y de los demás ciudadanos por parte de la clase política, creación, preservación y funcionamiento político exitoso de las mayorías (Michael Coppedge); consolidación de la sociedad civil, evolución de la cultura política, comportamiento de la economía, e integración masiva de la sociedad al sistema productivo (Luciano Tomassini); sentido de pertenencia al mismo cuerpo político, creencia en una ley implícita común que todos los ciudadanos están obligados a respetar, es decir, un sistema normativo coherente con las motivaciones de los ciudadanos, incluidas las “minorías vehementes” (Francois Bourricaud).

Otro prestigioso autor cuyo concepto de gobernabilidad apunta al mismo “blanco” que el de Alcántara es Norbert Lechner. Para él la gobernabilidad son “las condiciones de posibilidad de gobernar en el marco de las instituciones y procedimientos democráticos” (1997: 353, cursivas añadidas).

Sin embargo, en ese preciso vórtice de estas sendas definiciones me permito discrepar en dos aspectos. Primero, en mi opinión, constituye un error confundir las condiciones (“favorables” o “de posibilidad”) que rodean a un fenómeno social (o las que él genera) con el fenómeno en sí mismo. Complementa esta observación el atinado señalamiento de Manuel Rojas Bolaños:

Pero al llegar a este punto nos encontramos en un dilema, porque las diversas dimensiones o elementos señalados como requisitos para una gobernabilidad democrática y progresista, apuntan más bien hacia las condiciones sociales de la democracia: la estabilidad económica, desigualdades sociales no muy acentuadas, acceso amplio a los servicios de educación y salud, una cultura política democrática, plena vigencia de los derechos y libertades individuales y legitimidad extendida del sistema político. ¿Conviene entonces seguir en la búsqueda de una hipotética teoría de la gobernabilidad o es mejor volver a plantear el antiguo pero nunca superado problema de los contenidos y las condiciones de sostenimiento de las democracias? (1994: 22)

En segundo lugar, con el acento sobre la “acción de gobierno” (Alcántara) y la “posibilidad de gobernar” (Lechner), ambos autores reproducen en sus respectivos conceptos un sesgo ampliamente extendido en la literatura especializada y que ya le reprochábamos a la Comisión Trilateral: el enfoque centrado en los gobernantes, esa mirada “hacia arriba” conocida en fotografía y cine como “plano contrapicado”.

Similar guiño, aunque mejor disimulado, puede percibirse en la definición de Camou (2001) cuando en su citado “estado de equilibrio dinámico” del sistema político sitúa como contrapeso del Estado/gobierno a una ciudadanía presentada como mera agregadora de demandas (que deben ser respondidas de manera legítima y eficaz por la cúpula en el poder). A decir verdad, concepciones pasivas y secundarias del ciudadano que acotan la participación política a la consulta y adición de demandas, pululan por doquier [46] . Pero, ¿vamos a renunciar por ello a una noción contrahegemónica, compensatoria, que dé cabida y proyección al empeño de Sofía sin desconocer la desigualdad de condiciones y oportunidades?

A la sazón de esta crítica, proponemos asumir la gobernabilidad ya no como una situación, estado o conjunto de condiciones, sino como una relación de poder asimétrica, estable pero muy conflictiva y en permanente reconfiguración, entre gobernantes y gobernados; en la cual ambas partes (incluidos los grupos intermedios o “fronterizos”), bajo las reglas y el espíritu de la democracia, dirimen sus conflictos de intereses, disputan y pactan los términos de la dominación/obediencia, participan de la producción y representación del mundo social, y legitiman el sistema político (sobre todo en el ámbito simbólico), a cambio de un mínimo de garantías económicas, políticas y sociales aceptables para todos.

Obrada la salvedad, vale destacar que Lechner (1997) nos proporciona un aporte cardinal, al subrayar como causa principal de los problemas de gobernabilidad la transformación de la política, la pérdida de su histórica centralidad, de su capacidad de articular/conducir a la sociedad con eficiencia, en definitiva la erosión de su legitimidad. Concordamos con Lechner en que vivimos en un escenario donde cambian las formas de hacer política, las representaciones políticas, y hasta la naturaleza y las fronteras de la política.

A su entender, estos cambios modifican drásticamente la política institucionalizada en cuanto a: 1) la desjerarquización de la política, que se convierte apenas en otro subsistema como los demás (en cambio, prima la economía); 2) informalización de la política, que se desborda hacia otros ámbitos y teje complejas y multiformes redes; y 3) erosión de los “mapas” mentales (cognitivos e ideológicos) para decodificar, ordenar, interpretar la nueva realidad social y, en consecuencia, proyectar nuestras acciones. Con “mapas cognitivos” Lechner (1997) se refiere a la cultura política y nos da pie para profundizar, junto con Bourdieu (2000, 1997), en una de las dimensiones más importantes (y tergiversadas) del campo político. Como bien sabían los “cegatos” teóricos de la Trilateral, los vínculos objetivos de poder se reproducen en las redes de poder simbólico, no sin resistencias.

Inclusive las relaciones de fuerza más violentas comprenden nexos simbólicos. Así la sumisión u obediencia de la mamá de Sofía no sería más que un trance cognitivo, de percepción. Pero, en efecto, porque los agentes, a lo largo de su vida, construyen el mundo social por medio de las estructuras cognitivas, vemos que la niña Sofía no ha asimilado aún dicha “obediencia compartida” y, por tanto, juzga absolutamente posible su propuesta de revocar al presidente. La “hostilidad” de Sofía no ha sido domesticada aún, porque todavía permanece ajena a lógica del mercado político, descrita en la notable definición bourdieusiana del campo político :

No es un imperio dentro de un imperio. (…) La desigual distribución de los instrumentos de producción de una representación del mundo social explícitamente formulada es lo que hace que la vida política pueda ser descrita en la lógica de la oferta y de la demanda: el campo político es el lugar donde se generan, en la competencia entre los agentes que ahí se encuentran, productos políticos, problemas, proyectos, análisis, comentarios, conceptos, acontecimientos, entre los cuales los ciudadanos ordinarios, en el estatuto de “consumidores”, deben luchar, con posibilidades de malentendido tanto más grandes cuanto más alejados estén del lugar de producción. (Bourdieu, 1982: 3)

Como mismo los teóricos de la Comisión Trilateral allanaron el camino para la domesticación neoliberal del ciudadano, hoy nos corresponde a los cientistas sociales honestos reivindicar el libre ejercicio de la soberanía del pueblo y recomponer los “mapas políticos” del ciudadano. Esto es: brindarle a Sofía esos marcos interpretativos conmensurables que cobijen, legitimen y normalicen sus “atrevidos” proyectos políticos.

2.4 Habitus político: el aporte bourdieusiano al estudio de la cultura política

Ahora bien, descubrir unidades observables que aterricen en suelo empírico la elevada estatura conceptual de las categorías analíticas, a menudo resulta una labor peliaguda. A esta fase de retorcidas bifurcaciones, regresé cuando me tocó “desmembrar” la categoría Cultura política, como parte del trabajo de mesa, previo a las faenas de campo. De nuevo tropecé con el escollo de que, si bien resulta una noción harto tratada en la producción científica social, escasean propuestas nítidas sobre cómo operacionalizarla. Reconozco que hallé algunos intentos dignos de tener en cuenta, pero ninguno satisfizo a plenitud mis necesidades epistémico-metodológicas; lo cual deviene en primera instancia una traba hostil, convertida ipso facto en agradable reto.

Fue entonces cuando, casi de manera accidental, un par de textos me revelaron la enorme potencialidad de la teoría de Pierre Bourdieu referida al habitus, como concepto de alcance medio idóneo para coadyuvar al cumplimiento de mi propósito “diseccionador”. Y, aunque por sí solo no constituya la solución mágica al dilema de la operacionalización de la Cultura política (que abarca otras dimensiones como los valores, las representaciones, actitudes y expectativas); ciertamente, sus atributos conceptuales –armonizados de forma tan estrecha con sus correlatos prácticos– nos ofrecen una útil, certera y fiable herramienta teórico-metodológica.

A fundamentar la aserción anterior dedicaremos este acápite, que esperamos sirva de brújula durante futuros bojeos investigativos en torno a los revueltos mares de esta problemática de estudio, tan proclives al naufragio. Comenzaremos definiendo qué entendemos por Cultura. Para, acto seguido, entrar de lleno en la teoría bourdieusiana del habitus y su aplicación al campo político, faceta de su producción intelectual poco desarrollada por sus seguidores. Notaremos que su obra deviene un pródigo nicho de ideas muy interesantes sobre el universo de las relaciones de poder y su particular expresión corporal (mental) en los agentes: la cultura política. Concluiremos con el intento de demostrar que algunos teóricos de la Cultura yerran al homologar la perspectiva bourdieusiana del habitus con el enfoque psicosocial de las representaciones.

2.41 Las dos caras de la moneda cultura: habitus y simbolismo objetivado

Por lo general, cuando uno se refiere a la cultura piensa en el conjunto de símbolos, normas, creencias, ideales, costumbres, mitos y rituales que se trasmite de una generación a otra, y va aportando continuamente los contenidos culturales de la identidad de los miembros de una comunidad. Sabemos, además, que dichos repertorios culturales orientan y otorgan significado a la acción social de los actores.

Y, en efecto, sobre la intrínseca interrelación entre los conceptos de cultura e identidad han disertado diversos pensadores, entre ellos el indiscutible líder británico de los Estudios Culturales, Stuart Hall (1996, 1992) y el destacado académico mexicano Gilberto Giménez (2010, 2005). Ambos insisten en el fundamental rol “guardafronteras” de la identidad a la hora de marcar los lindes entre “Nosotros” y “Los otros”. En su ansia de diferenciar, la identidad blande en su defensa todo el catálogo de rasgos culturales que nos distinguen como individuos socializados. “La identidad no es más que el lado subjetivo (o, mejor, intersubjetivo) de la cultura, la cultura interiorizada en forma específica, distintiva y contrastiva por los actores sociales en relación con otros actores”, reitera a menudo Giménez (2005: 36) en sus textos.

El arribo a estas conclusiones has sido posible gracias al tránsito de un paradigma culturalista: que durante la primera mitad del siglo XX asumía a la cultura como “modelos de comportamiento”, a otro bien distinto que la concibe desde la dimensión simbólica. El padre de este último enfoque es el antropólogo estadounidense Clifford Geertz, quien en su famoso libro The interpretation of cultures, lanzado en 1973, define la cultura como “pautas de significados” y subraya la necesidad de abandonar la interpretación de la cultura basada en “principios universales” o “denominadores comunes” que sesgan y ocultan las particularidades culturales. “Lo que necesitamos es buscar relaciones sistemáticas entre diversos fenómenos, no identidades sustantivas entre fenómenos similares”, sostiene Geertz (1992: 51).

En su intento de lograr una integración entre diferentes tipos de teorías y conceptos desde el terreno antropológico, en aras de “excavar” en las disímiles “capas” de la cultura humana, Geertz propone dos ideas básicas:

La primera es la de que la cultura se comprende mejor no como complejos de esquemas concretos de conducta –costumbres, usanzas, tradiciones, conjuntos de hábitos–, como ha ocurrido en general hasta ahora, sino como una serie de mecanismos de control –planes, recetas, fórmulas, reglas, instrucciones (lo que los ingenieros de computación llaman “programas”)– que gobiernan la conducta. La segunda idea es la de que el hombre es precisamente el animal que más depende de esos mecanismos de control extragenéticos, que están fuera de su piel, de esos programas culturales para ordenar su conducta. (1992: 51)

De ese modo, el norteamericano enfatiza en el plano simbólico de la cultura, ese caudal de significados compartidos que, en su criterio, no resultan meras expresiones “ornamentales” o instrumentos correlativos de la existencia biológica, psicológica y social; sino que son prerrequisitos acumulados o condicionamientos heredados, a su vez, inherentes a todas las prácticas humanas. Con Geertz coincide Pierre Bourdieu (2001), quien suele denominar a esos comportamientos observables “simbolismo objetivado” . John B. Thompson (1998) , les llamaría “formas culturales objetivadas”. “Sin hombres no hay cultura por cierto, pero igualmente, y esto es más significativo, sin cultura no hay hombres”, resumiría Geertz (1992: 55) con un toque magistral.

Ambas formas de la cultura (las objetivadas y las internalizadas) mantienen una relación simbiótica, dialéctica y de complementariedad. Habitus y mundo social se producen mutuamente, y entre ellos median, de manera bilateral, las prácticas sociales (diversas y distintivas, unificadoras y clasificadoras de visiones diferentes). Por tanto, el habitus es, al mismo tiempo, una estructura “estructurante” y estructurada [47] , individual y colectiva, “una subjetividad socializada” (Bourdieu y Wacquant, 2005: 186). Implica un “sentido práctico del juego” de la vida cotidiana, que se adquiere mediante la ocupación duradera de una posición, estatus o condición socioeconómica, en el transcurso de una historia colectiva. “Es a la vez un sistema de esquemas de producción de prácticas y un sistema de esquemas de percepción y de apreciación de las prácticas” (Bourdieu, 2000a: 134).

La definición más acabada de habitus legada por Bourdieu se en­cuentra desarrollada en su libro El sentido práctico ( 2007 ) :

Sistemas de disposiciones duraderas y transferibles, estructuras estructuradas predispuestas a funcionar como estructuras estructurantes, es decir, como principios generadores y organizadores de prácticas y de representaciones que pueden ser objetivamente adaptadas a su meta sin suponer el propósito consciente de ciertos fines ni el dominio expreso de las operaciones necesarias para alcanzarlos, objetivamente ‘reguladasʼ y ‘regularesʼ sin ser para nada el producto de la obediencia a determinadas reglas, y, por todo ello, colectivamente orquestadas sin ser el producto de la acción organizadora de un director de orquesta. (Bourdieu, 2007: 86)

Ahora estamos en condiciones de unificar en una sola definición, los dos fragmentos de Giménez que, en nuestra opinión, mejor fijan los rasgos torales del concepto de Cultura, el cual adoptamos como parte de nuestro esfuerzo expositivo:

Es la organización social del sentido, interiorizado de modo relativamente estable por los sujetos en forma de esquemas o de representaciones compartidas, y objetivado en ‘formas simbólicasʼ, todo ello en contextos históricamente específicos y socialmente estructurados. (…) Puede tener a la vez ‘zonas de estabilidad y persistenciaʼ y ‘zonas de movilidadʼ y cambio. Algunos de sus sectores pueden estar sometidos a fuerzas centrípetas que le confieran mayor solidez, vigor y vitalidad, mientras que otros sectores pueden obedecer a tendencias centrífugas que los tornan, por ejemplo, más cambiantes y poco estables en las personas, inmotivados, contextualmente limitados y muy poco compartidos por la gente dentro de una sociedad. (2010: 37-38)

Tal definición recupera aportes de Michel de Certeau (1999), quien resalta la matriz coyuntural de la cultura y también la subdivide en dos formas complementarias: una más anclada, resistente, estancada, perdurable, rehén de las tradiciones; y otra, en contraste, flotante, marginal, disruptiva, fruto natural de la creatividad humana.

De un lado, se encuentra lo que “permanece”; del otro, lo que se inventa. De una parte hay demoras, latencias, retardos que se apilan en el espesor de las mentalidades, de las videncias y de las ritualizaciones sociales, vida opaca, testaruda, enterrada en los gestos cotidianos, a la vez los más actuales y milenarios. Por otra parte, las irrupciones, las desviaciones, todos esos márgenes de una inventiva de donde las generaciones futuras extraerán sucesivamente su “cultura cultivada”. La cultura es una noche incierta donde duermen las revoluciones de ayer, invisibles, replicadas en las prácticas; pero luciérnagas, y algunas veces grandes pájaros nocturnos la atraviesan, como surgimientos y creaciones que trazan la posibilidad de otro día. (Certeau, 1999: 194)

Las ideas de Giménez y Certeau entronizan con la visión de Clifford Geertz, respecto a la “brecha de información” existente entre los dictados de nuestro cuerpo y aquello que debemos saber para funcionar. Un “vacío” que llenamos por nuestros propios medios, y lo hacemos con información (o desinformación) suministrada por nuestra cultura. En la conducta humana, la frontera entre los controles innatos (naturales o congénitos) y los culturales es una línea borrosa y fluctuante, y casi todos nuestros comportamientos complejos resultan de la interacción entre ambas esferas:

Algunas cosas, en todos sus aspectos y propósitos, están por entero intrínsecamente controladas: no necesitamos guía cultural alguna para aprender a respirar, así como un pez no necesita aprender a nadar. Otras cosas son casi seguramente culturales: no se nos ocurre explicar sobre una base genética por qué algunos hombres confían en la planificación centralizada y otros en el libre mercado, aunque intentar explicarlo podría ser un ejercicio divertido. (…) Nuestras ideas, nuestros valores, nuestros actos y hasta nuestras emociones son, lo mismo que nuestro propio sistema nervioso, productos culturales, productos elaborados partiendo ciertamente de nuestras tendencias, facultades y disposiciones con que nacimos, pero ello no obstante productos elaborados. (Geertz, 1992: 56)

2.42 Cultura política: la hija belicosa de una madre milenaria

Como ya entreveía Geertz, el campo político resulta uno de esos ámbitos artificiales por completo, centro de radiación de infinitos productos culturales “manufacturados” en su núcleo duro, pero flexibles y adaptables a las exigencias particulares de cada individuo. Es un espacio de fuerzas, de luchas orientadas a transformar la estructura cardinal del propio campo: las relaciones de poder; beligerantes vínculos estructurados, coordinados y enfrentados entre los hombres.

En franca contraposición a la categoría aristotélica del zoon politikon, y en concordancia con las ideas de Geertz y Bourdieu, Hannah Arendt (1997) ubica el origen de la política en las relaciones entre los hombres y, por tanto, fuera del ser individual. Desde su perspectiva, la misión de la política es organizar “a los absolutamente diversos en consideración a una igualdad relativa y para diferenciarlos de los relativamente diversos” (1997: 47). En otras palabras, su función es poner orden al interior de grupos humanos con ciertas similitudes étnicas, lingüísticas, de procedencia geográfica, etcétera, (pero todavía heterogéneos); a la vez que regula y sistematiza su relación con otros agrupamientos “exteriores”, aún más diversos. “ Cuantos más pueblos haya en el mundo, vinculados entre ellos de una u otra manera, más mundo se formará entre ellos y más rico será el mundo” (Arendt, 1997: 118).

A juicio de la filósofa alemana, la clave del ámbito político estriba en la participación activa de los agentes, que con su involucramiento decisivo (actividad política) otorgan a las tramas, instituciones y dinámicas sociales un significado y una durabilidad deseada, así como un poder social, superior a cualquier fuerza individual. La preocupación central de la política es el mundo de las “cosas” creadas por los hombres mediante el mutuo entendimiento; mundo que los condiciona y media entre ellos: los reúne y a la vez los separa.

En total consonancia con este pensamiento arendtiano, Bourdieu (2000a) insiste en que una de las dimensiones más importantes del campo político es la cultural, pues las relaciones objetivas de poder tienden a reproducirse en las relaciones de poder simbólico. Y en una variante politizada del constructivismo estructuralista de Geertz, el sociólogo francés afirma:

La experiencia primera del mundo del sentido común, es una relación políticamente construida, como las categorías de percepción que la hacen posible. Lo que hoy en día se manifiesta de un modo evidente, más allá de la conciencia y de la elección, ha constituido, a menudo, el envite de luchas y no se ha instituido más que tras enfrentamientos entre dominantes y dominados. (Bourdieu, 1997: 120)

Más que converger con otros autores (Schmitt, 2001; Mouffe, 1999; Arendt, 1997) en resaltar la conflictividad inmanente de los procesos políticos, Bourdieu (al igual que Gramsci) pone el acento en el aspecto simbólico de la dominación. Desde su punto de vista, la dominación no es consecuencia directa de la acción ejercida por un elite de agentes (la clase dominante) investidos de poderes de coacción física; sino el efecto indirecto de un complejo de acciones engendradas “en la red de las coacciones cruzadas a las que cada uno de los dominantes, dominado de este modo por la estructura del campo a través del cual se ejerce la dominación, está sometido por parte de todos los demás” (Bourdieu, 1997: 51).

Según este enfoque, hasta las relaciones de fuerza más brutales contraen en su esencia relaciones simbólicas, y la sumisión u obediencia no son más que actos cognitivos que activan unas categorías de percepción, pletóricas de principios de visión y de división. Los agentes construyen el mundo social por medio de las estructuras cognitivas.

Y es en este preciso punto donde la teoría bourdieusiana acopla a la perfección con nuestra manera de entender la Cultura Política, y nos aporta la valiosa herramienta del habitus para completar la operacionalización de ese gran constructo de la ciencia política. Pero veamos primero nuestra definición de Cultura Política: combinación de sentimientos, representaciones, significados, valores, convicciones, habitus, expectativas, orientaciones, actitudes…, en fin: esquemas y construcciones simbólicas de origen social acerca de la política, los cuales, mediante un proceso dialéctico de internalización/externalización (Bourdieu, 1977, Berger y Luckmann, 2001) guían y otorgan sentido social a la actuación individual en la esfera pública. Con la acción política mantiene una relación estrecha y recíproca. Deviene una parte específica del campo cultural más general y, por ende, resulta constantemente reconstituida. Incluye una dimensión utópica: el universo de los sueños, anhelos y aspiraciones, a veces, enigmático y oscuro para los propios portadores. [48]

La Cultura política es un concepto, que a diferencia de otros como ideología, actitud y opinión, posee gran alcance y perdurabilidad. Gabriel Almond y Sidney Verba (1970) desarrollaron una matriz que vincula las orientaciones hacia la política con los objetos propiamente políticos (estructuras, actores y procedimientos) que las despiertan, y clasificaron dichas orientaciones en tres grandes tipos: cognoscitivas, afectivas y evaluativas. De acuerdo a este modelo, una cultura política será más democrática mientras mayor preeminencia tengan los componentes cognoscitivos sobre el resto, y cuantas más iniciativas propositivas (y no sólo reactivas) muestre la población ante el desempeño gubernamental.

A esta visión ortodoxa y racionalista (funcional a un paradigma de democracia débil), se oponen profesores mexicanos como Esteban Krotz (1996) y Rosalía Winocur (2002), que alertan sobre la ausencia de una relación directa y mecánica entre cultura y estructura, entre universo simbólico y conducta; aunque los cambios en una afecten a la otra, no se producen de manera sincrónica ni proporcional. En esa cuerda, Ángela Giglia y Winocur señalan que es “en el juego de tensiones que se crea en la imbricación de lo formalmente instituido con lo informalmente legitimado, donde cada día los ciudadanos construyen su concepción de la política, como espacio de negociación y transacción de sus necesidades básicas” (2002: 93).

Este principio de “construcción tensa” es uno de los elementos constitutivos del habitus, en su rol estructurante y estructurador: “Una ley tácita (nomos) de la percepción y de la práctica constituye la base del consenso sobre el sentido del mundo social (…), la base del sentido común” (Bourdieu, 1997: 129). Ahora bien, esas estructuras simbólicas incrustadas en todas las mentes socializadas de tal forma que son al unísono individuales y colectivas, se vislumbran como herramientas analíticas adecuadas para, a partir de la investigación empírica, aprehender las formas simbólicas de la organización social del sentido interiorizadas de modo relativamente estable por los sujetos (ver concepto de Cultura adoptado antes).

Al apropiarse de los calificados instrumentos que la tradición estructuralista aporta para pensar los hechos simbólicos como sistemas, Bourdieu nos lega, sin proponérselo explícitamente, un concepto de alcance medio ideal para instrumentar el estudio de la Cultura, en general, y por supuesto de su belicosa hija: la cultura política. La proximidad semántica entre la noción de habitus y su objeto de representación, libre de pretensiones de universalismos abstractos, la convierte en un recurso teórico-metodológico útil, aunque no suficiente, a la causa de la operacionalización de la cultura política. A ello se les suman las posibilidades que brinda el habitus político para articular de manera armónica la interpretación psicológica del comportamiento individual con el estudio macrosociológico de comunidades, organizaciones e instituciones políticas: “La sumisión al orden establecido es fruto del acuerdo entre las estructuras cognitivas que la historia colectiva (filogénesis) e individual (ontogénesis) ha inscrito en los cuerpos y en las estructuras objetivas del mundo al que se aplican” (Bourdieu, 1997: 118).

Este “valor añadido” del concepto de habitus constituye una interpretación propia, quizá no pretendida por Bourdieu; pero que nos resulta en extremo provechosa para enfrentar este estudio en perspectiva comparada, dada su naturaleza relacional (individuo-sociedad). Su potencialidad se revela, por ejemplo, cuando el autor de La Distinción explica cómo el orden simbólico político se sustenta sobre la imposición a los agentes de disposiciones cognitivas (habitus político) que deben buena parte de su consistencia y resistencia al hecho de ser –o al menos aparentar ser–, coherentes, sistemáticas y evidentemente consonantes con las estructuras objetivas del mundo social. “Esta consonancia inmediata y tácita (en todo opuesta a un contrato explícito) fundamenta la relación de sumisión dóxica que nos ata, a través de todos los lazos del inconsciente, al orden establecido” (Bourdieu, 1997: 119).

A través del marco que impone a las prácticas, el Estado instaura e inculca unas formas y unas categorías de percepción y de pensamiento comunes, unos marcos sociales de la percepción, del entendimiento o de la memoria, unas estructuras mentales, unas formas estatales de clasificación. Con lo cual crea las condiciones de una especie de orquestación inmediata de los habitus que es en sí misma el fundamento de una especie de consenso sobre este conjunto de evidencias compartidas que son constitutivas del sentido común. (Bourdieu, 1997: 117)

El comportamiento obediente respecto a los imperativos del aparato estatal, no ha de ser asumido como sumisión mecánica al “monopolio de la violencia física” weberiano, ni como asenso consciente a un ordenamiento. Para Bourdieu (2001) el mundo social está lleno de “llamadas al orden” que sólo cumplen tal cometido para aquellos que están predispuestos a percibirlas a través de disposiciones corporales profundamente arraigadas (habitus político). Este proceso, por lo general, nada tiene que ver con un pensamiento racional, consciente o utilitarista. Al respecto converge Norbert Lechner:

El orden que interiorizamos como enteramente recibido es, simultáneamente, aquel orden que nos permite un consentimiento sin reservas. Por el contrario, el orden producido por nosotros exige ser descifrado y, por tanto, nos cuesta reconocernos en él. Además, sus mecanismos nos desbordan y finalmente sufrimos sus resultados sin saber controlarlos. En tanto que el orden que recibimos es a la vez un destino que nos acoge, el orden que producimos deviene un futuro que se nos escapa. (1988: 138-139)

Para comprender a cabalidad la sumisión eficiente que consigue la maquinaria ideológica estatal, es necesario alejarse del intelectualismo de la tradición neokantiana –nos advierte el sociólogo galo– y entender que las estructuras cognitivas no son formas de la conciencia sino disposiciones corporales más insondables e irracionales. Así lo advierte también Lechner, cuando escarba en las configuraciones subjetivas que subyacen a la globalizada conciencia moderna: “Pareciera más adecuado pensar en una sobreposición de estructuras mentales similar a capas geológicas” (1988: 160). En la medida en que la racionalidad formal-instrumental no consigue una sólida integración simbólico-normativa de la sociedad –asevera este autor–, suele aflorar una “conciencia gnóstica” más metafísica: “La fe en lo trascendente resurge como sucedáneo de los principios de racionalidad y universalidad. (…), la gente resucita un principio trascendente para cerciorarse de su identidad colectiva” (1988: 161).

2.43 Habitus ≠ Representaciones

La categórica distinción que hace Bourdieu entre habitus y “formas de conciencia” nos da pie al último segmento de este apartado, donde criticaremos con argumentos bourdieusanos la tendencia de un par de teóricos sociales a homologar la teoría del habitus y la de las representaciones sociales. Ellos son el belga Willem Doise (1991) y el propio Gilberto Giménez (2005). Para ejemplificar, veamos lo que manifiesta Giménez en su muy citado artículo La concepción simbólica de la cultura:

La conclusión a la que queremos llegar es la de que el paradigma de las representaciones sociales –homologable, como queda dicho, a la teoría del habitus de Bourdieu– es una de las vías fructíferas y metodológicamente rentables para el análisis de las formas interiorizadas de la cultura, ya que permite detectar esquemas subjetivos de percepción, de valoración y de acción que son la definición misma del habitus bourdieusiano y de lo que nosotros hemos llamado cultura interiorizada. (Giménez, 2005: 84, énfasis añadido)

Aunque reconocemos que ambos paradigmas tienen muchos puntos de contacto, creemos que no es completamente correcto, desde un punto de vista epistemológico y metodológico, equipararlos en una relación de igualdad; pues, más allá de las semejanzas, estos enfoques no llegan a solaparse por completo; cada uno posee numerosas especificidades distintivas y filones de análisis diferentes. Es cierto que tanto las representaciones como las estructuras corporales que conforman el habitus, pasan por el sistema cognitivo y generan tomas de postura (actitudes) del agente en relación al mundo de la vida. También que ambas devienen una especie de pensamiento constituido estable, el cual interviene en la estructuración de los discursos y prácticas políticas de los actores; y, por ello mismo, se convierte, a la vez, en pensamiento constituyente que moldea la producción de la realidad política (Ibáñez, 1988).

Sin embargo, el propio Bourdieu asigna a las representaciones un papel más “superficial”, racional y perecedero; en cambio, concibe el habitus con unas raíces más hondas en las creencias, en el irracional “mundo objetivo de segundo orden” (Bourdieu & Wacquant, 1995: 18-19) y, por tanto, con una perdurabilidad mucho mayor. Tal concepción puede apreciarse en la siguiente cita:

El marxismo se veta la comprensión de esta sumisión dóxica de los dominados a las estructuras de un orden social, cuyo fruto son sus propias estructuras mentales, al permanecer encerrado en la tradición intelectualista de los filósofos de la conciencia: en la noción de “falsa conciencia” que invoca para dar cuenta de los efectos de dominación simbólica, “conciencia” es lo que sobra, y hablar de “ideología” es situar en el orden de las representaciones, susceptibles de ser transformadas por esta conversión intelectual a la que llamamos “toma de conciencia”, lo que se sitúa en el orden de las creencias, es decir en lo más profundo de las disposiciones corporales. (Bourdieu, 1997: 118, énfasis añadido)

En ese sentido convenimos, entonces, con Silvia Piñero que ve entre ambas categorías una relación de complementariedad: “Las representaciones juegan un papel determinante en la conformación del habitus, pues constituyen los lentes a través de los cuales el agente lo construye, a la vez que esa misma realidad marca el contenido de esas representaciones ” (Piñero, 2008: 14).

En contraste con Giménez y Doise, esta autora llega inclusive a incluir a las representaciones dentro del radio de acción de la teoría del habitus: “ Podemos afirmar que las representaciones sociales que el agente posee acerca de la infinidad de objetos que le rodean conforman un segmento de su habitus; al cumplir una función orientadora de las prácticas sociales, las representaciones guían las acciones que un agente realiza en torno a un objeto en particular” ( Piñero, 2008: 15 ). Postura un poco más cercana a la perspectiva de Bourdieu; pero que tampoco compartimos del todo, por las razones antes expuestas respecto a la diferente naturaleza de ambas nociones.

Esperamos con estas breves reflexiones contribuir a una mayor difusión de los recursos prácticamente “vírgenes” que nos aporta la teoría social de Bourdieu, para el estudio de los fenómenos políticos. En su obra aguardan por ser explotadas muchísimas ideas innovadoras, críticas, renovables, comprometidas y, sobre todo, siempre promotoras de la sospecha audaz:

Este “racismo de la inteligencia” puede estar en la raíz de numerosas tomas de posición de apariencia generosa en materia cultural y política. Particularmente de la propensión a exigir o a celebrar las virtudes universales olvidando trabajar en universalizar las condiciones económicas y sociales de acceso a lo universal. En una palabra, que será la palabra del final, yo diría solamente que nada debe estar al abrigo de la crítica sociológica, incluso y sobre todo los intelectuales críticos. (Bourdieu, 2000b: 35)

2.5 La dimensión práctica de la ciudadanía: participación

Hasta aquí hemos recorrido grosso modo algunas de las diversas interrelaciones intrínsecas a las nociones de cultura y participación políticas. Fenómenos socio-políticos imbricados en un torbellino conceptual, cuyo centro de circulación teórica es, sin dudas, el poder. Democracia, descentralización, autonomía, representación, ciudadanía, gobernabilidad, obediencia..., son concepciones que giran en torno a un mismo eje político: el mayor o menor acceso al poder, comprendido “más como una red productiva que atraviesa todo el cuerpo social que como una instancia negativa que tiene como función reprimir” [49] ( Foucault, 1979: 182) .

Los procesos participativos se inscriben también dentro del rejuego de las relaciones de poder y las luchas políticas, cualquiera que sea su ámbito de concreción. Ningún subsistema del conjunto social permanece aislado de los otros, ajeno a la constante y creciente interdependencia mutua. Así, vemos cómo determinada participación empresarial puede adquirir ribetes políticos más relevantes que una elección presidencial, en dependencia de su propuesta ideológica, de las prácticas emancipatorias que promueva, de su sentido liberador y de negociación crítica. “Lo político –explica Haroldo Dilla– tiene aquí una connotación genérica, referida a la interacción de sujetos sociales en torno al control de los mecanismos de asignación de recursos y valores para la producción y reproducción de la vida social” ( 1996: 102) .

Entonces, como es de suponer, entre tanta variedad de fenómenos sociopolíticos y dimensiones que se superponen (complementándose o contradiciéndose), tornear una definición de participación, precisa y confiable no es tarea fácil. Más aún, si concordamos en reconocer, la capacidad de “prostituirse” de esta noción, unas veces disfrazada, otras con total descaro. Conviene, por tanto, delimitar sus fronteras conceptuales, según un modelo teórico integral e inclusivo. No sin antes admitir los riesgos e impedimentos que entraña la reconstrucción analítica de cualquier proceso social, sobre todo si la pretensión no es congelarlo, sino comprenderlo desde el terreno empírico y en su devenir histórico.

De lo anterior resalta por su propio peso la primera, y una de las más importantes, característica de la participación como fenómeno de estudio: su naturaleza procesual. Aspecto aclarado con oportunidad en la mayoría de los conceptos revisados, y que anuncia, de antemano, la dificultad de su aprehensión: “Ante todo debemos considerar la participación como un proceso, que consta de un conjunto de fases que poseen una dinámica interna propia con diferentes niveles de expresión” (Linares & Correa, 1996: 17).

Así, observamos rápidamente otro significativo rasgo de esta compleja herramienta teórica, que representa un gran reto para el investigador: la participación no es homogénea, se manifiesta en múltiples ámbitos sociales y estructuras asociativas, y puede ser interpretada en diferentes planos; posee, en definitiva, un carácter multidimensional. Y no sólo por estar constituida por fases o momentos relacionados con el grado de influencia sobre las decisiones últimas de un proyecto de acción común; sino, al mismo tiempo, por su capacidad de expresarse en diferentes esferas de la sociedad, que van desde la economía y la política hasta la cultura, como ya mencionábamos en el capítulo metodológico. Multidimensional también, porque se concreta en marcos específicos de organización social (formalizados y no regulados), tales como el jurídico, el institucional, el laboral, el de las relaciones grupales y el familiar, entre otros; los cuales, en su conjunción, delimitan el sentido, la intensidad y periodicidad, los modos, ámbitos, niveles y objetivos… de la participación.

Una corriente del pensamiento social, cuyos orígenes se remontan a Platón y continúan en la tradición psicoanalítica encabezada por Sigmund Freud, considera la participación como una transferencia de impulsos personales al espacio público, donde puede variar su alcance según múltiples factores. El papel de los medios de socialización política se encamina a controlar esas fuerzas innatas, “en potencia desorganizativas”, y canalizarlas en direcciones socialmente aceptables (Dowse y Hughes, 2004).

En un aspecto sí convergen todas las propuestas teóricas democráticas radicales: resulta en extremo importante reconfigurar la posición de los ciudadanos en las tramas de relaciones sociales, que el hombre deje de ser objeto y se convierta en sujeto, en protagonista de su propio destino; lo cual significa “tomar decisiones y no simplemente ser ejecutor de algo, es ser sujeto en todo un proceso” (Kisnerman et al en D´Angelo, 2004: 86).

Por ahí se desliza el criterio de muchos de los autores revisados, compartido por nosotros, de que el ingrediente fundamental, esencial, inalienable de los procesos de participación, es la toma de decisiones; como es de esperar, el más soslayado por las propuestas pseudoparticipativas de corte asistencialista, burocrático, tecnocrático y elitista. Pero, aunque es la cumbre del proceso y merece un aparte, no es el único momento.

La participación comienza por la toma de conciencia del rol activo que uno es capaz (y debe) de asumir como agente transformador de la sociedad. Le sigue la etapa de autoorganización (gestada de modo espontáneo o bajo cierto asesoramiento) y búsqueda de la información necesaria para analizar críticamente, definir y valorar con claridad las necesidades y problemas sobre los que se va a incidir.

En una segunda fase sobreviene el intercambio de opiniones, la orquestación de los objetivos, el afloramiento de alternativas y propuestas de acciones en base a la disponibilidad de recursos. La ejecución de los proyectos es el colofón de este proceso, marcado por continuas evaluaciones y controles de la gestión. Por eso estar presente, intervenir, involucrarse es un requisito indispensable para la participación, aunque ésta sea algo más que asistir o tener acceso a espacios de discusión.

Todo este continuum implica, como es lógico, una serie de tomas de decisiones ad hoc que completan el significado superlativo de la participación. Inobjetablemente, y así lo refieren muchísimos investigadores, la toma de decisiones es el punto máximo, “a la cual se llega a través de la reflexión, discusión y creatividad, sin que exista un modelo predeterminado” (Linares & Correa, 1996: 13). Deviene el momento supremo de un proyecto de acción común, la hora de incidir y determinar de modo directo los sentidos del acto participativo, “no sólo como beneficiarios sino también como formuladores de estas decisiones” (Domínguez & Lutjens, 2004: 235).

Por lo general, en la producción científica sobre este fenómeno se le ha denominado niveles de la participación a los grados de acceso a la toma de decisiones. De la conquista de sus máximos escaños depende en buena medida la calidad del proceso. Una de las tipologías más concisa y exhaustiva en torno a los niveles de la participación, es la expuesta por los investigadores Cecilia Linares y Pedro Emilio Moras (1996: 72-73):

a) Movilizativo y de consumo: Proyectos de acción ya elaborados en sus aspectos esenciales, a los cuales sólo resta ejecutar o consumir.

b) Consulta, discusión y/o conciliación: Proyectos de acción elaborados en sus aspectos principales sobre los cuales se pide el parecer, opinión y contribución. Se concilia y se llega a acuerdos o incluso a decidir algunas alternativas de elementos no vitales.

c) Delegación y control: Transferencia de poder para aplicar un proyecto ya elaborado en sus líneas básicas. Pueden hacerse variaciones de acuerdo con las condiciones particularidades del escenario en cuestión siempre que no se traicionen sus postulados fundamentales.

d) Responsabilidad compartida y codeterminación: Intervención en la toma de decisiones que incluye todo un proceso que va desde la identificación de las necesidades y los problemas, la articulación de los objetivos, hasta la formación y negociación de propuestas para la solución, ejecución y evaluación de las acciones y el reparto de los beneficios.

2.51 Participación: apellidos, premisas, funciones

Por otra parte, variopintas disecciones ha recibido el concepto de participación y numerosos son los apellidos achacados a esta categoría en la producción teórica, casi siempre relacionados a un modo de entender la democracia y de organizar las relaciones de las personas con el Estado y entre ellas. Popular, social, ciudadana, política, sociopolítica, pública, comunitaria, entre muchos otros, son algunos de los apelativos usados con más frecuencia. Semejantes modificadores resultan útiles a la hora de enmarcar la concepción y el uso detrás de cada propuesta teórico-metodológica; pero, a la vez, complejiza la búsqueda de un consenso conceptual.

Algunos autores las engloban a todas dentro del campo de la participación ciudadana, alegando que las otras son muy específicas y esta última las incluye a todas, en cuanto comprende el fenómeno de reducción de la brecha entre decisores y ejecutores de una manera menos simplista y esquemática que aquellas. Superan así las antiquísimas discusiones entre los pares dicotómicos: ricos-pobres, opresores-explotados, elites-marginados, donadores-beneficiarios, gobernantes-gobernados. Centran el debate en la relación entre el individuo y la colectividad en el ejercicio y distribución del poder, como acción colectiva orientada hacia el desarrollo que trasciende el estrecho margen de la nación, la provincia o el municipio.

La Participación ciudadana, se transforma en un mecanismo orientado a complementar la democracia formal, a llenar el vacío con nuevos contenidos y para hacer valer derechos de sectores que no encuentran, ni desean espacios de empoderamiento, a través de los vehículos de los partidos políticos. (…) Darle protagonismo a ese sujeto, más allá de la asistencia periódica a ejercicios electorales, es el reto de la institucionalización de la participación ciudadana. (Baltodano, 2004: 152)

Para otros investigadores, como Víctor Gálvez (1994), este involucramiento ciudadano, que enfrenta al individuo con el sistema político para elegir y ser electo, es una de las dos expresiones del concepto de participación social, en general. La otra sería la participación colectiva, intervención democrática de determinados actores grupales en los problemas circunstanciales a través de movimientos sociales, que reivindican intereses sectoriales o gremiales.

En nuestro caso particular, y a tono con nuestros intereses de investigación, definimos la Participación Política como la actividad práctica multidimensional de involucramiento directo e indirecto de los individuos –con particulares culturas políticas– en los distintos niveles de acceso a la toma de decisiones de procesos políticos específicos, relacionados con la constitución, ejercicio y ratificación del poder en disímiles espacios asociativos e institucionales, y en la distribución de recursos de ello derivada. Responde a un complejo de motivaciones íntimamente conectado con un sistema de necesidades más o menos concientizadas [50] .

Ahora bien, disímiles son las funciones atribuidas a los procesos participativos. Sus ventajas han sido refrendadas desde diversos paradigmas y con múltiples grados de intensidad y optimismo. Se le reconocen atributos generadores de autoconfianza, valores, capacidades y destrezas, encaminados todos al empoderamiento. Pero muchos coinciden en aseverar que la principal función de la participación, en cualquiera de sus variantes, es la socialización política.

Ya desde los tiempos de Confucio y Platón se depositaban en las instancias socializadoras, y en particular en la educación de las más jóvenes generaciones, una importantísima responsabilidad para el mantenimiento de la estabilidad del sistema político. El mismo Aristóteles consideraba el proceso educativo como un medio eficaz de inculcar el civismo entre los habitantes de la polis. No es de extrañar, entonces, que desde su surgimiento en la Edad Media, en particular las universidades se erigieran paulatinamente en importantísimos centros de conformación de ciudadanía.

Sin embargo, en la actualidad la educación enfrenta palmarias tensiones externas que determinan una ruptura con la concepción educativa clásica, así como con las modernas ideologías educacionales de carácter economicista o tecnocrático:

Asistimos a la disociación entre la cultura juvenil y los procesos de socialización escolar y familiar, entre los rasgos biopsíquicos de la niñez y la juventud y la inserción en la sociedad, entre los requerimientos de formación de personal y la inserción en el cada vez más complejo y estrecho mundo laboral, entre la transmisión de la herencia cultural y el modo de producción y reproducción de conocimientos y destrezas. La escuela en sus diversos niveles no puede asegurar la unidad entre estos elementos como lo hizo en el sistema educacional clásico. (Garretón, 1996: 751)

Algo sí es cierto: en el proceso de asimilación por el hombre de un determinado sistema de conocimientos, normas, valores y roles –a través de su interacción con la familia, el entorno, las agencias socializadoras y el sistema político–, la participación constituye un pilar fundamental, pues deviene la expresión práctica de aquellos constructos subjetivos. Resulta el mejor indicador de la armonía del sujeto con la sociedad. Es como el reloj biológico que va dando campanazos de vitalidad ante cada estímulo del medio circundante.

Mientras bajo el influjo social en cada actor se van conformando determinadas “pautas de conducta” relevantes en un marco grupal determinado, su participación política va matizando un tipo de relación con el sistema político. Este nexo puede tornarse más o menos orgánico, funcional o identificado, según la formación cultural subyacente; es decir, según el carácter de su cultura política, que es también, entre otras cosas, un producto de la socialización política.

La socialización política puede desglosarse en varios aspectos: en el plano de la capacitación política como proceso de formación de la cultura política; en el plano del estudio de la correlación de lo individual y lo social en la conciencia política; en el plano de la participación política como el ejercicio de los ciudadanos de sus deberes y derechos en la esfera de la vida política; y en el plano de los medios y métodos de educación política, lo que incluye el papel de la información a las masas. (Anatoli Kovler citado por Valdés & Toledo, 2006: 213)

Muy estrechas son las relaciones entre estos fenómenos políticos. A partir de la cultura y la socialización políticas se definen las formas de participación de los ciudadanos en la vida social. A su vez, la participación política acelera el proceso de socialización política, pues enfrenta a los sujetos, cognoscitiva y afectivamente, con los procesos de construcción de la ciudadanía, de articulación del poder y negociación del bienestar social.

Claro, un involucramiento directo de los ciudadanos en las decisiones implica una complejización de las relaciones políticas, exige determinadas condiciones y estructuras que lo soporten. Además de la cultura política, las capacidades y disposición de los sujetos de la participación…, es indispensable contar con mecanismos transparentes, flujos de intercambios de información sólidos y dinámicos, y con “una considerable desmitificación tecnoburocrática” (Dilla & Hernández, 1990: 118). Son necesarios un acercamiento real del poder al ciudadano “de a pie” y una amplia circulación de la información mediante una red comunicativa horizontal, legitimada por los actores involucrados. Ello implica una equidad en las oportunidades de dialogar, el libre ejercicio del disenso, y la promoción de la capacidad crítica de reflexión sobre la sociedad y los valores públicos.

A estos requerimientos institucionales que posibilitan la apertura y transparencia del sistema político y el aparato jurídico, la efectividad e influencia de la participación de todos los ciudadanos y sus organizaciones, Alfredo Manrique (2002) le ha llamado premisas objetivas. Ellas garantizan el respeto a la voluntad popular y el derecho a la voz y la toma de decisiones.

Hay otras premisas que son subjetivas, que pertenecen a la racionalidad del individuo y de sus organizaciones, a sus afectos y necesidades; ellas tienen que ver con la autoestima y la valoración que la persona tenga de su propia dignidad, es decir, de la conciencia que posea el ciudadano como sujeto portador de deberes y derechos que en últimas determinan las motivaciones que siente para participar; con la credibilidad, la confianza y el respeto que tenga el ciudadano por las instituciones políticas; con la utilidad y el beneficio que directamente perciba como individuo o como parte de la comunidad. (Manrique, 2002: 18)

Sobre los estímulos psicológicos, el colectivo multidisciplinar español autodenominado Equipo Claves (1998) asegura que existen, para participar, tres dimensiones motivacionales básicas, estrechamente relacionadas entre sí, interinfluenciadas, y con variación en su jerarquía en dependencia de las características del entorno y los objetivos de los diferentes sujetos:

a) El interés subjetivo o ideológico: o sea, cuando la propuesta incide o coincide con las ideas o ideales de los miembros, o de aquellas personas a las que se dirige, o con sus intereses y/o necesidades personales (autorrealización: para satisfacer necesidades materiales y espirituales colectivas o individuales). Sólo cuando una persona se reconoce en los objetivos y fines participativos, identificándolos como propios, descubre los motivos para tomar parte.

b) La satisfacción socio-afectiva: cuando permite o facilita el reconocimiento social, refuerza el sentimiento de pertenencia a un grupo o colectivo social (identificación grupal: para conocer otras personas, comunicarse con ellas, sentirse valorado, apreciado, obtener prestigio, etc.).

c) La percepción de rentabilidad: cuando es creíble, se piensa que es útil para algo, tiene un grado de beneficio o utilidad (conveniencia: para obtener ganancias perceptibles). Nadie se moviliza ni se organiza cuando cree que no hay posibilidad alguna de darle solución o respuestas a sus necesidades o problemas. (Claves, 1998: 57-58)

Otros elementos determinantes en la participación de los ciudadanos son: el medio donde se materializa la participación, la posición social del individuo y sus antecedentes (educación, clase, y tradiciones familiares y regionales), sus características psicológicas, nivel de información, competencias participativas, entre otros. Crossley (En Nápoles, 2007: 23), por ejemplo, apunta a la necesidad de que las personas sepan cómo comprometerse en actividades ciudadanas. Para ello requieren un conocimiento básico del sistema político y un conjunto de habilidades para procesar la información, interpretarla y emplearla en la discusión colectiva de los asuntos públicos; incluso para cuestionar el significado mismo de la participación.

2.52 ¡Al fin… en el medio!

Ancestral como el dilema genésico del huevo y la gallina, es también el debate que discute si la participación es un fin en sí misma (con un valor propio), o es un medio estratégico para alcanzar la consecución de objetivos trazados en proyectos particulares.

Para la visión instrumentalista (Elster, 2007), que los actores tomen parte en el diseño e implementación de proyectos específicos es una garantía del éxito, la calidad y la sustentabilidad de los programas de transformación social. En contraste, los defensores de la primera visión subrayan las ventajas de la participación “significativa” como autorreferente último del proceso de involucramiento auténtico de los ciudadanos; pues, al otorgarle el control de sus propias decisiones y recursos, permite su autonomía y la de sus organizaciones. Representa la meta del desarrollo y la democracia, simboliza un despertar de la conciencia de la colectividad autogestora, y de las capacidades de negociación (entendida como lucha grupal) frente al sistema. Debe perseguirse como un propósito “intangible” preconcebido, con independencia del éxito o fracaso de los proyectos de turno.

Por ejemplo, Jeremy Waldron (2005) opina que no sólo el contenido de las decisiones políticas posee un significado moral, sino también la forma en que estas se adoptan. En su defensa del valor intrínseco o la “dignidad” de la participación política, como el “derecho de los derechos”, este autor pondera las propiedades emocionales, simbólicas y de autoestima del ejercicio pleno de la autonomía política, en condiciones de igualdad, libertad, inclusión, reconocimiento mutuo y respeto a la diferencia. Waldron aboga por el estudio de una Teoría de la Autoridad, más que por una Teoría de la Justicia; y establece una conexión directa entre la regla de la mayoría y la legitimidad de la decisión: “Cuando alguien pregunta: ¿quién decidirá qué derechos tengo?, una respuesta (mi respuesta) es que la gente cuyos derechos están en cuestión tiene el derecho a participar en iguales términos en esta decisión” (Waldron, 2005: 290).

Aunque muy valiosa, esta concepción substantiva de la participación corre el riesgo de convertirla en un objeto abstracto, difícil de analizar y evaluar. Si el resultado supremo es participar, los proyectos pueden convertirse en un limbo político donde, mientras los sujetos se involucren activamente, todo lo hecho se valore de manera positiva sin importar el logro o no de los resultados concretos. desde esta perspectiva, suele soslayarse la relevancia de los incentivos materiales y los estímulos económicos (Natal, 2002).

Como todo en la vida, “tan malo es no llegar como pasarse” y, al parecer, una posición intermedia se juzga más adecuada. A nuestro entender, aunque la participación tiene fuerza propia suficiente para autoproclamarse como un supraobjetivo, el proceso no tiene por qué estar divorciado de los resultados; aún más, para su comprensión cabal es imprescindible el análisis de aquellos. Al final, tal cual expusimos, las personas siempre se involucran colectivamente alrededor de un centro de interés, un nicho de expectativas y percepciones de rentabilidad.

De igual modo, un proceso participativo como medio para alcanzar unos objetivos determinados, puede convertirse, finalizado el proyecto, en objetivo en sí mismo, porque servirá de base empírica a los sujetos para participar en nuevos empeños, tras haber ganado en motivaciones, conciencia, cultura y habilidades participativas.

De este modo, un fin operandis tiene las características de ser una precondición para el logro de un fin operis, pero también tiene la capacidad para rebasarse a sí mismo después de logrado tal fin, llegando incluso a convertirse en un fin operis en sí mismo (…) La participación operis y la participación operandis no son por tanto excluyentes, son más bien complementarias. (Natal, 2002: 40)

Complejos son los requisitos para establecer un proceso de participación ideal en cualquier espacio social. Articulada sobre distintos resortes estructurales y culturales, la participación afronta en este siglo numerosos retos: desde la manipulación neoliberal hasta la cooptación autoritaria por instituciones o gobiernos que se autodenominan “progresistas”, sin serlo en la práctica.

No obstante, por su propio peso democrático, la participación exige abrirse paso entre los sucedáneos de la verdad. La toma de decisiones, cumbre de la “¿utopía?” participativa, cada vez más se convierte en la consigna de los nuevos movimientos sociales. Los distintos sectores marginados de las estructuras de poder abogan por un involucramiento total en todas las fases de los proyectos que pretenden “afectarlos”, desde su concepción hasta su ejecución y evaluación.

(…) Ese sector de excluidos políticos crece; porque crecen las situaciones de exclusión social (que conllevan siempre procesos de reducción del ejercicio de ciudadanía), y porque crece la sensación de inutilidad del ejercicio democrático-institucional en esa “democracia de baja intensidad”, al aumentar la conciencia sobre las limitaciones de las capacidades reales de gobierno de las instituciones en el nuevo escenario de mundialización económica, o porque los actores político-institucionales están cada vez más encerrados en su universo autosuficiente. La reserva de legitimidad de la democracia se va agotando, justo cuando su aparente hegemonía como “único” sistema viable y aceptable de gobierno parece mayor que nunca. (Subirats, 2005: 209)

2.6 Notas del capítulo

CAPÍTULO III: MARSUPIOS NACIONALES: LA PIEL QUE HABITO

3.0 Introducción

Este capítulo presenta la indispensable contextualización del objeto de estudio, un marco referencial para comprender qué escenarios, ambientes e historias rodean a los estudiantes cubanos y chilenos, en su interacción cotidiana con la política y lo político. No deviene una mera descripción estructural de los respectivos hábitats nacionales, sino que en ambos casos adopto una mirada crítica, ante los excesos postotalitarios en Cuba y ultraneoliberales en Chile.

En la primera parte expongo algunas de las principales carencias democráticas de la Cuba actual. Con un enfoque teórico-práctico, pongo a dialogar mis experiencias personales con los aportes conceptuales de destacados científicos sociales contemporáneos. Explico el funcionamiento partidocrático, burocratizado y postotalitario del “socialismo de Estado” cubano, y sus adversas consecuencias para la ciudadanía. Por último, analizo el desarrollo de las reformas en curso y, en ese contexto, sugiero algunos pilares fundamentales que debería incluir el proceso de democratización de la sociedad cubana. Como es comprensible, debido a la identificación afectiva con mi patria, a ratos este apartado deja entrever cierto tono íntimo y anecdótico, que intencionalmente incorporo con propósitos comunicativos.

Luego, repaso de manera sucinta la historia de la Universidad de La Habana y del movimiento estudiantil cubano, su rol protagónico en la gesta que triunfó en 1959 y durante los primeros años de la revolución en el poder; así como el paulatino declive del activismo universitario. Concluyo este acápite explicando algunas de las principales insuficiencias y retos que enfrenta la Universidad de La Habana hoy, en su afán por recuperar un merecido protagonismo sociopolítico, no sólo en la capital, sino a nivel de país.

Como corresponde, en la segunda mitad describo el “vientre contextual” de los universitarios chilenos, un “marsupio neoliberal” con variopintas consecuencias objetivas y subjetivas sobre los sujetos de estudio. El “milagro chileno” y su prometida prosperidad para “todos”, muy pronto dejó entrever las nefastas consecuencias de una desigualdad social creciente, ilimitada, abismal: “la promesa de integración es sólo una promesa de exclusión cuya erótica está en la posibilidad de quedar del lado de los beneficiados” (Mayol, 2012: 48). Precisamente, tal “erótica” de las expectativas parece haber perdido buena parte de su capacidad “afrodisíaca”, en el caso chileno.

Eso en cuanto a las secuelas humanas de un modelo económico ultraneoliberal que cuenta con más rechazo que apoyo entre la población. Pero los chilenos también están muy desencantados de la política y las inertes instituciones gubernamentales. En ese sentido, como veremos en su momento, la democratización inconclusa –más próxima a los intereses de la Derecha que del pueblo en general–, ha dejado mucho que desear, arrastrando hasta nuestros días una herencia autoritaria con claros propósitos desciudadanizantes.

Expresión genuina del malestar popular suscitado por la realidad económica y política, fue el estallido social encabezado por los estudiantes en 2011, y que todavía hoy, aunque disminuido, presenta signos de vitalidad y potencial transformador. Al final de este capítulo me concentro en describir los orígenes, características y aportes de este movimiento estudiantil, así como en interpretar algunas de sus implicaciones más importantes para la sociedad chilena actual.

3.1 Cuba: la democratización pospuesta

“La democracia inconclusa, haciéndose, no admite ni que esté ʻhechaʼ ni que esté siempre ʻpor hacerʼ, como una eterna promesa, que con razón lleva a descreer al final en ella”
Norbert Bilbeny, 1999: 53.

Quiero comenzar confesando que los violentos sucesos protagonizados por cubanos en Panamá en abril del año en curso, me avergüenzan. Aunque conozco de trifulcas, golpizas y actos de repudio similares puertas adentro en la isla antillana, lamento la exportación de semejantes alardes de incivilidad hacia el espacio público internacional. Los representantes cubanos [51] al Foro de la Sociedad Civil, realizado en el contexto de la VII Cumbre de las Américas, sólo dieron muestras de la precariedad del apellido que pretenden sostener. ¿Qué tiene de civil una sociedad que resuelve sus divergencias por medio de la violencia (física o verbal)? Más bien parecen hombres y mujeres sumidos en un genuino “estado de naturaleza” (Hobbes, 1982; Locke, 1990).

Los actos de indisciplina tuvieron patéticos ecos en los foros previos al encuentro de jefes de Estado. Al menos dos mesas de debate, “Gobernabilidad y democracia” y “Participación Ciudadana”, fueron premeditada mente [52] boicoteadas por hordas enardecidas de delegados cubanos oficialistas, apoyados por prestigiosos intelectuales. No existen excusas válidas para revolcar el patio ajeno con ataques de intolerancia. Lo curioso es que la delegación cubana oficial sabía con meses de antelación que encontraría a opositores en dichas mesas de debate. Y yo me pregunto: ¿si no estaban dispuestos a debatir a qué fueron? Al parecer, a dar fe internacional de su incultura deliberativa, criticada incluso por miembros de la mencionada delegación.

No sólo Colombia requiere diálogos de Paz. Y a la luz de estos hechos, se me antoja paradójico que justo sea Cuba el escenario de las negociaciones pacíficas entre acérrimos enemigos, hasta hace muy poco enfrentados armas mediante. ¿Son más irreconciliables los conflictos entre cubanos? En verdad, no lo creo. A la necesidad de que Cuba asuma un proceso de democratización dedicaremos este apartado.

3.11 Partidocracia, burocratización y postotalitarismo

Qué opinaría Chantal Mouffe sobre estos derroches de incivilidad desatados en el istmo panameño. Me encanta su noción de “pluralismo agonístico”; sin embargo, ¡qué difícil llevarla a la práctica! Indomables pasiones sabotean la concreción de una ideal cultura de la tolerancia, que trascienda el discurso y se exprese en prácticas sociales. La original concepción mouffiana del “otro” como un “adversario legítimo” y no como un enemigo a destruir (véase capítulo 2) converge con la conocida frase por error atribuida a Voltaire (y que en Cuba suena a herejía): “Estoy en desacuerdo con lo que dices, pero defenderé con mi vida tu derecho a decirlo” [53] .

El problema de Cuba es que no hay cabida para adversarios de ningún tipo, porque tenemos serios déficits democráticos, tanto en la dimensión jurídica como en la cultural. Aunque suene anacrónico, el régimen socialista de Estado vigente reproduce todavía muchos rasgos del obsoleto modelo soviético: organización hipercentralizada de la sociedad, dirección vertical de las instituciones e interpretación discrecional de las leyes. Es un contexto donde “el Estado de derecho es sustituido por los amplísimos y arbitrarios derechos del Estado” (Chaguaceda & González, 2013: 52), favorecido, en buena medida, por la debilidad de la esfera pública.

No existen espacios para partidos opositores ni organizaciones independientes del aparato estatal. En su monólogo, el gobierno considera a to dos los opositores como enemigos, mercenarios, contrarrevolucionarios, apátridas, ilegítimos y un largo etcétera. Existen pruebas de que algunos son mercenarios; pero definitivamente no todos lo son. Además, a muchos sólo les queda el apoyo financiero exterior como única vía de subsistencia. No hay de otra, puesto que en Cuba el sector privado es muy incipiente. Casi todo es estatal. Y si el Estado mete a la totalidad de los “divergentes” en el mismo saco, ¿entonces quién puede ejercer sus libertades de manera legal? Sólo quienes comulguen con la ideología oficial: el socialismo de estado.

En Cuba, ningún grupo con otra orientación ideológica (ni aunque defienda otro tipo de socialismo) puede crear una organización civil o política e inscribirla en un registro legal. “La Constitución socialista no autoriza las agrupaciones sociales, independientes del Estado” [54] (Rojas, 1997: 253). Existen unas pocas, pero todas permanecen a la sombra de la ilegalidad obligatoria. Pueden reunirse en pequeños espacios privados, pero casi siempre bajo el acecho y la presión vigilante de los órganos de inteligencia. No exagero. Va una anécdota ilustrativa: durante mis trámites de titulación de la Licenciatura en Periodismo, yo mismo experimenté sobre mi pellejo el injustificado acoso subrepticio de la Seguridad del Estado cubana. Los agentes llegaron a pedirles a las autoridades de la Facultad de Comunicación que mi ejercicio de defensa transcurriera a puertas cerradas. Gracias a la decencia y valor de la vicedecana docente, no lo consiguieron. Tanta alharaca por una tesis sobre participación política estudiantil en la Universidad de La Habana, de cuyos resultados y recomendaciones, como de costumbre, se hizo caso omiso.

Cierto es: generalmente no vas a la cárcel por decir lo que piensas, pero la etiqueta de disidente o “desviado” suele acarrearte innumerables problemas, nada desdeñables. Y, en última instancia, muchos piensan que no vale la pena exponerse si no puedes amplificar tus pensamientos a toda la comunidad; pues el Estado mantiene el monopolio absoluto de los medios de comunicación y un rígido control de los contenidos a través del Departamento Ideológico del Partido Comunista de Cuba (PCC); lo sufrí en carne propia durante los cinco años que ejercí el periodismo profesional en tres medios impresos de tirada nacional.

Similar dominio del partido único anula de modo muy eficaz la posible elección de disidentes para cargos públicos. Si bien está prohibida la postulación de candidatos partidistas, en la práctica los aspirantes siempre pasan por el filtro del PCC. Históricamente, el Estado/gobierno ha acotado la emergencia de liderazgos contestatarios y autónomos en el ámbito comunitario, mediante la combinación de acoso policial, presión social a través de los órganos de base del PCC, e inciviles actos de repudio orquestados por el gobierno. A tales tácticas, han sumado en fechas recientes, otras no menos reprensibles, como la modificación de las circunscripciones electorales locales [55] (conocida en inglés como gerrymandering ), las ilegales campañas internas de descalificación de los primeros dos candidatos opositores que logran ser postulados [56] , y los ya mencionados boicoteos de foros internacionales. En Cuba la desregulación de la política no tiene fronteras:

La imprecisión en los límites que se ha dado en el sistema político respecto a otros sistemas, su concentración de poderes y su carácter irrestrictamente dominante en el marco de la sociedad de transición, propende a favorecer un régimen en el cual los distintos sistemas –el jurídico, el económico, el cultural, etc.– quedan subordinados con fuerza al sistema político y afectados en su autonomía relativa. (…) Otro problema se refiere a los límites entre el sistema político y la población. En este caso, el régimen se expresa en la invasión de los espacios privados –efecto de la excesiva politización de la vida cotidiana– o en la desmedida regulación del comportamiento social –efecto de la hipertrofia del Estado y de su burocratización. (Valdés, 2009: 85)

Con la citada dominación del sistema político, Juan Valdés Paz se refiere al PCC “suplantando a las demás organizaciones políticas y de masas –en su orientación o representación–, o a las organizaciones estatales, particularmente a las Asambleas del Poder Popular y el Gobierno, en los distintos niveles” (2009: 86). Por añadidura, desde los primeros años de la Revolución Cubana, siempre el líder del PCC ha ocupado la presidencia conjunta del Consejo de Estado y del Consejo de Ministros, junto a la máxima jefatura de las Fuerzas Armadas. En medio siglo, sólo hemos tenido dos mandatarios casi vitalicios: Fidel y Raúl Castro. Este último, tras promover en 2012 el límite de todos los mandatos a dos períodos de 5 años, anunció en 2013 su definitiva salida de la presidencia del país (que no del PCC) para 2018, cuando cumplirá ¡87 años! Pero, en síntesis, siempre (por ley) una misma persona ha concentrado el poder legislativo y ejecutivo, elegida por el parlamento, cuyos miembros, a su vez, son nominados por una Comisión de Candidatura opaca, poco autónoma y por completo fiel al PCC.

El diseño institucional de asamblea unicameral –ni presidencialista ni parlamentario– consagra, incluso desde la Constitución, el principio del “centralismo democrático”. Este método político “inhabilita la existencia de controles cruzados, interinstitucionales, aunque se reconoce la independencia de la función judicial” [57] ; y “no permite la existencia de minorías parlamentarias y apenas se consagran garantías contramayoritarias (que impidan u obstaculicen a una mayoría legislar sobre temas especialmente protegidos)” (Guanche, 2013: 41 ).

A nivel municipal y provincial –donde una asamblea concentra las funciones estatales y gubernamentales–, en la práctica, por encima de los (electos) presidentes de las asambleas han gobernado los (designados) secretarios del partido, bajo métodos de conducción más directivos que normativos [58] . Esta invasión del Estado por el partido, que se abroga un mandato imperativo en todas las instancias aniquila cualquier posibilidad de establecer un verdadero poder popular:

Dentro del canon vigente (el supuesto de que el partido dirige al Estado), por sensatos, acertados, consensuados, justos y comprensivos que puedan ser los órganos de dirección, no pueden generar otra cosa que partidocracia (es decir autoritarismo partidario). Cuando es el partido el que decide, decide una elite. Que sean los mejores o no lo sean –incluso desde una definición programática– es un dato coyuntural, porque pueden dejar de serlo en otra generación, y creer que esta relación puede expresar una estructura democrática es un desacierto (la historia lo mostró ya). Se puede contar con un “rey bueno” o un “rey malo”, pero esa diferencia no cambia el sentido de la monarquía. (Alonso, 2015: 1)

Esta reprivatización del poder político por parte de la maquinaria burocrática partidista, que lentamente ha ido usurpando los espacios de democracia participativa y alejándose del control directo de las bases, nada tiene que ver con la concepción original del socialismo [59] . Más bien tiende a: 1) desarrollar la estructura institucional del Estado burgués (en detrimento de las esquemas populares de autoorganización: consejos, comunas, sindicatos), 2) anular los procesos de socialización política en todos los niveles de la sociedad y 3) establecer la hegemonía de una nueva clase dominante: “una burocracia cada vez más amplia y despótica en sus relaciones con los trabajadores, y que en el curso de su consolidación y desarrollo comienza a autorreclutarse (…) y a mantener relaciones de producción/apropiación de tipo explotativo”. (Quijano, 2014: 580-581). Para este autor urge quebrar el mito, la ideología y la práctica de los “socialismos reales” que preconizan a ultranza el sistema de partido único y hegemónico.

Toda la experiencia histórica del movimiento triunfante o derrotado de los explotados señala que no es cierto, de manera alguna, que un solo partido sea el depositario de toda la conciencia revolucionaria de las masas de la clase, de toda su capacidad de permanente dominio teórico y práctico de la realidad histórica. Y en esta perspectiva, solamente el debate abierto, permanente y libre en las bases organizadas de la clase, y en consecuencia la presencia de varias organizaciones y tendencias políticas, puede realmente garantizar el desarrollo de la conciencia de la clase, y de ese modo mantener y desarrollar la relación democrática entre sus organismos y niveles de organización, en la lucha por el poder y en el ejercicio del mismo. (Quijano, 2014: 583)

Así las cosas, tenemos en Cuba un sistema constitucionalmente partidocrático, que de facto coarta las libertades de organización, reunión y manifestación, de prensa y expresión, de elegibilidad e investigación… Libertades todas reconocidas por la Organización de las Naciones Unidas desde 1948 en su Declaración Universal de los Derechos Humanos [60] y por la Carta Democrática Interamericana de la Organización de Estados Americanos. Semejantes privaciones pudieran calificarse de autoritarismo con pespuntes totalitarios, si se quiere ser indulgente.

Sin embargo, en la insuperable tipificación de los regímenes no democráticos de Juan Linz (2009), el cubano ni siquiera clasificaría como autoritarismo; debido sobre todo a la ausencia de pluralismo político aunque fuere formal, acotado, de semioposición o pseudooposición. Si bien, tampoco puede catalogarse de totalitario, como sí lo fueron el estalinismo y el fascismo, o parece ser la actual Corea del Norte.

El esquema democrático de la Revolución es, más bien, una combinatoria de mecanismos participativos, corporativos y representativos. Esta triple condición de la soberanía interna impide que, en la práctica, se totalicen absolutamente la sociedad y el Estado. Pero sólo dentro del engranaje institucional de esos mecanismos se dan las relaciones básicas entre el Estado y la Nación, entre la sociedad civil y la sociedad política, entre el gobierno y el pueblo. Es por eso que el régimen cubano, aunque no pueda ser definido como totalitario, demuestra cierta tendencia retórica y organizativa a la totalización de lo nacional y lo estatal, de lo cívico y lo político. El documento primario para leer dicha tendencia es la Constitución de la República de Cuba de 1976 [61] . (Rojas, 1997: 251)

De acuerdo con Linz (2009), en la Cuba de hoy estaríamos viviendo un postotalitarismo, caracterizado por: incipiente pluralismo social y político; embrionaria apertura a formas económicas no estatales (liberalización económica), pero aún bajo el férreo control estatal de sus condiciones de existencia; oposición interna casi nula, desarticulada y contenida (apenas hay margen para ciertos grupos tolerados, moderadamente críticos); partido único debilitado, ideología monolítica en decadencia, poca fe en la utopía, tránsito al consenso pragmático; movilizaciones reactivas y rutinarias, crisis de las organizaciones de masas; desgaste del liderazgo carismático; entre otros rasgos.

[En Cuba] La emigración masiva (un 12 por ciento de la población, mayoritariamente a Estados Unidos y a España) limitó la escala de la represión, aunque un reciente análisis muestra la dimensión del terror de Estado y su similitud con el modelo de represión soviético, incluyendo el duro castigo a los revolucionarios disidentes (Fontaine, 1998). No se hizo prácticamente ningún intento académico para situar este sistema dentro de una perspectiva comparada. La hostilidad ante el concepto de totalitarismo descartaba su uso, a pesar que desde mi punto de vista estaban presentes los rasgos básicos. Considero que el indiscutible atractivo carismático de Castro y sus vínculos con la tradición latinoamericana del caudillismo no son obstáculos para caracterizar la institucionalización del régimen y sus políticas como totalitarias. La cuestión es hasta qué punto el carisma y el atractivo nacionalista son todavía la base de lo que podríamos denominar un régimen postotalitario. (Linz, 2009: 295)

En contraste, un joven intelectual cubano, Lenier González ( en AA.VV., 2015 : 2), cree que “resulta reduccionista y falso, adjudicar a ʻla vocación totalitaria del Gobierno cubanoʼ la causa primera y última que justifica un diseño singular [62] de la participación social”, por ejemplo. Por tanto, propone considerar “otros elementos de vital importancia que explican el porqué de las cosas”, y que denomina “mediaciones históricas”. Entre ellas, este autor enfatiza en dos eventos medulares: a) la “guerra civil” o “lucha contra bandidos” (según desde dónde se mire) acaecida entre 1960 y 1965; y b) la institucionalización del rígido modelo sociopolítico soviético. Sobre la primera afirma que para la contención de los sectores opositores, “el joven Gobierno revolucionario restringió muchas libertades individuales y espacios políticos heredados de la Segunda República” (Ibídem). Respecto a la segunda mediación, argumenta que la Constitución de 1976 encumbra al PCC “en la cúspide del poder insular, consagra la nación en la ideología marxista-leninista, y acopla bajo su liderazgo a todas las organizaciones políticas y de masas, convertidas, en la práctica, en sus correas de transmisión” (Ibíd.).

El vicecoordinador general del proyecto Cuba Posible –una “Plataforma de Análisis y Diálogo” acogida por el Centro Cristiano de Reflexión y Diálogo– agrega a la disquisición sobre las carencias democráticas en Cuba, otro par de condicionantes de peso: “el constante componente de agresividad por parte de Estados Unidos (EE.UU.), que siempre apostó por el derrocamiento del Gobierno cubano”, por un lado; y, del otro, “el anhelo de un Estado fuerte, acompañado de un centralismo revolucionario que permitiera un control real de la política republicana”. A su juicio, el uno “llevó a la construcción de un modelo de resistencia que impactó de forma severa la autonomía de lo social”; el otro exigió “cuotas de lealtad severas por parte del entramado social” (Ibíd.).

Si bien concuerdo con Lenier González en la necesidad de huirle a los reduccionismos y sopesar la influencia integral de esos y otros factores (no pocas veces soslayados), sostengo que, inclusive bajo tales circunstancias hostiles (o en respuesta a ellas), el gobierno cubano pudo y debió fomentar, durante las últimas cinco décadas, unas prácticas, culturas y arquitectura institucional genuinamente democráticas. En suma, un entorno social, de hecho, más fuerte ante las adversidades y con mayor legitimidad internacional.

En términos de racionalización e institucionalización gubernamental, por lo tanto la situación de Cuba, Irán y Nicaragua guarda bastante semejanza con los regímenes sultanísticos que pretendían sustituir. Esto no significa que las revoluciones no tuvieran consecuencias: las masas se beneficiaron posiblemente del derrocamiento de los dictadores. Pero debemos recordar también que los regímenes revolucionarios de Cuba e Irán han encarcelado, asesinado y llevado al exilio a más ciudadanos que el de Batista o el del sha [63] . (Linz, 2009: 575)

A mi modo de ver, la democracia es perfectamente capaz de procesar con eficacia las mediaciones aducidas por González. A contrapelo de quienes achacan a la democracia una fragmentación y debilitamiento de la soberanía, converjo con Norbert Bilbeny cuando asevera: “Todas las enfermedades de la democracia pueden curarse con más democracia” (1999: 51).

De plano, discrepo de las apelaciones a este tipo de realismo político y la justificación “contextual” de los excesos postotalitarios. Deviene cuando menos una ingenuidad exonerar al gobierno y los actores en el poder político de la responsabilidad “primera y última” del diseño “singular” de la participación social y el funcionamiento autocrático de la sociedad. Resulta una visión demasiado pasiva, condescendiente y orgánica respecto a los sujetos que toman las decisiones políticas, presentados por González casi como “víctimas” de las mediaciones. La reacción autoritaria ante la hostilidad exógena e interna, la importación poco matizada de un modelo totalitario, la aniquilación del pluralismo social, etc., no dependen principalmente de terceros, sino sobre todo de la clase política en el poder, los gobernantes, quienes traducen “lo político” en determinadas normas, estructuras, tramas y dinámicas sociales. Decir lo contrario significa el homicidio sociológico de un agente por derecho propio protagonista de la Historia [64] .

De tal modo, en mi criterio, tenemos en Cuba un “socialismo de Estado” postotalitario y de bienestar. Como bien resume Rafael Rojas (1997: 255): “El Leviatán cubano, como ningún otro Estado benefactor, podría acogerse a la célebre definición de Octavio Paz: es un ʻogro filantrópicoʼ”. Valiosas garantías materiales (salud, educación y seguridad social [65] ) –cuyos inobjetables méritos muchos opositores desconocen o tergiversan–, menoscabadas por serias carencias democráticas que partidarios del oficialismo, a su vez, ignoran, minimizan o justifican con disímiles sofismas, como el de “plaza sitiada”. Por cierto, aplaudo el acercamiento diplomático entre los gobiernos de Cuba y EE.UU., que ojalá desemboque en un pronto cese del injusto embargo/bloqueo a la Isla. Pero celebraría aún más el incremento recíproco en los intercambios entre ambos pueblos. Mucho aprenderíamos mutuamente. La tensa relación entre ideales prístinos como libertad, igualdad y justicia nos reserva preciadas enseñanzas prácticas.

3.12 Apuesta por la ciudadanía

Ahora bien, no entiendo cómo, debido a discrepancias ideológicas, ciudadanos cubanos llegan al extremo de agredirse física y verbalmente, en la misma ciudad en la que apenas unas horas después, Raúl Castro y Barack Obama conversan de forma amigable y ordenan el restablecimiento de las relaciones bilaterales. Un suceso histórico, inimaginable hace unos meses. ¿Acaso son más solventes las diferencias de la sociedad política que las de la sociedad “civil”? ¿Se habrán preguntado los agresores por qué Raúl no abofeteó o abucheó al presidente del país que ha mantenido sobre Cuba un arbitrario bloqueo por más de 50 años? O viceversa: ¿Por qué Obama no arremetió contra la máxima autoridad del régimen que manda a sus policías (a veces vestidos de civil) a reprimir a grupos opositores durante sus manifestaciones pacíficas? [66]

Obvio, las decisiones políticas dependen de un puñado de hombres; mientras que la sociedad civil (aunque las autoridades cubanas se nieguen a reconocerlo) es el escenario natural del pluralismo de ideas, valores, habitus y representaciones, más difícil de conciliar. Ojalá las culturas pudieran transformarse de un “plumazo diplomático”. Me temo que medio siglo de intolerancia, aislamiento, monolitos ideológicos y soliloquios políticos han hecho mucho daño a mis paisanos. No obstante, quiero creer que es un daño reversible y que el sombrero de la democracia “encontrará cabeza” cuando por fin llegue. Me constan los asombrosos cambios de mentalidades que produce la emigración (vivir para creer), o el simple contacto cotidiano con Internet (informarse para juzgar), aun sin salir de la Isla. Pero, por experiencia propia, apelo, sobre todo, al intercambio personal (socializar para crecer) y al mutuo entendimiento [67] . Por eso, me gustaría ver a muchos más cubanos viajando por todo el orbe y, al tiempo, a medio mundo visitando a Cuba (incluidos los estadounidenses, cuyo gobierno en la actualidad se los prohíbe).

Mi apuesta es, en definitiva, por un despertar de la ciudadanía democrática: una transmutación cultural que dé cabida, no a una única idea normativa del bien común a disposición del monopolio estatal de la violencia, sino a un sinfín de concepciones diferentes de la “vida buena”, contradictorias, inclusive, pero capaces de cohabitar bajo un mismo “cielo democrático”. Los cubanos no somos intolerantes o inflexibles por naturaleza. Así lo demuestra el nuevo ciclo político abierto entre el propio gobierno postotalitario y su imperialista vecino-antípoda.

Si bien reconozco la provocación de Slavoj Žižek, explícita en su libro En defensa de la intolerancia (2010), en el caso de Cuba no creo necesario ningún ardid psicoanalítico que incite a la pasión política y alimente aún más la discordia. Eso queda en cualquier caso para las “adultas” democracias liberales, desgastadas por el paso del tiempo y sus propias rémoras. Los cubanos, por el contrario, debemos aún empezar a gatear hacia otra democracia: una particularmente filtrada por nuestra experiencia contextual e histórica, original pero reconocible en valores y prácticas universales, tales como: inclusión, pluralismo, responsabilidad, participación, civilidad, persuasión, deliberación, control, fiscalización, etc. Una dosis alta de tolerancia resultaría un buen “andador” sobre el que impulsarnos en la errante travesía hacia la democratización.

Aunque añadiría la justicia, coincido con Bilbeny (1999) cuando afirma que los valores de la democracia son dos básicamente: libertad e igualdad, muy interrelacionados entre sí y para nada absolutos. “El límite de uno está en el otro, lo hemos visto, pero el de ambos está en la dignidad humana, nuestra condición de ser personas, no objetos manipulables” (1999: 49). Ninguno de ellos –asegura– es patrimonio exclusivo de las sociedades liberales. Incluso la democracia ha de cuestionarse si respeta siempre la dignidad humana. Lo que desatiende este autor es que la dignidad humana es también una cuestión de justicia. Apunta Bilbeny: “La libertad es el principal valor moral de la democracia” y “la virtud de la libertad es la tolerancia” (1999: 42), que –añadiría yo– es un acto de justicia respecto a la dignidad del otro. Significa vivir sin ser discriminado, aceptar al otro y sus diferencias, integrarlo a partir de un esfuerzo intercultural, y no sólo “soportarlo” o “reconocerlo”.

Pero la tolerancia no implica pasividad ante los fanáticos que desean destruirla, violando las reglas del juego democrático. La historia ya ha nos ha mostrado las graves consecuencias (los fascismos) que puede generar la tolerancia desmedida e incauta. La libertad no puede existir sin la tolerancia y ésta, a su vez, sin la intolerancia a los intolerantes. Por consiguiente, “la tolerancia tiene un límite: no tolerar a quienes quieren acabar con ella. Ser ʻanti-intolerantesʼ. Eso no representa ninguna contradicción –sostiene Bilbeny–. (…) Por congruencia consigo misma, la tolerancia no puede transigir con los intransigentes que la amenazan” (1999: 43). Dicha “anti-intolerancia” es la que nos ha faltado en Cuba, para evitar los desmanes postotalitarios.

En parte, tal carencia se la debemos a una interpretación empobrecida y maniquea de la noción de ciudadanía y los derechos/deberes que implica. Escudado en la descalificación de los “derechos burgueses” [68] , el constitucionalismo socialista impugnó el concepto de ciudadano, y en su lugar implantó el del proletariado, cuya emancipación, en teoría, había de inspirar la redención del resto de la sociedad. De hecho, no encontramos “en el cuerpo del socialismo ʻmarxista-leninistaʼ un término que cumpla el papel que juega el de ciudadano en la trama del pensamiento democrático liberal. Los derechos ciudadanos son la clave de la relación democrática del ciudadano con el Estado” (Fernández & Guanche, 2010: 6). Sin ellos los gobernados quedan reducidos a meros súbditos, clientes o usuarios.

Las consecuencias respecto a la ciudadanía de la prevalencia de los derechos sociales sobre los individuales son conocidas: configura un patrón asistencialista de participación, crea un ciudadano pasivo a la espera de la provisión pública de bienes y servicios. Sin embargo, la cualidad del sistema democrático no está en aquello que se otorga, sino en aquello que se forma: no en lo que se entrega en forma de bienes y servicios sociales por parte del Estado, sino en la calidad de ciudadano que puede ser ejercida dentro de ese diseño político. (Fernández & Guanche, 2010: 6)

3.13 Tiempos de cambios

Para algunos investigadores, entre los que me incluyo, los cubanos encaran hoy el agotamiento del pacto social postrevolucionario que suministró, durante décadas, políticas sociales amplias y generosas, a cambio de la máxima lealtad de la población y la cesión de buena parte de sus derechos al Estado. Por ende, “presenciamos la paulatina clausura del esquema de gobernabilidad sustentado sobre ese pacto, circunstancia que provoca la necesidad concientizada de la población y las elites –en diversas formas, urgencias y sentidos– de modificar el orden vigente” (Chaguaceda & González, 2013: 53). Tal necesidad, a su vez, despierta notables resistencias, ambigüedades e incertidumbres sobre cómo acometer el cambio con eficacia y oportunidad.

En este contexto de crisis, desde 2008 –pero más a partir de 2011– el presidente Raúl Castro ha promovido un lento proceso de reformas, denominado eufemísticamente “actualización del modelo económico cubano”, el cual ha generado grandes expectativas dentro y fuera de la Isla. Las reformas –que trascienden por mucho el ámbito de la producción y los servicios–, responden, en parte, a un cúmulo de añejas demandas de la población y a la obligación de oxigenar la deprimida, ineficiente y estatizada economía de la Mayor de las Antillas.

En todo caso, coincido con Claus Offe (2014), cuando precisamente en una conferencia en Cuba afirmó que “los sistemas económicos no tienen en sí nada de natural”; sino que más bien responden a decisiones tomadas por actores concretos, en coyunturas históricas determinadas, ante un abanico amplio de posibilidades. En su opinión, tales alternativas económicas institucionales poseen una naturaleza predominantemente política, debido a tres razones fundamentales: “a) se toman (y son defendidas y criticadas) en términos del interés de sociedades enteras en su bienestar, b) se basan en una concepción de justicia (por definición controvertidas) y, c) se llevan a cabo por una autoridad política” (Offe, 2014: 4),dotada de una legitimidad específica que la capacita para tomar decisiones vinculantes referidas a la totalidad de la población. En consonancia con Offe, el economista cubano Pedro Monreal insiste:

La actualización es un proyecto eminentemente político, cuyo leitmotiv central es el remozamiento de un modelo económico estatal centralizado (modelo que no es incompatible con ciertos grados y formas de descentralización), y que es concebido como mecanismo de afianzamiento de un sistema político unipartidista, al cual se subordina todo el diseño económico. (…) la “actualización del modelo económico” resulta un episodio marcadamente subordinado a la cuestión política. Es la “cosa” política (…) lo que determina y por tanto subordina a ella el diseño y la dinámica de la actualización económica, y no al revés. (Monreal, 2015: 3-4)

Por tales razones, este economista prefiere introducir, dentro del complejo de mutaciones estructurales, la noción de “reforma del Estado”, también apropiada para el caso cubano. Esta herramienta conceptual explica mejor el ambicioso proyecto del gobierno que “procura establecer, en menos de diez años, las bases para la construcción de una nueva gobernanza del país” (Monreal, 2015: 3-4). La estrategia conlleva una reformulación del “poder del Estado”, por un lado, y de su “capacidad estatal”, por el otro; dos conceptos que conviene distinguir:

El “poder del Estado” emana de la propia naturaleza del “juego político” que convierte relaciones políticas en relaciones de poder y en estructuras de poder, lo que condiciona la posibilidad de que el Estado pueda asegurar las condiciones para impartir una determinada direccionalidad a la sociedad. Por otra parte, siguiendo el planteamiento de Maximiliano Rey [2014], pudiéramos considerar que: “la capacidad estatal alude a cómo desde la dirección del Estado se puede movilizar el andamiaje político-administrativo, en vinculación con el contexto social de ese determinado sector de políticas, que le permita plasmar las decisiones”. Es decir, que la “capacidad estatal” se refiere esencialmente a cómo se desarrollan las actividades en que se traduce el poder previamente definido del Estado. (Monreal, 2015: 6-7)

En sentido general, puede afirmarse que las reformas son positivas, en tanto combaten el inmovilismo acumulado en los últimos años de gobierno directo y personalísimo de Fidel Castro, favorecen la pluralización de los sujetos socioeconómicos, brindan al mercado un margen (todavía muy estrecho) frente al plan hipercentralizado, y abren ciertos espacios de oferta/consumo de bienes y servicios muy demandados por la población. No obstante, las reformas acusan un manifiesto sesgo autoritario y tecnocrático que convida a moderar el exceso de entusiasmo, y a esbozar algunos señalamientos a su real desempeño [69] . Las críticas han de impulsar la discusión de nuevas leyes –con los parlamentarios y ciudadanos– en detrimento de los usuales decretos gubernamentales; así como incluir el diálogo sobre la añorada democratización que permitiría a la ciudadanía empoderarse y actuar de manera autónoma.

Las reformas se encuentran hoy entrampadas en una relación asimétrica que otorga ventajas a los actores autoritarios y mercantiles frente a otros comunitarios o democratizadores. Aderezan esta situación los siguientes síntomas de “catalepsia”, visibles en la piel de la sociedad cubana: 1) desmotivación entre las masas, 2) excesivos formalismo y verticalismo, 3) concepción puramente movilizativa de la participación, y 4) cultura política mellada en su naturaleza democrática: poco activa, parroquial y subordinada, anquilosada en un modelo militar (Chaguaceda & González, 2015). Todo ello crea la necesidad de concertar voluntades entre los actores interesados en la democratización del país. En la isla caribeña existe “un pluralismo social que urge ser canalizado en forma de consensos constructivos hacia metas comunes” (Guanche, 2010: 5).

Ante un régimen que obstruye la apertura del campo político con una añeja receta totalitaria: monopolio legal y fáctico sobre la representación/participación políticas, condimentado con control/represión del activismo cívico, la única alternativa sostenible a largo plazo apunta a la constitución de un conjunto mínimo de acuerdos y acciones concretas acerca de los modos de restituir los derechos a la ciudadanía y restringir la arbitrariedad de los órganos estatales.

3.14 La democracia anhelada

Es en ese sentido, que la naturaleza abierta, dinámica, inestable y precaria de los procesos de democratización, no ha de limitar la adopción de un núcleo básico de arreglos y procedimientos neutrales que, como bien asegura Whitehead (2011), “anclen” en tierra firme el sueño democrático, en buena medida flotante, errático, conflictivo y hasta mítico. En definitiva, la democracia “consiste en un progreso hacia un tipo de política más basada en reglas, más consensual y participativa” (Whitehead, 2011: 47). Su valor instrumental para nada contradice su componente teleológico: la democracia “es un fin que se explica con un medio y un medio que se justifica por un fin. Combina ambos extremos. Así, no es sólo la ʻmáquinaʼ lo que amamos en la democracia, sino aquello que ʻhacemosʼ con la máquina”, sostiene Bilbeny (1999: 37), quien está convencido de que la democracia es el mejor medio para un mundo más libre y menos desigual.

En oposición a la herencia capitalista prerrevolucionaria, la tradición socialista sobreestimó con fuerza los derechos sociales por encima de los individuales, como ya mencionamos; además, priorizó las garantías y libertades materiales en detrimento de las jurídicas y formales. Por antonomasia, este esquema estadocéntrico –orientado hacia la justicia social– privilegió la democracia “material” sobre la democracia formal. En el otro extremo “de la cancha”, su contrincante capitalista hizo todo lo contrario. Sin embargo, desde ambos polos, prestigiosos juristas han abogado por la paridad entre los diferentes tipos de derecho, su interdependencia y esencia holística. Similar razonamiento puede trasladarse a la democracia, y “hace desaparecer la precedencia de la democracia material sobre la democracia formal, y la considera como una integralidad: la democracia es social y es política, es formal y es sustancial” (Guanche, 2010: 5).

Es con ese enfoque complementario que aspiro a una sociedad cubana que incorpore una base institucional para la tolerancia, o sea, la posibilidad estructural de convivencia política entre sistemas de creencias sustantivamente diferentes (inclusive antagónicos); aunque, de manera inevitable, uno de ellos detente mayor poder de decisión (Guanche, 2010). En primer lugar, habría que desmantelar el monopolio autoritario del Partido Comunista, “desestigmatizar” el disenso y favorecer la competencia política legal, en condiciones de igualdad y transparencia, regida por principios operativos democráticos. Sin que esta democratización “formal” signifique para nada renunciar a las garantías sociales obtenidas, cuyos contenidos y calidad pueden perfeccionarse con el tránsito a un socialismo participativo o autogestionario [70] . Soy consciente de las incertidumbres y pasiones encontradas que generaría semejante proceso en sus primeras etapas. “El desarrollo típico de un proceso de democratización implica también muchas salidas en falso, errores de juicio, rodeos y consecuencias no intencionales” (Whitehead, 2011: 49).

Otro pilar central apunta al establecimiento y refuerzo de un Estado de derecho [71] que ampare a los ciudadanos frente al despotismo de funcionarios y empresarios domésticos o foráneos, y que “auspicie los procesos e instituciones de innovación democrática y participación ciudadana capaces de corregir el conocido problema de las democracias delegativas y los poderes fácticos encumbrados dentro del modelo neoliberal” (Chaguaceda & González, 2013: 54).

Semejante tipo de participación requiere cuando menos una comunidad amplia de ciudadanos conscientes, críticos, activos, responsables y habituados a deliberar con respeto (valores todos escasos en la sociedad cubana actual). Como bien resumiría Whitehead: “La democracia tiene una afinidad electiva, o tal vez incluso una conexión necesaria, con un tipo particular de cognición (ʻpensamiento reflexivoʼ) y una orientación social particular (un ʻethos de responsabilidadʼ)” (2011: 34). Precisamente, debido a esta cualidad crítica de la cognición del ciudadano democrático –continúa el británico–, “en asuntos políticos ni siquiera el consenso de valor más fuerte y el edificio conceptual más robusto pueden llegar a ser por completo inmunes a la duda y la renegociación” (2011: 34). Axioma que si los líderes de la Revolución Cubana entendieron en un inicio, luego se olvidaron de implementarlo y conservarlo.

En su libro Democratización. Teoría y experiencia, Whitehead echa mano al ejemplo de Cuba. De este “caso duro” se vale para defender el potencial democrático de la deliberación ciudadana, como medio de evaluación de alternativas políticas competidoras:

Si los ciudadanos de Cuba, relativamente aislados de sus vecinos, se pusieran a deliberar y sacaran la conclusión de que su forma de gobierno de un solo partido comunista fuera democrática, ¿estaríamos obligados a permitir que esa sentencia anulara juicios y definiciones externas más convencionales? Teóricamente, esto podría ser necesario, en mi opinión, pero sólo si los ciudadanos de Cuba realmente estuvieran en libertad de deliberar (por ejemplo, necesitarían acceso abierto a puntos de vista competidores y sus conclusiones personales decidirían el resultado) e incluso entonces, únicamente habrían llegado a un veredicto provisional. Por lo tanto, la “democracia comunista” resultante dependería permanentemente de la aprobación revocable de sus ciudadanos. A su debido tiempo, dado el supuesto acceso a puntos de vista rivales, tanto Cuba como sus vecinos llegarían a un solo veredicto acerca de si esta variante de democracia sería admisible o no. Esto es así porque con el tiempo la opinión en Cuba se desviaría por exposición al escepticismo externo, o la resistencia externa se debilitaría por la persuasión cubana. En este contexto es útil que la democracia sea un ideal inalcanzable tanto como una etiqueta descriptiva. (2011: 41-42)

Como hemos expuesto, y bien presume el autor, la “libertad de deliberar”, el “acceso abierto a puntos de vista competidores”, la “exposición al escepticismo externo”, la provisionalidad y revocabilidad de los veredictos políticos, etc…, son meros supuestos que urge concretar en Cuba hoy. Tales falencias deslegitiman el autobombo de la “democracia comunista”, que más bien presenta alarmantes suspensos en el procesamiento democrático de los inevitables desacuerdos. En cualquier caso, coincido con Whitehead en que, dada la complejidad, heterogeneidad y larga data de los procesos de democratización, conviene siempre hablar, medir, testar y pensar en términos de calidad de la democracia, antes que usar el engañoso lenguaje de la consolidación.

Por último, quisiera referirme a la conveniencia de incorporar a la particular experiencia democratizadora cubana, las herramientas de presión, sanción, control, fiscalización y obstrucción, que Pierre Rosanvallon (2007) ha englobado bajo el polémico concepto de la contrademocracia (cuyos contenidos abrazo tanto como rechazo la etiqueta que los engloba [72] ). Respecto a dichos “poderes correctores”, este autor identifica tres modalidades: la vigilancia, la denuncia y la calificación. En contraste con la intermitente asistencia a las urnas (democracia electoral), la eficiencia de estos “contrapoderes” depende de su constancia. Rosanvallon rescata un ideal de gobierno de la voluntad general centrado en la facultad de impedir: la democracia negativa, de rechazo o de imputación. Esto es: “la vigilancia del pueblo controlador, perpetuamente activo, como el gran remedio para el mal funcionamiento de las instituciones, en particular para remediar lo que podríamos llamar la entropía representativa (es decir, la degradación de la relación entre elegidos y electores)” (2007: 30).

En cuanto al vacío de estos mecanismos de control, la experiencia del socialismo de Estado en varios aspectos es igual o peor que la del capitalismo periférico de la región. Al decir, del sociólogo cubano Juan Valdés Paz (2009), la consecuencia inmediata y nefasta de la hipercentralización es un burocratismo inmunizado contra cualquier pretensión ciudadana de fiscalización. En la tradición comunista y socialista –afirma–, el burocratismo no consiste en un mero supernumerario de burócratas que estorba. “Burocratismo es tomar decisiones sin control de la sociedad sobre ellas. Entonces, cuando hablamos de burocratismo en realidad lo que queremos decir es que hay una insuficiencia democrática porque la sociedad no tiene control sobre las políticas en curso” (Valdés, 2009: 63).

Los aspectos esbozados aquí, en torno a la necesaria democratización que demanda Cuba, apenas constituyen gráciles brasas para atizar el debate y consumirse en el fuego lento de la discusión, junto con otros rescoldos de diversas “maderas”. Mucho necesitamos los cubanos la institucionalización del debate y, más aún, el vertimiento (carácter vinculante) de los resultados de la deliberación en leyes, políticas públicas y estructuras sociales. La evolución en el complejo ámbito de la cultura, propenso a las inercias y usualmente resistente al cambio, no es menos importante. Aunque “la democracia no sirve para hacer todas las cosas”, ni para siempre “hacer las cosas bien o de modo eficaz” (Bilbeny, 1999: 21); a mi entender, no cabe duda de que, bajo su perfectible manto, los cubanos disfrutaríamos de una sociedad civil más libre y civilizada; estaríamos más cerca de erguirnos y de rozar esas promesas pospuestas por décadas.

3.2 Universidad y Revolución: un legado resentido

3.21 Memorias de un ícono

Pasaron más de seis años desde que el 12 de septiembre de 1721 el Papa Inocencio XIII concediera a los dominicos habaneros el permiso fundacional para instaurar en su monasterio una universidad. Después de una ardua lucha de poder con el obispo Gerónimo Valdés, y conflictos de intereses políticos y económicos, el 5 de enero de 1728, con la presencia del Capitán General de la Isla de Cuba, se crea en el convento de San Juan de Letrán uno de los íconos socioculturales de la capital cubana: la Real y Pontificia Universidad de San Jerónimo de la Habana.

Ante la presión de las familias acaudaladas y las autoridades eclesiásticas de La Habana, los dominicos promulgan en enero de 1733 los primeros estatutos de la Universidad, que comienzan a regir el funcionamiento de la casa de altos estudios, la vida estudiantil y el organigrama de jerarquías. A pesar de la ausencia de un paradigma ideológico nacional fuerte, los historiadores coinciden en resaltar la labor de la U.H. en la formación cultural de los primeros científicos e intelectuales decimonónicos de Cuba, muchos de ellos convertidos luego en gestores de transformaciones de la propia entidad educativa y en padres de la incipiente nacionalidad cubana.

En 1842, a solicitud del cabildo y del procurador general, se produce un cambio significativo para la Universidad: la implementación de un nuevo plan de estudios (orientado hacia las ciencias naturales); el cual contrae el abandono del convento por parte de los frailes dominicos y, por tanto, la sustitución de su doble carácter de Real y Pontificia por el título de Real y Literaria, una entidad laica, aunque estrechamente supervisada por las autoridades españolas en la Isla.

Como se sabe, la Universidad colonial fue muy discriminatoria. A ella sólo accedían los jóvenes adinerados y algunos de clase media. Para los sectores populares, negros y mujeres sólo quedaban los oficios. En protesta contra estos prejuicios y la agresiva política colonial, el 9 de febrero de 1892 se produce la primera huelga estudiantil de la que se tengan noticias.

Aunque muchos pensaron que con el advenimiento de la República desaparecerían las amenazas y frustraciones de los actores universitarios, en realidad muy lejos estaba el sueño de José Martí de erigir una universidad popular, no elitista, ni escolástica, garante intelectual de la libertad y la soberanía. La educación, en sentido general –y, por supuesto, la Universidad–, no escapa al profundo proceso de penetración económica, social y cultural que significó la neocolonización de Cuba por Estados Unidos, durante más de medio siglo.

Desde la primera intervención militar, los estrategas norteamericanos, en busca del respaldo de las familias criollas, emprenden un proyecto de apoyo máximo al centro, que gozaba de un gran prestigio académico. A tal efecto, el 3 de enero de 1899 el Gobernador Militar Mayor General John R. Brooke delega en el rector de entonces, absolutas facultades para buscarle solución al enjambre de problemas heredados de la administración ibérica. Un nuevo nombre identificaría a partir de entonces a la institución, como símbolo del cambio y la inauguración de una nueva etapa. De Real y Literaria se convierte simplemente en Universidad de La Habana.

El auge de la participación estudiantil constituye el rasgo fundamental que caracteriza a la década de 1920 en la universidad habanera. Los constantes enfrentamientos del estudiantado con el claustro y los gobiernos de turno son su más genuina expresión práctica. De las luchas universitarias internas, surge el 20 de diciembre de 1922 la Federación de Estudiantes de la U.H., hoy con un carácter nacional y conocida por sus siglas FEU (Federación de Estudiantes Universitarios). Entre sus banderas iniciales figuraba la total autonomía y la participación del estudiantado en el gobierno universitario, mediante representación en el Claustro Universitario.

Desde que en los primeros días de 1923 la FEU, con el apoyo del rector Carlos de la Torre, presenta su manifiesto-programa de reforma de la Universidad, la vida en la institución se torna convulsa, más aún cuando el Claustro se niega a concesiones. Múltiples son las actividades estudiantiles de respaldo al proyecto de autonomía universitaria y largas las horas de negociación entre las diversas partes. En marzo de ese año surge oficialmente la Asamblea Universitaria y en octubre se celebra el Primer Congreso Nacional de Estudiantes, tribuna propicia para denunciar las raíces imperialistas de los males sociales que aquejaban a Cuba.

La primera medida del Directorio Estudiantil Universitario (DEU), fundado en la noche del 30 de marzo de 1930, fue decretar la suspensión de las clases, como protesta contra la prórroga de poderes en el gobierno de la Universidad y la reelección del presidente Gerardo Machado. Este hecho marca una nueva etapa en la pugna estudiantil: las acciones revolucionarias se vuelcan a la sociedad, otorgándole a su lucha un carácter político nacional.

En agosto de 1933 la resistencia estudiantil desempeña un rol activo en el derrocamiento de Machado y aprovecha la elección del profesor de Medicina Ramón Grau San Martín como mandatario, para ver aprobado, por decreto presidencial, su más anhelado sueño: la autonomía universitaria, motivo de lucha durante casi 15 años. Sin embargo, la autonomía no logra concretarse: “A la Universidad se le ha concedido ya la autonomía. Una autonomía limitada, precaria, pero no impermeable a las reformas que queremos”, expresó al respecto Raúl Roa [73] .

Este triunfo nominal no significó un receso de la acción estudiantil, pues las exigencias de mayor participación en el gobierno universitario, depuración profesoral, e implementación de la matrícula gratis no cesan. La incorporación de la autonomía a la carta constituyente es uno de los grandes logros de los actores universitarios en toda su historia nacional. Mediante el artículo 53 de la Constitución de 1940, se reconoce jurídicamente este derecho y se consigna en los Presupuestos Generales de la Nación. El éxito obtenido resultó elocuente; pero, como pasó antes, los postulados abstractos no encontraron casi nunca vía de instrumentalización en la práctica.

Durante los gobiernos “auténticos” de Grau y Carlos Prío Socarrás el activismo estudiantil se ve disminuido en comparación con la hiperactiva etapa de la “Revolución del 33”, “el punto más alto de la movilización estudiantil en toda Latinoamérica” (Mariño, 2005: 53). Las causas principales son: el asesinato de algunos líderes de la FEU, la corrupción y politiquería de los dirigentes que quedaron, y el empleo de los cargos directivos para escalar posiciones políticas. Dentro de los jóvenes progresistas que combatieron este adverso ambiente y defendieron el papel de vanguardia de la Universidad en la sociedad cubana de fines de los 40, aparece en escena, muy vinculado a los ortodoxos, Fidel Castro, quien llegó a ser presidente de la Facultad de Derecho e impulsó en 1948 la organización de un Congreso de Estudiantes Latinoamericanos.

Atenta a su sólida tradición de lucha, ante el golpe de estado del general Fulgencio Batista, el 10 de marzo de 1952, la U.H. no sólo vuelca todas sus energías en repudiar el hecho, sino que se convierte en el epicentro de la resistencia clandestina, entregándose en pleno a la recuperación de las garantías constitucionales perdidas. La FEU es la primera en pedir al Consejo Universitario (CU) la suspensión total de las clases y la sanción de los profesores que acepten puestos en el gobierno golpista.

Pasados dos meses ya el profesor Rafael García Bárcena lideraba el Movimiento Nacional Revolucionario, integrado por un gran número de estudiantes y profesores que, aprovechando la autonomía de la institución, entrenaban el manejo de las armas con el propósito de atacar el campamento de Columbia, en conexión con un grupo de militares antibatistianos. Por ese tiempo, Fidel estructuraba otra organización, autobautizada El movimiento, enfocada también en la preparación militar para encarar la tiranía, y cantera fecunda de lo que más tarde se conoció como Generación del Centenario, por su consagración a los postulados martianos. Por ambas fuerzas pasaron más de 1 500 miembros del futuro Movimiento 26 de Julio.

La participación política de los universitarios por esta época cobra ribetes asombrosos y sufre una radicalización sin precedentes. El enfrentamiento contra las fuerzas represivas de la dictadura es cotidiano. Las protestas y manifestaciones “llueven”, cada vez con mayor fricción. Destaca por su fuerza y magnitud la gigantesca marcha de las antorchas de la víspera del centenario de Martí, simbólica tradición perpetuada hasta nuestros días. Prácticamente en “puesto de mando insurreccional” deviene la bicentenaria Universidad. Buena parte de la acción clandestina se gesta en sus predios y la vanguardia revolucionaria encuentra en los estudiantes un bastión importante.

La influencia de José Antonio Echeverría, como secretario general de la FEU, es vital en la creación y conducción del Directorio Revolucionario (DR) en 1955, grupo que brinda a la FEU una entidad capaz de involucrarse de forma activa en la insurrección armada, sumando a otros sectores sociales, sin comprometer a la FEU, dadas las ataduras legales que la unían a la Universidad y a la estructura institucional del país. Su liderazgo es eminentemente estudiantil, pero sus metas de transformación rebasan por mucho el estricto marco universitario. Así lo demostrarían con la firma del pacto de México, en agosto de 1956, y el asalto al Palacio Presidencial y a Radio Reloj, el 13 de marzo de 1957, día en que muere José Antonio acribillado a balazos a unos metros de los muros universitarios. Pocos meses después, el DR resurge en la Sierra del Escambray como destacamento del Ejército Rebelde para incorporarse a la ofensiva final del Comandante Fidel Castro.

De este modo, podemos identificar en la participación política y lucha estudiantil de esta época tres etapas, a saber: el enfrentamiento desarmado en las calles contra el poder batistiano, a continuación el combate armado clandestino en las ciudades y, al final, la lucha guerrillera en las montañas. El triunfo revolucionario de 1959 desempolvaría nuevamente las aulas y marcaría el comienzo de una nueva etapa en la historia nacional, dentro de la cual la U.H. continuaría cosechando sustanciales cuotas de protagonismo sociopolítico.

3.22 Revolucionaria por derecho propio

Como en el resto de la sociedad, los cambios en la Universidad acontecieron de manera turbulenta. Aunque las transformaciones radicales eran imperiosas, el enfrentamiento a los sectores reticentes, que veían desmoronarse sus privilegios de clase, originó serios conflictos al interior de la U.H.. Con el artículo 53 de la Ley Fundamental [74] , el Gobierno Revolucionario ratifica la libertad de cátedra y la autonomía universitaria y, con ella, el deber de profesores y estudiantes de resolver entre ellos sus discrepancias. Sin embargo, un conjunto de leyes inmediatamente posteriores, contrarias al espíritu de la Constitución, institucionalizan la injerencia estatal en la Universidad y, por ende, anulan la autonomía universitaria sin derogarla.

La creación de la Comisión Mixta de Reforma es uno de los saldos más polémicos de esta época. La integran sólo personas leales al régimen, con el encargo de “depurar” a profesores, estudiantes y trabajadores que no comulguen con los intereses del nuevo Estado. Muchos deben someterse a rigurosos exámenes ideológicos, para tratar de continuar estudiando, enseñando o laborando en las universidades. Debido a la total arbitrariedad y discrecionalidad [75] en la interpretación de la ley, se cometen no pocas injusticias. Estos tribunales universitarios violan el artículo 20 de la Ley Fundamental que estipulaba: “Todos los cubanos son iguales ante la Ley. La República no reconoce fueros ni privilegios. Se declara ilegal y punible toda discriminación por motivo de sexo, raza, color o clase y cualquiera otra lesiva a la dignidad humana”.

En octubre del propio año 1959 se produce un suceso particular para la historia del movimiento universitario: se constituyen las Brigadas Estudiantiles José Antonio Echeverría, primeras milicias de la colina. Su entrenamiento en la Sierra Maestra lo atiende Fidel directamente y dentro de su haber participativo se cuentan la defensa contra la invasión de Playa Girón, la movilización por la Crisis de Octubre y el combate contra insurrectos en el Escambray. Otra de las medidas cruciales de estos primeros años de la Revolución es la organización del Movimiento de Alumnos Ayudantes en 1960, para contrarrestar el déficit de profesores.

Con la instauración del Consejo Superior de Universidades, a finales de 1960, concluye el turbio proceso que suprime la libertad de cátedra y la autonomía, elimina cualquier foco de disidencia universitaria e instituye el control estatal en las tres universidades del país. Poco antes, el Informe-Memorandum sobre la posición del gobierno revolucionario ante la reforma [76] fue enfático en relación al futuro de la autonomía. La frase: ʻUniversidad, Gobierno y pueblo son parte de una misma realidadʼ, dejaba clara la intervención del gobierno en todas las actividades de la Universidad” (Cabrera & Ibarra, 2010: 44-45).

De la implementación de la Reforma Universitaria en enero de 1962, nace legalmente la Universidad socialista [77] , que introduce transformaciones capitales en la composición social de la U.H.: aumenta su matrícula, nacen nuevas facultades y carreras, se estrenan otras formas de gobierno. Entre otras cosas, se acuerda que los estudiantes seleccionen a los candidatos para ocupar los cargos del Secretariado mediante su voto directo y secreto, lo cual introduce un componente democrático en la elección del liderazgo estudiantil universitario. No obstante, ya para ese año era evidente que la autonomía universitaria había sido extirpada.

A pesar de ello, cabe destacar que, durante estos años, la acción estudiantil es bastante protagónica. Tanto dentro de la Universidad como en su entorno, la FEU se enfrasca en brindar sus aportes a la organización de la economía y participa, en labores agrícolas, industriales, constructivas e investigativas. Desde 1976, los estudios dentro de la U.H. han estado marcados por un profundo carácter social y una estrecha vinculación teórico-práctica con programas de desarrollo de las ciencias “duras”. Sin embargo, la producción reflexiva crítica sobre distintas problemáticas de la sociedad, promotora de cambios en las políticas nacionales de conducción de la cosa pública, no ha corrido similar suerte, en cuanto a la implementación de sus aportes.

3.23 Auscultando el presente

Pese a que en sus inicios la concepción de su membresía era más selectiva, la FEU es hoy por mucho la organización de masas más antigua de Cuba. Desde 1979, organiza sus propios congresos y, en justo acto democrático, los reconoce como su máximo órgano de dirección y de toma de decisiones. En sus congresos, la FEU analiza el trabajo de la Organización en el período que media desde el anterior congreso y se trazan las estrategias de trabajo para los cursos siguientes. Asimismo, se discuten y aprueban las modificaciones a los Estatutos y Reglamentos, los problemas del estudiantado, y es elegido en cada cónclave el Secretariado Nacional, entre otros puntos de interés canalizados por los estudiantes en reuniones precongresos, sesionadas en todos los niveles: desde las brigadas hasta las asambleas provinciales.

“En correspondencia con sus principios, sus tradiciones y su historia”, si bien la FEU es “una organización orgánicamente independiente” (Estatutos, 2007: 4), respaldada por el Estado Socialista [78] , “su organización de vanguardia es la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC), cuya conducción política reconoce abierta y conscientemente para la consecución de sus objetivos” (Ibídem). Como es de suponer, la cédula juvenil del PCC no hace más que reproducir a escala universitaria las prácticas intrusivas y centralistas de su organismo superior. En el capítulo 4, se observará la crisis de legitimidad que atraviesa la UJC en la actualidad, la cual ha sufrido un desgaste considerable de su membresía en cantidad y calidad.

Hemos visto cómo el movimiento estudiantil, y en especial la FEU, ha tenido una participación destacada en distintos momentos de la historia de la isla caribeña, tanto de forma directa como indirecta, pues por sus aulas pasaron varios artífices de la independencia. Mucha sangre de estudiantes cobró la soberanía nacional, a cuya fragua contribuyeron las ideas nacionalistas de los jóvenes universitarios, seguidores de los preceptos martianos en un principio, y marxistas-leninistas luego. Durante las últimas décadas, los estudiantes universitarios capitalinos, y en especial los de la bicentenaria habanera, se han involucrado en los más variados programas sociales, brindando su aporte en tareas de gran impacto.

Esa intervención en actividades transformadoras de la sociedad manifiesta la expresión fáctica de una de las Disposiciones Generales de los Estatutos de la FEU (2007) que norma el trabajo de la organización, específicamente la del Artículo 1, inciso c): “Reafirmar la vocación social de los universitarios a través de la actividad comunitaria, el cumplimiento de tareas de impacto social y la participación desde el estudio u otras tareas en la solución de problemas de la sociedad”. Empero, sobre este aspecto, otras opiniones demandan un mayor acercamiento entre la U.H. y su universo circundante.

De igual modo, en la consideración de algunos destacados intelectuales, como el ya fallecido Dr. Delio Carreras, exhistoriador de la U.H., “la participación estudiantil en los asuntos internos de la Universidad de La Habana ha ido siempre por detrás de la participación social” (2008: 5). Una de las causas de esta problemática, plantean los propios estudiantes, es la desconexión interna de la Universidad, la falta de integración entre las facultades. Existe conciencia sobre este lacerante fenómeno entre los diversos actores de la U.H., quienes abogan por hacer algo al respecto urgentemente, ante el peligro de la irreversibilidad. Según algunos criterios recolectados para este estudio, integración entre facultades y participación estudiantil pudieran estar atrapados en una relación causa-efecto, donde un estrechamiento de los lazos podría promover un aumento de la implicación de los estudiantes en la Universidad; pero alcanzar dicha integración depende, en buena medida del involucramiento y el empuje de los alumnos en esa dirección.

Por su parte, Fernando Rojas López, exvicepresidente de la FEU a nivel nacional, aduce que el problema de la participación estudiantil y de las necesarias transformaciones universitarias es“un cambio muy importante que supera a la Universidad y tiene que ver con todo el país” (2008: 7). En su parecer, “nosotros los cubanos tenemos un problema: somos los tipos más críticos de la verticalidad. Sin embargo, somos también los que más asumimos la verticalidad como factor de cambio” (Ibídem). Para contrarrestar esa mentalidad pasiva, paternalista, asistencialista…, Fernando sugiere promover la autoridad local en los pequeños espacios y territorios, particularmente la autoridad juvenil, lo cual redundaría en un estrechamiento de los lazos entre universidad y sociedad, tan reclamado por algunos estudiantes y directivos de la U.H..

Uno de los epicentros cardinales de los sismos universitarios en la actualidad es el tema del bajo presupuesto y los déficits materiales. No sólo los estudiantes se quejan hasta la saciedad de las precarias condiciones materiales subyacentes en muchos de los fenómenos de base de la participación estudiantil; sino que las propias autoridades, con enérgica y contundente sinceridad, suman su voz al coro de lamentos, y reclaman un fortalecimiento de los dispositivos de gestión económica, que permita respaldar con recursos humanos y materiales los objetivos propuestos.

Casi todas las opiniones relativas al tema incluyen en la discusión, como eje nodal, el asunto de la centralización de los pocos recursos disponibles y sus nefastas consecuencias en múltiples planos de la actividad docente y extensionista universitaria. La repercusión de esta delicada situación económica-organizativa en la participación estudiantil, tanto en las actividades internas como en las de tipo social, no es para nada desdeñable. La insatisfacción de muchas de las demandas materiales, según los propios alumnos, redundan en una serie de acontecimientos que atentan contra su involucramiento activo en la vida universitaria, comenzando por el descrédito de las propias organizaciones, pasando por la desmotivación, y concluyendo con notables dosis de apatía, en unos casos, o participación formal, rutinaria, vacía de ganas, en otros.

Pero no todo es culpa del burocratismo y las condiciones financieras. A veces, los problemas derivan de una deficiente gestión de los recursos disponibles por parte de los responsables de garantizar su máximo aprovechamiento. Esas insuficiencias en el ejercicio de determinadas funciones administrativas suelen disfrazarse de abismos materiales, cuando en realidad implican una mala planificación, organización y distribución económicas.

Como vemos, un complejo panorama económico, financiero y funcional matiza el entramado contextual donde se insertan los procesos participativos de los estudiantes de la U.H. [79] . La casi tricentenaria institución reproduce en su interior, con sus particularidades, muchos de los aciertos y errores de la sociedad cubana en su conjunto. Otros, por supuesto, son creaciones propias de las dinámicas universitarias de formación profesional, cultural, cívica, política e ideológica, que se originan en este escenario social específico, nicho de tantos significados diversos en el imaginario popular. Disminución de su protagonismo social (a pesar de su impacto en Programas de la Revolución), necesidades económicas insatisfechas, excesivo burocratismo, y déficits en la gestión institucional, constituyen algunos de los principales problemas a resolver a corto y mediano plazo dentro de la U.H. para mejorar su funcionamiento y garantizar el cumplimiento cabal de su propósito formador de hombres integrales y participativos.

Cuando los actores universitarios aluden a sus expectativas sobre el socialismo en Cuba, cambio es la palabra de orden. Existe bastante consenso entre ellos en relación con la pertinencia de realizar transformaciones, pero dentro del sistema social vigente; corregir errores, tendencias negativas y deficiencias estructurales, sin tener que adoptar un modelo capitalista. El espíritu optimista predominante en los jóvenes universitarios, en cuanto a la confianza en la evolución social, resulta ciertamente una nota alentadora para empezar a aprovechar, con eficacia, esas energías estudiantiles en la construcción de un renovado socialismo, más autogestionario y menos estadocéntrico. En esa dirección los criterios recabados redundan sobre el requisito de crear fórmulas autóctonas y no adoptar modelos foráneos.

Ésta ha sido tan sólo una aproximación a un fenómeno polémico como es la participación estudiantil en la U.H. y la relación actual de esta institución con la Revolución Cubana y su proyecto socialista. He intentado trazar apenas un esbozo contextual de un complejo y desafiante óleo sociopolítico, encrucijada donde confluyen múltiples factores, atravesados por una fuerte raíz histórica. De la interiorización de la urgencia de emprender profundas modificaciones por parte de todos los actores de la U.H. depende en buena medida la optimización del rol educativo de esta fragua cultural y la concreción de aquella acertada sentencia del intelectual cubano Armando Hart Dávalos: “La Universidad tiene que jugar un rol decisivo en Latinoamérica. Sin las universidades no habrá transformación social en América, ni en el mundo, porque la revolución que se necesita –la única posible– es la que se fundamenta en la cultura” (En Mariño, 2005: 60).

3.3 Chile: la democratización eterna

“El mercado no funciona, no hace milagros y reparte muy mal el progreso y el bienestar: genera inequidades y endeudamiento individual. El mercado tampoco sustituye la voluntad soberana de los ciudadanos”.
Jorge Rojas, 2012: 109.

A veces cuando uno piensa en un país determinado, lo primero que imagina son paisajes o accidentes naturales, edificaciones llamativas, comidas típicas, e inclusive olores. Sin embargo, con Chile me pasa como con Cuba, cuando mis pensamientos se posan en el país sudamericano, anidan sobre todos los recuerdos que tengo de su gente. Entonces rememoro los rostros y gestos de los chilenos y chilenas de hoy. Esos que no tuvieron tiempo de superar completamente las heridas de la dictadura, pues de inmediato les cayó encima el vendaval negativo de la profundización de un modelo neoliberal aplicado a raja tabla. Como me dijo un entrevistado, estudiante de la Ingeniería en Biotecnología: “Acá en Chile, como en ningún otro país del mundo, se implantó el neoliberalismo ʻde libritoʼ, sin matices ni adaptación alguna”.

El caso chileno fue el único en América Latina en que el régimen postdictadura heredó un modelo económico constituido, en vez de una crisis económica. El gobierno encargado de la transición no sólo recibió una economía de mercado, sino toda una sociedad de mercado consolidada; quizás con algunas fallas pero incuestionable en sus estructuras y doctrinas, según la asumen “desde arriba”. En cambio, Jorge Rojas (2012), un académico sensibilizado con los “de abajo”, la ha calificado como la “sociedad de letra chica” o “de los abusos”. Letra chica es una frase muy popular en Chile que, para catalogar el escenario social de la nación andina, echa mano del archiconocido truco mercantil de disimular en tipografía minúscula, casi ilegible, las restricciones y partes menos convenientes del producto o servicio anunciado.

La sociedad de mercado genera desconfianza porque cada rostro tiene la posibilidad de ser ficticio, porque todo puede estar fundado en un interés mercantil. El interés siempre está presente, no es pensable solicitar ni esperar que los grupos o individuos se comporten a espaldas o fuera de un interés. Lo que no es tampoco esperable es que todas las formas de interés sean el dinero. Esta última regla acaba en la sociedad convertida en un prostíbulo, cuya única regla para cada conducta es su precio. (Mayol, 2012: 82)

Pero no siempre fue así. Hasta el golpe militar de 1973, el Estado chileno tenía un papel preponderante en la economía nacional y daba muestras prácticas de una gran preocupación por las tareas redistributivas, enfocadas hacia lo social. Por ejemplo, se ha referido que a finales de la década de 1960, la inversión pública representaba el 75% de las inversiones totales en el país austral; y, entre 1970 y 1972, el gobierno chileno destinaba a gastos sociales alrededor del 20% de su Producto Interno Bruto (PIB), (Salinas, 2007). Esta notable inversión en programas sociales lo situaba, en aquella fecha, a la cabeza de las naciones latinoamericanas, y a la par de países del llamado Primer Mundo. Cuentan que las personas vivían con otro ánimo, mostraban otro semblante, y recorrían las calles menos ensimismadas. Sin embargo, ya sabemos que el régimen pinochetista se apresuró en desmantelar estos “desatinos” de un Estado benefactor e “injerencista”.

3.31 La “letra chica” del Neoliberalismo

Una rápida caracterización del modelo económico implantado en Chile durante las últimas cuatro décadas, debe apuntar los siguientes rasgos indispensables: apuesta ciega al libre mercado más radical, exento de toda atadura e interferencia; privatización desregulada por completo (alrededor del 80% de la economía es privada); obsesión cuantitativa por el crecimiento económico y la modernización, sin sopesar consideraciones ecológicas, regionales o de justicia social; fuerte inversión extranjera y flujo de capitales expedito; política extractivista, fomento de la exportación de materias primas y productos de escaso valor agregado; excesivo énfasis en el éxito personal: el “autoemprendimiento” como fórmula individualista de vida, aliñado con un desmedido absolutismo de la competencia [80] . Por último, es preciso aludir al tan cacareado principio del goteo o “chorreo” de los beneficios desde los sectores pudientes hacia los más pobres. Esta lógica de la “gravedad social” ha quedado desprestigiada ante la penosa precarización de los servicios de salud, educación y seguridad social, por sólo mencionar algunas prioridades humanas.

De tal modo, en las antípodas del “socialismo real” cubano, observamos en Chile un Estado mínimo, sometido al imperio de la economía neoliberal, reducido en sus funciones a impulsar los negocios privados, controlar riesgos y conflictos, y a enmendar lo peor de los “daños colaterales” del mercado. La invasión de un sector de la sociedad por parte de otro, sólo puede traer efectos nocivos: equilibrios alterados, funciones usurpadas, acatamiento, subdesarrollo o daños colaterales, como los llamó Zygmunt Bauman (2011), en su libro homónimo. En Chile aumentó desproporcionadamente el tamaño de la economía “y se perdió la textura de la sociedad. Esa textura que son las interacciones cara a cara, la confianza interpersonal, la existencia del espacio público donde debatir los grandes asuntos que a todos competen” (Mayol, 2012: 25). Tamaña colonización económica necesitaba per se una despolitización de la sociedad, redirigida entonces hacia la mercantilización extrema de sus lógicas elementales.

En el centro de la sociedad y de las relaciones sociales está el negocio, constituyendo, junto a las relaciones comerciales, el fundamento de la sociedad. La contractualidad precaria, de corto, mediano o largo plazo, regula la vida cotidiana de los chilenos; la salud del cuerpo y del espíritu pasa por las leyes de oferta y demanda del mercado y la escolaridad se adquiere con recursos económicos o con créditos otorgados según la rentabilidad del capital humano. (Rojas, 2012: 41)

Lo que no cuentan los apologetas del “milagro chileno” son las manchas visibles en la piel de esta sociedad podridamente centrada en la idea del lucro. No hablan de la irrisoria productividad laboral, de los perversos sistemas de subcontratación y de trabajo estacionario, o los horrores de una seguridad social entregada casi en su totalidad a entes privados (Administradoras de Fondos de Pensiones). Tampoco relatan las historias de los consumidores desprotegidos, carentes de derechos; de la desarticulación de los sindicatos [81] y el debilitamiento de la sociedad civil, o la erosión de la identidad nacional. Mucho menos explican las causas de la desafección hacia la política tradicional o del fraccionamiento del territorio chileno por la aprobación de impopulares megaproyectos.

Ciertamente, no es necesario ser un experto para percibir que las serias dificultades de la sociedad chilena no se corresponden con los favorables indicadores macroeconómicos alcanzados de manera sostenida en medio siglo. La explosión social que ha puesto en jaque al modelo durante el último lustro, contiene, con suficiente certeza, “una crítica radical respecto a la injusticia que éste ha supuesto. Esa injusticia se ancla en la sensación de vulnerabilidad de quienes tienen menos poder respecto a quienes gozan de muchísimo poder” (Mayol, 2012: 55). Las notorias desigualdades y asimetrías sociales ponen en evidencia un alarmante patrón de concentración de la riqueza (léase: ingreso, propiedades, bienes, conocimientos, capital cultural y simbólico) que parece insostenible.

De muestra un botón: de acuerdo con un estudio reciente de la Facultad de Economía y Negocios de la Universidad de Chile, las 40 mil familias chilenas más ricas, que conforman el 1% de la población, concentran el 30% de los ingresos personales totales de la población chilena. “Aun excluyendo ganancias de capital o utilidades retenidas, la participación del 1% más rico es la más alta registrada dentro de una lista mucho más amplia de alrededor de 25 países para los cuales esto se ha medido”; resulta mayor incluso que la de similar segmento poblacional en países capitalistas líderes, como: Estados Unidos, Canadá, Reino Unido, Italia, Japón, Australia, Francia. ¡Elocuentes cifras! De tal modo, “el 1% más rico de Chile recibe 2,6 veces más ingresos como proporción del ingreso total del país que lo que en promedio recibe el 1% más rico en los 7 países para los cuales existen datos” (López, Figueroa & Gutiérrez, 2013: 28-29).

Semejante inequidad en la distribución del ingreso, sólo puede traer como consecuencia pobreza colectiva o generalizada, aunque los sucesivos gobiernos de la transición insistan en enarbolar como logro irrefutable la reducción estadística de la pobreza. En efecto, la Encuesta de Caracterización Socioeconómica Nacional (CASEN) 2013, preparada, aplicada y procesada por el Ministerio de Desarrollo Social (MDS, 2015), arrojó que la pobreza por ingresos había disminuido en 2013 a menos de la mitad (14.4%), respecto a 1990 (38.6%). Y la pobreza extrema mucho más: de un 13% en 1990, a 4.5% en 2013. Estos datos duros han sido motivo de orgullo para los dirigentes del país.

No obstante, precisamente a partir de 2013, la aplicación de una nueva metodología de investigación, más integral y actualizada, si bien confirmó la tendencia a la baja de la pobreza, la matizó; pues evidenció la “situación de pobreza de muchos hogares que no era visible con la metodología tradicional” (MDS, 2015: 10). Asimismo, introdujo la variable más verosímil denominada “pobreza multidimensional”, la cual identifica la situación de pobreza de muchos chilenos (20.4%) que la anterior medición por ingresos ocultaba (MDS, 2015). Según fuentes oficiales, el notable descenso de la pobreza ha sido posible gracias al crecimiento económico, al incremento del gasto público y la adopción de políticas sociales. Sin embargo, los dos últimos aspectos son cuestionables, desde análisis alternativos. Mientras, la desigualdad en los ingresos sí que es escandalosa, incluso para funcionarios oficiales.

En una estrategia más cuantitativa y publicitaria que humanística o cualitativa, a partir de 1990 la elite política chilena se empeñó en reducir a toda costa el número de pobres e indigentes en el país. Homologaban así, automáticamente, desigualdad y pobreza. El encomiástico discurso oficial nunca entendió que eran problemas diferentes. “En la pobreza falta comida. En la desigualdad lo que falta es sociedad” (Mayol, 2012: 23). Y falta sociedad, porque sólo en su ausencia puede campear a sus anchas tanta desigualdad, para privilegio de unos pocos. En la nación andina, la cultura mercadocéntrica expandió hasta el infinito la tolerancia a las injusticias en detrimento de los más elementales principios éticos.

En primer lugar, escondemos la desigualdad con mediciones que no son sensibles a ella. En segundo lugar, muchos de los mecanismos que utilizamos para resolver los problemas que la desigualdad presenta solo terminan por reproducirla. Por lo demás, la falta de voluntad política para atacar el tema ha sido evidente. En rigor, no hay una sola política pública, ningún esfuerzo relevante, ningún proyecto que haya estado encaminado en modificar realmente el escenario de desigualdad. No ha habido conciencia del hecho más grave. Las sociedades desiguales se parten en dos. (Mayol, 2012: 72)

En una comprensión amplia del modelo chileno, hay que mencionar las presiones económicas internacionales, que se conjugan con los mandatos domésticos en el sometimiento explícito de la política a los designios mercantiles. Así, a menudo se amparan barbaridades gubernamentales bajo el fino céfiro de las “exigencias macroeconómicas” de orden mundial. “Todo lo cual no justifica sus insuficiencias democráticas, o su falta de voluntad política para con la sociedad, pero ayuda a entenderlas” (Salinas, 2007: 62).

Según los druidas de la “poción neoliberal”, una sociedad de este tipo –ejemplar como la chilena–, necesita funcionar con bajos niveles de democracia y de participación ciudadana, libre de la voluntad desordenada de las masas. Sobre esta fórmula despolitizadora, sentencia Jorge Rojas: “¿Qué queda después de la “muerte del Estado” y la disolución social? Individuos dispersos, de baja intensidad subjetiva y ciudadana, ʻelectores de supermercadosʼ (…) provistos de tarjetas de crédito, ansias de consumo y bajo poder adquisitivo” (2012: 20). Nadie mejor que una casta de elegidos para pastorear al rebaño hacia la “tierra prometida”. Acerca de la polarización de la sociedad y la relación entrampada entre desigualdad y (des)ciudadanía, ha dicho con propiedad Darío Salinas:

La incapacidad de las políticas para encarar satisfactoriamente las desigualdades, va limitando las posibilidades de la democratización y, como parte de un círculo, la escasa deliberación social sobre los fines de la política constituye uno de los grandes obstáculos para incidir en los contenidos de la democracia vigente, cuya inercia no permite reagendar los problemas sociales de los que teóricamente se intenta dar cuenta. (2007: 259)

A pesar de ello, en 2011 el movimiento social liderado por los estudiantes ofreció una nítida clarinada de su potencial beligerante y deliberativo, frente a la rígida inercia desdemocratizante. Al año siguiente muchos le creímos a Alberto Mayol (2012) cuando firmó el acta de defunción del patrón socioeconómico chileno. Queríamos creer. Sin embargo, todavía hoy no sabemos a ciencia cierta cuándo será el tan ansiado sepelio. En aquel entonces, el académico afirmó: “La legitimidad de este modelo de sociedad, basado en un específico modelo económico, se ha desplomado. Más aún, se ha caído justificadamente y sin posibilidad de retorno. Ante ello solo cabe esperar el fin de este ciclo histórico” (Mayol, 2012: 16). Pero, una vez más, la realidad, con su naturaleza hipercompleja, desafía dictámenes y pronósticos.

Como expusimos en el capítulo 2, la gobernabilidad está conformada por tres dimensiones principales: eficacia gubernamental, estabilidad política y legitimidad. Si bien nadie pone en duda la crisis de legitimidad estructural arraigada en el Chile contemporáneo, a mi juicio, se ha subestimado el afán de estabilidad, factor que tiene gran importancia para una población cansada de los quiebres del pacto social. Respecto a la eficacia gubernamental, podríamos argüir que se debate entre notables pifias, incompetencias y descalabros, por un lado; y determinada destreza –inobjetable– en el procesamiento de conflictos sociales irresolutos, por el otro.

Sabemos, pues, que Chile afronta serios déficits de gobernabilidad; pero, como tampoco llega al límite de la ingobernabilidad, es muy difícil establecer con certeza posibles desenlaces para tan enrevesado proceso social. Dada su veleidosa dinámica pendular, la situación sociopolítica puede oscilar de un grado de gobernabilidad a otro (véase capítulo 2), sin que necesariamente llegue a los extremos. Aceptémoslo: la historia serpentea en espiral, plagada de incertidumbres, sorpresas, fluctuaciones, caprichos... En este caso, si queremos atisbar indicios y tendencias, hemos de profundizar más.

3.32 Con el pasado a cuestas

“La transición del país hacia la democracia fue el resultado de un pacto de cohabitación con el pasado”, resumió con acierto Jorge Rojas (2012: 149), en sintonía con muchísimos estudiosos de la realidad chilena. Varios argumentos sustentan la tesis anterior. La enumeración podría comenzar por la decisión política que, en macabro acto de impunidad, mantuvo durante ¡8 años! al dictador Augusto Pinochet como comandante en jefe del ejército. Tras lo cual fue designado senador vitalicio, “un símbolo de la mayor violencia a un proceso de democratización aún incompleto” (Garretón, 1999: 160).

Aplastados por la ominosa herencia, sucumbieron, asimismo, quienes veían ineludible la convocatoria a una asamblea constituyente, después de la victoria del “No” en el plebiscito del 5 de octubre de 1988. Para numerosos investigadores resulta inaudito que todavía hoy rija la Constitución de 1980, implantada durante la dictadura. Sin lugar a dudas, las condiciones estructurales que rodearon el “parto” y el auge de la democratización no fueron (y no son aún) las mejores.

De ahí que muchos la denominen la democratización incompleta, restringida, acotada, de baja calidad, ausente en muchos ámbitos del quehacer nacional donde imperan lógicas no democráticas. La intención no ha sido superar el modelo socioeconómico implantado por Pinochet, sino corregirlo, maquillándolo con cosméticos frescos y una pasmosa carencia de autocrítica. Lo cual ha empantanado al país en una “sociedad autobloqueada”; esto es: “fraccionada socialmente, y sin muchas posibilidades de avanzar substancialmente hacia el desarrollo. Modernizada y atrasada, simultáneamente. Rica y pobre. Con un discurso modernizador y una práctica social premoderna o perversa, semifeudal” (Rojas, 2012: 93).

Por demás, la transición fue demasiado larga (algunos, incluso, la consideran vigente), elitista, sin participación ciudadana, demasiado “grácil”. Muchos menos fue pactada en base a una supuesta “democracia de los acuerdos”, como se aseveró. “No hubo negociación, ninguna. Hubo imposición y adaptación” (Garretón, 2013: 19). Ni siquiera entre las elites hubo consensos, más bien se disfrazaron los disensos. Desde la óptica de Garretón, los chilenos no viven en una sociedad democrática, sino en una sociedad postpinochetista: en el sentido de que es postautoritaria y ya no es Pinochet quien manda; pero permanece ancorada al pasado.

La apelación ideológica de un proceso transicional “civilizado” o de “ruptura negociada”, se encargó de justificar la cuota de claudicación frente al poder. (…) Más que la demanda democrática en que se apoyó la concertación, lo más importante fue garantizar las condiciones de retirada de la dictadura de la esfera gubernamental. De allí el carácter de la transición, que antepuso la estabilidad por sobre los cambios democráticos. (Salinas, 2014: 22)

La indefinida prórroga del período de transición ha servido a las coaliciones que se alternan el poder, para posponer cualquier debate a fondo del modelo y sus estructuras, con el pretexto de no comprometer la “estabilidad” y la “gobernabilidad”. Al hacer un balance de la historia reciente de su país, Garretón concluye que “al final la sociedad chilena está todavía amarrada al pasado heredado de la dictadura, por dos anclas fundamentales que tienen, por supuesto, su dimensión y expresión cultural” (2013: 17). Una es el modelo socioeconómico neoliberal (privatizador, mercadocéntrico), cuyo núcleo duro deviene la desigualdad:

En el informe de la OCDE [Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos] de 2004 se dice que la desigualdad no es un efecto del modelo educacional chileno, sino su objetivo buscado. Y lo repitió además la OCDE en el informe el año 2011: el modelo educacional chileno, está construido para generar desigualdades y reproducirlas ampliadamente, situación que es extensible al modelo económico social. (Garretón, 2013: 17)

La omnipresencia desregulada de poderes fácticos resulta otro ingrediente vital de la receta neoliberal perpetuada desde el régimen de Pinochet. La fuerza directiva de los grandes poderes privados regula el curso de toda la actividad social, ni se diga de la política. Harto conocido es el tráfico de influencias entre la clase política y los dueños de empresas. Con frecuencia, estos últimos integran la cúpula de los partidos y de otras organizaciones políticas. O viceversa: “cada vez hay más exministros que, después de abandonar el gobierno, ingresan a directorios de grandes empresas, incluso en ámbitos relacionados a su gestión pública, una puerta giratoria que daña la democracia” (Huneeus, 2009: 265). Los partidos, por cierto, han visto reducidas su membresía, credibilidad y esferas de influencia.

La otra ancla identificada por Garretón (y otros autores) es el mantenimiento insólito del sistema institucional impuesto por la dictadura. Dicha inamovilidad responde al claro interés de las elites de preservar el modelo económico social. Al respecto, opina Salinas (2014: 24):

La política democrática no enfrenta sólo remanentes autoritarios sino la resistencia de piezas clave de un engranaje dinámicamente intacto. El país es una sociedad remodelada por la dictadura desde sus cimientos hasta su cúspide, provista de un rígido encuadre político-institucional, factor de cohesión de la “clase política” que mantiene su hegemonía de clase con apego a las condiciones de reproducción del sistema político. Toda discusión de la legalidad y sus construcciones ideológicas es percibida como una amenaza para el sistema.

Desde la comodidad de un eficiente sistema político binominal, los hegemones del mercado disfrutan de su poder de veto ante el más mínimo intento de cambio o evolución. Al contrario de las democracias mayoritarias, Chile es un país donde rige la ley de la minoría. Y “cuando una minoría tiene derecho a veto en todos los temas sustanciales y además parte con una mitad de los escaños en el parlamento, es esa minoría la que manda” (Garretón, 2013: 18).

Muy criticado por sus serios déficits de representatividad, este excluyente sistema concede grandes posibilidades a la segunda fuerza electoral e induce constantemente al empate, con independencia de la coalición que gane las elecciones presidenciales o de la cantidad de votos obtenidos en las urnas por una determinada lista de candidatos [82] . “Situada en las antípodas de los criterios que rigen para una representación proporcional, en la concepción de esta rígida arquitectura institucional subyace la concepción estratégica acerca de la necesidad de garantizar una fuerte representación a la primera minoría” (Salinas, 2014: 26).

Siempre habrá quienes celebren la estabilidad política que genera esta supuesta “democracia de consenso”, dada la neutralización de posibles excesos políticos por parte de una mayoría. Pero lo cierto es que, bajo estas circunstancias, resulta prácticamente imposible sobrepasar los quórums exigidos para transformar las leyes orgánicas, entre las que se incluyen la educación, el ejército y el propio sistema binominal. Debido a este marcado inmovilismo, las instituciones no están “digiriendo” –o lo hacen de modo muy insuficiente– la realidad política: demandas, expresiones, movimientos, propuestas, tensiones…

Según Garretón, existen sólidos argumentos para cuestionar la existencia real de una democracia de consenso en Chile, “donde sólo había acuerdos adaptativos y pragmáticos y donde todos los grandes temas estaban empantanados o no eran objeto de debate” (1999: 154). Entiéndase: la constitución, los derechos humanos, las Fuerzas Armadas, el sistema electoral, los enclaves autoritarios, el modelo socioeconómico y redistributivo, la minimización del Estado, las relaciones laborales, la debilidad de los procesos de descentralización, regionalización y democratización local, y un extenso etcétera. Tales falencias de la agenda pública parecieran refutar la idea del “consenso”.

A pesar de los problemas reseñados, la situación democrática actual de Chile es por mucho mejor que la de Cuba y que la propia en época de la dictadura, al menos desde el punto de vista formal, que no es poco. “Las transformaciones en un sentido democrático o de superación del régimen anterior, pueden ser insuficientes, pero su realidad es a mi juicio indiscutible” (Garretón, 2013: 16). Aunque la democracia sea mucho más que eso (como explicamos en el capítulo 2): en Chile ha habido durante el último cuarto de siglo elecciones presidenciales periódicas, pluralismo político, así como un conjunto de libertades y derechos ciudadanos garantizados, con favorable incidencia cultural. Cuba, por su parte, ha generado condiciones materiales favorables para el ejercicio de una ciudadanía responsable y activa; pero, como expusimos en la primera parte de este capítulo, adolece de aquellas estructuras y requerimientos formales mínimos, cuya ausencia ha mellado el desarrollo de la cultura democrática.

3.33 Educación Superior: un negocio en alza, sin control ni calidad

Una de las primeras tareas de la dictadura fue desarticular las cuantiosas energías colectivas de la sociedad chilena (asociaciones, sindicatos, gremios, etc.), responsables de una valiosa dinámica de interinfluencia entre sociedad civil y sociedad política. Los centros de Educación Superior –nichos de actores pensantes, activos, críticos, involucrados, comprometidos–, entraron dentro de las dianas priorizadas por el régimen represor. Las directivas presidenciales y decretos sobre las universidades buscaban fundar abiertamente un modelo opuesto, en sus principios y estructuras, al vigente hasta entonces:

Hasta 1973 las universidades jugaron un papel importante en la formación de profesionales con sentido de servicio público, y, por lo tanto, potenciales sujetos del cambio social y político en marcha. De allí el ensañamiento con las universidades, el cierre de carreras, especialmente del área de las ciencias sociales, la persecución de estudiantes y académicos progresistas y la intervención con rectores delegados. Las universidades fueron fraccionadas territorial y también por disciplinas, como por ejemplo está el caso de la Universidad de Chile, que dejó de ser un referente nacional. De esta manera se buscaba reducir su importancia e influencia en la discusión de los temas nacionales y regionales. (Rojas, 2012: 122)

En concordancia con su proyecto de sociedad, a partir de 1981 el gobierno militar impulsa un movimiento de creación de universidades privadas, revirtiendo así la preponderancia de la educación pública y desatando los tentáculos de un gran negocio, con escasas regulaciones. Gustoso, el mercado asumió el rol directivo de los servicios educacionales en todo el sistema, especialmente en su nivel superior. La educación dejó de ser un derecho y se convirtió en un bien de consumo con una amplia diversidad de precios. En la desarticulación de las universidades estatales mucho influyó la introducción del precepto del autofinanciamiento. Por su parte, el principio de subsidiariedad del Estado y el fomento del lucro generaron uno de los esquemas educativos más desigual, segregador y oneroso del mundo.

Aunque en Chile por ley las universidades debieran ser corporaciones o fundaciones sin fines de lucro, en la realidad “las universidades privadas obtienen cuantiosas utilidades, mientras sus verdaderos dueños usan diversos subterfugios para lograr captar más dinero, proveniente de los elevados aranceles que pagan los ʻestudiantes clientesʼ, para seguir haciendo funcionar la máquina de esta peculiar industria” (Mönckeberg, 2011: 11). Uno de los argumentos que mejor ilustra el gran negocio de la Educación Superior en Chile es el grotesco liderazgo alcanzado por las universidades, durante los últimos años, en la competencia entre avisadores publicitarios. Únicamente los supermercados y grandes tiendas exceden las sumas que invierten estos centros educativos en publicidad. Huelgan comentarios sobre el elevado interés en lucrar.

En torno a los estrechos nexos o solapamientos entre poder político y poder económico en el negocio universitario, María Olivia Mönckeberg ha develado:

Son personas de Derecha, muchas con figuración y responsabilidad en el diseño y aplicación del modelo económico en dictadura o estrechamente vinculadas a grupos económicos, las que controlan las principales universidades privadas. Especialmente notoria es la presencia de dirigentes y militantes de la UDI [Partido Unión Demócrata Independiente], pero también hay algunos vinculados a Renovación Nacional. Los lobbies y conexiones de dueños y ejecutivos de universidades privadas con centros de poder empresarial, políticos y religioso han actuado para impedir cambios sustanciales en el ámbito de la educación en general y también en el universitario. (2011: 12)

Mientras en 1983 el 71,5% de los estudiantes universitarios se concentraban en instituciones públicas, ya para 2009 la perspectiva se había invertido, cuando las entidades de nivel superior de carácter privado acaparaban dos tercios de la matrícula (Espinoza & González, 2013). La rápida expansión del sistema de Educación Superior privado ha sido posible en base a nefastos costos: crecimiento desmedido, sin planificación de la oferta en función del mercado laboral; deterioro en la calidad de la enseñanza, por completo desregulada, carente de supervisión y exigencias; endeudamiento de los jóvenes y sus familiares (con bajos salarios), que hipotecan su porvenir sin certeza alguna de acceso a empleos dignos.

De acuerdo con un estudio del Banco Mundial citado por Palma y Reyes (2011), uno de cada cinco egresados de la universidad, luego de pagar su cuota mensual del crédito, vivirá durante años con 1,7 veces el sueldo mínimo. Entre 10 países comparados, Chile es por mucho el más caro: “el monto total de la deuda será 174% más alta que el ingreso anual que recibirán. (…) Cada mes, los egresados deberán destinar entre el 15% y 18% de su sueldo al crédito” (Palma y Reyes, 2011: 1); cifra que también ubica a Chile como el más gravoso de la lista.

Según datos de la OCDE (2014) el Estado chileno apenas invierte el 0.8% de su PIB en la Educación Superior, una cifra bastante menor al promedio de sus países miembros (1.1% del PIB). Vale aclarar que una parte de ese gasto se va a 9 entidades privadas (miembros del Consejo de Rectores de las Universidades Chilenas), que el Estado financia debido a su “vocación pública”. En contraste, el desembolso de las universidades privadas chilenas (1.7% del PIB) duplica dicho gasto estatal y supera el triple de la media invertida por los particulares en las naciones integrantes de la OCDE (0.5% del PIB) [83] . Los números reflejan un pobre respaldo material del Estado a la enseñanza técnica y profesional, que convenientemente cede su rol asegurador a la iniciativa privada y se limita a subsidiar la demanda. La tajada produce jugosas ganancias, que no sólo benefician a actores privados.

La política del subsidio es un engaño. El neoliberalismo acostumbra a subsidiar aquellas actividades que el imperfecto mercado no cubre bien, estableciendo la condición de “individuo subsidiado”, es decir, aquel que no puede autosustentarse en las duras condiciones del mercado. El subsidio, sea a establecimientos o personas, no busca ni garantiza superar la condición, más bien la consolida, bajo la apariencia y la ilusión de la protección del Estado. (Rojas, 2012: 76)

Dentro de este panorama, la inequidad en el acceso a la Educación Superior ha sido una constante en la “democrática” historia reciente del país. Como muestra de ello, en los resultados de la Encuesta CASEN 2013 (MDS, 2015) se observa que los jóvenes universitarios pertenecientes al quintil más rico representan el 89.6% de la población de entre 18 y 24 años de dicho quintil (tasa bruta); mientras que entre el quintil más pobre, esa relación apenas llega a un 34,4% de similar segmento etario. Aunque se logra reducir respecto a mediciones anteriores, el índice de dispersión entre los quintiles extremos para ese año (2.6) sigue siendo muy ilustrativo de la falta de equidad. En materia de probabilidades, significa que un joven del quintil más rico tiene 2 veces y media más posibilidades de hacer estudios superiores que un joven del quintil menos favorecido económicamente. Dato que casi se duplica en el caso de los jóvenes mayores de 24 años.

Pero el problema no se expresa sólo en la matrícula, sino también en la permanencia y terminación de estudios. El Centro de Estudios del Ministerio de Educación (2012) ha constatado importantes brechas entre sectores, en cuanto al grado de deserción universitaria. Los alumnos de los quintiles más bajos tienen mayor probabilidad de abandonar los estudios que los de clase alta, debido a la influencia de backgrounds familiares negativos, la vulnerabilidad social, las presiones crediticias, y, sobre todo, a la mala calidad de los establecimientos secundarios donde estudiaron; lo cual se refleja claramente en los resultados de las Pruebas de Selección Universitaria (PSU).

El atraso en que viven nuestras sociedades latinoamericanas, y la chilena en particular, se sustenta y explica en gran medida –aunque no exclusivamente– en las insuficiencias y precariedades históricas de su sistema educacional, tanto desde el punto de vista de su cobertura, como de su calidad y orientaciones filosóficas y pedagógicas. La falta de educación de calidad genera desigualdades sociales [84] e impide la movilidad social. No saber, saber poco o saber mal, implica, en la llamada sociedad del conocimiento, marginarse del mundo y el desarrollo humano sostenido y sustentable. (Rojas, 2012: 75)

Tal y como sucedió con el modelo económico y las estructuras político-jurídicas, los sucesivos gobiernos de la transición únicamente se dedicaron a enmendar los problemas más graves del sistema educativo legado por la dictadura. Desde un inicio, “el concepto de reforma educacional fue excluido y reemplazado por mejoramiento de la calidad y equidad” (Garretón, 2014: 203). De tal modo, se sucedieron una serie de cambios superficiales encaminados a mejorar las zonas más endebles del sistema, el financiamiento del acceso, la acreditación (en manos de agencias privadas), así como los planes de estudio. Estas medidas correctivas no hicieron más que profundizar, afianzar y legitimar el esquema neoliberal heredado.

3.4 Universidad y nación: esculpiendo la identidad

3.41 Asomo a los orígenes

La huella sociocultural de la Universidad de Chile (U.Ch.) es tan honda que incluso desborda las fronteras de la nación austral y se desperdiga más allá de Los Andes. Ni siquiera el propio Andrés Bello, con su visionaria erudición, sospechaba en un inicio las enormes contribuciones que la U.Ch. haría al pensamiento, la acción, la cultura y el desarrollo nacional. En la estrecha imbricación entre historia institucional y devenir de la sociedad, se asemeja bastante a la Universidad de La Habana. Pero a diferencia de aquella, la de Chile no fue el primer centro de Educación Superior del país. La precedieron otros, como las llamadas universidades conventuales que dieron lugar a la Real Universidad de San Felipe (1747); así como el Instituto Nacional (1813), sede conjunta de estudios secundarios y superiores hasta su definitiva separación en 1879.

Noviembre 19 de 1842 es el día que marca, por ley, el nacimiento de la Universidad de Chile, sucesora legal de la Universidad de San Felipe y heredera de la enseñanza superior del Instituto Nacional, a la cual le imprimió un sello laicista, ilustrado y republicano. Sin embargo, es poco conocido que durante sus inicios, la U.Ch. funcionó como Superintendencia de Educación, y no tenía todavía funciones docentes. Las cinco facultades se dedicaban a cultivar y fomentar la virtud del conocimiento (al estilo académico francés), y a otorgar títulos de bachiller y licenciados en ciencias y humanidades a quienes cursaron estudios en otros colegios, como el propio Instituto Nacional.

Varios intelectuales de aquella primera época criticaron la recia dependencia de la Universidad respecto al gobierno de turno; toda vez que los cargos de patrono y vicepatrono lo ocupaban, respectivamente, el Presidente de la República y el Ministro de Educación; quienes poseían facultades discrecionales en el movimiento de la planta académica (Mellafe, Rebolledo, & Cárdenas, 1992). Además, todos los acuerdos tomados por la Universidad debían ser refrendados por el poder gubernativo. Esta situación fue flexibilizándose gradualmente con el transcurso de los años.

Las fuertes fricciones y polémicas entre liberales, conservadores y católicos, acaecidas hacia finales del siglo XIX, tuvieron gran repercusión en la U.Ch., que se convirtió en un pródigo semillero de ideas de vanguardia.

Es un hecho que en la segunda mitad de la centuria, el país asistió a una expansión de la cultura y florecimiento intelectual y que en ello la Universidad de Chile tuvo un papel fundamental. (…), la verdad es que su acción fue totalizadora y prácticamente toda actividad o iniciativa intelectual le estuvo vinculada. Esta labor quedó de manifiesto como cuerpo, es decir, a través del trabajo académico de sus facultades y mediante la obra personal de sus miembros. (Mellafe, Rebolledo, & Cárdenas, 1992: 97)

A comienzos del siglo XX, aupado por un ambiente convulso, de agitación política y transformaciones sociales, el movimiento estudiantil universitario alcanza su madurez, y se integra de forma protagónica al debate de trascendentales problemas nacionales y el cuestionamiento del orden vigente. Transcurría la década del 1920, y la Federación de Estudiantes de Chile (FECH) rendía ya los sazonados frutos de una intensa labor organizativa a lo interno, y un creciente estrechamiento de los nexos con otras asociaciones y gremios. Sobre todo, la relación con los obreros impregnó al alumnado un fuerte sentido contestario, ante la adversa realidad nacional.

En junio de 1920, mes en que se celebraron unas elecciones presidenciales históricas, tuvo lugar la Primera Convención Estudiantil Chilena, con una amplia resonancia en el universo educacional. Allí se aprobaron los estatutos de la Federación, que sirvieron de base al posterior otorgamiento de la personalidad jurídica, y una muy debatida Declaración de Principios, concentrada en preocupaciones sociales. Un fragmento de esta última ilustra las influencias de nuevas doctrinas que se abrían paso dentro del pensamiento crítico chileno:

La Federación reconoce la constante renovación de todos los valores humanos. De acuerdo con este hecho, considera que la solución del problema social nunca podrá ser definitiva y que las soluciones transitorias, a que se puede aspirar, suponen una permanente crítica de las organizaciones sociales existentes. Esta crítica debe ejercerse sobre el régimen económico y la vida moral e intelectual de la sociedad. Ante las necesidades reales de la época presente, estima que el problema social debe resolverse por la sustitución del principio de competencia por el de cooperación, la socialización de las fuerzas productivas y el consecuente reparto equitativo del producto del trabajo común y por el reconocimiento efectivo del derecho de cada persona a vivir plenamente su vida intelectual y moral. (FECH, 1945: 25)

En el texto se reconoce la impronta de los libertarios, quienes junto a socialistas, “románticos” y jóvenes afiliados a la central obrera de Trabajadores Internacionales del Mundo, afrontaron lo peor de la represión oficial, que los castigó con dureza por considerarlos “altamente subversivos”. En medio de llamados a paros, huelgas y lucha social, la sede de la FECH, recibió el 21 de julio del propio año de 1920 un feroz ataque y saqueo por parte de fuerzas “cívicas” progubernamentales. Tres días después, la Federación fue disuelta temporalmente por el presidente.

Como era de esperar, el ensañamiento con la FECH, lejos de aplacar los ánimos, generó un incremento de la rebeldía estudiantil. Hasta 1927, las protestas constantes, cierres de escuelas, enfrentamientos con la policía, y la renuencia al diálogo por parte de las autoridades, desencadenaron una verdadera crisis universitaria. Tras una tregua de tres años, en 1930 y 1931 los futuros profesionales volvieron por sus fueros y tomaron las calles, reclamando libertad de expresión, mejoras en los programas de estudio e incidencia directa en la evaluación de los profesores. La toma de la U.Ch. en julio de 1931, que decretó el comienzo de una huelga universitaria indefinida, constituye apenas uno de los tantos episodios de la larga historia de participación política estudiantil.

Luego sobrevino un período de calma, entendimiento y fecundidad, al amparo de la prolongada administración (20 años) del rector Juvenal Hernández, quien se dedicó a modernizar la docencia, impulsar la investigación, robustecer la autonomía y multiplicar la extensión universitaria como método de vinculación con la sociedad. Bajo su égida, vio la luz el Departamento de Bienestar Estudiantil, encargado de velar por la salud física, mental y económica de los alumnos más necesitados; iniciativa que entronizaba con una tendencia general hacia una mayor justicia social. “Los pobres y sus problemas comenzaron a ocupar un lugar importante en la agenda política de los gobiernos de la época” (Goicovic, 2000: 112).

Su sucesor en la rectoría Juan Gómez Millas (1953-1963) continuó muchas de estas políticas de pacificación y progreso institucional. Una de sus decisiones más celebradas fue la descentralización administrativa, que redundó en una expansión de la U.Ch. hacia las regiones del interior del país. Su intención era que las sedes creadas fuera de Santiago, contribuyeran a resolver problemas del desarrollo local. El crecimiento y la diversificación fueron posible, en buena medida, gracias a que en el período comprendido entre 1940 y 1958 “hubo un mayor aporte estatal y un aumento constante del presupuesto por alumno, apreciándose que el Estado destinó fuertes sumas a la universidad, cuyo presupuesto creció proporcionalmente más que el destinado a todo el Ministerio de Educación” (Mellafe, Rebolledo, & Cárdenas, 1992: 222).

El arribo al gobierno de la Democracia Cristiana, en 1964, propició un incremento de los programas y beneficios sociales, como estrategia de redistribución del ingreso. Medidas como la Reforma Agraria, la nacionalización parcial del cobre y la re-construcción del espacio urbano (“operación sitio”), allanaron el camino para la obra posterior del gobierno de la Unidad Popular, con Salvador Allende al frente.

Es precisamente en este momento cuando la situación de invisibilidad del mundo juvenil comienza a revertirse. Efectivamente, concurren, a mediados de la década de 1960, situaciones estructurales que afectan de manera importante a los estratos más jóvenes de la población, como la expansión experimentada por los procesos de escolarización, especialmente primarios y secundarios, la ampliación del horizonte cultural urbano a través de los procesos de migración campo-ciudad y la radicalización de los procesos políticos y sociales, en los cuales le compete al movimiento estudiantil –particularmente universitario– un rol protagónico. (Goicovic, 2000: 113)

Poco después, en el memorable año de 1968, la Universidad de Chile se hizo eco de una nueva batalla estudiantil, originada el año anterior en la Universidad Católica de Valparaíso y en la Católica de Santiago. El nuevo movimiento de reforma universitaria exigía una radical democratización de las estructuras y jerarquías institucionales, un mayor compromiso de estos centros hacia la sociedad, y una formación crítica que complementara el excesivo enfoque técnico y profesionalizante de la enseñanza. A diferencia de las movilizaciones similares registradas en Francia y México ese año, que terminaron en el fracaso, en este rincón de Los Andes los educandos consiguieron cambiar radicalmente el sistema universitario nacional.

Por sólo citar algunas conquistas, entre 1968 y 1972 todas las universidades chilenas eligieron a sus primeros rectores por votación universal (claustro pleno) de profesores y estudiantes; la dirección de las entidades pasó a manos de organismos colegiados, con participación multiestamental por medio de representantes democráticamente electos; se multiplicó varias veces la prestación de servicios, la educación planificada de los trabajadores, la integración cultural, la creación artística y social; y se reordenaron la administración y las finanzas de varias casas de altos estudios.

Durante la breve gestión de la Unidad Popular (1970-1973), los jóvenes, y en especial los universitarios, recibieron el encargo de conducir importantes tareas, dentro del complejo proceso dirigido a alcanzar un socialismo “a lo chileno”. Así, asumieron responsabilidades directivas en los programas de alfabetización, campañas de salud, balnearios populares, entre otros proyectos de emancipación de los ciudadanos, obreros y campesinos. Como tantos otros logros, todos estos éxitos sufrieron un final dramático tras el golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973. Por ejemplo, el régimen militar se encargó de satanizar la Reforma, desmontar de un plumazo sus bases programáticas y despedir a la mitad de los académicos y funcionarios de los planteles universitarios.

La ruptura de la democracia, encontró a todas las universidades del país en pleno proceso de reforma y expansión. Es por eso que se emprendió una prolongada y sistemática represión sobre el movimiento estudiantil y las federaciones universitarias, ilegalizándolas y persiguiendo a sus líderes. El resultado fue la muerte, desaparición, exilio y expulsión de cientos de estudiantes, jóvenes idealistas que luchaban por un país mejor. (Cortés & Castro, 2014: 43)

A pesar de esa triste página de la historia, y como demuestra este bosquejo, en Chile –al igual que en Cuba–, el movimiento estudiantil atesora una rica tradición participativa en materia de incidencia política en los destinos de las entidades educativas y de la nación en general. Dentro de sus componentes, resulta incuestionable el liderazgo de los alumnos de la U.Ch., la institución más antigua e importante del panorama nacional de la Educación Superior [85] . Ahora bien, en el caso chileno las masivas protestas de la historia reciente ameritan un acápite particular, por su magnitud, actualidad y posibles desenlaces.

3.42 Movimiento estudiantil: el futuro es hoy

Antes de la dictadura, lo que constituía a Chile como un país y le daba su identidad era, en esencia, la política. Las identidades personales y colectivas se definían a partir de los partidos y la política. “Por lo tanto, el sujeto político de la transformación, el sujeto político social era esta imbricación entre partidos y movimientos. Eso es lo que parece haber cambiado” (Garretón, 2013: 23). Este declive de la confianza ciudadana en sus instituciones converge con determinadas expresiones del comportamiento electoral que, si bien no pueden interpretarse mecánicamente, aportan señales en la ruta interpretativa. “En efecto, durante estos años de ʻvuelta a la democraciaʼ, diferentes registros sugieren que la participación electoral ha caído de manera sistemática” (Salinas, 2014: 30) [86] .

Lo cierto es que hoy existe una enorme brecha entre gobernantes y gobernados, palmarios índices de resentimiento social, desapego a las instituciones y autoridades. Todo ello provoca, no una apolitización de la ciudadanía, como algunos quieren ver; sino una extrainstitucionalización de sus preocupaciones políticas, tal cual dejan ver los movimientos estudiantiles y sociales de la última década.

Se ha producido un proceso de individualización indiscutible, pero que también arriesga el narcisismo ciudadano, en el sentido estricto de narciso: un ciudadano que se mira a sí mismo y que termina absorbiéndose y comiéndose porque no entiende que hay una cosa entre medio que se llama la política y la rechaza. (Garretón, 2013: 22)

En palabras de Oscar Aguilera, el primer decenio de la transición (1989-1999) se caracterizó “por un profundo proceso de desmovilización social y política previa”. Como resultado, se produjo concretamente una “invisibilización de las prácticas políticas juveniles desarrolladas en el mismo periodo y que han sido catalogadas como ʻapatía juvenilʼ construyendo verdaderas narrativas de la negación: lo que los jóvenes no son, lo que los jóvenes no hacen” (Aguilera, 2012: 103).

En contraste con la década anterior, a partir del año 2000, con la creación de la Asamblea Coordinadora de Estudiantes Secundarios (ACES), algo diferente empezó a gestarse. El peso de la historia comenzó a irradiar señales de continuidad. En 2006, las grandes movilizaciones de alumnos y profesores secundarios que sacudieron el país, constituyeron las mayores protestas estudiantiles registradas hasta ese momento. Si bien comenzaron con petitorios básicos (pase escolar y PSU gratuitos, reformulación de la Jornada Escolar Completa, etc.), luego las demandas fueron radicalizándose hacia viejos problemas acumulados: derogación de la Ley Orgánica Constitucional de la Enseñanza, así como revisión de la educación municipalizada. Estos temas implicaban un cuestionamiento más estructural de un orden discriminador, excluyente, fragmentario y privatizador. “Este es el contexto de las movilizaciones estudiantiles: la profunda, escandalosa e insoportable desigualdad social imperante en el país” (Rojas, 2012: 118).

En opinión de este autor, la inclusión social –oportunidades y movilidad– pasa especialmente por la educación, “pero no por cualquier educación, sino por una de calidad e igualitaria, mientras que los tres sistemas existentes (municipal [87] , subvencionada y privada) son la reproducción de las diferencias y estratificación sociales presentes en el país” (Rojas, 2012: 77). Las magnitudes del fracaso del sistema municipalizado y particular subvencionado son tan absolutas y del más cabal dominio público, que existe bastante consenso en que no admite reformas; su sustitución total resulta impostergable.

La adhesión de los estudiantes de colegios privados a los postulados de aquel movimiento conocido como la “Revolución de los Pingüinos”, demostró que existen importantes reservas de solidaridad y valores colectivos en la juventud chilena, en torno a la idea de desnaturalizar la desigualdad y superarla ahora. La masividad del movimiento y su capacidad de convocatoria regional y nacional, dieron fe de la justeza de sus reivindicaciones y la maduración de una sociedad insatisfecha, que pasó de la expresión sintomática del malestar a la manifestación contundente del rechazo.

Aunque la Comisión Asesora creada por la presidenta Michelle Bachelet (en su primer mandato) no logró trascender las soluciones epidérmicas, y el núcleo duro de las reivindicaciones fue desvirtuado, las protestas visibilizaron las calamidades de la educación chilena –enraizadas en taras sociales mayores– y, sobre todo, sentaron un sólido precedente de participación política estudiantil, con nítidas secuelas en la historia ulterior. La desconfianza de la sociedad civil respecto a la política quedó más que evidenciada.

Los jóvenes que se movilizaron lo hicieron seriamente, con conocimiento de causa, discurso articulado y buen nivel de organización. Recurrieron a formas creativas y democráticas, con fantasía e inteligencia. Si las respuestas oficiales no se sitúan al nivel cultural que ellos están alcanzando, los conflictos tenderán a agravarse, puesto que los protagonistas de las movilizaciones son hijos del progreso mal distribuido y de la democracia no profundizada, e insistirán, así como los que vienen tras ellos. En política ya no sirven las “maniobras” distractivas (promesas que no se cumplen) ni los “pequeños pasos” (gatopardismo) que se acostumbra a practicar en Chile. Hoy se requieren cambios profundos, o nos quedaremos a medio camino del desarrollo. (Rojas, 2012: 82)

Transcurrieron 5 años sin que sobreviniera alguna novedad relevante. Nada pasó. Y aquella generación rebelde llegó a la Universidad, con bríos renovados y curtidos. Como lo profetizó Rojas, la “insistencia” se desató en 2011, ¡y de qué manera! Los masivos desfiles y congregaciones de estudiantes universitarios y secundarios superaron en número y calidad del petitorio, el referente de 2006. “El tamaño de las movilizaciones era tan grande como era de gigante la injusticia en Chile” (Mayol, 2012: 102). Esta vez amplios segmentos de población apoyaron las protestas, en lo que muchos consideraron un despertar de la ciudadanía, a pesar de que los sectores de Derecha en el poder insistieron en achacarle al movimiento tintes subjetivos o conspirativos.

A diferencia de los gobiernos de la Concertación que le antecedieron, la presidencia de Sebastián Piñera, un acérrimo defensor y prototipo del modelo neoliberal, opacó los disensos y ensambló a las fuerzas sociales en su contra. Al decir de Alberto Mayol (2012), la burbuja del progreso y el crecimiento chileno estalló y, como suele suceder en el ámbito económico, se desplomó de forma estrepitosa. En las encuestas, las expectativas de futuro de los chilenos cayeron a su punto más bajo desde que comenzó el nuevo milenio. Los jóvenes, como punta de lanza, se cansaron de creer en falsas expectativas que nunca se concretan, y decidieron tomar el toro (el malestar) por los cuernos. Consignas como: “No al lucro” y “No queremos mejorar el sistema educacional, queremos reemplazarlo”, traslucían un nivel de radicalización y racionalización diferente a cualquier precedente.

En las demandas de poner fin al lucro en la educación, aumentar el financiamiento estatal para las universidades, e incorporar a los Gobiernos Universitarios la triestamentalidad (académicos, funcionarios administrativos y estudiantes), puede detectarse lo que Garretón (2013) ha denominado el tránsito “desde una cultura de en la medida de lo posible” hacia una superior “cultura de proyectos”. El movimiento estudiantil se hartó de la tan socorrida excusa gubernamental sobre las condiciones de posibilidad y reclama (todavía en la actualidad) palpar el horizonte, resultados ya: gratuidad, fin de la PSU, solución al endeudamiento de los estudiantes universitarios, reformas fiscal y educativa, etc. Por su parte, los secundarios exigen la estatización de las escuelas municipalizadas, reparación de la infraestructura, mayores recursos para la enseñanza técnico-profesional y pase escolar todo el año (se refiere al transporte). Son reclamos que, dada su complejidad y validez, sin dudas perdurarán.

Tal vez lo que de manera inequívoca se puede afirmar es que los planteamientos del movimiento y sus movilizaciones han radiografiado al país en su economía, sus instituciones y el papel de la clase política. En esa perspectiva, el enfoque crítico se dirige a la dimensión profunda de la política dominante, que ha imprimido al Estado un rol subsidiario, entronizando el mercado como principio organizador que al cultivar los intereses mercantiles e individualistas ha desarticulado el espacio público y desmembrado el tejido colectivo de la sociedad. Es precisamente esa cuota de consciencia social sobre el modelo la que recientemente ha logrado reflejarse en las encuestas de opinión, cuyas mediciones sobre el país no resisten las pruebas de la comparación regional. (Salinas, 2014: 38)

Al tiempo, como parte de los repertorios de movilización social, comenzaron a ponerse en práctica dinámicas asambleísticas horizontales por sobre procesos representativos, disímiles redes informales o sumergidas, espectaculares formas de acción, entre otros marcos de significado de la protesta (Aguilera, 2012). En esta emergencia del tejido social, dotada de nuevos valores y normas consuetudinarias, Rojas (2012) advierte una recomposición del pacto intergeneracional y de la confianza entre los propios ciudadanos, desde el momento mismo en que otros sectores sociales se han sumado a la lucha estudiantil por los derechos de las generaciones venideras. A su vez, este autor elogia que el movimiento estudiantil haya logrado una “recuperación de lo público”, al posicionar sus temas estratégicos en los medios, las agendas y, sobre todo, en la opinión pública.

Chile ya no será más lo que fue antes de estas grandiosas movilizaciones, aun cuando ellas no logren todo lo que se han propuesto. Sus demandas se prolongarán en el tiempo y pasarán a las siguientes generaciones, impregnando a la sociedad con nuevos aires de democracia, justicia y libertad. (Rojas, 2012: 151)

En consideración de Mayol (2012), las multitudinarias manifestaciones marcaron el fin de una transición política muy criticada y el inicio de la pospuesta transición social. El mercado, y sus lógicas antropofágicas, se politizaron y centraron la mira del conflicto. Antiguas banderas de la sociedad de consumo y del neoliberalismo cayeron estrepitosamente del asta de la legitimidad social y fueron sustituidas por nuevos estandartes. “La crítica al lucro es un síntoma que sorprende. Una sociedad de mercado, un ejemplo de aplicación del neoliberalismo, una sociedad que parecía haber legitimado el modelo, de pronto se levanta con una frase que lo niega por completo” (Mayol, 2012: 23).

Con el movimiento estudiantil, también cayeron de su altar sagrado las instituciones “fuertes”, que, a expensas de una legitimidad incólume, sirvieron durante décadas como plataforma de operaciones de las elites económicas. Después de 2011, las instituciones perdieron su aura de infalibilidad blindada. Al cuestionar las estructuras y pedir su reformación o reemplazo, la ciudadanía recuperó una parte del espacio perdido antaño, en nombre de la supuesta superioridad de las instancias de representación política y de ingeniería social.

Por último, es importante indicar que las manifestaciones lideradas por los jóvenes [88] en Chile, no constituyen un fenómeno endémico o esporádico del país austral. Se inscriben dentro de una tendencia mundial al malestar, la protesta y el movimiento ciudadano (con énfasis juvenil) hacia un mundo más humano, justo, democrático, inclusivo, plural. En el caso chileno, cuentan con dos incentivos particulares: 1) una realidad exponencialmente más desigual e injusta que sus homólogas latinoamericanas y de otros continentes, incluso; 2) un sólido historial participativo, menguado a ratos durante intermitentes etapas; pero cuyo peso gravitacional sin duda espolea a las nuevas generaciones. A hurgar e interpretar la cultura y las prácticas políticas de los estudiantes de la Universidad de La Habana y de la Universidad de Chile, dedicaré el último capítulo, estimulado por los atractivos de la perspectiva comparada.

3.5 Notas del capítulo

CAPÍTULO IV: LA POLÍTICA Y NOSOTROS: “TE ODIO, MI AMOR”

4.0 Introducción

Hemos llegado por fin al corazón del informe de tesis. No significa que los demás capítulos sean menos importantes; pero, sin dudas, el influjo de este cuarto acápite ha irrigado al resto de los “órganos” de este cuerpo textual, incluso desde antes de cobrar vida. Su palpitar se percibe en todos los segmentos precedentes. No podía ser de otra manera. Pues aquí encontraremos el grueso de las respuestas a las preguntas de investigación planteadas en el primer capítulo. Claro, afianzadas sobre otras partes medulares del “organismo”: la columna metodológica (capítulo 1) con sus valiosas vértebras procedimentales; el sistema “nervioso” teórico-epistemológico (capítulo 2), cuya clarividencia conceptual atraviesa toda la tesis a modo de permanentes impulsos eléctricos; y, por último, el necesario haz de fibras referenciales (capítulo 3), que permiten explicar las contracciones, dilataciones y movimientos de los músculos estudiantiles, en su interacción con el contexto [89] .

Con este enfoque complejo, y a ratos no tan armónico, nos adentramos en el universo de las culturas políticas de los estudiantes de pregrado de la Universidad de La Habana (U.H.) y la Universidad de Chile (U.Ch.). Este ámbito de cosmovisiones sobre el poder está permeado por vectores que trascienden el campo político. A la hora de caracterizar las subjetividades políticas de los alumnos, en rigor es imposible obviar la interinfluencia de factores económicos, sociales, jurídicos, históricos, o propios de la más amplia esfera de la cultura general. Aunque por razones interpretativas desglosamos el análisis en subcategorías y dimensiones, se trata sólo de una estrategia heurística. Por supuesto, habitus, valores, representaciones, actitudes y expectativas se entrecruzan y superponen en la realidad, en verdadero fárrago de fronteras. Empero, su distinción momentánea conviene sobremanera a los efectos de este reporte de investigación.

Una vez establecidos los rasgos principales de las culturas políticas encontradas entre los universitarios chilenos y cubanos, abordamos su estrecha articulación con los respectivos procesos de participación política estudiantil en las dos universidades. La cultura, motivaciones, niveles y formas de la participación existen en intrínseca interconexión con los modos de pensar el poder, la política e, incluso, la propia participación. También con la autopercepción del rol estudiantil dentro del engranaje sociopolítico. Además de otras condicionantes coyunturales, que favorecen u obstaculizan el involucramiento más o menos activo de los alumnos.

A lo largo del capítulo, la perspectiva comparada resulta una utilísima herramienta hermenéutica; contrastes y semejanzas devienen un poderoso y enriquecedor recurso explicativo.

4.1 Cultura política: urdimbre de (contra)sentidos

En esta sección del capítulo nos adentraremos en la pantanosa esfera de lo simbólico, esa pleamar interminable de significados revueltos, tropelosos y esquivos, ora diáfanos y brillantes, ora difusos y subrepticios. No yerro al confesar que, debido a su naturaleza “huraña”, ha sido la parte más compleja de la interpretación del material empírico. Pero, por ello mismo, la que más he disfrutado y espero que así mismo les resulte a los lectores.

Antes de levar anclas, conviene refrescar el concepto de cultura política con el que hemos venido trabajando desde un inicio: “combinación de sentimientos, representaciones, significados, valores, convicciones, habitus, expectativas, orientaciones, actitudes…, en fin: esquemas y construcciones simbólicas de origen social acerca de la política, los cuales, mediante un proceso dialéctico de internalización/externalización (Bourdieu, 1977; y Berger y Luckmann, 2001) guían y otorgan sentido social a la actuación individual en la esfera pública. Con la acción política mantiene una relación estrecha y recíproca. Deviene una parte específica del campo cultural más general y, por ende, resulta constantemente reconstituida. Incluye una dimensión utópica: el universo de los sueños, anhelos y aspiraciones, a veces, enigmático y oscuro para los propios portadores” (ver capítulos 1 y 2). Ahora estamos listos para emprender la travesía.

4.11 Habitus: las dos caras de La Moneda

4.111 Estructuras internalizadas como rechazo:

“Cuando uno viaja por este continente, se percata de que la gente chilena es menos latina, más apática. No entiendo eso. Si tenemos culturas similares, ¿por qué nuestra forma de ser es tan distinta? Somos más individualistas, claramente, los chilenos” (Ingeniería Comercial, segundo año). Autopercepciones críticas como la anterior abundan entre los estudiantes de la U.Ch. y en la población en general, según pude captar durante mi estancia en el país austral. Por algún extraño mecanismo cultural, el individualismo extremo y posesivo inoculado a la sociedad chilena se ha extrapolado al nivel nacional, en referencia a países vecinos de la región en primera instancia, y luego al marco latinoamericano en su totalidad.

No es casual ni mera ficción que varios de mis entrevistados andinos tengan esa imagen de sí mismos como nación. De hecho, existen teorías populares que intentan explicar ese fenómeno, en base a criterios geográficos, climatológicos, lingüísticos, históricos o multifactoriales. Pero de lo que no tengo la menor duda es que el componente estructural no puede soslayarse. La tan publicitada excepcionalidad del “milagro chileno” del último medio siglo (ver capítulo 3) es responsable, no de un granito, sino de unas cuantas “palas de arena” en esa particular construcción cultural. Así lo confirman las personas mayores que cuentan que los chilenos eran diferentes antes de 1973. Pero, ¿cómo son hoy? La siguiente cita derrocha elocuencia:

Todos andan como robotizados y muy metidos en el tema de que tienen que trabajar para criar a sus hijos. Sólo piensan en ganar plata y deslomarse. No hay sentido del ocio, de la diversión, del Arte. La gente consume no más como zombis lo que le pongan enfrente. La gente es muy triste acá en Chile, y muy buena para quejarse. Encuentro que, por ejemplo, Brasil de repente tiene problemas más complejos que Chile, porque aparte es un país más grande; pero ahí la gente está toda contenta. Es algo supercurioso. Entonces, hay algo que no funciona en Chile. (Interpretación Musical, tercero medio)

Enajenación, explotación laboral, monetarización de la vida, renuncia al ocio, consumismo…, numerosos rasgos condensados en una breve reflexión crítica, en algunos puntos replicada y en otros enriquecida en cada una de las entrevistas. En la amarga caracterización coinciden muchos informantes, a la que añaden otros elementos no menos penosos: desigualdad, segregación, mercadocentrismo, privatización desregulada y decadencia de lo público, Carta Magna impuesta en dictadura, sistema binominal, daños medioambientales, y un larguísimo etcétera.

A la Corporación Nacional del Cobre de Chile (CODELCO), con capitales mayormente estatales, se le llama “el salario de Chile”; pero la minería es una actividad sumamente hostil y nociva para los recursos naturales y las comunidades. Lamentablemente, existe esa asociación entre políticos que la validan como la empresa nacional representativa. Recibe mucho apoyo de todo el espectro político. CODELCO tiene un nocivo proyecto de expansión que abarca a dos o tres regiones. No sólo destruirá un par de glaciares, además dejará a las comunidades sin agua por la contaminación, afectará la agricultura y un sinfín de cosas. Ese para mí es un gran problema. ¿Cómo hacerles entender a los políticos que en realidad hay que cuidar el futuro, que no depende solamente de cuánta plata se va a recibir de las inversiones por CODELCO? (Sociología, quinto año)

A juicio de los estudiantes, en Chile no importa si las empresas o las escuelas son privadas o estatales, casi todas operan de manera idéntica bajo los principios funcionales del neoliberalismo más devastador. Contra el orden social impuesto en la nación andina por la dictadura y perpetuado por los sucesivos gobiernos de la transición, una alumna de tercer año de Psicología lanza una argumentada embestida y asegura que jamás se puede creer en la libre competencia y su artificioso eslogan de “dejar hacer”:

Eso es un engaño neoliberal que instaló Jaime Guzmán, creador de nuestra Constitución de 1980, donde están todas las cláusulas que permiten estos abusos económicos. Hay que cambiar la Constitución, de otro modo nunca tendremos buena Salud y Educación, buenas coberturas. No sucederá jamás porque los intereses económicos no funcionan así. No se necesita a un economista, psicólogo, sociólogo o antropólogo para decir esa cuestión. Y Chile puso de Presidente a un comerciante de primera categoría: el señor Sebastián Piñera. Ese error se cometió y puede que se repita; pero en lo inmediato se debería prevenir, creer un poco más en las instituciones públicas. Lo público se ha perdido mucho en Chile. Hay que rescatarlo, desde la legislación y la reforma política.

La sobreexplotación de los asalariados por parte de las fuerzas empleadoras (mayormente privadas) y los altos estándares de consumo impuestos por el Neoliberalismo, producen mucho agobio: “Todos viven estresados acá. Uno ve adultos mayores que al final de su vida dicen: ʻA mí me gustaría haber trabajado menos y estar más con mi familiaʼ” (Enfermería, tercer año). Precisamente, otra consecuencia de las largas jornadas de trabajo, insistentemente aflorada en varias entrevistas, es el déficit que genera en la Educación de los hijos.

Si el papá está actualmente trabajando de ocho de la mañana a seis de la tarde, y no llega a su casa hasta las ocho de la noche; entonces, ¿en qué momento ese papá comparte con su hijo la Educación, qué va a poder hablar de padre a hijo si se pasa todo el día trabajando? Y eso también tiene que ver con la legislación, porque finalmente el empleador se acoge a ella para tener al tipo trabajando de ocho a seis, y a veces hasta horas extras que ni siquiera le paga. (Derecho, primer año)

Otro tema que aglutina a los alumnos de la U.Ch. es la lucha contra el lucro, un tumor ramificado por toda la sociedad, especialmente en el sector educativo: “La Educación no tiene que ser parte del mercado. Ahora regulan el mercado de la Educación, pero no la sacan del mercado. Estoy de acuerdo con la gratuidad, obviamente que no haya lucro en la Educación”, opina una alumna de Ingeniería Comercial, segundo año, quien revela que al gobierno “le falta todavía escuchar más a la gente. Ellos están prometiendo cosas como terminar con el lucro, pero lo están haciendo a medias, no es suficiente. Por eso las marchas no han parado”.

Un alumno de la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas también muestra gran inconformidad con la Reforma Educativa que se está cocinando desde que Michelle Bachelet asumió su segundo mandato. En su consideración, la Reforma no abarca los aspectos que de verdad les importan a los estudiantes secundarios, por ejemplo. Apenas discute la selección en el ingreso a los colegios, que es un tema necesario, pero no medular: “Hay que pasar los colegios a manos del Estado, porque los Municipios no tienen dinero suficiente para asegurar su correcto desempeño. Entonces, se produce desigualdad y segregación entre los colegios, porque no todos reciben la misma calidad en la Educación” (Ingeniería Civil, primer año).

Después de la Educación, el segundo tema que más angustia a los entrevistados es la Salud, estrechamente ligado al problema de la Seguridad Social, por completo en manos de empresas privadas (Administradoras de Fondos de Pensiones, AFP). Por su formación y experiencia directa, los estudiantes de la Facultad de Medicina son particularmente críticos y enfáticos con las dificultades de la Salud Pública en Chile, sumida en una precarización magra: “Es indigno ir al hospital, tienes que estar muriéndote para que te atiendan. (…) Si tienes que operarte te dan turno para un año después. Como las personas no pueden pagar una salud privada, no pueden atenderse y se mueren” (Tecnología Médica, cuarto año).

La descripción parece tremendista; pero una alumna de tercer año de Enfermería que ha hecho prácticas en el Hospital San José, que atiende a todo el sector norte de Santiago, corrobora la siniestra versión: “La gente se muere esperando por una operación cardiaca, esperando por un stent para destapar las arterias. Eso no vale más de mil pesos, es barato; pero no los hay en los hospitales. Están mal administrados los recursos en Chile”. Y remata:

No es que haya pocos recursos. Con lo del cobre hay mucha plata en Chile, pero se la lleva gente externa. La evasión de impuestos que tienen las grandes empresas es una pérdida importante de dinero. Encima, los gobiernos anteriores gastaron plata en puras tonteras; le llamo “pan y circo”. Por ejemplo, trajeron aquella muñeca gigante y costaba, no sé, 120 millones de pesos traerla. Y en vez de utilizar ese dinero para arreglar un hospital, traen esa cuestión que dura un día y que tiene contenta a la gente.

La tercera demanda más trillada entre los informantes apunta a los trabajos y sueldos dignos, un tema generalizado en toda América Latina, pero que en Chile se agudiza por ser este uno de los países más caros para vivir en el continente, según el testimonio de un estudiante de clase media baja, matriculado en Ingeniería Civil, primer año:

Acá todo sube de precio, mientras que los sueldos siguen siendo bajos, igual que siempre. Tiene que haber un ajuste en el sueldo mínimo, un cambio en la calidad del trabajo. Luego de la dictadura se suprimió la mayoría de los sindicatos de trabajadores, la sindicalización alcanzó un porcentaje muy bajo y actualmente las empresas no admiten sindicatos entre sus trabajadores. Hay una ley en Chile, instaurada a la vuelta de la democracia, sobre el derecho a la sindicalización; pero no se respeta. A mi tío lo echaron de un trabajo como medida de represión, porque intentó organizar un sindicato para mejorar las condiciones laborales. No tenían ni baño digno. Se organizaron un par de compañeros y los despidieron. Eso tiene que mejorar mucho en el ambiente laboral.

En los entresijos culturales de los estudiantes cubanos tampoco hay margen para la complacencia. Al igual que en Chile, la autopercepción identitaria es muy crítica: “Somos un pueblo cansado, estudiantes cansados. A pesar de que somos jóvenes, estamos cansados” (Lengua y Literatura Francesa, quinto año). La realidad de Cuba es bien diferente de la que difunde el gobierno de la isla caribeña; y, dado su monopolio de los medios de comunicación, muy poco conocida a nivel internacional. “La apatía ahora mismo es un problema grande en todos los jóvenes y quizás eso evita que digan: ʻVamos a hacerloʼ. La gente está muy decepcionada y siempre piensa que no vamos a resolver nada por las vías que hay”, se duele una militante de la Unión de Jóvenes Comunistas, (UJC), a punto de graduarse de Lengua y Literatura Inglesa.

Creo que es mi caso y el de la mayoría: sentimos un poco de desmotivación, desesperanza –ratifica otro alumno, cuasi Licenciado en Biología–. Resignación no, porque resignarse implica dejar de luchar. Resignarse suena feo. Según veo, el país ha tenido durante mucho tiempo básicamente los mismos problemas y no se acaban de solucionar, o no somos eficientes en la solución que les damos y se siguen arrastrando. La gente lo está percibiendo y hay cierto desánimo o falta de compromiso.

Es difícil determinar con precisión si la desmotivación social ha tocado fondo. Eso nadie lo podría definir. No obstante, este investigador puede afirmar que, respecto a un estudio similar realizado en 2008 [90] , entre la comunidad estudiantil de la U.H. el desencanto ha crecido notablemente y –en relación inversamente proporcional–, han disminuido los temores a manifestarlo. En las entrevistas recientes, los informantes no sólo expresan un desaliento mayor que hace siete años, sino que lo hacen con mayor franqueza y transparencia, menos miramientos. Aunque, como se verá luego, todavía persisten algunos miedos en ese sentido. Sobre el impacto de la decepción entre sus compañeros de Facultad, un alumno de Física, cuarto año, declara:

El debate político, informarse sobre la política, eso no interesa. Se piensa en salir, en irse, en disfrutar a veces, en graduarse y terminar para vender croquetas. Hay un sentir de que el país “no hay quién lo cambie”, “nada va a pasar”, que para mí es totalmente dañino.

Como deja entrever la cita, la principal angustia de los futuros egresados de la U.H. es de naturaleza económica. Sobre todo les afecta ver cómo muchos de sus familiares y amigos profesionales han tenido que abandonar sus perfiles de trabajo para dedicarse a labores de menos prestigio, pero mejor pagadas: “Me gustaría que algún día la pirámide del estatus social aquí recobre su verdadera forma. Realmente no me place ver como un profesional se mata estudiando, dicho vulgarmente, y al final no recibe la remuneración que merece” (Bioquímica, segundo año). La precariedad y la economía de subsistencia van dejando una profunda y nociva huella cultural en la sociedad cubana, frente a la que muchos universitarios no encuentran respuestas: “El principal problema de nuestro país es la economía. Dijeron que subirían los salarios, hasta ahora sólo han subido los de Salud Pública. Muchas personas siguen con los mismos salarios bajos y los precios en las tiendas continúan altos”, se lamenta una estudiante a punto de graduarse de Derecho. En el otro extremo, apenas comenzando la carrera de Geografía, otra alumna confirma el reclamo: “Deberían subir los salarios. O hacer cualquier otro tipo de cosa que beneficie el salario de los trabajadores, porque ahora son muy bajos y no alcanzan”.

Como en Chile, a los alumnos caribeños también les atormentan los paupérrimos salarios predominantes en el abarcador sector estatal [91] que los empleará. Y no es para menos, toda vez que un profesional en la Mayor de las Antillas gana como promedio 23 dólares al mes; cifra que de ninguna manera alcanzan a compensar los cuantiosos subsidios o servicios gratuitos que recibe toda la población por otras vías, sin previa clasificación de sus necesidades. Encima, ninguna medida gubernamental ha podido revertir la dramática caída del poder adquisitivo de los salarios, que viene produciéndose desde 1990. No es de extrañar, entonces, que los futuros licenciados e ingenieros cubanos prorrumpan fuertes reproches contra las penurias económicas que padece la población en la isla, y responsabilicen a los políticos por sus desaciertos en esa rama:

Las decisiones políticas, el marco estructural, el mal concepto de una sociedad justa…, nos trunca a los estudiantes, a los profesores, quienes escuchan nuestras preguntas con respecto al desarrollo y no son capaces de respondernos. No es que sea materialista, pero siempre me ha gustado que si las personas se sacrifican, si estudiaron, si se pasaron horas trabajando, tengan una remuneración, vean el fruto de su trabajo. (Economía, tercer año)

Anclados en un contexto estadocéntrico e idealista, diametralmente opuesto al chileno, los universitarios antillanos, empero, sufren los mismos agobios económicos que sus homólogos andinos y denuncian también condiciones laborales injustas y salarios indignos. Ante las penosas circunstancias materiales, los pilares utópicos del sistema se tambalean. La insatisfacción destroza con golpes de realismo los ilusorios diques de la representación mediática estatal, que en vano intenta represar la cotidianidad en “nubes” de apología y promesas eternamente pospuestas:

Aunque aparentemente quieran disfrazarse con que “No hay pobreza extrema”, “No hay nadie en las calles”, uno sabe que no es así. Hay gente husmeando en los latones de basura para buscar qué comer, gente que no tiene donde dormir, aunque sea la minoría. Ciertamente la mayoría de las personas tiene una casa propia donde vivir cuando termina el día y sale del trabajo; se le esté cayendo o no. (…) La situación económica está dura para todos los sectores. Todo el mundo sabe que los salarios no alcanzan, que a ningún profesional le da la cuenta para los gastos básicos del mes, que los negociantes ganan más que los profesionales. Un estibador del agromercado gana más que mi esposo, un ingeniero nuclear que se quemó las pestañas, fue título de oro y trabaja desde las siete de la mañana hasta las cinco y media de la tarde. Creo que hemos aprendido a vivir con el subsistema que hay. Está el gran sistema con las grandes organizaciones y las grandes leyes; y nosotros vivimos en un subsistema que está por debajo de ese, negociamos con otras leyes, con las que resolvemos para vivir. (Lengua y Literatura Francesa, quinto año)

Como suele suceder, el deterioro de las condiciones materiales ha traído aparejado un resquebrajamiento de los valores cívicos, que no escapa a la mirilla de la crítica universitaria: “Hay que tomar alguna medida para mejorar la disciplina social de la juventud, y de la sociedad en general. Hay mucha indisciplina social en la calle. (…) Hay una falta de educación de todo tipo, generalizada” (Geografía, primer año). La indolencia social hiere profundamente a los discípulos del recinto habanero: “Por eso también la sociedad está como está. Como que: ʻYa lo tengo, lo rompo, hago lo que quiera, no me cuestaʼ. Rompen las guaguas [autobuses] y el pueblo piensa que aunque las sigan rompiendo, las van a seguir trayendo” (Psicología, primer año).

Otra consecuencia corriente de las precariedades económicas y que golpea fuertemente a Cuba es la emigración, muy presente en el imaginario criollo, casi ancestral en la historia del país y atravesada por dolorosas cuestiones afectivas. Ausente por completo de la agenda reflexiva de los entrevistados chilenos [92] , en el escenario cubano este fenómeno ha sufrido durante las últimas dos décadas (aguda crisis económica) una variación histórica que afecta directamente a nuestros sujetos de estudio: rejuvenecimiento, recualificación y despolitización. Esto quiere decir que, a diferencia de años anteriores, la tendencia reciente es que el grueso de los emigrantes cubanos al extranjero son jóvenes, profesionales –y, como dato adicional, en su mayoría mujeres [93] – que emigran, no por razones políticas, sino económicas.

Se dice bastante que muchos estudiantes universitarios están pensando en irse; no se ven en Cuba dentro de cinco años. Pero hay muchos que sí nos vemos en Cuba dentro de cinco, diez y quince años. Depende también de lo que el país nos permita hacer, porque uno tiene una sola vida. Y puedo estar cinco años en los que me paguen mal; pero ya cuando llegue el sexto y quiera formar mi familia, busco un lugar mejor. Y no es por irme de Cuba. Es por buscar un lugar mejor. (Historia del Arte, cuarto año)

En ello tiene un peso capital la proximidad con Estados Unidos (EE.UU.) y la Ley de Ajuste Cubano que sostiene la Casa Blanca desde 1965, para estimular la emigración cubana. No es alarmante, entonces, que varios entrevistados de la U.H. confiesen que imaginan su futuro fuera de su patria, particularmente en el vecino país del norte, donde ya residen un millón de nacidos en Cuba [94] , el 70 por ciento de los emigrados. Estimaciones no oficiales [95] (

http://foresightcuba.com
) cifran en poco más de cien mil personas el saldo migratorio externo anual en Cuba en los últimos dos años, del cual un 40 por ciento correspondería a jóvenes.

El factor de la migración es a nivel mundial: hacia las capitales, entre países, el éxodo rural hacia la urbanización, etc. Eso ha existido siempre. Pero en Cuba se da a niveles apoteósicos. La gente quiere salir a trabajar a otro lugar. Todo el mundo quiere irse para Ecuador [96] . La gente tiene esa mentalidad de que aquí ya no se puede hacer nada, que hay que irse por todos los medios posibles. (Lengua y Literatura Francesa, quinto año)

Ni siquiera conquistas incuestionables de la Revolución Cubana como la Salud y la Educación gratuita, junto a otros logros en materias de Seguridad Social (todo lo que, en contraste, añoran los chilenos), contiene la oleada de emigrantes que se ha desatado a partir de 2013, cuando el gobierno de Raúl Castro flexibilizó su recia política migratoria, eliminando añejas trabas arbitrarias. Desde ese entonces, miles de universitarios han salido al extranjero en busca de mejor remuneración, ya sea trabajando, cursando postgrados o simultaneando ambos. Si bien es cierto que, como evidencian mis entrevistados, la mayoría muestran un renovado interés por formas de movilidad que no impliquen la emigración definitiva:

A mí me gusta mi país cantidad, me gusta como somos los cubanos, no soy una persona para vivir en otro país. Sí me gustaría ir a otro país a trabajar, porque aquí no hay dinero y no quiero vivir pasando trabajo como he vivido toda la vida. Ir a otro país, buscar dinero, venir para acá y consumirlo aquí con mis amistades, con los cubanos. Esta es la tierra y aquí es donde quiero hacer las cosas. (Ciencias de la Computación, tercer año)

Antes de continuar avanzando en la interpretación del material empírico, es preciso apuntar que en ambas universidades las impugnaciones son más marcadas entre los militantes o exmilitantes de organizaciones políticas, quienes muestran una internalización mayor del rechazo a las estructuras y de las ansias de renovación. En Chile, por ejemplo, un miembro del colectivo Vamos Construyendo, reprocha con dureza la autoritaria y empobrecedora limitación de la enseñanza en su carrera, Ingeniería Comercial, donde “las escuelas más fuertes son las neoclásicas y la postkeynesiana”, en detrimento de otras corrientes que pudieran aumentar la capacidad crítica de sus compañeros, en la actualidad meros reproductores del modelo.

Pasa por la intromisión del mercado en la Educación que se ha venido dando en Chile desde el año 1975, cuando empezaron a entrar las reformas liberales de la Escuela de Chicago –agrega–. Existe una masificación y una diversificación de la oferta educativa que genera una mayor cantidad de universidades, primeramente. Antes existían pocas instituciones de Educación Superior; pero el espectro se ha ampliado y eso genera una competencia, que no se basa en quién tiene mejor conocimiento, sino en quién tiene el mejor conocimiento para el modelo vigente hoy día. (…) Y da igual si es universidad estatal o no estatal. Quizás se enseña más o menos suave en otras instituciones. Pero hoy día, si estudias Arquitectura, Ingeniería Comercial o Ingeniería Civil, ¡da lo mismo en verdad! Tu conocimiento tiene una orientación clara hacia el mercado.

Similar valoración hace un militante del Frente de Estudiantes Libertarios (FEL) de la Facultad de Salud. A su juicio, los alumnos se vuelven sumisos en la Universidad: “Se transforman en un elemento más del mercado. No se cuestionan nada de su alrededor. Creen que estudiar dentro de la institucionalidad es la única manera de tener mejor estatus, más ingresos. Y listo, se acabó” (Tecnología Médica, segundo año). Al reflexionar sobre las posibles causas de este ensimismamiento individualista, el miembro del FEL juzga con brillante lucidez:

Una de las razones puede ser su crianza, su vida. Generalmente, todo está basado en las consignas que les dan sus padres, en cuanto a esforzarse para obtener una vida mejor. El sacrificio como único medio de subsistencia. Es decir, caen totalmente en la lógica meritocrática que ofrece el modelo político en Chile, en la cual eres pobre porque eres poco ambicioso, porque no tienes las suficientes capacidades intelectuales para logar algo más. Esos principios de esfuerzo, dedicación, de querer ser algo mejor para vivir de una manera más digna, con mejor calidad, no pueden llevarse a cabo si no se tienen las mismas oportunidades. Entonces, la lógica meritocrática no es mala, porque no está mal que te esfuerces; pero si no tienes las mismas oportunidades que otros, ¡no es justo!

Algo similar sucede en Cuba, pero con exmilitantes de la UJC que concentran su mirada crítica en el contraste entre generaciones, como raíz del inmovilismo estatal y de la desmotivación de los jóvenes: “Apoyo a la Revolución y estoy de acuerdo con ella; pero hay cosas que deben cambiar. La mentalidad de ellos tiene que adecuarse a la de los jóvenes, que no vivimos lo de la Sierra Maestra y no lo sentimos igual” (Psicología, primer año). Coincidentemente, en los estudiantes que abandonaron las filas de la única organización política juvenil cubana, la identificación con las líneas generales del proyecto socialista convive junto al distanciamiento de los métodos arcaicos que todavía persisten en la consecución de ese sueño: “Los jóvenes sienten que el socialismo es bueno pero no lo sienten con la fuerza que ellos lo sintieron porque no tuvimos que luchar. Cuando nacimos ya lo teníamos todo en bandeja. Lo sentimos, pero de una manera indirecta”, testimonia la misma estudiante de Psicología.

Mi generación no es la de mis padres. Quizás lo que para ellos fue Revolución, ya para mí no lo es. Necesito otro tipo de Revolución. Cuando digo Revolución me refiero al cambio que implica revolucionar. A mis padres, mis abuelos, les tocó vivir la Revolución en sus inicios. Eso lo tengo de recuerdo anecdótico que me hace cada uno de mis ancestros y lo que me llega vía documental, vía histórica, ya plasmado en los libros; pero no lo viví. Veo otras cosas. Una imagen vale más que mil palabras. Entonces, mi compromiso va a estar en función de eso que yo pueda vivir ahora. (Biología, quinto año)

Los alumnos de la U.H. están cansados del teque político anclado en “universos paralelos” a la cruda realidad que soportan día a día. Los cuestionamientos apuntan una y otra vez a la urgencia de renovar estrategias y tácticas políticas, como única forma de recomponer el pacto social original, hoy resentido justo por su eje central: la convergencia de los intereses populares y gubernamentales. Por suerte para el futuro de la isla, al menos por el momento el sentido crítico de los universitarios no encierra un germen destructivo, sino una sugerencia esperanzadora:

Fueron jóvenes quienes empezaron la verdadera Revolución, la del principio, la que todos querían, la de las personas muy comprometidas en todos los sectores. Hacen falta ideas nuevas porque las necesidades de esta generación, por mucho que se las expliques a una generación pasada o futura, no las van a entender tanto como quienes las estamos padeciendo. (…) A los jóvenes buenos habría que darles un chance para ver qué son capaces de dar, para despertar a esa juventud dormida, a ver si se empieza a identificarse con su país, deja de buscar afuera y mira un poco hacia adentro. A ver si esa juventud deja de interesarse solamente en irse para otro país: formarse aquí porque es gratis para ser bueno en otro país. Pueden darnos lo que necesitamos para que no queramos irnos para ningún lugar, para anhelar estar aquí. (Lengua y Literatura Francesa, quinto año)

4.112 Democracia cultural: el núcleo duro del habitus político estudiantil

A estas alturas, es fácil advertir que la primera relación profunda entre la cultura política de los estudiantes de ambas universidades y su entorno estructural es ese intenso rechazo internalizado, un habitus político de signo negativo, perfectamente cohesionado, sólido, irrefutable: “Chile está horrible, un país espantoso. Si uno no tuviera un poco de arraigo, huir a otro lugar menos injusto, menos sordo, menos horrible, fuera lo mejor” (Psicología, tercer año); “En Cuba habitamos este subsistema en el que todo el mundo ha comprado a todo el mundo; pero vivimos aparentando otra realidad. Estamos como en La Matrix, pero conscientes y haciéndonos los inconscientes” (Lengua y Literatura Francesa, quinto año). En el caso de los chilenos, dicho habitus es responsable, en buena medida, de la producción de las prácticas contestarias desplegadas por ellos en años recientes. También de la consonancia prerreflexiva que la abrumadora mayoría de los alumnos de la U.Ch. establece con esa praxis rebelde, como veremos más adelante. Sin embargo, dentro del sistema de creencias de los estudiantes cubanos, las acciones de protesta o resistencia perdieron su sentido práctico. Al igual que sus pares sudamericanos, dicha postura ante los problemas –en este caso pasiva– encuentra una afinidad o complicidad preconsciente que, sin proponérselo, la justifica; ya lo detallaremos.

Tras la precisión, estamos listos para explorar las exigencias puramente políticas que abundan en el discurso de los estudiantes. En la U.Ch. la más reiterada es la que pide democratizar la Universidad y la sociedad: mayor participación de los estudiantes y la ciudadanía en la toma de decisiones. “Aquí hay que tener el poder de remodelar todo, generar instancias democráticas en la Universidad, con la triestamentalidad, incentivar la participación”, reclama un novicio de Derecho. “También hay que avanzar en consagrar espacios democráticos en el país, que permitan ampliar la participación social, para que las mayorías sean escuchadas, que el tejido social sea parte de la elaboración de las reformas”, complementa un estudiante de Odontología, cuarto año.

En el fondo de estas reivindicaciones participativas subyace el cuestionamiento y la inconformidad hacia la señalada despolitización de la sociedad civil, que subsiste desde el régimen militar: “Es cosa de carácter nacional, la gente está muy asustada, la dictadura todavía tiene sus cicatrices muy abiertas. (…) La gente no se arriesgaría nuevamente a sufrir el terror, la incertidumbre, la precariedad” (Psicología, tercer año). También ponen al descubierto las limitaciones de la democratización emprendida por los gobiernos de la transición durante el último cuarto de siglo, algunas de las cuales repasamos en el capítulo 3 (epígrafe 3.32). “A nivel sociopolítico, la gente de mi edad está superdescontenta con cómo se están haciendo las cosas. Creemos que debería haber mucha más participación de los pobladores. O sea, las leyes se hacen en cuatro paredes con los grandes empresarios”, imputa una alumna de Forestal, quinto año.

Como corolario de la mencionada crítica al individualismo y la despolitización de la sociedad chilena, resalta entre los estudiantes de la U.Ch. un clamor mayoritario por la unidad entre todos los educandos (no sólo los universitarios [97] ). Así, una estudiante de segundo año de Ingeniería Comercial insiste en “cambiar la mentalidad de la gente sobre la participación, hacerles ver que es importante, que podemos conseguir transformaciones con la unión. (….) Mostrarles que realmente sí logramos cambios, que sí vale la pena gastar un rato de su tiempo participando”.

Pero el reclamo de unidad no sólo apunta a lo interno del movimiento estudiantil, sino también hacia afuera, hacia otros sectores. Muchos hablan de rescatar el rol social de los universitarios: “Los estudiantes deben tener su papel claro: participar políticamente, generar un trabajo político; pero siempre recordando que están enmarcados en una lucha más grande”, afirma otro estudiante de Ingeniería Comercial; tras lo cual acota: “No tiene que ser el rol de vanguardia, o los que lleven y guíen las transformaciones en la sociedad. Eso lo dirá la Historia”.

Faltan más actividades que impregnen a la gente del rol social que tiene la U.Ch. Mucha gente entra acá sin tener eso en cuenta. La Federación y los Centros de Alumnos tienen esa idea; pero el alumno promedio no tiene esa visión de su rol. Por ejemplo, en nuestro caso el rol del [ingeniero] forestal es el servicio a la sociedad, y faltan actividades que marquen más esa tendencia y que proyectemos esa imagen hacia afuera. Cosa que quien quiera entrar acá diga: “Cumplo con el perfil de un estudiante de la U.Ch., porque quiero contribuir a mi sociedad, formar gente, cambiar las leyes o cualquier cosa en torno a la sociedad, quiero construir más igualdad” (Forestal, quinto año).

Para contribuir a ello, los estudiantes sudamericanos abogan por que en las aulas los docentes asuman una responsabilidad decisiva en la educación cívica de sus alumnos, más allá de los conocimientos estancos de las asignaturas.

Como parte de los repertorios [98] , estos jóvenes educandos acentúan la necesidad de trabajar en equipo, conformar redes, aunar voluntades. En reacción al adverso ambiente individualista, los pensamientos de los estudiantes de la U.Ch. reflejan una concordancia profunda en torno a la necesidad de privilegiar el esfuerzo colectivo, por encima de discrepancias ideológicas: “Esa es la lección que nos dejó el 2011: la escasa articulación con las otras organizaciones. (…) Los estudiantes no pueden ir solos a reclamar, a conquistar sus demandas. Tienen que articularse con los trabajadores, con los sindicatos” (Tecnología Médica, segundo año).

Al parecer las conmociones sociales de la historia reciente del país austral, sobre todo las de 2006 y 2011, van dejado una huella visible en el imaginario de los estudiantes chilenos. Los casi siempre protagonistas de las masivas movilizaciones producidas durante la última década, han incorporado a sus habitus, de manera definitiva, los contrapoderes que Pierre Rosanvallon (2007) ha denominado democracia negativa, de rechazo, de imputación o simplemente contrademocracia (ver capítulo 3), sobre todo la facultad específica de denunciar y corregir. No es casual entonces que, ante la pregunta de cómo conseguir transformaciones, la primera apuesta de los alumnos redunde en torno a la “presión en las calles”, una variante muy legitimada entre ellos: “Saliendo a marchar, protestando. Esa es la única forma de hacerse escuchar” (Tecnología Médica, cuarto año); “Atacar con movilizaciones este ambiente, este escenario, ya que se está gestando todo lo relacionado con las reformas y ahí es donde los estudiantes pueden incidir, paralizar y comunicarle al pueblo en general” (Derecho, primer año). Inclusive, algunos proponen descarnadamente apelar a la ira: “Siempre pienso que la rabia es la que mueve mucho. Trataría de mostrar cómo estamos nosotros y cómo están aquellos que no pueden estudiar. Que la gente se enoje. Ese tipo de incentivo a mí por lo menos me funciona” (Agronomía, primer año).

Si tomas una universidad, al gobierno chileno no le importa mucho. Es como: “Qué pena por ti. ¿Cuánto pagas?, ¿tres millones? Estás perdiendo tiempo de tus estudios”. ¡No les interesa! Mientras, marchar es la única solución hasta el momento para meter presión, porque esa marcha se ve por toda la tele y por mucho que la tele muestre –más que nada– los destrozos que quedaron, igual dice: “Tanta gente marchó”. (Química, primer año)

En contraste, algunos pocos piensan que “hacer más marchas no suma mucho; hay que hacer hitos”, como opina un alumno de Ingeniería en Biotecnología, quinto año. A su juicio, en la actualidad no se puede motivar a los estudiantes “hablándoles no más”. Y añade: “Tiene que cambiar un poco la situación, tiene que haber algún hito, una coyuntura que les llame la atención, les afecte un poco y empiecen a hacer algo. (…) Tienen que ver que algo está pasando, vivirlo” [99] .

Otros, a la par de las marchas y actos de protesta, proponen usar la institucionalidad, de modo particular el parlamento. Creen que los estudiantes pueden promover sus demandas “dialogando con el gobierno, formando comisiones, mesas de trabajo. Sobre todo ahora que tenemos exdirigentes estudiantiles parlamentarios, como Camila Vallejo. Hay un nexo directo, podríamos tratar los temas de la reforma educacional y empezar a trabajar” (Ingeniería Civil, primer año).

En ese sentido, los alumnos chilenos coinciden en que urge trascender la mera protesta y avanzar en propuestas sólidas, coherentes y viables, sin abandonar la lucha en las calles. Para ellos es importante “formarse teórica y técnicamente y empezar a escribir cómo tiene que ser la reforma de los estudiantes”. La idea de este próximo Ingeniero en Biotecnología (quinto año) es que “los estudiantes hagan el cambio con el gobierno; pero como dos actores, no como quien escucha, sino como: ʻVeamos lo que hay que hacer, nosotros queremos estoʼ” (Ibídem). Estas palabras entrañan nítidamente el ánimo de alcanzar el máximo nivel de participación esbozado por Linares y Moras (1996): responsabilidad compartida y codeterminación (ver capítulo 2).

Algunos militantes, en cambio, a la hora de expresar sus ideas políticas, no disimulan sus recelos respecto a la vía institucional:

Tiene que surgir una insurrección popular. El pueblo tiene que salir a luchar por lo que desea, más allá de si va a ser una lucha con armas o desde la institucionalidad. En verdad, creo que la institucionalidad es importante, pero hay que mirarla con cuidado también. Más allá de que uno haya cambiado la correlación de fuerzas, el poder sigue siendo el poder siempre. Entonces, si me hicieran elegir, creo que una de las formas más correctas es la de generar una lucha clara por el poder. Es una disputa de intereses también. (Ingeniería Comercial, segundo año, militante de Vamos Construyendo)

Menos radicales, el común del alumnado habla más en términos culturales: “educar para incidir”, “hacer educación cívica”, “empoderar”, “crear consciencia política en la sociedad”, “cambiar mentalidades”, “formar seres humanos y no técnicos para algo”, que “los trabajadores entiendan que ellos son quienes crean todo, quienes sacan todo adelante y empiecen a ser actores”. Frases todas no por gusto centradas en el aspecto cultural, de por sí propenso a la inercia. Como bien decía un estudiante de tercero medio de Interpretación Musical: “El cambio más grande está en uno mismo. Entonces, posiblemente esa sea la decisión política más fuerte”. En el próximo epígrafe entenderemos mejor por qué.

En materia política, los alumnos de la U.H también tienen un vendaval de reproches que connotan un rechazo intenso a las carencias democráticas de primerísimo origen estructural. Critican, de manera dura y casi unánime, cuatro elementos fundamentales: a) la saturación política y sobreideologización de la vida cotidiana, b) el monopartidismo, c) el muy indirecto sistema electoral cubano que los aleja de la más elemental participación electoral, y d) la falta de libertad de expresión e información. Las (des)creencias relativas al orden político vigente serán difíciles de modificar con simples cambios cosméticos. Para recuperar su “fe política” hacen falta transformaciones estructurales de fondo, y un largo período de “ensayos clínicos” que comiencen a incidir primero en el conocimiento práctico de los alumnos y luego en sus habitus. Veamos.

A la política se le ha dado un lugar muy prominente aquí, prácticamente todo tiene un trasfondo político. Me resulta tedioso que cuando enciendo el televisor, de cuatro canales que hay, en tres se esté hablando de política. Si hablamos de deporte lo vinculamos a la política, si hablamos de salud lo vinculamos a la política; realmente me molesta, porque ¡hay tantas cosas de las que se puede hablar! (Lengua y Literatura Francesa, quinto año)

Al contrario de la sociedad civil chilena –seno de una denunciada tendencia a la despolitización–, la sociedad civil cubana ha sufrido desde 1959 un sobrepolitización crónica que, sin embargo, tiene algo en común con el caso chileno: la polarización. Las concepciones maniqueas recién comienzan a perder hegemonía; pero durante décadas han sostenido antagonismos extremos, no pocas veces irrisorios, del tipo: “Todo lo proveniente del capitalismo es malo, y todo lo que hacemos en el socialismo es bueno”. Hasta la fecha, el monopolio estatal de la prensa reproduce a borbotones semejante dicotomía infantil –con reiterativos argumentos cada vez más inverosímiles–, y es absolutamente incapaz de dar cuenta, con mirada autocrítica, de la caterva de problemas multidimensionales que arrastra el país –como sí lo hace per se el crecimiento exponencial de la emigración externa–. El nefasto resultado son refranes que encumbra la sabiduría popular en su procesamiento humorístico de la dura realidad, como aquel que reza: “Yo quiero vivir en el noticiero” (porque las noticias nacionales son todas positivas).

No estoy en contra de la política de Cuba; pero se hace mal, genera incomodidad en el pueblo. Tanta repetición de lo mismo ha generado rechazo en mucha gente. Empiezan a ver como falsas, cosas verdaderas. Aunque sea verdad, no quieren escucharlo; se saturan y lo positivo pierde poder. Las personas omiten lo que se está diciendo y sólo hablan de los otros aspectos que se esconden o no se mencionan, gracias a la elección que hacen los políticos. Si Cuba quisiera ser más transparente, como afirman, si de alguna manera se hablara de un espectro amplio y de nuestros problemas, la gente no hablaría sólo de dificultades. Si los sectores generadores de poder, de opinión, sólo hablan de las cosas buenas, el pueblo en general sólo habla de las cosas malas. (Letras, quinto año)

A la sobreideologización de la vida cotidiana y la colonización política de todo espacio social, los cubanos han opuesto tres tipos de reacciones: la simulación, la apatía y el rechazo a la política oficial, justo todo lo contrario de las pretensiones del gobierno, que se hace el de la vista gorda ante esta verdad de Perogrullo. La saturación política comienza por las organizaciones de masas, meras reproductoras de la propaganda y la lógica clientelar del Estado-Partido: “En el ámbito político yo veo que los mecanismos están en desuso. En parte de la población hay cierto desinterés por incorporarse o participar en determinadas cosas” (Sociología, cuarto año).

Haciendo uso de sus privilegiadas herramientas de disección social, este estudiante ha diagnosticado una naturalización de la desidia, el desinterés y el consenso pasivo: “Siento que se han naturalizado esos espacios, esos mecanismos de diálogo entre los políticos y las masas o, sin ser absolutos, entre la sociedad civil y la sociedad política, que aquí en Cuba es complicado porque no están separadas”, pues la una funciona como mera extensión de la otra, y juega bajo sus reglas, en detrimento de su autonomía. A juicio de este sociólogo en formación, “esos mecanismos construidos sobre ciertas bases en un momento, no voy a decir que están en ruinas, pero la gente transita por ellos sin percibir que están ahí por una razón”. La necrosis del tejido asociativo no es exclusiva del nivel micro. Así lo elucida un educando de Física, cuarto año:

Estoy de acuerdo con la forma en que está pensado el sistema idealmente. El problema es que no funciona así. La propia Asamblea Nacional, el Presidente del Consejo de Ministros que teóricamente comparte el poder... Para mí la Asamblea no juega el papel que debería y, al parecer, lo que diga el Presidente es ley. Demandaría que en la práctica esto funcione como está en la Constitución, como debería ser. También mayor acceso a la información, que podamos ver las discusiones del parlamento. Que lo que para mí es obvio, lo sea también para los demás: todo el mundo votando de modo unánime a favor de una cosa es algo prácticamente imposible, esas cosas no pasan en la realidad.

Ante la disfuncionalidad y opacidad de “órganos superiores” como el parlamento, ministerios y poderes ejecutivos, los estudiantes exigen mayor transparencia, rendiciones de cuentas, revocaciones, etc.; mecanismos de control y fiscalización que otorguen al ciudadano el tan anunciado protagonismo en la construcción de la sociedad socialista:

Las rendiciones de cuentas de los Delegados deben ser más serias, no para lo que han quedado; y hacerlas a nivel ministerial y del Presidente. Debería hacerse como en muchos países, si tú dijiste en el 2014: “Vamos a hacer tales cosas”, después tienes que decirle a la gente por qué las hiciste o no. Desde hace mucho tiempo, hay una tendencia a no dar explicaciones de las cosas que se hacen o se dejan de hacer; explicaciones en términos reales que la gente pueda entender. (…) Si “todo” es del pueblo, el pueblo tiene que saber qué es lo que se está haciendo con su “todo”. (Periodismo, quinto año)

De unanimismos, monólogos, exclusiones y visiones unilaterales los estudiantes universitarios están hartos. La heterogeneidad social cubana ya no resiste asfixiantes disfraces homogéneos. Un alumno de Letras, quinto año, cuenta que ha escuchado mucho en la Universidad la demanda de terminar con el monopartidismo. Sin embargo, él tiene dudas al respecto y en su exposición se nota el conocimiento de otros sistemas políticos, como el estadounidense: “Puede haber muchos partidos, pero al final hay dos que van a predominar: el de Derecha y el de Izquierda. Esa pelea vacua no sé si sea la solución, pero sí quisiera que en la misma homogeneidad haya diversidad”. Lo relevante es que, a diferencia de 2008, en el presente estudio el tema resaltó de manera recurrente entre los entrevistados, una señal de que hay más convencimiento e internalización de la necesidad del cambio. Y no todos suenan tan dubitativos, algunos son más que categóricos:

Es demasiado ingenuo pensar que un único partido puede representar a todo un país, a 11 millones de personas; eso tienen que revisarlo. Si la cuestión es que estemos más a la Izquierda, que me parece lo mejor, tiene que haber más de uno. Quizás estoy equivocada, pero la política de un solo partido no está en consonancia con lo que quiere la mayoría de la nación. Muchas cosas deberían cambiar, empezando por poder elegir al Presidente del país, aunque sea sentir que mi voto hizo algo. Puede que vote por Raúl y salga él u otro; pero me siento un poco más parte del proceso. (Periodismo, quinto año)

“Una de las cosas que más se cuestionan los estudiantes es el sistema electoral de aquí, que es tan raro y tiene tantos escalones intermedios”, dictamina una estudiante de Lengua y Literatura Inglesa, quinto año. Casi la totalidad del alumnado sostiene un mismo reclamo: “Quisiera participar en la elección del Presidente, me gustaría; pero eso podría tener sus consecuencias negativas, no sé…”, titubea un alumno de Bioquímica, segundo año, en franco forcejeo entre una lógica práctica (razonable) y una lógica formal (racional) que evidencia una consciencia social.

En Cuba se podría experimentar un sistema de elección directa, si todos van a responder al mismo interés: el social. Están creados los mecanismos como la radio, la televisión, para divulgar las propuestas, qué piensas, hacia dónde va tu modelo, cuáles son las vías para alcanzarlo, si vas a hacer alianzas en materia extranjera. No tienes que hablarlo con un lenguaje científico, puedes hablarlo con un lenguaje popular. (Economía, tercer año)

Los estudiantes cubanos no sólo responden al contexto nacional, sino al mundial, ese en el que las elecciones se han elevado como escalón básico de la participación política. Al ver que en su país se les limita ese peldaño mínimo, es normal que añoren conquistarlo, sin arriesgar las garantías sociales que atesoran. De ahí el debate infraconsciente entre dos afinidades electivas poco conjugadas a lo largo de la Historia, Democracia-Política y Democracia-Social, pero no antagónicas pues, a mi entender, tienen un tronco común: la Democracia-Cultural o de las ideas, que no es más que el conjunto amplio y diverso de estructuras democráticas formales encarnadas en habitus democráticos, inconcusos aunque susceptibles de renovaciones:

Demandaría una reforma constitucional porque ya no está acorde al contexto actual. La Constitución debe responder a los intereses de la sociedad. Cosas como el tema de la sexualidad y el libre albedrío de las personas para escoger con quién casarse, no están reflejadas en la Constitución. Incluir eso conllevaría una modificación en el Código Civil para que el matrimonio de dos personas del mismo sexo pudiera existir. ¿Por qué no? El otro tema, lo de la libertad de expresión, está en la Constitución, pero hay que revisar los mecanismos que permitan que ese artículo tenga vigencia. La modificación debería ser en la conciencia de los que prohíben la libertad de expresión. (Derecho, segundo año)

La libertad de expresión e información son dos derechos humanos fundamentales, cuya supresión en cualquier país del mundo –ni se diga en Chile– sería motivo de enconadas luchas, protagonizadas por actores universitarios. Sin embargo, en la U.H. el estudiantado no pasa de enarbolar un tímido reclamo que, a pesar de su larga data, no logra remover la “sordera” del gobierno postotalitario. “Falta libertad de expresión, pues te expresas en contra de cualquier cosa y te rechazan, te atacan, eres mal visto”, asegura una alumna de Sociología, cuarto año. En su opinión ese déficit va de la mano con el escaso acceso a información diversa, ajena al férreo control estatal de los medios. Con ella coinciden casi todos: “Aquí uno se entera de las cosas primero por los chismes de la abuelita, antes que por la prensa. Ellos primero censuran varios días las partes que no quieren que tú oigas, y después te ponen la noticia”, reprocha un cibernético, de recién ingreso. Con pleno conocimiento de causa, una estudiante de quinto año de Periodismo, complementa: “El acceso a la información de todo tipo aquí está bastante restringido, controlado, centralizado. Hay que darle transparencia y dinamismo a esas cosas porque estamos en el año 2015. No es un favor, están en la obligación de dar información”.

Quisiera que un grupo de personas pudiera hacer más periódicos cubanos –expone un filólogo a punto de graduarse, para acto seguido edulcorar su propuesta–. No digo que no haya libertad, pero es complejo cuando hay pocos periódicos o uno solo tan legitimado. No puede ser que el periódico más importante de Cuba sea el órgano oficial del PCC [Partido Comunista de Cuba], un periódico eminentemente político que responde al Partido. No quiero que responda a otro partido político, sino que se abra a otras cosas.

4.113 Estructuras externalizadas como aceptación:

Aunque los estudiantes de la U.Ch. han desarrollado una consciencia crítica respecto al modelo ultraneoliberal que subyuga a la mayoría de la población nacional, en beneficio de una pequeñita y selecta clase alta; tampoco todo es disputa, emancipación y pensamiento radical en el ideario estudiantil. No. Los tentáculos culturales del capitalismo no son tan fáciles de extirpar, ya lo sabemos. Además, la lucha masificada desgasta y horada las resistencias más recias.

De tal modo, algunos estudiantes son partidarios más bien de la moderación del capitalismo salvaje que se vive en Chile; pero no de suplantarlo por otro sistema de producción. Un alumno de Biotecnología Molecular piensa que un capitalismo regulado no sería nocivo para Chile: “Me gustaría montar una empresa algún día; pero hay que ponerle matices fuertes. (…) Me gustaría un país industrializado pero una industria chilena; y que los impuestos no sólo se usen para arreglar calles, también para arreglar la sociedad”.

Un colega de su grupo en la Facultad de Ciencias cree que la privatización de Chile impulsó de forma notable la economía, a pesar de algunos efectos indeseados: “Este es uno de los países más desiguales del mundo, junto con Brasil. Pero también son los dos países que han tenido mayor avance económico”. En su opinión la estabilidad que ha conseguido el modelo chileno es un pilar social digno de elogio:

La Constitución chilena es rígida, para evitar grandes cambios, mantener la estabilidad. No es ni muy de Derecha ni muy de Izquierda, para que el partido ganador no pase como una aplanadora sobre los otros. (…) Hay gente muy pobre, pero está estable. Cuando un país se desestabiliza, ahí vienen los cambios. Mientras Chile sea estable no cambiará. El sistema binominal es criticable; pero evita que los extremistas dejen el país en crisis.

Tampoco la mayoría de los chilenos quiere convertirse al socialismo o retomar la senda de Salvador Allende. Las ideas nunca operan de manera mecánica, y la crítica al capitalismo más brutal (el Neoliberalismo) no conduce de manera automática a una propuesta socialista ni a la estatalización absoluta. Son más comunes los procesos de negación que los de afirmación:

No sé si diría que el Estado tiene que agarrar a los privados. (…) Podría ser algo viable si se hace bien. Pero, en la práctica, no creo que la gente quiera eso. Entonces, no es una línea que se debiera impulsar. (…) En términos políticos no estoy de acuerdo con que, como UNE, andemos en eso de estatalizar las universidades privadas. (Ingeniería en Biotecnología, quinto año, militante de la Unión Nacional de Estudiantes, UNE)

Incluso los militantes de Izquierda entrevistados (excepto la trotskista) tienen serias dudas sobre si sería bueno transitar al socialismo. Y fundamentan sus temores en las experiencias fallidas del socialismo “real”: “Hay casos históricos: la URSS también barrió con el mercado, pero todos vimos cómo termino. Es necesario barrer con el mercado y hacerse cargo de construir una sociedad distinta; pero con responsabilidad” (Ingeniería Comercial, segundo año, militante de Vamos Construyendo).

De igual manera, la lógica individualista ha calado hondo en la cultura chilena y eliminarla no será difícil. Desde edades tempranas se les inculca a los chicos que el éxito en la vida depende sólo de uno, a pesar de (o sobre todo por) las circunstancias: “La mayoría de la gente sólo quiere seguir lo que le dicen en el colegio: estudiar en la universidad, salir, trabajar, ganar sus lucas [miles de pesos], tener su familia, formar sus cosas, y esa es su vida” (Ingeniería Eléctrica, quinto año). Aunque, como hemos comprobado, varios estudiantes son capaces de ver semejante paja en el ojo ajeno, en sus discursos traslucen la internalización cabal de ese condicionamiento capitalista, exacerbado por el Neoliberalismo. Como lo exterioriza sin tapujos un alumno de Derecho, primer año: “Aquí mi prioridad es estudiar y sacar la carrera para moverme también, generar recursos y realizarme como persona”. También podemos apreciarlo en la reflexión de un estudiante que explica para qué se vincularía más a la política universitaria, si tuviera tiempo:

Primero para mí, para conformar mi propia opinión porque uno gana algo con eso. Ahora estoy en la Universidad pero mañana estaré en un trabajo en el mundo real. Entonces, puede que sea parte de una mesa de gerencia donde, a partir de las discusiones, se tomen las decisiones de una empresa. A lo mejor participando políticamente aquí aprendo a dar mi opinión, argumentar, fundamentar. Y eso me va a ayudar a dirigir o tomar decisiones en otro tipo de cosas. (Biotecnología Molecular, segundo año)

Un habitus que expresa aceptación de las estructuras capitalistas es la muy vigente apuesta por la movilidad social; en otras palabras, la ilusión de ser un afortunado y emerger desde las clases desfavorecidas: “En una sociedad de clases, como esta, la movilidad es fundamental. Si no se pueden mover no funciona la sociedad de clases. La idea es que aquel que sea más capaz surja, y el que no ahí se queda” (Biotecnología Molecular, segundo año). Matrices como la anterior, tatuadas en la consciencia de los jóvenes, llevan a algunos a estudiar carreras ajenas a sus preferencias, como un entrevistado que matriculó Odontología influenciado por su familia, “porque es una buena carrera que me permitiría después estabilidad económica. Pero yo no tenía vocación ninguna hacia esa carrera”. Este militante de las Juventudes Comunistas de Chile (JJ.CC.), ya se encuentra en el cuarto año de la Licenciatura, y con su reproche al individualismo valida explícitamente la teoría liberal de la movilidad social:

En Chile pasa eso, porque no necesitáis un control político, para vivir y comer bien. Eso es un problema. Un individuo solo no puede hacer política. Uno no puede ser político de sí mismo. Y eso es contrastante en el modelo neoliberal que, con independencia del contexto en que naciste, te otorga todas las oportunidades posibles para que puedas llegar lo más alto que quieras. Pero tú sólo, pegando codazos para ambos lados.

Otra muestra contundente de la internalización infraconsciente de las estructuras sociales del modelo es la siguiente cita. Más allá del conocimiento práctico que puede expresar una representación política determinada sobre la Derecha, este estudiante tiene muy interiorizado un esquema de percepción y apreciación de las acciones, a manera de creencia incuestionable:

Donde vivo por mucho tiempo el alcalde fue de Derecha, y reconozco que hizo muy bien por Puente Alto. No vivía todavía allí cuando él salió electo; pero votaría por él porque, fuera de su ideología, hizo algo por la comuna. Tengo una compañera que le molestaba que colocara tantas estatuas de vírgenes; pero ahora la comuna se ve más bonita. Ya no tenemos esa mala impresión de Puente Alto, una comuna especialmente estigmatizada. Si mencionas: “Viví en Puente Alto”, te dicen: “¡Ah!, Puente Asalto”, porque es peligrosa. Pero se organizaron muchos campeonatos de deportes, vi que las plazas se pusieron más bonitas, se ornamentó la comuna. Ahora Puente Alto es la capital de los mosaicos y quedó preciosa. Entonces, voy generando mi opinión política y cuando llegas al punto en el que no sabes por quién votar, te basas en cómo actuó en su jurisdicción, independientemente de su corriente política. (Biotecnología Molecular, segundo año)

Se trata de una lógica práctica: disposiciones corporales insondables que le permiten percibir, elegir y manejar el campo político con un sentido práctico. Son esas formas objetivas de “segundo orden” (Bourdieu & Wacquant, 1995) a las que nos referíamos en el capítulo 1 (Epígrafe 7.1) que establecen una “complicidad ontológica” entre el habitus y el campo o las estructuras del mundo social.

Por otra parte, sorprende encontrar en esta generación de jóvenes sediciosos la asunción plena de la imposibilidad de lograr los cambios propuestos por ellos mismos a través del movimiento estudiantil: “Es difícil, por mucho que nos movilicemos, como en 2011 que fue bastante difícil que accedieran a algo” (Química, primer año); “Lo único que pueden hacer los estudiantes es alegar y poner sus consignas. No pueden hacer nada más” (Biotecnología Molecular, segundo año). Otro colega de la misma carrera y año asevera: “Fomentar lo que te digo, pensando en los estudiantes como son ahora, me parece muy difícil. No creo que haya forma porque los estudiantes acá están estancados”.

Recónditas abdicaciones los convidan a postergar los sueños: “Siento que estos cambios son a largo tiempo, quizás tengamos un país más equitativo y más igualitario cuando nuestros hijos sean los que estén con estas nuevas ideas desde chiquiticos”, sostiene un futuro abogado, apenas en primer semestre de la carrera. Desde su óptica, sus compañeros no se involucran más en el movimiento por una mezcla de pereza e inferioridad: “Siento que gira todo en torno a eso, la lata o la flojera porque sienten que su persona, que es una, no va a cambiar todo un sistema”. Algo que confirma una alumna del Instituto de la Comunicación e Imagen:

[La poca participación política] por un lado se debe a la resignación, a la idea de que por más que se haga algo no se va a cambiar nada: “Hay que seguir la vida como está”; “Hagámonos la vida fácil”, “Sigamos las clases y hagamos el camino rápido y tradicional”. Eso ocurre en muchos casos. Muchos. Y me sumo. Creo que a esta altura poco se puede hacer. Quizás en uno o dos años más, sí. (Periodismo, segundo año)

Sobre esa misma cuerda, es útil señalar que entre la comunidad estudiantil existe consenso en torno a la idea de que la manera de estimular la participación de los educandos es “acercándoles los problemas, poniéndolos en el lugar de los afectados, tocándoles la fibra” (Odontología, cuarto año); “Hacerles ver que esto por lo que están participando es para ellos” (Periodismo, segundo año); “Involúcrate porque esto tiene que ver contigo, es para ti, para mí” (Psicología, tercer año); “Sólo algo que les beneficie sería motivo de participación” (Enfermería, tercer año). Todo lo cual evidencia que mis entrevistados han diagnosticado un distanciamiento afectivo e identitario de la mayoría de los alumnos de la U.Ch. respecto a las causas del movimiento estudiantil.

Esa sensación refuerza en algunos la convicción de que podrían conseguir sus demandas pero a largo plazo, e implicaría un esfuerzo educativo –como ilustrábamos más arriba– y una evolución cultural: “Va a tomar mucho tiempo” (Periodismo, segundo); “No es un proceso de la noche a la mañana” (Ingeniería Comercial, segundo año, él); “No se puede llegar y cambiar de un día para otro todo, como si nada” (Ingeniería Comercial, segundo año, ella); “Siento que se puede, pero en un proyecto a largo plazo y tiene que ver más con la Educación cultural. Que en vez de preferir un iPhone 5, la gente prefiera un libro o educarse mejor” (Derecho, primer año).

Chile siempre ha tenido una fuerza política de Derecha que en realidad tiene demasiado poder. Es muy complicado hacer cambios profundos porque tienes grupos económicos con los que enfrentarte, que te afectan por otros lados si no les das lo que quieren, si no les mantienes las condiciones. Es complejo. Chile no va a cambiar en los próximos dos años, sino en los próximos siete o 10 años, muy lentamente. Aunque ya están instaladas las discusiones. La gente tiene cada vez más noción de la cantidad de abusos y tratos por debajo de la mesa que han construido este país desde el comienzo. La gente está cada vez más consciente de esa cuestión y eso es muy importante, como el punto uno. Entiendo que las elites son quienes movilizan los cambios profundos; pero también en este país es suficiente la cantidad de veces que lo han hecho sin tener el respaldo de las masas, y creo que esto puede cambiar en estos años venideros. (Psicología, tercer año)

Si así es en el caso de los alumnos chilenos –que intentan asumir las riendas de sus destinos–, es de suponer entonces que en los estudiantes cubanos semejante interpretación ralentizada de su capacidad de agencia se multiplica varias veces, tan acostumbrados como están a “que nunca pasa nada” o a que las grandes transformaciones sólo “vienen de arriba”. Nuevamente: pensamiento crítico no es sinónimo de acción emancipadora. “Uno no puede pedir cambios inmediatos, esos cambios son muy malos; tiene que ser un cambio paulatino, para que se lleve a cabo sin consecuencias negativas”, recita plenamente convencido un novicio de Ciencias de la Computación. Pero, la poderosa fuerza centrípeta de los habitus también tiene efectos positivos:

Por lo menos hemos logrado algo bastante importante: conciencia. Iba a decir Salud, Educación; pero, no… Hablo de conciencia. Mientras uno tenga conciencia de cómo son las cosas, van a seguir así. Si perdemos la conciencia, llegará el día en que la gente diga: “¿Para qué Educación gratis?, pongan escuelas privadas que son mejores” –reflexiona el mismo alumno cibernético–. Pero si se mantiene la conciencia de que el colectivo, el Estado apoya a la gente, de que la libertad del conocimiento no se puede restringir por dinero, al igual que la Medicina, el derecho a ser atendido…, mientras esa conciencia se mantenga en la cabeza de la gente, vamos a estar bien. Se puede cambiar todo, pero al menos esos dos pilares, Educación y Medicina, son los que sostienen al Estado.

Tampoco los cubanos quieren cambiar de sistema social: “No creo que virar al capitalismo sea la respuesta. Pero muchas cosas tienen que cambiar. (…) Con todo que pueda estar mal, el camino está mucho más pegado al socialismo que al capitalismo” (Periodismo, quinto año). En concordancia con los hallazgos de 2008, esta investigación corroboró que, llámenle actualización, reforma, renovación o como sea, el propósito de los estudiantes de la U.H. siempre es superar los horrendos pantanos del obsoleto modelo soviético de “socialismo real” y levantar, sobre sus ruinas, un sistema socialista autóctono, endémico, dinámico, flexible, polifónico, adaptado a la naturaleza cubana, tan plural como polémica: “No estoy hablando de cambiar de socialismo para capitalismo. No. Tampoco podemos hacer lo mismo que los chinos. Tenemos que ser cubanos” (Ciencias de la Computación, primer año); “Quisiera que en Cuba nunca hubiera capitalismo, tampoco sé bien lo que hay ahora, sé que no es socialismo.” (Letras, quinto año).

Cambios podrán haber miles pero este cubano defenderá siempre tres cosas que son las conquistas más grandes que ha tenido esta Revolución: la Reforma Agraria, que ha atravesado por crisis pero con los cambios puede que se desarrolle el sector y es necesario que se haga productivo. Segunda y tercera: la no mercantilización de la Educación y la Salud. Eso lo defenderé siempre y el que trate de cambiarlo, ahí estará mi voz y mi participación sí será diferente, ahí incentivar a los otros sí sería diferente. El carácter social y democrático de nuestra Revolución está dado en esos tres elementos fundamentalmente, lejos de la dogmatización, de la ideología, de ciertas cosas que sí pueden dificultar el desarrollo de una nación entera. (Sociología, cuarto año)

Sin mencionar explícitamente el concepto de habitus, este futuro Licenciado en Sociología explica muy bien, con sus propias palabras, la manera en que los cubanos han afianzado, en disposiciones mentales muy arraigadas, estructuras sociales ya consolidas en su contexto como el derecho a servicios de Educación y Salud gratuitos y de calidad:

Las personas dan por dadas las cosas y llega un momento en que no las perciben. Por ejemplo, que la Educación y la Salud no sean mercantilizadas. Vivimos en ese contexto y no nos percatamos de que eso es atípico. Otras sociedades luchan por cuestiones como la reforma agraria que es algo ya ganado desde los primeros años de la Revolución. Por lo menos yo no me concebiría en la situación de un chileno. Nací y he estudiado toda mi vida sin tener que pagar directamente [100] , ¡ojo!, mis estudios; lo he asimilado, lo naturalicé. Nunca he cuestionado nada, ni me he preguntado por qué otros no, sino que me introduje en esas dinámicas, las incorporé. Eso es naturalizar, cotidianidad, dar por dadas las cosas, naciste en ellas, no como otros que han vivido momentos distintos.

Pero no todas las estructuras que los alumnos de la U.H. externalizan como aceptación del mundo objetivo de primer orden, son positivas. Algunas de ellas demuestran que los estragos postotalitarios estatales en la cultura política estudiantil son considerables, toda vez que mellan los valores democráticos de un sector llamado a convertirse en vanguardia de la sociedad. Por ejemplo, resulta siniestro escuchar en boca de la misma estudiante de Sociología (cuarto año) que critica la carencia de libertad de expresión en su país (pág. 20), su disposición plena a participar en los acostumbrados actos de repudio “cívicos” que el gobierno orquesta en contra de grupos opositores, como las Damas de Blanco; una práctica tan deleznable como su nombre denota y que viola los derechos de expresión de los disidentes: “Si hay una manifestación contra las Damas de Blanco y hay que ir a repudiarlas, sí voy; pero porque quiero, no porque tenga que cumplir con la Universidad”. Tal interiorización íntegra de las mordazas a la libertad de expresión no es casual:

No estoy a favor de que haya personas como Yoanis Sánchez [101] y esa cantidad de hablamierdas; pero sí gente media, de Izquierda, que publique otras cosas. Hay miles de cosas sobre las que hablar y escribir, y me parece que un solo periódico restringe mucho la capacidad de pensamiento. Eso podría hacerse también si el mismo periódico cambiara la dirección, o la política de publicación. Sé que hay buenos periodistas con buenos trabajos pero tienen que ir a publicar en otras partes. (Letras, quinto año)

Similar estupor despierta el análisis introspectivo de un educando de Bioquímica, segundo año, que, sin reparar en fundamentos democráticos, celebra las bondades de la militarización de la sociedad cubana y saca a flote profundos dogmas inoculados:

Este país se rige por un militarismo. Nuestros más altos dirigentes son militares. Pero no quiero verlo como una dictadura, porque evidentemente no lo es. Pero sí creo que el rigor que se vive aquí ha influido en mi vida. No te voy a decir que por ese rigor me voy a revelar. No, sino que ha influido de una forma positiva. Por la formación que he recibido, tengo una forma de concebir las cosas…; me gusta mucho la disciplina, por ejemplo, y no porque venga de Criminalística. También puedo estar influenciado por la estructura política del país. Eso también pudiera haber influido en mi actual forma de pensar.

En lastimosa confluencia con sus homólogos chilenos, los estudiantes de la U.H. también aceptan, con total naturalidad, su incapacidad, ya no para alcanzar sus demandas por sus propios medios, ni siquiera para promoverlas por alguna vía indirecta. Las cadenas estructurales sociales cohabitan en la cultura política, replicadas a escala subjetiva, “encarnadas”, adheridas como hiedra a los muros de la mentalidad estudiantil: “En general uno no siente que pueda cambiar la realidad. La gente no siente que pueda lograr algún cambio importante y tampoco tiene la intención” (Lengua y Literatura Inglesa, quinto año)

Si en mi aula no me siento identificado con la organización que me representa como estudiante, ¿por qué vía me voy?, ¿tendré que hacer lo que hizo Fidel Castro, Julio Antonio Mella, Rubén Martínez Villena?, ¿crear un directorio?, ¿me van a acusar de contrarrevolucionario? No es eso, revolución no es algo malo, es cambiar lo que debe ser cambiado, como dijo Fidel. Tal vez las vías para llegar son diferentes. Quizás compartimos criterios, a lo mejor no; pero sí tenemos una meta única. Si la vía o el mecanismo que tengo para quejarme no me da respuesta, ¿qué hago?, me quedo callado, no puedo hacer nada más. No me siento como líder para crear. (Economía, tercer año)

Cierto: unos pocos reconocen la tradición y el potencial del sector: “Si repasamos la historia, veremos que todas las modificaciones realizadas en el Siglo XX, partieron de estudiantes universitarios. Siempre la mayor lucidez, el mayor desarrollo del pensamiento está en la Universidad” (Química, segundo año). El dolor de cabeza sobreviene a la hora de pensar los modos de conseguir las transformaciones anheladas: “Sí, se puede promover. El cómo es lo complicado”, rezonga un alumno de Economía, tercer año. “No tenemos cómo hacerlo, excepto nuestra voz y nuestro espíritu. Se pueden promover, hay jóvenes que hacen tesis maravillosas para estos cambios y no se aprueban, se dejan ahí. Eso no ayuda”, complementa otra estudiante, de Psicología, primer año. Para una futura socióloga, de cuarto año, la respuesta es sencilla: “Creo que sí somos capaces, pero estamos desunidos”.

La cruda realidad es que la mayoría de los educandos de la U.H. no se concibe como agentes transformadores de su realidad. Así lo entreveran en sus palabras, que se tiñen de tristeza al compararse con generaciones anteriores: “La Universidad y la Federación de Estudiantes Universitarios (FEU) antes tenían tremenda fuerza. Ahora mismo no sé qué fuerza tiene la FEU, porque de todo lo que hemos hablado o planteado, no he visto nada, ni una respuesta”, cuestiona un cibernético, en tercer año de la carrera.

Ni la FEU y ni la UJC tienen un poder real. No creo que puedan lograr esos cambios. Quieren, pero no hay mecanismos para que eso suceda. ¿Por qué no hacemos una huelga? Esa palabra tiene una implicación, aquí las huelgas se hacían cuando estaba en el poder Fulgencio Batista, Gerardo Machado; las huelgas suenan a estar en contra de la Revolución. Yo estoy de acuerdo con la Revolución, pero podría hacer una huelga porque quiero algo. Es decir, suena muy mal, amén de que los comemierdas de Miami puedan cogerlo como si fuera… Hay que hacerlo con cuidado para que no lo manipulen en otras partes del mundo. No creo que los estudiantes tengan poder para hacer cambios político-sociales, no sé bien por qué; quizás porque se ve mal. (Letras, quinto año)

A decir verdad, la realidad cubana es harto tergiversada a nivel internacional en algunos aspectos. Es el precio de ser un pequeño país que se atrevió a ser diferente. Pero eso no puede constituir un handicap que frene la expresión de la voluntad estudiantil, anule su potencial participativo o lo reduzca a la producción intelectual: “Hacer el cambio no está en nuestras manos. Las ideas sobre el cambio sí”, asevera un alumno que recién inicia en Ciencias de la Computación. “¿Entonces a los estudiantes sólo les queda aportar a la teoría?”, le pregunto con ánimo de provocarlo. Su respuesta derrocha elocuencia: “Hablo del camino leve. Por el grave, podrían existir protestas, demandas en las calles…; eso sería demasiado, al menos para mí. Hasta ahora la situación no ha exigido salir a la calle”. Al respecto, medita un sociólogo en ciernes:

Es complicado, ¿cómo lograr eso? La FEU surgió en un momento en que todos querían participar, era una necesidad y una demanda de cada uno. Fue una ola que atrapó a la mayoría, porque no se podía seguir en ese estado de cosas. En los primeros años de la Revolución, la Federación se radicalizó y pasaron muchas cosas. Ahora no nos parecemos en nada a esos jóvenes. (Cuarto año)

Los discípulos de la U.H. no se parecen a sus predecesores criollos; pero tampoco a sus colegas latinoamericanos actuales que, ante problemas igual de graves que los de los jóvenes cubanos, han colmado las calles de sus países en reiteradas ocasiones en años recientes (no sólo en Chile). Pero, amén de que el contexto cubano es muy particular, el gobierno postotalitario ha hecho un trabajo encomiable en la domesticación paulatina de los ciudadanos. Su eficiencia resalta especialmente en el caso específico de un segmento activo como la juventud universitaria, caracterizado por su capacidad de cuestionar, poner en tela de juicio, resistir, movilizarse e incidir. La comparación no la pueden evitar ni los propios entrevistados caribeños:

En Chile subieron el precio del transporte y los estudiantes se tiraron para la calle. (…) Aquí cada vez hay menos guaguas, ¿por qué no…? Claro, hay una forma democrática de hacerlo: plantearlo en una asamblea. Pero el problema sigue ahí. Sin embargo, en Chile se resolvió. Tal vez no es una vía pacífica de hacerlo, pero es la que da resultado (…). Tenemos otro contexto. No es que no nos permitan hacerlo, sino que tenemos otras cosas a favor, como, por ejemplo, la escuela y la Salud no nos cuestan. Hay que poner las cosas en una balanza: “¡Coño! Esto es lo que va a dar resultados; pero no puedo ser ingrato”. Es una forma de decirlo. Tenemos una especie de deuda de gratitud desde que nacemos, que te impide, no sublevarte, sino expresar abiertamente tu sentir.

En el párrafo anterior este alumno de Biología, quinto año, condensó magistralmente el sentimiento general de sus compañeros, recabado a lo largo de este estudio. Es esa “deuda de gratitud”, conjugada con infinitos mecanismos autoritarios de dominación –no sólo culturales–, la que erige el (probablemente) más eficiente muro de contención de la rebelión de toda la Historia: el autoimpuesto. Únicamente tamaña penetración cultural explica la sentencia contradictoria con que el mismo estudiante terminal de Biología concluye la diatriba anterior: “¡Aquí hay libertad de expresión y democracia!”. Es la misma lógica práctica que convida a un educando de Química, segundo año, a sostener una justificación determinista del inmovilismo político:

Puedes tener una forma de pensar, de actuar; pero no siempre existe una autodeterminación. Hay muchos factores que influyen en la forma de actuar de un Presidente, un Diputado, un Alcalde, en cualquier lugar del mundo. Por ejemplo, un Delegado de Circunscripción, por mucho que quiera, no puede cambiar cómo funcionan las cosas; las influencias de mil cosas lo cambian. A veces esas personas se limitan a mantener una actitud plana, por tal de no echarse algo arriba. O sea, no defienden a los que están por debajo con tal de no echarse un cubo de tierra arriba. Es así, tanto en nuestro sistema social como en el capitalista, donde el anclaje político es diferente.

En resumen, a pesar del gigantesco malestar y el optimismo predominante, los educandos de ambas universidades, incluidos los militantes, son cautelosos en cuanto a los cambios que pueden sobrevenir en un futuro próximo. Y ese es un dato sobresaliente. Aunque la generación actual de estudiantes universitarios reconoce ser menos dóciles que sus padres, tampoco esperan transformaciones radicales en el corto plazo: “Todavía falta para que el movimiento estudiantil pueda promover un cambio completo a nivel social” (Ingeniería Eléctrica, quinto año), “No creo en la revolución. Sería hermoso, bonito y fantástico; pero no creo que vaya a pasar en este país” (Psicología, tercer año), comentan dos estudiantes de la U.Ch., en perfecta sintonía con sus pares de la U.H.: “De aquí a cinco años puede seguir igual, a menos que los jóvenes tengan más participación en las decisiones políticas. Pero, mientras tanto no” (Sociología, cuarto año).

Me imagino el futuro político exactamente igual que ahora. No es un sistema dinámico en el que los cambios sean palpables con rapidez –asiente una casi Licenciada en Lengua y Literatura Inglesa–. Hace cinco años también nos preguntamos cómo iba a estar ahora y vemos que está más o menos igual. Tiene que pasar mucho tiempo para ver cambios.

En general, todos muestran gran respeto por la penetración que han conseguido el modelo neoliberal, en la sociedad chilena, y el socialista de estado, en Cuba. Lo cual pudiera considerarse una expresión lógica de realismo político. Sin embargo, a mi modo de ver, más allá de discernimientos racionales, resulta un condicionamiento estructural vigorosamente “encarnado” en una disposición corporal infraconsciente, infralingüística (Bourdieu & Wacquant, 1995), que en este caso frena una posible superación de dichos modelos, por la aceptación (compartida socialmente) de su fortaleza. El agente secuestrado por las estructuras, al menos por el momento.

No le restaría importancia a los valores que nos impone el capitalismo, donde se promueve el consumo, la competencia, el individualismo. Ya existían y se potenciaron mucho en este sistema neoliberal que funciona en Chile. En la medida que eso no cambie, no sé qué tanto pueda cambiar el modelo tampoco. No hay que separar los sistemas económicos que tenemos hoy día de cómo afecta eso a nuestras relaciones humanas. Y acá la gente está muy dominada en lo subjetivo, porque no sabe controlarse a sí misma. No sabe controlar su cuerpo, su psique; no saben encontrarse a sí mismos. Si de alguna forma el sistema educativo te invitara un poco a eso, las relaciones humanas serían más… humanas, precisamente. (Interpretación Musical, tercero medio)

Todo ello es congruente con la reconocida tendencia histórica de los agrupamientos humanos hacia la estabilidad, incluso bajo condiciones aparentemente propicias para el cambio. Nos ratifica el carácter excepcional y esporádico de las revoluciones populares, difíciles de explicar desde un enfoque integral.

4.12 Valores: una audiencia socializada en privado

Otro importante componente de la cultura en general, pero que reviste particular significación dentro de la maquinaria específica de la cultura política, es la esfera de los valores. En un campo como el político, tan conflictivo y atravesado de punta a cabo por infinitas consideraciones éticas, los valores desempeñan una función capital. En materia política es imposible no tomar partido, juzgar, validar, condenar e, incluso, estigmatizar. Y ese ejercicio del criterio está protagonizado por los valores, vectores culturales de origen social que “modelan la actividad mental (el pensamiento) y la práctica (conductas) de los individuos” [ver capítulo 1, epígrafe 7.1]. Por supuesto, complementados por otras dimensiones de la cultura más o menos ancladas en la racionalidad, como pueden ser los habitus, las representaciones y las actitudes.

Tanto los estudiantes de la U.Ch. como de la U.H. son portadores, lógicamente, de valores universales que repercuten en su procesamiento de la realidad política: honestidad, sinceridad, principios éticos, capacidad autocrítica, responsabilidad, integridad moral, etc. Entre los alumnos de ambos centros de Educación Superior, el llamado a la tolerancia, el diálogo y la deliberación crítica pública, por ejemplo, contrasta sobremanera con la endeble comunicación formal con (y entre) políticos “hipoacúsicos” y su escandalosa tendencia a la acriticidad, y a los extremismos:

Todo tiene que someterse a la reflexión y el cuestionamiento. Debe existir discusión en los colegios, no como ataque, sino como diálogo. Aunque vayas con cierta predisposición a convencer al otro, también tienes que ser lo suficientemente permeable como para dejarte convencer. Eso es algo natural. Es como cuando chocan dos helados y se manchan uno al otro; siguen siendo los mismos helados, pero quedan con un poco del sabor del otro. Es lo que me gustaría que pasara en las discusiones. Eso le otorga sabiduría a la persona, la enriquece. Ves es un mismo objeto desde distintas ópticas. (Interpretación Musical, tercero medio, U.Ch.)

Revolucionario es cualquiera. Para mí el concepto de Revolución es cambiar las cosas, Revolución no significa “Vamos a estar todos juntos por una causa”, y ya. Donde todo el mundo tenga unidad, pero no se cambie nada, eso no es Revolución. “Ese muchacho de verdad lo siente, tiene tremenda participación, ve las cosas que están incorrectas, no es que sea contrarrevolucionario”. Contrarrevolucionario para mí es una palabra muy fea, en el sentido que ya tiene un peso... Si hablas mal y no tienes fundamento, eso sí es contrarrevolución; pero no si hablas mal basado en algo que de verdad existe. Puedo llegar a un grupo de militares –que supuestamente son los que deben tener la conciencia más desarrollada en estas cosas, los más preparados para ayudar a que el país mejore–, y me puedo parar delante de ellos a expresar lo que siento y no me pueden decir nada ¿Por qué me van a meter preso? Por decir lo que pienso, que no es mentira, no me pueden decir nada. (Ciencias de la Computación, tercer año, U.H.)

En la cita del alumno cubano, se aprecia cómo los valores democráticos luchan contra tres estructuras sociales muy fuertes, antes mencionadas: el unanimismo, la elisión práctica del derecho a expresarse libremente, y el militarismo. Se trata justo del eje de esta dimensión que interesa a los efectos de este estudio: la aplicación de las convicciones generales al particular procesamiento axiológico del “imperio” de las relaciones de poder, léase: los valores políticos.

Pero antes de entrar a delinear los principales valores políticos encontrados en la comunidad estudiantil de ambos centros educativos, me gustaría compartir brevemente algunos de los hallazgos obtenidos en torno a la relación socialización política previa — valores actuales. Resulta de particular relevancia el hecho de que son pocos los alumnos chilenos que recibieron durante sus primeras etapas de la vida influencias políticas en el hogar. A diferencia de sus colegas cubanos, altamente expuestos a un contexto sobrepolitizado desde el seno familiar, la mayoría de los universitarios andinos refiere haber estado ajena por completo a cualquier influencia de esa índole y ni siquiera recuerdan que algún familiar cercano participara en organizaciones sociales de otro tipo. Algo impensado en Cuba, donde casi todos los miembros de la familia pertenecen a varias de las organizaciones de masas creadas por el gobierno revolucionario a partir de criterios sectoriales: femenino, gremial, juvenil y territorial.

Inclusive, de los seis militantes chilenos entrevistados, sólo dos reconocen la impronta de sus padres o hermanos en su presente vocación política. El resto dice haberla adquirido en el colegio o en la Universidad. Inobjetablemente, el régimen militar dejó una lamentable huella despolitizadora en los hogares del país sudamericano; fácilmente palpable por las nuevas generaciones: “Mi familia es como el 70 por ciento de las familias que viven de Plaza Italia para abajo. Es ultranatural que en la casa no se discuta de política”, asegura una alumna de Historia, segundo año, militante del Partido de Trabajadores Revolucionarios (PTR).

Mis padres crecieron en la época de la dictadura acá en Chile, cuando mientras más desligados estuvieran de la política mejor, para evitarse problemas, según ellos –recuerda un estudiante de Ingeniería Civil, primer año, sin militancia–. (…) Después de la dictadura de Pinochet, la mayoría de las personas no les hablaban de política a sus hijos, se sacó de los colegios la formación cívica. Entonces viví una infancia totalmente alejada de la política. Eso cambió cuando ingresé al Instituto Nacional.

Curiosamente, en Cuba, el fenómeno contrario: la sobrepolitización del ambiente familiar ha causado el mismo efecto que en Chile: la “despolitización” aparente de los jóvenes. Aunque ya sabemos que en ambos países el desencanto es con la política oficial y las imposiciones autoritarias; como bien esclarece una alumna habanera, de primer año de Psicología: “Quieren que seamos una cosa que no somos. La misma UJC, el PCC, los CDR [102] , lo único que hacen es generar problemas a la gente; no cumplen ninguna función. No se están resolviendo los problemas que la sociedad tiene”. El reflejo en el espejo familiar no miente:

Veo a mi mamá que toda su vida ha sido combativa y activa, con ilusiones de que lo que plantee se va a resolver y de: “Lo voy a decir de todas formas”; y al final también acaba decepcionándose –explica una alumna de Lengua y Literatura Inglesa, quinto año–. De manera general, mi generación son los hijos de aquellos que vivieron etapas muy buenas como estudiantes, en la Universidad. (…) En esa generación muchos son buenísimos profesionales que han tenido que terminar en otras labores porque su profesión no es suficiente. El problema económico te lleva también a una decepción.

Esta investigación evidenció que, en el fondo, ni cubanos ni chilenos son apolíticos o apáticos como suelen autopercibirse. En los primeros un cuestionamiento harto sagaz de su realidad política demuestra que hay mucha fuerza latente, aunque “anestesiada” por poderosos factores estructurales personificados en habitus. Para los segundos, la política no es nada ajena; forma parte de su vida cotidiana más de lo que ellos mismos son capaces de percatarse, aunque unos se movilicen en mayor medida que otros.

Continuando con el tema de la socialización política, ahora referida a la actualidad, resalta que la gran mayoría de los entrevistados chilenos y cubanos revelaron que cuentan, en su círculo universitario íntimo, con más de un amigo o compañero militante, activista o miembro de alguna estructura política. Además, admitieron estar expuestos constantemente en la escuela a “irradiaciones políticas”. Al respecto nos ilustran las palabras de una estudiante de segundo año de Ingeniería Comercial, en la U.Ch.:

Estuve en un colegio muy burbuja donde no se hablaba nada de política, y en mi casa tampoco. Nunca me interesó la política; de hecho, no me gustaba. Pero acá en la Universidad abrí un poco los ojos, no vivo sólo entre el colegio y mi casa. Aquí se comenta lo que pasa en el país, los proyectos de políticas. Uno termina tomando postura. Somos parte del futuro del país. Es importante que tengamos una postura y sepamos del tema, porque después vamos a estar en el lugar de quienes manejan el país ahora.

A lo largo del estudio, logramos confirmar el viejo refrán que reza: “Los jóvenes se parecen más a su tiempo que a sus progenitores”. Y en la escisión desempeñan un papel medular los valores políticos, que en la actualidad suelen ser más flexibles en el mediano plazo, menos inclinados a intransigencias ideológicas que convidan a sacrificarlo todo en nombre de ideales remotos. Hoy los jóvenes condicionan su compromiso valórico a la percepción de resultados (algo sobre lo que profundizaremos luego). Y no es que renuncien a “volar”, sino que lo hacen más a ras del suelo. Son inevitablemente más terrenales.

Vemos a nuestros padres: mi mamá es profesional y desde que se graduó, hace muchos años, no le da el salario para mantenerme a mí y a mi hermana. Ya mi hermana se graduó; pero igual no le da. Y mi mamá no ha dejado de ser profesional ni de trabajar como dirigente. De hecho, mi mamá es subdirectora de una escuela ramal. No ha dejado de tener una implicación política; pero, ¿cuál ha sido la remuneración? Estoy viendo eso, y te repito: hay una sola vida para vivir. (Historia del Arte, cuarto año, U.H.)

La función formativa de la escuela en su conjunto (docentes y compañeros de estudio) es determinante en la toma de distancia respecto a la experiencia familiar. Como bien lo resumió un alumno de la U.Ch.: “Nuestros padres sufrieron la dictadura cuando eran muy chicos. Eso afectó totalmente su consciencia, se volvieron sumisos, no se expresan. Pero nosotros ya somos otra generación. Cuando mi hijo salga a protestar, le voy a decir: ʻVamos, te acompañoʼ” (Derecho, primer año). Convicciones pétreas como las de este futuro abogado, forjadas al calor de la vida estudiantil, son las que han permitido a muchos de mis entrevistados chilenos involucrarse activamente en la política, a pesar de tenaces resistencias en el seno familiar:

Es convicción, en verdad. Convicciones inculcadas en el colegio donde estudié, un colegio emblemático donde tuve profesores que te decían: “Su rol en la sociedad es importante, ustedes van a generar los cambios en el país”. Y a uno se le mete un poquito ese chip. (…) Eso me tocó un poco, sentía que mi participación era importante. (…) Y no es que me dé lo mismo que mi mamá se preocupe. Obvio que me importa y me afecta; pero ya está, no le voy a cambiar su forma de pensar. La mejor manera, quizás, de convencerla, es demostrándole con trabajo lo que hago en Vamos Construyendo. (Ingeniería Comercial, segundo año)

Y así vamos reparando ya en algunos de los valores políticos presentes hoy en los estudiantes de la U.Ch., que sustentan y legitiman culturalmente las enormes movilizaciones registradas en años recientes. Una estudiante de recién ingreso a Agronomía, que también confiesa asistir a las marchas bajo protesta maternal, da fe de una integridad moral admirable: “No cambiaría mi forma de pensar ni mis ideales por meterme al gobierno o una institución política que me trajera más plata. Siento que mis ideales siempre van a estar intactos, que voy a querer hacer lo mismo”.

No hay un solo entrevistado chileno que no se identifique con las banderas y virtudes de la contienda estudiantil. Por muy desgastadas que estén sus fuerzas, por mucho desacuerdo que algunos manifiesten hacia los métodos de lucha, o por grande que sea la decepción en otros respecto a lo conseguido hasta ahora, nadie se deslinda de las justas causas del movimiento social. Al contrario, todos las hacen suyas, de una u otra manera; pero con profundo autoconvencimiento: “Me sirvió mucho, por ejemplo, tomarme un break en 2011 y decirme que la escuela no lo es todo. (…) En las movilizaciones –al cortar las clases por ocho, tres o dos meses–, te redescubres, te reencuentras contigo mismo” (Derecho, primer año).

Acerca de los retos del movimiento estudiantil, los militantes de las fuerzas políticas presentes en la U.Ch., muestran una gran lucidez y firmeza: “Lo más importante ahora para los estudiantes es ocupar nuestra capacidad de movilización y nuestro poder en la orientación de principios de la reforma, (…) impedir que se disfracen proyectos neoliberales dentro de él” (Filosofía, cuarto año, militante de Izquierda Autónoma). “Nosotros incluso acá tenemos una consigna que es: ʻNinguna negociación sin movilización y ningún pacto con los empresariosʼ. Queremos un plan de lucha ascendente, que nos permita arrancar nuestras demandas a los empresarios y al Gobierno”, asevera enérgicamente una militante del PTR, también de la Facultad de Filosofía y Humanidades. Esta alumna de Historia, segundo año, está convencida de que el movimiento estudiantil tiene que invertir la actual correlación de fuerzas: “Queremos que sea al revés: que los estudiantes tengamos el sartén agarrado por el mango y tengan que sentarse con nosotros a elegir el tipo de Educación que queremos, cómo la queremos, y con quiénes la vamos a construir”.

El compromiso con la justicia social parecer ser definitivo en los educandos del país austral, con independencia de sus posturas ideológicas: “No tengo nada en contra del bien capital, algún día me gustaría tener una empresa; pero creo que hay bienes sociales que deben ser para todos y no tener fines de lucro” (Biotecnología, segundo año). A quien por experiencia personal le ha tocado sufrir las crueles asimetrías del modelo, le brotan cuestionamientos a raudales:

A mi mamá una vez la operaron de apendicitis y la atendieron en el pasillo de un consultorio [público]. Pudo morir porque después le dio una peritonitis. Eso no hubiera pasado en una clínica [privada] como la alemana que tiene la última tecnología, los mejores médicos; uno la compara con un consultorio y no se explica la diferencia de calidad. Encuentro tan injusto que la gente con más plata pueda acudir a cosas de más calidad, ¡si todos somos iguales! No puede ser que la vida de mi mamá valga menos que la de otra persona, que sí puede costearse un buen médico. (Agronomía, primer año)

Motivados por ese infinitas ansias de justicia social, en la U.Ch. un pequeño grupo de “osados” ha volcado sus valores anticapitalistas en proyectos basados en la cooperación, el conocimiento libre y los bienes comunes: “Uno de los objetivos principales de los grupos Ciencia Aplicada a la Sociedad y Red de Evolución Colaborativa es contraponer a la sociedad competitiva de hoy, una sociedad colaborativa, que desde un punto de vista social es mucho más eficiente” (Ingeniería Eléctrica, quinto año). Los desvelos de este muy despierto soñador contienen genuinos y precursores valores democráticos:

No está bien una sociedad que tiene un sistema socioeconómico capitalista, donde las empresas tienen tanta influencia en las decisiones de la gente, ni que estas decisiones las tome un grupo tan minoritario. Además, ya existe la tecnología para que podamos pasar de una democracia representativa a una democracia directa, que sería mucho mejor. Entonces, mi necesidad política sería trascender a una sociedad empoderada. (…) Lógicamente necesitamos una democracia representativa, porque somos muchas personas y no podemos hacer una asamblea con 16 millones de chilenos para tomar las decisiones. Pero con el desarrollo de las tecnologías web y las herramientas computacionales, existe la tecnología para que todas las personas puedan expresar su opinión con respecto a cierto hecho. Se podrían desarrollar mecanismos en los que no necesariamente todos tengan que votar por todas las decisiones pero sí podrían plantear sus inquietudes, sus necesidades y los recursos del país se pudieran administrar de una manera más directa por todos los ciudadanos y no por 60, 100, o 200 personas.

Como vemos, a pesar de la señalada tendencia al individualismo y la crítica a los gobiernos de la transición, la U.Ch. incuba profesionales con una penetrante visión social y admirable apego a los principios democráticos: “Es importante que como estudiantes elijamos a nuestras autoridades de la Universidad, a quienes queremos que nos representen a nivel internacional y nacional. Quien estará a cargo de la Facultad, por ejemplo, marcará nuestra tendencia a nivel social más adelante” (Forestal, quinto año). Hasta los más bisoños ofrecen muestras de este profundo sentido de la responsabilidad política, al pretender incluso expandir lo político, en su aspiración de que “la política tenga un sentido más allá de lo meramente político, que abarque otros ámbitos” (Derecho, primer año) y sea más plural. Todo lo cual no depende de estructuras poderosas, sino de actores comprometidos y conscientes:

Como estudiantes o ciudadanos tenemos que estar más inmersos en la política, porque puedo criticar al político, decir que es un ladrón, un corrupto, y quizás lo sea o no. Pero entonces, ¿por qué no voto en las elecciones?, o ¿por qué no me hago parte de la política y no espero a que llegue un tipo X de un partido político que esta venido abajo y lo haga? Tengo que ser yo el que, en base a mis convicciones, intente ser el político, y no esperar a que otros vengan a hacerlo por mí. Siento que eso le falta a Chile, hemos sido muy cómodos. (…) Si nos enajenamos no tenemos derecho a reclamar. Quiero tener derecho a criticar y a opinar; por eso tenemos que participar. (Derecho, primer año)

Así trasluce también en el relato de una alumna de Química, primer año, cuando cuenta por qué trató de convencer a sus compañeros de que se informaran, en un sitio web determinado, acerca de los programas de campaña de los candidatos presidenciales que contendieron en la primera vuelta de 2013:

Se lo empecé a mostrar a todo el que pude porque en verdad me interesaba que votaran, no sólo como: “Ah, la Michelle sí, yo creo que ella va a cumplir, porque la vez pasada hizo harto”. No, vota porque sabes que ella quiere hacer esto, quiere legalizar el aborto; no sé…, si te interesa legalizar la marihuana o cosas así. No porque: “Ella me cae bien”. Hay que votar con consciencia. Y eso, muchos acá no lo hacen.

Similar disposición y compromiso político encuentra uno en varios que declaran, sin titubear, su disposición a involucrarse profesionalmente en la política: “Me gustaría cambiar las cosas. Uno ve todas las injusticias que están pasando… Si puedo llegar a tener un cargo importante de diputado o senador, o en el Ministerio de Salud, por ejemplo, donde pueda realizar algún cambio, lo haría” (Tecnología Médica, cuarto año). Casi siempre la visión crítica y el afán de cambio se convierten en percutores de la voluntad política: “Me gustaría trabajar en los ministerios, quizás el de Salud, o el de Justicia si siguiera el camino de la Psicología jurídica. Y trataría de meterme con algunas leyes supercomplejas, que generan mucho daño social” (Psicología, tercer año).

En mi carrera, a nivel nacional, todos queremos ser directores de la Confederación Nacional Forestal. (…) Todos queremos ser ministros del medio ambiente. Quizás porque aquí en Chile son malos el manejo y la distribución de los recursos naturales. Hay muchos conflictos con respecto a grandes proyectos, a las mineras, las hidroeléctricas. Por ese lado, a nivel político siempre tenemos la misma visión. Si se me diera la oportunidad de tener un cargo alto, para poder influir y cambiar un montón de políticas, de leyes que en el fondo degradan nuestros recursos, encantada lo haría.

Paradójicamente, entre los militantes no todos se ven en el futuro desarrollando una carrera política: “No sería mi vocación. Primero está la disciplina en la cual me estoy formando como profesional de la Salud”, admite un militante del FEL. Si bien acto seguido desliza una elocuente acotación, relacionada con el descrédito de la política tradicional, un tema sobre el que volveremos: “No me gusta la política tan formal o la política institucionalizada; sino la política informal, la que construimos día a día desde que nos levantamos hasta que nos acostamos. Creo que esa es la mejor política que se puede hacer” (Tecnología Médica, segundo año).

En Cuba, al contrario de Chile, la abrumadora mayoría rechaza la imagen de un futuro político profesional, algo intrínsecamente relacionado con una actitud muy negativa hacia la política, tema que desarrollaremos a profundidad más adelante. Por el momento, baste referir que, al insinuarle la mera idea de un porvenir ligado a la política, los gestos y expresiones faciales de los entrevistados caribeños (incluida la mayoría de los militantes) dijeron mucho más que las frases listadas a continuación: “Actualmente por las consideraciones que tengo acerca de la política, no es una esfera que me llame la atención, quizás soy más de lo económico. No me visualizo en la política” (Derecho, quinto año, UJC); “No tengo vocación para eso. A la política hay que dedicarle mucho tiempo, lecturas, hay que estudiarla, y no me llama la atención” (Sociología, cuarto año); “Me gustaría dedicarme a la Lingüística, a la Semántica, a esas cosas que me apasionan. No nací con ese don. (…) Es como que me preguntes si quisiera ser cantante o pintora, te diría que no (Lengua y Literatura Francesa, quinto año, UJC).

Además de los argumentos relativos a la aptitud, abunda la convicción de que la política es muy efímera y voluble: “La considero algo muy variable, un día piensas de una forma y al otro de otra; y eso no necesariamente como tú pienses, sino como el ambiente te modifique, como la sociedad te obligue a decir” (Química, segundo año, UJC). Con ese criterio concuerda un cibernético en tercer año, comprometido con una obra que, a diferencia de la política, perdure:

Amo mi carrera, me gusta la Ciencia y la Computación. No veo qué fruto tiene la rama de la política. Me gusta crear, hacer cosas que se queden; la política no, la política es un momento, el periodo, el espacio... Puedes encaminar toda tu vida a la política y puede ser que cuando mueras, la política se quede ahí y todo lo que hayas hablado estuvo bien; pero al otro día cambió la concepción de la vida ¡y no hiciste nada en la vida!

Aunque llame la atención el contraste con los más resueltos estudiantes chilenos, la falta de una voluntad generalizada para dedicarse profesionalmente a la política no indica para nada ausencia de valores políticos en la comunidad estudiantil de la U.H. Como dice el refrán: “Lo cortés no quita lo valiente”. En algunos discípulos de la institución habanera la renuencia a involucrarse en las estructuras políticas oficiales, puede connotar, incluso, todo lo contrario:

Me desgasta, sufro mucho con la política, me da dolor. A veces me he interesado, a mi papá le interesa más y me lee cosas de El País; y en general me da dolor en el pecho, mucha mierda... Sé que como ciudadano de Cuba y el mundo, podría tener la labor de estar en contra de eso, pero me tiemblan las manos; no sé si pudiera ser objetivo. Quisiera tener mi parte en lo social y lo cultural que me interesan más, y de alguna manera darle a la sociedad lo que ella me ha dado a mí. Además, se corren muchos riesgos: ser justo, ser un político bueno es muy difícil. (Letras, quinto año)

Definitivamente los estudiantes de la U.H. sí poseen evidentes sentidos de la responsabilidad política en diversos grados, compromiso moral, responsabilidad social y consciencia (auto)crítica: “Pienso que las exigencias tienen que venir también con un poco de ʻponer de nosotros mismosʼ. Puedo exigir y exigir aquí sentada sin hacer nada; pero pienso que sí, que hay que dar”, arguye una alumna de Historia del Arte, cuarto año; cuyo alegato se corresponde con el de un biólogo a las puertas de la titulación: “Después de haber criticado tanto no me queda otra que luchar por cambiar, ¿no? Es como tener la solución en tus manos y no ofrecerte a arreglar el problema”. Como vemos, tampoco es común esa roñosa pasividad de “hacerse el desentendido”.

Siempre me ha gustado participar en las cosas que se convocan. Cuando se necesita mi ayuda, sí voy, me siento comprometido, acepto la solicitud. Puede ser ayudar a hacer un trabajo. En la escuela siempre están haciendo encuestas del sistema electoral estudiantil, de opinión, y siempre me ha gustado cumplir. Si había que estar a las ocho de la mañana, yo estaba allí, si podía ir; si no, me daba igual. Siempre me ha gustado quedar bien con las personas porque también me gusta que queden bien conmigo. (Economía, tercer año)

Que la disposición no alcance para proyectar una vida dedicada a la política, no significa que los estudiantes de la U.H. renuncien a participar en la transformación de su entorno inmediato: “Es conciencia; no vas a estudiar nada más, tienes que ver que la Universidad también exige que seamos responsables de lo que está sucediendo. Me gustaría participar en lo que esté a mi alcance” (Bioquímica, segundo año). En todo caso, igual son destacables valores universales como la honestidad y la sinceridad, al transparentar sus convicciones en vez de caer en la simulación, una actitud –ya advertimos– muy común en la vida pública cubana. Y si de valores universales se trata, este alumno de Bioquímica nos regala una sincera muestra de cómo lo han permeado principios éticos promovidos por la Revolución Cubana contra viento y marea:

  • La postura que asumió la Revolución desde un principio, de tener una política internacionalista con otros pueblos, siento que es lo que más ha influido en mi persona. Cuando entré a esta carrera, lo hice pensando en que, si algún día tengo un resultado puede ser no sólo para mi beneficio, digamos económico; sino en beneficio de otras personas, y no sólo enmarcarse en esta isla, sino expandirse. Esa solidaridad me influenció desde pequeño, desde entonces estoy viendo que Cuba manda médicos al extranjero; y eso influye de algún modo en mi forma de pensar, sé que está presente.

Claro, dicha cartera de valores generales tiene un efecto boomerang sobre el propio gobierno, que los fomentó sin prever que esas mismas convicciones podrían llegar a ponerlo en jaque algún día, debido a su incapacidad para corresponderlas. Así una virtud global como el sentido de la justicia social, de por sí cargada de un fuerte contenido político, se convierte en un instrumento de medición de la eficacia del Estado:

La justicia no es el gran concepto, es simplemente ser justos y consecuentes con la realidad. Quisiera un poco más de justicia en este país para los trabajadores, porque soy consciente del esfuerzo que hacen, del trabajo que pasan mi mamá, mi padrastro, mi esposo, los obreros; y al final del mes la cuenta no da. Uno siempre recibe ayuda de otros lugares. Yo recibo alguna ayuda de mi papá, mi esposo de sus padres; así vivimos todos los cubanos: ayudándonos y siendo ayudados. Quisiera que al finalizar el mes, mi salario me alcanzara para poder comer al menos ese mes; no para vestir con lujos, ni estar a la moda, pero sí para poder cubrir mis necesidades básicas sin tener que recibir ayuda, para poder ser un poco más independiente. (Lengua y Literatura Francesa, quinto año)

Por último –y muy a propósito–, respecto a la clasificación dicotómica de Ronald Inglehart (1977 y 1998): valores materialistas / valores postmaterialistas, tenemos conclusiones interesantes que reportar. Ciertamente, tanto en Cuba como en Chile, predominan sentimientos bastante arraigados de insatisfacción ante la vida, que se reflejan en socorridas demandas de bienestar material, como hemos podido apreciar. No obstante, en ambas naciones dichos valores materialistas conviven al unísono con múltiples expresiones de valores postmaterialistas, que sustentan constantes reclamos de justicia, autorrealización, libertades humanas, participación y democratización; valores para nada subordinados o constreñidos a los primeros, según nuestra abundante evidencia empírica.

De acuerdo con Inglehart y colaboradores, tales exigencias postmaterialistas estarían preferentemente reservadas a sociedades con altos niveles de seguridad y crecimiento económicos. Sin embargo, aunque Chile y Cuba son países subdesarrollados, alejados de la satisfacción de las necesidades elementales, en la voz de sus estudiantes universitarios resuenan frases como las siguientes: “¿Cómo adaptar una sociedad que ha sido completamente capitalista, competitiva, a una que sea más cooperativista, más social, donde las personas velen más por la comunidad y no por sí mismas?” (Sociología, quinto año, U.Ch.); “Cuando por lógica de la vida, quienes están en los altos mandos cedan, nosotros, con nuestras ideas, moldearemos el futuro. Espero que para entonces, se mantenga la conciencia y se haya llevado un cambio paulatino hacia la libertad” (Ciencias de la Computación, primer año, U.H.). O, inclusive, aún más orientadas a la satisfacción de necesidades netamente espirituales y/o estéticas:

Una buena política primero tendría que pasar por un cambio de sistema económico. Dejando la plata de lado, haciendo un sistema de trueque y haciendo las cosas que te gustan porque sí, sin necesidad de plata. Uno se preocuparía por hacer las cosas bien porque quiere hacerlas y quiere ayudar a la gente. Eso para mí sería un cambio de política importante. (Agronomía, primer año)

Entonces, a contrapelo de las interpretaciones difundidas en base a la Encuesta Mundial de Valores que dirige Inglehart, lo que devela esta investigación cualitativa es que la relación intracultural entre valores materialistas y postmaterialistas es mucho más compleja, poliédrica y dinámica que una simple yuxtaposición transicional, y está probablemente muy vinculada a factores generacionales (“los jóvenes se parecen más a su tiempo que a sus progenitores”, reitero) y comunicacionales (las ideas postmaterialistas de “avanzada” se socializan hoy a velocidades impensables hace 20 años).

4.13 Representaciones políticas : la razón como prisma

Ahora bien, a partir de su procesamiento racional de la información disponible, ¿qué mapas mentales se han trazado estos universitarios del campo político en el que se hayan insertos? Durante este epígrafe hurgaré en los saberes e interpretaciones políticas de este particular segmento de las juventudes de ambos países, socialmente distinguidos por su gran potencial cognitivo. Como será fácil distinguir, el levantamiento “topográfico” de las representaciones visibles en la superficie de la cultura política estudiantil, está muy interconectado con la “geología interna” antes cartografiada: habitus y valores.

De esa manera, las citadas estructuras internalizadas como rechazo o habitus negativo encuentran correspondencia con un homogéneo imaginario fustigante respecto al ambiente político en sus respectivos países y su decurso reciente. Por ejemplo, en el caso chileno una estudiante de primer año de Administración Pública encuentra “muy extraña” la situación política actual de Chile; y argumenta: “El gobierno anterior era de Centro Derecha, y se supone que el de Bachelet es de Izquierda. Pero siento que son iguales, no hay nada que los diferencie, son los mismos gobernantes, su manera de actuar es igual, casi inocua”. “Dejaron de ser La Concertación para ser la Nueva Mayoría porque añadieron al Partido Comunista; pero más allá de eso siguen siendo los mismos viejos guatones [103] sentados en el Congreso”, coincide asimismo una futura periodista, en segundo año en la carrera.

Desde que se volvió a la democracia, La Nueva Mayoría ha sido un gobierno de Derecha. En Chile no hay Izquierda; tenemos la Derecha y la Ultraderecha. Los pequeños grupos de Izquierda que tratan de meterse en algunos puestos no lo logran porque son minoría. Las políticas de La Concertación, que ahora es Nueva Mayoría con los comunistas que se agregaron, siempre han entregado a las grandes trasnacionales los recursos estratégicos de Chile como el agua, el cobre. (Ingeniería Eléctrica, quinto año)

Como vemos, los alumnos chilenos tienen una visión muy crítica de las elites políticas, lo cual genera determinadas actitudes, que abordaremos en el próximo epígrafe. La lectura que hacen del accionar de los grupos de poder es sorprendentemente avanzada, radical y sociológica, incluso los alumnos de carreras ajenas a las Ciencias Sociales:

La situación política de Chile está en un statu quo. Salió electa Bachelet, La Concertación nuevamente o Nueva Mayoría, algunos le dicen: “la Nueva Pillería”. Soy de Izquierda pero no milito en ningún partido. Entre el gobierno anterior y este, obvio me quedo con el actual; pero, desde mi punto de vista, La Concertación sigue ejerciendo una Derecha económica. Uno puede pensar, “Llegó la Izquierda”; pero el modelo que se implantó después de la dictadura es un modelo capitalista, aunque esté La Concertación o la Derecha va a seguir siendo una Derecha económica. (Ingeniería Civil, primer año)

En base a su experiencia y conocimientos, los educandos disciernen rotundamente la acción comunicativa gubernamental de la gestión práctica, el discurso de los hechos. Este consistente escudo racional los blinda ante cualquier intento de manipulación. Para un recién ingresado en la carrera de Derecho, las “movidas” (proyectos de reformas) de La Nueva Mayoría persiguen sólo el objetivo de mantenerse en el poder y se quedan en los retoques de maquillaje: “30 años después de la dictadura no hemos visto ningún cambio fuerte, como la Educación. No quieren incrementar la participación. Parece que a ellos no les molesta que en las [elecciones] presidenciales vote apenas un tercio de las personas inscritas”.

Bachelet nos metió el dedo en la boca a todos y no pasó nada –sentencia una alumna de Enfermería, tercer año–. Pero ahora, cuando hizo su campaña nos empezó a decir: “Voy a cambiar la Educación”. No sé por qué la gente le creyó si ya en su gobierno anterior no había hecho nada. Mi círculo de compañeros de la Universidad no entendíamos por qué de nuevo había salido Bachelet, si cuando ella estuvo no hizo nada por la Salud, la Educación, el sistema de las AFP. Votar por ella era como retroceder en vez de avanzar. Pero como ya había tenido la popularidad anterior, se agarró de eso, con sus propuestas “nuevas” que, al final, todos sentimos que había copiado de los otros candidatos.

Existe entre los estudiantes chilenos considerable consenso en torno a la falta de transparencia en la política institucional, y especialmente en el proceso de “incubación” de las reformas del gobierno de Bachelet: “La transparencia en la política se cae por culpa de los políticos. Ha sido superoscura, superconfusa. Hay muchas cosas que la gente no maneja; y estos pactos entre poderes fácticos, económicos y políticos, ¡es demasiado!” (Derecho, primer año). Consciente de su importante rol público, una estudiante de Periodismo asocia la opacidad informativa con las falencias de los medios de comunicación, mayormente privados. Lo cierto es que los universitarios chilenos expresan mucho recelo e inconformidad hacia la dirigencia política:

No me gusta para nada la situación política actual de Chile. Encuentro que no hay representatividad y de la poca que hay siempre está movida por otro tipo de intereses. No creo que se preocupen por la gente, sino que siempre es por un tema de plata. Los beneficiados realmente no somos nosotros, sino la gente que está detrás de todo este sistema. (…) Llevamos mucho tiempo de abusos, tenemos un sistema que no funciona, políticos que no representan, que no dan soluciones… (Agronomía, primer año)

Son muchos quienes apuntan a los vínculos estrechos entre los poderes económico y político como la causa subyacente de la oscuridad política en Chile: “Tienen acuerdos con gente que les paga. Los que costearon la campaña de la Nueva Mayoría fueron familias poderosas de Chile. Entonces tienen que darle vueltas al asunto, porque gracias a ellos en parte están ahí.” (Ingeniería en Biotecnología, quinto año). “En el fondo, todos ʻse prestan ropaʼ, como decimos. Se ayudan entre todos cuando necesitan un pituto [104] . Hay mucho de eso, porque muchas personas con poder económico están ligadas a la política y a la Educación” (Interpretación Musical, tercero medio).

¿Qué está pasando ahora con el tema de la reforma educacional? – inquiere un educando de Biotecnología Molecular, segundo año–. Tanto la Nueva Mayoría, esa nueva alianza conformada por muchos partidos, como los de la Derecha, todos tienen colegios particulares. La Educación es la gallina de los huevos de oro, da mucha plata. El que tenga una universidad o un colegio va a ganar mucha plata; todos tienen escuelas. Por eso nunca se va a legislar para que haya un cambio real.

Otro estudiante de la misma carrera y año, ha modelado en su cabeza la situación: “En este tema de la reforma educativa hay cuatro grupos de interés: alumnos, profesores, funcionarios de escuelas y el Estado. Cada uno hala para su lado, sin pensar en el bien común”. Con semejante concepción a cuestas, confiesa que tiene serios recelos hacia la gratuidad universal de la Educación Superior, pues “la mayoría de quienes están en la Universidad son hijos de universitarios y tienen dinero”. ¿Entonces, qué es lo que pasa?, se pregunta el joven en ejercicio autorreflexivo, y sin pensarlo mucho aventura una respuesta: “Ellos van a las protestas porque no quieren pagar plata, no quieren bajar de su estatus social. Hay muchos que tienen hasta dos autos. Ya viven bien y quieren vivir mejor. Mientras que otros no tienen nada”.

Estamos presenciando una arremetida de la Derecha que no se veía desde 1970 –opina una militante del PTR–. La Derecha está sacando gente a la calle, los empresarios se están juntando. Hace cerca de tres semanas, los sostenedores tuvieron una especie de congreso para decidir cómo van a enfrentar la reforma educacional de Bachelet que, si bien es neoliberal y es un engaño, demuestra que igual les trastoca cosas a los empresarios. Por algo la Derecha y los empresarios se están reubicando. (…) Nosotros sí hacemos una crítica gigante a las direcciones políticas que hoy están en la CONFECH y en la FECH [105] , que no han sacado ninguna declaración en contra de la arremetida de la Derecha. (…) ¿Y eso qué es lo que ha hecho?, pues que las direcciones estudiantiles entren en una especie de pasividad. ¡Y eso le hace la pega [el trabajo] a la Derecha!, porque siguen arremetiendo, y están logrando lo que quieren. (Historia, segundo año)

Pero no todos los militantes ven el vaso medio vacío; algunos se empeñan en percibirlo medio lleno: “Veo la política actual chilena desordenada, muy caótica. Estamos en un período de cierta crisis de legitimidad, que significa peligro pero también oportunidad” (Filosofía, cuarto año, Izquierda Autónoma). El análisis no puede desprenderse de las ansias de transformación y la convicción del rol social que les toca desempeñar a los jóvenes universitarios.

 A propósito de las organizaciones políticas de los alumnos en la U.Ch., cabe observar que las representaciones sobre ellas instaladas en el imaginario estudiantil, si bien no resultan tan negativas como las referidas a las elites políticas nacionales, tampoco son favorables. Aunque varios de los llamados “mechones” (de recién ingreso a la Universidad) reconocen que “militar dentro de un movimiento político te entrega más fuerza y te hace conocer quiénes están dispuestos a luchar contigo” (Administración Pública, primer año), la mayoría no encuentra dónde depositar sus ganas de hacer y se muestran renuentes a involucrarse en las fuerzas políticas que conocen. En no pocas subsedes también existe un estereotipo muy extendido:

Los que hacen la política dentro de la Facultad de Derecho son gente de un quintil muy alto. No quisiera ser apresurado, apenas he estado cinco meses en la Universidad; pero, a riesgo de sonar hasta resentido, encuentro que la gente toma la política cuando viene de estratos altos y no ha sufrido los problemas de verdad, o nunca ha estado uno, dos o tres años inmerso en el problema. Se juega mucho a ser revolucionario, no le dan la verdadera importancia que tiene la política, se interesan más en el puesto de poder y en figurar que en realizar un gran cambio. En todo caso eso es muy prejuicioso, creo que se da en algunas personas y en otras no. Pero sí influye. (Derecho, primer año)

El descrédito de los representantes estudiantiles se extrapola hasta el nivel de la FECH, y se convierte en una de las ideas más suscritas por los alumnos con más años en la U.Ch.:

En 2011 me di cuenta que en la Federación se daba mucho el tema de los egos, se pierde mucho tiempo, no hay un canal efectivo. Aquí gana el ego del que habla más bonito o del que quizás incentiva mejor al otro pero no hace nada en concreto. Es muy difícil el tema de los colectivos políticos aquí en la [Universidad de] Chile, los que más hacen son los más callados. No veo que la FECH sea una instancia productiva, es más farandulera. Es como “el mundillo FECH”, así le digo. Son los próximos políticos que se van a dar vuelta a la chaqueta en un año más, como por ejemplo la Camila Vallejo. Ellos ocuparon ese espacio para saltar a un cargo político. (Forestal, quinto año)

En sentido general, la mayoría de los alumnos no se sienten representados por las fuerzas políticas existentes hoy en la U.Ch., y piensan que específicamente los brazos estudiantiles de los partidos políticos entorpecen la búsqueda del bien común universitario. “[A los colectivos] los encuentro un poco impermeables. (…) Un problema de la movilización política universitaria es que son palacios de arena, no disputan nada de poder porque el poder está en otros espacios adonde los estudiantes no acceden (Psicología, tercer año).

Por otra parte, una gran cantidad de educandos tienen la impresión de que falta diversidad política en el tejido asociativo de la U.Ch. y, sobre todo, madurez política para respetar, aceptar y disputar con el pensamiento diferente: “Me molesta que la U.Ch. está muy dominada por la Izquierda. Tengo amigos acá que cuando dicen que son de Derecha los atacan; eso no está bien. Tengo amigos de ambos polos, no se debe atacar al que piensa distinto” (Biotecnología Molecular, segundo año).

Sobre el predominio arrollador de colectivos estudiantiles autodenominados de Izquierda pude tomar nota en dos encuentros de fuerzas políticas a los que asistí como observador: uno de convocatoria general de toda la U.Ch., celebrado en la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas; y otro local, restringido a grupos de la Facultad de Ciencias Sociales. Sobre la relación entre estas organizaciones precisa un miembro del colectivo Vamos Construyendo, de la Facultad de Economía y Negocios: “Entre las mismas Izquierdas existen muchas rencillas en torno a quién está más a la Izquierda. Es clásico, en verdad. (…) La política estudiantil no es la más linda del mundo, sino que se dan prácticas sucias”.

En Chile todavía se sigue viviendo con una mentalidad de trauma de guerra fría. Aquí existen los “fachos” y los “comunachos”. “Fachos” es un mal uso de la palabra fascista que tratan de aplicarla con Pinochet; pero lo de Pinochet era un pseudofascismo muy ateo. Y los “comunachos” en la Universidad me di cuenta que son mil derivaciones distintas de la Izquierda, cada uno interpreta a Marx y a Lenin como quieren. (…) Está muy polarizado acá. No existe el Centro político. A nivel mental eres de Izquierda o de Derecha. No se logra lo que propone, por ejemplo, Anthony Giddens, quien trata de mezclar las mejores cosas en la Tercera Vía. Si le preguntas a la gente, ¿cuántos van a responder que conocen la Tercera Vía?, muy pocos. Unos quieren esto, otros aquello, blanco o negro, y desgasta mucho. (Biotecnología Molecular, segundo año)

En el discurso estudiantil pululan los llamados de atención sobre la polarización, al parecer un fenómeno social general con una expresión universitaria bastante evidente:

Producto del golpe, la participación política bajó mucho, está mal vista. Que te digan comunista es un insulto tan grande como “nazi”, cuando son dos cosas que no tienen nada que ver. Claro, si me dijeran estalinista, por ahí te creo; pero el comunismo no tiene nada de malo, es una teoría más, como si dijera liberal que aquí no representa nada malo. Es un pequeño ejemplo de cómo se da un estigma postdictadura que reduce mucho la participación, que genera mucha indiferencia ante la política. (Derecho, primer año)

Sin embargo, desde la óptica del militante de las JJ.CC., el descenso en la participación ciudadana y el desinterés por la política, está ocasionado justo por lo contrario: por el desvanecimiento de la antigua polarización en el imaginario popular:

Si preguntas hoy en la calle: “¿Eres de Izquierda o de Derecha?”, te responden: “En realidad no soy de ninguna. Yo marcho, etc.; pero me da lo mismo eso de la Izquierda o la Derecha”. Hay un nivel de apatía. E insisto: no es porque la gente sea tonta, sino que no se han roto consensos planteados hace mucho tiempo. (Odontología, cuarto año)

De cualquier modo, la mayoría de los estudiantes de la U.Ch. convergen en señalar el “sedentarismo político” imperante en la población. Una alumna de Química, primer año considera que, aunque se ha logrado instalar el debate sobre temas relevantes, las personas no tienen la voluntad de involucrarse activamente en los procesos deliberativos y ni siquiera como actores pasivos: “Mucha gente no ʻpescaʼ [106] los debates, hay mucho desinterés. Están resignados, sobre todo los adultos: ʻAh, si los políticos van a seguir metiéndonos el dedo en la boca. Votes por quien votes será igualʼ”. Precisamente, sobre el conformismo arraigado hasta la médula en la sociedad chilena un estudiante de la Facultad de Artes hace un razonamiento aportador:

Si hay algo muy rico para el país, es el sentido de pertenencia. Y en Chile eso existe muy poco. Para ciertas cosas a la gente se le sale la bandera, toman vino y bailan cueca con empanada de pino [107] . Pero para criticar al sistema chileno, dicen: “No, si está bien así”; son conformistas. Es una cuestión que tiene que ver con la dictadura. Pero eso ya se venía haciendo desde antes en toda Latinoamérica. Es un pensamiento europeizante que, después de la dictadura, mira más hacia EE.UU. Siempre hay un foco al extranjero. Y si alguien ve que eres bueno, te dice: “Mijito, no se quede acá. Acá se va a perder. Usted tiene que irse pa´ afuera”. Eso es muy común. La gente no tiene apego con el país, con su región, su ciudad, su población; en muchos casos ni siquiera tiene apego con su familia. En el fondo, hay un tema de Educación. Claro que hay excepciones. Te hablo de lo que he podido vivir y ver. Pero, en definitiva, hay un desapego grande e indiferencia a lo que le pueda ocurrir al de al lado. (Interpretación Musical, tercero medio)

En el caso de las representaciones políticas de los cubanos puede distinguirse a simple “oído” una especie de mitosis cronológica. Hay un antes y un después del 17 de diciembre de 2014, fecha en que los presidentes Raúl Castro y Barak Obama anunciaron, casi al unísono, el intercambio de importantes prisioneros y el inicio del restablecimiento de las relaciones bilaterales entre Cuba y EE.UU. Los estudiantes universitarios, por supuesto, no son la excepción. Aquel suceso de “alta política” removió su prisma racional por todos los costados. Y, por fortuna, pudimos constatarlo in situ, pues el evento coincidió con la primera semana de trabajo de campo en la isla caribeña. De hecho, un par de informantes, entrevistados antes del histórico acontecimiento, se comunicaron luego con el investigador, vía email, para afirmar más o menos similar idea: “Lo sucedido el 17 de diciembre, cambia por completo algunas de mis respuestas” (Biología, quinto año). Asimismo, en una entrevista realizada al día siguiente de los anuncios presidenciales, un alumno de cuarto año de Sociología, no dudó en aseverar:

Tengo que dividir mi respuesta en dos partes. Antes de ayer mi visión de la realidad cubana era que se estaban dando ciertos cambios en términos cualitativos, pero no muy drásticos ni radicales. Se veía cierta movilidad en algunos aspectos económicos, pero en lo social se percibía cierta estática aún. Desde ayer, personalmente tengo muchas expectativas y sé que las personas a mi alrededor también las tienen. (…) Comienzan a creer que muchos de los problemas se pueden solucionar con el descenso de las tensiones entre los dos países. La devolución tan rápida, con muy poco proceso y papeleo, de los tres cubanos que tenían todavía en las cárceles, demuestra que cuando las fuerzas políticas toman las decisiones, las cosas sí se hacen. Cuando se quiere, se puede.

El inesperado giro político catapultó las esperanzas sobre el futuro de la nación, repercutiendo inevitablemente en el procesamiento racional de la realidad: “En muchos años, no han ocurrido cambios tan consecutivos. Este ha sido un sistema rígido que ha utilizado la misma estrategia, no necesariamente negativa, tiene cosas positivas y negativas” (Química, segundo año). En la respuesta sobresale un aspecto significativo de las representaciones políticas estudiantiles de la U.H. hoy: por primera vez, desde que tienen uso de razón, estos jóvenes sienten que “algo se mueve”. Tras una obstinada hibernación, el “ogro filantrópico” (ver capítulo 3) comienza a desperezarse y, con el inusitado gesto, calienta el ambiente, enciende las ilusiones:

Es una situación bastante convulsa; pero para bien. Hacía mucho tiempo que estábamos estancados, muy cerrados, no sólo internacionalmente, sino nosotros mismos. No nos dábamos cuenta de que los cambios tienen que partir de uno mismo. No tiene que venir nadie a hacerlos. Entonces me parece que es un momento muy bueno, que hace falta aprovechar. No sólo por lo que en la calle dicen que si Obama viene a resolver los problemas; esa es una idea muy simpática y absurda también. (…) Entonces, es un año de trabajo, de retos. Y la situación es así: nos hemos planteado que cambiaremos muchas cosas. Vamos a ver cuántas podemos hacer. (Historia del Arte, cuarto año)

¡Hum…! La experiencia pone coto al entusiasmo. El optimismo no nubla la razón. Bien lo resume la propia historiadora del Arte: “Aquí muchas veces se ha dicho que se van a hacer cosas y salen mal, o no se hacen. Entonces todo el mundo está a la expectativa de qué pasará”. Tal y como veíamos en los estudiantes de la U.Ch., los cubanos tampoco tienen una fe ciega en el discurso político gubernamental, moderan su emoción a la espera de hechos convincentes. También es una actitud-escudo que los protege de posibles desengaños.

El anuncio promete; pero, por el momento, la realidad sigue igual: “No soy político pero, desde mi punto de vista de ciudadano corriente, el nivel de vida de la población cubana está muy mal. Está muy por debajo de lo que podría esperarse después de 50 y tantos años de Revolución” (Biología, quinto año). Los golpes de realismo atraviesan transversalmente todo el universo de representaciones políticas de los discípulos de la U.H., quienes, al igual que sus homólogos andinos, se han armado un imaginario bastante crítico del contexto político nacional, perfectamente coherente con sus habitus y valores. Así, a pesar del nuevo ingrediente esperanzador, la sustancia del “guiso” la aportan las insatisfacciones y el recelo:

El Estado tiene todavía mucha centralidad y control sobre los recursos. Las relaciones Cuba-EE.UU. van estar mediadas por los intereses del Estado. Sectores sociales como Salud y Educación seguirán todavía privilegiados, continuarán teniendo garantías; pero habrá cambios en lo social en otros aspectos. Por ejemplo, habrá más vínculos con los familiares que residen en EE.UU., habrá más opciones, se abrirán más caminos; cuestiones que antes no se podían visualizar ni comprender. Lo que pasa es que no estamos preparados, por eso debería ser un proceso paulatino. (Sociología, cuarto año)

En los análisis de su realidad, los alumnos del recinto habanero muchas veces deslizan una crítica velada a los dirigentes políticos que, por muy bien fundamentada que esté, casi siempre resulta adornada con giros del lenguaje, recursos impersonales, ambigüedades, anfibologías... Frente a la disyuntiva de la falta de libertad de expresión que tanto reprochan, los estudiantes muchas veces prefieren “la tangente” antes que el ejercicio directo de un criterio negativo:

No todo es culpa del Estado pero tampoco está desvinculado de él. Si hay crisis económica no es sólo por el bloqueo, sino por medidas un poco drásticas por parte del Estado que acarrean la situación que tenemos. El bloqueo no impide que exista, por ejemplo, una libertad de expresión plena. Existe, claro, la Constitución lo dice; pero no es lo que realmente se ve. Teóricamente tenemos libertad de expresión pero en la práctica no, y el bloqueo no tiene culpa de eso. (Derecho, segundo año)

No obstante, una importante representación que no se puede pasar por alto es que en la lectura crítica de su devenir social, el estudiantado de la U.H. ha llegado a la conclusión de que el proceso de reformas correctivas emprendido por Raúl Castro desde que asumió la presidencia, aunque insuficiente, es positivo, pues rompe con el inmovilismo que mantuvo su hermano por décadas. Los alumnos no están conformes con la cantidad, la calidad ni el ritmo de las transformaciones, pero de manera general las aprueban; si bien piensan que no responden a la necesidad real de cambios que requiere un país en permanente crisis, apremiado por el tiempo.

Independientemente de todo, Raúl Castro ha tomado decisiones muy sabias, hay que dar tiempo, pero hasta ahora me parece bien. La más sabia fue la de limitar el tiempo de mandato de los dirigentes, porque cuando uno se acostumbra a un estatus, crea costumbres, rutinas, ya tienes a tu disposición ciertas cosas para el resto de tu vida y, según el diccionario, eso es una dictadura; o sea, establecerse en un lugar porque sí, independientemente de que todo el mundo te lo pida. (Economía, tercer año)

Una de las pocas medidas políticas tomadas en el contexto de la eufemística “actualización del modelo económico cubano”, el límite de mandatos ha tenido tanta repercusión en el imaginario estudiantil como el restablecimiento de las relaciones con EE.UU. En casi todas las entrevistas surgió como un parteaguas a futuro: ¿qué pasará cuando Raúl deje la presidencia? Largamente deseada, la medida abre un abanico de expectativas rodeadas de escepticismo: “Quizás salga Miguel Díaz-Canel [actual Vicepresidente] en las próximas elecciones. Tal vez le lavaron el cerebro, no sé. Quizás sale otro. Pero con el sistema electoral actual, donde 600 diputados votan de forma unánime, vamos a ver qué cambio de mentalidad pueda crear” (Economía, tercer año).

“A Díaz-Canel no lo conozco, no sé cómo piensa, de dónde viene; simplemente lo eligió la Asamblea porque supuestamente lo conocen. (…) Desde que fue elegido Vicepresidente está desempeñando su papel y en mi cotidianidad las cosas siguen igualitas” (Sociología, cuarto año). En general, los universitarios no esperan demasiados cambios con la sucesión en el trono. Se dan perfecta cuenta de que el problema trasciende la mera transición de líder; es estructural: “Aquí, básicamente, te ponen muchos obstáculos. Cosas que puedes hacer en dos o tres pasos, necesitas 10 pasos para lograrlas. A veces, poner en práctica un sueño básico te cuesta mucho sacrificio” (Biología, quinto año). La traba es de fondo y requeriría otra revolución institucional y cultural:

No creo que realmente la gente pueda intervenir, cambiar, influir en la política del país. Me he dado cuenta de eso con los cambios ocurridos con Raúl Castro. Todas las cosas abiertas estaban mal hace 40 años, la gente se venía quejando hace 40 años; pero hasta que él no se dio cuenta o se decidió, las cosas no cambiaron. (Periodismo, quinto año)

Notable sensación de impotencia política. La capacidad de agencia maniatada. Para ser tan jóvenes, semejante representación es muy significativa. ¡Qué temprano les llegaron las ataduras mentales! En sus cortos años de vida, las decepciones ya les alcanzan para “colgar los guantes”, como se dice en el argot boxístico: “Lo que he aprendido es que cada vez que se hace una reunión, por ejemplo, de la FEU en el aula, se plantean muchas ideas superbuenas, pero ¿dónde se quedan esas ideas? Se pierden” (Ciencias de la Computación, tercer año). Los alumnos se sienten ninguneados. Sus planteamientos casi nunca reciben contestación. Callada por respuesta. Vinculado al hastío y la deslegitimación de los mecanismos participativos tradicionales, aparece el tema del secretismo, una variante extrema de la opacidad política denunciada en Chile:

De la situación política actual en Cuba… Hay muchas cosas que uno no sabe qué pensar. Para mí el problema fundamental es que hay falta de información. Hay muchas cosas que uno no sabe ni qué decir, no por miedo a lo que vas a decir, sino porque no me gusta hablar sin saber. Ahora con el tema de los americanos [estadounidenses] hay tantas cosas que uno no sabe. Circulan correos diciendo que si se reúnen tal o más cual día, que si no se reúnen, que liberaron a no sé cuántos presos políticos, ¿por qué los liberaron?, no se ha dicho nada. Hay mucha falta de información que es dañina porque crea eso: gente hablando cosas… Algunos dicen que el objetivo es que la gente esté entretenida en eso y no piense en los verdaderos problemas que hay. Esa es otra opción. (Física, cuarto año)

“Ya en tercer año de la carrera, sigo sin entender muchas cosas. Pero siempre he sabido que detrás de una decisión económica hay una decisión política. No están al mismo nivel, siempre lo político está por delante de lo económico”, se lamenta un futuro economista, en una objetiva caracterización de su contexto social, diametralmente opuesta a la que hacen los chilenos de la suya. Como sus pares andinos, los cubanos también muestran intensas ansias de renovación política y de ponerse en sintonía con el acontecer mundial: “No podemos seguir usando las mismas ideas de hace 50 años. Tenemos que cambiar con el mundo, irnos adaptando. Sin perder nuestra raíz; pero hay que ir avanzando, respecto al mundo. Hay que llegar a la Cuba del siglo XXI” (Ciencias de la Computación, primer año). Ahora bien, en esa necesaria evolución sistémica, ya vemos que los estudiantes de la U.H. no se conciben como protagonistas.

Tenemos muy poca cultura política. Para nosotros la política es de otros y no tenemos nada que ver con eso, tal vez por la poca participación política real que tenemos. En apariencia todo es muy democrático; pero en realidad a la gente no le interesa nada, no saben de la Constitución. La gente vota porque tiene que votar. (Física, cuarto año)

El peso estructural del modelo desciudadanizante los aplasta. Incluso a los más firmes les deja pocas opciones: “Tendría que pasar algo muy fuerte que estremeciera a la sociedad inteligente y joven –ahí entro junto con la gran mayoría de los estudiantes universitarios–, esa que tiene fuerza y potencial de ejercer su opinión y promover cambios” (Sociología, cuarto año). Emprendedor por naturaleza, sujeto pensante por formación, este alumno reconoce que el movimiento estudiantil universitario cubano ha perdido su fuerza en la historia reciente:

Esa es una de las cosas que más me lastima: ver el papel que han jugado los estudiantes universitarios en la historia y en la actualidad. La fuerza estudiantil universitaria no sabe el poder que tiene. Quienes dirigen el país, por ejemplo el Ministerio de Educación Superior, son personas que pasaron por acá pero hace mucho tiempo dejaron de ser estudiantes, y rigen cuestiones que son de nuestra realidad. Por suerte, hay mecanismos mediante la FEU que nos permiten ejercer fuerza y proponer cambios para nuestra mejoría; pero quienes deben tener el control, la batuta de nuestra Universidad, somos nosotros. Y eso acá no es tan así. En Chile, por ejemplo, hay una muestra de ello: el gobierno con su política iba en contra de los intereses del estudiantado y este se mostró, ejerció presión. Aquí es complicado porque el Ministerio de Educación Superior responde a los intereses del estudiantado entre comillas, y tal vez ahí no hay una separación contradictoria e irreconciliable. Admiro mucho a la Universidad de 1950, lo que se hizo. La Universidad nuestra de ahora lo que hace es reproducir las mismas lógicas sobre los principales logros iniciales de la Revolución. A mí no me gusta eso.

Los educandos de la U.H. reconocen que en aquella época dorada, el movimiento universitario contaba con varias organizaciones políticas, con prestigio, autonomía, diversidad, capacidad de maniobra, resultados y líderes natos. Hoy tienen sólo una y ninguno de aquellos atributos. Sin exagerar ni un ápice, la reputación y credibilidad de la UJC andan por el subsuelo hoy entre la comunidad estudiantil. En eso el imaginario del alumnado cubano se parece mucho al de la U.Ch.: el común de los estudiantes no se siente representado por esa fuerza política juvenil. El coro de reconvenciones, incluidas las de los propios militantes, así lo atestigua:

“Mucho formalismo, no se escapa de ese marco sinceramente” (Bioquímica, segundo año, militante); “El poder real de incidir que tiene ʻLa Juventudʼ [UJC] sigue siendo vacuo y vacío” (Letras, quinto año); “Como se dice en la Facultad: ʻEs un divorcio entre «La Juventud» de arriba y «La Juventud» normalʼ. Nosotros planteamos problemas y cuando llegan arriba se quedan ahí, no satisfacen nuestras necesidades” (Psicología, primer año); “No representa ninguna diferencia ser de la UJC o no. Nunca me he planteado salir porque tampoco me molesta. Es que no lo siento de ninguna forma: ni positivo ni negativo” (Lengua y Literatura Inglesa, quinto año, militante).

Ciertamente, respecto a la investigación realizada por este autor en 2008, la imagen negativa del trabajo de la UJC persiste, ahora intensificada. Sin embargo, en la actualidad emerge una revelación: un segmento bastante amplio de los entrevistados (un tercio) declaró haberse salido de las filas por desmotivación: “En la UJC que conocí en la Facultad, nadie se quiere reunir, nadie le presta atención, se inventan las actas y para perder el tiempo no estoy ahí” (Física, cuarto año); “No me importó mucho dejar la UJC, porque me di cuenta rápido de que las opiniones que uno daba en las reuniones se quedaban en el papel y las cosas no cambiaban” (Lengua y Literatura Francesa, quinto año). La vía más usada para ello (y la más subrepticia) es no entregar el expediente de militante cuando ingresan a la Universidad. Algunos pocos fueron más valientes y pidieron su baja de frente, con la moral en alto; pues existe el estigma de que semejante paso puede acarrearles problemas en otros ámbitos escolares. De hecho, entre actuales militantes, algunos confiesan no haberse salido de las filas de la organización por esos temores:

Pensé salirme, pero era complicado. Hacerlo en el preuniversitario equivalía a que probablemente te votaran de la escuela, porque el IPVCE Lenin era “lo superior”. En la Facultad realmente tenía miedo de tener problemas, porque Comunicación en ese sentido es diferente. Tuve amigos que cuando entraron a la Universidad se dieron baja de la UJC de manera natural, entregaron una planilla y ya. Pero sentía que en mi Facultad no iba a ser tan fácil, ni tan libre, y nunca lo hice. (Periodismo, quinto año)

4.14 Actitudes : La política vs. Los políticos

Sobre las actitudes políticas de los sujetos de investigación algo se ha podido apreciar ya, en el amasijo de dimensiones culturales aquí perfilado. Pero el tema aporta mucha tela por donde cortar y aristas sumamente interesantes y autónomas (que no aisladas). Los dos indicadores observados para esta dimensión, las actitudes hacia los políticos y hacia la política, arrojan llamativos signos, contrastes, conexiones, entre sí, y también desde la óptica que compara las dos unidades de análisis: la U.H. y la U.Ch.

A esta altura del capítulo, después de una prolongada estela de inconformidades, rechazos y angustias, no sorprende encontrarse con que la abrumadora mayoría de los alumnos chilenos tiene actitudes negativas hacia los políticos; pero sí sobresale el grado de intensidad de esa aversión. Salvo un par de educandos que modera sus manifestaciones afectivas, la generalidad asume acérrimas posturas de desprecio hacia los actores de la política institucional.

“Hay políticos bastante nefastos. Quizás soy tajante, pero todos los que legislan con la Biblia bajo el brazo no hacen bien; sólo hacen retroceder al país. Son figuras bastante nefastas, que no ayudan en nada. Todo estaría mejor sin ellos”, espeta sin vacilar una estudiante de segundo año de Periodismo. Si bien esta comunicadora se cuida de no pecar de absolutista, le cuesta mucho mitigar su animadversión: “No creo que sean mayoría; mitad y mitad. (…) Hay unos que no los soporto, si los veo en la tele cambio el canal; y otros que pueden ser mejores personas en algún momento”. Similar le sucede a una alumna de la Facultad de Medicina, que monta en cólera cuando se le mienta a los políticos:

La mayoría está ahí por la plata que le da el gobierno. Tener un cargo público, ser del Congreso, te eporta ocho “palos” [millones de pesos] fáciles. Más lo que reciben por bonos de comida, bencina...; es muy fácil. Van a las reuniones ¡y se ponen a leer el diario en el computador! ¡Algunos duermen en las sesiones del Congreso! Y así le pagan ocho millones de pesos. En cambio, hay gente que se saca la mierda trabajando y le pagan el sueldo mínimo, es súper injusto. Ellos predican y no practican; dicen: “Tenemos que ayudar a la gente”; pero ellos ganan cuatro millones de pesos y están listos. Como una vez una política dijo que ganaba un sueldo “reguleque [108] ” y ganaba como cuatro millones de pesos. Creo que muchos van a la política por intereses propios, para salvar su pellejo y tener donde caerse muertos, por así decirlo. (Enfermería, tercer año)

Como referimos en el epígrafe anterior, la asociación entre beneficios económicos y puestos políticos es harto recurrente en el imaginario estudiantil chileno, y debilita sobremanera la credibilidad de los funcionarios gubernamentales y militantes de partidos: “No les tengo mucho respeto porque se meten a esta máquina “por un sentido social” o “por una búsqueda de justicia”; pero, al final terminan en lo mismo: ganar plata y generar plata, solamente eso” (Agronomía, primer año). Empero, un estudiante de Filosofía, cuarto año, militante de Izquierda Autónoma, matiza la crítica con una visión más ideológica del asunto:

En verdad hay un índice de corrupción interesante en Chile, han pasado cosas bien chanchas; pero no creo que el afán de lucro sea lo predominante en los políticos, eso es mentira. Ellos tienen proyectos ideológicos, y ni siquiera los capitalistas tienen tanto afán de lucro y de robar plata como se cree. Los capitalistas tienen ganas de hacer mover el mundo bajo sus intereses.

Por su parte, sobre la fatídica comunión, un futuro Ingeniero en Biotecnología Molecular, actualmente en segundo año en la U.Ch., aporta una jugosa reflexión:

Los políticos, más que personas en un cargo, se ven como una clase o un oficio para buscar dinero. Los griegos creían que todos debían ser políticos, por eso sorteaban los cargos. Así se evita que haya una clase política. Pero, bueno, eso ya es así en todos los países. En Cuba hay también una clase política, y es mucho más rígida que la chilena.

En referencia a la cuestión específica de la estratificación por privilegios políticos, el militante de las JJ.CC. introduce una acotación que complementa con una perspectiva más ancha del ejercicio político: “Efectivamente existe una casta política, algo muy diferente de una clase política. Hay grupos de poder con influencias políticas; pero eso nos los convierte en “los políticos” necesariamente. Un dirigente sindical del barrio La Pintana es tan político como un parlamentario” (Odontología, cuarto año). Más allá de calificativos precisos, del rechazo entre los alumnos chilenos a la segmentación de los personeros políticos no quedan dudas cuando terminamos escuchando el lamento de una estudiante de Administración Pública: “Gran parte de los políticos chilenos son unos aristócratas: el hijo del hijo del hijo…; llevan el mismo apellido, siguen una línea. (…) Siempre las mismas personas detrás de los gobiernos, los mismos parlamentarios. Se pasan los cargos entre ellos” (Primer año).

Desafiando límites conceptuales, un intérprete musical (tercero medio) tensa la cuerda y lanza un sarcasmo henchido de sentidos: “¿Hay políticos chilenos realmente? Esa sería una buena pregunta –bromea entre resonantes y tristes carcajadas–. Según lo que entiendo por político (una persona interesada por las discusiones de la comunidad, el bien de la comunidad), no sé si habrá gente así acá”. La ironía expresa una fuerte disonancia entre la realidad y el deber ser.

Los políticos no han hecho nada por la gente que no vota. En Chile los pobres son muchos más que los de clase media; pero nadie se fija en ellos, porque ninguno vota, no tienen un piso mínimo de cultura para votar. Los políticos no quieren hacer cambios, sino asegurar votos no más con su propaganda electoral. No se ha visto ningún cambio real en 20 años en Chile. La gente pobre sigue siendo pobre, sigue estando ahí y envejecen en la miseria. El sistema de salud sigue complicadísimo, si uno se va a operar se demora dos años. Entonces ¿qué quieres que diga de los políticos? A mí no me gustaría insultarlos pero es que me tienen así y eso es lo que han representado, se han perpetuado estas relaciones, sigue estando el problema que instauró la dictadura. (Derecho, primer año, B)

El rechazo a los políticos chilenos es tan generalizado y estable entre la comunidad estudiantil de la U.Ch., que resulta una representación política consolidada, un pensamiento constituido, socialmente compartido por casi todos, que en la práctica, a su vez, constituye los discursos y acciones de los alumnos. Pueden encontrarse pequeñas y lógicas variaciones individuales de esta representación política; pero su arraigo es tan notable que, de persistir durante mucho tiempo, pudiera llegar a convertirse en un habitus y, por tanto, adquirir nuevos matices y consecuencias para la cultura política chilena en general. Por el momento, la visión crítica sobre los partidos y los colectivos políticos formales ha desembocado ya en una marcada tendencia o revalorización de los políticos o propuestas “independientes”, desligadas de los partidos.

No obstante, un puñado de estudiantes se expresan de manera menos categórica a la hora de opinar sobre las figuras políticas: “Algunos siempre van a velar por sus propios intereses; a otros les importa más la gente. Es complicado, muchos dicen: ʻLos políticos son unos mentirososʼ. Pero hay de todo. No se puede meter a todos dentro de un mismo saco” (Ingeniería Comercial, segundo año, ella). Detrás del atenuante flota un dejo de fe, inspirado en un suceso reciente, cuya trascendencia todavía está por verse:

Se está dando un fenómeno nuevo: los dirigentes estudiantiles llegan a la Cámara de Diputados, al Senado. La gente se dio cuenta de que con esfuerzo y organización se puede llegar a la política, cambiarla desde adentro y no tratando de destruirla, algo casi imposible de hacer como ciudadano. (…) Hay políticos que están por estar; pero también los hay comprometidos con su región, sus representados. (Ingeniería Civil, primer año)

Como “bancada estudiantil” se le conoce a la nueva generación de congresistas que consiguieron llegar al parlamento, gracias a su destacado liderazgo dentro del movimiento social desatado en 2011. En ellos cifran los jóvenes chilenos sus esperanzas para conseguir muchos de sus anhelos pospuestos: “Así van generando una renovación política y eso está superbien, porque con ellos –que todavía están puros, todavía no tienen negocios entre manos, ni tanto interés–, quizás se llegue a algo bastante mejor” (Biotecnología Molecular, segundo año).

Así como hay políticos empresarios, inescrupulosos, comerciantes, también existen otros, sobre todo en la nueva política, a los que les tengo mucha fe. A la Vallejo no tanto porque la encuentro muy monigote comunista; pero me gustan Giorgio Jackson, Gabriel Boric, figuras desprendidas del movimiento estudiantil. También Francisco Figueroa, de Izquierda Autónoma. (…) La clase política chilena es demasiado vieja, están demasiado vinculados entre sí, la política chilena necesita nuevos actores. (Psicología, tercer año)

De esta bancada estudiantil, la que más credibilidad ha perdido es la militante comunista Camila Vallejo, fuertemente cuestionada por incoherencias en su trayectoria, concesiones políticas y aspectos de índole económica. Su descrédito es generalizado entre los alumnos de la U.Ch.: “Hay mucha mala onda con Camila ahora, porque le dio su apoyo a Bachelet durante la campaña presidencial, cuando meses antes decía: ʻNunca apoyaremos a Bacheletʼ. Sin embargo, ahora nos convocó a votar por Bachelet, porque: ʻEs la mejor opciónʼ” (Interpretación Musical).

Va saliendo gente nueva, con pensamientos frescos y políticas renovadas; pero al final terminan siendo igual que todos. Se meten con una idea: “Quiero ayudar a todos, e igualdad…”; y después de diez años caen en lo mismo de siempre. Llegan a la Cámara de Diputados y se quedan estancados. Luego vuelven a la misma idea contra la que luchaban antes. Y así sigue el ciclo. Por ejemplo, la Camila Vallejo decía que no apoyaba a Bachelet y lo primero que hace cuando asume como diputada es apoyarla y salir en fotos con ella; eso ya es un indicio de que se está vendiendo. Con el tema de regular los sueldos a los diputados que ganaban demasiado, como 12 millones, y querían bajarlo a dos o un millón, ella dijo que no, que bajarle los sueldos a los diputados no iba a ayudar a disminuir la desigualdad. Claro, ella gana 12 millones mientras el resto gana 300 mil pesos. Eso ya es un indicio de que ella, en un año o más, se va a dar vuelta y todo por lo que luchaba cuando era joven va a quedar en nada. (Tecnología Médica, cuarto año)

De todos modos, los retos de la bancada estudiantil son enormes porque, por mucha voluntad de cambio que manifiesten, las ataduras institucionales explicadas en el capítulo 3, como la propia Constitución, devienen rígidos balaustres que, en su conjunto, conforman una poderosa jaula de contención, frente a cualquier pretensión evolutiva.

Ahora bien, qué alentador hallazgo encontrar que, en Chile los estudiantes universitarios tienen una claridad meridiana para distinguir las fronteras entre la política como ámbito intemporal y aquellas figuras que ejercen cargos políticos en determinado momento. Así, en sorprendente giro de 180 grados, el rechazo unánime a los políticos de carne y hueso se convierte en aprobación absoluta de la validez e importancia capital de la política “despersonificada”, como espacio vital de organización de las relaciones humanas. La actitud hacia la política de los alumnos de la U.Ch. fue enérgicamente positiva. Lo cual refuerza la teoría de que los jóvenes chilenos no son apolíticos, como algunos pretenden demostrar. La verdad es que reniegan y se alejan de la política tradicional instituida, y apuestan por nuevos referentes:

Somos seres políticos. Y hay que hacer política, pero entendiéndola de una manera más humana, más subjetiva y no tanto como la organización por la organización, ¿cacháis?; sino en el sentido de que somos seres sociales y necesitamos estar con otras personas. Para eso necesitamos instalar ciertos sistemas de valores, para que haya tolerancia, podamos sustentarnos bien y subsistir. (…) Hay que retornar a ese entendimiento con el otro. Esa es la política que me gusta: eso de entender que no somos seres útiles o efectivos dentro de un sistema, sino personas con sentimientos, con subjetividad. (…) Se trata de eso: de humanizar un poco la política. (Interpretación Musical, tercero medio)

Reconforta escuchar manifestaciones actitudinales en la U.Ch. que diseccionan la problemática con precisión quirúrgica: “Muchos políticos se limpian los bigotes con los ingresos fiscales y con su poder. Pero no porque se desprestigien los políticos, hay que desprestigiar la política. Para mí son entes totalmente diferentes” (Derecho, primer año). O espaldarazos contundentes como los siguientes: “Es genial, no podemos vivir sin ella porque cualquier opinión es un acto de política. Sólo con el hecho de razonar, exponer tu opinión, estás generando un acto de política.” (Biotecnología Molecular, segundo año); “Siento que la política es importante por eso. No quería atreverme a decir que es una forma de vida; pero siento que está en cada parte de la vida de las personas, es algo casi inherente” (Administración Pública, primer año).

La política es principal. Quien se diga apolítico no tiene sentido, porque está dejando la cosa más importante del ser humano: la comunicación social –sostiene otro estudiante de Derecho, primer año–. El ser humano necesita de otros para subsistir, hacerlo solo es imposible, los medios para subsistir son sociales. Y todo eso se relaciona con política. La organización de tu barrio, la Universidad, ¡todo tiene que ver con política! Cualquier problema tengas, tienes que ver al político de tu organización para resolverlo. Entonces ser apolítico es supermalo. Hay que mostrar una gran participación en la política.

Algunos estudiantes chilenos muestran nítidas clarinadas afectivas, salpicadas de realismo: “Tengo una visión positiva de la política. Podríamos llegar a hacer muchas cosas si la política fuera correcta o se hiciera bien; pero en Chile no se hace bien” (Enfermería, tercer año). Nuevamente vemos cómo la inconformidad con la realidad castra sueños y convierte el potencial en entelequia: “A mí me gusta la política, pero sería utópico pensar que se podría practicar una buena política con esta sociedad actual. Debería existir otro tipo de orden; pero habría que pasar por mucho, evolucionar.” (Agronomía, primer año).

De hecho, el desencanto ha generado unas ansias de renovación, literalmente lapidarias: “Para cambiar estructuralmente tendrían que morirse todos los políticos de este país, por lo menos los más antiguos que están superapernados. Tiene que haber un recambio generacional para que cambie la dirección de la política en Chile.” (Forestal, quinto año). Sobre este paulatino proceso de concientización, un militante de Izquierda Autónoma opina:

Algo que no existía en Chile es la consciencia de que ciertas organizaciones sociales o políticas debieran existir y ocupar un rol que los partidos tradicionales no han podido ocupar. Es una novedad histórica completa que los estudiantes estén a la cabeza de la organización popular. Eso genera un escenario que abre posibilidades de cambios sociales y políticos, completamente inusitados en años anteriores. (Filosofía, cuarto año)

Ahora, ¿qué similitudes y diferencias entre chilenos y cubanos nos deparan las actitudes? En primera instancia –y como se avizora por lo expuesto hasta ahora–, comparten el intenso rechazo a las figuras políticas. Quizás con una ligera atenuación de la forma (los calificativos peyorativos) en el caso de los antillanos, respecto a los alumnos de la U.Ch. (de expresión más airada). Pero igual de crudos en el contenido. Así lo reflejan las siguientes frases:

“A los políticos de la circunscripción los veo como figuras negativas, no porque digan mentiras o roben, sino porque no nos representan sinceramente” (Bioquímica, segundo año); “Los políticos hablan como si fueran tus padres, aunque tengas 40, 50 años igual que ellos. Tienen cierto sentido de paternidad, como regañones (Sociología, cuarto año); “No voy a decir demagogia ni mucho menos. Pero a veces se dice una cosa cuando la realidad es otra” (Derecho, segundo año); “Nuestros políticos tienen buenas ideas, no son unos descarados, pero están divorciados de la sociedad. Están haciéndolo todo como quisieran que fuera, pero tienen que irse a la sociedad” (Psicología, primer año).

En las dos últimas reflexiones late fuerte una de las insatisfacciones medulares que moldea el comportamiento de los estudiantes de la U.H.: el divorcio entre el discurso público oficial y la “íntima” realidad cotidiana. A los jóvenes universitarios, como a toda la sociedad, les afecta sobremanera que les edulcoren el panorama o les intenten enmascarar los problemas que sufren día a día en carne propia. Por tal motivo increpan a los políticos, a quienes miran con recelos por disfrutar de privilegios materiales gracias a su condición política; algo común en la arena internacional pero pecaminoso en una sociedad socialista, signada por el igualitarismo.

La idea de los políticos es hablar. Ellos dicen: “Tenemos que construir escuelas”; pero las construyen los albañiles. Los políticos no pasan trabajo, no hacen nada. Como figuras representantes de las ideas, hay algunos de verdad dignos de admirar; pero hay otros que a veces hablan cosas incoherentes, que dices: “¡Este no está viviendo la situación que tiene el 90 por ciento de la población! Está hablando de algo que no sabe porque no pasa trabajo. Él se mueve todos los días en su carro, no coge un P11 [ruta de autobús], como yo”. (Ciencias de la Computación, tercer año)

Como veíamos, en el caso de los andinos los políticos son blanco de ataque por: elitistas, aprovechados, individualistas, corruptos, nepotistas, mentirosos e inoperantes, principalmente. Varias de esas acusaciones las repiten los educandos caribeños, quienes además les espetan a tales personajes otras deficiencias, igual de graves: demagogia, oportunismo, enajenación, distanciamiento, autoritarismo, falta de transparencia y sumisión. “De los de aquí no tengo opinión. Tú sabes, tú sabes… Es que no quiero decirte una cosa muy fea. No me gusta para nada la política que los políticos tienen aquí. Para mí no hacen nada bueno”, sentencia una alumna de Geografía, primer año, echando mano a los sobreentendidos, en terso acto de autocensura.

“No tengo ninguno del que pueda hablar completamente bien. Porque todos me han demostrado que no piensan tanto en la gente, sino en conservar el poder el máximo tiempo posible. Nunca me han inspirado mucha confianza”, confiesa otra estudiante de Lengua y Literatura Inglesa, pronta a graduarse. Entre los universitarios, el tema de la perpetuación en el poder deviene una crítica muy socorrida, que alude fundamentalmente (aunque no únicamente) al líder histórico de la Revolución Cubana, Fidel Castro, aferrado a la presidencia del país durante décadas, hasta que en 2008 renunció a su cargo por problemas de salud. Esta investigación arrojó que, específicamente sobre esta figura cumbre de la historia cubana, los estudiantes de la U.H. tienen sentimientos ambivalentes: admiración mezclada con reparos: “Personalmente siento empatía por Fidel. A veces siento que un poco Raúl también merece un reconocimiento, al final está implementando cosas que Fidel no pudo hacer o no tenía como proyección o no le dio tiempo a hacer; no sabemos” (Historia del Arte, cuarto año).

De los políticos de Cuba tengo una opinión compartida entre buena y mala. De Fidel Castro, quien estuvo al frente muchos años, pienso que al principio tuvo muy buenas intenciones; pero la historia, la manera en que se desarrollaron las cosas y el estar tanto tiempo ocupando un nivel tan grande en la política, hicieron que se desviaran muchas cosas de su intención primera. De los políticos “de afuera”, pienso que es complicado tener demasiado poder; para mí muy pocos logran llevar eso de forma sincera, honesta. Tengo una opinión más negativa de estos. (Física, cuarto año)

Esa distinción entre los políticos extranjeros y los nacionales sale a flote en las consideraciones de los alumnos que, en su mayoría, tienen una peor actitud hacia los foráneos; algo que no percibimos en sus colegas chilenos con un cosmos actitudinal más homogéneo en ese sentido. Pero eso no quiere decir que no achaquen a los políticos del patio lacras muy expandidas a nivel internacional, como la corrupción, últimamente bastante destapada en la isla, aunque prácticamente ausente de los medios oficiales:

Son bastante corruptos. Por la experiencia que tuvimos con Carlos Lage y Felipe Pérez Roque [109] , me he dado cuenta de que no son muy confiables. Son gente que se esforzaron, denunciaron cosas en la ONU, eran líderes políticos aquí en Cuba y, al final, nos decepcionaron. Entonces, ¿qué garantía tengo de que quienes están gobernando ahora no sean así y simplemente todavía no se haya descubierto? (Sociología, cuarto año)

Si bien en Cuba no existe una clase alta bien definida, como en Chile, las penurias materiales acumuladas durante décadas han nutrido un fértil caldo de cultivo para la alianza subterránea entre poderes económicos foráneos y aparato burocrático, algunos de “explotes” han trascendido en la prensa internacional. A pesar de lo incipiente del fenómeno, los estudiantes universitarios, uno de los pocos segmentos poblacionales con acceso a fuentes de información alternativas, no subestiman los efectos nocivos de la macabra asociación entre dinero y poder político:

La política es todo un negocio y un mundo sucio, la mayoría de las veces. El 90 por ciento de las personas que se involucran en ella tienen intereses propios. Se disfrazan de una fachada en la que prometen, meten a las personas en un ensueño; pero tienen intereses muy personales; por eso luchan por estar en ese lugar. (…) No sé si los de aquí están conscientes de lo que está mal, si quieren cambiarlo, o si creen que tienen la razón y en muchas cosas están equivocados. No sé bien cuáles son sus anhelos, pero por lo que puedo ver y por el camino que vamos, no me parece que sean los mismos anhelos de nosotros, por lo menos los de esta generación. Estamos un poco cansados, queremos ver cosas nuevas, formar parte de algo nuevo. (Lengua y Literatura Francesa, quinto año)

Como en la U.Ch., en la universidad habanera se respiran, a todo pulmón, ingentes ansias de renovación política, igual en su doble sentido: referidas a las estructuras y a los gobernantes. En este último caso, acentuadas por el grado de envejecimiento de la cúpula política que gobierna el país, varios de ellos veteranos de guerra, ancianos que sobrepasan los 80 años. A los jóvenes semejante “gerontopoder” les resulta muy lejano, en cuanto a conceptos y prácticas de gobierno:

Es válido que nuestros políticos sean de experiencia; pero ya deben darles oportunidades a otros más jóvenes. Lo que ellos vivieron se quedó ahí, aquellos tiempos no tienen nada que ver con los actuales, las cosas han cambiado mucho. Me parece que están redundando sobre lo mismo; o sea, ¡son los mismos! Quizás pido mucho, pero creo que deben darles oportunidades a otras personas que tienen la capacidad para eso. Hay muchas personas, incluso Diputados a la Asamblea Nacional, que son jóvenes, tienen la capacidad para dirigir y lo harían bien, según lo que uno oye. Nada es perfecto, tienes que verlo; pero debemos darles oportunidades a esas personas, porque los años pasan y la sociedad cambia. Me gustaría que un miembro de la sociedad que sepa lo que estamos viviendo, fuera uno de los políticos que ascienda a tal medida que sea capaz de decir: “Mi sociedad tiene tal problema y lo voy a resolver de esta forma” (Derecho, quinto año)

A diferencia de los chilenos, el estudiantado de la U.H. no tiene en el parlamento una bancada estudiantil que alimente sus esperanzas de transformar el sistema desde adentro, a través de las instituciones vigentes (en la isla, bastante deslegitimadas a nivel social, por disfuncionales). Por eso, en el caso cubano, la apuesta se orienta a renovar el edificio estructural desde los cimientos: “No me gusta mediar por instituciones u organizaciones hechas. Me gustaría hacer algo nuevo, insertarme en algo nuevo, porque lo nuevo llama la atención más que lo viejo. Algo nuevo en que las personas se identifiquen, que haya cohesión”, asegura un alumno de Sociología, cuarto año. Las palabras de este joven evidencian un hondo escepticismo hacia la dirigencia política del país caribeño, denotan cansancio respecto a las prácticas autoritarias y demagogas:

Que los políticos de ahora ganen mi credibilidad cuesta, todos, hasta el mismísimo Presidente. Te lo digo abiertamente. Y el costo más allá del discurso son sus acciones, resultados, disposición y entrega, que hagan bien su trabajo porque para eso están ahí. Me exiges como pueblo o como individuo cuando visitas la Universidad, y de pronto me apuntas con el dedo y me exiges que sea un buen estudiante; entonces, como individuo, como pueblo, también te exijo que hagas bien tu trabajo como político. “Nosotros, los de arriba, somos increíblemente intachables y te exigimos porque no cumples”; y no. No puede ser así, tiene que haber una reciprocidad, que no hay.

No obstante, para ofrecer un panorama completo, es perentorio decir que, como en la U.Ch. un segmento minoritario de estudiantes de la U.H. no es tan acérrimamente crítico de las figuras políticas. “Un político es un representante de algo. Echarle la culpa a una persona es muy inocente, porque nadie mueve solo una sociedad, un sistema. Tú eres la cara de algo. Detrás de ti hay un mundo de personas”, sostiene una historiadora del Arte, en cuarto año. Notamos que en las consideraciones de este pequeño grupo desempeña un rol primordial y apabullante el factor circunstancial: “Quiero pensar que no tienen la posibilidad de resolver los problemas. No es que tengan la capacidad; sino que no está en sus manos la posibilidad de hacerlo, aunque quieran”, les otorga el beneficio de la duda un educando de Biología, quinto año. También al filo de la titulación, una alumna de Lengua y Literatura Francesa, dice turbada: “Paradójicamente sí se están esforzando, no es que sean figuras decorativas, pero va más allá de ellos. Todo es como una telaraña rarísima, no pueden resolver nada. La gente se esfuerza, se mata y no resuelve nada en ningún lugar”. Sobre las consecuencias de este desgaste, abunda con precisión sociológica:

Está como tatuado en nuestras mentes que las cosas puede que no cambien, demoran en cambiar, es en vano hablar, con quién te vas a quejar, a quién le vas a contar tus necesidades, las reuniones no te las resuelven. ¿Cómo le voy a dar un lugar prominente en mi vida [a la política]? ¿Cómo voy a interesarme en algo que no me ayuda para nada?

Al parecer, tal internalización de la impotencia de una sociedad civil atada de pies y manos frente a un descomunal Estado omnipotente, ha generado que en la isla antillana la mayor parte de los estudiantes exprese similar actitud negativa hacia la política como ámbito. Y esa es una diferencia muy significativa respecto a sus homólogos chilenos, como resaltamos, muy atinados en la disección entre “la bestia” y los “jinetes”. A esta conformación actitudinal coadyuva la saturación política a la que han estado expuestos toda su vida:

La política es bastante dominante. Aunque no quieras pertenecer a él, la sociedad te obliga a que te inmiscuyas en ese universo político –rezonga una alumna de Sociología, cuarto año–. Por dondequiera te “atacan”: por los medios de comunicación, en la calle todos hablan de política, te subes a una guagua y es igual. Aunque no quieras, siempre vas a estar presenciando todo lo político. Prendes la televisión y todo es política: mesa redonda, noticiero, spots…, todo tiene que ver con política.

“Pienso que es una cosa sucia. La usan para malinterpretar y manipular otras cosas”, vitupera una estudiante de Geografía, primer año, entre muecas de desagrado. Otra principiante concuerda: “La política, además de ser sucia, también es compleja y puede ser peligrosa. Un paso en falso te puede costar mucho; aquí no tanto, pero igual se ve. No me gusta. Me quedo con mi Psicología”. Incluso, en una carrera como Derecho, muy vinculada al terreno político, encontramos manifestaciones afectivas y anímicas harto despectivas: “Se supone que debe ser importante, es una forma de ejercicio del poder. Pero si no sabes de qué va es como si nada. A mí me desagrada porque no sé mucho de ella, no es algo que me apasione” (Segundo año).

De la política tengo mi criterio muy personal, y como estudiante de Derecho no me parece muy justa. En Cuba, no creo que esté implementada de la forma más adecuada. De política no me gusta hablar, ¿por qué será que no me gusta hablar de política? Porque veo cosas contradictorias con las cuales no estoy de acuerdo y, sin embargo, tienes que estarlo a la misma vez; entonces mejor no las toco. –¿Por qué tienes que estar de acuerdo?, la interrogo– Porque eso es lo que se te implanta. Por ejemplo, no estoy de acuerdo con muchas cosas de los Lineamientos Político-Administrativos y, sin embargo, las tengo que tolerar, ¿entiendes? Tengo que someterme a los cambios que existan, esté o no de acuerdo, porque soy una más dentro de muchas personas. (Quinto año)

Huelgan comentarios sobre la domesticación de la voluntad política de estos estudiantes cubanos, modelos de obediencia y actitudes aquiescentes. “Ninguna de las opciones que hay ahora me complace totalmente. No me parece que nuestro sistema sea el ideal, pero tampoco que haya una alternativa mejor. (…) Es tan macabra la política que realmente la rechazo un poco”, revela una alumna ya en su quinto año de Lengua y Literatura Inglesa.

En resumidas cuentas, reflexiones sobre la importancia o indispensabilidad de la política, como las recopiladas en la U.Ch., escasean muchísimo en la U.H. Apenas un puñado piensa que “es necesaria” y, por abarcadora, omnipresente:

Al final la política traspasa casi todo; sobre todo en un país como este, sobrepolitizado. ¡Hiperpolitizado! Eso debemos cambiarlo. Pero, bueno, decir que no nos interesa la política y estamos lejos de ella, es un poco ingenuo. Hay que trabajar, de acuerdo a los intereses personales, ¿no? A mí profesionalmente me toca; me interesa. Habrá a quien no le interese y vivirá su vida sin asumirla, de una manera pausada. Al final repetir los lemas no es tener una conciencia política. Entonces, sí es importante, pero ya va al individuo, a sus intereses, hasta qué punto quiere llegar. Al final la política es poder, manipulación; hay que verla como eso y nada más. (Historia del Arte, cuarto año)

4.15 Expectativas políticas : entre lo soñado y lo posible

Pareciera que la actitud optimista fuera una cualidad inherente a este segmento etario. Pudiera ser cierto, hasta cierto límite; he conocido jóvenes (sobre todo pobres) huérfanos de ilusiones. De cualquier forma, en este epígrafe intenté captar no sólo actitudes “puras”, también pensamientos prospectivos basados en el cálculo racional y la capacidad de juicio. “Expectativas”, una dimensión híbrida: un poco de representación, con algo de actitud e, incluso, de convicción.

Lo real es que, de manera global, el signo de las expectativas políticas de los estudiantes de ambas universidades invariablemente es positivo. Los muchachos son optimistas, unos más otros menos; pero optimistas. Y eso coadyuva a la conformación de aspiraciones, deseos, códigos de comportamientos que, como sabemos, pueden desembocar en conductas políticas participativas o no, en conjunción con otros factores subjetivos y contextuales.

En la U.Ch., por lo general, predomina un optimismo moderado, lo cual no es poco en una sociedad todavía encadenada a enclaves autoritarios implantados en dictadura [110] . Pese a esas escolleras, ante la pregunta de cómo imaginan a Chile dentro de cinco o 10 años, los alumnos destilan genuina convicción en el mejoramiento posible, actitud positiva, lógicamente contenida pero rebosante: “Evolucionando, de a poco pero evolucionando. (...) En un futuro cercano se puede motivar y generar un ambiente mayor de participación; y si no se le da este ambiente, la gente puede empezar a moverse para conseguirlo” (Derecho, primer año); “Las personas estarán aburridas y muy enojadas, así que algún tipo de cambio tendrá que haber, sí o sí, a las buenas o a las malas; no creo que la gente aguante mucho más.” (Agronomía, primer año).

Con los sucesos que vienen ocurriendo desde 2011 se está reencantando con la idea de la participación a la gente joven, al adulto joven y la población en general. (…) De a poquito se ha ido incrementando la participación y Chile políticamente va a estar muy activo en cinco o 10 años. Todas las decisiones y las votaciones en el parlamento van a estar en boca de los ciudadanos. (…) Sin grandes cambios en lo que respecta al modelo actual, pero con más participación y consciencia. (Ingeniería Civil, primer año)

Hasta los más desalentados por los pocos triunfos estructurales de la lucha estudiantil, dan muestras de harto optimismo y actúan en consecuencia con sus expectativas:

De a poco se ha ido formando ese cambio de mentalidad de sacar a La Concertación y la Derecha. En las presidenciales pasadas, los candidatos con otras propuestas aumentaron un poquito su porcentaje de aprobación respecto a elecciones anteriores. (…) Algún día cambiarán los sistemas de AFP, de Salud, Educación. Tengo fe en eso. Mientras, seguiré votando por esos candidatos que nadie “pesca”. (Enfermería, tercer año)

En la U.H. por el estilo. Ante la misma pregunta, los estudiantes exhalan bocanadas de optimismo convincente: “El universo te da lo que piensas. Entonces, debo pensar que las cosas van a mejorar. Si no soy optimista, ¿de qué me va la vida?” (Ciencias de la Computación, primer año). Frente a los obstáculos se crecen y esgrimen la fuerza de la juventud: “Las personas mayores pueden dejarse caer, que no deberían; pero nosotros no porque tenemos muchas cosas por delante. Si nos vemos mal, andamos mal. Vienen cosas buenas, lo que hay que hacerlas” (Historia del Arte, cuarto año). Una admirable actitud permeada de realismo, que no se desboca hacia aspiraciones utópicas: “Tengo esperanzas de que las cosas mejoren, el salario suba. No aspiro a cosas tontas, que llueva dinero ni nada así; sino que se beneficien sectores menos favorecidos y que la gente no tenga que inventar en negocios siderales” (Letras, quinto año).

Con un cambio de presidente cambiarán muchas cosas. Ya son bastantes años de no tener los medios de participar, de decir y hacer. Mira cuántas cosas han pasado y siempre dicen: “Ahora sí la gente se va a tirar para la calle a protestar”, y nada pasa. No quiero que esto sea el 15M, ni Egipto, ni nada de eso; pero la gente está muy acostumbrada y cuando ya no tengan allá arriba a ese nombre familiar, esa persona más mala o más buena, requeteconocida, obligatoriamente habrá cambios. (Periodismo, quinto año)

Sin embargo, es preciso aclarar que en los dos centros se observan diferencias en las expectativas de los estudiantes de primeros años, respecto a los mayores. Los “mechones”, como les llaman en Chile, llegan con muchos bríos, romanticismo, ganas de hacer, con las quimeras al alcance de la mano, mucho más optimistas de cara al futuro inmediato: “La participación ha ido creciendo y va a seguir creciendo. Soy bastante optimista” (Periodismo, segundo año, U.Ch.); “Pienso que sí va a haber un cambio, a lo mejor no es lo que espero; pero peor no me parece que pueda estar. Creo que sí va a ser un cambio positivo” (Derecho, segundo año, U.H.).

Los mayores dan muestras de desgaste, energías melladas por los fracasos o condicionadas a una mayor percepción de rentabilidad; así como de un optimismo matizado, menos apologético y más enfocado en el largo plazo. A estos últimos, inclusive, suele flaquearles el optimismo: “Por una parte no puedo sacarme el típico pensamiento de ʻmás de lo mismoʼ, pero en general imagino un poco más de participación, sobre todo regional, provincial” (Sociología, quinto año, U.Ch.).

Los procesos sociales son superlentos; puede que en cinco o 10 años más haya un escenario más positivo y más inclusivo a nivel social, pero no va a ser muy distinto al actual. La lucha es larga. Falta que la gente despierte y se empodere de su rol. Pero no será muy distinto a la clase política y la sociedad de ahora. (Forestal, quinto año, U.Ch.)

En Cuba, en algunos discípulos de años superiores llegamos incluso a detectar pesimismo: “¿Cómo veo el futuro? No lo veo. En cinco, en 10, en 20 años, igual que ahora. Dentro de 20 años, cuando me vuelvas a hacer la entrevista, vamos a estar hablando de los mismos problemas”, rezuma resignado un biólogo de quinto año. Una visión compartida por una estudiante terminal de Lengua y Literatura Inglesa: “Me lo imagino exactamente igual, las transformaciones son muy lentas. No es un sistema dinámico con cambios palpables rápidamente. Hace cinco años también nos preguntamos cómo iba a estar ahora y vemos que estamos más o menos igual”.

En la U.Ch. el contraste se nota entre los propios militantes. Por ejemplo, un miembro de la UNE a punto de graduarse de la Ingeniería en Biotecnología, se expresa así: “No creo que se hagan cambios muy grandes en este tiempo. Quizás se logren algunos, en términos de reformas desde el gobierno a través del movimiento social. Sólo avances pausados, no vamos a estar con otro sistema”. Entretanto, un militante de Vamos Construyendo, aún en segundo año de Ingeniería Comercial, planta otra cara: “Soy optimista; de lo contrario no trabajaría. Si crees que mañana no habrá cambios, mejor retírate. Partimos de una realidad concreta, pero sabiendo que es transformable, que es posible cambiar la correlación de fuerzas, generar un cambio en Chile”.

No así en la U.H, donde los militantes muestran un abanico amplio de expectativas, sin importar el año de estudio. En boca de miembros de la UJC, en quinto año de sus carreras, escuchamos desde esperanzadoras reflexiones: “Si no pienso que mañana estaré mejor, pues busco alternativas, otros países donde considere que estaré mejor en 10, cinco o un año. Aunque muchos dicen que esto va de mal en peor, mi criterio es que debemos tener fe” (Derecho); hasta terrenales anhelos sujetos a no pocas condiciones:

Si nos acercamos un poquito más a las nuevas necesidades, aunque nos duela; si nos quitamos el velo que nos ciega el entendimiento y vemos que quizás no somos ese país de hace 56 años, cuando todos estaban comprometidos, que ahora en las mentes de las personas hay desinterés, falta de compromiso para luchar por cosas que ya no están…; tal vez así avancemos un poco. Eso es lo que espero, no un golpe de estado, ni a EE.UU. apoderándose de Cuba y que estemos como Puerto Rico. No es eso. Quiero una Cuba libre, con presidentes cubanos; pero con más apertura y menos restricciones, más flexibilidad en todos los sectores, en la economía. Que llegue un Presidente consciente de que hay un subsistema, que no lo oculte. (Lengua y Literatura Francesa)

Como ella, en ambas universidades encontramos un sector considerable con expectativas conservadoras, aquellos que ciñen su optimismo a la conjugación de ciertos factores favorables, a la par que evidencian en sus palabras cierta incertidumbre. Una alumna de cuarto año de Sociología condiciona sus expectativas de un futuro mejor al acceso de los jóvenes al poder político: “Siempre ha sido una trayectoria: de Castro a Castro, las mismas personas gobernando durante 56 años de Revolución. No ha habido transformaciones significativas. En cinco años puede seguir igual, a menos que los jóvenes participen más en las decisiones políticas”. Sin embargo, un colega de carrera y generación se aferra a expectativas superiores:

¿Sabes que sería un cambio? Que por primera vez en este país ocupara la presidencia una mujer o alguien de la sociedad civil, no del Partido; me gustaría mucho ver cómo funcionarían las cosas así. Que por vez primera se rompieran esas lógicas. Y no por mal ni por ser reaccionario; sino por experimentar lo nuevo. Hay que dar un cambio, romper las lógicas que están; pero no caer en algo peor, porque a veces quitas algo drásticamente, después te quedas con nada y no puedes regular. (Sociología, cuarto año)

En ese sentido, sorprende que un militante libertario chileno, haciendo gala de un aterrizado realismo político, sujete sus expectativas de cambios a una determinante electoral: “Depende de si las fuerzas de Izquierda se logran unir para colocar un candidato que dispute la presidencia, y concrete el poder de un componente electoral”. Lo cual, otra vez nos confirma, que hasta los más críticos comulgan con los principios de la democracia representativa occidental. “Pero todavía no existe esa fuerza que pueda promover a un candidato que nos represente a todos. Si no aparece, no podría diputarse ese espacio, ni crear la ingobernabilidad que deseamos generar en el modelo ahora”, concluye con escepticismo este alumno de Tecnología Médica, segundo año.

En todo caso, vale reiterar, en los dos centros el sentir general tiende claramente al optimismo. Y es mucho más común encontrar trazos de esperanzas y actitudes fértiles que vahos pesimistas. Por fortuna para el movimiento social chileno, por ejemplo, la tónica imperante es la siguiente:

Independientemente de que esté superdecepcionado de la política más práctica, hay un dejo de esperanza en mi ser más profundo sobre la posibilidad de que en algún momento vamos a cambiar el asunto –y me incluyo en el vamos a propósito–. Trataremos que cada vez haya más gente que se “suba al caballo”, que hagan cosas y no se queden conformes, sino que sean curiosas, busquen y sean creativas. (…) Me gusta mantenerme optimista, porque Chile es un país “culea´o” [111] y triste. No quiero sentirme deprimido ni acabado, aunque efectivamente me hayan derrotado. Quiero ser un poco como el Fénix, aunque tenga las alas más cortas [risas] y no pueda volar; pero, al menos, voy a subirme al nido caminando y pegándole picotazos al tronco. (Interpretación Musical, tercero medio)

4.2 Participación política o el abismo que nos separa

Descritas las características principales que definen la cultura política de los estudiantes de la U.H y la U.Ch. en la actualidad, quedamos en condiciones de comprender la articulación entre este complejo universo simbólico y las dinámicas participativas de los alumnos en el entramado de relaciones de poder, tanto al interior de sus respectivas universidades como a nivel social.

Como expuse al inicio del informe, esta segunda sección del capítulo implica un esfuerzo de doble hermenéutica, toda vez que se traduce al lenguaje técnico de la Sociología la interpretación “ordinaria” que tienen los alumnos sobre su propia participación política y las de sus compañeros. Tal interpretación de la interpretación, como es sabido, permite recuperar la enorme experiencia significativa que acumulan los actores en su creación y reproducción del mundo social; pero, a la vez, presenta grandes riesgos comprensivos, los cuales trataré de minimizar, en alguna medida, con los aportes cruzados de la observación participante, cruciales para esta fase del reporte.

Al igual que en el apartado anterior, y antes de inflar velas nuevamente, resulta conveniente desempolvar nuestra delimitación conceptual de esta categoría analítica. Definimos participación política como: “actividad práctica multidimensional de involucramiento directo e indirecto de los individuos –con particulares culturas políticas– en los distintos niveles de acceso a la toma de decisiones de procesos políticos específicos, relacionados con la constitución, ejercicio y ratificación del poder en disímiles espacios asociativos e institucionales, y en la distribución de recursos de ello derivada. Responde a un complejo de motivaciones íntimamente conectado con un sistema de necesidades e intereses más o menos concientizados” (ver capítulos 1 y 2).

4.21 Cultura de la participación : un ánfora intangible

Al intervenir en proyectos de acción social, se pone en actividad una importante dimensión cultural que trasciende ampliamente las limitadas lindes de la cultura política, pues involucra construcciones simbólicas formadas a partir de experiencias de participación en otros ámbitos de naturaleza no política (al menos no estrictamente): artísticos, científicos, deportivos, religiosos, productivo-económicos, gremiales, etc. Con tales precedentes, los actores entretejen un conjunto de hebras subjetivas que, trenzadas, configuran la cultura de la participación. Dedicaré este epígrafe a desmadejar lo mejor posible esta dimensión. Pero primero veremos cómo se nutre de las experiencias de socialización pasadas y presentes.

De manera general, casi todos los educandos de ambos países declararon no haber pertenecido nunca a grupos organizados de forma autónoma, con metas consensuadas y conscientemente perseguidas. Los estudiantes cubanos ingresan automáticamente a la FEU [112] desde que matriculan en la Enseñanza Superior. Por eso sorprende que, al momento de responder si tenían experiencia de participación formal en una organización, la mayor parte de ellos no contemplara en primera instancia dicha membresía. Lo cual dice mucho sobre su endeble identificación con la FEU y otras organizaciones de masas a las que han pertenecido mecánicamente (Federación de Estudiantes de la Enseñanza Media, Organización de Pioneros José Martí, Comités de Defensa de la Revolución, Federación de Mujeres Cubanas), todas corroídas por la rutina, el desgaste, el formalismo y la superficialidad en su funcionamiento. “La superposición de espacios participativos tradicionales satura a una población cansada de insertarse en un ʻmar de participación con un centímetro de profundidadʼ” (Chaguaceda y González, 2015: 150).

Según mi experiencia, la FEU es otro formalismo más. Es seguir esa tradición que puso Mella y que sería una falta de respeto quitarla, pero realmente ya no se siente como en aquellos años. Cuando me dicen FEU, pienso en fiestas, tal vez en un evento deportivo; pero no en algo político, no me incita a eso. No tiene potencial de convocatoria. Si hoy la FEU convoca a una marcha, estoy seguro de que va el 50 por ciento del estudiantado. No creo que tengan ya esa efervescencia que había antes. (Bioquímica, segundo año)

Similar desapego perciben dos militantes de la U.Ch entre sus compañeros, también inscritos en la FECH de forma automática [113] : “En nuestro caso, tenemos aquí al lado la sede de la FECH. Sin embargo, muchos compañeros no saben ni qué es la FECH, cuál es su trabajo político o quiénes están a cargo”, revela alarmado un miembro de Vamos Construyendo, de la Facultad de Economía y Negocios. En otra sede, la Facultad de Salud, un integrante del FEL apoya tal visión: “Siento muy distante todo, la Federación se siente distante. No se conoce quiénes componen la mesa FECH. No se conoce quiénes son los concejeros FECH o los dirigentes de la Facultad”.

Coincidentemente, en ambas instituciones son pocos quienes participan en grupos o espacios fuera de la Universidad, evidencia que refuerza la importancia de los centros de Educación Superior como escenarios fundamentales de socialización y desarrollo personal de los jóvenes. No por gusto muchos de ellos se refieren a la Universidad como “mi segunda casa”. No obstante, a diferencia de los cubanos, en el caso de los alumnos chilenos encontramos un segmento apreciable que reporta informales pero ricas experiencias recientes en materia de trabajo social periódico en comunidades, sobre todo en temas educativos. Todos ellos con una percepción positiva del saldo conseguido en esas faenas; lo cual, por lo visto y escuchado, suele redundar en una mayor motivación y voluntad de participar en nuevos proyectos respecto a quienes no han vivido ese tipo de “fogueo”. Comprometido con la transformación de su comunidad, un joven de primer año de Ingeniería Civil nos relata: “Hemos visto sus vidas cambiar. Antes los chicos no tenían aspiraciones, perdían el tiempo en la calle. Llegamos a trastrocar eso. Nuestro lema es: ʻNo queremos ser un producto del medio, sino que el medio sea un producto nuestroʼ”.

La entrega de los chilenos a la labor formativa se entiende por los referidos déficits educacionales que acusa la nación andina (ver capítulo 3), en contraste con la alta cobertura y calidad del sistema educativo cubano. De todos modos, en el aspecto del trabajo comunitario resalta el contraste, pues en Cuba –más allá de las garantías de Salud y Educación– existe “materia prima” de sobra como para convocar a los universitarios a enrolarse en tareas sociales.

Ahora bien, a pesar de la común carencia de participación en organizaciones formales, es destacable que la abrumadora mayoría de los educandos chilenos participó de manera activa y protagónica en las movilizaciones gigantescas de 2011 [114] (ya fuere en el colegio secundario o en la Universidad), lo cual era de esperar dada la magnitud de aquellas protestas. “Muchas niñas con las que trabajé, y que estuvieron superactivas en el movimiento, después siguieron carreras sociales relacionadas con el Humanismo, como Antropología, Sociología, etc. Yo misma entré a Ciencias Políticas y Gubernamentales [Administración Pública]. Entonces, el movimiento marcó nuestras vidas”, asevera una alumna de primer año.

El abanico de repertorios practicado ese año desbordó por mucho las tradicionales prácticas del paro, la toma y las marchas (más mediáticas). La creatividad juvenil floreció en sui generis lienzos y murales; arte callejero en todas sus manifestaciones posibles (incluidos originales performances); producción y distribución de panfletos, folletos y plegables; charlas en los microbuses y el metro; recolectas de fondos; asambleas, conversatorios y talleres de formación política, jurídica y humanística; entre un sinfín de prácticas que consiguieron sumar a múltiples sectores a aquella explosión inédita de participación política. Todavía en la multitudinaria marcha del 10 de junio de 2014 por la santiaguina Alameda del Libertador Bernardo O´Higgins, este investigador fue testigo de la persistencia de varias de esas emotivas iniciativas.

Las ganancias personales en materia de cultura participativa son incalculables y poco justipreciadas por los propios estudiantes. A juicio de este autor, los alumnos chilenos no valoran en su justa medida el caudal de saberes, habilidades, competencias y herramientas, atesorado gracias a su participación en aquella gesta, que todavía late, debilitada pero viva. Tal vez, la decepción ante la desidia gubernamental desvanece un poco lo conseguido en cuanto a cultura de la participación. Ciertamente, un número mayoritario de educandos chilenos concluye que los saldos del 2011 son ambivalentes: crecimiento personal y humano, concientización social, posicionamiento de las demandas y, a contrapelo, escasos logros políticos y estructurales.

Apenas se consiguieron un par de leyes o reformas, que en realidad no cambian nada del problema estructural. Pero sí se consiguió germinar la semilla de la consciencia, del cuestionamiento, el darse cuenta de que hay problemas, que las cosas no están funcionando y uno puede salir a exigir a la calle y participar. (Derecho, primer año)

A pesar de las insatisfacciones con el alcance tangente de las movilizaciones, para algunos esa concientización espectacular significó mucho: “Hay una frase muy repetida por los estudiantes de esa época: dicen que ʻvolvieron a nacer en 2011ʼ, porque se dieron cuenta de los problemas sociales del país, tuvieron un acercamiento a la política que nunca antes habían tenido” (Ingeniería Civil, primer año).

Relatos como el anterior nos conducen al primer filón que quiero abordar de la cultura participativa: la responsabilidad social. Ciertamente, como ha traslucido en otros epígrafes, entre los estudiantes de las dos universidades descuella un profundo sentido de compromiso hacia sus pares de la sociedad y las normas de convivencia. Inclusive, los chilenos –de clase media en su gran mayoría, e hijos de un ambiente que cultiva el individualismo posesivo, con secuelas inevitables en los proyectos de vida de los alumnos–, demuestran una gran sensibilidad por los problemas ajenos, las precariedades de las clases bajas y las asimetrías salvajes del modelo neoliberal; una cualidad que dice mucho de sus principios éticos. “Me gustaría ver una Educación Pública muy buena, que tanto hijos de ricos como de clase media o pobres vayan al mismo colegio. Los hospitales como en Europa, que son clínicas pero gratis. Vas a los hospitales y te atienden” (Biotecnología Molecular, segundo año). “Todos los colegios deberían ser de excelencia y entonces no habría ninguna segregación, ninguna selección económica ni intelectual tan temprano”, complementa un estudiante de Derecho, primer año.

Es necesario, de alguna forma, hacer el balance de las diferencias sociales que tenemos en Chile –sostiene una alumna de quinto año de Ingeniería Forestal (U.Ch.)–. Como los sectores sociales están tan marcados, la educación es la única fuente disponible para hacerle contrapeso a la gente con muchos recursos y educación, que tiene a su disposición al obrero, a los más pobres, sin cultura y siempre apocados. Por eso siempre traté de meterme en organizaciones sociales de ese tipo, educacionales, para hacerles ver a los niños que hay otras soluciones, otra forma de vivir, de salir adelante.

A su vez, los cubanos, incubados en un contexto donde hasta ayer se defendía a ultranza un igualitarismo enfermizo (en todas las acepciones del adjetivo), dan fe en su discurso de una notable identificación con las causas de sus compatriotas y del sistema socialista, cuya variante estadocéntrica y postotalitaria sin embargo les angustia. Ni siquiera un sistema tendiente a la totalización escapa a algunas de las lacras del orden mundial, como la segmentación clasista impuesta sobre criterios económicos. A un alumno de Letras le preocupa sobremanera esa cuestión en el ámbito nacional: “La gran división que se está haciendo entre clases es compleja. No tengo claro cómo se podría haber hecho de otra forma que no generara personas con mucho dinero, que pueden tener después algún poder político o social”. A punto de concluir la carrera, este estudiante cree que un área neurálgica como la Educación Superior sería una de las primeras en sufrir las consecuencias de este problema, negado por las autoridades del país:

Esas pequeñas cosas generan la formación de clases. El dinero influye, más en la gente que pueda llegar a la Universidad. Quienes después tienen un trabajo público, cargos políticos y deciden cosas del país, son universitarios. Incluso si se quieren hacer escuelas (espero que privadas no), si un grupo de padres empieza a captar profesores, a hacer negocios, una cooperativa; no sé cómo se podría manejar eso; tengo miedo de que pase.

En general, ante el proceso de reformas gubernamentales emprendido en 2008 y el reciente acercamiento entre EE.UU. y Cuba, al estudiantado de la U.H. se le dispara el “chip” de su compromiso y responsabilidad social. Una sensata respuesta cultural a la amenaza latente de la progresión de las desigualdades, debido al creciente contacto con el mundo exterior después de tantos años aislados. Un razonamiento que tampoco resulta óbice para que el alumnado vea en el nuevo contexto una oportunidad de superar de una vez y por todas viejas carestías, siempre bajo renovadas lógicas redistributivas, menos esquemáticas y más eficientes:

Otra demanda es defender lo que se está dando ahora, luchar por alejarse de la arrogancia, de entendimientos viejos, cuestiones que hoy carecen de fundamento. Desapegarse de todo eso y comenzar a construir un nuevo camino en las relaciones Cuba-EE.UU. Aprovechar el momento porque realmente el pueblo, la familia, lo necesita y lo merece. Velar porque de esa nueva flexibilización que se ha dado en las relaciones Cuba-EE.UU. surja algo concreto y positivo para todos nosotros. (Sociología, cuarto año)

En Chile el sentimiento de responsabilidad se traduce también en vocación social: “Me gustaría trabajar en el Ministerio de Salud, en políticas públicas, porque son malas las políticas de Salud acá, son puras soluciones parches” (Enfermería, tercer año). Dicha vocación –que se echa de menos en la U.H.– no pocas veces aparece moteada de ánimos emancipadores: “Siempre me ha gustado mucho la idea de investigar desde ciertos paradigmas eminentemente políticos. La psicología social crítica, por ejemplo, es completamente política, propone hacer investigación o intervención, dotar de voz a sectores que no la tengan” (Psicología, tercer año).

“En este sistema que margina hay personas en extrema pobreza y hay que trabajar con ellos directamente, hacerles llegar equipos y máquinas que les permitan producir sus propios alimentos, su propia energía, para que puedan sostenerse por ellos mismos”, alega un casi Ingeniero Eléctrico, a punto de graduarse. Con su convencimiento de que “una economía mejor distribuida es posible”, este alumno de la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas condensa muy bien el sentido de responsabilidad social de sus colegas de la U.Ch. Y cuando asegura que los cambios no provendrán de una política vertical, sino hecha por los “de abajo” en perspectiva horizontal, nos da pie para enlazar con la siguiente subdimensión de la cultura participativa.

Tras leer el torrente de testimonios aquí vertidos, creo que nadie se atrevería a poner en duda la capacidad de juicio de los estudiantes universitarios. En verdad, no queda mucho por decir sobre ese aspecto de la cultura de la participación, asociado al pensamiento reflexivo y las habilidades cognitivas para evaluar críticamente las circunstancias.

Me gustaría pagarle el agua al Estado, no a Aguas Andinas que es una empresa española; y que manufacturáramos nuestro cobre. ¿Sabes qué hacemos en Chile? Sacamos el cobre, se los vendemos a China y ellos nos lo venden de vuelta hecho un cable. ¡Genial!, perdimos toda la plata. En ese sentido, las ideas de Allende sobre nacionalizar el cobre eran superbuenas. El gran problema de Chile es que cuando se implementó el modelo neoliberal ni siquiera fue como en EE.UU., sino que del libro lo plasmaron acá. Allá está todo medido; acá es un descontrol total. Con el tiempo lo han tratado de bajar, pero aquí se implementó el neoliberalismo en su esencia. Eso es brutal, irse absolutamente a un polo, al polo del neoliberalismo absoluto, que alcanza a un punto en que los bienes necesarios no llegan a las personas. (Biotecnología Molecular, segundo año)

En boca de los estudiantes de ambos países pueden escucharse agudos y enjundiosos análisis económicos, políticos, sociales, culturales y de cualquier índole, sin necesidad de ser especialistas en el tema, o incluso desde carreras profesionales bastante ajenas a la temática discutida.

No creo para nada que el sistema de votación de EE.UU. sea el correcto, pero tampoco el nuestro. O sea, esa escalera creo que no funciona así. No conozco a la gente, leyéndome 20 líneas antes de ir a votar no puedo saber quiénes son. Que haya estudiado Cibernética no implica que vaya en contra el racismo; la inteligencia en ese sentido no tiene nada que ver. No funciona además porque no hay propuestas reales, como por ejemplo: “Voy a quitar toda la basura que hay en las esquinas”. No sé cuál es el poder real que pueden tener, pero si la figura que me representa no sabe lo que quiero, me parece que ese modelo no funciona. Él no va a resolver los problemas de Cuba, pero ni siquiera los problemas del barrio, lo que la gente quiere. (Letras, quinto año)

Su intelecto es versátil, penetrante, atinado, propositivo, en franco desafío a las narrativas adultocéntricas que subestiman o posponen la capacidad de agencia de los jóvenes: “Hay que esperar a que empecemos a trabajar y eso es una pérdida de tiempo. Porque al final ya somos sujetos pensantes, con una solidez de pensamiento fuerte, bastante notable y pueden aprovecharnos desde ahora”, se queja un estudiante de Historia del Arte, cuarto año.

Un tercer indicador relevante a la hora de desmenuzar las especificidades de la cultura de la participación, es la voluntad de participar. De nada vale que estén creadas las condiciones para participar si los actores no muestran una disposición libre y consciente de apuntarse en las dinámicas que los convocan. Al respecto, comenta un militante chileno de las JJ.CC. con máximo tino: “No necesitamos solamente más espacios de participación porque sí, sino que la gente tenga la voluntad de participar, para que los espacios de participación tengan contenido, que le permitan incidir en el curso de las cosas” (Odontología, cuarto año).

La voluntad de involucrarse o “mojarse” resulta una intersección donde se entrecruzan con particular intensidad lo individual y lo colectivo. Pudiera pensarse que quien tiene una honda capacidad de juicio y sus principios éticos lo compelen a pensar en los otros, siempre estará inclinado a involucrarse en cursos de acción social. Pero, aunque abunda, esa relación tampoco es tan mecánica. Por ejemplo, el mismo estudiante de Biotecnología Molecular, segundo año, que le producen escozor los excesos neoliberales y aboga por un modelo chileno de Educación y Salud Pública gratuitas y de calidad, no escatima condicionamientos para su voluntad: “Si tuviera más tiempo, si no estudiara una carrera con tantos laboratorios de dos a siete de la tarde. Si no tuviera que hacer todas esas cosas, quizás no sería malo. De hecho, creo que sería bueno involucrarme más”. Una cosa es reflexionar, otra comprometerse con los demás y otra diferente estar dispuesto(a) a actuar en tramas concretas, como este alumno de tercer año de Ciencias de la Computación de la U.H. cuando da fe de su voluntad participativa:

¡Cómo no! De hecho, el otro día fui embullado a la reunión de los CDR, a mí me gusta hablar y llegar a consensos, hacer algo que de verdad dé resultado, cambiar las cosas. Todo lo que se hace, todo lo que se planifica en un grupo es por el bien de la personas; yo también quiero aportar al bien común, que todos los cubanos se sientan bien.

La voluntad de participar deviene un antenivel de participación restringido a lo hipotético; un paso imaginario hacia la acción. Aunque sabemos que sobran por doquier excepciones y penosas incoherencias entre el discurso y la práctica, por lo general quienes muestran esa voluntad fehaciente en su prédica, no tardan en concretarla en la realidad: “Estando más cómoda con mis ramos, con el ritmo de la Universidad, no tendría ningún problema para involucrarme más. Para mí sería casi como un sueño poder representar a la gente”. Los ojos y gestos faciales de esta estudiante de primer año de Agronomía, dan fe de una sinceridad a prueba de balas. En contraste con sus colegas de años superiores –más cautelosos e irresolutos, como mencioné antes–, en casi todos los “mechones” andinos sobresale la voluntad prístina de darle más de sí a la colectividad:

Creo que, una vez que agarre el ritmo de estudio, voy a empezar a participar; es una de las cosas que más quiero. Siempre he estado interesado en participar en la política interna del colegio. Para mí es un deber como estudiante formarme integralmente, no sólo resolver ecuaciones y obtener buenas calificaciones, sino también estar al tanto de todo lo que sucede en la Universidad y en el país. (Ingeniería Civil, primer año)

Un “mechón” de Derecho no duda en llevar su disposición hasta las últimas consecuencias: “Si se da la opción de ser parlamentario o ministro, me gustaría bastante. Me gusta mucho la política”. Y, ante la pregunta de por qué/para qué, su respuesta no tiembla: “Para cambiar el sistema tienes que estar adentro. En base a lo que estudio, las leyes, se pueden regular ciertas condiciones para que el país sea más equitativo, más igualitario y la gente participe más”. Es una muestra de la fuerte imbricación que puede existir entre compromiso social y voluntad de participar, en la mayoría de los casos.

Similar solapamiento resalta entre los alumnos de la U.H., quienes, espoleados por las promesas incumplidas, sueñan con transformar la realidad con sus propias manos: “Aquí en ideas hay muchas cosas bonitas que comparto, pero hay cosas que pueden perfeccionarse y a veces somos poco prácticos. Hay muchas cosas que mejoraría y cambiaría; precisamente por eso lo haría, por el interés de que mejoren”, afirma una estudiante terminal de Lengua y Literatura Inglesa. Sobre todo en el escenario universitario, los educandos derrochan ganas de hacer:

Tiene que ver conmigo, es mi vida universitaria. Me gustaría que me consultaran lo que pienso, porque no soy parte de una pared que pintas y a ella no le interesa cómo la pintas. Soy una persona entre muchas y mi opinión no tiene que ser igual que la tuya, ni mejor que la tuya; pero es la mía, por lo menos que me pregunten. (Física, cuarto año)

En las expresiones volitivas de los alumnos de la U.H. surge como constante el condicionamiento de aquellas a la percepción de rentabilidad “Si mi opinión va a contar y voy a ver resultados, por supuesto que sí daría mi opinión, participaría y haría lo que fuera necesario” (Derecho, segundo año); así como a la pluralización asociativa: “Estaría dispuesta si existieran diversos grupos y pudiera escoger en cual mezclarme; pero como existe uno solo y en ese tengo que participar, no me motiva, pues es la FEU y ya. Y en el barrio igual” (Sociología, cuarto año).

Un contraste interesante entre ambas instituciones es que un sector considerable de alumnos está dispuesto a participar en unos espacios sí pero en otros no tanto. Y en el orden de preferencia radica la disparidad. Varios estudiantes cubanos se muestran inclinados a imbuirse en las decisiones importantes de la vida universitaria, pero no en los asuntos comunitarios o nacionales. Por el contrario, sus homólogos chilenos son más proclives a incidir en los destinos del país, pero renuncian a implicarse en el gobierno universitario. Al parecer, los caribeños tienen una mayor identificación con su espacio educativo y confían más en poder transformarlo; empero, hallan distante la posibilidad de conseguir cambios estructurales a nivel macro. Mientras, los sudamericanos le apuestan todo su empeño a una transformación radical y urgente de la sociedad, pero rechazan la oferta de tomar las riendas de la Universidad, probablemente alejados por las malas prácticas e imagen de los colectivos políticos estudiantiles en la U.Ch.

Siempre existen unos pocos que se niegan de plano a participar más en la toma de decisiones a nivel de Universidad, comunidad o sociedad; pero son los menos. El resultado mayoritario entre mis sujetos de estudio es una voluntad amplia de “darle el pecho” a los problemas y formar parte del coro de ideas, brazos y sudor que conduzca a la colectividad por el mejor camino.

4.211 El cielo por asalto y al suelo por cansancio

Pero, ¿qué haces si tienes el compromiso, la voluntad y las ganas de participar pero no sabes cómo? Por eso el conocimiento de las vías y métodos de participación deviene una arista cardinal de la cultura participativa. Veremos a continuación cómo se comporta dicha “variable”. Grosso modo puede afirmarse que, al menos en el ámbito universitario, los alumnos de ambos países dominan los mecanismos a su alcance para resolver inquietudes, problemas, sugerencias e incidir en el curso de los acontecimientos que los afectan. No así respecto a conflictos macrosociales.

Así, en el caso de la U.Ch. la gran mayoría apela, en primer lugar, a sus representantes estudiantiles, reunidos en los Centros de Alumnos de carrera y de facultad. Esa es la vía más socorrida y mejor apreciada en cuanto a eficacia: “Tengo confianza en el Centro de Estudiantes, porque han pasado problemas con otros compañeros y los han representado bien, todo ha salido bien” (Tecnología Médica, cuarto año). En la valoración positiva del accionar de los delegados estudiantiles, un educando de primer año de Derecho coincide: “Funcionan, por lo menos en mi caso. Alguien tendría que ser bien tonto para preferir hacer la cuestión desde otro ámbito y no saber que los canales que te ofrecen son efectivos finalmente”. Sin embargo, un colega de su año, delegado de generación ante el Centro de Alumnos de la Facultad de Derecho, ofrece desde adentro una panorámica más crítica:

A veces vienen con proposiciones: que si nos podríamos movilizar así, “las votaciones no se están haciendo bien”, “hagamos una asamblea”; y las hacemos. Todo funciona perfecto hasta ahí. Pero luego, cuando convocamos a la asamblea, de 400 personas que hay en mi generación, llegan 80, 60. Encuentro eso problemático; deberían asistir por lo menos 300 alumnos. Eso nos invalida un poco como instrumento, invalida el espacio de las asambleas. Hoy día todas las decisiones por votación se toman sin quórum, debido a la indiferencia de la gente. Entonces, es muy complicado decir si somos útiles o no.

A pesar de esta denunciada inasistencia a las asambleas, los universitarios andinos reconocen ese espacio como una vía efectiva para canalizar sus ideas y propuestas; la mayoría admite haber participado en ellas en algún que otro momento, motivados por intereses puntuales. Otros de los procedimientos más conocidos y empleados para tramitar demandas e incidir en la agenda universitaria son: la comunicación directa con los profesores, las cartas y correos electrónicos dirigidos a las autoridades universitarias y, por supuesto, los paros y tomas, dos mecanismos de protesta no oficiales pero muy arraigados entre la comunidad estudiantil y harto utilizados. A pesar de los incontables intentos de criminalizarla, prácticamente todos los años más de una facultad, centro o instituto se va a toma, por exigencias locales fundamentalmente.

Es curioso: acá en Chile se usa más la vía institucional formal, y no tanto hablar directamente con la persona concreta –tiene la impresión un chelista, en tercero medio de Interpretación Musical–. (…) La principal vía es escribir una carta dirigida al Director del Departamento o al Jefe de Carrera. Una carta directa a la Decana tendría que ser más por temas económicos. Cuando es una demanda más colectiva, que merece la intervención del Centro de Estudiantes, puede llevar a un paro o una toma.

En la U.H., en cambio, los alumnos no confían tanto en el poder de gestión de sus representantes estudiantiles y, ante un problema, prefieren acudir con los profesores o funcionarios: “Nosotros vamos directo con el profesor o con el mismo Decano, y casi todo fluye bien. Hablar con el Decano, con la Secretaria, con el Jefe de Departamento, funciona”, asegura un estudiante de Física, cuarto año. “La Coordinación de Año es el espacio que tenemos para plantear nuestras quejas. Si no procede a ese nivel, entonces vamos a la Decana”, cuenta otra alumna, de Derecho, segundo año. Tal propensión hacia las figuras docentes, al parecer, responde a la falta de autoridad de los delegados estudiantiles para resolver embrollos en la institución.

Si tengo un problema hablo con mi jefe de grupo, el profesor. Si no, converso con la Secretaria Docente y ella me responderá dónde debo resolver el problema, si es con el Vicedecano o el Decano. En el Servicio Militar aprendí que si no se resuelve, hay que ir escalando hacia arriba, hasta que pueda resolver mi problema o me convenza de que no se puede. Preguntando se llega a Roma. (Ciencias de la Computación, primer año)

Sin embargo, que los alumnos utilicen a los catedráticos como vía preferencial para tratar de incidir en el curso de los acontecimientos que los afectan, no significa que evalúen positivamente dicho mecanismo: “Realmente profesores y alumnos casi siempre tienen las mismas inquietudes y tienen las manos atadas igual”, resume un educando de Letras, quinto año. Su resignación prodiga elocuencia: “Cuando tengo una inquietud, es más bien una queja, no es que vaya a tener una solución. No voy a hacer una huelga por eso. Como no hay una forma fuerte de luchar por eso, no hago nada, solo comentarlo”. Tampoco le tienen mucha fe a las potencialidades de las asambleas de estudiantes, y en eso difieren de sus pares chilenos:

Siempre doy mis opiniones, si se hace una reunión planteo mi inquietud. Pero es lo que te digo esas inquietudes quedan en una nota escrita en un papel que lee alguien, ese alguien se lo lee a otro y, al final, cuando el último lo lee no le importa mucho lo que leyó la tercera persona anterior. Quizás se limitan a guardar en una gaveta esa opinión que alguien dio en ese tipo de reunión. (Química, segundo año)

Al respecto, fundamenta un futuro sociólogo, aún en cuarto año: “Uno se predispone y piensa que eso no va a llegar a ningún lado. Nuestras subjetividades son las que juegan ahí, creemos que hay una objetividad, una realidad que se impone y no va permitir que se solucione el problema”. Nuevamente los habitus haciendo de las suyas: los alumnos caribeños saben cómo participar, pero ya dan por sentado que no conseguirán nada.

En contraste, al valorar el mapa de rutas participativas a su alcance, un militante de las JJ.CC. piensa que en la U.Ch. están parcialmente creadas las condiciones para que los estudiantes puedan incidir en la toma de decisiones:

Los estudiantes tienen a su alcance los Consejos de Facultad, que reúnen a todos los Jefes de Departamento y al Decano. A ese espacio es invitado el Centro de Alumnos, con voz pero sin voto. Pero igual influyen. Pueden plantear críticas, hablar con los profes. Y cuando decía que nosotros sabemos “cómo hacerlo” es porque estamos dispuestos a ocupar esos espacios que existen, aunque no sean suficientes. (Odontología, cuarto año)

Lo cierto es que casi todos los alumnos de la U.Ch. convienen en destacar la significación de instancias de codecisión ganadas al interior de la escuela, como el Senado Universitario, todavía perfectible, según ellos. Asimismo, convergen en el clamor de avanzar más hacia órganos colegiados triestamentales y el polémico cogobierno. A diferencia de los estudiantes de la U.H. que ni siquiera se plantean semejantes discusiones democráticas en una universidad carente de la más elemental autonomía, los sudamericanos están convencidos de que quieren más espacios de participación tanto en la Universidad como en la sociedad, y luchan por eso.

Desde su condición ciudadana, estos jóvenes chilenos denotan una valoración alta de la participación electoral como dispositivo elemental dentro de la maquinaria democrática, aunque sea insuficiente por sí solo: “En la actualidad es lo único que tenemos. Después de tantos años de lucha, de que se prohibiera, no podemos darnos el lujo de no votar. Antes las mujeres ni votaban. Existe el espacio y rechazarlo es contradictorio” (Administración Pública, primer año). Asimismo, es relevante señalar que, a su juicio, las nuevas tecnologías han abierto un abanico de recursos para influir, en el cual ganan cada vez más habilidades:

En lo ecológico, mediante participación directa en las comisiones se presiona al Parlamento para que proponga cambios; pero también están las presiones virtuales, que son masivas vía email y por Twitter. Por ejemplo, está el asunto de la bicicletas: vía Internet existen comisiones ciudadanas de transporte para presionar a ciertos políticos, al Ministerio de Transporte. Es una herramienta que se masifica. (Sociología, quinto año)

A contrapelo, los estudiantes cubanos manifiestan una subvaloración rotunda de la participación electoral y un desconocimiento total de los medios para hacer valer sus ideas ciudadanas: “¿Elevar una inquietud nacional? No sé... Existen, sé que existen, por supuesto. El otro día incluso estaba de práctica en el Tribunal y escuchaba comentarios, pero no te sé decir con base”, confiesa apenada una alumna de Derecho, muy cerca de graduarse. Una colega suya, en segundo año de la carrera, admite ignorar qué hacer si tuviera una inquietud de alcance nacional. Cuando le pregunto dónde podría comunicar, por ejemplo, su insatisfacción con la libertad de expresión en la isla, se escandaliza y derrocha perplejidad: “¡Ah, no! A mí no se me ocurriría adónde ir con ese problema. ¿En qué espacio voy a plantear que me quejo porque en Cuba no hay una total libertad de expresión? ¿A dónde voy a decir eso?”. Para un alumno de Sociología, cuarto año, la explicación a tamaño desconcierto es de índole cívico-cultural:

Como ciudadano podría salir recoger firmas como un loco y, aunque el problema sea común, puede que las personas por prejuicios no quieran poner su nombre ahí; lo cual es entendible. Más que falta de cultura política, es más bien falta de cultura cívica; tiene que ver con la política y la jurídica. Falta un conocimiento de las leyes como ciudadano cubano, de la Constitución y de cómo funcionan las lógicas y las estructuras estatales.

¿Cómo una nación socialista, supuestamente construida de forma protagónica y consciente por sus ciudadanos, ha llegado a tan desmedido nivel de enajenación ciudadana? El tema reclama por sí solo una enjundiosa tesis de Psicología Social. El secuestro de los derechos ciudadanos es harto evidente y, frente a semejante ultraje político, los universitarios no encuentran variantes efectivas para romper los esquemas de sumisión. En más de un caso, la mansedumbre se impone al precario conocimiento de las vías establecidas para denunciar:

Si en la sociedad tengo un problema, por ejemplo mi vecino sube la música, prefiero resérvamelo, aguantar hasta que se dé cuenta que molesta. Sé las vías: llamar a la policía, al Presidente del CDR; pero este no hará nada. Llamas a la policía y quedas como un chivatón, un amargado envidioso que no quiere que los vecinos disfruten. Realmente en la sociedad la gente se cohíbe. Si veo a alguien, por ejemplo, que tira basura en la esquina de mi casa, creo que hasta me lo reservaría. Lo dejo pasar, sinceramente. Ya nos estamos acostumbrando a eso. (Bioquímica, segundo año)

La última de las subdimensiones de la cultura participativa que abordaré es, precisamente, el modo de asumir la participación; un indicador de gran calibre que condiciona, en buena medida, las expectativas de intervención en el ejercicio del poder y el grado de satisfacción de tales expectativas. De acuerdo con nuestra manera de interpretar la participación –si más o menos asociada a la toma de decisiones–, así nos proyectaremos hacia el mundo social.

En esa dirección, comparto el criterio de Oscar Aguilera (2010: 87), cuando declara: “Las formas de entender y nombrar la participación juvenil por parte de sus propios actores no se realiza por fuera de las condiciones de participación que presenta la sociedad en su conjunto”. La afirmación es fácilmente comprobable en este estudio comparado. Por ejemplo, en el caso de los chilenos, “arrebujados” por una democracia deficitaria muy centrada en lo electoral, sobresale en su retórica un constante énfasis en los mecanismos de votación: “Siempre que uno pueda votar, siempre que se pueda decidir algo tanto de infraestructura como de pruebas, está bien votar. Si te dan la oportunidad, tienes que formarte una opinión y votar sobre eso” (Química, primer año).

Mientras que los cubanos, en su abrumadora mayoría, reducen el concepto a la asistencia a eventos convocados centralmente por autoridades partidistas-gubernamentales, en plena consonancia con una manca concepción sistémica de la participación, que la reduce a un nivel movilizativo/consultivo y la cunde de graves déficits democráticos: “Realmente no he visto ninguna reunión específica, donde nos digan: ʻHace falta su opinión para tomar tal decisiónʼ. Todavía no me han llamado para algo así. (…) Me gustaría que me pidieran más opiniones para tomar decisiones” (Ciencias de la Computación, primer año).

Tomando como base la clasificación de José Luis Rebellato (2004, ver capítulo 1), podemos sostener que en el caso de los estudiantes de la U.Ch., aunque como era de esperar hallamos las tres variantes de asunción de la participación: formar parte, tener parte y tomar parte; predomina esta última (la más elevada). Lo cual no quiere decir, de ninguna manera, que no existan visiones pasivas, subordinadas, pobremente restringidas a la mera consulta o el consumo de mandatos:

Las autoridades no “pescan” mucho a los estudiantes. Toman decisiones sin consultarlos. Y eso no está bien, porque nosotros pagamos la plata de la Universidad; debieran consultarnos. No nos regalan nada, se mantienen gracias a nosotros. Tienen razón quienes critican al Decanato por no escuchar a los estudiantes. Cada vez que hacen algo, ni consultan a los estudiantes. Y si los estudiantes quieren hacer algo tienen que irse a paro, porque no los escuchan. (Biotecnología Molecular, segundo año)

Como dato interesante, debo indicar que resulta frecuente descubrir en el discurso de un mismo alumno frases que remiten a diferentes modos de concebir la participación, en lógico solapamiento y entrevero de las herramientas conceptuales que intentan aprehender lo empírico.

He tratado, pero tampoco participo tanto –se reprocha una estudiante de Ingeniería Comercial, segundo año–. No estoy metida en nada así como colectivo político, he ido a pocas asambleas. Últimamente estoy tratando de ir más, estoy participando más, en general dando mi opinión, antes no lo hacía tanto, estoy yendo a las marchas, voto cuando puedo… Por eso encuentro que está bien, pero podría participar más.

No es raro que esta misma alumna que homologa participación con asistencia y opinión, sea capaz de acto seguido afirmar: “Nosotros somos los que determinamos. Mi voto puede valer poco, pero aportamos un granito a las decisiones que se toman más adelante como Universidad, como FECH”, en franca muestra de una comprensión juiciosa de su rol dentro del todo y del interjuego de posiciones en el proceso de decidir. Todo ello más atinente a la idea de tener parte que, cual homogénea aleación, convive en armonía con la noción más simple de formar parte.

Sin embargo, como apunté antes, lo más común es encontrar en boca de los alumnos de la U.Ch., como estampa persistente, el sintagma tomar decisiones: “A cada estudiante se le da la oportunidad de dar su punto de vista y en base a lo que se acuerda en las asambleas o en las reuniones de los niveles, toman las decisiones” (Ingeniería Civil, primer año). Con lo cual se apropian de la participación como un derecho y externalizan una nítida “consciencia de que se puede y se debe incidir en el curso de los acontecimientos” (Rebellato, 2004: 308). Tal concientización diferencia a la modalidad tomar parte de su par inmediato anterior en la escala: tener parte; y puede identificarse en afirmaciones como la siguiente: “No votar es permitirles a los académicos y funcionarios hacer lo que quieran sin participación estudiantil. Aunque los políticos universitarios estén venidos abajo, es importante que haya alumnos en el Senado Universitario, que representen el pensar de los universitarios”. Alumno primerizo de Derecho, cuando relata sus experiencias comunitarias, este joven resume muy bien el espíritu preponderante en sus colegas de la U.Ch.:

Soy católico y con mi grupo parroquial el año pasado formamos un preuniversitario social. (…) Impartimos clases de diversas materias a fin de que se preparen para la universidad; pero más que eso, es un espacio donde queremos promover un cambio en los chiquillos, que estén más conscientes de que son individuos insertados en una sociedad, que sepan los cambios que están ocurriendo, sobre todo hace un par de años con el movimiento estudiantil. Hoy es importante su presencia en la sociedad.

Siguiendo con la sistematización de Rebellato (2004), y como se vislumbra, en la U.H. casi la totalidad del estudiantado da muestras auténticas de asumir la participación apenas como formar parte. En contadas ocasiones algún que otro estudiante se expresa en términos de tener parte o tomar parte, pero son “golondrinas que no hacen verano”. Como un exmilitante de la UJC de Física, cuarto año, que considera que para tener una alta participación: “Tendría que inmiscuirme en organizaciones a las que pertenecí alguna vez y desde allí buscar la forma de organizarse para que la voz se oiga. Pero les perdí la fe y decidí que ese no era el camino”. En la cita vemos cómo la comprensión del posible rol que se puede desempeñar dentro del todo político (tener parte), se marchita por la desmotivación. Algo similar le sucede a una alumna de Periodismo, quinto año, por momentos identificada con una participación superior: “Si fuera diferente y uno tuviera el poder de decidir sobre determinadas cosas, sí participara. Al menos debo hacer el esfuerzo de decidir por mí e impedir que sigan decidiendo otras personas”.

Por supuesto, al igual que en Chile, también hallamos en Cuba revoltijos de concepciones en esta dimensión cultural, los cuales evidencian que la subjetividad humana no entiende de caprichos heurísticos o metodológicos. De tal modo, al juzgar su propia participación política podemos escuchar en voz de la misma futura periodista una asunción de la participación más empobrecida, acotada a “ir”, “hablar” y agregar demandas:

No ha sido buena porque no me he sentido representada, ni parte de la política del movimiento que pueda existir en la Universidad. Por eso, solo en contadas ocasiones he participado. He tenido una participación nula, porque antes de estar en una reunión por estar y sin hablar, realmente prefiero no estar. Muchas veces cuando a mí no me interesa el tema, no voy, porque si no tengo nada que decir ¿para qué estar ahí?

Como advertí, es la tónica general en la U.H., donde se confunde movilización pasiva y reactiva con participación activa, incluso por parte de estudiantes que debieran tener un conocimiento especializado sobre el tema: “Bastante activa, porque van a las marchas, a los encuentros que se hacían por ʻLos Cincoʼ [115] y ese tipo de cosas”, comenta una alumna de Sociología, cuarto año sobre la participación política de sus compañeros de Facultad. Un sesgo que amplifica a la hora de valorar su propia participación: “¡La mía es pésima! Jamás he ido a un desfile del Primero de Mayo. No me gusta ir para hacer masa. Uno nunca va por voluntad propia. Si eres trabajador vas para cumplir, para hacer masa, no porque quieres ir”. Asimismo, asombra que una ya casi abogada, ducha en leyes y derechos, peque de similar reduccionismo:

La Facultad participa bastante en las actividades políticas. Cuando convocan a cualquier marcha o evento, casi siempre la mayoría de los estudiantes que van son estudiantes de Derecho. (…) Yo no falto a ninguna actividad. Al Primero de Mayo a veces he faltado, quizás porque no tengo deseos o no soy trabajadora, pero no es que no me llame la atención; no dejo ver la significación que tiene, no dejo de sentir que debo apoyar a mi Facultad en ese evento. Voy, pero puede ser que a uno no vaya. A la marcha por el aniversario del fusilamiento de los ocho estudiantes de Medicina [27 de noviembre de 1871], nunca falto. De manera general siempre participo. (Derecho, quinto año)

En resumidas cuentas, observamos que, respecto a sus homólogos de la U.H., los estudiantes de la U.Ch. atesoran una cultura de la participación más rica y creativa en cuanto a los repertorios, en buena medida debido al reciente historial de movilizaciones voluntarias (de 2006 a la fecha), en las cuales casi todos se han insertado de manera protagónica y consciente, acumulando un sinnúmero de experiencias, conocimientos y habilidades. Los cubanos también reúnen en su haber estudiantil un caudal copioso de asistencia a marchas y desfiles; pero siempre orientados verticalmente “desde arriba”, repletos de formalismo y consignas ajadas, distantes del sentir universitario, anuladores de la creatividad y autenticidad juvenil. Ello se refleja en una concepción de la participación puramente reactiva, consultiva y clientelar, con aspiraciones alejadas del momento cumbre de los procesos participativos: la toma de decisiones.

No obstante, es notorio que ambos grupos de alumnos se asemejan en cuanto a: responsabilidad social, capacidad de juicio y dominio de los mecanismos de participación. Lo cual, a contrapelo de criterios adultocéntricos o paternalistas, los capacita para tener una participación política efectiva dentro y fuera de la universidad. Tanto en la U.Ch como en la U.H., los educandos muestran una patente voluntad de participar que los (pre)dispone positivamente a actuar; si bien presentan preferencias inversas. En el sentido de que los chilenos son más propensos a involucrarse en cursos de acción extrauniversitarios, en detrimento de las dinámicas internas de la escuela; mientras que, por el contrario, los cubanos muestran mejor disposición para incidir en los destinos de la Universidad que en el decurso de la sociedad.

4.22 Motivaciones y finalidad de la participación: ¿por qué y para qué?

Ahora bien, una vez detallada la armazón cultural que otorga sentido y orienta la participación estudiantil en ambos casos de estudio, resulta pertinente conocer las motivaciones que activan dicho complejo cultural y estimulan la participación de los alumnos, así como su conexión con las actitudes exploradas en el epígrafe 4.14. Nos apoyamos para ello en los aportes del colectivo multidisciplinar español Equipo Claves (1998), que identifica para participar tres dimensiones motivacionales básicas, fuertemente interrelacionadas: a) el interés subjetivo o ideológico, b) la satisfacción socio-afectiva, y c) la percepción de rentabilidad (ver capítulo 1).

En primer lugar, hay que decir que el contexto chileno actual no es idéntico al de 2011. Sobre todo en las generaciones de años finales se percibe claramente desmotivación o cuando menos selectividad esmerada a la hora de decidir dónde depositar las energías. Una enfermera en ciernes (tercer año) ilustra con pocas palabras el ambiente imperante: “Me desencanté del movimiento estudiantil, no quise participar más porque vi que me había perjudicado mucho todo esto y no habíamos logrado nada”. Al comparar la coyuntura actual con sus experiencias de 2011, argumenta: “Ahí la creencia era muy fuerte. Todos creíamos que íbamos a lograr la Educación gratuita. Estábamos entusiasmados, todos queríamos ir, todos votábamos que sí al paro. Pero a medida que fue pasando eso vimos que no funcionó, y nos desencantamos”.

Reinaba, en ese entonces, un masivo interés subjetivo o ideológico que disparaba la participación estudiantil. Los alumnos, no sólo de la U.Ch., comulgaban con los ideales de la movilización social, eran conscientes de las necesidades colectivas que urgía satisfacer y, sin dudas, se reconocían en las metas finales del movimiento, muchas de las cuales hicieron suyas con el convencimiento de poder alcanzarlas por encima de cualquier obstáculo. Sobre aquel efervescente momento de unidad estudiantil, recuerda una estudiante de Periodismo, segundo año: “En 2011 durante una marcha llovió a cántaros. Fuimos cien mil personas y todos con paraguas, mojándonos. En mi colegio al otro día estábamos con neumonía, pero fuimos todos” [116] .

Y no es que hoy el interés subjetivo o ideológico se haya extinguido; ahí están las persistentes marchas multitudinarias que dan fe de la vitalidad de esta dimensión motivacional, a pesar del declinar del movimiento. El material empírico recabado para esta investigación sugiere un ligero desplazamiento hacia otra dimensión subjetiva, ahora mejor jerarquizada como percutor de la participación: la percepción de rentabilidad. Curtidos por los fiascos, el tiempo perdido y las promesas incumplidas, hoy los educandos de la U.Ch. supeditan su esfuerzo participativo a la credibilidad del proyecto que los convoca, exigen garantías de que habrá beneficios o soluciones palpables. Y, francamente, no se les puede culpar por esgrimir una actitud “utilitaria” –si se quiere–, frente a los cantos de sirena del gobierno y los políticos, como vimos antes, bastante desacreditados entre la comunidad universitaria.

Trataría de participar, sí. Si se dan mejores condiciones, me interesaría más en el tema, porque hoy uno da su opinión y al final no se llega a nada. Por eso da lata, no sirve de nada, uno dice: “¡Pucha!, perdí mi tiempo”. Tener garantía de que habrá resultados serviría harto para incentivarme. Eso es importante. (Ingeniería Comercial, segundo año)

En definitiva, este énfasis en la rentabilidad tiene que ver también con la necesidad imperiosa de acercarse a la médula de los procesos participativos: la toma de decisiones, ya sea participando directamente en esa fase cumbre o, al menos, controlándola. Así lo deja entrever una alumna de Administración Pública, primer año, cuando explica los motivos por los que, a diferencia de las elecciones presidenciales de 2013, no anuló su voto en los comicios celebrados en 2014 para elegir a los senadores universitarios:

Con los universitarios la relación es distinta a la que existe con los políticos nacionales. No es que sean mis autoridades, son mis compañeros y están dispuestos a dar su tiempo. Aquí en la Universidad si voto por una mesa “X” y no estoy de acuerdo con lo que ellos están haciendo, puedo ir a una asamblea en pleno y decir: “Oye, no estoy de acuerdo con esto, ¿qué está pasando?”, pedir explicaciones, un feedback entre los que gobiernan y los gobernados. Esa retroalimentación no se da en la política nacional. No vale la pena votar por alguien que si después hace algo malo, no podré darle una crítica de lo que hizo.

Lo cierto es que todos los alumnos que han cumplido –o todavía lo hacen– responsabilidades directivas o de coordinación, como miembros del Centro de Estudiantes de su carrera o facultad, delegados de generación o simples activistas, hoy se refieren a la labor de movilizar a sus compañeros en términos muy negativos: “No porque vean que una vez funcionó bien van a motivarse, son muy ingratos los resultados desde ese punto de vista, hay que tener paciencia” (Derecho, primero año); “Aquellos momentos organizativos, me trajeron mucha desmotivación. (…) Probé infinitas formas en dos años, ninguna me resultó de manera exitosa” (Interpretación Musical, tercero medio); “Es muy difícil motivarlos. Cuando fui delegada era muy difícil convocar a las reuniones, que todos llegaran, que votaran las decisiones; era en verdad como un martirio. Ya no sabíamos qué hacer para que la gente participara” (Enfermería, tercer año). Un militante de la UNE de la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas, sin embargo, tiene una representación más equilibrada del fenómeno:

En cosa de votos, está esa visión: “No creo en esta institución entonces no formo parte de su mecanismo, ni para hacer cambios”, “¿Política?, eso no. Me carga la política”, y se abstienen del voto. Otros dicen: “Tengo muchas pruebas, estoy en mil cosas, no me informo bien así que mejor no voto”. Otros ni siquiera piensan la cuestión. Pero también hay harta gente que cuando uno empieza a hablar con ellos, dicen: “¡Qué interesante! Quizás no estoy muy de acuerdo con eso, pero voy a votar”. Son gente que tienes cerca, y te escuchan más. (Ingeniería en Biotecnología, quinto año).

Como vemos, motivar, incentivar, “moverles el piso” a los estudiantes de la U.Ch. en la actualidad es una misión nada fácil. Así lo confiesa una alumna de Química, primer año, al meditar en primera persona sobre las causas de la baja participación política estudiantil: “En parte, por [falta de] tiempo, aunque también por flojera. Cuando estoy estudiando no tengo tiempo y cuando dejo de estudiar quiero descansar, y tampoco quiero estar organizando cosas, porque es difícil y te gasta tiempo y energía”. Este tipo de pensamiento individualista se concatena con la interiorización de la idea de que las responsabilidades políticas son incompatibles con la carga académica. El factor tiempo pesa mucho sobre los hombros de los estudiantes, quienes de manera socorrida (y a coro) echan mano de esa justificación:

Pasa mucho que los dirigentes estudiantiles tienen que congelar sus carreras o dejar de lado sus estudios para dedicarse al movimiento, lo dicen los mismos profesores. Camila Vallejo congeló, y siempre pasa con distintas cosas, no sólo en política. Demanda mucho tiempo, y la carga académica no deja tiempo libre. De hecho la gente dice: “La Universidad me quitó mi vida, no tengo vida social, no puedo salir con mi familia, con mi novio, no puedo hacer nada porque tengo que estudiar”. (Enfermería, tercer año)

Además de “arrimarle la brasa” a los estudiantes, como expusimos en el epígrafe 4.112, gran parte de los entrevistados piensan que una buena manera de estimular la participación es por vías indirectas: “Se debería partir más por un ambiente de conversación superliviana, de pasillo, más informal, para insertar ese bichito en toda la gente”, sugiere uno de Derecho, primer año. “Trataría de hacerlos actuar políticamente de manera implícita, pero no directamente porque me mandan a la cárcel”, hiperboliza otro en segundo año de Biotecnología Molecular. “Incentivaría la participación primero dando a conocer el Centro de Estudiantes de Ingeniería a través de campeonatos deportivos, charlas, actividades culturales”, propone por su lado un futuro ingeniero civil, todavía en primer año. En el fondo de estas declaraciones subsiste la referida actitud positiva hacia la política, que los incita a hacerla más atractiva, rompiendo esquemas tradicionales, despojándola de estigmas y rutinas.

Una forma de motivar a los estudiantes sería con publicidad bien hecha, dando cuenta de la realidad con cifras duras, contundentes, como las que saca la Fundación Sol. Ellos hacen estudios económicos. Por ejemplo, hace poco se acordó subir el sueldo mínimo a 225 mil pesos y ellos calcularon que con esa cantidad apenas se podía comprar un kilo de pan todos los días, moverte en el transporte, pagar algo más que no me acuerdo ¡y ya! Cuando uno ve eso, se da cuenta de que está mal, que no puede ser así; te rompen los esquemas y eso te permite mirar más allá y motivarte. (Ingeniería Eléctrica, quinto año)

Las palabras de este alumno nos remiten nuevamente al interés subjetivo o ideológico, ratificando que en Chile la afinidad de ideales sociales y las ansias de autorrealización coexisten de forma armónica con la rentabilidad como fin.

Ahora bien, en el examen comparado de las motivaciones, una primera semejanza entre ambas unidades de análisis es precisamente la ausencia de estímulos: la desmotivación. Por caminos diferentes los estudiantes chilenos y cubanos han llegado a la misma encrucijada anímica: la inercia, la desidia, el inmovilismo; una cómoda y apacible plaza que resulta altamente funcional a la reproducción de los respectivos sistemas neoliberal y estadocéntrico. Los andinos llegan a la flojera por las desgastantes calles de la movilización masiva, después de casi tomar el cielo por asalto; los cubanos, entretanto, lo hacen por las sendas de un burocratismo sórdido, “antropofágico”, sin siquiera haber intentado nunca unir sus fuerzas en pro del cambio. Ambos universos estudiantiles, empero, “cuelgan los guantes” por una causa común: el choque contra el muro descomunal de las instituciones vigentes en sus sendos países, que les restriega constantemente en la cara la imposibilidad de conseguir los cambios exigidos.

A los alumnos de la U.H. dicho muro los venció por cansancio: “Ya no me interesan las reuniones de la FEU. No quiero plantear nada allí porque veo que nada se resuelve y que no me toman en cuenta” (Sociología, cuarto año); “¿Sabes en cuántas reuniones hemos dicho lo mismo? ¿Crees que tengo deseos de ir a una reunión si tengo una prueba al otro día? ¿Qué ganaron los que fueron? Nada. Estamos cansados porque no vemos cambios que nos motiven” (Lengua y Literatura Francesa); “Sé que voy a una reunión y de lo que aportamos mis compañeros y yo, no vemos luego una respuesta; como no veo cambio estoy hablando por gusto, estoy perdiendo el tiempo. Eso provoca que me desmotive” (Ciencias de la Computación, tercer año); “Por eso creo que hay tanto desencanto: a la gente no le importa, ni les pesa, no está ni en sus cabezas. El turno dedicado a la FEU aquí es… ¡como si llueve en Burundi!” (Letras, quinto año).

“¿Para qué?, ¿para que mi criterio sea usado o tergiversado o, peor aún, no sirva para nada?” Esa es la idea que subyace en muchos estudiantes. ¿Para qué voy a hablar? Si mi criterio va a ser sumado a lista de exigencias del pueblo; y, al final, no pasa nada. (…) Es verdad que hay muchos cambios ahora; pero también antes hubo cambios que no llegaron a nada. Entonces, ya te digo: ese tipo de descontento es el que subyace e imposibilita una mayor proyección y participación. (Historia del Arte, cuarto año)

Semejante grado generalizado de desestímulo ha generado un giro drástico en la naturaleza de las motivaciones de los jóvenes sobre todo, orientado en la misma dirección que en el caso de sus homólogos sudamericanos. Si hasta hace un cuarto de siglo, en la base de motivos para participar de este segmento etario predominaba el interés subjetivo o ideológico; en la actualidad descuella, no un ligero como en el caso chileno, sino un mayúsculo desplazamiento hacia la percepción de rentabilidad. La antaña apelación a prístinos ideales y la notable convergencia entre necesidades individuales y proyecto revolucionario hoy no les mueve un vello a los estudiantes universitarios. Son muy pocos quienes manifiestan sentirse estimulados por las viejas consignas ideológicas:

Tendría que ser una fuerza motriz muy grande, moral, contundente, para que yo me involucrara. No sé: “Tumbaron a… y sabemos quién fue. Vamos para allá…” Cuando te digo “tumbaron”, puedes imaginar los millones de cosas que te puedo decir: desde los dinosaurios que están donde tú sabes, hasta… Tú me entiendes, estamos hablando aquí francamente. (Ciencias de la Computación, primer año)

Tampoco abundan muestras de satisfacción socio-afectiva al participar, como la de un educando de Sociología, cuarto año, que formó parte del movimiento nacional que abogó por el regreso de “Los Cinco”: “Yo mismo participé en eso, puse mi mano en aquel lienzo que pasó por muchas ciudades y fue una cosa bonita estar ahí aunque no fuera trascendental”. Sobre sus sentimientos cuando se enteró que habían regresado los últimos tres “héroes”, cuenta: “Me puse contento, pero por la familia, por un tema simple, lejos del sentido político y todos los elementos que le agregan los políticos o que el discurso tiene sobresaturado”.

Como adelanté, la realidad de la universidad habanera indica una apabullante preponderancia de la percepción de rentabilidad como condición elemental para que los estudiantes se involucren en cursos de acción. Ante la pregunta de cómo estimular la participación de sus compañeros, la respuesta es unánime: “Mostrarles el resultado a la gente, eso sí los va a motivar” (Ciencias de la Computación, tercer año); “Si logras hacerles entender que lo que harán será provechoso y, por lo menos, puedan ver al inicio algún resultado, esa sería la forma” (Derecho, segundo año); “Para lograr que la gente realmente participe tienes que darle algo, una muestra de tu buena fe, de que vas a recibir realmente su aporte a la política. ¿Qué sería? Ahora mismo no lo sé” (Periodismo, quinto año). Para una historiadora del Arte, en cuarto año, ese “algo” se llama “la efectividad de su participación. El ser humano no hace nada si no sabe que logrará algo”. Y amplía:

Resultados por alcanzar, eso es lo que mueve. Te doy esto, haces aquello. Eso es animal. Suena feo y materialista, pero es así. “Ustedes tienen esta proyección, vamos a tener este resultado”. En cuanto haya el primer resultado, las personas se van a mover más, porque pierden esa idea de que nada sucede, de estatismo. (Historia del Arte, cuarto año)

Cansados de naufragar contra los farallones de la burocracia, los alumnos de la U.H. han incorporado de manera tan honda la idea de la rentabilidad a su estilo de vida, que tal detonador motivacional va adquiriendo serios pespuntes de habitus. “Somos muy interesados. En la mentalidad del cubano resolver es el ABC y si esto no me resuelve, ¿qué hago aquí?”, juzga una estudiante de quinto año de Lengua y Literatura Francesa. Ante un Leviatán todopoderoso, rígido, inmutable e ineficiente, que se desentiende de los reclamos políticos de sus pobladores y no es capaz de satisfacer elementales necesidades económicas, la reacción innata es la búsqueda constante de beneficios, utilidad, ganancias de todo tipo y a toda costa. La percepción de rentabilidad es el tamiz por donde casi todos los cubanos pasan sus esfuerzos participativos.

En ese afán, los estudiantes de la U.H., por ejemplo, incurren con suma naturalidad en conductas de doble moral, al asistir a regañadientes a múltiples eventos, sólo por “anotarse puntos” o “quedar bien”: “Aunque no me guste la política, participo, porque hay que cumplir, ¡imagínate! Eso te da puntos para todo”. ¿Puntos para qué”, interrogo a la alumna de Geografía, primer año. “Para algo que todavía no sé –responde–. ¡Hay que cumplir! Nosotros tenemos deberes y derechos; eso es un deber que hay que cumplir”. “Si quieres tener un buen aval cuando llegues a quinto año, que no te señalen y otro no sea mejor que tú porque faltaste a una marcha, entonces participas en todo; no necesitas que otra persona te diga: ʻVamosʼ”, sostiene una abogada en trámites de titulación, quien ha interiorizado muy bien la conveniencia de “cumplir”.

Precisamente los temores a ser colocados en las peores plazas durante los años de Servicio Social obligatorio, alimentan uno de los principales motores que incita a los estudiantes a llenar las calles durante los multitudinarios desfiles que vemos por el televisor, sin que verdaderamente se sientan identificados con el motivo de la manifestación. Similar operación defensiva los convoca a ser obedientes, “disciplinados” y alejarse de “alborotadores” o “disidentes”. La reflexión de una estudiante de quinto año de Periodismo sobre las maneras de estimular la participación política de sus compañeros, evidencia al detalle el nivel de las presiones a las que se exponen los alumnos de la U.H. en su tránsito por la institución:

Una forma podría ser garantizarles que, sin importar lo que digan o por lo que voten, no va a haber represalias de ningún tipo por esa participación política. Represalia es una palabra un poco fuerte, pero muchas veces hay miedo a que te pase algo: que te voten de la Facultad o que después, en lugar de trabajar en Prensa Latina –todos los estudiantes quieren ser ubicados ahí y se pelean por eso–, te manden a trabajar al periódico Granma o la revista Juventud Técnica. Es lo primero que tienes que darles: la seguridad de que realmente no pasará nada, que lo que digan no les traerá problemas. Lo segundo es crear algún tipo de mecanismo para que las personas puedan ver en qué estado está su petición o ese criterio, porque aquí es horriblemente común que te digan en las reuniones: “Esto vamos a elevarlo” [risas], ¿adónde?, ¿con quién?, ¿cómo? La gente tiene que saber quién lo está analizando o estudiando, si lo van a hacer o no y por qué.

Como puede leerse en los enfoques de los universitarios caribeños, el desencanto con la política y los políticos, y el distanciamiento de las instancias de decisión, modelan un escenario donde los ánimos y las expectativas de cambio inmediato andan por el suelo: “Es parte de nuestro sistema, como salir a la parada y coger la guagua. Así mismo vamos a las reuniones, sin muchas motivaciones, sin interés, sin grandes expectativas y sin creer que van a ser cumplidas” (Lengua y Literatura Francesa, quinto año). Mover un dedo les parece totalmente inútil a estos jóvenes, al menos mientras el autoritario monólogo estatal no intente asomarse al diálogo plural, democrático y participativo. Languidecidos por el automatismo de la polea vertical que siempre los convoca “porque sí”, el estudiantado de la U.H. insiste de modo recurrente en la necesidad de explicarles a los alumnos el porqué de las cosas. A la perpendicularidad de los decretos oponen la horizontalidad de la persuasión, escasa en la retórica partidista-gubernamental.

Lo que mueve a la gente a participar es la información. Y dentro de la información disponible, tratar de debatir sin imposición, conversar y hace sentir al otro que al menos tiene la posibilidad de conocer. Para mí saber es un arma importantísima; pienso que eso incentiva, darle herramientas a la gente para que pueda pensar por sí misma. Que no sea asentir o negar lo que dice otro a ciegas, ni seguirle la rima a la gente que critica por gusto, sin saber lo que dice. Dar información sólida: la Constitución, cómo debería ser el funcionamiento real de la Asamblea. No seguir diciendo: “Somos los mejores, somos los mejores”; sino dar información y que la persona pueda cuestionar cuán real o no es eso, qué me dice esto y qué no me dice. (Física, cuarto año)

4.23 Niveles de participación : ¿“cumbres borrascosas”?

Cómo veíamos, la toma de decisiones, súmmum de las diferentes fases de todo proceso participativo, resulta un componente perfectamente definido y medular dentro de la cosmovisión política de los estudiantes de la U.Ch. Los sudamericanos están clarísimos de su centralidad como práctica y concepto capital del ejercicio del poder político. El acto de decidir te configura como sujeto activo, comprometido con la producción de la realidad social; te deslinda de aquellos reducidos a simples espectadores, beneficiarios, marionetas o consumidores (voluntariamente o no). Semejante claridad conceptual avala el material interpretativo recopilado para este estudio, en lo referido a sus niveles de participación y al grado de acceso a la toma de decisiones políticas.

Una pista inicial es que la mayoría de los educandos de la U.Ch. sienten que sí participan en las decisiones que se toman en los espacios netamente estudiantiles: principalmente los Centros de Alumnos; y tienen una buena opinión de la labor representativa de sus delegados en esos niveles (en menor medida de los senadores universitarios, aunque también positiva). “No es un rol muy activo pero de alguna forma puede ser que yo incida a través de esos representantes en las decisiones”, estima una alumna de la Ingeniería Forestal, quinto año.

No he participado en la toma de decisiones cotidianas a grandes escalas; pero sí, por ejemplo, en las elecciones del Senado Universitario y del delegado de generación. Las votaciones son una vía de participación para mis cortos cuatro meses en la Universidad. Esas han sido las principales tomas de decisiones que he podido darle a la Universidad, en cuanto a cómo planteo mis pensamientos. Si bien quizás no estaba de acuerdo con el ciento por ciento de los postulados de aquellos por quienes voté, sí lo estaba en el 70 por ciento, cifra igual importante. Por eso siento que si ellos están en el Senado Universitario es por algo, y pueden cambiar las cuestiones de raíz. (Derecho, primer año)

Ya respecto a las decisiones tomadas en espacios triestamentales (como el propio Senado Universitario), la percepción de incidencia de los estudiantes desciende muchísimo: “Aunque existen los delegados de cursos que van a los consejos y hablan con los profes de los problemas. Con las autoridades de la escuela siempre es lo mismo, no se logra nada, son muy poco accesibles” (Enfermería, tercer año). Ni que decir en aquellas que toman los académicos y funcionarios de las facultades o la Universidad en otros ámbitos, sin presencia estudiantil. El sentir general de los alumnos de la U.Ch. es que “hay mucha lejanía entre las autoridades de la Facultad y los estudiantes” (Enfermería, tercer año); y que los métodos de dirección y funcionamiento de la institución son en extremo verticales, poco democráticos: “El autoritarismo universitario es lo que sale en limpio de todas las problemáticas locales al interior de la Universidad”, fulmina una futura historiadora, actualmente en segundo año de la carrera.

Los profes son dioses, hacen lo que quieren, son amos y señores de sus cátedras. Algunos son más accesibles, les puedes decir: “Profe nos está pasando esto” o “Profe, ¿nos puede cambiar la fecha de la prueba? Pero si él dice que no, es no; y eso es triste. No hay democracia, en lo absoluto. También tienen libertad académica; el profe es quien decide qué va a enseñar en su cátedra. Si al profe no le gusta Marx, vamos a pasar por todos los filósofos alemanes pero vamos a omitir a Marx. (Biotecnología Molecular, segundo año)

Las prácticas directivas en la U.H nada tienen que envidiarle a las de la U.Ch. Los educandos cubanos tienen la misma sensación de que transitan por la Educación Superior excluidos por completo de las principales determinaciones de la vida universitaria: “Últimamente se han tomado decisiones, se han hecho cambios en la Facultad y los estudiantes no han sido consultados. Todo ha sido: ʻA partir de ahora esto será asíʼ; no me parece que nos consulten periódicamente”. (Periodismo, quinto año). Al igual que los sudamericanos, los caribeños sienten que entre ellos y las autoridades universitarias se extiende un megadesierto insalvable:

Hay una separación, ellos tienen facultades que nosotros no compartimos, ellos imponen. Puede que se tomen en cuenta elementos del estudiantado. Quizás a nivel de Facultad, mediante la FEU podamos canalizar inquietudes o el Decano entre al aula alguna vez, pregunte cómo estamos, qué problema hay y se solucione. Pero al final, ellos toman decisiones arbitrarias porque ese es su papel. Arbitrarias en el buen sentido de la palabra. A veces hay cosas que no logramos entender. (Sociología, cuarto año)

No le llaman directamente “autoritarismo universitario”, como los chilenos, e incluso intentan edulcorarlo, ya sabemos por qué; pero el vacío democrático es muy similar o peor. En el caso cubano, la visión negativa sobre los métodos de dirección institucional se recrudece por dos razones: en primer lugar, los discípulos de la institución habanera –a diferencia de los andinos–, se sienten también ajenos a las decisiones que toma la FEU en los distintos niveles, desde la base hasta la cúspide, y no tienen una valoración positiva del desempeño de sus delegados: “Nunca he confiado en los dirigentes estudiantiles. Quienes llegan no son precisamente los más honestos. Esta misma demanda, [elecciones presidenciales], no tiene ninguna connotación; para ellos es muy significativo pero temen expresarla. No son portavoces del acontecer real de la Universidad”, condena una estudiante de Lengua y Literatura Inglesa, quinto año.

En mi aula hay una Diputada a la Asamblea Nacional. Y el otro día vi en la televisión que el Vicepresidente Díaz-Canel se reunió con el Consejo Nacional de la FEU. Me daba mucha gracia cuando los veía hablar de sus inquietudes y problemas, me pasa igual que con el Delegado, la Diputada y con todos: lo que pienso, lo que veo, los problemas que tengo, no están de ninguna forma representados por ellos. (Periodismo, quinto año)

Y en segundo lugar, los estudiantes de la U.H. no despliegan jamás estrepitosas prácticas de presión o protesta, como sus homólogos sudamericanos, quienes sí logran al menos sancionar a posteriori las malas gestiones administrativas. De esta carencia se percatan aquellos que sostienen contacto con otras realidades:

He hablado con gente de otras universidades, de países disímiles como España y EE.UU. Tenemos compañeros estadounidenses en la carrera, y es interesante cómo las organizaciones estudiantiles en su país, lo que sería la FEU, tienen un poder real en la Universidad. Quiero decir con esto que si hay alguna molestia con un profesor que haga algo ilegal según el reglamento, ellos pueden protestar, hacer un tipo de huelga entre comillas que tenga un impacto y haya un cambio. Eso no lo he visto aquí y hay muchas cosas con el plan de estudios que quisiéramos cambiar. (Letras, quinto año)

Por ejemplo, una alumna del Instituto de Asuntos Públicos, que se queja de la pésima relación con los directivos del centro, relató cómo lograron en 2013, a golpe de levantamientos, echar al máximo responsable del centro: “El año pasado estuvimos en movilización también tres meses porque teníamos problemas con el Director. (…) Iniciamos una fase de movilizaciones para que él se fuera” (Administración Pública, primer año). Experiencias similares narraron estudiantes de la Facultad de Ciencias, de Artes y de Ciencias Químicas y Farmacéuticas, en ostensible evidencia de que a los chilenos los contrapoderes rosanvallonianos les dan resultado. Las cuales no dejan de ser prácticas extremas, excepcionales, y no implican más que una reacción desesperada, casi una “autopsia” de los cadáveres democráticos que deja la falta de participación en las decisiones que afectan su día a día, y la mala relación con las autoridades:

¿Nunca te han dicho el nombre de la [Universidad de] Chile? ¡La madre de la burocracia! Aquí para pedir permiso para ir al baño tienes que llenar un rollo de papeles; para pedir un certificado de alumno regular, el más simple, tengo que mandar un email con tres días de anticipación, llenar un formulario e ir a buscarlo. Si a ese nivel estamos mal, imagínate entonces lo que es comunicarse con el Decano. He hablado con el Decano pero como profe, porque cuando tienes que referirte a él como el Decano, ¡ahí tienes que escalar el Everest para llegar! Pésimo, pésimo. (Biotecnología Molecular, segundo año)

En materia de decisiones de máximo nivel en las facultades, el coro de quejas denuncia una reducción total a los dos niveles mínimos de la participación: movilizativo y de consumo y consulta, discusión y/o conciliación: “Hoy día nadie le mueve el piso a un Decano, porque tienen la atribución de hacer y deshacer. Dependemos mucho de su voluntad” (Odontología, cuarto año); “En problemas de carrera, de ramos mal impartidos, es demasiado difícil lograr un cambio, porque todos se oponen. No hay espacio para la crítica, porque ellos son perfectos y nos dicen: ʻEl ramo está superbien y ustedes son flojosʼ” (Enfermería, tercer año); “Como estudiante no puedo tomar tantas decisiones si al final las toma el decanato”, resume con impotencia una alumna de Ingeniería Comercial, segundo año.

Un colega de curso de la Facultad de Economía y Negocios, imbuido en el colectivo Vamos Construyendo, disecciona con sagacidad: “Están muy marcados los roles. Las discusiones no son de “tú a tú”; sino de “Don a tú”, del señor que dice qué cosas se pueden hacer o no. En esta Facultad resalta un poco más ese autoritarismo”. Este futuro ingeniero comercial (segundo año) no duda sobre cuál es el adjetivo que mejor calificaría la relación entre estudiantes y autoridades universitarias: “Es vertical totalmente”, subraya a la par que advierte un signo muy preocupante, visible entre sus compañeros: el conformismo. “Es algo que también está asimilado por los compañeros promedio; de verdad creen que es necesario. O sea, ʻÉl es la autoridadʼ, ʻnosotros somos solamente estudiantes, estamos acá de pasadaʼ, ʻEso tiene que ser asíʼ”, dramatiza.

El conformismo es una perniciosa actitud pasiva que también se reproduce a sus anchas en la comunidad estudiantil de la U.H., donde a los déficits democráticos y la ineficiencia de los burócratas que merman la participación política de los alumnos, suele encontrárseles justificaciones “estratosféricas”: “Las personas a veces se limitan en el funcionamiento universitario. No opera así como: ʻ¿Por qué esto es así? Quiero cambiar estoʼ, no. No hay mucha influencia en ese sentido. Casi todo son cosas planificadas, destinadas, y cambiarlas es difícil” (Química, segundo año); “No es culpa del Decano que para cambiar algo se necesiten 10 mil reuniones. Como grupo, hemos intentado cambiar cosas y muchas veces la Facultad ha estado de acuerdo; pero no se ha podido, no hay mecanismos para eso” (Letras, quinto año).

Sin embargo, todos no son tan condescendientes, varios reconocen que el funcionamiento vertical de la institución y la ausencia de instancias triestamentales, donde los estudiantes puedan incidir en los destinos de la Universidad, no depende solamente de ataduras estructurales superiores. En lo local también determinan los estilos personales de dirección:

Hace poco el Decano tomó una medida respecto al porcentaje de asistencia necesario para tener derecho a prueba, y no nos enteramos de ese proceso, ¿cómo fue para ser aprobado?, nada de eso. Y eso que somos los más afectados, porque tenemos que asistir a las clases. Se supone que tal porcentaje debiéramos aprobarlo nosotros. Y para nada nos tuvieron en cuenta. Lo de la cuota de megas de Internet también fue así, de un día para otro dijeron: “Ahora son 40 megas por estudiante”, ¡y ya! (Sociología, cuarto año)

“Hemos tenido problemas en los que hubiéramos necesitado la intervención del Departamento y nunca nos sentimos apoyados en ese sentido”; “No sé si el Decano valorará con los dirigentes de la FEU directamente, creo que no; lo hace y punto. Quizás me equivoco, pero no se toma en cuenta al resto de los estudiantes para ninguna decisión, ni para nada”, se lamentan dos estudiantes en quinto año, de Periodismo y Lengua y Literatura Francesa, respectivamente. “No hay comunicación directa con los jefes de la Facultad”, se queja asimismo una bisoña alumna de Psicología, primer año; un problema general de la sociedad cubana que, según el mar de críticas de los educandos, tiene una brutal reproducción al interior de la Universidad:

La relación con las autoridades universitarias es bastante indirecta, la interacción nunca va a ser cara a cara, siempre escalonada. En los tres niveles [Universidad, comunidad y nación] hay mucha gente de por medio –reafirma una alumna de Sociología, cuarto año–. Por ejemplo: si le pido una cita al Decano para plantearle un problema, me la va a negar, me va a decir que mi espacio para eso son las asambleas de la FEU.

Para algunos la mera existencia de mediadores no resulta un inconveniente en sí mismo; son indispensables, lo saben. El conflicto surge cuando devienen simples marionetas sin autonomía, recursos ni poder de decisión: “Siempre tiene que haber un intermediario, pero su funcionamiento debe ser más efectivo. Hay que darles capacidad de modificar en su ámbito, que tengan decisión propia y no tengan que contar con la opinión de 20 más arriba” (Química, segundo año).

A decir verdad, en las dos universidades se dan excepciones, no en todas las facultades los vínculos son tan tirantes. Por supuesto que el panorama político tiene sus matices: “Nunca he visto horizontalidad en la relación con las autoridades. Eso parte del Centro de Estudiantes. Ciertamente, ellos no tienen la predisposición a hablar con nosotros; pero si un estudiante normal quiere hablar con ellos, tampoco son tan inaccesibles”, anota un alumno de Interpretación Musical, de la U.Ch. “La comunicación acá en la Facultad es buena. Si tienes una inquietud la solucionan al tiro antes de que sean muchos. Eso lo aprendieron en 2011: ʻYa, esto mejor hay que hacerlo, porque después nos dejan aquí la «cagada»ʼ”, asegura por su parte un alumno de quinto año de Ingeniería en Biotecnología, aunque admite que, a pesar de ese respeto ganado, “algunos temas son bien lentos y burocráticos” y la relación con el Decano y el Rector “es lejana”.

En Cuba encontramos indicadores por el estilo en algunas sedes: “El calendario de pruebas en mi Facultad es de los estudiantes. Te dicen las semanas, pero el día de cada examen lo decidimos nosotros”, celebra un alumno de Ciencias de la Computación, tercer año. En la facultad de Derecho las referencias también son positivas: “Es bastante buena la relación [con las autoridades]. Incluso todo el tiempo indagan sobre las inquietudes, sobre cómo están las clases, el aula, si todo está bien, etc.”, apunta una estudiante de segundo año. Y en Física otro tanto:

En la Facultad casi todo lo que puede ser consultado se consulta con los estudiantes, se conversa; somos pocos. Programamos las actividades, decidimos el orden de las pruebas... Sé que la FEU participa en la selección de los profesores del siguiente semestre, en el tema de los alumnos ayudantes, en el derecho o no a examen de quienes han tenido problemas de asistencia. A nivel de Facultad eso funciona. (Cuarto año)

No obstante, señales del bajo nivel de involucramiento político de los estudiantes de ambas universidades abundan por tropel. Una muy importante es que todos valoran de “baja”, “mala”, “pobre” o en el mejor de los casos “regular”, la participación política de sus compañeros: “Es poca, cuando se cita a reuniones, nadie llega, nadie vota, están poco participativos, cada uno vela por sí mismo. Cuando les afecta el tema, ahí sí participan; de lo contrario, no velan por el bien de todos”, advierte en la U.Ch una futura enfermera, en tercer año.

Creo que mala porque se están confundiendo dos cosas: la política y el deseo de descansar. A veces en las votaciones de paro para apoyar al movimiento, mucha gente vota, no para que vayamos a la marcha sino para que sea un día más de descanso, de lectura. Y desde afuera digo: “Oye, pero ¿cómo votan para descansar o leer?”. Aquí adentro a veces se hace necesario un día más de lectura, hay que decirlo; pero siento que el desgano de la política está llegando a todos los jóvenes, estudiantes y eso es malo. La participación política es más “porque hay que hacerlo” antes que “porque estoy convencido de que es muy importante hacerlo”. (Derecho, primer año)

En opinión de un alumno de Odontología, cuarto año, no todo es culpa de la asimetría y la falta de voluntad institucional; no puede obviarse la cuota de responsabilidad personal de cada quien: “Hoy cuesta un montón hablarle a los cabros sobre eso. ʻ¿Qué es la triestamentalidad?ʼ, te preguntan. Y, al responderles, hay que simplificarles bastante para que entiendan algunas cosas. Eso es signo de que hay mucho por hacer”. Ciertamente, según pudimos constatar in situ, a la FECH u organizaciones políticas estudiantiles no puede achacárseles falta de información, pues disponibilidad y facilidades de acceso a ella sobran, así como variedad de fuentes y formatos; una realidad bien diferente a la cubana, donde las lagunas informativas contribuyen a los bajísimos niveles de participación estudiantil:

Son un 15 por ciento los que tienen buena participación y un 85 por ciento los que no participan; de estos últimos a la mitad no les importa nada y un 35 por ciento tiene muy mala participación, negativa –se afana en cuantificar un cibernético de la U.H. en tercer año–. A veces se va a hablar de cualquier cosa, se va a hacer algo y les da igual, están en contra de lo que se habla. Eso pasa en todas partes, no solo en la Universidad.

“En mi aula hay unos cuantos de ʻLa Juventudʼ que sí tienen participación política en eventos, en el balance de la UJC de la Facultad y la Universidad. Pero creo que el resto no tiene ninguna participación política”, sentencia sin miramientos por su parte una estudiante de la U.H., en segundo año de Derecho. En las dos instituciones le llaman “indiferencia”, “desinterés”, “desencanto”, “cansancio”, “desgano”, etc.; pero en el diagnóstico convergen:

Como siempre, en teoría sí participamos, pero a los efectos prácticos no. En teoría sí, porque pertenezco a la Universidad, a la FEU, se supone que para las decisiones que se toman tienen que contar con la FEU. Pero cuando se dice “contar con la FEU” en este caso es nada más con el Presidente. Me gustaría decirte que sí, pero realmente no, no siento que participo. (Bioquímica, primer año)

“La mayoría no siente motivación por introducir cambios, movilizarse. La gente está más para el estudio. Realmente me considero sin ningún tipo de compromiso. Mi participación es pésima, quisiera que fuera mejor, pero no encuentro la forma de lograrlo”, añade el propio alumno de Bioquímica. Y en sus palabras trasluce otro rasgo relevante de este universo de representaciones sobre sus niveles de involucramiento en las relaciones de poder: casi todos los alumnos –en los dos centros educativos– son igual de recios al autovalorar su propia participación política, no se regodean en autocomplacencias ni se escudan en justificaciones. La autocrítica como premisa: “Nula. En realidad no veo que haga nada por participar políticamente. Ni en la Facultad, ni en la comunidad. Asisto a las reuniones, sólo eso” (Derecho, segundo año, U.H.).

Si tuviese una participación política alta hablaría más en las asambleas, me atrevería a decir lo que pienso. Quizás no me hubiese metido a un colectivo político, pero tuviese más información sobre los estatutos y la política universitarios. Además de venir a las asambleas que se hacen por los paros, vendría también a otras actividades como charlas políticas, alguna interpretación de una teoría filosófica, cosas así; pero no vengo. Por eso califico mi participación como baja. (Biotecnología Molecular, segundo año, U.Ch.)

A contrapelo de este panorama de escasa participación estudiantil (demasiado acotada al escalón básico de la opinión), resulta llamativo que los militantes de fuerzas políticas de la U.Ch., a diferencia de sus pares caribeños, sostengan un dictamen esperanzador: “La participación ha sido baja, justamente porque la rencilla y el encerrar la discusión entre los grupos políticos han alejado mucho a los chiquillos. Pero mi Facultad, como en muchos campos de las ciencias humanistas, tiene un potencial tremendo” (Filosofía, cuarto año, Izquierda Autónoma); “Hay compañeros que después de un proceso álgido, o de una movilización “X” vuelven a la lucha. Son así, no siempre están activos en la asamblea; pero viene un proceso fuerte y arremeten” (Historia, segundo año, PTR); “Claramente vemos potencial en nuestros compañeros, en la gente, en el pueblo chileno en general” (Ingeniería Comercial, segundo año, Vamos Construyendo).

En la Facultad de Salud santiaguina, un militante del FEL que percibe un gran distanciamiento entre los líderes estudiantiles y sus bases, nos da pie para el último indicio que evaluamos acerca de los grados de participación estudiantil. El alumno de Tecnología Médica, segundo año, piensa que “la Universidad es una expresión política de lo que sucede en la sociedad chilena”, y como tal no escapa a las deficiencias representacionales de la política nacional. Sin embargo, como ya se observó antes, respecto a la vida universitaria, los educandos de la U.H. sienten aún más distante y autoritaria la política que se urde en las altas esferas: “A nivel nacional, no. Ahí sí la arbitrariedad es enorme” (Sociología, cuarto año); “Eso es más lejano todavía, porque que vengan a consultarme los Lineamientos [117] después de hechos, para que cambiara lo que quisiera, me parece un poco absurdo” (Historia del Arte, cuarto año). La reflexión de un estudiante de Química, segundo año, dice mucho de la falta de identificación con la política estatal: “Se puede democráticamente elegir a tus gobernantes, pero siempre la política se modifica a otro nivel. O sea, la forma en que piensa la gente siempre se modifica al más alto nivel”.

Muchas veces parece que la verticalidad te aplasta –estalla un educando de Sociología, cuarto año–. Tiene que haber un diálogo. Esa palabra es la que está de moda ahora, y a veces me pregunto: ¿Cuál es nuestro diálogo? Cuando hablamos de diálogo, ¿a qué nos referimos? ¿Nosotros tenemos un diálogo realmente? ¿Qué es lo que pretendemos con un diálogo? ¿El diálogo que tenemos satisface o cumple con la necesidad de comunicación, de entendimiento entre las dos partes? Porque sí hay una separación. Todo Estado es central, y sobre todo el nuestro. Desde 2011 ha tendido a despegarse un poco, a ser menos centralista y dar paso a otros sectores; pero igual cumple su papel.

Sin dudas, la evaluación de la participación política estudiantil a niveles comunitario, regional y nacional, obtiene las peores notas en la escala valorativa del alumnado de los dos centros de Educación Superior. Al respecto, un educando de primer año de Derecho, de la U.Ch., opina: “No se da una comunicación fluida. Es raro ver al alcalde por ahí o a algún ministro hablando con la gente, eso no pasa”. Las impresiones de un colega de su clase confirman la desconexión:

Mala, mala, no sé… Como ciudadano nunca he visto un parlamentario cerca de mí. Nunca lo he visto cercano a la gente, en una feria o en una población. Los veo muy lejanos, los veo que están en el Congreso, en La Moneda, nunca los he visto en un espacio así como que “conversemos”, generando medidas de participación o comunicación.

En referencia a la relación entre ciudadanía y políticos, un alumno de Biotecnología Molecular, segundo año, caricaturiza: “¡Puro Hollywood!, todos están posando para la foto. Hace poco vi en el mall a [Laurence] Golborne [118] y la gente hacía fila para sacarse fotos con él. Pero cuesta proponerle algo a un ministro, se hacen de rogar”. Inquirido sobre el tema, un militante de la UNE cuenta que sus experiencias en las sesiones abiertas del Senado no han sido satisfactorias: “Quizás puedas hablar con ellos, pero de ahí a que hagan algo…, no puedes incidir. Hay que juntar una masa como el movimiento estudiantil para que pasen cosas a nivel de Estado”. “A oídos sordos, marchas necias”, se podría parafrasear el refrán. Al otro lado de la cancha, en la capital cubana, la opinión sobre el trabajo representativo del parlamento es también muy severa:

La gente no está involucrada en la política realmente. La agenda política del país no la marca el pueblo, la gente normal. Hay un grupo reducido tomando las decisiones. Dicen que la Asamblea Nacional elige al Presidente, pero es mentira. Todo el mundo sabía que iba a salir Raúl Castro; y si él dice que ya no seguirá más en el cargo, todos saben que el próximo será Díaz-Canel, y así sucesivamente. Aunque ellos son los que pueden hacerlo en el sentido de la ley, no me parece que los diputados tengan un poder de decisión. Tampoco lo puedo hacer yo, porque voté supuestamente por el que está ahí [como Diputado], pero ese no me representa realmente. La base del sistema político de Cuba está en esa supuesta representatividad que tienen los miembros de la Asamblea Nacional y tu Delegado, pero no me siento representada por ninguno de ellos, y como yo hay mucha gente. Por eso digo que la mayoría de la gente no tiene realmente una participación en la política del país, en la toma de decisiones. (Periodismo, quinto año)

Definitivamente, tantas voces apuntando al mismo blanco no pueden estar equivocadas. Entre los estudiantes universitarios de estos dos países latinoamericanos y la toma de decisiones políticas (en todas sus variantes [ver capítulo 1]), se precipita un abismo insondable, nebuloso, escalofriante, que los pone de espaldas a las autoridades institucionales, estilo duelo de vaqueros. Si bien, no es menos cierto que en Chile, en contraste con Cuba, varios miles de estudiantes todavía pujan por reducir esa enorme brecha, miran de frente a la escurridiza “bestia política” y no pierden la esperanza de algún día dominar sus temibles cuernos.

4.24 Accionar o reaccionar, esa es la cuestión

Una vez establecido el débil acceso de ambas comunidades estudiantiles a la toma de decisiones concernientes a su entorno universitario y político más general, conoceremos ahora cuáles otras modalidades de participación despliegan estos educandos en sus dinámicas cotidianas. Sobre la primera forma de participar glosada en el epígrafe 7.2 del capítulo 1 ya se ha visto suficiente. No queda mucho más que decir acerca de la potente actividad reflexiva de los alumnos en torno a cuantiosas y disímiles problemáticas; un escalón participativo básico a la hora de promover agendas e intervenir en la construcción de la realidad social.

En cuanto al segundo peldaño de dicha operacionalización inicial –la expresión de criterios, exigencias o iniciativas para la concreción de acciones–, algo hemos podido apreciar también en las secciones anteriores. Sin embargo, esta particular temática no está agotada. Restan algunos aspectos que precisar. En primer lugar, hay que subrayar la importancia que le conceden estos actores universitarios al ejercicio del criterio y el derecho a que su opinión sea tenida en cuenta: “Por lo menos trato de ir a las asambleas cuando se discute por qué hace falta un paro. Fui a casi todas esas el año pasado, donde además se discutían cosas mucho más densas” (Biotecnología Molecular, segundo año, U.Ch.); “En la Universidad donde me toque hablar, alzo mi mano, expreso mi criterio y punto. (…) Y en las asambleas de rendición de cuentas en el barrio igual: una vez que tenga derecho a la palabra, me expreso. Nada más” (Biología, quinto año, U.H.).

Hay participación –sostiene asimismo una estudiante de Sociología, quinto año, de la U.Ch.–. No todos pertenecen a un colectivo, pero dentro de las mismas clases siempre hay algún tipo de opinión. Eso me parece relevante. Cada vez a más personas les interesa ir a los foros, a los sitios donde se debate y eso es bueno finalmente.

Luego, es necesario resaltar que –en contraste notorio con la U.H.– en la U.Ch. existen (y son bastante conocidos por los estudiantes) frecuentes, e incluso periódicos, espacios de debates políticos propiamente, o de otra índole pero con nítidos tintes políticos (como puede ser el caso de la equidad de género, el aborto, el medio ambiente, el código laboral, etc.). Ahora, la presencia de los espacios no significa que los alumnos los copen. “Sí, existen; pero no va tanta gente como a veces uno quisiera”, se lamenta una estudiante de segundo año de Ingeniería Comercial, en muestra de que en carreras ajenas a las Ciencias Sociales las polémicas políticas son menos atractivas. Indagando entre los informantes, resultó que los espacios de debate político están profundamente deslegitimados entre el común de los estudiantes chilenos, por múltiples razones.

“Las conversaciones se vician muchísimo. De mi Facultad, Ciencias Sociales, es de donde salen los mayores conversadores y de repente te empiezan a hablar de teoría y despiertan aversión en la gente que no tiene mucha cultura política”, revela una alumna de Psicología, tercer año. A ella no le importa el “qué dirán” y por eso no teme expresarse con sus propios términos en esos espacios plagados de retórica y palabras rebuscadas. Sin embargo, “hay otras personas que se sienten disminuidas, los están expulsando un poco porque no tienen ciertos conocimientos. Eso es supercontraproducente y poco inclusivo en los ambientes de participación”, remata.

Pero esta no es una característica exclusiva de la Facultad de Ciencias Sociales, idénticas críticas se replican en muchos otros escenarios de la U.Ch. En Derecho, un novicio reprocha: “Siempre hablan las mismas personas y repiten las mismas palabras. Hablan con gran elocuencia y se entiende al tiro todo lo que dicen porque lo tienen muy bien practicado; pero eso también de cierta manera espanta a la gente”. “Al final los extremistas son los que opinan más. Como ellos tienen mayor convicción, pueden lograr convencer y hablar mejor. Pero, aquellos que tienen más dudas y no saben bien, no pueden opinar”, complementa un estudiante de Biotecnología Molecular, segundo año. Un colega de la misma carrera y generación confirma la diagnosis:

Quienes llevan la política aquí, los interesados en participar, son siempre los mismos. En las asambleas se acusa mucho. De repente dices una opinión distinta y empieza el “bu” de parte de la audiencia, los dirigentes no. (…) En el fondo esas charlas no son tan de debate político, son más de formación política y eso ya te impregna cierta tendencia. No va gente con distintas opiniones, sino que suele ir gente con más o menos la misma opinión; te guían hacia un lugar y no estoy a favor de eso. (Biotecnología Molecular, segundo año)

Estos señalamientos de los universitarios chilenos pudimos comprobarlos mediante la técnica de la observación participante en dos encuentros de colectivos estudiantiles: uno en la Facultad de Ciencias Sociales y otro en la de Ciencias Físicas y Matemáticas. En ambas plazas resaltó la escasa asistencia de público y el predominio abrumador de tendencias de Izquierda, llenas de resentimiento y muy peleadas entre sí, más concentradas en las desavenencias que en los puntos comunes. El monólogo discursivo es un tumor que se ramifica hacia casi todos los espacios deliberativos de la U.Ch., incluso si no son directamente políticos:

Siento que traen a los foros mucha gente ligada a la idea que los organizadores quieren dar; pero me gustaría ver un debate con todos los aspectos políticos o sociales referentes al tema. Por ejemplo, si tenemos un debate sobre el aborto, siempre traen gente que está más ligada a favor, o a veces en contra. Me gustaría ver un foro, quizás organizado incluso por la propia Universidad, que fuera imparcial, más abierto, donde se muestren todas las ideas. Independientemente de que yo esté a favor o en contra de la postura, ver finalmente cuál es la opinión de todos, que sea más heterogéneo. (Derecho, primer año)

Es fácil percatarse que los cuestionamientos no están dirigidos a los espacios, sino a los protagonistas que los coordinan y dirigen, casi siempre jóvenes militantes cuya legitimad se resquebraja, a veces, por la falta de coherencia entre acción comunicativa y praxis:

En esas conversaciones dan mucha información; pero también hay mucho discurso político supermaqueteado, superestructurado, pensado con la intención de convencer a los “mechones” y tratar de provocar un paro. Siempre son dudosos esos paros a partir de la nada; no sé, no confío mucho en ellos. No hay mucha articulación entre el discurso y la práctica. Es un discurso muy lindo, que apasiona a cualquiera; pero después los ves en los paros sentados, tomando cerveza o fumándose un pito. Entonces: “¿qué participación hay acá?” “¿Para qué hago este paro?” “¿Para que estos tipos se fumen un pito tranquilos?” (Periodismo, segundo año)

Del comportamiento de este ítem entre los estudiantes de la U.H. hay que decir, en primer lugar, que en la casa de altos estudios habanera escasean los espacios formales dedicados al debate político, lo cual evidencia la falta de voluntad institucional y estudiantil para promover la deliberación pública en torno a la realidad política. A la Universidad –controlada por el PCC– obviamente no le interesa fomentar una reflexión política colectiva que pudiera crearle serios cuestionamientos; y a los estudiantes, tan acostumbrados a la verticalidad y huérfanos de iniciativas, no les interesa generar espacios autónomos de encuentro de perspectivas políticas. No es de extrañar, entonces, que ningún entrevistado conozca espacios de ese tipo y que, sólo ante la pregunta, les echen de menos: “Ha habido muchas conferencias de Economía en la Facultad, han venido muchos dirigentes, pero nunca ha habido un debate político donde pregunten: ʻ¿Qué creen del sistema electoral cubano?ʼ. Nunca me han preguntado eso” (Economía, tercer año).

A lo sumo, una buena parte de los alumnos cubanos se refieren a las aulas, a determinadas clases, como escenario natural e informal de la deliberación que, a veces, se enmarca en temas políticos: “El típico espacio de debate, en mi caso, es el aula. El limitado espacio que tengo dentro de la FEU es mi grupo, mi año. (…) Es que nuestro país tiene demasiados problemas como para no hablar de ellos” (Biología, quinto año); “En este semestre casi todas las asignaturas despiertan inquietud, nos cuestionamos cosas y hacemos de la clase un debate; pero eso ocurre en el salón, luego salimos y nos atrapa la rutina” (Sociología, cuarto año).

Como vemos, las aulas albergan mucho potencial y, en contraste con Chile, no encontramos denuncias de extremismos o polarización del debate que mermen este tipo de participación política. Pero hay demasiado margen a la espontaneidad. Faltan las virtudes de una organización mínima, sistemática y el esfuerzo mancomunado. Sobre lo que puede lograr la voluntad unipersonal en ese sentido, nos relata una alumna de Lengua y Literatura Francesa, quinto año:

Ocasionalmente hacemos debates. Tenemos una profesora que a veces suspende la clase nada más para hablar de cómo nos sentimos, de todas estas cosas que me estás preguntando, de cómo vemos la situación, qué creemos, el papel político…; hablamos mucho con ella. Ella también tiene muchas ideas de lo que deberíamos ser o no ser los jóvenes. En esos espacios la gente se desahoga mucho, mucho. Todos participan.

Vale reiterar que un factor que desalienta la organización formal de espacios deliberativos en la U.H. es la ya mencionada desmotivación imperante en la comunidad estudiantil. Esa sensación de inutilidad, que de nada sirve hablar, si las riendas de los hechos las llevan otros:

En ocasiones priorizas otras cosas personales, te abstienes, porque no ves resultados. Lo ves como una “trova”. Dices algo: “Oye, es importante…” y la gente te apoya, a veces. Pero queda como un tiro al cielo, una bala perdida. Nunca ves el resultado de ese debate, de esa confrontación, los resultados son mínimos. (Química, segundo año)

Es necesario aclarar que unos pocos estudiantes se refirieron de manera positiva, y casi con añoranza, a la experiencia vivida durante las discusiones masivas del Proyecto de Lineamientos de la Política Económica y Social del Partido y la Revolución. Una consulta popular que desató reprimidas las ansias de expresión de la población cubana, y en la que muchos jóvenes sintieron por vez primera la posibilidad latente de influir en los destinos de la nación:

Me molestaron algunas cosas de los Lineamientos, debían haberse hecho hace 50 años. Participé en esa discusión porque me interesaba, había cambios bastante grandes para lo poco que cambian las cosas aquí, y esa era la única forma de ser parte de aquello. Por eso me quedé todo el tiempo en la discusión y hablé. (…) Es el único ejemplo que recuerdo donde se le haya dado a la gente la posibilidad real de hacer política, de influir en la política del país, y me pareció superbueno. (Periodismo, quinto año)

Hay que decir que, además de no conocer la existencia de espacios de deliberación, sobresale en la expresión oral de los cubanos un conjunto de elementos que demuestran los efectos nocivos de la falta de libertad de expresión imperante en la Mayor de las Antillas. Miedo a criticar, titubeos, ambigüedades, sobreentendidos, regodeos, entre otros, son recursos que pululan en las entrevistas realizadas para este estudio en la isla caribeña, como hemos podido apreciar.

Por otra parte, ya ha se ha hecho patente que la asistencia de los estudiantes de ambas universidades a cualquier tipo de actividad (centralizadas, autogestionadas o espontáneas) es baja. Entre las causas generales se destacan, en resumen: la fuerte carga académica, la desmotivación personal, las malas prácticas de dirigentes estudiantiles y autoridades universitarias; todo eso en los dos centros. En el particular caso chileno, se suman el origen clase mediero mayoritario de la matrícula, el individualismo predominante y el desestímulo generado por el saldo negativo que dejaron las movilizaciones de 2006 y 2011. Mientras que, en el escenario cubano, hay que añadir los entuertos burocráticos, la impotencia interiorizada y el predominio asfixiante de convocatorias centralizadas y sobreideologizadas. Los recursos represivos del Estado postotalitario (explícitos y subterráneos), conjugados con un desgaste asociativo acumulado por años, reducen a niveles exiguos el margen a la espontaneidad y la autogestión de los estudiantes, quienes no encuentran manera de superar los vetustos esquemas de movilización vertical, reactiva e, incluso de doble moral (pues algunos asisten a los mítines y desfiles con desgano, sólo “para cumplir”, “quedar bien” o “ganar puntos”). Así lo remarca una alumna de quinto año:

Nosotros vamos a las marchas y participamos en las manifestaciones que se nos pide pero, aunque nos vean en la marcha porque hay que ir, no es un deseo espontáneo. Nunca vas a ver una manifestación espontánea de jóvenes en ningún sector, por ninguna razón, pidiendo cambios o transformaciones. Aquí no hay una juventud revolucionaria. La gente va por compromiso, por quedar bien, tal vez hasta por simpatía; pero no por un compromiso político de verdad en el corazón, no porque haya una consciencia realmente política. Eso se ha perdido hace unos cuantos decenios. Tal vez la raíz de la falta de identidad es que los jóvenes se han visto desplazados. (Lengua y Literatura Francesa)

En este indicador, la observación participante también arrojó contrastes significativos. Por ejemplo, durante la marcha estudiantil que serpenteó por la céntrica Alameda del Libertador Bernardo O´Higgins en la mañana del 10 de junio de 2014, en Santiago de Chile, este investigador pudo constatar el buen nivel de convocatoria que todavía poseen la CONFECH y la Asamblea Coordinadora de Estudiantes Secundarios, a pesar del debilitamiento del movimiento social. Y no sólo eso: los miles de participantes [119] , entre ellos un numeroso bloque de la U.Ch., desplegaron un torrente de emotivas iniciativas que dieron fe de una creatividad harto saludable, reinventada a cada instante. Entre los elementos más llamativos, resaltó la elaboración de un discurso propio, genuinamente estudiantil, patente en las consignas, carteles y panfletos distribuidos en la calle o publicados en la Web. Tristemente, horas después de concluida la marcha, también fui testigo de un brutal e impresionante enfrentamiento entre carabineros y jóvenes encapuchados, en la puerta principal de la Universidad de Santiago de Chile, que terminó con el acceso de los uniformados a la institución. Luego supe que no fue un colofón casual, sino un evento bastante frecuente tras cada movilización.

En Cuba, ciertamente, esos dos sucesos son impensables: tanto una represión policial así de violenta y desproporcionada, como una marcha de esas magnitudes, organizada de manera autónoma por los alumnos. Año tras año, las grandes movilizaciones que vemos por el televisor son convocadas y preparadas por el PCC y/o la UJC, a diferentes niveles, según corresponda. La iniciativa estudiantil está muerta, más bien cercenada. Los pocos que se han atrevido a imaginar y proyectar alternativas a esa rígida polea de transmisión vertical, han recibido sus buenos rapapolvos por parte de los órganos de Seguridad del Estado [120] . La otra gran diferencia con sus homólogos chilenos, es que los alumnos de la U.H. (y en general de todo el país y de todas las enseñanzas) no manifiestan un discurso propio en las actividades. Es imposible distinguir sus consignas de las de otras organizaciones de masas: obreros, campesinos, combatientes jubilados, mujeres, etc. Todas adolecen de mimetismo, ortodoxia y arcaísmo.

Así lo corroboré personalmente en una pequeña marcha estudiantil realizada el 17 de diciembre de 2014 por la populosa calle 23 de la capital cubana, con motivo del anuncio sobre el restablecimiento de las relaciones bilaterales Cuba-EE.UU. y el intercambio de prisioneros. Declarada por sus organizadores de la U.H. como “espontánea” (surgida al calor de los discursos presidenciales y sin autorización previa), la emotiva marcha no superó, a ojos vista, las 200 personas, a pesar del júbilo reinante en toda la sociedad. Y eso que partió de la colina universitaria, donde radican cinco facultades, y en su trazo pasó por las esquinas de otras cuatro facultades de la U.H. En mi cuaderno de anotaciones quedó asentado cómo muchos estudiantes universitarios veían pasar la modesta caravana y no se adherían al desfile de sus colegas (razones pudieran elucubrarse muchas, pero no caben aquí conjeturas). De paso, registré que el contenido de las consignas y carteles no se refresca todavía. Aunque aquellos históricos anuncios gubernamentales le daban un extraordinario vuelco a la realidad cubana, los coros y pancartas de la pequeña comitiva parecían calcados de décadas atrás, estáticos, oxidados, sin una pisca de creatividad o renovación acorde al momento. El lastre cultural pesa demasiado.

4.241 Participación electoral sin urnas de cristal

Una de las formas de participar más legitimada en el mundo occidental, si no la más, es la participación electoral, por antonomasia pieza central de la maquinaria democrática, aunque no excluyente de otros modos de participación, como ha pretendido el Liberalismo político. La asistencia a las urnas es prácticamente el único acto de decisión que la democracia liberal les permite a sus ciudadanos: “Elija usted a sus representantes, expertos en política, y regrese tranquilo a su casa, a lo suyo, hasta las próximas elecciones”. Ya expuse en el capítulo 2 las falencias de semejante doctrina, no hace falta reiterarlas. No obstante, dentro del vasto espectro de repertorios políticos, la centralidad de las votaciones es irrefutable, hasta al momento. Por eso dedicaré este apartado al comportamiento electoral, un tema que nos reserva interesantes notas.

De entrada, un apunte que nos corrobora algo ya reportado en la literatura especializada: en ambas instituciones la mayoría de los alumnos confesó que en las jornadas electorales para funcionarios barriales, regionales o nacionales (incluidas las presidenciales, en el caso de Chile), se abstienen de acudir a votar o van pero anulan, dos formas de actuar muy diferentes que tienen como denominador común la inconformidad con los candidatos y/o el orden político. Pero, en elocuente contraste, cuando se convoca a elecciones para dirigentes estudiantiles, por lo general (no siempre) la mayoría declara sí reportarse a las urnas y hacer sus votos efectivos.

“Los políticos no tienen aceptación, nadie les cree. Ahora que se aprobó el voto voluntario en Chile, la cantidad de gente que sale a votar es superbaja”, expone un alumno de cuarto año de Tecnología Médica. En efecto, en las dos vueltas de las más recientes elecciones presidenciales de 2013, se registró un índice de abstencionismo impresionante: entre el 50 y 59 por ciento del padrón electoral, cifra que habla por sí sola de la indiferencia y rechazo ciudadano a los titiriteros que manejan los hilos del entramado político nacional. Un alumno de Ingeniería Comercial, segundo año, militante de Vamos Construyendo, dilucida su forma de pensar al respecto:

No me preocupé de la elección presidencial. Para mí quien hoy día gobierne no cambia el carácter de la sociedad mercantil, dividida en sí. Quizás Bachelet proponga reformas, pero aunque el capitalismo se vista de seda, capitalismo se queda. Que no me vengan con que: “De mí depende ir a votar y generar los cambios que el país necesita”, porque esos que quieren cambios son personas que van a cambiarlo todo sin cambiar nada. (…) [No votar] es como castigar; pero tampoco me siento con la capacidad de: “Castigo a la gente”, eso no es importante. Ese es el punto: no es transcendente para mí hoy día votar, ni en elecciones de parlamentarios, ni presidenciales, donde no se discute realmente algo.

Además de esta masiva tendencia al abstencionismo, ante el descontento con los contendientes en las presidenciales de 2013, varios estudiantes tomaron otra decisión: anularon su voto, sobre todo en primera vuelta. Una actitud que encierra un mensaje distinto al de aquellos que se quedan en casa; significa: “No es que me dé flojera votar, vengo a comunicarles mi desacuerdo con todos ustedes”. Tal cual lo explica una principiante de la carrera de Agronomía:

Siempre se repite la misma política, la misma gente, las mismas ideas; no hay algo muy innovador. Siempre se sabe los temas de plata que están teniendo, qué es lo que están ganando con la presidencia, uno ya no les cree. Fui solamente a manifestar que no estaba de acuerdo con nada. Siempre me dicen: “¿Entonces para qué fuiste?”, pero la única forma que veo de demostrar el descontento es anulando. Y no me arrepiento de haber hecho una fila de un tiempo prudente para anular.

Muchos de esos que en primera vuelta optaron por el “voto protesta”, en el balotaje cambiaron su comportamiento, en base a una operación de consciencia, responsabilidad social y realismo político, síntoma de una valorable maduración como zoon politikon: “Inicialmente fui a anular; pero ahí me dio pánico que ganara la Derecha y voté por Bachelet”, confiesa una alumna de tercer año de Psicología, quien en primera vuelta había estampado la sigla AD en su boleta, siguiendo al movimiento intelectual que reclama una Asamblea Constituyente. Otro estudiante de Derecho, primer año, también cambió de parecer a la hora de la verdad, por el mismo motivo:

Pero a la segunda vuelta sí fui a votar. Mi papá es exiliado, detenido, torturado y había dos diferencias muy grandes entre Evelyn Matthei y Bachelet. Una es hija de un general muerto por la dictadura y la otra de un torturador. La verdad no consideré ningún partido político, no creo nada en Bachelet; pero no hubiera soportado que Matthei saliera.

Se trata de la vieja premisa del “mal menor”, como bien explica un aprendiz de Interpretación Musical, tercero medio: “Tenía que ver con el mal menor. De hecho, desde la dictadura siempre he escuchado eso. Es lo único que escuché de mi papá en materia política: ʻVotar por el mal menorʼ”. Este estudiante, amante de la libertad, demuestra sin embargo una extraordinaria claridad respecto al engaño de la democracia liberal: “No fui por ejercer mi derecho de voto. Creer que con eso te exoneras cuatro años de hacer política es ridículo. En mi entendimiento de la política, es una cosa que haces a cada rato, aunque quizás no tan consciente todo el rato”.

Otra parte del universo estudiantil de la U.Ch. sí emitió votos válidos en las dos rondas de esas presidenciales, y al justificar su conducta, evidencian igualmente una interiorización profunda de su condición ciudadana: “Votar es el único mecanismo de poder que cada ciudadano tiene” (Ingeniería Eléctrica, quinto año); “Fui, en primer lugar, porque es mi deber cívico votar; y, en segundo, siendo sincero, no quería que siguiera la Derecha un período más de gobierno” (Ingeniería Civil, primer año); “Es un deber cívico, el voto es voluntario pero como ciudadana tengo derechos y deberes; uno de esos es votar y elegir a las personas. También porque si no voto, no tengo cara para reclamar y pedir cambios” (Periodismo, segundo año).

Tal sentido de la responsabilidad y compromiso con la colectividad se refuerza en el contexto universitario, más intenso en cuanto al grado de interacción entre sus actores. Así lo expresa claramente una alumna de Sociología, al argumentar por qué sí vota en las elecciones estudiantiles, a diferencia de las parlamentarias o presidenciales: “Es una realidad más inmediata y representativamente son distintos los sectores que se presentan. Los grupos políticos en la Universidad son más cercanos, más afines a mi postura, a mi visión” (quinto año). Al parecer, dicha sensación de proximidad, de que la política está al alcance la mano, otorga a los estudiantes chilenos confianza en la evolución positiva del estado de cosas: “Quiero creer que se pueden hacer los cambios en este nivel, que se puede refrescar y aumentar la participación de la gente. ¡Creo todavía en ellas! Por eso fui a votar” (Derecho, primer año).

Otra de las razones que los motiva a legitimar con su voto válido las elecciones estudiantiles, es la posición de liderazgo de la U.Ch. dentro del movimiento estudiantil y social en general: “Desde lo que pasó en 2011 siento que la [Universidad de] Chile especialmente tiene peso en las decisiones a nivel de las federaciones de estudiantes de todas las universidades, la CONFECH. Por eso voté, porque siento que tiene peso” (Tecnología Médica, cuarto año); “En las de aquí siempre participo, porque me parece importante, la Universidad de Chile tiene un rol mucho más grande a nivel político que social” (Forestal, quinto año).

Este panorama más halagüeño en cuanto a participación estudiantil en las elecciones universitarias, tampoco significa que todo marcha de maravillas en ese sentido. La observación participante realizada durante las dos jornadas electorales para el Senado Universitario (24 y 25 de junio de 2014) en tres facultades, recogió la imagen de una pobre asistencia a las urnas [121] . Tanto en Ciencias, como en Economía y Negocios, y en Ciencias Sociales, se evidenció un alarmante desinterés por participar en la selección de los representantes de los alumnos a dicho órgano triestamental. En otras facultades, como Odontología y Ciencias Agronómicas, algunos entrevistados reportaron similar impresión en sus testimonios; según ellos, es un fenómeno reiterativo, nada ocasional. En Derecho, un educando de primer año grabó la misma instantánea:

No sé cuanta gente votó, pero siento que fue poca gente. Fui un martes a las 10 de la mañana y mi mesa estaba vacía y vi las cuestiones cuando hay que firmar y ¡pucha!, en la mía había una persona y en tres horas más otra. Entonces, igual, me dio lata.

En Cuba no hay elecciones presidenciales, en las que el pueblo pueda elegir directamente a su primer mandatario. Ese encargo lo cumple la Asamblea Nacional del Poder Popular, cuyos miembros la población puede votar pero no nominar. Una muy partidista Comisión de Candidatura se reserva el derecho de admisión a las listas de candidatos a diputados. Así que a nuestros estudiantes caribeños sólo les quedan las elecciones estudiantiles internas de la Universidad, las de delegados municipales y provinciales a las respectivas Asambleas del Poder Popular, y las de los parlamentarios que representarán a su comunidad de residencia.

En el caso de los estudiantes de la U.H. notamos que, en comparación con los de la U.Ch., el grado de abstencionismo en las elecciones del Poder Popular resulta ligeramente menor, aunque todavía notable. Y no es que tengan una mayor motivación electoral, sino que en la isla el voto es casi obligatorio. Desde hace décadas, el régimen, para jactarse ante el mundo de los altos índices de asistencia a las urnas, echa mano de una práctica coactiva semiformal: envía a los vecinos que conforman el colegio electoral, hogar por hogar, a convidar “amigablemente” a los perezosos:

Es un compromiso con el barrio, todos se conocen, si no vas te dicen: “Oye, tienes que ir a votar”. Voy por no quedar mal con esas personas, que están allí estresadas. (…) En las elecciones de mi barrio ponen un papel con una descripción de 120 líneas por candidato, eso es lo único que sé de esa persona. Voto por quedar bien con la gente del barrio, porque me llevo bien con ellos. Para serte sincero, voto si no tengo nada que hacer, si estoy en mi casa; pero si no, no voy. (Ciencias de la Computación, tercer año)

Los números globales, como de costumbre, esconden los detalles cualitativos: “No votar es imposible porque te buscan a la casa”, cuenta entre tétricas risas un educando de Física, cuarto año, que en las parlamentarias de 2013 decidió anular su voto “porque no conocía a la gente que estaba ahí; es un papel demasiado frío que no me dice nada” (en Cuba las campañas políticas están prohibidas por ley). Sobre sus razones, este físico abunda: “Las rendiciones de cuentas se convertían en ir para que te vieran y hablar del mosquito. Entonces dije: ʻSi así fueron los anteriores, los siguientes serán iguales. Que salgan porque otros los votó, a mí me da igualʼ”.

Al relatar qué hace el día de las elecciones si ningún candidato lo convence, un futuro economista, en tercer año de la carrera, le confirma a este investigador cubano que nada ha cambiado en ese aspecto, desde que vino a estudiar a México en 2013:

Entro al colegio electoral, tomo la boleta y anulo. Si no voy me tocan a la puerta y me dicen: “Mire, para votar”. Sé que lo hacen con la mejor intención porque son mis vecinos, pero si tengo dos piernas y no fui a votar… Tal vez piensan que tengo algún problema personal, quizás hasta me quieren llevar la boleta para que vote… Para evitar comentarios, llevarme bien con todos, ser una persona socialmente aceptada y mantener una clase social, voy hasta el colegio electoral. No me cuesta, es en los bajos de mi casa.

Como es fácil percatarse, el gobierno postotalitario utiliza dos mecanismos para inflar las estadísticas electorales: 1) los lazos afectivos entre vecinos que incitan a votar a los renuentes en base a móviles emocionales; y 2) las más racionales presiones del prestigio social, tan determinante en un contexto donde el Estado poderoso tiene el control casi absoluto de la vida en comunidad. Los jóvenes universitarios cada vez acatan menos estas últimas presiones; pero es común que cedan por respeto a sus padres: “Mi mamá me obliga a votar; si no, no fuera. En realidad no consigues nada votando. Ellos no hacen nada. Escojas a quien escojas, uno no ve cambios ni transformación alguna. Todo sigue igualito”; “Voté; pero no conocía al Delegado por quien iba a votar. Simplemente mi mamá me dijo: ʻCreo que ese es el mejorʼ. Y voté por él, aunque ni lo conozco”, revelan dos novicias de Geografía y Psicología, respectivamente.

Cuando no vas a votar, van a tu casa y te dicen: “Tienes que votar” –refrenda una casi periodista–. Esos son números que salen a la luz pública. Ahora no tanto, pero en algún momento si no votabas te daban fama de antisocial, se creaba un estigma extraño. (…) Esa centralización de la política nos ha vuelto, no apolíticos, pero sí muy apáticos frente a la política. Por lo menos mi hermano y yo, que tenemos más o menos la misma edad, votamos porque mi mamá nos dice: “Dale, ve, no dejes de votar”; pero no nos interesa.

A pesar de las presiones autoritarias, el abstencionismo es una tendencia que paulatinamente ha ido ganando puntos porcentuales en las estadísticas electorales cubanas [122] . Y una de las principales causas es el distanciamiento ciudadano respecto a los últimos eslabones de la cadena decisoria: “¿Cómo voy a votar por alguien que no sé si votará por quien quiero que me represente en instancias superiores? Es una cadena rota, porque no cumplen tus intereses. Por eso no voto. Me siento muy alejada de ese proceso”, confiesa una alumna de Sociología, cuarto año. “Sé que en muchos países votar suena como algo importante, pero a mí no me da ni frío ni calor; si voto o no, no creo que incida en nada”, complementa un filólogo, de quinto año.

De todos modos, al igual que en Chile, siempre hay un sector que sí emite boletas válidas, por “disciplina”, “resignación” o “esperanza”. “Voto porque no tienes otra manera de influir, siempre confiar en alguien para que confíe en otro y en otro que confíe en el último…; y en ese camino de confianza de alguna forma se logre algo positivo o negativo” (Química, segundo año). La inconformidad con el sistema electoral cubano y los representantes políticos en todos los niveles del Poder Popular es gigantesca: “La Asamblea está llena de personas; pero ¿cuántos representan mi voto?, me lo cuestiono. ¿Querrán lo mismo que yo? Los propios Delegados de Circunscripción, ¿cuántos problemas están teniendo? ¿Cuán inefectivos son? ¿Por qué? Por eso mismo: por esa pseudorrepresentatividad que hay” (Historia del Arte, cuarto año).

Aunque las elecciones internas de la Universidad son objeto también de muchas críticas por parte del estudiantado de la institución habanera, como en Chile, la participación en las votaciones a este nivel es, por mucho, más positiva que en las convocatorias del Poder Popular. “Siempre voto. Pero ahí sí conozco a la gente, a veces no salen los que voto, pero normalmente sí. Acá en la Universidad voto más segura y más convencida”, declara una alumna de Lengua y Literatura Inglesa, quinto año. Su apreciación engloba el sentir general en la U.H.

Sí, aquí sí me gusta participar porque son mis compañeros. Los conozco, la gran mayoría son buenos muchachos, van a desempeñar bien su trabajo y sobre todo cumplen también con sus cuestiones académicas. (…) Entre nosotros hay más interacción, compromiso y cierta retroalimentación. Da gusto hacerlo, porque al final es de nuestro provecho y beneficio. Somos todos estudiantes, en igualdad de condiciones, y tratamos que nuestra estancia aquí estos cinco años sea la mejor. (Sociología, quinto año)

La inmediatez de la realidad universitaria motiva a los estudiantes a hacerse cargo de ella. Las distancias se reducen, el nivel de información acerca de los candidatos y el posible control sobre ellos estimula la participación en las votaciones de la FEU. No obstante, al interior de la institución se replican muchos de las nocivos hábitos autoritarios que abundan en las elecciones para delegados y diputados: “[Voto] porque a la entrada de la Facultad te esperan tres personas con un buzón, una boleta y un lápiz para que votes. Y porque con mucha antelación publican las biografías de los candidatos por dondequiera”, expone una estudiante de Lengua y Literatura Francesa, quinto año, que se mofa de tales mañas antidemocráticas. “Además, los conoces, la Facultad es pequeña, me intereso en votar porque veo que se hacen cosas”, matiza luego.

Casi siempre reparten las boletas en el aula, en medio de una clase –narra, a su vez, una alumna de Periodismo, quinto año–. La boleta viene con cinco o seis candidatos y puedes votar por todos. Me ha pasado que voto por una o dos personas (…) y, cuando le entrego la boleta al Presidente de la FEU del aula, me dice: “Dale, vota por los otros para que completes la boleta, aprovecha tus seis votos y vota bien”. Eso me ha pasado muchas veces. No te la anulan, pero por algún motivo ellos prefieren que votes por seis.

Asombrado ante tamaña anécdota, le espeto a la joven: “¡Supuestamente el Presidente de la FEU de tu aula no debería ver tu boleta!”. “Sí, pero la ve, la ve”, ratifica con una pasmosa naturalidad que delata la calidad de dichos procesos eleccionarios en la U.H. A punto de graduarse de Letras, un educando que durante un curso fue Vicepresidente de la FEU de su Facultad, confirma la poca seriedad con que los discípulos se toman las votaciones universitarias: “Muy pocas veces conocía a los candidatos y si los conocía tampoco me importaba. Yo votaba de abajo para arriba para ir en contra de la gente que estaba votando de arriba para abajo” (Letras, quinto año). Al respecto, otro estudiante en segundo año de Química no deja de sorprenderme:

En las elecciones universitarias tienes un mes a los candidatos en la pancarta, y el día del voto miras el papel y no sabes quién es este, ni aquel. Son personajes aleatorios, pueden ponerte un nombre en árabe que al final marcas aleatoriamente: fulano, mengano y ya está; así se hace generalmente. Es una cosa extremadamente formal. Al final se decide por una “X”, no es algo que se piense, que se decida. No lees, porque realmente no ves a esa persona influenciando en nada de lo que pasa diariamente en la Universidad.

4.242 Los vacíos que pudiera llenar la tecnología

Antes de adentrarnos en las consideraciones finales del capítulo, quisiera abordar un tema de especial significación dentro de los repertorios participativos: la evaluación sistemática de los líderes en todos los niveles; un mecanismo de supervisión y control que mide la calidad de la democracia, pero por lo general ausente de las concepciones modernas llevadas a vías de hecho.

Definitivamente nuestros sujetos de estudio no son la excepción de la regla dentro del panorama mundial. Los estudiantes universitarios no conocen vías o procedimientos formales de evaluar el trabajo de un dirigente para ningún caso: autoridades universitarias, comunitarias o nacionales, ni para líderes estudiantiles. El vacío de contrapoderes es tan colosal como en el resto de la sociedad. Ante semejante pregunta, las caras de sorpresa de los alumnos de la U.H. devienen casi poemas faciales: “Si ni siquiera resuelven los problemas, ¿qué vamos a evaluar? El hombre no sirve; pero, ¿a quién se lo digo? Si no fuiste capaz de solucionarme un problema, por ende tienes que saber que tu trabajo es malo” (Bioquímica, segundo año); “Del Rector he escuchado 10 mil quejas, pero creo que no hay mecanismos para eso.” (Letras, quinto año).

No existen espacios donde uno pueda plantear un problema, del tipo que sea –asevera una estudiante de Periodismo, quinto año–. No digo que no te vayan a recibir, pero no existe un espacio instituido para cuando tienes un problema, una duda, ir a hablar con el Decano una vez al mes o una vez cada tres meses. Me parece que eso es algo que debería existir a esos niveles al igual que la rendición de cuentas del Delegado en el barrio.

En las dos universidades apenas atinan a echar mano nuevamente de la participación electoral, como método de castigo; el cual, empero, no constituye un mecanismo de control y evaluación: “El único que conozco es el de evaluación de los profesores. A los dirigentes estudiantiles podrías evaluarlos en las urnas, a la elección siguiente” (Biotecnología Molecular, segundo año); “Uno como ciudadano normal, no tiene mucho que hacer. Ellos van a estar ahí siempre. La elección es no volver a votar por el mismo partido; esa es la evaluación, pero no hay algo así cotidiano” (Enfermería, tercer año), sostienen dos educandos de la U.Ch. “Una forma de evaluarlo es con el voto. Es decir, si hizo un buen trabajo, entonces, se reelige. Si no lo hizo, pues es obvio que no” (Biología, quinto año); “No sé si existirá eso, creo no. Hay que esperar a la próxima votación. Hoy esa persona sigue ahí en el cargo eternamente; así sea un incapaz o el más capaz del mundo” (Química, segundo año), convergen por su lado otro par en La Habana. Sobre tal carencia específicamente en la FECH, un militante de Izquierda Autónoma manifiesta:

No hay mecanismos. Todavía la organización de la FECH es muy vertical, le falta muchísimo y la capacidad es muy incipiente aún. La Federación viene reinventándose hace poco; en los años de 1990 existía, pero estaba muy mal. Recién en los 2000 viene a existir un poco más. Hoy día existen solamente las votaciones y una cuenta pública, que encima es a elección de la presidencia. Nosotros lo decimos siempre, pero no sé si este nuevo bloque de conducción [123] lo hará: entregar un documento público de qué es lo que se hizo…, una rendición de cuentas de las platas, de los proyectos de cada miembro de la mesa. Es algo que nosotros impulsamos en la Federación; pero que por sí mismo es poco poderoso, no empodera mucho a los estudiantes. (Filosofía, cuarto año)

Un estudiante de Interpretación Musical, tercero medio puntualiza que la institucionalización de herramientas para evaluar a las autoridades universitarias es uno de los grandes reclamos surgidos al calor de las movilizaciones de 2011, hasta el día de hoy. “No existe el mecanismo para evaluar a un Jefe de Carrera u otra autoridad por su desempeño en el cargo, más allá de su labor docente”, asevera. Tampoco en el caso de los dirigentes estudiantiles, “Pero sería entretenido. Creo que saldrían cosas bien curiosas”, bromea en serio. Como ciudadano, igual desconoce procedimientos para evaluar a autoridades políticas (dígase, alcaldes, concejales, intendentes, ministros, diputados, senadores): “No conozco nada de eso. Creo que no existen. Sería muy revolucionario que existieran”. En Ingeniería Eléctrica, un alumno de quinto año, apoya la iniciativa con exaltación: “No conozco ninguno, aunque sería “filete” [124] que existieran”.

En Cuba, ciertamente, existe un mecanismo con un potencial enorme, poco común en las “superiores” democracias liberales occidentales; pero que ha sido la víctima por antonomasia del burocratismo, la rutina, la ineficiencia y, por tanto, la deslegitimación popular. Según su diseño, las rendiciones de cuentas de los delegados a la Asambleas Municipales del Poder Popular deberían constituir verdaderos contrapoderes democráticos populares, al más genuino estilo rosanvalloniano. Sin embargo, la estructura pervive, pero lamentablemente vacía de contenido, es decir, de ciudadanos dispuestos a darle vida: “Mi mamá dice que son ʻrendiciones de cuentosʼ. Ella va, la gente la pasa bien porque es el vecindario, es como un tiempo de esparcimiento; pero no me parece que sea en serio un lugar propicio para plantear inquietudes, quejas” (Lengua y Literatura Francesa, quinto año). Para un alumno de Sociología, cuarto año, el problema es conceptual y en Cuba se agrava por la repulsa a la opinión pública:

Al representante debiera interesarle cómo lo ve su representado. Eso debiera medirse. No puedo llegar y decir: “¿Cuál es la vía para evaluarte?, tengo una inquietud contigo”. Aunque si esa persona hace mal su trabajo se busca el mecanismo, pero normalmente no. En otras realidades se evalúa la opinión pública, si bien los medios ofrecen a veces una imagen incoherente con la verdadera opinión pública. Pero aquí la opinión pública está subestimada. Nuestra opinión pública son los comentarios en la guagua, las calles, el pasillo. (…) Debe haber un mecanismo que canalice esa opinión, un medio, un espacio televisivo fuerte, una encuestadora que periódicamente lance cómo están los índices; y los ciudadanos podamos medir nuestra opinión pública, qué tendencia asume, autoevaluarnos. Cuando desconozco me limito a especular, pero uno no puede escapar a la necesidad de expresar la inconformidad o inquietud.

Muy poco referido por la comunidad estudiantil a pesar de contar con más de una década de creado, un par de alumnas chilenas aludieron a un mecanismo de comunicación electrónica que, si bien no sirve para evaluar a los senadores, al menos les permite a los ciudadanos inscritos en el sistema votar sobre iniciativas de ley puestas en debate: “Yo contacto a una cuestión que se llama Senador Virtual [125] y uno vota por proyectos, a favor o en contra. Hasta ahora es lo único que sé en ese sentido” (Psicología, tercer año). Una socióloga, a punto de graduarse, afirma haber utilizado también semejante intento tecnológico de legislación interactiva para “evaluar ciertas cosas, algunos presupuestos, pero nada más allá. Uno como ciudadano puede ir al Parlamento y ver de qué están conversando, uno se puede acercar a las comisiones. Hay mecanismos, pero en general son intrincados, no son tan accesibles”. A pesar de lo positiva de esta plataforma electrónica de consulta ciudadana, su pretendida funcionalidad mengua por la ausencia de un carácter vinculante, así como de mecanismos de seguimiento y validación de las votaciones.

Siguiendo con este tema, no quiero finalizar sin acotar que, en general –como ya adelanté en el epígrafe 4.21 en voz de esta misma socióloga al filo de la titulación–, casi todos los entrevistados de la U.Ch. mencionan en sus respuestas, de uno u otro modo, su interacción cotidiana con las redes sociales y las nuevas tecnologías de la información y la comunicación (TIC). De acuerdo con una alumna de Periodismo, segundo año, la relevancia de estos recursos para sus congéneres es digna de estudiar:

Se hace mucha difusión a través de Twitter y redes sociales que, además de a los tradicionales, desplazaron a los medios digitales. Desde ahí se levantan campañas de todo tipo. Son importantes para difundir. No sé si tienen un peso importante como para que se tomen medidas en torno a eso, pero es la base para partir en este minuto que todo es tecnología y todos tienen Facebook, Twitter, Whatsapp, etc. (…) Cada vez que llaman a una marcha, las primeras convocatorias salen en las redes sociales.

No es una noticia nueva para las Ciencias Sociales el auge de las TIC; pero, de todas maneras, resulta útil constatar que la incidencia de estos recursos se mantiene en un vertiginoso proceso de expansión [126] . No obstante, un militante de Vamos Construyendo precisa que, si bien estos novedosos medios de comunicación masiva llegaron para quedarse y son sumamente útiles a la hora de movilizar, por su inmediatez y horizontalidad; la fiebre tecnológica tampoco puede obnubilar mentalidades y crear falsas expectativas:

En lo particular soy poco aficionado a las redes sociales. No tenía Facebook hasta que entré a la Universidad. Pero sí es importante. Para generar esa permeabilidad en los compañeros es necesario difundir tu trabajo, difundir tu forma de pensar, en Facebook y Twitter, en un blog que tenemos. De lo contrario, nos quedamos en lo que te dije: un grupo reducido que hace su política, que tiene sus resúmenes y los leen entre ellos, no lo bajan a los compañeros. Ya si esos mecanismos son efectivos o no, eso es otra discusión. Quizás la gente le pone “Me gusta” [en Facebook] pero no los lee. Ese ya es un problema de las redes sociales en particular. Creemos que es importante y trabajamos en esa plataforma. Si tengo dos mil “Me gusta” no significa que mañana van a llegarme dos mil personas pidiendo participar en Vamos Construyendo. No es una traducción instantánea, pero tampoco nos preocupa eso. (Ingeniería Comercial, segundo año)

En este aspecto reside, precisamente, una diferencia substancial con los educandos cubanos; pues en la isla caribeña el acceso a Internet y aparatos de última generación es menos que precario. Lejos están los antillanos de opinar, debatir, convocar, votar o evaluar a través de la red de redes u otros mecanismos virtuales. Condiciones tecnológicas atrasadas e insuficientes, unidas a férreas y caprichosas restricciones estatales, se lo impiden.

No sé quién es el encargado de administrar el Internet aquí, pero recuerdo que en la primera semana del curso Internet, Facebook, redes sociales, estaban free; luego a partir de la segunda o tercera semana restringen el acceso a Facebook y a otros espacios de Internet. Después vino una semana de apoyo a los Cinco Héroes y abrieron ilimitadamente Twitter y Facebook para que mandáramos nuestros comentarios y apoyáramos. Luego volvieron a restringir. Entonces no consigo entender esas decisiones arbitrarias, esa irregularidad en los sucesos, porque afectan mis intereses. Somos sujetos conscientes, inteligentes, críticos y no pueden subestimarnos. (Sociología, cuarto año)

En Cuba el número de usuarios de Internet y de tecnologías digitales es bajísimo. No existe el servicio de conexión para los hogares y las contadas salas públicas de navegación ofrecen estas prestaciones a precios fuera del alcance del común de los mortales. Sólo algunas instituciones escolares, científicas, de salud, militares y centros de trabajo ofrecen a sus empleados, usuarios o estudiantes acceso gratuito a la Web. Así que, en ese magro contexto, los universitarios constituyen un sector privilegiado de la población, aunque muy golpeados por los déficits de infraestructura (velocidad de transmisión de datos y laboratorios de computación, por ejemplo) y por los desmanes de las autoridades: bloqueo arbitrario de cientos de sitios web y portales “contrarrevolucionarios” o “reaccionarios”, y limitadísima cuota de navegación mensual (40Mb) que, como explica el alumno de Sociología, no responde a problemas de capacidad instalada.

4.3 Consideraciones finales

Así las cosas, hemos alcanzado el fin de este extenuante peregrinar investigativo, pletórico de descubrimientos, reafirmaciones, sorpresas, certezas, sospechas confirmadas, rebatimientos y un sinfín de accidentes sociológicos. Martillar el punto final siempre es una tarea de armas tomar, peliaguda, contradictoria: largamente deseada y a la vez temida. Pero antes de correr el telón, hagamos un indispensable y conciso repaso del caudal aquí vertido.

Como primera característica de la cultura política de los estudiantes de ambas universidades, hay que mencionar los habitus de doble signo: por un lado, la internalización profunda de un rechazo intenso a varias de las estructuras vigentes en sus sociedades, que desemboca en un torrente de ansias de renovación más o menos contenidas. Por otra parte, percibimos muestras fehacientes de una comprensible aceptación, en Chile y Cuba, de buena parte de las estructuras (a veces las mismas repudiadas) que rigen los respectivos modelos neoliberales y estadocéntricos; demostración ineludible de que pensamiento crítico no equivale ipso facto a emancipación. La muestra global es que ni unos ni otros quieren reemplazar sus sistemas capitalista o socialista, sólo reformarlos. En los dos centros educativos, el alumnado expresa una perceptible consonancia prerreflexiva con las prácticas políticas puestas en marcha en la historia reciente como respuesta a las lógicas imperantes en sus sendos campos políticos: praxis contestaria, en Chile; y aceptación aquiescente y pasiva, en el caso cubano.

Tanto en la U.Ch. como en la U.H. los educandos sostienen un mayoritario reclamo por un involucramiento significativo en la toma de decisiones políticas, al interior de la Universidad y extramuros. En contraste con las prácticas verticales, autoritarias y despóticas que inundan el mundo moderno, nuestros universitarios abogan por un modelo de gestión horizontal de la administración pública e institucional, el desarrollo de esquemas colaborativos, instancias triestamentales, trabajo en equipo, redes, mecanismos conciliatorios, etc. Los contrapoderes que Rosanvallon (2007) ha denominado democracia negativa, de rechazo, de imputación o contrademocracia, ocupan un espacio capital dentro del imaginario universitario. Los alumnos añoran tener el control sobre la representación política. Ambas escuelas incuban profesionales con una penetrante visión política y admirable apego a los principios democráticos.

Los habitus políticos de estos estudiantes se corresponden con una cartera amplia de valores universales (materialistas y postmaterialistas, a la vez), que repercuten en su forma de procesar la realidad política. Confirmamos el viejo adagio que dicta: “Los jóvenes se parecen más a su tiempo que a sus progenitores”. Y en la distinción mucho determinan los valores políticos, que en la actualidad suelen ser más flexibles en el mediano plazo, menos propensos a intransigencias ideológicas que convidan a sacrificarlo todo en nombre de ideales remotos. Hoy los jóvenes son irremediablemente más terrenales. La formación recibida en la escuela (docente y socioafectiva) cataliza la toma de distancia respecto a la experiencia familiar.

Asimismo, las citadas estructuras encarnadas como habitus negativos encuentran correspondencia con homogéneas representaciones fustigantes respecto al ambiente político en estos dos países latinoamericanos y su reciente decurso, y en cuanto a los delegados estudiantiles y las organizaciones políticas universitarias. Atrincherados en su experiencia y conocimientos, los educandos disciernen rotundamente la realidad fáctica de los cantos de sirena que pretenden imponerles; condicionan su entusiasmo a la concreción de hechos convincentes. Blandiendo un macizo escudo racional, desafían los constantes intentos de manipulación gubernamental.

Cansados como están de la verborrea, no es de extrañar, entonces, que el alumnado demuestre una actitud muy negativa hacia los políticos en ambos países, con grados de intensidad que oscilan entre la aversión y la intolerancia con pespuntes de habitus. No obstante, resulta muy significativo que los educandos chilenos distingan, con claridad meridiana, las fronteras entre la política como ámbito intemporal, “despersonificado”, y los encargados momentáneos de ocupar cargos políticos. Una vital disección que se echa de menos en sus pares cubanos, igual de críticos hacia la política que hacia los políticos. Al parecer, este rechazo total se debe a la permanente sobreexposición política y la impotencia internalizada, la sensación de que nada puede moverle un pelo al “ogro filantrópico”.

A pesar de todo, sobresale en el universo cultural político de ambas comunidades estudiantiles una actitud optimista hacia los desafíos que la vida les pone por delante, la cual se combina intrínsecamente con expectativas políticas de naturaleza positiva. Al valorar el escenario político en un futuro mediato y aventurar posibles desenlaces, la abrumadora mayoría de los muchachos manifiesta –con más intensidad los de años menores– un categórico optimismo. Sí: moderado, sobrio, a ratos condicionado y hasta razonable; pero optimismo al fin. Y esa es una nota interesante que, de conjunto con otros factores subjetivos y contextuales, coadyuva a conformar aspiraciones, deseos, códigos de comportamientos, predisposiciones, voluntades.

Ahora bien, este complejo cosmos político existe en estrecha relación con un importante entramado subjetivo que trasciende ampliamente las limitadas lindes de la cultura política, pues mezcla ideas configuradas a partir de experiencias de participación en otros ámbitos de naturaleza no política. La cultura de la participación orienta el involucramiento práctico en todas las dinámicas cotidianas del mundo social. Respecto a sus homólogos de la U.H., observamos que los estudiantes de la U.Ch. portan una cultura participativa más rica y creativa en cuanto a los repertorios. Sin dudas que el cúmulo de movilizaciones gestadas de forma consciente y autónoma durante la última década, les ha reportado un valioso arsenal de experiencias, conocimientos y habilidades.

El alumnado cubano, en cambio, muestra un catálogo participativo pobre, viejo, poco creativo y auténtico, desprovisto de autonomía. Su concepción de la participación es muy reactiva, consultiva y clientelar, con aspiraciones alejadas del momento cumbre de los procesos participativos: la toma de decisiones. No obstante, ambos grupos evidencian altos índices de responsabilidad social, capacidad de juicio, voluntad de participar y dominio de los mecanismos de participación. Lo cual, a contrapelo de criterios adultocéntricos o paternalistas, los capacita para sostener una participación política efectiva dentro y fuera de la universidad.

Sin embargo, el involucramiento en cursos de acción política se resiente por la desmotivación reinante en amplios segmentos estudiantiles de las dos universidades que, en el mejor de los casos, revelan una estricta selectividad y recelo a la hora de decidir dónde depositar las energías. Por senderos diferentes los educandos chilenos y cubanos han arribado a la misma encrucijada anímica: la inercia, la desidia, el inmovilismo. Pareciera que estos jóvenes se hubieran cansado de chocar contra un muro institucional que coarta sus pretensiones de cambio. El material empírico recabado en ambos países sugiere un desplazamiento (mucho más acentuado en el caso cubano) hacia una dimensión subjetiva mejor posicionada ahora como percutor de la participación: la percepción de rentabilidad. La condición indispensable para sumarse a una trama participativa es el asomo nítido y casi palpable (nada de siluetas), de resultados, beneficios, frutos o utilidades.

Sobre la visión que tienen los alumnos de sus niveles de participación política en la vida universitaria, comunitaria y nacional, hay que destacar que los educandos chilenos, en contraste con sus pares caribeños, sienten que sí participan en las decisiones tomadas en espacios universitarios netamente estudiantiles y tienen una buena opinión de los compañeros que los representan a esos niveles. Todo lo contrario de los educandos de la U.H, que “rajan leña” del desempeño de sus delegados y no se sienten reflejados en las decisiones de la FEU. En las dos naciones latinoamericanas, los estudiantes son muy críticos de la participación política propia y de sus compañeros de estudio.

En materia de decisiones, todos apuntan a un rebajamiento total a los dos niveles mínimos de la participación: movilizativo y de consumo y consulta, discusión y/o conciliación. Ambos grupos de estudio tienen similar sensación de que transitan por la Educación Superior excluidos de las determinaciones que los afectan. Asimismo, la participación política estudiantil a niveles comunitario, regional y nacional, obtiene las peores calificaciones en la escala valorativa del alumnado de los dos centros. Inobjetablemente, entre los estudiantes universitarios de estos países y la toma de decisiones políticas se interpone un abismo colosal.

A nuestros jóvenes universitarios sólo les quedan otras formas de participar, igual de importantes pero más alejadas de la cúspide participativa: reflexionar, hablar, debatir, criticar, proponer, marchar o asistir a diferentes eventos (en el caso cubano, casi siempre de origen vertical), votar y quizás evaluar. Pero la participación de los alumnos de ambas universidades a cualquier tipo de actividad, según ellos mismos, es muy baja. La fuerte carga académica, la desmotivación personal, el desgaste, la impotencia, las malas prácticas de dirigentes estudiantiles y autoridades universitarias, devienen algunas de las causas más esgrimidas.

Para la asistencia a las urnas no encontramos mejores indicadores. En ambas instituciones la mayoría de los alumnos confesó que en las jornadas electorales para funcionarios barriales, regionales o nacionales se abstienen de votar o anulan su voto; dos comportamientos electorales que se corresponden con la ya reseñada inconformidad con los candidatos y el orden político. No obstante, en elocuente contraste, resalta que en las elecciones para líderes estudiantiles la participación crece considerablemente, aunque no hasta índices espectaculares. Las razones apuntan a una mayor identificación con el panorama político universitario, más pequeño y próximo culturalmente, más intenso en cuanto a interacciones y socialización, mejor conocido, potencialmente al alcance del control y la supervisión estudiantil.

Si bien, es necesario remarcar que, tanto a nivel de universidad, como de comunidad y nación, se expande a sus anchas –y de forma exponencial, según aumentan las dimensiones espaciales consideradas– un vacío descomunal de mecanismos de supervisión y control de los representantes políticos. En la práctica, no acaban de cuajar las capacidades que nos ofrece el desarrollo tecnológico en este último aspecto, y en otras dimensiones de la participación política tal cual aquí se ha analizado. Falta voluntad gubernamental en ese sentido.

Y ahora sí, estimados lectores, prescindiendo de molestos preámbulos, estamos listos para darle aviso al telonero. Que se haga la luz con todo su séquito de sombras y claroscuros. Lo mejor de esta investigación está a punto de germinar: Ustedes tienen la palabra.

4.4 Notas del capítulo




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Footnotes

Comprendido el poder “más como una red productiva que atraviesa todo el cuerpo social que como una instancia negativa que tiene como función reprimir” (Foucault, 1979: 182).

El mundo social que estudiamos constituye naturalmente una experiencia significativa para sus propios creadores y reproductores: los seres humanos, quienes ya de por sí interpretan la realidad con sus conceptos cotidianos. Empero, la ciencia social es en sí misma una “forma de vida” pletórica de conceptos técnicos. Es en ese sentido que algunos autores prefieren hablar de doble hermenéutica, a la hora de interpretar las conductas y pensamientos del hombre. “La doble hermenéutica de las ciencias sociales implica lo que [Peter] Winch llama una ʻligazónʼ lógica entre el lenguaje ordinario de los actores y la terminología lógica inventada por los científicos sociales”, refiere Anthony Giddens (1982: 16); quien apelando a Hans-Georg Gadamer (1977) insiste en la complementariedad dialógica de semejante “ligazón”: “El hecho de que los ʻdescubrimientosʼ de las ciencias sociales puedan ser tomados por aquellos a cuya conducta se refieren, no es un fenómeno que puede o podría ser marginado sino que es constitutivo de su naturaleza” (1982: 17).

“ Las relaciones objetivas de poder tienden a reproducirse en las relaciones de poder simbólico” (Bourdieu, 2000: 138).

En franca contraposición a la categoría aristotélica del zoon politikón, Hannah Arendt (1997) ubica el origen de la política en las relaciones entre los hombres y, por tanto, fuera del ser individual.

Bourdieu le llama “dialectic of the internalization of externality and the externalization of internality” (1977: 72).

La definición más acabada de habitus legada por Bourdieu se en­cuentra en su libro El sentido práctico: “sistemas de disposiciones duraderas y transferibles, estructuras estructuradas predispuestas a funcionar como estructuras estructurantes, es decir, como principios generadores y organizadores de prácticas y de representaciones que pueden ser objetivamente adaptadas a su meta sin suponer el propósito consciente de ciertos fines ni el dominio expreso de las operaciones necesarias para alcanzarlos, objetivamente ‘reguladasʼ y ‘regularesʼ sin ser para nada el producto de la obediencia a determinadas reglas, y, por todo ello, colectivamente orquestadas sin ser el producto de la acción organizadora de un director de orquesta” (Bourdieu, 2007: 86).

Elaboración propia en base a los conceptos de cultura política de Pye y Verba (1965), Almond y Verba (1992); Peschard (2012) y Krotz (1997).

Elaboración propia en base a los conceptos de Dilla, 1996; Chaguaceda, 2005; y Linares et al, 1996.

Esta dimensión encuentra correspondencia teórica con la subcategoría orientación evaluativa, uno de los tres componentes de la Cultura Políticaidentificados por Almond y Verba (1992).

Por su parte, esta dimensión encuentra correspondencia teórica con la subcategoría orientación cognitiva, de Almond y Verba (1992).

Concepto armado con la fusión y adaptación de los aportes de Jodelet, 1984; Ibáñez, 1988; Abric, 2001; Araya, 2002; y Piñero, 2008. Ciertamente la Teoría de las Representaciones Sociales [habría que añadir a Moscovici (1981)] y la perspectiva bourdieusiana acerca del Habitus, presentan amplias zonas de contacto, sobre todo epistemológico. No obstante, aunque algunos autores como Gilberto Giménez (2005) y Willem Doise (1991) han homologado ambos paradigmas, para este investigador no son exactamente coincidentes ni se solapan por completo, cada uno posee numerosas especificidades distintivas y filones de análisis diferentes, como se explica en el capítulo 2.

Adaptación propia del concepto de Bourdieu al ámbito específico del campo político. Para valorar otros esfuerzos similares ver: García, 2011 y Joignant, 2012.

Bourdieu dice que la lógica práctica (agentes razonables) es bien diferente de la lógica formal (agentes racionales), no contrae necesariamente una intención o finalidad consciente, ni tampoco la búsqueda ex profeso de rentabilidad económica. A la reducción al cálculo consciente opone la relación de “complicidad ontológica” entre el habitus y el campo. “Entre los agentes y el mundo social se da una relación de complicidad infraconsciente, infralingüística: los agentes inscriben constantemente en su práctica tesis que no se plantean como tales” (1997: 144).

Se relaciona con el tercer componente definido por Almond y Verba (1992): la orientación afectiva.

“Nuestra mente no sigue sólo una vía causal, lineal, unidireccional, sino, también, y, a veces, sobre todo, un enfoque modular, estructural, dialéctico, gestáltico, interdisciplinario y estereognósico, donde todo afecta e interactúa con todo, donde cada elemento no sólo se define por que es o representa en sí mismo, sino, y especialmente, por su red de relaciones con todos los demás” (Martínez, 2008: 136, cursivas en el original).

Denzin & Lincoln identifican ocho momentos históricos que, si bien se superponen en el presente, “apuntan a cambios discernibles en el estilo, el género, la epistemología, la ética, la política y la estética de la investigación” (2011: 46). Esos períodos son: el tradicional (1900-1950); el modernista, o edad dorada (1950-1970); el desdibujamiento de los géneros (1970-1986); la crisis de representación (1986-1990); el posmodernismo, un período de nuevas etnografías experimentales (1990-1995); la investigación posexperimental (1995-2000); el presente de las luchas metodológicas (2000-2004); y el futuro fracturado, que enfatiza en el discurso moral (2005-actualidad). Para más detalles véanse las distintas ediciones de su ya célebre Manual de Investigación Cualitativa.

En otra parte de su manual, estos autores insisten en las virtudes humanísticas y el compromiso con la justicia social de este enfoque subjetivo e interpretativo: “La investigación cualitativa supone un proyecto científico, pero también conlleva un proyecto moral, un proyecto alegórico, un proyecto terapéutico” (Denzin & Lincoln, 2011: 36).

La literatura positivista tradicional considera tres tipos de validez (de constructos, interna y externa) para verificar la veracidad de las mediciones, así como dos tipos de confiabilidad (interna y externa) en el afán de replicar el mismo estudio en otro contexto o tiempo con resultados similares (Martínez, 2008).

A la clasificación de Lincoln y Guba, Martínez (2008) añade otros dos tipos de triangulaciones: la de teorías y la interdisciplinaria.

De antemano, conocíamos que en la Universidad de Chile prevalecen, por abrumadora mayoría, los estudiantes de clase media; y así lo corroboramos en el trabajo de campo. Entretanto, en Cuba predomina una clase de trabajadores estatales bastante homogénea, con bajos salarios, pero elevado acceso a prestaciones de Educación, Salud y Seguridad Social de calidad. Si bien durante las últimas dos décadas, en la Isla comienzan a detectarse muestras evidentes de diferenciaciones sociales, ya no tan aisladas.

La cita completa reza: “As a Goldilocks theory the Civic Culture theory was saying that to run well a democratic polity had to avoid becoming overheated on the one hand or apathetic or indifferent on the other that it had to combine obedience and respect for authority with initiative and participation, and not too much of the one or of the other; that not all groups, interests and issues would ignite simultaneously, but that different groups, issues, and sectors of the electorate would become mobilized at different times, thus regulating the pressure on the political system. Putnam's Goldilocks metaphor is really an equilibrium theory, comparable to the economic theory of the market, a situation in which sellers and buyers reach a price at which the market is "cleared". We were specifying in civic culture theory a set of conditions under which political markets would clear when the price of responsive public policy was ‘just rightʼ” (Almond, 1996: 4).

Mientras la participación es un hecho sociológico, la representación política está en el rango de la ficción jurídica. (Moya, 1982).

La democracia fuerte “convierte el disenso en una oportunidad para el mutualismo y el interés privado en un instrumento epistemológico del pensamiento público” (Barber, 1998: 291).

“La educación de los niños tiene consecuencias directamente relacionadas con la ciudadanía, y cuando el Estado garantiza su educación piensa en los requisitos y la naturaleza de la ciudadanía. En realidad, trata de fomentar el crecimiento de los ciudadanos en potencia. El derecho a la educación es un genuino derecho social de la ciudadanía, porque el objetivo de aquella es formar en la infancia a los adultos del futuro; por tanto, debe considerarse no como el derecho del niño a frecuentar la escuela, sino como el derecho del ciudadano adulto a recibir educación” (Marshall, 1998: 34).

Luego, el Estado de bienestar ha sido muy criticado, tanto desde la Derecha como desde la Izquierda, por promover la pasividad entre las personas y reducirlas a simples clientes o “pichones” de las instituciones burocráticas paternales. Los primeros arguyen que los pobres, lejos de mejorar sus oportunidades, se vuelven dependientes y fuentes de humillación a ojos propios y de la sociedad. Por su parte, la Izquierda denuncia el propósito “desciudadanizante” de tales políticas, dedicadas a reducir los derechos de participación. Entre estos últimos, Habermas reconoce: “Es cierto que tanto la libertad individual como la seguridad social pueden considerarse la base jurídica de la independencia social necesaria para el ejercicio efectivo de los derechos políticos en primer lugar. Sin embargo, este vínculo es contingente. Los derechos de la libertad individual y la seguridad social pueden facilitar igual de bien un retraimiento privatista de la ciudadanía y una particular ʻclientelizaciónʼ del rol de ciudadano” (1994: 31).

Es necesario destacar que Marshall insistió en considerar las desigualdades de clase más allá de los aspectos económicos. Prefería trabajar con la noción de estatus, por sus implicaciones psicológicas: “La igualdad de estatus es más importante que la igualdad de renta” (1998: 59).

“Los derechos sociales en su forma moderna suponen una invasión del contrato por el estatus, la subordinación del precio del mercado a la justicia social, la sustitución de la libre negociación por la declaración de derechos” (Marshall, 1998: 69).

En esta crítica coincide William Galston, quien asegura que los liberales debieran decidirse por una actitud “perfeccionista” y reconocer abiertamente su defensa de una teoría específica del bien, que él denomina “humanismo racionalista”. Dicha concepción particular, como es lógico, está profundamente acoplada a los fines y principios de la tradición política liberal. Sin reconocerlo, los liberales “encubiertamente se apoyan en la misma teoría triádica del bien, que supone el valor de la existencia humana, el valor de la intencionalidad y los propósitos humanos, y el valor de la racionalidad como principal restricción sobre los principios y las acciones sociales” (1991: 92).

Sobre la intrínseca interrelación entre los conceptos de cultura e identidad han disertado diversos intelectuales, entre ellos el líder británico de los Estudios Culturales, Stuart Hall (1996, 1992) y el destacado académico mexicano Gilberto Giménez (2010, 2005). Ambos acentúan el fundamental rol “guardafronteras” de la identidad a la hora de marcar los lindes entre “Nosotros” y “Los otros”. En semejante afán de diferenciar, la identidad esgrime en su defensa todo el catálogo de rasgos culturales que nos distinguen como individuos socializados. “La identidad no es más que el lado subjetivo (o, mejor, intersubjetivo) de la cultura, la cultura interiorizada en forma específica, distintiva y contrastiva por los actores sociales en relación con otros actores”, recalca a menudo en sus textos Giménez (2005: 36).

“Con ʻlo políticoʼ me refiero a la dimensión de antagonismo inherente a las relaciones humanas, antagonismo que puede adoptar muchas formas y surgir en distintos tipos de relaciones sociales. ʻLa políticaʼ, por otra parte, designa el conjunto de prácticas, discursos e instituciones que tratan de establecer un cierto orden y organizar la coexistencia humana en condiciones que son siempre potencialmente conflictivas porque se ven afectadas por la dimensión de ʻlo políticoʼ” (Mouffe, 2012: 114).

Crítica directa a la Teoría de la acción comunicativa de Habermas (1992).

Chantal Mouffe asume el concepto de respublica de Michael Oakeshott, quien la entiende como una superficie discursiva, una preocupación común o pública, a cuya autoridad se someten todas las personas como “práctica de civilidad”. Son “condiciones morales que especifican condiciones a satisfacer en la elección de comportamientos” (Oakeshott citado por Mouffe, 1999: 98).

Aunque suele acusarse a los liberales por haberse concentrado en la dimensión jurídica, algunos como Amy Gutmann, Stephen Macedo y el propio William Galston han hecho notables aportes a la teoría de las virtudes cívicas en las sociedades democráticas (Kymlicka & Norman, 1997).

Existen otros enfoques postmodernistas que no abordaremos, como la ciudadanía neorrepublicana, ciudadanía postnacional, transnacional, multilateral y ciudadanía ampliada, entre otros apelativos.

A esta perspectiva también han tributado las contribuciones feministas de Carole Pateman, a lo largo y ancho de su vasta obra. Véase, por ejemplo, Participation and Democratic Theory (1991).

“En lugar de formular siempre derechos y reglas en términos universales, ciegos a la diferencia, algunos grupos gozan a veces de derechos especiales” (Young, 1996: 120).

En su libro Responsabilidad por la justicia, Iris Marion Young (2011) defiende un “modelo de conexión social”, que pretende eliminar la injusticia social mediante la transformación de los comportamientos individuales que reproducen procesos estructurales (instituciones y prácticas) con consecuencias injustas.

Sobre este tipo de derechos, Kymlicka y Norman reconocen un contratiempo similar al que le espeta Heater a Young respecto a la reivindicación insaciable: “No parece haber un punto final natural a los reclamos de autogobierno. La concesión de una autonomía limitada puede simplemente realimentar las ambiciones de los dirigentes nacionalistas, que no se declararán satisfechos hasta obtener su propio Estado-nación. Por esta razón, los Estados democráticos multinacionales parecen ser inherentemente inestables” (1996: 34).

El liberalismo multicultural ha merecido sólidos reproches, como los de Slavoj Žižek: “¿Por qué hay tantas cuestiones hoy en día que se perciben como problemas de intolerancia más que como problemas de desigualdad, explotación o injusticia? ¿Por qué creemos que la tolerancia es el remedio en lugar de serlo la emancipación, la lucha política o el combate armado? La respuesta se halla en la operación ideológica básica del liberalismo multiculturalista: la ʻculturización de la políticaʼ. Las diferencias políticas, derivadas de la desigualdad política o la explotación económica, son naturalizadas y neutralizadas bajo la forma de diferencias ʻculturalesʼ, esto es, en los diferentes ʻmodos de vidaʼ, que son algo dado y no puede ser superado. Sólo pueden ser ʻtoleradoʼ. Esto exige una respuesta en los términos que plantea Walter Benjamin: de la culturización de la política a la politización de la cultura. La causa de esta culturización es la retirada, el fracaso de las soluciones claramente políticas como la del Estado del bienestar o los diversos proyectos socialistas. La tolerancia es su principio básico pospolítico” (2009: 169-170).

El “Proyecto Sofía” podía consultarse hasta el 5/10/2015, entre otros, en los siguientes enlaces:

https://www.change.org/p/enrique-pe%C3%B1a-nieto-proyectosof%C3%ADa-que-se-vaya-enrique-pe%C3%B1a-nieto
https://www.facebook.com/KarinaGidiActriz/photos/a.1434926316777786.1073741830.1434853290118422/1512726575664426/?type=1

Aunque en la práctica persistan prácticas políticas informales nada democráticas.

Arbós & Giner (1996) destacan cuatro haces de valores a desarrollar en la contemporaneidad: la dignidad, la solidaridad social, la austeridad ecológica y demográfica, y la abolición de la guerra.

Referencia a Rawls, J. (1995). Liberalismo político. México: Fondo de Cultura Económica.

“Existe una democracia política que se manifiesta en la importancia y supremacía de las mayorías libres sobre la autoridad de los menos; en el comportamiento de representantes y representados; en la manera que hacen uso de la estructura democrática; así como en la actividad que despliegan los dirigentes en el cumplimiento de sus responsabilidades, en el régimen de partidos y en la sociedad plural. La voluntad popular libre es su fundamentación y las elecciones, punto de partida de un gobierno del pueblo y para el pueblo” (Moya, 1982: 126).

En su modelo de análisis teórico, Antonio Camou (2001, 2012) remarca la conveniencia de distinguir, entre el amplio espectro de grados de gobernabilidad, los conceptos límites de los intermedios. Así “gobernabilidad ideal” e “ingobernabilidad” conformarían los extremos y serían los más inusuales en la práctica; mientras que “gobernabilidad normal”, “déficit de gobernabilidad” y “crisis de gobernabilidad” estarían en el medio y resultan más útiles, en tanto se refieren a situaciones-tipo habituales. (Esta clasificación carece de simetría, pues no tiene un grado intermedio o punto de equilibrio; posee tres grados negativos y dos positivos, lo cual no se justifica ni en la teoría ni en la realidad social.)

Otro importante concepto de gobernabilidad al que se le puede achacar el mismo sesgo, es el de Arbós & Giner: “La gobernabilidad es la cualidad propia de una comunidad política según la cual sus instituciones de gobierno actúan eficazmente dentro de su espacio de un modo considerado legítimo por la ciudadanía, permitiendo así el libre ejercicio de la voluntad política del poder ejecutivo mediante la obediencia cívica del pueblo” (1996: 13).

Bourdieu le llama “dialectic of the internalization of externality and the externalization of internality” (1977: 72).

Incorporamos aportes de los conceptos de Pye y Verba (1965), Almond y Verba (1992); Peschard (2012) y Krotz (1997). Sobre la dimensión enigmática e incierta de la cultura escribió Michel de Certeau, influenciado por el psicoanálisis: “Esta noche oceánica me fascina y me interroga. Es la humanidad vivida por el hombre, pero desconocida por él. El sueño donde habla sin saberlo” ( Certeau, 1999: 194 ).

“Lo que hace que el poder agarre, que se le acepte, es simplemente que no pesa solamente como una fuerza que dice no, sino que de hecho la atraviesa, produce cosas, induce placer, forma saber, produce discursos” (Foucault, 1979: 182)

Incorporamos aportesde Dilla, 1996; Chaguaceda, 2005; y Linares & Correa, 1996.

Por cierto, la representación de la “sociedad civil oficial” cubana incluía a varios diputados al parlamento (actores políticos del máximo nivel), a la segunda secretaria de la Unión de Jóvenes Comunistas y hasta un exministro, actual asesor del presidente. ¿Había que reforzar a los comisionados civiles? ¿No es suficiente la ya intensa politización de las organizaciones civiles oficialistas y opositoras? Las unas, altamente subordinadas a los intereses partidistas y estatales; las otras, tan politizadas en su función antigobierno, que devienen más “una sociedad política opositora, que una sociedad civil que articula intereses sociales específicos” (Bert Hoffmann [1999] en Alonso, 2002: 40)

Quienes conocemos Cuba a fondo sabemos que estos actos de repudio no tienen nada de espontáneos o voluntarios.

La autora de la frase es la biógrafa británica de Voltaire, Evelyn Beatrice Hall, conocida por su seudónimo “S.G. Tallentyre”. Así quedó demostrado en el libro They Never Said It: A Book of Fake Quotes, Misquotes, and Misleading Attributions (Oxford University Press, 1989).

“En dos artículos constitucionales se establece que el derecho de asociación se verifica dentro del Estado: el 7 y el 53. El primero señala que el Estado ʻreconoce, protege y estimula a las organizaciones sociales y de masasʼ, (...). Pero al final del artículo se agrega que estas organizaciones ʻcumplen directamente funciones estatalesʼ. Por su parte, el artículo 53, luego de reconocer el ʻderecho de reunión, manifestación y asociaciónʼ, especifica que ʻlas organizaciones sociales y de masas disponen de todas las facilidadesʼ para el ejercicio de ese derecho. Con lo cual el derecho de asociación, que es un derecho civil, se convierte en un derecho estatal” (Rojas, 1997: 253).

A finales de 2012, la delegada municipal Sirley Ávila León, una campesina de la empobrecida zona oriental del país, ante la desatención de los distintos órganos gubernamentales, acudió a la prensa independiente para denunciar el cierre de escuelas rurales en su circunscripción. Tras lo cual sufrió el acoso de inspectores agrarios, y su electorado fue disperso a partir de una operación de gerrymandering, que rediseñó ad hoc su circuito local.

En las elecciones para delegados a las asambleas municipales celebradas en abril de 2015, por primera vez en la historia posrevolucionaria contendieron dos candidatos opositores en La Habana, propuestos por sus vecinos. En los dos casos, las Comisiones de Candidatura manipularon arbitrariamente las autobiografías y las llenaron de dicterios como, “contrarrevolucionarios”, “relacionados con la Sección de Intereses de Estados Unidos en La Habana”, etc.; práctica, por cierto, prohibida por ley. Aunque estos contendientes no resultaron electos, fue muy sintomático que ambos ganaran alrededor de 200 votos (189 y 233) de un millar de votos posibles en cada caso; y que, inclusive, uno de ellos quedara en segundo lugar en su demarcación. Para observadores internacionales estos datos pueden sonar ridículos; pero en Cuba una golondrina así puede avizorar un verano más democrático, si la gente vence sus miedos.

La citada “independencia del poder judicial” también es relativa y puramente nominal. En Cuba, la función judicial está a cargo del Tribunal Supremo Popular; el cual, al no calificar como un “Órgano Superior del Poder Popular” (Capítulo X de la Constitución de la República [1976], artículos del 69 al 101), no tiene la exclusividad y unidad de la jurisdicción. “Los tribunales constituyen un sistema de órganos estatales, estructurado con independencia funcional de cualquier otro y subordinado jerárquicamente a la Asamblea Nacional del Poder Popular y al Consejo de Estado” (artículo 121 de la Constitución). De tal forma, “el Consejo de Estado puede suspender las decisiones del Consejo de Ministros y de las asambleas y órganos locales del Poder Popular, cuando no se ajusten a la Constitución o las Leyes. También imparte instrucciones a los tribunales y a la fiscalías, lo que convierte al poder judicial totalmente dependiente de un órgano político” (Diversent, 2014: 1). Asimismo, comprobamos que la Constitución, en su inciso ch) dispone que es atribución del Consejo de Estado “dar a las leyes vigentes, en caso necesario, una interpretación general y obligatoria” (artículo 90). “Resulta inadecuado entonces que, un abogado, en su alegato de defensa, argumente violación de un derecho reconocido en la constitución, porque ningún tribunal de justicia en Cuba, puede decidir en materia de constitucionalidad de las leyes, ni puede con su acción jurisdiccional ordinaria, condicionar y orientar las acciones de gobierno y la legislativa. En otras palabras, el poder judicial está prácticamente anulado y con él, el Estado de Derecho” (Diversent, 2014: 1).

“En el caso de la dirección intergrupal, esta tendencia a una conducción partidaria directiva, basada en una nomenclatura de cuadros, se ha visto reforzada por la violación de sus propios mecanismos de selección y elección mediante prácticas de cooptación y designaciones” (Valdés, 2009: 88).

“El monolitismo partidario como la idea de partido único, como canales del movimiento político de la clase, implican la idea del monolitismo de la clase. Y tal idea es extraña a la historia y a la teoría materialista de la historia” (Quijano, 2014: 586).

Para una crítica de las violaciones, o cumplimientos a medias, patentes en el caso cubano, resultan de particular interés los artículos del 18 al 21.

“Podemos afirmar que la totalización cívico-política del socialismo cubano se refleja, por lo menos, en tres tendencias constitucionales: 1) el Estado es el sujeto primordial de derecho; 2) los derechos civiles y políticos están considerablemente desplazados por los derechos sociales, 3) el principio de la democracia corporativa predomina sobre los principios de representación y participación. Estas gravitaciones del texto constitucional al cristalizar en el ejercicio político producen una disolución de la esfera nacional, civil, en el Estado. La ciudadanía, como sujeto del derecho moderno, desaparece de la constitución. Es el Estado, y no la Nación, el que se reconstituye políticamente, por medio de un amplio registro de garantías y beneficios sociales” (Rojas, 1997: 255).

Siguiendo las propias palabras del autor, “singular” me resulta un gran eufemismo para disfrazar un “diseño de la participación social” en la práctica muy vertical, meramente movilizativo, rutinario, reactivo y desgastado.

“Es interesante que mientras que a Castro y Jomeini se les permitió exiliarse después de su primer desafío a Batista y al sha (tras los incidentes del cuartel Moncada en 1953 y del levantamiento de 1963, respectivamente), ellos trataron más duramente a los partidarios de Batista y del sha cuando llegaron al poder en 1959 y 1979, también respectivamente” (Linz, 2009: 575).

Pareciera que Lenier González invirtiera la célebre frase de Karl Marx: “Los hombres moldean su propia historia, pero no lo hacen libremente, influidos por condiciones que ellos han elegido, sino bajo las circunstancias con que se tropiezan inexorablemente, que están ahí, transmitidas por el pasado” (2004: 155, cursiva añadida). En ella, al contrario de las críticas que han tergiversado su pensamiento, el genio alemán reconoce la enorme trascendencia del contexto; pero asume que, atravesados por esas condicionantes, los actores son dueños de sus actos, y con sus decisiones construyen (“moldean”) la realidad.

Conquistas cada vez más depauperadas, aunque todavía muy superiores a los estándares de América Latina y el resto del Tercer Mundo.

Y eso lo sé pues, durante mis años de pregrado universitario, era habitual que los profesores suspendieran las clases y nos llevaran a realizar “espontáneos” actos de repudio frente a las ocasionales y escuálidas manifestaciones públicas “mercenarias”. Nefasto procedimiento que persiste todavía. En aquel entonces muchos reconocíamos la truculenta práctica de infiltrar policías (principalmente mujeres) vestidos de civil, quienes, a veces, empujaban y golpeaban a los manifestantes pacíficos.

La preocupación central de la política es el mundo de las “cosas” creadas por los hombres mediante el mutuo entendimiento; mundo que los condiciona y media entre ellos: los reúne y a la vez los separa (Arendt, 1997).

“No existen derechos burgueses, sino una comprensión burguesa de los derechos. Entenderlo de este modo permite impugnar el uso doctrinario particular y no los derechos en sí mismos, nacidos de un largo proceso de luchas sociales que los arrancó, en efecto, a las clases dominantes” (Fernández & Guanche, 2010: 6).

“Evaluada desde la perspectiva del desarrollo, y no solamente desde el ángulo de la macroeconomía, la actualización es igualmente decepcionante. No por el hecho de no poder ʻentregarʼ desarrollo –una meta que ciertamente exige plazos mayores– sino por el escaso efecto que la actualización está teniendo en la creación de condiciones cruciales para impulsar el desarrollo, específicamente en lo relativo a lo que se requeriría hacer para colocar, de manera estable, una parte creciente de la fuerza laboral del país en trayectorias tecnológicas y organizativas ascendentes (transformación orientada hacia una estructura de mayor ʻvalor agregadoʼ), a la vez que se garantizase que esa fuerza laboral estuviese en capacidad de ʻcapturarʼ los beneficios sociales del proceso, incluyendo mayores salarios y mejores condiciones laborales, en la línea del concepto de ʻtrabajo decenteʼ promovido por la Organización Internacional del Trabajo” (Monreal, 2015: 8).

En Cuba existe una corriente de pensamiento de Izquierda que lleva décadas abogando por un movimiento descentralizador y “desestatizador”, por el desarrollo de una economía cooperativa y autogestionaria, y el empoderamiento local, sindical y cívico. Este movimiento intelectual ha sido burdamente ninguneado y, en ocasiones, criminalizado.

“El progreso de la democracia tiene lugar, en mi opinión, no sólo mediante la expansión de los derechos fundamentales y de su garantía sino también a través de la extensión del Estado de derecho al mayor número de ámbitos de vida y esferas de poder, con el fin de que también allí sean tutelados y satisfechos los derechos fundamentales de las personas. Son los poderes desregulados que se desarrollan en su interior los principales obstáculos de orden económico y social que limitan de hecho la libertad y la igualdad de los ciudadanos” (Ferrajoli, 2000: 115-116).

A mi juicio, todas las formas de “contrapoder” explicadas por Rosanvallón pueden y deben acodalar la “bóveda” de la democracia, sin prefijos ni adjetivos pretensiosos.

En Multimedia de la Historia de la U.H., creada por el Grupo de Informatización de la Universidad.

Decretado el 7 febrero de 1959 por el Gobierno Revolucionario sin previa consulta popular, y sin ser refrendado por poder legislativo alguno, este documento constitucional concentraba en el Consejo de Ministros y el presidente 14 facultades legislativas “no delegables”. Aunque desde la antípoda ideológica, esta subordinación del poder legislativo al ejecutivo daba continuidad, en la práctica, al estado de emergencia o de excepción establecido en los Estatutos Constitucionales del Viernes de Dolores, promulgados en abril de 1952 por el general Fulgencio Batista. Bajo este amparo legal, se promulgaron significativas medidas populares, como las reformas agrarias y urbanas, la alfabetización, la confiscación de bienes malversados durante la dictadura; pero también se restringieron importantes derechos civiles y políticos (Rojas, 2011).

La Ley 277 del 23 de abril de 1959 orienta en su artículo 2: “la depuración cívica, docente y administrativa de profesores, estudiantes, funcionarios y empleados de la Universidad de La Habana”. El propio artículo, más adelante, “faculta a la Comisión Mixta antes mencionada para fijar las causales de la depuración cívica, docente y administrativa, para señalar las sanciones imponibles y para establecer el procedimiento para llevarlas a cabo” (González, 1992: 238).

Informe publicado el 6 de abril de 1960 en el periódico Revolución, La Habana (pág.6). Antecedente de la reforma universitaria, en dicho texto ya se discute el alcance de la autonomía universitaria en el nuevo sistema político (Cabrera & Ibarra, 2010).

Como componente esencial de la gesta revolucionaria cubana, la FEU ha reconocido desde 1959 “la unidad en la salvaguarda de la Patria Socialista como el más grande y supremo deber de todos los cubanos” (Estatutos, 2007: 4). Por tal motivo, asume como “misión primera la defensa y la construcción de la Revolución Socialista” (Ibídem)

Según lo dispuesto en el Artículo 7 de la Constitución de la República (1976): “El Estado Socialista cubano reconoce y estimula a las organizaciones de masas y sociales, surgidas en el proceso histórico de las luchas de nuestro pueblo, que agrupan en su seno a distintos sectores de la población, representan sus intereses específicos y los incorporan a las tareas de la edificación, consolidación y defensa de la sociedad socialista”.

En la actualidad, la U.H. está compuesta por 18 facultades, donde se estudian 32 carreras, divididas en tres grandes ramas: Ciencias Naturales y Exactas, Ciencias Sociales y Humanísticas, y Ciencias Económicas y Contables. En las aulas de estas facultades alrededor de mil profesores imparten clases a más de 9 mil 200 alumnos del curso regular diurno de pregrado.

“Los negocios no conocen el respeto ni moral alguna y la competencia neoliberal destruye el respeto y la decencia humana. La sociedad neoliberal se constituye a partir del egoísmo, la indiferencia, el engaño y la lucha individual desolada” (Rojas, 2012: 43).

[81] Apenas un 11% de los asalariados se encuentran sindicalizados (Mayol, 2012).

“Una lista que obtiene 33.3% de los votos obtiene la misma representación parlamentaria que una que alcanza 66.6% de votación” (Salinas, 2014: 26).

Según constata la misma fuente, su vecino Argentina, por ejemplo, invierte un 1.2% de su PIB en instituciones de Educación Superior; mientras que los gastos del sector privado sólo representan el 0.4% del PIB.

“La desigualdad es un estado que denigra a la persona, arrojándola en la impotencia y en la imposibilidad de salir adelante, de ser más, de ser alguien, de ser sí mismo” (Rojas, 2012: 116).

La Universidad de Chile cuenta hoy con la misma cantidad de facultades o institutos que la U.H. (18); pero otorga 69 títulos de carreras y licenciaturas terminales en pregrado, más del doble que la universidad habanera. Asimismo, con casi 30 mil estudiantes de pregrado, triplica y más la matrícula de su homóloga cubana. (Dato curioso y relevante: 20 de los 32 presidentes de la República egresaron de la U.Ch).

En 2012, finalmente el parlamento aprobó la inscripción automática en los registros electores y el voto voluntario; tras lo cual quedó mejor evidenciada la crisis de legitimidad del sistema político.

“La municipalización de la educación se inscribe en la estrategia de ʻmodernizaciónʼ de la dictadura, paralela a la privatización de la salud y del sistema de seguridad social. Apuntaba a reducir el Estado y sus gastos, entregando a los municipios, en su mayoría pobres, la educación básica de los niños carenciados. (...), la educación municipalizada tiene por objetivo ʻproducirʼ futuros trabajadores para entrar –en la mayoría de los casos, como trabajador precario– en los eslabones más frágiles de la cadena productiva exportadora, y no para agregar valor al producto ni para participar con su inteligencia en el desarrollo de la sociedad” (Rojas, 2012, 77-78).

El protagonismo de los jóvenes en las protestas quedó evidenciado en una investigación, realizada de conjunto entre la encuestadora Feedback y la Escuela de Periodismo de la Universidad Diego Portales: “La participación juvenil no sólo es superior cuando se compara con los grupos de treinta años o más, también es considerablemente mayor que los resultados obtenidos para ese mismo segmento en la versión 2010 de este estudio. En sólo 12 meses, la asistencia a marchas subió de 14% a 32%; el uso de redes sociales para opinar sobre temas de interés nacional de 36% a 44%; y la difusión de materias de interés público a través de correo electrónico de 22% a 27%. Además, los niveles de expresión pública de los jóvenes son muy superiores al resto de la población. Sólo dos datos: mientras la asistencia a manifestaciones en la vía pública llega a 32% en este grupo, en la población general la cifra cae hasta 10%. Asimismo, el 44% de los jóvenes ha opinado en redes sociales sobre temas de interés público, más del doble que en el resto de la población” (Scherman, Arriagada, Barrera & Pardo, 2011: 1).

Espero que me perdonen los lectores la analogía anatómica; pero me pareció muy útil para ilustrar las funciones de los diferentes capítulos de este informe. Aclaro que, a diferencia de intentos similares, tal comparación no tiene la más mínima pretensión de equiparar a las Ciencias Sociales con una ciencia “dura” como la Medicina. Deviene apenas un recurso explicativo.

Me refiero a mi tesis de Licenciatura: “Participación estudiantil en la Universidad de La Habana. Una oscura pradera me convida”, Facultad de Comunicación, 2008.

De acuerdo con cifras oficiales, el Estado emplea a más de 4 millones de cubanos que representan más del 70 por ciento del total de ocupados en la economía. Este año las personas inscritas oficialmente en el sector privado llegaron por primera vez a medio millón. En la actualidad los profesionales cubanos reclaman un espacio legal dentro de este último segmento, hasta ahora abierto a sólo tres especialidades: maestros, contadores e informáticos.

Para un interesante análisis comparativo entre las tasas de migración externa históricas de Cuba y Chile, ver:

http://foresightcuba.com/tasa-de-migracion-externa-chile-y-cuba

Este dato acentúa los problemas demográficos de Cuba, pues afecta la tasa de reemplazo de la fuerza de trabajo, en un contexto de envejecimiento poblacional: aumento de la esperanza de vida y descenso de la tasa de fecundidad.

Según la Oficina del Censo de los EE.UU., en 2013 el total de cubanoestadounidenses (incluye a los descendientes directos de cubanos) superaba ligeramente los dos millones.

Los datos oficiales no permiten corroborar esa información debido al secretismo gubernamental y al cambio de metodología de la Dirección de Inmigración y Extranjería de Cuba, que amplió de 11 meses a dos años el tiempo de estancia en el extranjero para que un cubano sea considerado emigrante. Dicho cambio ha permitido a muchos conservar su residencia permanente en Cuba, con tan sólo pasarse unos días de vacaciones en la isla cada 24 meses.

Ecuador es el único país latinoamericano que tiene un convenio de exención de visas de Turismo con Cuba, lo cual lo ha catapultado como destino o trampolín de la emigración cubana.

“Lo primordial es lograr la unidad entre los estudiantes. Están los universitarios por un lado; y ni siquiera los secundarios están unidos entre sí. Hay dos organizaciones que viven en constantes conflictos, la ACES (Asamblea Coordinadora de Estudiantes Secundarios) y la CONES (Coordinadora Nacional Estudiantes Secundarios). Si ellos no se ponen de acuerdo para realizar un petitorio, nunca lograremos un resultado” (Ingeniería Civil, primer año).

“Los repertorios lejos ser un atributo individual o colectivo homologable a capitales fijos que los sujetos despliegan corresponde entenderlos como flujos variables y de carácter relacional que se ponen en juego siempre entre actores en conflicto” (Aguilera, 2012: 96).

Coincidentemente un estudiante de Sociología, cuarto año, de la U.H. expresó similar convicción: “Un suceso trascendental podría hacer que nos uniéramos y participáramos más, pero eso no ha pasado”.

La mayoría de los alumnos comparte esta misma opinión de que los cubanos pagan indirectamente tales servicios gratuitos. Un filólogo en quinto año de la carrera, por ejemplo, asegura: “Pero no sé cuánto dinero entra al país ni cuánto se invirtió en policlínicos, porque sé que se invierte mucho dinero en Salud para que sea, no gratuita, sino para que yo pueda ir sin pagarla directamente; la pago con que mi salario sea bajo”.

La más conocida, por mediática, de los opositores cubanos; defensora de los derechos humanos y periodista multilaureada internacionalmente.

Los Comités de Defensa de la Revolución (CDR) son organizaciones vecinales masivas, fundadas en 1960 con el objetivo de combatir actos de desestabilización interna y externa, mediante tareas de vigilancia colectiva. Como todos los arribantes a la edad de 14 años son inscritos de forma automática, esta organización de masas (la mayor de la isla) supera los siete millones de miembros. Durante el período postrevolucionario ha desempeñado importantes tareas de salud, higiene, apoyo a la economía y coordinación barrial. En la actualidad, aunque el gobierno no lo reconoce, es prácticamente disfuncional y su prestigio en todo el país es casi nulo entre los pobladores.

Guatones: gordos panzones.

[104] Modismo chileno que indica cierto tráfico de influencias para resolver cosas a conveniencia, incluso violando lo establecido. Según la Real Academia de la Lengua Española: [En Chile] “Trabajo ocasional, económicamente conveniente, que se simultánea con uno estable y que carece de contrato oficial.”

Confederación de Estudiantes de Chile y Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile.

“Pescar” es un chilenismo que significa prestar atención, tomar en cuenta.

Alimento emblemático del país.

Chilenismo: poco satisfactorio. Se refiere a declaraciones hechas en 2010 por Ximena Ossandón, en aquel entonces Vicepresidenta de la Junta Nacional de Jardines Infantiles. Ver:

http://www.elmostrador.cl/noticias/pais/2010/12/29/twittercidio-ximena-ossandon-renuncia-a-la-junji/

Vicepresidente y canciller cubanos que protagonizaron un escándalo de corrupción en 2009.

Una investigación realizada en Santiago de Chile corrobora, en el plano económico, los resultados de nuestro estudio político: “Al igual que la medición del año pasado, lo que más sorprende en los datos arrojados por la encuesta es el optimismo que muestran los jóvenes a la hora de evaluar sus posibilidades de progreso social. El 79 por ciento de ellos cree que tendrá una mejor situación económica que sus padres y, al mismo tiempo, el 87 por ciento piensa que sus hijos llegarán a tener una mejor situación que ellos mismos. Los datos de la encuesta muestran que el optimismo es mayor en los sectores más altos: mientras un 66,2 por ciento del estrato ABC1 (clase alta) opina de esta manera, en el (clase baja) este porcentaje alcanza 54,9.” (Scherman, Arriagada, Barrera & Pardo, 2011: 1).

Chilenismo polisémico que puede connotar diversos significados, todos peyorativos.

Estatutos de la FEU, artículo 1: “Es miembro de la FEU todo estudiante universitario que curse estudios superiores en Cuba, en la modalidad de curso diurno; sin distinción de sexo, color de la piel, creencia religiosa, nacionalidad o procedencia social y que voluntariamente desee pertenecer a ella”.

Estatutso de la FECH, artículo 4: “Son miembros de la Federación todos los alumnos de pregrado y postgrado matriculados en la Universidad de Chile”.

Los mayores recuerdan haber participado incluso “El Pingüinazo” de 2006.

Se refiere al sonado caso de cinco agentes cubanos encarcelados en EE.UU., en 1998, por cargos de espionaje y conspiración al servicio de un gobierno extranjero. A favor de su liberación, el Estado y el pueblo cubanos sostuvieron una larga campaña internacional hasta diciembre de 2014, cuando fueron amnistiados por el presidente Obama. El gobierno cubano considera a los agentes “héroes” por infiltrarse en “grupos terroristas de Miami” y anticipar posibles actos violentos en contra de la Mayor de las Antillas.

La estudiante se refiere a la conocida “Marcha de los paraguas” del 18 de agosto de 2011.

Los Lineamientos de la Política Económica y Social del Partido y la Revolución fue un documento que, como su nombre lo indica, regirá el sistema económico y social cubano durante las próximas décadas. Fue sometido a una masiva consulta popular, entes de su aprobación en el VI Congreso del Partido Comunista de Cuba, en 2011.

Ministro de Energía y Minería del gobierno de Sebastián Piñera.

Los convocantes cifraron la asistencia en 40 mil personas. Carabineros aseguró que en realidad hubo 20 mil.

De mi cosecha personal como estudiante en la U.H. (2003-2008), recuerdo que cierta vez quisimos organizar una velada en la Plaza de la Revolución, con motivo de las masacres de palestinos en la Franja de Gaza. Aquella iniciativa, como otras precedentes, estaba condenada al fracaso; jamás logró superar las suspicacias “de arriba”. Cualquier tentativa de autoorganización ciudadana es mirada con recelo y tratado como “intento de desestabilización”, “contrarrevolucionaria”, o “pagada por la mafia anticubana”.

No pudimos conseguir las cifras oficiales de las últimas cinco elecciones estudiantiles en la U.Ch., a pesar de los ingentes esfuerzos de este investigador en el Archivo de la FECH, primero personalmente y luego vía electrónica.

Según datos oficiales de la Comisión Nacional Electoral, la participación en las elecciones para delegados a las Asambleas Municipales realizadas el 19 de abril de 2015, fue del 88,3 por ciento. Aunque muy baja en comparación con otros países del área, la abstención de un 11,7 por ciento del padrón (poco más de 8 millones de personas) supera en casi seis puntos porcentuales la consulta similar del año 2012. Las autoridades electorales atribuyeron el hecho a que “decenas de miles de cubanos” se mantienen en el registro electoral, pese a encontrarse de visita temporal en el extranjero. El número de boletas anuladas fue del 4,92 por ciento, mientras que el 4,54 por ciento quedaron en blanco. En total, 1.7 millones de electores estuvieron ausentes, votaron en blanco o anularon.

Troika conformada por el FEL, la UNE e Izquierda Autónoma, a partir de 2014.

Chilenismo que significa “buenísimo”, “espectacular”.

La plataforma

http://www.senadorvirtual.cl/
se lanzó oficialmente el 30 de julio de 2003. Sin embargo, casi 12 años después, a inicios del presente año 2015, apenas contaba con poco más de 75 mil usuarios inscritos, según dio a conocer la Academia Parlamentaria de la Cámara de Diputados (2014). De acuerdo con esta fuente, este sistema informático de participación ciudadana, “no sólo permite acercar el Senado a los ciudadanos, en cuanto a dar a conocer el esquema de la tramitación legislativa, sino que constituye una importante fuente de información sobre las diferentes opiniones que parte de la ciudadanía tiene respecto del tema puesto en discusión” (2014: 29).

“Si bien Facebook es el medio social online más utilizado por los jóvenes en Chile (86 por ciento dice estar registrado), es interesante observar de qué manera este espacio se ha convertido en un centro de actividades de socialización, expresión y generación de contenidos. Tanto para contactar amigos (97 por ciento), chatear (92 por ciento), subir fotos (86 por ciento), videos (53 por ciento) y enlaces (72 por ciento), como para expresar opiniones sobre temas políticos (58 por ciento), los jóvenes chilenos –al igual que sus pares de otros países– utilizan Facebook para compartir con otros y complementar su vida social. Estas actividades son parte de la vida cotidiana de los jóvenes: 7 de cada 10 dicen visitar el sitio diariamente por un promedio de 3 horas. (…) El mayor grado de participación que han tenido los jóvenes durante este año queda de manifiesto en el nivel de compromiso mostrado con el movimiento estudiantil. Una de las claves de este fenómeno es, precisamente, el uso de las redes sociales para adherir, organizarse e informarse sobre éste” (Scherman, Arriagada, Barrera & Pardo, 2011: 1).